Día 1
El reflejo danzante del sol sobre el mar le cegó durante un segundo a pesar de las gafas. Ignoró el tirón del cinturón y se inclinó hacia delante, apoyando las manos sobre el salpicadero. También obvio la queja de su padre, que le advertía de las manchas que sus dedos dejarían sobre la tapicería. Antonio sólo podía fijarse en la playa e imaginar el olor del mar que no le llegaba porque tenían las ventanillas cerradas y el aire acondicionado a todo velocidad. Una sonrisa curvó sus labios y los ojos brillaron tras los cristales polarizados de las gafas de sol. Habían pasado dos años desde la última vez que hizo ese viaje a la Costa Brava con su padre y casi parecía un siglo.
Desde que tenía seis años, con la exactitud de un reloj suizo, su padre Fernando y él subían al coche para visitar a su tía Greta. El abuelo había muerto tras un infarto repentino y los hijos habían heredado el negocio familiar que su madre no sabía cómo mantener: una tienda a pie de calle que vendía inflables, sandalias, cremas, cubos y palas para la playa. En invierno, sólo abrían tres de los cinco días laborables para ofrecer cebos y cañas de pescar.
Solía quedarse una semana, coincidiendo con el inicio de las vacaciones, y mientras Fernando ayudaba a Greta a organizar el almacén, Antonio había disfrutado de la playa como si no fuera a pisarla en lo que le quedaba de vida.
En cuanto el cacareo del freno de mano se extinguió, liberó su cinturón, que se recogió en la hendidura como una lengua de serpiente, y abrió la puerta. La bofetada de calor no redujo su buen humor. Si no fuera por la mano de su padre, que le agarró por la parte de atrás del cuello de la camiseta, se hubiera lanzado a correr por la playa.
—Ni se te ocurra, jovencito. Tenemos que descargar el maletero y te recuerdo que insististe en venir para ayudarme.
Abrió la boca con intención de quejarse, lastimero, y de inmediato recordó lo mucho que había suplicado a su padre para que le dejara venir. Dos años de pandemia y una incipiente crisis había sido suficiente para que sus padres se plantearan el gasto que suponía que Antonio se quedara siete días en Blanes con sus tíos. De hecho, Fernando, que normalmente lo acompañaba, había anunciado que se iría en cuanto terminara sus tareas en la tienda y eso solía tomarle un único día. De no ser por su insistencia y por su tía, no le hubiera quedado más remedio que marcharse con él.
Fernando arqueó las cejas, esperando ese comentario que no había llegado. Se conformó cuando su hijo fue para el maletero y cargó con una de las cajas. La casa de sus tíos se encontraba en primera línea de mar. Una carretera recta, bordeada por un amplio paseo de baldosas blancas y rosas, la separaba de la menguante línea de costa. La edificación no era nada del otro mundo: una casa de dos plantas descansaba sobre el local a pie de calle. A la izquierda, dos escalones daban acceso al portal de la casa. Los saltó ambos y apoyó la caja contra la pared rugosa. Apretó el botón y escuchó una respuesta atropellada en el interfono, interrumpida por un pitido que le hizo entrecerrar los ojos.
Todavía no había llegado a la puerta y ya escuchaba el jaleo de su tía. El tintineo de las llaves acompañaba los escandalosos pasos de unas chancletas sueltas. Su silueta se perfiló borrosa a través del cristal ondulado ámbar. Sonriente, esperó a que Greta abriera la puerta. Durante un segundo, la examinó cariñoso. De estatura mediana, el cabello corto caoba ondulado acariciando unas mejillas redondas y sus ojos marrones que se llenaron de emoción cuando lo reconoció.
—¡Toñito, cariño mío!
Jadeó ahogado, entre risas y el dolor punzante de una esquina de la caja clavándose en sus costillas. Los brazos de Greta poseían una fuerza que envidiaba. Diría que ni siendo más alto que ella conseguiría ganarle un pulso.
—Tía, me asfixio.
El lamento surtió efecto y ella se retiró. Sus manos abandonaron la espalda y acunaron las mejillas de Antonio, apretándolas hacia arriba. Esperó paciente a su escrutinio sólo para quejarse del golpe que le dio en un brazo.
—¿Hasta cuándo vas a seguir creciendo? ¿Es que te has propuesto convertirte en un árbol? —reprochó Greta.
—Es posible. ¿Me vas a querer menos?
—Querer menos, dice. Tengo el sobrino más alto y guapo de toda Cataluña y Zaragoza. ¿Te lo he dicho ya, Fernando? ¿Que tengo al sobrino más guapo de todos?
—Unas cien veces al mes. Mínimo —dijo Fernando, acercándose a ambos con dos cajas— Me encantaría seguir de cháchara, pero esto pesa.
Greta se hizo a un lado y, cuando estuvo a su altura, Fernando se detuvo para besar la mejilla que su hermana ya ofrecía con una sonrisa. Antonio lo siguió por el pasillo lateral que conducía a una puerta trasera a la tienda. Mientras que su padre apoyaba las cajas contra la pared y su rodilla, Antonio dejó la suya en la espalda de su padre. Sus quejas, entre sonrisas, le arrancó una carcajada al joven.
En cuanto Greta les abrió la puerta, se apresuraron a dejar las cajas en el almacén. El muchacho se frotó la espalda baja mientras su padre y su tía se enzarzaban en una complicada conversación que ni siquiera se molestó en intentar seguir. Su pensamiento voló a sus amigos, sobre todo a uno de ellos. Se moría de ganas de verlo en persona de nuevo. No importaba que hubieran pasado el verano anterior intercambiando mensajes y jugando por las noches al juego online que estaba de moda en aquel entonces, tenía ganas de darle un abrazo y contarle las historias más espectaculares de su ciclo escolar.
—Disculpad —susurró tenso a los adultos.
—¿Qué te tengo dicho sobre interrumpir a los demás cuando están conversando? —regañó su padre hastiado. No sería la primera vez ni, por lo visto, la última.
—Vuestras conversaciones de la tienda nunca acaban y me gustaría poder ir a ver a mis amigos. Prometo volver para la hora de cenar. Tengo ganas de saludar al tío Romario.
—Más te vale, lo tienes deseando verte. Eres su sobrino favorito —comentó Greta con media sonrisa.
—No podría decepcionarlo —respondió Antonio con una expresión pareja a la de su tía.
—Entonces supongo que puedes irte —se resignó Fernando. A decir verdad, prefería que su hijo se quitara del medio o aprovecharía cualquier oportunidad para impedirles trabajar.
Antonio dio un salto mientras reía jubiloso, besó la mejilla de su padre y salió disparado a la calle dando, sin querer, un portazo que le ganaría una bronca más tarde. Mientras mandaba un mensaje al grupo de amigos, puso rumbo a la casa familiar de Francis. Sus padres habían emigrado a Cataluña de jóvenes y Francis, a pesar de su nombre, había nacido ya en la península. No faltaba la persona que cuando le escuchaba hablar en perfectos castellano y catalán lo mirara sorprendido. El tío hablaba cuatro idiomas de manera fluída. Le daba un poco de rabia porque a él el inglés se le daba fatal y el francés no lo pensaba ni mirar, no fuese que le contagiara algo. Su casa se situaba al final de la larga avenida, cerca de una gran rotonda que enfilaba a la biblioteca. Igual que su tía, la familia de Francis tenía alquilado el local bajo su edificio y desde hacía muchos años tenían un bar restaurante.
Esperó a que el semáforo para peatones se pusiera en verde dando saltos inquietos, con la mirada perdida en el océano plateado por el deslumbrante sol y el azul claro del firmamento. Escuchó que los coches se paraban. Corrió el trecho que le separaba del bar y entró como un tornado: con una sonrisa y la energía para parar un tren.
—¡Buenos días!
—Madre mía, qué energía tiene la juventud… —murmuró desde la barra un señor vestido con un chaleco amarillo fluorescente.
Detrás del mostrador, un chico un par de años más joven que él, con los ojos almendra claros y el cabello corto negro entornó el rostro. Su expresión de desconcierto se convirtió en una de alegría. Echó un trapo sobre la barra y se fue al extremo para salir de ella.
—¡Toño! ¡Pensaba que llegarías por la noche!
—¡Robert! La verdad, dependíamos del tráfico. Hemos tenido suerte de entrar después de comer.
En cuanto estuvieron uno frente al otro, se dieron un abrazo palmeando con fuerza la espalda del otro. Cuando se apartaron, los ojos verdes de Antonio se perdieron por la gente, buscando al hermano. El dedo de Robert que se clavaba en su costado para hacerle cosquillas le devolvió a la realidad y se contorsionó para evitarlo.
—Si buscas a mi hermano, ha salido a un encargo de mi madre. Me parece que tardará un rato en volver. ¿Quieres sentarte? Te puedo sacar unas patatillas y un refresco.
—No, no te preocupes. No quiero que tu madre te regañe por regalar comida.
—Siendo tú, no me regañará —bromeó Robert sacando la lengua entre los dientes con picardía. A veces, como en ese momento, se parecía mucho a su hermano mayor.
—Bueno, pero una Coca Cola solo. Después iré a ver dónde está el resto.
Robert abrió una nevera que se escondía bajo la barra y sacó una lata roja con letras blancas. La otra mano tomó un vaso, que hundió en el congelador y sacó con dos hielos humeantes. El toque final lo dio colocando con pinzas una rodaja de limón. Sus ojos miel se encontraron con él y le dedicó una sonrisa que mostraba sus dientes.
—Servido está usted, caballero. ¿Cómo te ha ido la vida? Francis me ha dicho que estabas bien.
—Sí, por suerte sí. Las pruebas de acceso a la universidad han sido durillas. No estoy acostumbrado a hincar los codos de esta manera. Pero quien algo quiere, algo le cuesta, ¿no?
—Francis se puso a llorar el día antes de su examen de historia. Estuve a punto de darlo en adopción.
Antonio rió mientras dejaba el vaso de nuevo sobre el posavasos que protegía la barra. La comisura de la boca de Robert subió orgullosa.
—No es tu hijo, me temo que no puedes darlo en adopción.
—Pues imagínate lo harto que me tenía.
Durante unos minutos, compartió con Robert algunas anécdotas de su vida escolar. La edad había hecho que su mente, atolondrada y dispuesta a lanzarse al peligro, se hubiera asentado. Al menos ya no le hacía pedorretas cuando hablaba, como hacía un par de años.
En el bolsillo sintió la vibración del teléfono, insistente. Sus amigos le bombardeaban a mensajes, así que tomó la decisión de hacerles caso. Agradeció el refresco a Robert, se despidió y regresó al húmedo calor de la calle. Mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar, revisó con los ojos entrecerrados la pantalla del teléfono, que a duras penas podía ver por la intensidad del sol.
Cruzó al escuchar el motor en ralentí de los coches. Cuando estuvo en el paseo de baldosas blancas y rosas, miró a un lado y otro para orientarse en la marea de turistas. Abandonó las sandalias en cuanto pisó la arena. Con ellas en la mano, se iba hundiendo a cada zancada que daba. Un grupo de jóvenes hablaba con la intensidad de la adolescencia. Sonrió y se encaminó hacia ellos. Una figura enclenque se dio la vuelta y le encaró. En cuanto lo reconoció, una sonrisa brilló en su rostro. El chico, con el torso desnudo, agitó la mano con la impaciencia de un chiquillo.
—¡Antonio! ¡Aquí!
Apretó el paso sin importar que levantara arena y le rozara las pantorrillas. En cuanto divisó, tumbado en la arena, a uno de sus compañeros, esbozó una sonrisa endiablada. Corrió hacia él y se echó sobre su cuerpo al grito de su nombre.
—¡Gilboooooo! ¿Estás durmiendo a estas horas?
—Maldita sea, Antonio, pesas un huevo. ¡Sal de encima! ¿Es que te has pasado comiendo este confinamiento?
Abrió la boca ofendido, miró a su derecha, a un chico grande, con el pelo corto negro y unos ojos de la misma tonalidad. No tuvieron que intercambiar una sola palabra, Eduardo asintió. Cuando Antonio agarró una pierna a Gilberto, Edu lo acabó de levantar por la otra.
—¡Cabrones! ¿Qué hacéis? ¡Soltadme!
Detrás de ellos, el chico delgado daba palmadas vitoreando. No sin esfuerzo, Antonio y su compañero lanzaron al otro al agua y regresaron hacia las toallas. El grito de Gilberto chocó contra sus espaldas. Ni les inmutó. Su mirada se dirigió hacia el perfil imponente de Eduardo y sonrió un segundo antes de lanzarse a darle un abrazo. No tardó en unírseles el muchacho delgado, que rodeó con sus brazos los dos cuerpos.
—¡Parecía que no nos íbamos a ver nunca! ¡Vaya dos añitos…! —dijo el más menudo.
—¡Y que lo digas, Pedro! —respondió Antonio.
Apretó a ambos un segundo antes de apartarse. Sin embargo, su tranquilidad se vio interrumpida cuando algo helado lo abrazó por detrás. Gritó y se sacudió, pero su atacante se aseguró de meter las manos por debajo de la ropa y de mojarle las lumbares, el cuello y la espalda.
—Gilbo, maldito…
—¿Qué pasa, Toñito? ¿Te molesta que te moje? ¿Está el agua fría? Lo tendrías que haber pensado antes de lanzarme al mar.
Tras un codazo se lo sacó de encima y lo fulminó con la mirada. Cuando lo vio regresar a su toalla, Antonio se fue a sentar en el hueco que Eduardo le había dejado. Con ellos pasó la tarde, alternando entre el baño y la toalla. Enviaron mensajes a Francis, instándole a unirse a ellos, pero su amigo insistía en que si no acababa los recados de su madre era capaz de castigarlo los siete días que Antonio iba a estar allí. Cuando el sol empezó a caer, cambiaron la costa por una terraza. Oliendo a sal y crema protectora, bebían las cervezas que sudaban sobre la mesa de plástico.
—Al fin llega el hijo pródigo, el que sería el ojito derecho del mismísimo Bonaparte —añadió con recochineo Gilberto hablando hacia Antonio.
—Acabo de llegar y ya tengo ganas de darte un puntapié. ¿Cómo lo consigues, querido Gilbo? ¿Será por eso que no tienes amigos en tu clase?
—Puto Francis… ¡Estábamos mejor sin ti! —renegó Gilberto cruzando los brazos sobre su pecho.
—No me lo creo. Soy único.
Sonriente, Antonio abandonó el asiento y se dio la vuelta. Le recibió Francis, con su expresión descarada, mostrando una dentadura perfecta, oliendo a colonia y con el brillo del atardecer reflejado en sus ojos azules. Su cabello rubio estaba más largo de lo que había imaginado y lo llevaba recogido en un moño desaliñado sobre su nuca. No importaba que fuese verano, cuando Francis salía se ponía pantalón largo entallado y un polo de manga corta azul marino resaltaba su tez.
Durante un instante, su cerebro dejó de funcionar. Francis, confundido aunque sonriente, estiró su extremidad superior para exigirle el abrazo que aún no había llegado. Empujó los pensamientos que le incapacitaban a un lado y abrazó a Francis, no sin cierto reparo. Cuando se apartaron para verse, la mano de Francis se quedó como siempre en su cintura mientras encaraba al resto y soltaba algún chascarrillo que Antonio no pudo escuchar por encima del sonido de su corazón desbocado. En un impuesto segundo plano, fue testigo de sus tiras y aflojas. La masa de pensamientos que había guardado en un baúl empujaba la tapa del mismo para salir a flote. Estaba de cuerpo presente en una escena en la que no formaba parte.
—¡Antonio! —insistió Eduardo.
Cuando aterrizó en la realidad, se dio cuenta de que su amigo aferraba su brazo. Una nube de preocupación enturbiaba sus ojos. Antonio parpadeó y tragó saliva para aliviar su garganta seca.
—¿Sí?
—Te suena el teléfono.
Ladeó el rostro y recuperó de la mesa el teléfono móvil. El nombre de su padre se recortaba sobre el fondo de una playa. Arrugó la nariz y deslizó el dedo por la pantalla. Con sus amigos de testigo, Antonio recibió la advertencia de su padre. Si no quería disgustar a su tía, mejor que estuviera allí en diez minutos, tal y como había prometido. En cuanto colgó, maldijo entre dientes. Sacó un pequeño monedero de cuero negro del que extrajo dos euros.
—Tengo que irme a casa, me esperan para cenar. ¿Mañana nos vemos para ir a la playa?
—Te mandamos los detalles, no te preocupes —lo reconfortó Pedro.
—Si falta dinero para mi refresco, mañana os lo doy. ¡Nos vemos!
El camino de regreso fue el momento que eligieron los pensamientos para abandonar el baúl, como el torrente de agua que desciende la montaña destruyendo todo a su paso. Esperando a un semáforo, se rascó la pierna hasta dejársela marcada por líneas rojas. No es que hubiera hablado mucho con Francis. En dos años había cambiado. O, quizás, el que había cambiado había sido él. Empujó los pensamientos de regreso al baúl, con la esperanza de que aquello aligerara la pesadez que oprimía su pecho. No quería que nadie en casa se diera cuenta y, otra cosa no, pero el tío Romario era perspicaz.
