El primero en excusarse fue Gilberto. Su hermano por suerte estaba bien, no tenía nada grave, pero como sus padres tenían que trabajar le tocaba a él vigilar que su hermano no intentara moverse durante los días que el médico le había recomendado reposo. Eduardo llamó a Antonio más tarde, cuando recogía las cosas del desayuno. Iban de nuevo a casa de sus primos por un problema de salud de su tío. Le pidió perdón tantas veces que al final tuvo que chistarle y recordarle que la familia y la salud eran lo primero. Ya volverían a verse. Todavía no había descartado venir en Semana Santa unos días para escapar a la tradición familiar de ir a ver los pasos religiosos. Pedro no respondió, ni para confirmar que venía ni para disculpar su ausencia.

Así que, otra vez, Antonio se quedaba con un plan a solas con Francis. Le importaría menos si el día anterior no hubieran tenido aquella tensión inesperada. A pesar de su reflexión, no había decidido si había interpretado bien las acciones de Francis la tarde anterior. Por todo lo que sabía, a lo mejor había abierto la boca y levantado una mano para comentar alguna cosa. El estúpido era él, que se había emocionado pensando que lo iba a besar. ¿Por qué Francis decidiría besarle a él? Todo indicaba que a su amigo le gustaban las chicas más que nada. Contra un par de tetas, Antonio no tenía oportunidad.

A pesar de que Francis permanecía en silencio, decidió acercarse a su casa para ir juntos a la playa, como habían planeado en un inicio. Si él había ido hasta el jardín botánico pensando que estaría allí, Antonio podía ir a casa de sus padres para recogerlo por si estaba ocupado con otras cosas y no había revisado su teléfono. Antes de llamar a la puerta, echó un vistazo al interior del bar. Desde la cristalera divisó a Francis tras la barra. Con el pelo recogido, una camisa arremangada hasta los codos y un delantal, se movía suelto por la barra preparando las bebidas que le solicitaban. Aquella mañana había mucho movimiento: tanto la terraza como el interior se encontraban abarrotados. Subió el escalón que llevaba a la entrada y cruzó el pasillo saludando a unos señores que conocía del barrio. Tomó asiento en uno de los alargados taburetes y esperó a que Francis le hiciera caso.

Le tomó cinco minutos hallar un instante para descansar. Casi de inmediato, sus ojos azules encontraron su presencia. Un lamento escapó entre sus apretados labios y se acercó a donde estaba Antonio. Francis echó el trapo sobre la barra.

—No me lo digas: me he olvidado de avisaros.

Antonio asintió con la cabeza y dejó espacio para que siguiera. Se le notaba a punto de explotar. En esos momentos, sabía que era mejor dejarle hablar y apoyarle en lo que necesitara.

—Mi intención ha sido ir hasta el último momento, pero no sé qué pasa en Blanes hoy: está hasta los topes. Cualquiera le dice que no a mi madre. Encima me han dejado solo un rato, han tenido que ir a atender una urgencia de mi abuela.

—No pasa nada, Fran. No eres el único que ha tenido que cancelar el plan. A todos os ha surgido algo.

—¿Entonces te has quedado tirado? —preguntó Francis. Extendió una mano hacia él, aunque no se atrevió a acabar de tocarlo.

—Bueno, ya me buscaré otra cosa que hacer. Aunque sea dormir —lo intentó tranquilizar con una risa despreocupada.

—Lo siento. Prometo que te lo compensaré. Encima que vienes sólo siete días, te dejamos plantado uno.

Sólo Eduardo se preocupaba de una forma similar a la de Francis. Por eso, del grupo, ellos dos tenían un lugar especial —aunque diferente— en su corazón. Sonrió con ternura y, de repente, dejó caer su mandíbula inferior. Su expresión perpleja confundió a Francis un instante. A continuación, Antonio dio una palmada que hizo brincar a Francis.

—¡Ya lo tengo! —exclamó pletórico.

—¿E-el qué? Qué susto me has pegado…

—Lo que puedo hacer el resto del día —resolvió Antonio con una amplia sonrisa—. Puedo ayudarte en el bar hasta que vuelva tu madre. Así no estaré solo y evitaré que te cortes las venas con el abridor.

El silencio se adueñó de Francis durante los segundos que le tomó procesar la idea. Después ladeó la cabeza y frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—Me parece feo tenerte trabajando.

—Y a mí me parece feo que pongas esa cara.

—Oye…

—Deja que te ayude —interrumpió Antonio. Su firme decisión acalló a Francis—. ¿Por favor?

Aunque fuera trabajando, prefería pasar el día alrededor de Francis que en casa de su tía, muerto de asco frente al ventilador. No le importaba llevarse a casa el recuerdo de una tarde de duro trabajo si en él estaba también Francis. A pesar de que se notaba que no le gustaba la idea de condenarle a su mismo destino, su amigo cedió a su capricho y le pasó un delantal.

Antonio había trabajado en la restauración más de un verano y se notó pronto. Los primeros movimientos carecían de soltura pero pronto se le vio volar por el local y la terraza. Daba igual que su bandeja estuviera a rebosar de bebidas y platillos, sorteaba cualquier obstáculo que se le presentara delante. Al no tener que abandonar la barra, el servicio de Francis se volvió más fluido. Sólo la dejaba cuando tenía que cocinar. Antonio o bien le tomaba el relevo o estaba pendiente para volver a cobrar o atender a algún nuevo cliente.

A las cuatro y media, cuando el flujo de clientes disminuyó y los pedidos de cocina casi desaparecieron, Francis llamó a Antonio. El castaño se asomó a la cocina. Allí el calor era insoportable. Los diferentes aromas a la comida se mezclaban y volvían indistinguibles el uno del otro.

—¿Necesitas que te ayude con algo? —preguntó sonriente.

Si le mandaba fregar platos, no se quejaría. Daba igual que el sudor le recorriera la espalda y que la camiseta tuviera redondeles húmedos en las zonas más sudadas. Francis suspiró, se acercó y le revolvió el pelo. Antonio se dejó, cerrando los ojos.

—Lo que necesito es que te sientes y comas algo. Como te desmayes, el siguiente al que le va a dar algo seré yo. Te he preparado un sándwich de los míos. Tómate un descanso. Lo mereces. Por ahora, creo que puedo encargarme de la clientela.

Enfocó el sándwich y se dio cuenta del hambre que había ignorado en pos de las tareas que urgían. Media baguette descansaba sobre una servilleta de papel. Entre cada lámina de pan descansaba un filete de pollo a la plancha cubierto por lonchas de huevo hervido, beicon y lechuga. Alrededor del bocadillo, un puñado de patatas fritas humeaba.

—Qué pinta que tiene. ¡Gracias! Te prometo que termino pronto y vuelvo a…

Se calló al sentir una caricia en la frente, por debajo de su pelo. Francis le había secado unas gotas de sudor que le pegaban el pelo a la piel. Encontró los ojos azules de Francis, su compasión, su ternura, su preocupación. Siempre había recibido todo aquello de él y jamás le había estremecido tanto como en aquel momento.

—Descansa. No necesito que vuelvas pronto, necesito que estés bien. Estoy mejor que hace unas horas, todo es gracias a ti. Como vuelvas antes de quince minutos, te tiro de la oreja.

Antonio se rió y bajó la mirada. Sonreía avergonzado. Sabía que Francis era capaz de eso y mucho más si se lo proponía.

—Está bien. No quiero enfrentarme a tu ira por nada del mundo.

—Buen chico —rió Francis antes de abandonar la cocina.

A solas, se permitió lamentarse mirando al techo. Odiaba malinterpretar cualquier muestra de afecto. Hasta el más nimio detalle le elevaba, le producía un cosquilleo en el estómago, le calentaba el alma. Aquel delirio era una bruma que le dificultaba ver que caminaba por un sendero de perdición.

Aplacó todas esas emociones que se enfrentaban y las mandó a un baúl. Tenía el bocadillo que le había preparado delante, sería mejor que lo comiera mientras todavía estaba caliente. Aprovechó el descanso para revisar los mensajes pendientes. Su hermano mandaba una foto de la piscina de su novia. Su madre respondía con una de la piscina de una de sus abuelas. Antonio mandó una foto del sándwich con la cocina de fondo. Con pocas palabras les explicó lo que estaba haciendo. A los pocos segundos, su padre recomendó que no molestara a los Bonnefoy.

Chasqueó la lengua y se puso a jugar. Tenía misiones diarias que completar y las prefería a tener que soportar que su padre le hiciera sentir inútil otra vez. A la media hora, después de lavar su plato, salió al bar. Sólo asomó la cabeza y esperó a conseguir la atención de Francis.

—¿Ya tengo permitido volver? —preguntó a media voz Antonio.

Francis se rio.

—Sí… Mira que eres payaso.

Cuando volvió la familia de Francis, el bar estaba de nuevo a reventar. Había tanta faena que nadie le pidió que se marchara y dejaron que echara una mano. A las once y media, a pesar de todo, echaron el cierre.

—Te quedas a cenar, por su puesto. Mándale un mensaje a tu tía —insistió la madre de Francis—. Con lo que nos has ayudado, no puedo permitir que vuelvas con el estómago vacío.

—No pasa nada… —dijo Antonio, tratando de consolarla.

—Cállate y acepta sus buenas intenciones o te secuestrará —le reprochó Francis entre dientes.

Volvieron de nuevo a la terraza en el piso de Francis, aquel lugar en el que habían pasado más noches de las que podía recordar. Sorbiendo sus copas de vino, hablaban de las grandes anécdotas del día. Si el trabajo de cara al público daba algo era historias surrealistas que compartir. Después de unas prolongadas carcajadas, relajados se recrearon en el paisaje y el sonido de las olas.

La sonrisa en los labios de Antonio se quebró ante un pensamiento inoportuno. Su cabeza le había recordado que quedaba sólo un día. La mañana del siguiente le serviría para recoger y tomar el autobús de regreso. Veinticuatro horas para estar con Francis y, después de eso, a saber cuándo volverían a verse. Decía que Semana Santa, ¿pero y si no podía? ¿Y si volvía el verano que viene y Francis no había vuelto de la universidad? ¿Y si los caminos de ambos bifurcaban a partir del día siguiente y nunca volvían a encontrarse? El pensamiento le dejó un vacío en el estómago desagradable.

—Oye, Fran… ¿Te gustaría mañana salir por ahí? Me gustaría ver el castillo de Blanes y quizás ir al cine, o a la bolera.

—Oh, es un buen plan. Mañana ya le he dicho a mi madre que si necesita a alguien, que esclavice a Robert. ¿Crees que el resto estará libre?

La saliva que tragó le arañó la garganta. Se asemejaba a tragar tierra. Puede que esa noche su corazón encontrara la manera de escapar de su pecho. Al menos, lo intentaba con más ahínco que nunca.

—He pensado que podríamos ir los dos solos.

Podría haber puesto cualquier excusa, haber dicho que no creía que los demás pudieran, o algo por el estilo, pero Antonio no quería escudarse. Si suavizaba la frase, sus intenciones quedarían difuminadas.

El silencio, por desgracia, fue minando su confianza segundo a segundo. No leía en Francis nada, no sabía qué debía estar pasando por su cabeza.

—Que era por hacer algo, pero si tienes otras cosas que hacer…

—Nah, no tengo otras cosa que hacer. Mañana dime a qué hora quieres y vamos a donde más te apetezca.

No supo si dejar que su alegría explotara, si desdecirse y cancelarlo todo, pero en Francis no percibía ira. Sonrió con timidez y se terminó la copa de vino.

—De acuerdo.