Capítulo 1
(Diez años después)
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Sueño
*
'Esto debe de ser un sueño.' se dijo Briana a sí misma. Aquello no podía ser real.
Estaba sentada a orillas de un hermoso lago, en el suelo empedrado de un templo antiguo en ruinas, comiendo la más deliciosa fresa. El bosque que la rodeaba era exuberante y verde, y el sonido del agua corriendo por sus pies era relajante y placentero. Incluso el aire del lugar era dulce y fresco.
"¡¿Dónde estoy?!" gritó fuertemente, tomando una gran uva del picnic que había para ella.
"Bueno, has estado en Auradon desde hace días y este es el Lago Encantado." le respondió el muchacho sentado a su lado.
Briana no se había percatado de su presencia hasta que él habló, pero ahora que lo había notado, ¿también era parte de su deseo? Sin duda el chico era la peor parte del lugar, donde sea que estuviese. Era alto, de cabello color miel, despeinado, dolorosamente atractivo y con una sonrisa de rompe corazones capaz de desmayar a cualquier chica.
Pero Briana no era cualquier chica. En su lugar empezaba a sentir pánico, como si estuviera atrapada allí de alguna manera. En Auradon, o donde sea, y eso tal vez no era un sueño.
"¿Quién eres?" preguntó incierta hacia él. "¿Eres alguna especie de príncipe o algo así?" agregó mirando su fina camisa azul bordada con un pequeño escudo dorado.
"Tú sabes quién soy." dijo el muchacho. "Soy tu amigo."
Instantáneamente Briana se dio cuenta. "Definitivamente es un sueño." dijo con una astuta sonrisa. "Yo no tengo amigos."
El joven se sobresaltó, pero antes de que pudiera responder, una voz resonó a través del pacífico paisaje, oscureciendo el cielo y mientras las aguas golpeaban fuertemente las rocas.
"¡TONTOS! ¡IDIOTAS! ¡IMBÉCILES!" se escuchó.
*
Fin del sueño
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Briana se despertó de un sobresalto.
Maléfica estaba gritando de nuevo a sus súbditos jusro a frente de su casa, desde el balcón de su guarida.
Maléfica gobernaba en la Isla de los Perdidos, de la misma forma de siempre, con miedo y odio, por no hablar también de la abúndate cantidad de secuaces.
Briana ya estaba acostumbrada a despertar con los gritos, pero eso sin duda era un despertar muy grosero. Su corazón aún latía después de su pesadilla mientras apartaba sus sábanas azules.
¿Por qué demonios había estado soñando con Auradon? ¿Qué tipo de magia negra le habían lanzado para que un apuesto príncipe hablara con ella en su sueño?
Sacudiendo la cabeza se estremeció, tratando de alejar la horrible visión de su sonrisa con hoyuelos, y consolada por el hermoso sonido de los temerosos pobladores mendigando a Maléfica para que se apiadara de ellos.
Miró alrededor su habitación, aliviada al descubrir que era justo donde debería estar, en su enorme y chillona cama de hierro. La habitación siempre era oscura, al igual que siempre era gris y nublado en la isla.
La voz de Maléfica a pesar de la distancia resonó, haciendo temblar el suelo de su dormitorio, causando que se abrieran los cajones de su brillante cómoda, arrojando todo el
contenido al suelo.
Cuando se decidió por un esquema de color, se apegó demasiado a él y se había sentido atraída por las capas góticas en rojo y negro. Aquel era un color de misterio y magia, de mal humor y oscuridad, si bien no era tan común en la indumentaria villana como el negro. El rojo oscuro era el nuevo negro, según su pensar.
Cruzó la habitación hacia su gran armario desigual que contenía absolutamente todos sus recién hurtados cachivaches, baratijas de cristal para cortar y pegar, brillantes bufandas metalizadas con largas hebras, guantes disparejos y una variedad de botellas de perfume vacías.
Empujó las pesadas cortinas a un lado. Desde su ventana podía ver la isla en toda su monotonía.
Hogar, raro hogar.
La Isla de los Perdidos no era una isla muy grande; algunos dirían que sí lo era, pero no era más que una mancha o una peste en el paisaje, sin duda, más marrón que verde, con una colección de casuchas con techos de hojalata y sin orden alguno y construidas una encima de otra, amenazando con derrumbarse en cualquier momento.
Briana miraba a esta monstruosidad de barrio marginal desde el segundo edificio más alto de la ciudad... El primero era el de Maléfica, un antiguo gran palacio con altísimas torres que ahora era el viejo, deteriorado, gastado ubicación del solo y único Castillo de las Ofertas, donde se remataban encantadoras túnicas en todos los colores y sombreros de bruja al 50 por ciento de descuento.
Por consiguiente el próximo era su torre en la cual vendían miles de relojes, espejos, y bisutería roja con estampados de corazones rojos.
Enseguida cambió su pijama, colocándose una chaqueta de motociclista negra ingeniosamente construida, de color azul en un brazo y rojo en el otro, y un par de pantalones vaqueros rasgados del color de las ciruelas secas. Ella cuidadosamente puso sus guantes sin dedos y ató los cordones de sus botas de combate maltratadas.
Evitó mirarse en el espejo, pero si lo hubiera hecho, habría visto una pequeña, linda chica con un brillo maligno en sus penetrantes ojos azules y una tez pálida, casi translúcida. La gente siempre comentaba lo mucho que se parecía a su madre, por lo general justo antes de correr en otra dirección gritando asustados. Ella saboreaba sus miedos.
Peinó sus cabellos de color azul rojizo con el dorso de la mano y agarró su mochila junto con unos globos llenos de pintura roja que siempre llevaba con ella. El lugar ni se pintaría por sí mismo, ¿verdad? Tal vez lo haría en un mundo mágico, pero ese no era el caso.
Los armarios de la cocina estaban vacíos, como de costumbre, sin nada en la nevera, solamente frascos de vidrio llenos de globos oculares y todo tipo de líquido con moho de dudosa procedencia, todo era parte de los esfuerzos continuos de su madre para avivar pociones y conjurar hechizos como solía hacerlo. Así se dirigió a Slop Shop cruzando la calle para poder tomar su desayuno todos los días.
Estudió las opciones en el menú, café negro como tu alma, batido de leche agria; cerveza de avena con una opción de manzana harinosa o banana blanda; y rancio, cereales mixto, secos o húmedos.
Nunca había muchas opciones. La comida o los restos, para ser más específicos, venían de Auradon; todo lo que no era lo suficientemente bueno para esos esnobs lo tiraban a la isla.
¿Isla de los Perdidos? Más como Isla de lo Podrido. A nadie le importaba demasiado, de hecho. Crema y azúcar, pan fresco, y piezas perfectas de fruta hacían a la gente débil.
Briana y los otros villanos desterrados preferían ser fuertes y duros, por dentro y por fuera.
"¿Qué quieres?" preguntó un duende hosco tomando su orden.
En el pasado, todas las cosas repugnantes habían sido soldados de infantería en el oscuro ejército de Maléfica, enviados sin piedad por todo el país para encontrar una princesa oculta; pero ahora sus tareas se reducían a servir el café tan amargo como sus corazones, los tamaños, estaban el alto, el grande y el venti. La única diversión que les quedaba era escribir despiadadamente mal el nombre de cada cliente, escrito con marcador en el lado de cada taza. (La broma era sobre los duendes ya que casi nadie sabía leer Goblin, pero no parecía hacer ninguna diferencia).
Siguieron culpando su encarcelamiento en la isla a la lealtad hacia Maléfica, y se conocía que querían pedir al Rey Bestia una amnistía, usando sus ligeros lazos familiares con los enanos como pruebas de que ellos no pertenecian allí.
"Lo de siempre, y rápido." dijo Briana tamborileando con los dedos sobre el mostrador.
"¿Desea el batido de leche agria?"
"¿Tengo cara de querer la leche agria?" Briana lo miró con irritación. "¡Deme el café más fuerte y negro que tenga! ¿Qué es ésto, Auradon?"
Fue como si el duende hubiera visto sus sueños, y de solo pensarlo la ponía enferma.
La asquerosa criatura gruñó, moviendo fuertemente su nariz, y empujó una oscura bebida hacia ella.
Briana la agarró y salió corriendo por la puerta sin tener que pagar.
"¡Tú Pequeña Mocosa! ¡Voy a Hervirte en la cafetera la próxima vez!" gritó el duende.
Briana rió. "¡Primero tendrá que atraparme!"
Los duendes aprendían. Nunca pudieron encontrar a la princesa Aurora, pero claro pues, los tontos habían buscando a un bebé durante dieciocho años. No era de extrañar que los planes de Maléfica siempre fracasaran. Era muy difícil de encontrar buena ayuda en esos días.
Briana siguió su camino, deteniéndose para sonreír en el cartel del Rey Bestia amonestando a los ciudadanos de la isla a ¡SER BUENOS! ¡PORQUE ES BUENO PARA TODOS! con esa tonta corona amarilla en la cabeza y una gran sonrisa en su rostro.
Era positivamente nauseabundo y más que un poco inquietante, al menos para ella. Tal vez los carteles de Auradon se habían metido en su cabeza, por eso había soñado que estaba retozando en una especie de lago encantado con algún príncipe pretencioso. El solo pensarlo le hizo estremecerse de nuevo.
Tomando un sorbo de su fuerte café hirviendo, hizo una ligera mueca. Sabía a barro.
Perfecto.
En cualquier caso, tenía que hacer algo al respecto con el estúpido cartel de la pared. Sonriendo sacó sus bolsas de pintura y las lanzó directamente hacia la cara del Rey. Luego acercándose con la misma pintura chorreante le dibujó un bigote y una barba y tachó su mensaje ridículo. El Rey Bestia era quien los había encerrado en la isla, después de todo. Que hipócrita.
Ella tenía algunos fuertes mensajes para él, y todos ellos involucraban venganza.
Esa era la Isla de los Perdidos. La maldad vivía, respiraba y gobernaba la isla, y el Rey Bestia y sus enfermizos carteles publicitarios para hacer que los antiguos villanos hiciéran el bien en un lugar donde eso no existía. ¿Quién quería hacer limonada de limones, cuando se podía hacer perfectamente unas buenas granadas de limón?
Al lado del cartel escribió ¡VIVA LA MALDAD! en rojo brillante como el color de la sangre.
'No está mal, Briana. Así está mucho mejor.'
