El "amor auténtico" no muere nunca.

Tercer acto.

Carnegie malgastó su último nervio de vida y Haruka salió del automóvil. Michiru estaba haciendo señas al coche que se acercaba. Haruka no lo vio con claridad debido a la oscuridad y la nieve. Lo único que distinguía fueron los brillantes círculos de los faros. Se agazapó detrás del vehículo de Carnegie y observó por las ventanillas traseras.

Las voces casi se perdían en el viento.

— ¿... problema, señorita?

— ... padre — (Viento)— ...; Un ataque al corazón! ¿Podría...?

Haruka dio la vuelta sigilosamente al auto de William Carnegie, se agacho. Entonces los vio, la esbelta figura de Michiru y una silueta más alta. Al parecer se hallaban junto a una camioneta. Se acercaron hacia la ventanilla del conductor del Chevrolet, donde William yacía sobre el volante con la lima de Michiru en el cuello. El conductor de la camioneta era un jovencito abrigado con lo que parecía un impermeable de las Fuerzas Aéreas. Metió la cabeza en el coche. Haruka se levantó detrás de él.

— ¡Dios mío, señorita! — dijo él—. ¡Este hombre tiene sangre! ¿Qué...?

El brazo de Haruka paso por su cuello y agarró su muñeca con la mano del otro brazo. Tiró hacia arriba. La cabeza chocó con el borde de la puerta y produjo un hueco ¡chok! El joven quedo fláccido en sus brazos. Haruka pudo haberse conformado con eso. Él no había visto bien a Michiru, no sabía nada de la rubia. Pero él era un entrometido, un estorbo, alguien que les obstruía el camino, que intentaba perjudicarlas. La rubia ya estaba harta de que la fastidiaran y simplemente lo estrangulo hasta arrancar el último aliento de vida que pudiese quedar en él. Aquella era la dulce violencia que inexplicablemente Michiru despertaba en ella.

Después alzó la mirada y vio a Michiru iluminada por los faros del coche y la camioneta. Su expresión era un extravagante gesto de odio, amor, triunfo y alegría. Extendió sus brazos hacia la rubia y ella corrió a su encuentro. La emoción las sobrepasaba, sus labios estaban fríos, pero no su lengua. Haruka introdujo las manos en los huecos de su cabello y el viento rugió alrededor de las dos.

— Ahora arregla esto — dijo ella —. Antes de que venga alguien más.

La rubia obediente arreglo todo. Fue un desastre, pero no hacía falta más. Después de eso nada importaba. Estaban a salvo.

El cuerpo del jovencito era ligero. Lo arrastro y lo llevó al lado de la carretera y lo echó al barranco por encima de las vallas. Su cadáver rebotó fláccidamente hasta llegar al fondo.

Carnegie, era más pesado, y para colmo sangraba como un cerdo colgado. Haruka intento levantarlo, retrocedió unos pasos, se tambaleó y el cuerpo se soltó de sus brazos y cayó a la carretera. Le dio la vuelta. La nieve se pegaba a su cara.

Lo recogió por las axilas y lo arrastró hasta la pendiente. Sus pies dejaron surcos en la nieve. Lo lanzo abajo y lo vio deslizarse sobre su espalda. Sus ojos estaban desorbitados, era como si contemplaran los copos que caían ante ellos. Sí, seguía nevando, los cadáveres serían dos vagos bultos cuando llegaran las quitanieves.

Michiru había subido ya a la camioneta sin necesidad de decírselo. Por un segundo Haruka vio la pálida mancha siniestra de su cara, los oscuros agujeros de sus ojos, pero nada más. Subió al coche de Carnegie, se sentó en las franjas de sangre formadas sobre el vinilo del asiento y llevo el coche hacia el barranco. Apagó los faros, encendió todos los intermitentes y salió. Para cualquier persona que pasara por allí se trataba de un conductor que había tenido problemas con el motor y se había dirigido a la ciudad para buscar un garaje. Sencillo pero práctico. Haruka se complació mucho con su improvisación. Como si hubiera pasado toda su vida asesinando. Corrió hacia la camioneta, se situó ante el volante y lo giro hacia la entrada de la autopista.

Michiru se acercó más, sin tocar a la rubia, pero muy cerca. A veces, cuando se movía, notaba mechón de su pelo que le rosaba el cuello. Como si la tocara un pequeño electrodo. Mas tarde mientras conducía, Haruka creyó verla desaparecer. Tuvo que extender la mano y tocar su pierna para asegurarme de que era real. Ella se rio en silencio. Todo era real.

Se dirigieron hacia el sur. Al otro lado del puente de Russellville, se encuentra una inmensa granja renovada que exhibe el risible nombre de la Liga Juvenil de Russellville. Tienen doce boleras con torcidos recogedores automáticos que normalmente están averiados uno o incluso más días a la semana, algunos viejos sillones, un tocadiscos, tres mesas de billar y una barra para tomar soda y patatas fritas.

Las personas que pasan por allí solían ser rufianes de Russellville y de pueblos aledaños. Y en promedio había una pelea por noche en el aparcamiento…

Flash back

Haruka empezó a visitar aquel lugar cuando era alumna de segundo curso en la escuela de enseñanza secundaria. Uno de sus grandes amigos, Seiya Kou, trabajaba allí tres noches por semana, y si no había nadie esperando mesa la dejaba jugar gratis al billar. No era mucho, pero era mejor que volver a la casa de los Harris.

Allí conoció a Darien Akerman. El de Russellville y nadie dudaba que era el tipo más rudo de las tres localidades próximas. Conducía un astillado Ford y se rumoreaba que era capaz de empujarlo varios kilómetros si tenía que hacerlo. Se presentaba igual que un rey, con el cabello siempre acicalado una chamarra y unos buenos jeans, jugaba alguna partida de billar (era un experto, por supuesto), compraba a Rei un refresco cuando ella llegaba y después se iba con la chica. Casi se escuchaba un suspiro de alivio por parte de los presentes cuando la puerta de entrada gruñía antes de cerrarse. Nadie salió nunca a pelear con Darien Akerman en el aparcamiento.

Nadie, excepto Haruka.

Rei era desde luego la chica de Darien, la más guapa de Russellville. Ella no parecía terriblemente inteligente, pero eso no importaba después de mirarla. Tenía la tez más perfecta que Haruka conocía, y no era debido a menjurjes y cosméticos. Cabello de un negro azabache, ojos purpura, boca generosa y un cuerpecito que a ella no le importaba exhibir. ¿Quién se atrevía a darle conversación e intentar avivar su fuego mientras Darien se hallaba cerca? Nadie cuerdo, esa era la respuesta.

Por aquella época la apenas adolescente de ojos esmeralda estaba chiflada por ella. No como con Serena y no como con Michiru, pero el interés de Haruka era, a su manera, tan desesperado y tan serio como el de cualquier otra jovencita enamorada. Si alguna vez han padecido algún caso grave de amor infantil, comprenderán cuáles eran los sentimientos de la rubia. Rei tenía diecisiete años, era dos años mayor que la rubia.

La de ojos violeta debía de sospechar lo que pasaba, y tenía que sentirse halagada, pues solía ser muy amable cuando Darien no estaba cerca. Se acercaba y hablaba con Haruka, le permitía comprarle un refresco, se acomodaba muy cerca y rosaba le rozaba la pierna. Eso volvía loca a la joven e inexperta Haruka.

Una noche, la de ojos esmeralda se encontraba fantaseando, jugando una partidita de billar con Seiya, aguardando la llegada de Rey. El local estaba desierto porque aún no eran las ocho, y un solitario viento soplaba en el exterior.

— Será mejor que te apartes — Dijo Seiya mientras metía la bola número nueve en el rincón.

— Qué me aparte ¿De qué?

— Ya lo sabes.

— No, no lo sé. — La rubia se rascó la cabeza.

Seiya puso otra bola en la mesa y mientras lo hacía Haruka fue al tocadiscos y echó una moneda.

— Rei Hino. — Apuntó cuidadosamente a la bola uno y la envió paralelo al borde de la mesa —. Taiki ha comentado con Darien tu forma de ir como un perro detrás de ella. Yaten piensa que es muy divertido, porque ella tiene más años que tú y todo eso, pero te aseguro que a Darien no le ha hecho gracia.

— Ella no significa nada para mí. — Afirmó Haruka.

— Mejor que no lo sea — Repuso Seiya.

Darien se presentó cerca de las nueve, solo. Nunca antes se había fijado en la rubia y ella casi había olvidado las palabras de Seiya. Estaba jugando en una máquina, muy concentrada. Ni siquiera notó que el local iba quedando en silencio conforme la gente dejaba de jugar a los bolos o al billar. Lo siguiente que supo es que alguien la había echado contra la máquina. Cayó al suelo hecha un ovillo. Se levantó sintiéndose asustada y aturdida. Darien había movido la máquina. Estaba de pie allí, mirándola, sin un pelo desarreglado, con la cremallera de su chaqueta militar medio bajada.

— Si no dejas de molestar a mi chica — dijo en voz baja — te haré una cara nueva.

Se fue. Todos miraban a Haruka y ella deseó que la tierra la tragara hasta que descubrió algo así como admiración en las caras de casi todos los presentes. Se quito el polvo de la ropa y puso otra moneda en la máquina. La señal de FALTA se encendió. Un par de tipos se acercaron y le dieron unos golpecitos en la espalda antes de marcharse, sin decir nada.

A las once, hora de cierre del local, Seiya se ofreció para llevarla a casa.

— Vas a caerte si no andas con cuidado.

— No te preocupes por mí. — Pidió ella. Seiya no contestó.

Dos o tres noches después Rei entró sola como a eso de las siete. Había otro tipo allí, un joven llamado Kelvin Taylor, pero apenas si Haruka se percató de él. Era más invisible incluso que ella.

Rei vino directo hacia la máquina donde estaba la rubia jugando y se puso tan cerca que pudo percibir el aroma de su piel. El olor la deslumbró.

— Me enteré de lo que Darien te hizo — dijo —. Se supone que no debo hablar contigo y no pienso hacerlo, pero tengo algo que hará más fáciles las cosas. — La besó y no fue un beso cualquiera, Haruka en verdad disfrutó de aquella lengua recorriendo su boca y el dulce sabor a refresco de Kola en su saliva. Después se fue, antes de que Haruka pudiera despegar su lengua del paladar. Continúo jugando mareada. Ni siquiera vio a Kelvin cuando salió a difundir la noticia. La rubia no veía otra cosa aparte de aquellos ojos tan violetas.

Esa noche acabó en el aparcamiento con Darien Akerman, y él no le dio menos que una señora paliza. Hacía frío, muchísimo frío, y al final ella se echó a llorar, sin importarle quiénes estaban mirando o escuchando. Una solitaria lámpara de un poste contempló la escena cruelmente. Ni uno solo de sus golpes tocó a Darien.

— Muy bien — Dijo él, acuclillado junto a ella. Ni siquiera jadeaba. Sacó una navaja automática de su bolsillo y apretó el botón cromado. Quince centímetros de plata bañada por la Luna emergieron —. Esto te espera la próxima vez. Grabaré mi nombre en tu pellejo. — Se levantó, le dio una última patada y se fue. Haruka Jamás volvió a la bolera.

Darien murió dos años más tarde en una montaña al estrellarse con su elegante Ford contra un volquete de una brigada de reparación de carreteras, la causa de su muerte no fue el impacto sino la herida en su pecho. Algo le había atravesado las costillas hasta llegar al corazón aunque la pieza metálica o lo que sea que hubiese causado la herida, jamás fue encontrado.

End flash back

La camioneta no llevaba neumáticos para nieve, y antes de llegar a la salida de Lewiston empezaron a resbalar por la carretera. Tardaron más de una hora en recorrer los cuarenta y cinco kilómetros.

El encargado de la cabina de peaje de Lewiston cogió el ticket y el dólar veinticinco.

— Un viaje resbaloso, ¿eh?

Ninguna de las dos le contestaron. Estaban cerca del lugar al que deseaban ir. De no haber tenido ese curioso contacto mudo con ella, Haruka lo habría deducido igualmente por su forma de sentarse en el asiento lleno de polvo de la camioneta, sus manos dobladas con fuerza en su regazo, los ojos fijos en la carretera con feroz intensidad. Pronto a Haruka un escalofrío le recorría el cuerpo, un miedo aquietante y aquella desagradable sensación le sobrevendrían sin razón aparente... solo aparente.

Russellville era un pueblo desierto, todo estaba a oscuras y cerrado. Haruka Conectó las luces altas para cruzar el puente que conducía a Russellville. Delante, al otro lado del río, vio la oscura sombra que era el local de la Liga Juvenil de Russellville. Tenía un aspecto abandonado y solitario. De pronto Haruka se sintió apenada por tanta violencia por tanta muerte. En ese momento Michiru habló por primera vez desde la salida de Wynne.

— Tenemos a la policía detrás.

— ¿Nos…?

— No. Llevan las luces apagadas. — Pero el detalle puso a Haruka nerviosa y quizá por eso ocurrió lo que ocurrió.

— Maldita sea...

La parte trasera de la camioneta patinó y, antes de que pudiera dominar la situación, chocó con uno de los gruesos puntales de acero del puente. Dieron varias vueltas y lo siguiente que vieron fue el brillo de los reflectores del vehículo policial que iba detrás de ellas. El coche frenó, pero el hielo también le afectó. Se echó encima de la camioneta. Hubo un estridente chirrido. Haruka caería sobre el regazo de Michiru e incluso en esa confusa fracción de segundo tuvo tiempo de saborear la lisa firmeza de su muslo. Después todo quedó quieto. El vehículo policial tenía encendida la luz giratoria. Proyectaba azuladas sombras que cruzaban el techo de la camioneta y la luz interior del coche se encendió en el momento en que el policía bajaba.

Si él no hubiera ido detrás de ellas no habría pasado nada. Ese pensamiento daba vueltas y más vueltas en la cabeza de Haruka, como una aguja de tocadiscos repitiendo el mismo surco defectuoso. En el rostro de Haruka había una tensa mueca fija cuando buscó a tientas en el suelo de la camioneta. Buscaba algo para golpear al policía.

Había una caja de herramientas abierta. Encontró una llave de cubo y la dejó en el asiento entre Michiru y ella. El policía asomó la cabeza por la ventanilla. Su rostro se alteraba con la intermitente luz azul.

— Circula con demasiada velocidad dadas las condiciones ¿No le parece?

— Usted iba demasiado cerca ¿No le parece? — Repuso la rubia.

— ¿Está acusándome de algo?

— Sí, si es que piensa cargarme con la culpa de las abolladuras de su coche.

— Enséñeme su carnet de conducir y los documentos del vehículo. Haruka sacó la cartera y le dio el carnet.

— ¿Y la documentación del vehículo?

— Es la camioneta de mi hermano. La documentación la tiene él.

— ¿Sí? — El patrullero la miro fijamente, intentando hacerle bajar los ojos. Cuando comprendió que iba a tardar demasiado, miró a Michiru. Haruka le habría arrancado los ojos solo por la expresión que vio en él — ¿Cómo se llama usted?

— Cheryl Craig, señor. — Mintió ella de nuevo.

— ¿Y que hace usted en la camioneta del hermano de esta mujer en plena tormenta de nieve, Cheryl?

— Íbamos a ver a mi tío.

— ¿En Russellville?

— Sí.

— No conozco ningún Craig en Russellville.

— Se llama Barlow. Vive en Bowen Hill.

— ¿Ah sí?

— Se acercó a la parte trasera de la camioneta para mirar la matrícula. Haruka abrió la puerta y asomó la cabeza. El policía estaba anotando el número. El hombre volvió y ella seguía inclinada hacia fuera, iluminada de la cintura para arriba por el destello de los faros de la patrulla.

— Voy a... ¿Qué lleva por toda la ropa?

— Haruka no tuvo que mirar qué llevaba por toda la ropa. También lo llevaba Michiru en su ropa. Lo había olido en el abrigo color canela de ella cuando la besó. Hasta ese momento la rubia creía que aquel gesto, inclinarse con la puerta abierta, había sido un descuido. Pero en realidad no lo fue, no fue para nada un descuido, ni mucho menos. Ella en verdad deseaba que el policía la viera. Agarró la llave de cubo.

— ¿A qué se refiere? — Preguntó ella taimada

Él dio dos pasos hacia ella.

— A usted le pasó algo... Se ha herido, eso parece. Será mejor...

Ella blandió la llave. Él había perdido la gorra en el choque y su cabeza estaba descubierta. Le golpeo en el cráneo, por encima de la frente. Jamás olvidaría el sonido del golpe, igual que un kilo de mantequilla que cae a un suelo duro.

— De prisa — dijo Michiru.

Apoyó su tranquilizadora mano en el cuello de Haruka. La tenía muy fría, como el ambiente de un húmedo sótano, no era el frio normal de un ser humano con vida.

Había cierta mirada de satisfacción en la rubia mientras estaba mirando al policía sangrar a causa del golpe.

— De prisa — Repitió Michiru.

Aquel cuerpo era mucho más ligero que el de William Carnegie, o tal vez la adrenalina de Haruka fluía con más libertad. Lo cogió con ambos brazos y lo llevo al borde del puente. Las cataratas de Russellville penas eran visibles corriente abajo. El viento nocturno aullaba y por un momento sostuvo al policía contra su pecho como si fuera un niño recién nacido, luego recordó quién era realmente y lo lanzo por la barandilla hacia la oscuridad.

Michiru y Haruka volvieron a la camioneta y subieron, pero el vehículo no arrancaba. Intentaron dar marcha una y otra vez hasta percibir cierto aroma a gasolina.

— Vamos — indicó la rubia.

Fueron al coche policial. El asiento delantero estaba repleto de impresos para multas, y había dos tablillas con sujetapapeles. La radio de onda corta situada bajo el tablero chasqueó.

— Unidad cuatro, adelante, cuatro. ¿Me recibe?

Michiru bajo la mano y apagó el aparato, no sin antes golpearse los nudillos con algo mientras buscaba el interruptor apropiado. Era una escopeta de caza. Seguramente propiedad del policía. Al verla Haruka la desenganchó y la entrego a Michiru, que la puso en su regazo. Dieron marcha atrás al coche. Estaba abollado, pero funcionaba. Tenía neumáticos para nieve que se aferraban perfectamente al hielo causante de los desperfectos.

Finalmente llegaron a Russellville. Las casas, aparte de algún remolque vivienda apartado de la carretera, habían desaparecido. La misma carretera estaba sin pisar todavía y no había marcas aparte de las que dejaron ellas.

Se detuvieron por un momento para descansar aquel parecía un buen lugar para ello. Luego Michiru se acercó para para besar a la rubia y ella no aguanto más, finalmente lo vio, en el espejo retrovisor vio su reflejo lo que en realidad era y en verdad no pudo tolerarlo. Retorno la mirada al asiento del al lado y realmente estaba allí. Un rostro marchito y retorcido con cuencas negras llenas de un nauseabundo alquitrán en cuyas profundidades brillaba lo que parecían un par de ojos rojos, se alzó con la boca abierta, dejando ver los dientes malformados y pútridos.

Un grito de terror rasgaría el silencio de aquel pueblo fantasma, pero nadie escucharía su terror. Haruka abrió la puerta de un empujón y corrió hacia los árboles. Vomitó como nuca en su vida le habría pasado y cuando al fin la bilis de su estómago se detuvo se dio cuenta de que temblaba como una hoja.

Se quedo allí por unos momentos, sabía que era su oportunidad de escapar, pero no lo hizo el silencio entre los combinados olores de la noche y el frio de la misma le devolverían la calma y se sintió aliviada.

Inexplicablemente regresó. Michiru la miró, le ofreció la sonrisa de sus celestes ojos, y la invito al interior del coche de nuevo. A Haruka el recuerdo de la reciente y horrida experiencia la había excitado, por alguna razón incomprensible para ella, y simplemente; regresó.

— ¿Ahora? — Haruka no pudo responderle. Temblaba demasiado para hablar. Michiru hizo un lento gesto de asentimiento.

Encendieron el auto y regresaron a la carretera. La rubia apagó los faros y la nieve comenzó a amontonarse en el parabrisas. Algo así como un sonido escapaba arrastrado fuera de su boca. Debió de ser una imitación oral de los pensamientos de un conejo atrapado.

Michiru conectó la radio policial mientras y el aparato les informó lo que debían saber. Habían encontrado los cadáveres de Carnegie y el jovencito de la camioneta. Sospechaban que ellas habían robado el vehículo policial. El policía se llamaba Andrew. A ellas no les inquietó enterarse sobre el reporte del policía. Él había estado siguiéndolas demasiado cerca y las había molestado.

Salieron a la carretera principal.

— Aquí — dijo Michiru —. Aquí mismo. — Fue un éxtasis. La rubia notó la excitación de Michiru, intensa, caliente, ardiendo. Se detuvo el tiempo suficiente para limpiar el parabrisas con el brazo y luego siguieron su camino.

Atravesaron la parte oeste de Russellville y supo por dónde girar sin necesidad de que Michiru se lo dijera.

La quitanieves no había pasado por allí, pero un vehículo las había precedido. Las huellas de sus neumáticos continuaban marcadas en la nieve.

Dos kilómetros; después menos de dos kilómetros. La ansiedad, la feroz urgencia de Michiru llegaba hasta la rubia y de nuevo se sintió nerviosa. Doblaron una curva y allí estaba el camión de la empresa eléctrica, carrocería de tono anaranjado y luces de aviso que oscilaban con el color de la sangre. Estaba bloqueando la carretera.

No pueden imaginar la rabia de Michiru. No pueden imaginar la abrumadora sensación de intensa paranoia, la convicción de que todo el mundo pretendía fastidiarlas.

Había dos hombres. El primero era una sombra acurrucada en la oscuridad. El segundo sostenía una linterna y se acercó a ellas haciendo oscilar la luz como un espeluznante ojo. Y había algo más aparte de odio. Había miedo..., miedo de que todo saliera mal en el último momento.

El hombre estaba gritando, Haruka abriría la ventanilla.

— ¡No puede pasar por aquí! ¡Vaya por la carretera de Bowen! ¡Tenemos un cable cargado aquí mismo! ¡No puede...! Michiru salió del coche, alzó la escopeta y disparo los dos cartuchos. El hombre salió forzosamente despedido hacia atrás, chocó en el camión y fue deslizándose hacia el suelo. Centímetro a centímetro, sin dejar de mirarlas incrédulamente, y por fin se derrumbó en la nieve.

— ¿Hay más cartuchos? — Pregunto Michiru.

— Sí. — Sin parecer sorprendida, Haruka entrego la munición como algo más que normal. Michiru abrió la escopeta, expulsó los cartuchos usados y puso los nuevos.

El compañero del muerto se había incorporado y las observaba con enorme incredulidad. Gritó algo que se perdió en el viento. Parecía una pregunta, pero no importaba. Michiru iba a matarlo. Se acerco a él y el hombre permaneció inmóvil, mirándola.

No se movió, ni siquiera cuando ella alzo la escopeta. A esas alturas no tenía la menor idea de lo que estaba pasando. Probablemente pensó estar soñando.

El disparo salió demasiado bajo. Un torbellino de nieve se levantó y cubrió al desgraciado. Después, el hombre lanzó un enorme chillido de terror y echó a correr, pasando con un gigantesco salto sobre el cable eléctrico extendido en la carretera. Disparó el segundo cartucho y fallo de nuevo. Haruka arrebato el arma de las gélidas manos de Michiru, pero para el momento en que la cargo de nuevo el hombre simplemente se perdió en la oscuridad y ellas se olvidaron de él. Ya no las molestaba.

— Tendremos que ir a pie — Dijo Michiru.

Pasaron junto al cadáver, saltaron sobre el chisporroteante cable de energía y continuaron caminando por la carretera, siguiendo las espaciosísimas huellas del fugado. La nieve acumulada alcanzaba a veces las rodillas de Michiru, pero ella se mantuvo siempre por delante mientras Haruka no dejaba de jadear.

Llegaron a una elevación y bajaron por una estrecha pendiente. A un lado se alzaba una torcida y abandonada cabaña con ventanas sin vidrios. Michiru se detuvo y asió el brazo de la rubia.

— Allí — dijo, y señaló hacia el otro lado.

Le tenía agarrado el brazo con fuerza, dolorosamente a pesar de estar su abrigo en medio. Su semblante estaba fijo en un feroz gesto de triunfo.

— Allí. Allí. — Era un cementerio.

Resbalaron y cayeron al cruzar la cuneta y treparon por una pared de piedra cubierta de nieve. Haruka también había estado allí, por supuesto. Serena había sido sepultada allí, ella había ido con frecuencia al cementerio para leer poemas de John Keats y Percy Shelley. Muchos pensarán que hacer tal cosa es una condenada extravagancia, pero la rubia no pensaba lo mismo. Ni siquiera en ese momento lo juzgo así. Se sentía cerca de su difunta pareja y extrañamente consolada.

Después de meses, de casi un año, Haruka no regresaría al cementerio. No hasta que Michiru la condujo allí.

Resbaló cayendo en el polvo de nieve y se torció el tobillo. Haruka se levantó y continuó andando con esa pierna levantada y la escopeta a modo de muleta. El silencio era increíble. La nieve caía formando suaves líneas rectas sobre las inclinadas lápidas y cruces, enterraba todo excepto las puntas de los oxidados mástiles, que sólo sostenían banderas del Día de los Veteranos y la festividad dedicada a los soldados muertos en campaña. El silencio era indiferente por su intensidad y Haruka experimentaba de nuevo terror.

Michiru la condujo hacia una conocida construcción de piedra que se alzaba en medio del cementerio. Una cripta. Ella tenía la llave. Haruka sabía que ella tendría una llave, y así fue. Pero ¿Por qué?

Aquella era sin duda la cripta de quien alguna vez respondió al nombre de Serena.

Michiru sopló para apartar la nieve de la cerradura y localizó el agujero. El ruido de las guardas al girar pareció extenderse por la oscuridad. Michiru se apoyó en la puerta y ésta giró hacia adentro.

El olor que brotó del interior fue frío, frío como el ambiente del sótano de los Harris. Haruka solo puede ver una pequeña parte de la cripta. Había hojas secas en el suelo de piedra. Michiru entró, se detuvo, la miró por encima del hombro.

— No — Repuso Haruka. Michiru se rio de ella.

Permanecieron en la oscuridad mientras la rubia percibía que todo iba confluyendo: el pasado, el presente y el futuro. Sintió deseos de correr, de correr y chillar, de correr con la suficiente rapidez para anular todo lo que había hecho.

Michiru seguía mirándola, la mujer más hermosa del mundo, la única cosa que había sido realmente suya en toda su vida. Le hizo un gesto con las manos sobre el cuerpo. No hay necesidad de explicar el significado. Lo habrían sabido si lo hubieran visto.

Haruka entro y Michiru cerró la puerta.

La cripta estaba a oscuras, pero veían perfectamente. El lugar estaba iluminado por un fuego verde que ardía despacio. Se extendía por las paredes y serpenteaba por el suelo cubierto de hojas secas. Había un féretro en el centro de la cripta, pero estaba vacío. Pétalos de rosas marchitas reposaban diseminados alrededor. Michiru llamó a la rubia por gestos y señaló la puertecilla situada en la parte trasera. Una puerta pequeña, sin letrero alguno. Haruka sintió pavor. En ese momento lo comprendió. Michiru la había utilizado y se había reído de ella. Iba a destruirla.

Pero no, a pesar de ello no pudo contenerse. Se acercó a la puertecilla porque debía hacerlo. Solo porque era Michiru quien le pedía hacerlo, solo porque ella seguía emitiendo algo que la rubia consideraba gozo, un gozo terrible, demente, y triunfo. Su mano se extendió temblorosa hacia la puerta. Estaba cubierta del verde fuego.

Abrió y vio lo que había dentro.

Era Serena, la chica muerta. Sus ojos contemplaban inexpresivos aquella cripta, conectaban con los de Haruka. Olía a rosas marchitas y… besos furtivos.

Estaba desnuda y la habían rajado desde el cuello hasta la ingle. Su cuerpo era un claustro estéril. Y sin embargo algo vivía allí. Las ratas. Haruka no pudo verlas, pero las escuchó, allí dentro, en las entrañas de ella. Sabía que al cabo de un momento la reseca boca de Serena se abriría y le hablaría de amor. Retrocedió, con todo el cuerpo entumecido y el cerebro inmerso en una oscura nube de espanto.

Observo a Michiru, estaba riéndose con los brazos extendidos hacia ella. Y en un repentino centelleo de juicio, Haruka lo comprendió. Había pasado la última prueba. ¡Ahora era libre! ¡Realmente libre de aquella pasada vida que jamás quiso reconocer como suya, ni sus errores!

Se acercó a Michiru. Se acerco a la vida. Sus brazos le rodearon el cuello y Haruka atrajo su cuerpo hacia el de ella.

En ese momento ella empezó a cambiar, a fluctuar y derretirse como cera. Los ojazos celestes se convirtieron de nuevo en aquellas oscuras y pútridas cuencas. El cabello se hizo burdo, perdió color. La nariz se acortó, las ventanas nasales se dilataron. Su cuerpo se aterronó junto al de Haruka. Un extraño demonio la estaba abrazando.

Su retorcida boca sin labios se extendió hacia la de ella. La rubia no chillaría. No le quedaban chillidos. Difícilmente no volvería a chillar, no después de hacer el amor a aquel dulce demonio mientras los atentos ojos muertos de aquel cadáver corrupto las observaba…

Haruka se dispone a culminar la misiva de su confesión.

— «Qué calor hace aquí» pensó mientras sus ojos recorrían las paredes hechas de piedra de su celda.

«No me importa el calor. Realmente no me importa sudar si después puedo ducharme, pero a veces hay bichos que pican..., arañas, por ejemplo»

«¿Sabían que las hembras de las arañas pican y devoran a sus compañeros? Lo hacen, inmediatamente después del apareamiento. Y además oigo ruidos presurosos en las paredes. No me gusta eso»

«… La punta de fieltro de la pluma está blanda y espumosa. Pero ya he terminado. Y las cosas parecen distintas. No las veo igual que antes»

—¿Saben que durante algún tiempo casi la convencieron de que había hecho todas esas cosas horribles? Aquellos hombres del bar para camioneros, el tipo del camión de la empresa eléctrica que huyó. Todos dijeron que Haruka iba sola. Nadie recuerda haber visto a ninguna mujer de pupilas celestes y cabellos aquamarina. La rubia estaba sola cuando la encontraron, casi muerta de frío en aquella cripta, aferrada al cadáver corrupto de Serena. Pero para ella eso sólo significa que Michiru se fue, es evidente. Simplemente la había dejado a su suerte lo que para la rubia no era mas que un alivio ya que lo que más deseaba era proteger a Michiru, ella debía ser salvada y Haruka debía cargar con toda la culpa.

— «Cualquier tonto lo comprendería. Pero me alegra que ella se fuera. De verdad. Aunque deben saber que ella estuvo conmigo siempre, en todas las etapas del viaje, no me importa que nadie la recuerde, tanto mejor así»

«Voy a suicidarme. Será mucho mejor. Estoy harta de la culpabilidad, agonía y pesadillas, y además no me gustan los ruidos de las paredes»

«Ahí dentro puede haber cualquier cosa. O nada»

«No estoy loca. Yo lo sé lo que eh vivido, ella ha estado conmigo y confío en que ustedes lo sepan también. ¿Si afirmas que no estás loca, eso se supone que significa que sí lo estás?»

«Me aburren esos jueguecillos. Ella me acompañó, fue real. La amo»

«Nunca he hecho daño a ninguna mujer, ¿verdad que no? Ni en esta vida ni en ninguna otra. Jamás hago daño a ninguna mujer»

— La confesión de Haruka fue hallada una cálida mañana de agosto junto a su cadáver, cerca de ella estaba el pedazo de vidrio externamente limpio y pulido. El forense abría mentido si hubiese dicho que fue el instrumento que le causo una sola herida de las nueve que el cadáver presentaba. Nueve para ser exactos, muchas, que, por su naturaleza, habría sido imposible creer que fuesen auto infringidas en especial aquella en su pecho y la que claramente le causaría la muerte. El verdadero objeto culpable del deceso, nunca fue hallado.

«Ella fue mi único amor auténtico, en esta vida y en la pasada y me temo que si regreso en una nueva también lo será»

— Así firmaba Haruka todas sus cartas a Michiru, las cartas que luego rompía.

«El amor auténtico no muere nunca»

—Tercer acto—

FIN

Una vez más gracias a todos y como siempre, si lo desean, no dejen de escribir sus reseñas, quienes me recuerdan saben la importancia que tienen para mí.

De momento no queda más que decir, hasta una nueva oportunidad :D