Escaflowne no es de mi propiedad.
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A/N: Este oneshot ha sido actualizado y revisado por CovertEyes en su versión en inglés, y he modificado algunas cosas aquí para que las dos versiones empaten. Si quieren experimentar lo exquisito de su obra para Escaflowne, pueden leer "One night for the heart" aquí en ffnet. 11/22.
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Tercera Luna
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MYSTICA TERRA
(Oneshot)
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Qué extraño sería para la persona viva encontrar sus propias palabras —en inicio selladas, enviadas y recibidas para un solo par de ojos— recopiladas en orden cronológico con un extenso análisis de su caligrafía ("Las oraciones cortas y garrapateadas significan que se encontraba enojado o avergonzado, mientras que en otros pasajes las puntuaciones se omiten y la escritura se curva en su sentir más intenso…"). Con azarosos biógrafos ofreciendo un catálogo de innumerables personas con las que tuvo contacto ("En el verano amarillo de 1939 trabajó como ayudante de cocina en el ahora lujoso y reconocido restaurante "Crusade XIII", ubicado en la esquina de la 5ta y la 11va avenida, en Palas, Asturia; en aquel entonces, una recién graduada Millerna Aston con 25 años apenas y podía pagar el préstamo que pidió al Banco Real de Asturia (BanRA) para abrir el restaurante…"), y sugiriendo al lector a quién —probablemente— se dedicaban una palabra o dos o ninguna. Desvestiendo las andaduras de los adjetivos y las comas, la fauna editorial concentrada en adjudicar un sentido divino y rocambolesco a algo que seguramente fue escrito en una noche de insomnio, en calzoncillos o sin ellos, y con el dolor de tener la barriga vacía y los pulmones atestados de tabaco. En el mejor de los casos.
Por suerte, los escritores muertos no encontrarán nunca recopilaciones apolilladas y enarboladas de su pequeña vida en diminutos puestos callejeros de libros de segunda mano, atendidos por viejesillos grises al lado de la calle donde los automóviles y los transeúntes se guían los unos a los otros en un baile acelerado fuera de la estación del metro más atiborrada en la capital actual de Zaibach.
Hitomi, una tierna muchacha de corto cabello rubio embutida en un genérico uniforme de oficina —pantalones oscuros de tela suave y acampanada de los que se asomaban unos zapatos negros de tacón bajo, una blusa blanca con graciosos holanes en el pecho y un saco tan corto que a duras penas llegaba a su cintura— estaba en cuclillas con su maletín a un lado frente a varios libros mostrados encima de una tela marrón sobre el suelo. Alzó sobre su cabeza un percudido libro de pasta roja y dura y olor a humedad y olvido, mostrando la desgastada tapa al bohemio vendedor.
—¿Cuánto por este? —preguntó.
—¡Oooh! —el hombre, de cabello nejo, largo y ralo, con la cara y el cuerpo hinchados como un pez globo y ropa una talla menor de la que debería ser, ajustó sus viejos lentes negros y redondos sobre su nariz vieja y redonda y se sacó el cigarrillo de la boca. Sus dientes frontales eran descomunales para su pequeña cavidad, debía provenir de humano y bestia—. Increíble elección, jovencita. ¿Has leído antes al autor?
—Sí, he leído un par —contestó ella rodando los ojos.
—Tenemos a una conocedora entonces. Te lo dejo a 20 Gils.
—¿20 Gils!
—Es un libro antiguo —explicó la creatura—. Tuvo un tiraje muy limitado, incluye un prólogo escrito por Dryden Fassa y el fragmento de la última novela. Sus herederos no han accedido a una reimpresión. No lo encontrarás en ninguna otra parte, jovencita, y menos en tan buenas condiciones.
Ella bajó el libro y lo sostuvo con las dos manos. Había esperado que el viejo no fuera un experto. Más allá de la cubierta carmesí, vio todos los cálculos matemáticos que dejarían pasmados a sus antiguos instructores de ciencias por la velocidad a la que concluyó que su madre y ella tendrían que comer arroz y verduras sin pescado por una semana o dos si se animaba a comprarlo.
El agraciado vendedor le dio una larga calada a su cigarrillo y entrecerró los ojos mirando a la chica que parecía embelesada con el libro.
—10 Gils —dijo él, rompiendo el hechizo sobre ella.
—¿Disculpe?
—Te lo dejo a 10 Gils. Tómalo o déjalo.
La chica lo vió maravillada y se puso de pie, buscando en su monedero el único billete que contenía.
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Hitomi entró a la estación de metro dando brinquitos. A empujones alegres pudo meterse en un vagón e ignoró los demás cuerpos apretados contra el suyo con una sonrisa en la boca. Al salir, siguió a la muchedumbre y subió todos los escalones de dos en dos. El último tramo a su casa lo hizo primero en un trote y después a toda la velocidad que le permitieran sus pequeños tacones. Entró a su departamento ignorando a su madre con su visita tomando el té en la sala rodeada de ventanas y libreros. La mujer la llamó por su nombre antes de verla desaparecer en el pasillo que daba a su recámara. Hitomi no se molestó en asegurar la puerta después de entrar y se tendió en la cama de espaldas buscando en su maletín su nueva adquisición. Lo elevó sobre su rostro, extendiendo sus brazos hasta su límite más alto.
Era un libro hermoso. De cubierta dura —probablemente haya tenido una sobrecubierta hacía 70 años—, con relieves de tinta dorada con figuras de dragones en todos los contornos, y en el centro el título en largas letras góticas:
"Cartas para ti"
El contenido adicional en otras más pequeñas:
"Mystica Terra"
Bajo estas, el autor:
"Van Fanel"
Y el nombre del recopilador no importaba en absoluto.
Hitomi abrió el libro y el olor anterior fue reemplazado por el cálido y característico perfume de pergamino y especias que tanto amaba. Lo bajó a su rostro y acercó su nariz a él, cuidando de no tocar el papel, y lo disfrutó como quien degusta la fragancia de la piel de su amante. Sonrió y buscó iniciar su lectura. Todas esas páginas —inútiles— dedicadas a analizar vanalmente al autor fueron ignoradas. Todas esas otras dedicadas a una especie de biografía también se fandieron en un pasar de hojas —ella ya la conocía de memoria—. ¿El prólogo? Mismo destino. Dryden Fassa era un escritor que no tenía en estima, le parecía bastante petulante.
Absorbió el contenido como la tierra bebe la lluvia entera. El libro era un recopilado de cartas del autor hacia su amada, impreso póstumamente en 1952. Hitomi se encontró tan seducida en la lectura que algunas lágrimas recorrieron lentamente sus mejillas, y acariciaba el papel y la tinta con la punta de los dedos, contagiándose del ritmo del amor y la pasión que destilaban cada una de ellas.
Finalmente, cuando tuvo que encender la lámpara al lado de su cama, llegó a la última carta. No era necesario que hubiera alguna nota condescendiente del recopilador ni algún paréntesis entrometido para saber que ese era el final. Ella sabía qué pasaba después: El Gran Incendio de Fanelia.
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Verde II, 25a Luna, 1948
Reino de Fanelia, Capital
Para ti:
No entiendo qué quieres decir cuando me dices "no pierdas el tiempo conmigo" si para mí no hay cosa que exista en toda Gaia —ni en las lunas ni en las galaxias ni en el vacío infinito del universo— que no quisiera perder junto a ti.
El otro día Folken preguntó sobre el viaje a Egzardia para la presentación del libro en su país (1) —¿en qué momento quedaron obsoletas las monarquías? (2)—. No sabía que iría contigo. Quería acompañarme, pero desistió al saber nuestros planes. ¿Ves? Estaremos solos.
No debes preocuparte por Merle, obviamente. No le ha sentado muy bien que los críticos mojigatos de Freid critiquen tan duramente el libro (3). A mí ya no me importa. Ellos obtienen sus monedas y yo los billetes. Eso sonó tan mal. Bórralo de tu mente.
Me haces falta, pero pronto nos veremos. Mi corazón brinca al pensarlo.
En un sobre aparte incluí los boletos del levi (4) a tu nombre, junto con la tarjeta con la dirección y los nombres de la propiedad (5) donde estaremos —está bastante cerca de la Biblioteca Nacional (6), ya estuve una vez ahí antes, como un joven turista que solo comía arroz y pescado—. Te encantará. Y me pondré un poco celoso. Elegí esa mansión porque, además de cercana, el barón (7) tiene gran variedad de libros. A veces me pregunto si amas más los libros o a mí. Si existiera en un libro, ¿me amarías más? Disculpa. Yo soy carne hueso y sangre: mis páginas son de piel, mis letras sonidos y mi sangre es la tinta barrida del registro. Acercas tu rostro a mi cuello, cierras los ojos y sonríes. Huelo a sudor y metal, pero tú dices que es pergamino y canela.
¿Cómo va todo con el nuevo puesto de tu padre (8)? Ser un hechicero de Zaibach (9) no es poca cosa —espero te agrade vivir y estudiar en su capital (10)—. No pude ignorar el tono urgente de tu carta anterior, espero ya todo se haya calmado y estés más tranquila. Mándale mis saludos y mis agradecimientos eternos. También a tu madre. No te portes tan mal con ella, y no te molestes porque te lo recuerdo. Y ya que estoy siendo tan magnánimo como un rey, también a tu hermano. No lo he visto en mucho tiempo y tampoco me ha escrito —y yo tampoco le he escrito a él—. ¿Todavía está sensible porque me han dado la mano de su querida hermana? Sé que la noticia lo dejó más frío que la tierra helada del Valle Místico.
Hablando del Valle Místico, tengo una idea para una nueva historia (11). Te contaré más al respecto cuando nos veamos, pero puedo adelantar que no utilizaré una narrativa convencional para ella. Probablemente quede "incompleta" (12). ¿Por qué? No te lo diré aún. Ansío tus expectativas —y tu presencia y tu boca y tu cabello ámbar enredándose con mi negro—. He dicho demasiado. Imagina que en el futuro —o en el presente— alguien se entere de toda nuestra correspondencia. Puedo presentir que implosionarías en vergüenza, pero a mí me incendiaría la indignación: mis palabras sólo se pueden leer con tus ojos; mis significados sólo se pueden sentir en tus labios...
Debo despedirme ya. Solo he hablado de mí, como siempre. Pero en el sobre y en la carta están implícitos —espero— mis deseos de saber de ti. Te agradezco que existas conmigo, aunque por el momento estemos tan lejos.
Siempre tuyo,
Van Fanel
PD. Encontré tu paquete antes de sellar el sobre, no sé cómo no me enteré ni Merle me lo mencionó nunca. Aprecio que hayas puesto en mis manos tu reliquia (13). Hasta que nos veamos, llevaré tu pendiente colgando orgulloso sobre mi pecho.
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Hitomi cerró el libro y lo estrechó en sus brazos. Sus pensamientos se mecían erráticos en torno a lo mencionado en las antiguas misivas. Estaba embriagada de Van Fanel: su romance, su anhelo, su tragedia. Su rostro se deformó en dolor al recordar el siniestro de Fanelia, sucedido apenas una semana antes del Desastre Energético de Zaibach. Su amada nunca recibió la última carta, ni escuchó de su afable voz la historia inconclusa. Una nueva oleada de lágrimas la asaltó y soltó una risilla, que cubrió con sus manos. Las mariposas en su estómago retomaron el vuelo nuevamente.
Dejó el libro a un lado y se dirigió a su escritorio. Llevó las manos a la parte trasera de su cuello y desabrochó su cadena, la alzó sacándola de su pecho y sostuvo el pendiente frente a su rostro. La reliquia familiar. Una piedra preciosa color sangre en forma de gota que su abuela juró databa de una era ya olvidada. Palpitó, se estremeció y latió como su propio corazón, teniendo en la sangre un deseo tan puro, dispuesta a cumplir su encargo.
—Te veré pronto.
Y sabía que sería así.
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Gracias por leer!
Zw
