A primera hora de la mañana, cuando su tía lo despertó para desayunar, tenía ciento sesenta mensajes por leer. Todos provenían del grupo de Blanes. Durante las horas que él dormía, sus amigos habían propuesto un plan para pasar la tarde en el jardín botánico. Confirmó su asistencia y se pasó el resto de la mañana echándole a Greta una mano. El camión con el género llegó por la mañana y estuvo descargando las cosas y encontrando un hueco para ellas. Comió engullendo, se cambió de ropa, se montó en el tren turístico y en quince minutos se encontró en la entrada al jardín. Allí, bajo la sombra de un pino frondoso, Francis miraba su teléfono protegido por unas gafas de sol.
—¿Estás solo? ¿Dónde está el resto?
Antonio no era conocido por ser el tío más puntual sobre la faz de la tierra, así que le extrañaba que el resto de sus compañeros no hubieran hecho acto de presencia. Francis suspiró, guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón blanco y levantó las gafas para establecer contacto visual directo.
—No has mirado tu teléfono, ¿verdad?
La pregunta implícita era una mera formalidad, un adorno. Francis sabía de sobras la respuesta, sus ojos lo decían todo. Recibió confundido el reproche y sacó su teléfono para ver otras setenta notificaciones y tres llamadas perdidas.
—He estado ayudando a mi tía con la tienda y luego tenía el tiempo justo. ¿Se ha acabado el mundo mientras?
—Eduardo ha ido a visitar a unos primos, no se podía escapar. Gilberto está con su hermano en urgencias, se ve que se ha pinchado en la playa con algo. Pedro ha dicho que entonces lo cancelábamos pero me preocupaba que no hubieras dicho nada.
—¿Así que has venido para que no me encontrara solo por tonto?
—Supongo que también soy un tonto. Hubiera sido más fácil ir a casa de tu tía a ver si rondabas por ahí.
Cuando Francis se enfurruñaba, una arruga plegaba su entrecejo y se le formaba un hoyuelo en la comisura derecha. Desde hacía bastante tiempo encontraba la expresión tierna. No fallaba, siempre conseguía que le entraran ganas de aliviar su malestar. Aquella vez no fue diferente a las otras. Hubiera hecho cualquier cosa por consolarlo.
—Puede, aunque ya que estamos aquí podríamos ir a dar una vuelta. Hace años desde la última vez que estuve en el jardín.
Francis se rio y se recolocó las gafas. Su ancha mano le palmeó la espalda con fuerza. Antonio dio medio paso al frente. Entornó el rostro y se quemó con la sonrisa de Francis. Un hormigueo le estremeció.
—No es que haya cambiado demasiado, pero te concederé el capricho —admitió Francis, iniciando la marcha.
Antonio apretó el paso para llegar a su altura.
—Gracias, señor Francis. ¡Es usted el mejor!
Su amigo puso los brazos en jarra e hinchó el pecho. De haber sido un pavo real, hubiera extendido las plumas de su cola y se hubiera exhibido con orgullo. El tórrido ambiente no empañaba la belleza del lugar. A pesar de la diversidad de plantas y árboles, lo que más le gustaba a Antonio eran las vistas. Desde el mirador más elevado, otearon los acantilados y el mecer de las olas. Falto de aliento, Antonio se detuvo a tomar algunas fotografías. Luego las enviaría a su familia para darles envidia. Descendieron las estrechas escaleras de piedra, bordeadas por unos setos recortados y árboles altos y alargados, y llegaron al mirador más bonito del lugar. Contaba con una baranda blanca que llegaba a un templete con columnas blancas rugosas. Lo coronaba una cúpula cubierta de baldosas ocre brillantes. Se protegieron bajo su sombra, aprovechando que los turistas que paseaban regresaban por los jardines hacia la salida. El rumor de las olas se escuchaba desde allí arriba. Aquella tarde el mar se había picado a causa de la brisa que mecía sus cabellos y aliviaba la sensación de calor.
—¿Qué? ¿Ha cambiado mucho el jardín? —preguntó risueño Francis, con una sonrisa ladeada.
—No, tenías razón, pero aún así me encanta. Hay unas vistas desde aquí que no las tienes desde casi ningún lado.
—Si lo has disfrutado, entonces ha merecido la pena.
La socarronería de Francis había desaparecido. Aquella tarde, a solas, había sido agradable. Le había demostrado que sus sentimientos, a pesar de ser incómodos, eran manejables. Sí, le gustaba Francis, y quizás le había gustado desde hacía años. Tampoco es que hubiera cometido ningún crimen por tener esos sentimientos.
—Estás muy callado. Eso es raro. ¿Tengo que preocuparme de que te haya dado un golpe de calor?
—¡No, no! —exclamó Antonio a la defensiva. Sus manos formaron una barrera entre ellos y sacudió su cabeza de un lado a otro—. Estaba admirando el paisaje.
—Oh, ya. Creo que no lo aprecio porque siempre lo he tenido aquí. Lo típico. Si visito más la playa es porque me arrastran, pero…
—Odio la arena —dijo Antonio a la vez que Francis. El rubio parpadeó aturdido, como si estuviera evaluando si debía enfadarse o no. Antonio se rió—. Perdona, imaginaba que dirías eso.
—Me conoces muy bien…
—Por supuesto.
El silencio se acomodó entre ellos mientras Antonio devolvía la mirada al mar. Acarició su propia mejilla y de paso arrastró un mechón del pelo que le molestaba.
—Podríamos hacernos una foto, ¿no? —propuso Antonio—. Como recuerdo.
No debería justificar algo tan inofensivo como una foto y lo había hecho. Quizás porque en su cabeza había algo más que eso. Era una foto para recordar el momento, sí, pero también para no olvidar lo guapo que estaba Francis aquel día. El rubio se encogió de hombros y se acercó a Antonio para entrar dentro del encuadre. La proximidad entre ellos entorpeció a Antonio, al cual le costó atinar con el teléfono. Echó un par y revisó que hubieran salido bien. Francis se acercó más, quería comprobar que no le mentía cuando aseguraba que salía perfecto. Cuando levantaron las miradas, se encontraron más cerca de lo que pensaban. El silencio se prolongó algunos segundos más de lo esperado. Francis lo miraba y en sus ojos Antonio no entendía lo que había. El sonido de las vegetación agitándose y un trueno les hizo entornar el rostro. El cielo se había encapotado. Un resplandor a lo lejos anunciaba una incipiente tormenta.
—Deberíamos regresar —dijo a media voz Francis—. Tiene pinta de que va a llover.
Le dio la razón y lo siguió unos pasos por detrás de él. Quería creer que el corazón le latía a ese ritmo porque le asustaba que les pillara la lluvia en medio de la nada. Sin embargo, sabía de sobras que aquella tonada tenía nombre y apellidos. Durante unos minutos, les costó arrancar. En silencio, dejaron que el tren turístico los paseara por las calles de Blanes. Los ojos de Francis se perdían en el cielo a cada oportunidad de divisarlo que se le presentaba. Por desgracia, cuando llegaban a la última parada, el diluvio se desató. La gente corrió fuera del tren y trató de resguardarse bajo la marquesina del autobús. El viento dificultaba la tarea y mandaba la lluvia a volar en todas direcciones.
Gritando para hacerse oír por encima del ruido, con los ojos entrecerrados, Antonio le dijo a Francis que corrieran hacia casa de su tía. A pesar de que no estaban a tanta distancia llegaron empapados, con la piel congelada por el frío de la lluvia. En el rellano junto a las escaleras, Antonio y Francis jadeaban intentando recuperar el aliento.
—Maldito clima. No tenía ni idea de que iba a caer la del día del juicio final —gruñó Francis.
—Estás empapado —murmuró Antonio preocupado.
Extendió una mano hacia su pelo, pero se detuvo antes de tocarlo. La lluvia golpeaba contra el cristal de la puerta. Los ojos de Francis se habían convertido en la profundidad del océano por la escasa iluminación. El brillo de sus mejillas mojadas y sus labios le estremecieron. Quería besarlo. Se moría de ganas. Y por eso mismo sabía que tenía que poner distancia entre ellos.
—¡Voy a por una toalla!
Maldijo entre dientes, refunfuñando mientras entraba en la casa intentando mojar lo menos posible. Greta no estaba en casa y lo agradeció y acusó por partes iguales. Se hizo con un par de toallas pequeñas y bajó los escalones todo lo rápido que se podía permitir sin arriesgar su integridad. Francis seguía donde lo había dejado. Entornó el rostro y entrecerró los ojos cuando Antonio le echó por encima la toalla.
—A ver lo que tarda en escampar… —comentó para intentar establecer una conversación normal.
—No estoy lejos de casa, siempre puedo correr hasta ella.
Sus curiosos ojos verdes se entretuvieron con el rostro de Francis, pasearon por sus pestañas largas, sus pómulos, descendieron a sus labios y surcaron su cuello. Tragó saliva al darse cuenta de cómo la ropa de Francis se pegaba a su cuerpo, cómo intuía unas formas que conocía. Maldijo que algo así le excitara y cuando su mirada se encontró con la de Francis, la rehuyó unos segundos. Respiró lento tres veces y examinó de soslayo al rubio. Seguía ahí, parado, mirándole serio. No sabía si le iba a pegar, si había descubierto lo que se le pasaba por la mente y había decidido que lo encontraba despreciable por ello. Francis dio un paso hacia él y tiró del bajo de su camiseta. El cambio de temperatura le estremeció, o quizás fue esa tortuosa cercanía.
—Estás empapado. Se te transparenta la ropa. Menudo exhibicionista estás hecho.
Las palabras de Francis intentaban rezumar humor, pero llevaban otra cosa. Había algo. Había hambre, algo similar a lo que a veces consumía a Antonio. ¿Podía ser? Francis había salido con Megan. Megan, no Alberto. ¿Pero de dónde había brotado ese cambio de ambiente? Había tensión. Lo electrizaba todo. Parecía que en cualquier momento algo saltaría por los aires y se entregarían a una pasión que ansiaba más que cualquier cosa. Antonio se inclinó un centímetro, una osadía que puede que pagara luego. Lo que le sorprendió fue que Francis no se apartara de inmediato, que no le insultara. ¿Acaso…?
La mente de Antonio colapsó antes de terminar el pensamiento. Notó que Francis se acercaba, que entreabría los labios, que una de sus manos se levantaba. Entonces el timbre del teléfono lo arruinó todo. Francis retrocedió mientras la vibración en su mochila lo alertaba. Sus manos torpes abrieron la cremallera y se hicieron con el teléfono. En un francés rápido, respondía a su interlocutor a lo que parecía kilómetros de distancia.
—Antonio, debo irme. Mi madre me necesita para algo. Lo siento.
—Ah… ¿Quieres un paraguas?
—No, no hace falta. Estoy empapado de todas formas. Lo siento. Hablamos.
Francis no lo miró antes de salir de allí y meterse de lleno en la lluvia. Antonio cerró la puerta tras él y gruñendo, apoyó la frente contra el cristal amarillo.
