Escaflowne no es de mi propiedad.

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Este es un capítulo con el que participé en el Pic & Fic de Escaflowne que se organiza anualmente en tumblr. Originalmente escrito en español, después en inglés, luego corregido al español de nuevo... ya al fin terminé su forma final. Dillyfirestarter fue mi partner y realizó un comic precuela de este fic. Si se dan una vuelta por tumblr (o por AO3) podrán verlo. CovertEyes me ayudó como beta en esta historia, muchas gracias!

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Octava Luna

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LIMINAL

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Para Hitomi, lo más difícil no fue descender de la montaña, sino verle y reconocer en fragmentos su cabello, su rostro. Encontrarlo escondido detrás de una densa barba escarchada de niebla, sentir su tristeza en las arrugas rodeando sus ojos rojos.

Un vacío inequívoco la había envuelto cuando regresó a Gaea y no estaba él frente a ella, según lo planeado. Su estómago, tormentoso por el viaje, no coopero con la devastadora sensación de extrañeza cuando contempló a Fanelia al pie de la montaña donde había sido transportada. Se negó a aceptar lo sucedido. ¿Por qué había sido enviada a un lugar sin Van? A un par de metros estaba su gran mochila de viaje y, apurada, cambió su veraniego vestido celeste por aburrida ropa deportiva.

Por años, ambos recorrieron todos los caminos en solitario en sus mundos —Tierra, Gaea—, hasta reconocer que no era suficiente. Aunque la chica —una mujer, ahora— hubiera superado toda prueba escolar y laboral, y su red de amistades fuera fuerte, un vacío en su pecho se acrecentaba y ese sentimiento también estaba reflejado en Van.

Era momento de volver.

¿Para siempre? No estaban seguros, pero querían intentarlo. La semilla del amor albergada en ellos necesitaba más que una sincronía de pensamientos, más que una presencia efímera, más que un simple sueño.

El reino se extendía en una multitud de colores y construcciones que abarcaba mayor espacio del valle del que Hitomi había visto durante su primera estadía. Su sonrisa no llegó a formarse, la alegría de ver el trabajo de Van y los pobladores colisionó contra un muro de extrañeza. ¿Eso que sentía provenía de él? No iba a quedarse esperando la respuesta. El día menguaba y Hitomi sabía que él estaba cerca, no necesitaba oscilar nada en su mente para saberlo.

Mientras descendía, el bosque se transformaba en pura sombra, ramas puntiagudas, y arbustos cuestionables. Y en cada paso una pregunta: ¿Dónde está Van ahora?. Y en cada roca una respuesta: Tal vez cambió de opinión... Y una lágrima centelleaba en el claro de las lunas. La incertidumbre ajena ya era propia cuando resbaló por una pendiente y se encontró rodeada de tumbas. Se concedió sentir esperanza, el cementerio real estaba próximo al castillo, y Escaflowne y Folken marcaban el fin del camino.

¿Sentiría Van el dolor en su cuerpo tal como ella sentía su desesperación?, el agotamiento, el cansancio, eran mensajes arrojados al espacio entre ellos y no obtenían respuesta.

Al rendirse la oscuridad ante los primeros rayos del día, las formas opacas alrededor de Hitomi se tornaron colores tenues, y líneas rosáceas se dieron paso entre el ramaje. Un montículo de tierra se encontraba a lo lejos, y el claro al final significaba la salida del bosque. Su corazón latió al doble. Levantándose con dificultad, caminó hasta detenerse frente a la pequeña montaña. No necesitó ver la armadura blanca para saber que ese cúmulo de vida —con pequeños arbustos, un árbol valiente creciendo en un lateral, y pequeños animales y aves anidando en él—, era Escaflowne. La naturaleza lo reclamó para sí demasiado rápido.

Su embelesamiento se quebró al escuchar el chasquido de una rama a su espalda. Las aves volaron desde el guymelef hacia las copas, los animalillos se arrinconaron en la oscuridad. Hitomi viró con la garganta cerrada y el sudor frío, los tobillos de plomo, el corazón alarmado.

La figura de un hombre se encontraba en el exterior, casi al límite de los árboles, bañado en el jugueteo de la luz y la oscuridad, entre ella y el camino hacia el castillo de Fanelia. A contraluz no pudo distinguirlo bien, la ondeante capa que portaba le impidió ver la forma entera de su cuerpo, y aun así, el aire arrastraba consigo un aroma anhelado durante años. Ella suspiró, cerró los ojos, y recordó cada momento en los que se había sabido rodeada de él.

—¿Hitomi?, ¿eres tú? —preguntó el hombre en un acento marcado, una voz parecida a la que era.

—¡Van!

Hitomi corrió hacia él, una estatua inamovible absorbiendo la luz del derredor, hasta que no pudo contenerla más y el sol, cada vez más fuerte, logró iluminarlo por completo.

La chica se detuvo lentamente a escasos pasos de él, resguardada todavía por la sombra del bosque.

¿Era él una visión?

Dudó.

Las aves coreando en los árboles eran reales, el cansancio y el sudor recorriendo su cuerpo eran palpables, el rocío del amanecer fresco. Reconocía a la perfección ese cabello desalineado que antes era todo oscuridad, el bermellón húmedo de sus ojos cargando una tristeza resignada y los labios finos detrás de una barba poblada atravesada por las lágrimas. Su altura era mayor, pero nunca alcanzaría a su hermano. Van se parecía demasiado a su padre y seguramente lo ignoraba.

—He venido aquí cada día desde que…

El hombre detuvo el ademán de avanzar hacia ella, sus cabellos grises reflejaron el sol como si fueran plateados. Su mirada se perdió en algún punto a espaldas de Hitomi.

—Ha pasado mucho tiempo… No puedo esperar que… —Van calló, inseguro de sus palabras—. Te ayudaré a regresar, te lo prometo.

En Hitomi se derramó un helado mar de desesperanza.

Las estaciones retrocedieron, y el Van frente a ella dio lugar al joven Van que la había llamado, apesadumbrado y sensible, de pie en el mismo sitio, pero en un tiempo distinto. El energist rosa, vibrante, el pendiente reflejando la esperanza de sus ojos, sin saber que la pequeña duda habitando en su corazón se convertiría en años de su vida. El haz de las reliquias anunció el deseo cumplido. Cumplido a medias, a destiempo, sin saberlo. En cambio, sólo conoció la desesperación del fracaso, de encontrarse solo de nuevo después de haber olvidado como era ser sólo él en su propio cuerpo.

Un grupo de soldados buscó junto a él durante días en el bosque, pero aparte de los muertos reposando y los vivos rastreando, no había nadie más. El rey envió cartas, avisos. Recompensas por haber visto un pilar de luz en cualquier parte, le llenaron la recámara de papeles con mentiras y las audiencias con cortesanas rubias de ojos verdes.

Las estaciones avanzaron de nuevo. Las lunas atravesando el cielo astillaron la esperanza en Van, atravesando su pecho, sangrando cualquier amor que podría haber entregado a las mujeres que pretendía cortejar. Cada despedida lo ponía más enfermo. El rey de Fanelia estaba envenenado de amor, esperanza y culpa, y no se atrevía a aceptarlo.

—Es injusto… —logró decir Hitomi—. Es tan injusto.

El hombre la observó en silencio, comprensivo.

—No puedo… no puedo cambiar nada… —dijo ella, con voz temblorosa—. ¡Para mí sólo ha sido un día, Van! —al mermar su fuerza, dejó resbalar la mochila por sus dolidos hombros, cayendo al suelo—. Habíamos decidido intentarlo, ¿recuerdas?, estar juntos… —su voz se quebró, y vaciló al avanzar—. No lo he olvidado, no he tenido años para eso… ni quiero dejarlo ahora.

—Acompáñame al castillo. Sé que no es fácil, es mejor que descanses —propuso Van.

Hitomi se detuvo justo en el límite del cobijo de la sombra. Una división insalvable y transparente les separaba, igual que el tiempo lo había hecho durante todos esos años. Van lo llevaba labrado en su cuerpo, se había robado la carne de un cuerpo que ella recordaba más robusto.

—No puedo tomar esa decisión ahora, Van... —respondió Hitomi.

Un suspiro escapó del rey, una desdicha inequívoca en el rostro.

—Descuida, no es necesario hacerlo ahora. Ven conmigo —respondió, su bota se hundió en la hierba suave cuando dio un paso atrás—. No te preocupes por tu equipaje, enviaré a alguien por él más tarde —viró la espalda y empezó a andar colina abajo.

Indecisa, Hitomi permaneció en su sitio mientras Van se alejaba. Su capa oscura ondeaba en cada paso, y su conexión, tan fuerte antes, ahora era una brizna frágil que se desvanecía en el aire. Los rayos del sol se colaban entre las copas de los árboles, meciéndose inquietas por el viento. La oscuridad dejaba de ser un refugio, y aunque Van asegurara que ella no debía decidir nada todavía, intuía en su andar quieto que aún después de haberse aparecido frente a él y cercenar su espera, la carga de ésta seguiría atada a él por un hilo fuerte y fino. Y si la respuesta que le diera se convirtiera en su profecía autorrealizada, él continuaría por el mismo camino, habiéndose preparado para ello desde el inicio. Ella hubiera hecho lo mismo. No hay peor forma de avanzar que mirando hacia atrás, esperando algo que ya no existe. Pero los dos existían, en ese ahora, juntos.

Hitomi se echó a correr hacia él gritando su nombre. Van se detuvo en seco, y volteó. Sin dudarlo, ella se abalanzó a sus brazos. Con una pisada fuerte, Van guardó el equilibrio de ambos, y la abrazó con fuerza. Hitomi se apretó fuerte contra él como si se le fuera la vida.

—¡Ya terminó! Se acabó... no fue tu culpa, por qué te castigas... —declaró Hitomi contra su pecho—. No puedo borrar tu dolor, pero puedo ayudarte, podemos ayudarnos.

—Hitomi, por favor, escu—

—Necesitas verme —la mujer lo interrumpió—, verme de verdad, y recordar quién soy. Quiero conocerte de nuevo, sin compararte con el pasado —imploró—. Quiero conocer todo de ti, Van, podemos intentarlo.

Desesperada, separó el rostro de su pecho y buscó su mirada. A la luz del alba, los ojos del rey brillaban claros y esperanzados a pesar del tinte de incertidumbre, del velo de dolor. Cuánto anhelaba ella tomar ese dolor y arrojarlo lejos, hacer que él sintiera toda la felicidad que ella sentía.

—Han pasado muchas cosas, soy mucho mayor ahora y no es justo para ti. ¿Qué podrías encontrar en mí? Ya no soy la persona que era antes —Van confesó, apartando la mirada de la suya.

—Yo decidiré eso —declaró Hitomi con determinación.

Hitomi levantó las manos y acarició su rostro hirsuto. Un ligero destello se asomó bajo su túnica, y una sonrisa sorprendida bailó en sus labios. —¿Sabes? —dijo ella—. Me gusta tu barba —agregó con una mirada juguetona en sus ojos verdes.

Una sonrisa nació en Van, y tímidamente pasó los dedos por su cabello rubio. —Y tú te ves hermosa con el cabello largo —murmuró.

Ahora era el turno de Hitomi de regalarle una sonrisa.

—Me dijiste lo mismo ayer.

—Lo recuerdo —respondió Van.

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NA: Como dije antes, este oneshot puede o no puede ser continuación de otro anterior...no daré pistas, pero creo que es fácil saber cuál :P

Gracias por leer!

Zw