Capítulo 3: "Una hermosa princesa."
En el Castillo al Otro Lado del Camino vivía un dúo de madre e hija muy diferente a Maléfica y Mal, a la Reina de Corazones y Briana.
A diferencia del lamentable y victoriano Castillo de las Ofertas, éste estaba lleno de hollín y polvo, con candelabros rotos y telarañas en las esquinas. No era tanto un castillo, era como una cueva, o como una prisión dentro de la prisión de la isla. Y durante diez años, esa madre y su hija sólo se tuvieron la una a la otra para acompañarse.
El destierro hasta el otro lado de la isla había hecho que la Reina Malvada se volviera un poco rara, y Evie no podía dejar de notar cómo su madre insistía en hacerle preguntas a su legendario «Espejo mágico»
"Espejo de mano, dime una cosa, ¿quién del reino es la más hermosa?" pregunto la Reina Malvada mientras Evie se preparaba esa mañana.
"Mamá, no tienes nada en las manos. ¿Y de verdad no te preocupa otra cosa? ¿El desayuno por ejemplo?" preguntó Evie, muriéndose de hambre. Ella examinó los alimentos de ese día, duros croissants y café aguado de la cesta que los buitres dejaban es su puerta todos los días.
"Tu hija tiene gracia y belleza, pero debe cuidar mejor de su cara para ser la más hermosa." dijo la madre en tono sombríos o como ella lo llamaba, su voz de «Espejo mágico»
Más encantadora, más bonita, más hermosa. El cabello más grueso, los labios más anchos, la nariz más pequeña. Todo eso le preocupaba a su madre. La Reina Malvada culpaba a todos sus problemas al no ser más hermosa que Blancanieves, y parecía no importar lo bien que Evie se acomodaba el cabello o se ponía maquillaje, nunca sería lo suficientemente bella para su madre. Y eso hacía que el hermoso estómago de Evie se enfermara a veces. Así como madre, debe ser la hija, o como siempre ella decía.
«La manzana envenenada nunca cae lejos del árbol»
Y aunque Evie sospechaba que podría haber más en la vida que ser hermosa, eso era algo que jamás podría decirle a su madre. La mujer tenía una mente de un solo camino.
"No te pones suficiente rubor. ¿Cómo vas a conseguir un apuesto príncipe, mirándote así?" la regañó su madre, pellizcando sus mejillas.
"Como si en la isla hubiese alguno." dijo Evie, que obedientemente sacó su compacto y se volvió a aplicar.
No había príncipes en la isla, todos los príncipes vivían en Auradon ahora. Ahí era donde vivían todos los de la realeza, y ahí es donde debía ella vivir también. Pero era así. Al igual que su madre, ella quedaría atrapada en la Isla de los Perdidos para siempre.
Evie observó el espejo del pasillo por última vez y se ajustó la capa azul alrededor de sus hombros,
la parte trasera tenía bordada una corona. Su collar, veneno para el corazón, rojo resaltaba entre los pliegues azules en tonos suaves. Su andrajosa falda negra con manchas de pintura roja, blanca y azul combinaba a la perfección con sus leggins con un diseño de bosque en blanco y negro.
"¡Tu cabello!" dijo la Reina Malvada muy desesperada, metiendo un mechón suelto de nuevo a la trenza en V de su hija, que barría con todo el cabello de su frente. "Bien, ahora ya estás lista."
"Gracias, mamá." dijo Evie, cuyo único objetivo era sobrevivir el día. "¿Crees que es seguro que deba ir a la escuela?"
"¡Nadie puede guardar rencor por diez años! Además, nos hemos quedado sin crema anti arrugas. Debes ir a comprar más en el bazar, no confío en los buitres para enviar la correcta." dijo la Reina Malvada.
Evie asintió y esperaba que su madre tuviera razón... Pero cuando ella cruzó las puertas del castillo, se congeló.
La maldición que había impuesto Maléfica hizo eco en sus oídos. Pero no pasó nada, entonces siguió su camino. Quizás, por primera vez, la vieja hada malvada se había olvidado del embrujo.
Cuando Evie llegó a la escuela por la mañana, todo el mundo se quedó mirándola mientras caminaba por los pasillos. Se sentía un poco cohibida, y se preguntó si alguna vez encajaría. Se suponía debía registrarse en la entrada con el Dr. F, el director cuando llegara a la escuela. Pero, ¿dónde estaban las cámaras administrativas? Se preguntó, mirando alrededor haciendo un círculo completo.
"¿Puedo ayudarle?" pregunto un chico guapo aunque algo peludo y muy alto al verla.
"Oh... Estoy buscando al ¿Director?"
"Sígueme." dijo con una amplia sonrisa. "Gastón, a
su servicio... y este es mi hermano, Gastón." señaló a su gemelo idéntico, quien le dio la misma radiante y arrogante sonrisa.
"Gracias, eh, Gastón." respondió Evie.
Los chicos se la llevaron por el pasillo hasta las tumbas administrativas.
"Dr. F, alguien quiere verlo." dijo Gastón tocando la manija de la puerta.
"Yo quiero abrir." dijo su hermano, dándole un codazo.
Pero el primer Gastón le dio un puñetazo sin siquiera mirar atrás. "Después de ti, princesa." ofreció grandiosamente, como su hermano se deslizaba hasta el suelo, sosteniendo su mandíbula.
"Um, gracias, creo." dijo Evie.
Dr. Facilier miró hacia arriba y les dio a los tres estudiantes una sonrisa de calabaza. "¿Sí? Oh, Evie, bienvenida a Dragon Hall. Es un placer volver a verte, querida. Ha pasado mucho tiempo. Diez años, ¿verdad? ¿Cómo está tu encantadora madre?"
"Ella está bien, gracias." asintió Evie cortésmente, pero se apresuró a ir al grano. "Dr. Facilier, yo sólo quería saber si en vez de llevar las clases de Maldad, me podría adelantar hasta Vanidades Avanzadas." el hombre frunció el ceño sombrío. Ela bateó sus pestañas. "Significaría mucho para mí... Por cierto..." dijo ella señalando a su corbata de cordón, con su desafortunada cadena de plata. "¡Esa corbata le queda muy bien!" agregó, pensando exactamente lo contrario.
"¿De verdad? La conseguí en el Bayou d'Orleans justo antes de que nos encerraran aquí." dijo él con suspiro antes que su ceño se suavizara en una sonrisa real. "Supongo que su petición es la mejor opción para su programación general de clases. Considérelo hecho."
"Bueno, estoy en esa clase." dijeron los Gastón a coro. "Son los martes, justo después del almuerzo."
"¡Almuerzo!" Evie se golpeó la frente.
"¿Pasa algo?"
"¡Olvidé traer mi almuerzo!" con toda la emoción y la ansiedad de finalmente salir del castillo, Evie había dejado su almuerzo en casa.
"No te preocupes." respondieron los gemelos.
"¡Podemos compartirte el nuestro!" agregaron, alzando dos grandes cestos de comida. Un gigantesco bloque de lo que parecía ser queso particularmente maloliente, junto con dos barras de pan moteado de color marrón con moho y varias rodajas gruesas de paté de hígado.
Evie se emocionó que ellos habían ofrecido compartir su almuerzo, a pesar de que parecía que podían comer un caballo y medio.
La llevaron por un curvado pasillo. Las paredes de piedra estaban cubiertas por el mismo musgo verde que exterior, y parecía que se escapa algún tipo de líquido marrón por todo el sucio piso de cemento. Evie sintió algo peludo rodeando sus tobillos y se encontró un gordo gato negro con una sonrisa satisfecha mirándola.
"Hola gatito." saludó, extendiendo su mano para acariciarlo.
"Es Lucifer." dijo uno de los Gastón. "Nuestra mascota."
Varios gritos de los estudiantes de primer año se podían escuchar desde el interior de los casilleros oxidados que al azar se alineaban en el pasillo.
Con sólo unas pocas bombillas parpadeantes encima, Evie casi entró en una telaraña gigante tejida sobre una pesada puerta de acero. Una araña del tamaño del caldero de una bruja reposaba en el centro... Genial. "¿A dónde conduce esto?"
"Oh, ¿eso? Esa es la puerta hacia el Ateneo del Mal." dijo el otro Gastón.
"¿Podemos entrar?" preguntó Evie.
"Es la Biblioteca de los Secretos Prohibidos." explicó el chico. "Nadie tiene permitido entrar ahí abajo, sólo el Dr. F tiene la llave."
"¿Qué clase de secretos?" preguntó Evie intrigada.
"Los prohibidos, supongo." Gastón se encogió de hombros. "¿A quién le importa? Es una biblioteca. Eso suena bastante aburrido para mí."
Finalmente, llegaron a la puerta de madera arqueada del aula. Evie entró y se dirigió a la mesa libre más cercana, sonriendo a los que se acercaban con curiosidad a su alrededor. Todo el mundo estaba mirándola con tanto asombro y admiración, que parecía estar marcando tendencia.
La mesa que había elegido estaba al lado de una donde se encontraba sentada una bonita chica de cabello púrpura y ojos verdes, la cual tenía un enorme caldero y una gran vista hacia el escritorio del profesor... La mesa que había elegido también tenía una buena vista. Cuando tomó asiento, hubo un grito ahogado en la multitud. Wow, esos chicos seguro eran fáciles de complacer.
Se sentía muy bien en su primer día hasta que escuchó el sonido de un carraspeo. Cuando levantó la vista, se encontró con una bonita chica de cabello azul rojizo de pie en frente de su caldero, mirándola con un odio inconfundible. El «Espejo» de su madre habría usado las mismas palabras para describirla, eso era seguro.
Sintió un frío miedo mientras el recuerdo de su infame fiesta de cumpleaños vino de golpe. Tal vez si ella se hacía la tonta y la halagaba, la chica no recordaría lo que había sucedido hacía diez años. Valía la pena intentarlo.
"Soy Evie... ¿Cuál es tu nombre?" preguntó inocentemente, aunque sabía exactamente quien estaba de pie frente a ella. "Y, por cierto, tu chaqueta es increíble. Se ve muy bien en ti. Me encanta todo el diseño que has armado en ella."
"Novata, ese es su caldero. Deberías apartarte." le susurró en voz alta un estudiante, que mas tarde Evie se enteraría que su nombre era Yzla... Mientras tanto la chica sentada a su lado reprimió una risa burlona.
"Oh, ¿ésto es tuyo...?" preguntó Evie a la chica de cabello azul rojizo quien asintió. "¡No tenía idea de que era tu mesa, lo siento mucho!" con su brillante sonrisa de comercial se levantó. Por fin se dio cuenta de por qué los estudiantes la habían estado mirando fijamente. Ellos habían estado observando un desastre a punto de ocurrir.
"Sí, sí." respondió la chica de cabello azul rojizo con voz suave y amenazante. "Y si no te mueves tu tonto cabello azul desaparecerá, así tal vez tu tengas una mejor vista hacia el escritorio del profesor, ¿de acuerdo?" gruñó bruscamente pasando junto a Evie y ruidosamente tirando su mochila hacia abajo en el centro del caldero.
Captando el mensaje, Evie agarró sus cosas y encontró un caldero vacío en el fondo de la clase, detrás de una columna, donde no podía ver la pizarra. "¿Es que quien creo que es?" le preguntó al pequeño niño sentado junto a ella, cuyo cabello era negro en las raíces pero blanco en las puntas.
En realidad, todo lo que llevaba era en blanco y negro con un toque de rojo: una chaqueta de piel de cuello con un lado negro y un lado blanco y mangas de cuero rojo, una camisa con botones en negro con rayas de blanco y pantalones cortos de un lado blanco y del otro de ambos colores. Era un look muy curioso. Para una mofeta sangrienta.
"Si te refieres a Briana, tienes razón, y si fuera tú me quedaría lejos tanto de ella como de Mal la chica que está sentada en el asiento a su lado." dijo el chico.
"Briana y Mal..." murmuró Evie, nerviosamente.
"Sí." asintió el chico. "La mamá de Mal es la jefa de por aquí... Ya sabes..." hizo señales como de trompetas con las manos a ambos lados de la cabeza.
No necesitabas haber vivido en la isla por mucho tiempo para saber exactamente de quién estaba hablando. Nadie se atrevía a pronunciar su nombre, a menos que fuese absolutamente necesario.
"Y por supuesto está la madre de Briana, la Reina Roja y segunda al mando de la madre de Mal." continuó el chico con un escalofrío.
Evie tragó saliva. Su primer día, y ya había hecho la peor enemiga en la escuela. Fue Maléfica quien por pedido de la Reina de Corazones habían desterrado a Evie y a su madre hacía diez años y la causa de que creciera solitaria en un castillo lejano. Su propia madre podría llamarse Reina Malvada, pero todo el mundo en la Isla de los Perdidos sabía que Maléfica llevaba la corona en ese lugar. Hasta su mismo aspecto era el que llevaba su hija por los calabozos de Dragon Hall.
'Espejo mágico dime una cosa, ¿quién del reino es la más idiota?' pensó entonces para si misma con una exhalación.
