Escaflowne no es de mi propiedad.
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Cuarta Luna
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PRESAGIO
(Oneshot)
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No me gustan las advertencias, pero aquí va:
Advertencia: Esta historia contiene violencia gráfica, muerte/pérdida y otros temas adultos. No puedo decir mucho ya que sería un spoiler. Si eres sensible a esto y aún así quieres leerlo, recomiendo prepararse emocionalmente: siempre serás tú el principal guardián de tu salud.
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I
La primera pluma encontró a Hitomi al anochecer. La muchacha trotaba en el andador enlosado del anillo exterior de una plazoleta en el castillo de Fanelia, bardada concéntricamente por arbustos achaparrados y arboles jóvenes de hojas descoloridas y ramas desnudas. En el centro, dos doncellas de mármol vertían calladamente cántaros de eterno líquido en la fuente que les cobijaba. El aire era frío y seco, los únicos sonidos el murmullo del agua y sus esforzadas nubes de vaho al respirar.
Estaba tan concentrada en las preocupaciones de su mente que no le vió aparecer, su cuerpo se movía lento con la inercia del ejercicio ya aprendido. Suave como el pelaje de un gato, de un azabache lustroso y más larga que su mano, la pluma se adhirió a su flequillo ámbar en una ráfaga fría que sacudió los arboles desnudos y heló el sudor en su cuerpo bajo la sudadera gris. Hitomi cerró los ojos en reflejo y sacudió la pluma de su cabello, sólo para que quedara prendada al pantalón blanco deportivo. Se detuvo y, con ojos entornados, la tomó entre sus dedos y se desperdigó como arena negra ante el contacto.
El rey lo negó todo.
—Mis alas están perfectamente —dijo Van durante la cena, al volver de cacería junto a sus samurais—. Además —continuó—, no es posible que estuviera sobrevolando el castillo. Estábamos persiguiendo al makusi entre los caminos de la montaña —señaló con el cuchillo en la diestra, enguantada, la carne humeante en el centro de la mesa, acorralada por cuencos de madera con verduras y frutas como arcoíris, salsas especiadas y gordos pedazos de pan—. Debió ser un ave cualquiera.
Cenaban en el exterior, en el balcón de sus habitaciones, bajo un cielo nublado y austero; con los puntos de luces de los hogares de Fanelia extendiéndose a su vista como el manto estelar ausente. Hitomi apretó los labios luchando contra una marea ácida que le calaba la garganta y no desprendió su verde vista de Van, sentado en el lado opuesto de la pequeña mesa.
—Sí, tal vez no sea nada… —dijo—pero antes, ya sabes como sucedía…
La mujer reposó el tenedor con un tintineo sobre la vajilla y tomó ausente su copa de vino virgen.
—Hitomi —la llamó y extendió la mano hasta asir la de ella sobre la mesa—. El único valor de las desgracias que pueden o no suceder está en prepararnos para ellas —sus palabras tan suaves como el caramelo de sus ojos cansados—. No temas. Estoy aquí.
Ella frunció el ceño.
Tal como sucedió con su abuela, el Tiempo pasó más rápido en Gaia que en la Tierra. La joven se sorprendió al ver a un maduro Van recibiéndola en Fanelia en lugar del joven Van con el que había contactado anteriormente. Decidió sentirse agradecida a pesar de la decepción y la extrañeza: lo amaba de cualquier forma, y no tuvo preocupación alguna en sus diferencias hasta que encontró motivos para tenerlas. Escuchó rumores de toda clase referentes al rey y a la sucesión del trono, y no menguaron lo suficiente después de contraer matrimonio. Aún años después, y con la fé sólida que depositaba en él, en ocasiones agitaba en su mente esos conocimientos breves para verles resbalar por el cristal de su confianza.
Van estaba ahí, sí, lo sabía. ¿Pero cuánto, realmente?…
Lo observó como si deshilvanar cada rasgo de su cuerpo le fuera a dar la respuesta.
Hizo un estudio mental de como la luz naranja, que se fugaba del interior de la habitación, acentuaba las sombras del lado derecho de su cuerpo y fusionaba su rostro marcado y las franjas grisáceas de su cabello con la oscuridad; sus ojos relumbraban la luz como antorchas enmedio del bosque, misteriosos y cálidos mientas sostenían su mirada.
El rey retiró su mano en una caricia, con una ligera sonrisa en sus labios. El contacto cálido había ablacionado la fría preocupación adherida al corazón de Hitomi y su ausencia convirtió la nevisca en nevasca.
Van, satisfecho y creyente de que le había calmado lo suficiente, siguió comiendo. Cortó una jugosa porción de makusi en su plato y la carne sangró el mismo rosa intenso que el pendiente colgando de su pecho, mientras se lo llevaba a la boca con ahínco; cuando apuró la copa de vino de un trago, una gota del líquido resbaló de sus labios y recorrió su mandíbula hirsuta como sangre oscura, cayó y se perdió en la negrura de su casaca abierta.
La reina bajó la mirada a su plato casi vacío, con los rastros de una cruenta batalla que dejaron a algunas extrañas verduras cercenadas como sobrevivientes. Una corriente fría se coló bajo el sweater blanco que le cubría hasta el cuello y con tremor clavó el tenedor en un pequeño vegetal redondo y rojo que estalló espeso y lila ensuciando su seno.
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El cielo clareaba.
Los reyes dormían profundamente, enredados y desnudos en un conjunto indistinguible de brazos morenos y piernas claras entre cobijas blancas, con los atuendos desperdigados sobre el suelo como cuerpos. Al otro lado de la ventana, un par de plumas negras cayeron hasta desaparecer.
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II
Hitomi trabajaba en el estudio. La cálida luz de las lámparas ahuyentaba la oscuridad de la noche entrando por las ventanas sobre los libreros con gruesos tomos, los mapas clavados en las paredes y los sillones y sillas desordenados a lo largo del lugar.
La reina revisaba sus anotaciones de la junta del consejo de la mañana, escribiendo en faneliano el borrador para un nuevo tratado con la república de Basram. Con suave maestría trazaba con plumilla y tinta las palabras en el papel. La respiración pausada, los verdes ojos atentos siguiendo el movimiento, la punta de su lengua paseando distraída por sus labios. No advirtió la puerta del balcón deslizarse silenciosa hacia dentro hasta que entró el viento helado, meció agresivo su cabello recogido en una corta coleta, provocándole tal escalofrío que se sacudió y su mano derecha con la plumilla derribó el tintero. La tinta corrió como una enramada de venas negras sobre el manuscrito y desplegó un fuerte olor a carbón húmedo.
La mujer maldijo entre dientes y volcó la silla al levantarse tratando de despejar el área para evitar un mayor desastre. Estuvo a punto de llamar a los guardias apostados al otro lado de la puerta cuando distinguió por el rabillo del ojo una figura amorfa postrada sobre la baranda del balcón abierto, de espaldas al cielo nocturno. Se olvidó de su faena y sostuvo lo que parecía ser una mirada rojiza en los dos orbes que flotaban como insectos en el aparente rostro. Los cabellos rubios de su nuca se erizaron en lóbrego pánico.
La tinta alcanzó sus manos rosadas y las rodeó con su líquido espeso. Fue entonces cuando la creatura explotó en cientos de plumas negras de diversos tamaños y en todas direcciones. Su grito fue enmudecido por la turbulencia.
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—Cuando entramos —informó un postrado guardia a Van tan pronto atravesó la alta puerta de madera del castillo junto a uno de sus samurais— su Majestad la reina estaba hecha un ovillo bajo el escritorio, los papeles estaban por todas partes en el suelo y la silla en el suelo. Su rostro y sus brazos estaban cubiertos de la tinta que estaba derramada sobre el mueble. La señora temblaba y dijo que había algo en el balcón, así que la sacamos del estudio y la resguardamos en su habitación, y buscamos por todas partes, pero no encontramos al ser que describió ni a ninguna de las plumas negras que mencionó.
El rey le agradeció, le ordenó discreción y no escribir un reporte sobre el asunto, y que compartiera la orden con sus guardias involucrados.
—Como usted ordene, su Majestad —dijo el guarda antes de retirarse.
Van dirigió una mirada rápida al samurai junto a él antes de alejarse sin más. El hombre dio un par de pasos para seguirle pero se detuvo en cuanto el rey desapareció en uno de los pasillos.
El eco de sus botas atravesaron el castillo a un pulso acelerado hasta detenerse frente a sus habitaciones, donde encontró a dos guardias resguardando la entrada. Le hicieron una reverencia que ignoró y deslizó la puerta en un estruendo. Escuchó un grito de Hitomi y la encontró sentada sobre la cama, sujetándose la cabeza. Merle estaba con ella, su cola atigrada enredada en sus tobillos y meciéndola en sus brazos. Dirigió a Van una mirada enfadada. Le reprimió ser tan poco cuidadoso con los nervios de la mujer en su estado, pero él no la escuchó y se dirigió directo hacia su esposa. Se arrodilló frente a ella y le llamó por su nombre con voz suave. El fuego crepitaba en la chimenea.
Hitomi lucía ultrajada, con numerosas huellas rupestres de manos oscuras —sus propias manos, quiso creer— mancillando su kimono blanco con celeste. Van la llamó de nuevo y reposó su mano enguantada sobre la rodilla izquierda de la reina. Ella descubrió el rostro, sucio y pálido, la mirada temerosa. Lo llamó con un hilo de voz y se liberó de Merle lanzándose de rodillas a sus brazos. Él la sujetó firme, de la cintura, de la nuca rubia.
—No sé si estoy teniendo visiones de nuevo —confesó Hitomi, escondiendo la cabeza en el pecho de su marido—, es diferente y sé qué esconde algo brutal, Van… ¿crees que sea…?, ¿o acaso tú…?, ¿hay algo que no me estás diciendo? —preguntó, levantando el rostro hacia el suyo para intentar ver algo más en él.
—No hay nada de mí que no conozcas ya —le respondió y al besar su frente ennegrecida percibió el sabor a tierra muerta de la tinta.
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III
Al paso de los días, la calma cernió blanca nieve sobre el evento. Plumas continuaban cayendo de reojo como malévolos copos de nieve que al voltear ya habían desaparecido pero dejaban en Hitomi un gélido rastro en su pecho.
Una noche, la reina volvió a ejercitarse bajo un cielo sin estrellas. Jugaba con su aliento cálido lanzando grandes bocanadas de vapor mientras caminaba por la plazoleta del castillo. Gotas frías empezaron a caer y ella se acomodó la capucha de la sudadera sobre la cabeza; si bien empezaba a sentirse húmeda por debajo, no quería contraer un resfriado. Prosiguió en su caminata, le daría una vuelta más al lugar antes de volver. Si bien no repercutía el que intentara al menos trotar, prefería no arriesgarse.
A la mitad del recorrido, la suela de una de sus zapatillas de correr se despegó y rosó el suelo. Casi perdió el equilibrio. Dobló la pierna hacia su espalda para ver el daño y al verlo se lamentó.
—Este era mi último par…
Escuchó algo a la distancia y viró atenta hacia el sonido. Era tarde y, aunque los centinelas estaban apostados en diversas partes del castillo, dudaba que a esa hora hubiera alguien. Parecía ser algo arrastrándose. Pasos lentos. La mujer contuvo el aliento. Una sombra se levantó con pereza de entre el pasillo que formaban dos edificios. Era un hombre, sin duda, y arrastraba algo pesado tras de sí. Hitomi se quedó estática en su lugar.
La figura salió de la oscuridad y fue iluminada por la potente luz de las lunas. Era Van, pero no le pareció reconfortante que su marido fuera esa silueta y ese ruido. Él avanzó hasta estar unos metros frente a ella.
—¿Hitomi? —dijo con voz profunda—, ¿eres tú?
Ella se quedó inmóvil y silenciosa. No dejó de verle. Desconoció el fornido cuerpo semi desnudo con la túnica colgando de su cintura, el cinto de las espadas reteniéndola a su cuerpo, cubierto de arcilla seca. El barro formaba mapas oscuros sobre los músculos de su torso, el rostro desbarbado y su cabello corto. Las gotas que caían sobre él surcaban sucias al tocarle. Con su mano derecha, descubierta, arrastraba un costal con algo deforme dentro. Buscó en su rostro algún trazo amoroso sin encontrarlo en las bolsas moradas bajo los ojos, brillantes y hambrientos.
—¿Hitomi? —repitió él en un gruñido que le recorrió la espina dorsal como un escalofrío.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó ella sin responderle.
El rey se había ausentado por semanas para tratar un problema con el Margrave de la frontera sur con Freid y envió un mensaje durante su estancia programando al fin su llegada que sería en cuatro días más. No tenía conocimiento alguno sobre su llegada adelantada, le sorprendió que estuviera ahí frente a ella. Su instinto le hacía temerle al hombre, de saber que su mirada torcida era peligrosa. Él miró alrededor: las montañas, los edificios de piedra blanca, las tenues luces del interior del castillo, los arboles del lugar... hasta detener la vista en la fuente del centro.
—Esto e—y calló abruptamente. Hitomi esperó que continuara, hasta que descubrió que él no había callado. Las gotas quedaron suspendidas, las nubes de vaho en su sitio, los ojos desenfocados y la boca semi-abierta a media palabra.
—¿Van? —preguntó temblorosa.
Se acercó cautelosa, arrastrando la suela del tenis en cada paso. Las gotas flotantes en el camino se adherían a su cuerpo. Se detuvo frente a él, analizando sus rasgos, sus ropas, su carga. Encontró los años en su rostro donde debían estar, líneas marcadas con cincel en su boca, su ceño y los ojos; su cabello desaliñado y brilloso; pero había algo feral en su expresión, en los músculos tensos de su cuerpo ancho. Sus vestigios de ropa le recordaron a los vándalos de las fronteras. ¿De verdad era Van, su esposo, el rey? No llevaba el pendiente de su abuela, ni los guantes que rara vez retiraba, ni portaba la espada real de Fanelia. El saco de yute que sujetaba con la mano estaba tan sucio como él, el bulto aforme era considerable y dejó un rastro húmedo tras de sí en el que no quiso pensar más. Hitomi tragó saliva y se llevó una mano al pecho retumbante. Regresó su atención al hombre. A pesar de su recelo, le atrajo su apariencia salvaje y robusta.
Extendió una mano para tocar el brazo libre a su costado, y al hacerlo lo alejó con un grito de dolor. Ínfimas agujas se clavaron en su mano y arrastraron consigo la piel del sujeto. De su herida se derramó un líquido marrón de olor putrefacto. Ella gritó el nombre de Van y logró alejarse un par de pasos. De la arcilla sobre la piel, la carne se comprimió como papel en llamas y surgió a borbotones la misma sustancia de su brazo, mezclada con trozos de vísceras.
—¡NO! —la mujer gritó. Cerrar los ojos fue como atravesarse los párpados con espinas. Se llevó las manos al rostro aullando de dolor, sus preciosas esmeraldas rodeadas del rojo de la sangre reventada en su interior. La desintegración continuó frente a ella. Cayó de rodillas—. ¡Es una visión!, ¡no es real! —gritó. Un hedor repugnante penetró por su nariz y buscó cubrirse con la manga del jersey.
Los residuos de lo que fue el hombre palpitaban y se extendían por el suelo. Las sombras que habitaban los recovecos de los árboles danzaron circulares en torno a ella hasta eclipsar cielo, castillo y cuerpos, con su negro absoluto.
Hitomi fue incapaz de ver nada, se redujo a la sensación de su propia sangre besando sus labios con su impureza metálica y el ácido de su interior queriendo escapar de su boca.
Se hundía. Las lozas del suelo se convirtieron en un pantano invisible, tragándola húmeda en un abrazo inevitable. Hitomi jaló las piernas fuera de su trampa. Logró salir pero apoyó su peso sobre la suela doblada y perdió el equilibrio. Cayó sobre la masa deforme que había sido una versión agreste de su esposo y gritó al sentir partes irreconocibles entre sus dedos. Percibió un destello carmesí emanando de entre la oscuridad. Dirigió sus ojos de lágrimas rojas hacia aquel sitio. Eran dos irises escarlata flotando en sus burbujas blancas entre la carcasa.
La envolvieron los vapores dulces de enfermedad y muerte. Expulsó en un acceso de tos los líquidos ásperos de un estómago vacío cuando un potente dolor nació en su pecho y se expandió en oleadas frías por todo su cuerpo. Gritó nuevamente al sentir que una garra invisible estrujaba sus entrañas desde dentro y las jalaba para sacarlas de entre sus piernas. La reina se retorció entre fluidos propios y ajenos, llevó una mano a su vientre intentando contener el dolor.
—No… —dijo entre espasmos agonizantes— …esto no…
Y gritó. Gritó. Gritó. Gritó. Y de su boca salieron plumas negras, numerosas, infinitas, que enmudecieron sus gritos y lo cubrieron todo, se llevaron todo.
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IV
El rumor del agua palpaba en sus oídos. El timbal hueco en su corazón acompasaba sonidos de zapatillas, rodillas y manos sobre el suelo en la habitación contigua. Sus cejas se doblaban en espamos, de sus labios resecos y pálidos escapaba el crujir de sus dientes; sus irises se ocultaban tras las cortinas de sus párpados. Hitomi se concentró en las agujas frías que atacaban su piel tan pronto el vaivén de agua cálida dejaba desprotegidos su cuello, rodillas y parte de los senos. Cualquier cosa era mejor que darle su atención a la agonía que le masticaba el cuerpo.
Estaba hecha ovillo dentro de la tina de baño. Sus brazos cruzados sobre su pecho, sus manos sobre su corazón, cerradas como un capullo protegiendo un futuro perdido entre sus dedos. El acompañamiento rítmico de la habitación cesó abruptamente y sólo percibió siseos sin sentido. Abrió los ojos, hinchados y enrojecidos, y volvió a cerrarlos. No tenía sentido. El cuarto de baño estaba casi a oscuras, la única luz potente entraba por la puerta abierta y su espectral resplandor no alcanzaba a iluminarla. Escuchó unos pasos sonoros dirigirse hacia el aseo, deteniéndose abruptos y dubitativos en la entrada, hasta arrastrarse a su lado. Un agrio olor a sudor, humedad y tierra la envolvió con su presencia; el gran bulto se dejó caer al suelo y se recargó en la tina de baño.
En la oscuridad, su cuerpo y el agua eran tan negros, pero nada podía evitar el opaco olor a sangre que la rodeaba, ni la gran mancha en su camisón blanco entre las piernas, en forma de una flor abierta y roja, flotando en un oscuro mar. El bulto lanzó un gemido y la llamó con voz cortada.
—…¿Hitomi?
—¿Van?… —preguntó ella con un hilo de voz. Abrió los ojos y volteó en su dirección.
Lentamente, distinguió la silueta borrosa de su cuerpo. El hombre levantó la mano que se sostenía del borde de la tina, el impoluto blanco del mármol contaminado por un rastro húmedo de huellas sucias, y la acercó al rostro de la reina en un ademán de caricia. Hitomi jadeó y retrocedió hasta el lado contrario de la tina. Algo se quebró detrás de los ojos pardos del hombre, y bajó la cabeza, su cabello revuelto y duro ocultando su rostro.
Hitomi lo observó con desconfianza. Se enfocó en el marco oscuro de su barba en el rostro delgado, en el contraste de sus dedos, saliendo de sus guantes rotos, contra la blanca piedra. El pendiente colgaba de su cuello.
—…eres tú —afirmó ella con ojos húmedos.
Él levantó la mirada y repitió el movimiento de tomar su rostro. Esta vez ella aceptó el contacto y lo abrazó como si temiera hundirse en el mar escarlata. Van la apretó contra sí, ocultando el rostro en su cuello.
—Van… —dijo ella en su cuello, su aliento caliente trayendo de vuelta las imágenes de la pesadilla infame— pensé que esta vez… que ahora—
—Todo estará bien —la interrumpió.
Van tiritó cuando el abrazo se volvió frío con el agua del cuerpo de Hitomi calando el suyo. Ella se agitó en llanto y en palabras atropelladas.
—…las plumas, las plumas negras…
El nudo en su garganta le impidió seguir hablando y se expandió hasta apretarle el corazón y retorcerle el vientre. En su abrazo fuerte, descubrió que el abrigo y las ropas de su esposo estaban rasgadas de la espalda. Metió los dedos fríos en las rendijas paralelas. Sintió en las yemas el borde caliente de la piel herida. El rey resolló.
Afuera, por la ventana, Van pudo ver copos de nieve caer, rosáceos y amarillos con los primeros rayos de sol del día. Apretó los ojos cuando no soportó el ardor en ellos.
Una lágrima fluyó por su rostro, y después siguieron muchas más.
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Gracias por leer!
Este capítulo pasará a ser el 4 en la próxima actualización.
Zw
