—¿Pero por qué tenemos que seguir en el hospital?

—Aún no hemos terminado de estabilizar las células de Hashirama para adherirlas a vuestra piel, Naruto, os necesitamos a mano para las pruebas.

—Pero Sakura…

Sasuke volvió a cerrar los ojos y dejó que las voces se diluyesen entre los silbidos del viento, la conversación no le interesaba, no era la primera vez que tenían esta discusión (ni sería la última) y siempre era igual, Naruto protestaba porque no les dejaban salir del hospital y Sakura le explicaba, con menos paciencia a cada replica del rubio, por qué no podían darles el alta.

Estaban preparando sus brazos nuevos y necesitaban a sus sujetos.

Estaban decidiendo qué hacer con él (¿le meterían en la cárcel como el criminal que era o su esporádica colaboración para acabar la guerra sería suficiente para que lo absolviesen?).

Todo el mundo lo sabía, aunque nadie se atrevía a decir nada; se trataba de un secreto a voces, encubierto con el milagro médico para el héroe de la aldea.

Sakura estaba cansada de discutir con Naruto, de las pruebas con las células, del papeleo y las obligaciones del hospital que la mantenían despierta hasta tarde todos los días desde que terminó la guerra y volvieron a la aldea; Sasuke lo notaba en las ojeras cada vez más oscuras que crecían como una mala hierba bajo sus ojos verdes, lo notaba en la torpeza con la que se movía entre su camas para tomarles muestras de piel.

A Naruto también se le notaba el cansancio, no era difícil porque el chico nunca había sido sutil, estaba claro en los constantes paseos por la pequeña habitación que compartían, en el traqueteo incansable de su pierna sobre el suelo, el colchón o sobre cualquier superficie en la que pudiese apoyarse antes de que Tsunade o Sakura le metiesen, una a golpes y la otra con amenazas (no siempre) vacías, de vuelta a la cama; estaba aún más que claro en la perorata inagotable que Sasuke ya había aprendido a silenciar y retomar a voluntad, cuando sentía que su voz era demasiado y luego no era suficiente.

Pero todo ese cansancio que los hundía se esfumaba en aquel campo de entrenamiento vacío al que salían a escondidas gracias a Sakura, que una vez a la semana fingía que se dejaba de convencer por las súplicas de Naruto, como si no hubiese sido ella la que lo había planeado desde el principio.

—Creo que he encontrado una forma de salir del hospital sin que nadie se dé cuenta.

Sasuke la miro con un ceja alzada, pero ella no le estaba mirando, tenía los ojos fijos en las hojas que estaba rellenando mientras esperaba a que Tsunade volviese con Naruto de quién sabe qué prueba o consulta tuviese que hacerle ahora; sobre su salud, o sobre Sasuke, aunque todo el mundo supiese que su opinión estaba más condicionada.

Sakura hablaba mucho y, al igual que Naruto, aunque no siempre necesitaba una respuesta, siempre la quería, y por primera vez desde que se conocían Sasuke estaba haciendo el esfuerzo de dársela a ambos cada vez que se veía capaz —era lo mínimo, después de todo, además, ya nada le impedía admitir que le gustaba la atención de esos dos sobre él—, así que dedicó un momento a interpretar lo que le había dicho, hasta dar con una respuesta adecuada.

—Tsunade no va a negarte un descanso.

Y los ojos verdes de Sakura, tan verdes como los bosques en los que había dormido a la intemperie tanto tiempo, se posaron sobre él con una mueca que claramente le quería decir que si era tonto o se lo hacía.

—Para que salgáis vosotros. Estoy segura de que si Naruto pasa un solo día más dentro del hospital me va a quitar el fonendo y me va a asfixiar con él. Pero necesito que no lo airee, así que no le digas que estoy planeando nada o acabarán pillándonos.

Antes de poder pensar si quiera una respuesta (la costumbre no llegaba de la nada) la puerta se abrió y la conversación terminó con los gritos de Tsunade y los quejidos de Naruto inundando la habitación.

Ambos sabían que a Sakura no le preocupaba que Naruto la ahogarse con el fonendo —ese era más el estilo de Sasuke—, así que pudo apreciar el cariño que se escondía en ese gesto, hacia ambos, porque Naurto se estaba volviendo loco (el pelo cada vez más sucio y el mar de sus ojos cada vez más embravecido) y su locura solo servía para arrastrar a Sasuke hacía la desesperación, a fantasear más de lo que le gustaría con quitarle el fonendo a Sakura y asfixiar al rubio con él.

Y de verdad, de verdad, que ninguno (él el que menos) quería eso.

Aquella noche Naruto deseó una vez más poder salir, aunque fuese a las puertas de entrada del hospital sin que nadie le detuviese, aunque fuese solo un momento. Y Sasuke hizo su parte.

—Si alguien sabe cómo moverse por el hospital es Sakura.

—¡Pero Sakura me matará si le pregunto cómo salir sin ser visto!

—Sakura te mataría si tuviese que oírte lloriquear tanto como lo hago yo a diario, imbécil.

—Para que lo sepas, tonto del bote, sin mí estarías muerto de aburrimiento, pero si me lo pides por favor, quizá puedo convencer a Sakura para que también te saque a ti de este cuadrilátero de tortura.

Sasuke no le pidió nada a nadie, Naruto solo pidió una vez que «por favor, Sakura, por favor te lo ruego te lo suplico necesito que me dé el aire o moriré y Sasuke morirá conmigo», Sakura puso los ojos en blanco y mintió fríamente al decirle que no quería oírle una sola palabra más, y dos minutos después añadió que solo los sacaría una vez.

El sol les daba de lleno y el único que se alejaba de él era Sasuke, colocado estratégicamente bajo la sombra de un árbol. Naruto estaba a su derecha, sentado con las piernas cruzadas y la mano bajo la barbilla con gesto aburrido, el pelo revuelto por el viento, limpio como no la había estado semanas atrás, y los ojos brillantes intentando enfocarse en la chica frente a él, como queriendo mostrarle que estaba prestando atención a las explicaciones médicas que le estaba dando, aunque los tres sabían que Naruto había dejado de escucharla a la segunda vez que le había dicho «no» y solo estaba esperando su turno de palabra para volver a protestar.

Sakura estaba a su izquierda, tomando el sol como una lagartija, con las piernas estiradas en la hierba y la espalda alzada, apoyándose sus antebrazos. Nunca se tumbaba del todo, según ella porque no quería mancharse el pelo o encontrarse una hormiga al peinarse, según Sasuke era su forma de restregarles que conservaba los dos brazos, la forma más sutil de entre todas las que usaba a diario para recordarles lo idiotas que habían sido.

—¿Crees que Sakura dejará de regañarnos algún día por habernos quedado mancos?

Sasuke no pensaba que Sakura los estuviese regañando, sino que los estaba castigando.

Por todo.

Por todo por lo que él le había pedido perdón en aquel precipicio tras la batalla; por todas las preguntas que Naruto le hacía sobre los que había ocurrido en la aldea cuando él estuvo entrenando con Jiraiya.

Por todas las cosas que se decían en aquella habitación y fuera de ella que todavía conseguían congelarla en el sitio y la obligaban a cuadrarse y fingir que no era la primera vez que las oía.

—No creo.

Naruto tardó en responder. Sabía que no estaba dormido, porque no roncaba, solo se oía su respiración y el crujido de las sábanas sobre su cuerpo al moverse incómodo. No lo retenía la energía encerrada entre el pijama de hospital y las bolsas de suero, sino un pensamiento difícil que intentaba tomar forma en su cabeza.

Sasuke le miró desde su cama, tenía el ceño fruncido y los ojos cansados, tristes casi… No le gustaba verle así; le gustaba el silencio compartido y su presencia ruidosa, y lo mucho que le brillaba la cara cuando le seguía el juego. Le gustaba abrir los ojos en aquella sala antiséptica y saber sin necesidad de moverse que Naruto estaba ahí con él. Le gustaba oírle hablar de cómo una vez que saliesen de ahí, eso no cambiaría, que no le dejaría solo ni un segundo y que si hacía falta allanaría su casa para que no pudiese huir de él.

Era la mejor amenaza que le habían hecho nunca; soñaba con ella todas las noches y contaba los días para que se cumpliese.

Ojalá hubiese sabido verlo antes.

—Creo que Sakura, no lo entiende —ah sí, lo de que se habían arrancado los brazos—. Creo que no lo entendería ni aunque se lo explicásemos.

—¿Tú puedes explicarlo?

—No… La verdad es que lo entiendo, pero no lo entiendo. ¿Tú lo entiendes?

—No.

—Es como que no habría acabado nunca. No íbamos a sentarnos a hablar las cosas tal cual, ¿a que no?— había burla en su voz, una forma de quitarle hierro al asunto. A que Naruto había tenido que estar a punto de morir para que Sasuke, también moribundo, estuviese dispuesto a escuchar—. Es que las cosas se hablan mejor tumbados, es mucho más cómodo. ¿Y si le decimos eso a Sakura?

—Te hará la próxima extracción de tejido sin anestesia local.

El intento de humor se perdió, y a su paso solo quedaron la tranquilidad de la noche y la calma de ese tan ansiado entendimiento mutuo.

—No va a perdonarnos nunca.

—No.

—No tiene por qué hacerlo, ¿verdad?

Sasuke no respondió esa vez, porque aunque sí tenía una respuesta, no se veía capaz de verbalizarla.

A sus ojos, Sakura no debía perdonarlos. Si Sasuke fuese ella, si él se los hubiese encontrado a ambos despeñados tras una pelea, cubiertos de sangre y magullados por cabezonería… Sasuke no habría sido capaz de salvarlos, se habría quedado en blanco ante tanta sangre derramada, ante otro rastro de pérdida, y todo por su culpa; porque a pesar de sus discusiones infantiles, Sakura y Naruto jamás se habrían matado, si Sasuke se los hubiese encontrado así (y los encontraba así en muchos de sus sueños), sabría que él le habría quitado el brazo a Naruto y el corazón a Sakura.

Que Sakura solo les hiciese comentarios sueltos aquí y allá, más o menos directos, sobre la ausencia de sus brazos y cicatrices en lugares extraños era lo mínimo que podía hacer, y en realidad, ambos estaban bien con ello, solo que esa parte de ellos que entendía, pero a la vez no entendía, deseaba que su extraña e interminable pelea entre ellos y contra el mundo, no le hubiese amputado algo a ella también.

Ojalá hubiese sabido verlo antes.

Todo.

Aún podía sentir la mano de Naruto en sus dedos ausentes, ardiendo entre el aire y la electricidad justo después de la colisión; sentía el pulso de Sakura bajo las yemas, su respiración atrapada bajo su palma.

Sasuke se preguntaba qué sería capaz de hacerles ahora con la mano que le quedaba; por primera vez no había ni una sola parte de él que tuviese miedo de averiguarlo, solo un deseo de empezar a hacerlo ya.

La discusión seguía y el tono de las voces que había extrañado durante tanto tiempo le indicaba que el tema de conversación no había cambiado.

Sabía que Naruto quería pedirle a Sakura que les dejasen ir a Ichiraku antes de volver y sabía que Sakura le iba a decir que no podían romper la estricta dieta del hospital, y Naruto le pediría a Sasuke que le apoyase, y él diría que no le metiesen en medio. Naruto conseguiría su ramen el fin de semana, cuando había menos personal; Sakura diría que fue esa mañana a comer con Ino y les había sobrado, aunque ambos platos estuviesen intactos; Sasuke les miraría con su bol desechable entre las manos, bebiendo el caldo y la imagen ante él para no olvidarla nunca, ni esa ni ninguna de las que habían sucedido y las que estaban por suceder.

—Estoy cansado, Sakura, necesito mi brazo, necesito volver a casa.

—No lloriquees por un brazo que has perdido por estúpido.

—¡Pero, Sakura! Si eso—

—Y yo también estoy cansada del hospital y de verte la cara todos los días —Naruto volvió a decir su nombre con un puchero—. A ver si terminamos ya con vuestros brazos y nos podemos ir a casa todos.

—¡¿Ya casi están nuestros brazos?!

—¡Yo no he dicho eso, Naruto!

—No, pero es lo que has querido decir, ¿a que sí, Sasuke?

Abrió los ojos, no del todo, solo a medias, lo suficiente para que el sol no lo deslumbrase, solo las miradas fijas de Naruto y Sakura sobre él.

—A mí no me metáis.

Las dos voces se mezclaron entre ellas en protesta «si es que todo le da igual / nada le emociona al imbécil» y tras esa protesta empezaron a hablar de él, de si el otro día se quejó porque el enfermero que pasó a cambiarles las vías tardó mucho en hacerlo…

—… pero porque le puso nervioso, no dejaba de mirarle, si es que cero empatía tiene.

—Normal, con la cara de amargado que lleva siempre, ni cuando le hemos puesto morfina le ha cambiado un poco.

—Bueno, pero bien que se puso contento cuando nos trajiste tus kunais para afilarlos.

Sasuke no se molestó en protestar y decirles que se equivocaban, que no todo le daba igual, solo la futura extremidad que no quería, ni mucho menos necesitaba, porque justo ahí, en el vacío entre su muñón y el resto del mundo, la ira y la culpa se acumulaban reemplazando el peso de su brazo. Y que no es que nada le emocionase, solo que la perspectiva de «volver a casa» le resultaba absurda, porque justo ahí, en ese campo de entrenamiento vacío —o en el hospital, o en cualquier otro lugar, dentro o fuera de Konoha, siempre que Naruto y Sakura estuviesen a su lado, siempre que las dos personas que quería carbonizar y meterse bajo la piel para no poder dejarlos jamás, para que pudiesen ver todo el amor que se retorcía por ellos como una serpiente en su interior— Sasuke ya estaba en casa.