Capítulo 230. A través de los milenios

El 18 de agosto de 2680 d.C., cuatro prisioneros fugados de isla Thalassa fueron capturados por la tripulación del Van Eltia, uno de los navíos del Estado Libre de Magog. La Tierra estaba al borde del colapso, a pesar de la paz lograda. Cada vez más personas se revelaban víctimas de la plaga daemonita que Astrea y los ángeles caídos diseminaron por el mundo. Doscientos años atrás, cuando el primer daemon fue capturado en el cráter humeante donde hasta entonces había estado la capital de Francia, se creyó que esta raza mitad hombre, mitad horror, era fruto de las relación entre los siervos de Aquel que se desliza en la oscuridad y los hombres y mujeres mortales que los adoraban. Cien años de purga redujeron las líneas familiares a diez. Blaiddyd, Fraldarius, Gautier, Daphnel, Dominic, Lamine, Riegan, Goneril, Gloucester y Charon. Los descendientes de los guerreros celestiales se pusieron bajo el yugo del Santuario, ofreciéndoles los poderes que el Rey Durmiente otorgó a su sangre: distorsionar la realidad a través de los deseos, cuando estos eran guiados por las emociones. A esas diez familias se les conoció como los Profundos, de forma oficial, y los Malditos, de forma más coloquial. Pero había otros daemon, pues la influencia de Aquel que se desliza en la oscuridad no funcionaba bajo la lógica humana. Mientras el corazón del Rey Durmiente era destruido por la diosa Atenea, este había extendido un brazo inmaterial a través de billones de galaxias, rozando la Tierra con la yema de un dedo que era pura maldad. La cuna de la humanidad estuvo condenada desde entonces, sin que los defensores de los hombres pudieran hacer nada por evitarlo. Tierra, mar, cielo e infierno vieron, impotentes, cómo nuevas amenazas brotaban sin parar.

Por esa razón, bajo la bandera del general del Atlántico Norte, Ailfread de Dragón Marino, desertor de Nueva Atlántida, mortales de todos los continentes y pueblos abandonaron la tierra y se hicieron a la mar. Formaron, juntos, el Estado Libre de Magog, que no los ataría bajo ninguna autoridad más que la de ellos mismos. Si la extinción era inevitable, la recibirían felices, festejando, no encadenándose por las leyes cada vez más omnipresentes del Santuario, verdadero centro del mundo al que ni gigantes, ni marinos, ni ángeles, ni espectros, ni espíritus, cuestionaban. No era una vida fácil, estaban en guerra constante con Nueva Atlántida y los acuerdos que tenían con algunos puertos eran precarios, como poco, por no hablar de que el Santuario no los aplastaba a todos solo porque ni siquiera lo intentaba. Sin embargo, Eizen consideraba que valía la pena. Cualquier cosa era mejor que volverse esclavo de esa mujer por desgracia reencarnada. Y para proteger ese modo de vida, que Nueva Atlántida definía como la de piratas glorificados, era necesario tomar medidas con las sorpresas.

—Mi nombre es Eizen. Soy un Ker, un espíritu de la muerte, oriundo del Hades —se presentó el capitán del Van Eltia, confiando en que ninguno de los cuatro criminales preguntase por qué no llevaba la guadaña que los Keres llevaban desde el inframundo para manifestarse en la Tierra sin vulnerar el pacto con la Tierra. No le gustaban las ataduras, de ninguna clase, tampoco le gustaban las armas a decir verdad.

—Innominada —dijo la líder del grupo. El pelo de un negro terciopelo, los ojos de fuego. Al igual que sus hermanos, Célica y Laphicet, contrajo la plaga daemonita sin que ni sus padres, ni sus abuelos, ni sus tatarabuelos hubiesen dado la menor muestra de ello. Un anciano conocido como Arthur cuidó de ellos, escondiéndoles del Santuario a través de los años. Incluso en aquella época, la chica tenía nombre, así como tenía sueños. Fue hasta la traición de Arthur, quien abrió las puertas del inframundo y arrojó hacia el reino del Hades el cuerpo enfermo, pero vivo, de Laphicet, que todo eso se perdió. Arthur la vio perderse en la oscuridad que había matado a Célica y enfermado a Laphicet, y en lugar de compasión, solo le ofreció decepción y una celda.

—Amada por dioses y demonios, temida por hombres y espíritus, ¡soy la fantástica e inigualable Astaroth! —Se presentó una bruja sacada de algún cuento de mil años atrás. No solo vestía ropas negras y un sombrero de copa, sino que incluso exhibía la palidez de un cadáver, que desentonaba con el brillo de los ojos. De no haber salido un gusano de la oreja en el mismo instante en que ladeó la cabeza, habría dado la impresión de estar viva. Sin embargo, hacía ya quince años que esa alma atormentada arrastraba un cadáver, el cuerpo de una amiga que la convenció de otorgarle el cuerpo joven y lozano con el que los dioses le bendijeron para que pudiera andar por el mundo un día, solo un día—. Sí, soy una bruja. No, no me gustan los gatos. ¡Los odio!

—Autómata de clase Machina, Rudy Roughknight. —En otro tiempo, había tenido otro nombre, otra vida. Fue Ipsen, el fiel siervo de Astrea, ya luchara por la justicia, ya luchara por el mal. Vio caer a su señora a manos de los cuatro ángeles de la Suma Sacerdotisa y quiso morir junto a ella. Impactado por la Exclamación de Atenea, los daemon usaron su cuerpo para crear versiones limitadas de los autómatas clase Ex. El conflicto entre el Santuario y los Quarter Knight fue conocido como la Guerra del Acero. Ningún santo de oro estuvo involucrado, por lo que la Guardia de Acero pudo brillar como nunca antes, bajo el mando del comandante general Zepet Roughknight. El viejo, al que Rudy llamaría abuelo, desbarató la fábrica de máquinas de guerra e hizo lo que pudo para arreglar la piedra angular de los daemon, otorgándole el aspecto de su hijo fallecido. Aunque debió lidiar con un niño sin recuerdos en el cuerpo de un adulto indestructible, lo hizo con sumo gusto, llevándolo de aventuras, hasta que la plaga daemonita convirtió a un héroe condecorado en objetivo del Santuario.

—Zack —se presentó el cuarto, un espadachín con ojos de felino y sonrisa fácil.

Eizen miró a los demás, notando que todos tenían una historia larga que contar.

—¿Solo Zack? —dijo el espíritu, clavando en el humano una mirada dubitativa.

—Solo Zack —respondió el muchacho—. Estoy en deuda con los demás locos.

Esos locos, como con acierto los llamó Zack, trajeron el caos al mundo. Por ellos ardieron los puertos del norte. Por ellos los mares se llenaron de muertos en una guerra total entre Nueva Atlántida y el Estado Libre de Magog. Fueron ellos quienes ejecutaron a Gideon de Altar y sus guardaespaldas, Oscar de Ofiuco y Teresa de Águila, demostrando al mundo que el Santuario no era invencible. Para cuando los bajos fondos empezaron a removerse según la voluntad de Tabatha Baskerville y la plaga daemonita alcanzó a un treinta por ciento de la población mundial, ya el mundo conocía a la perfección a la chica de ojos de fuego y pelo negro como el terciopelo: Velvet Crowe; volvía a usar el apellido de su familia, solo para que supieran quién era. La undécima Maldita, con un brazo hecho de pura oscuridad que devoraba la infección del Rey Durmiente, otorgándole más y más poder, hasta que pudo desafiar al Santuario.

Si bien los santos de oro Melchior y su estrafalaria discípula, Mazhigigika Miludin do Din Nolurun Dou, estaban encantados con hacer que esos rebeldes enfrentaran las Doce Casas, Shigure de Capricornio los interceptó antes de que llegaran a Aries. Derrotados, pero vivos, fueron arrastrados al templo papal, donde Arthur escuchó en silencio los reclamos de cada uno. Velvet luchaba por venganza, Ashtaroth por odio, Rudy había perdido su horizonte y Zack tenía una deuda pendiente.

Solo Eizen obtuvo una respuesta franca, pues él, como los demás, fue transportado hacia donde moraban los dioses. Aparecieron en un altar sobre un mar de nubes, donde los cielos resplandecían de luz prístina. La Suma Sacerdotisa, rodeada por los cuatro ángeles, se entrevistaba con Poseidón, Atenea y Hades.

—¿Laphicet…? —dijo Velvet Crowe.

El dios del inframundo, Hades, habitaba el cuerpo del ser humano más puro en la Tierra. Una persona a la que ni siquiera el contacto con un Rey Durmiente pudo quebrar. Arthur lo había entregado al reino de los muertos siguiendo el pacto realizado entre la líder del Santuario y los Señores del Hades siglos atrás. Laphicet lo había aceptado, pues quería crear un mundo en que su hermana sonriera de nuevo. Un mundo en el que la plaga daemonita fuera purgada de toda la Tierra, de todo el universo.

—Si debes odiar a alguien —dijo la Suma Sacerdotisa, girándose hacia Velvet—. Ódiame a mí, ese hombre se limita a realizar mis pecados, a cumplir su deuda.

Los dioses miraron desde lo alto, inexpresivos y omnipotentes.

La expresión de Arthur era igual. Nada le importaba.

—Porque es un observador. Se limita a observar.

Sumida en la desesperación, Velvet Crowe vio a sus compañeros. Astaroth, que soñaba con devorar el corazón de la reina de Nueva Atlántida. Rudy, que había perdido a su abuelo. Eizen, que veía a los espíritus servir a los humanos que masacraron a los suyos en base a acuerdos que los dioses hacían sin pedirles una opinión, aunque luego dejaban a los hombres pecar a su antojo. No sabía qué quería Zack, pero fue este quien le dio la respuesta de qué hacer, al darle el último consejo:

—Abraza tus sueños. Y pase lo que pase, protege tu honor.

Flexionando las piernas, Velvet Crowe se arrojó contras los mismos dioses. En su mano derecha, todo negror y rojo carmesí, latían los pecados del mundo entero. La maldad oculta en el corazón de los héroes, que sacrificaban vidas en pos del bien mayor.

Eizen, Astaroth, Rudy y Zack se lanzaron sobre la Suma Sacerdotisa, para que no se inmiscuyera. Los ángeles se les interpusieron.

Un minuto después, solo Velvet quedaba con vida. Suyo era el mal de ese tiempo, ennegreciéndole por igual el corazón y el futuro. Bajo el poder infinito de los dioses, nada podía hacer salvo gritar, desesperada. Pero sus gritos llegaron a Poseidón y Hades, almas eternas en cuerpos efímeros. Estos tomaron la decisión de retirarse del mundo al que tanta desesperación causaron. Lo hicieron, empero, dejando en Atenea la misión de vigilar, sin intervenir, la Tierra querida por todos. Una vez la diosa de la victoria aceptó, los reyes del mar y el inframundo completaron el ritual, expulsando la influencia de Aquel que se desliza en la oscuridad no solo de la Tierra, sino de todo el universo, antes de cerrar este a cal y canto de tal manera que ningún otro Rey Durmiente pudiera entrar en los próximos mil años. La plaga daemonita fue eliminada de todos los que no la llevaran en la sangre, sin que los infectados tuvieran que morir.

Tal fue el logro de aquellos cinco locos, unos muertos en algún rincón entre los cielos y la tierra, y otra, su líder, Velvet Crowe, sellada por siempre bajo el Santuario.

—Os mataré —juraba Velvet, la Undécima, atada por cadenas indestructibles.

De tal juramento fueron testigos Atenea, la Suma Sacerdotisa y el Viejo Juez.

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Con el paso del tiempo, el Viejo Juez fue consciente de todo lo que ocurría desde la Tierra hasta la órbita, tanto a gran escala como en el movimiento atómico. Así, tras el accidente de barco de diciembre de 2820 donde la actual reencarnación de Atenea, Cattleya, viajaba junto a sus amigos, pudo descubrir con total certeza que la fuerza detrás del ataque hacia el Santuario no era cosa del Hades, como sugerían todos los hechos, ni del Estado Libre de Magog, ni de Nueva Atlántida y el país de los gigantes, que el rey Gugalanna gobernaba con sabiduría desde que el antiguo cayera decapitado y consumido por el grupo de Velvet Crowe, tanto tiempo atrás. Lo que no pudieron ver los Mu, los telquines y la Fundación Graad, cuyos tentáculos llegaban hacia todas las naciones, él lo descubrió uniendo pequeños detalles y simples casualidades. Casualidades que no impidieron a Lyfia, gran amiga de Cattleya, contravenir los consejos de Andreas y enviar a los siete mayores guerreros del Imperio de Asgard: Frodi de Gullinbursti, Fafner de Nidhogg, Heracles de Tanngrisnir, Surt de Eikschnir, Sigmund de Granir, Balder de Hraesvelgr y Utgard de Garm a liderar un asalto contra el inframundo. La más desastrosa operación bélica de la historia, que mermó por muchos siglos el poder bélico imperial, que cedió a las exigencias de la Europa protegida por los Malditos y del que solo el tortuoso Fafner de Nidhogg salió beneficiado, al experimentar con descendientes daemon como medio para que el hombre habitase el Hades. O al menos, se habría visto beneficiado, si la Suma Sacerdotisa, avisada por el Viejo Juez de la traición de Eito de Capricornio, no le hubiese exigido a aquel pagarla con su vida, llevándose al científico con él.

Esa guerra que enfrentó a los hermanos Soichiro de Wyvern y Sojiro de Géminis, que estuvo a poco de hacer pedazos el pacto entre el Hades y la Tierra, comenzó en realidad tras la caída de Velvet Crowe. Astaroth, la bruja, relató al Barquero su triste historia. Cómo fue engañada por la persona que vendió su alma a Ehrimanes, Apóstol del Infierno, para intercambiar cuerpos con ella. De no haberlo hecho, acaso habría terminado siendo Astaroth quien deslumbrara al primer rey de Nueva Atlántida, en lugar de pudrirse como un cadáver a las puertas de la mansión que controlaba con su magia. Magia oscura, que solo se obtenía a través de un pacto con los espíritus del inframundo en el que la esperanza de reencarnación se esfumaba. Astaroth pudo haberse hundido en un sueño sin sueños cuando su propio padre le destrozó la cabeza, pero en cada Halloween, niños y adolescentes venían a la Casa de la Bruja de la que hablaba la heroína del pueblo. Del miedo de esos idiotas obtuvo la fuerza, para reformarse, se hizo una capa con el pelaje del gato que Ehrimanes había usado como recipiente para guiar a su enemiga, la auténtica bruja, a la salida, y fue extendiendo su influencia poco a poco, hasta el bosque, hasta el pueblo y las montañas. Los espíritus del Hades, unidos a chamanes por todo el mundo a fin de extinguir la plaga daemonita, que hacía inmortales a los hombres, la cazaron y enviaron a isla Thalassa como a un daemon más. No se resistió: después de tantos esfuerzos y maquinaciones, pudo exterminar a todo el pueblo, pero su verdadero objetivo estaba muy lejos, convirtiéndose en reina.

—¡Entonces llegó ella! —rio Astaroth, dando saltitos en la vieja barca—. Una daemon con el poder de devorar a otros daemon. Para una bruja como yo, eso era bastante fascinante por sí solo, hasta que me reveló que pretendía destruir el Santuario.

—Esa Velvet Crowe fue un dolor de muelas —asintió el Barquero.

—¡Señorita Velvet Crowe para usted, señor! —reclamó Astaroth, agarrándole de la túnica—. En todos estos años de podredumbre, solo ella me dijo que tenía talento.

El Barquero, de más de tres metros de altura, miró a la bruja.

—Puede que sea porque a todos los demás los mataste, monstruo parricida —respondió el hijo de la Noche, antes de mandarla a las pestilentes aguas del Aqueronte de un golpe de remo—. Si quisiera que me corrigieran, no trabajaría en el inframundo con almas condenadas. Cada vez nos respetan menos —lamentó, prosiguiendo su viaje.

Así como Astaroth no debió hablar con arrogancia al Barquero, este no tenía que haber arrojado al río Aqueronte un alma tan llena de odio. Al principio, se hundió sin remedio, arrastrada por todos los que no pudieron aceptar la muerte. Pero allí, en el inframundo, un alma con poderes que ningún alma humana había poseído era más poderosa que nunca. Astaroth tenía talento, en verdad, y lo demostró tomando las fuerzas de los condenados, creando nuevos cuerpos a partir de los cadáveres que buscaban arrastrarla para avanzar un poco más, solo un poco más. Pasados cien años de penurias, llegó al río del odio, Estigia, donde a través de un juramento obtuvo el impulso que necesitaba para resistir las llamas del infierno y atravesar la sangre del Tártaro, hasta el mismo portón.

—Sí —decía Astaroth, respondiendo a las imágenes y sonidos que se le presentaban. La señorita Velvet le hablaba desde el Santuario, pidiéndole que consumara su venganza. Era ella quien la hacía invisible a los ojos de las Erinias y los gigantes de cien manos. No obstante, eso no duraría demasiado; no podría escapar—. ¿Qué importa, señorita Velvet? Mientras obtengamos nuestra venganza, todo estará bien.

¿Cómo una simple bruja pudo abrir las puertas del Tártaro? El Viejo Juez, aun después de conocer esa historia a través de Yoruhime Tsukushima, no lo entendía. La magia trastocaba las fuerzas de la naturaleza tanto como el cosmos las imitaba, sin embargo, el inframundo era el territorio de un dios mayor, gobernado por los Señores del Hades. Lo importante, en cualquier caso, era que las puertas se abrieron y que doce seres de poder ilimitado surgieron. Los Apóstoles del Caos, los makhai nacidos de las Guerras Santas.

—Ehrimanes te guió bien, Ellen —dijo Satella, Apóstol de la Magia.

—No soy Ellen —dijo Astaroth—. Soy quien soy.

—Nos has liberado, ¿qué quieres a cambio? —preguntaron todos a la vez. La bruja no podía verlos, pues eran un remolino de oscuridad infinito. Ora en las guerras posteriores a la caída de Troya, ora en la Guerra de los Siete Pecados, habían muerto y las Erinias los arrastraron al Tártaro por orden de Hades. Ehrimanes, obteniendo poder de los enfrentamientos entre Atenea y el dios del inframundo, esperó a que ninguno de estos estuviera presente en ningún plano existencial para actuar. Sin embargo, pronto recuperarían la forma perdida, pronto volvería la auténtica Era de las Guerras Santas.

—Destruid el mundo —dijo Astaroth—. Que no quede nada de la Tierra. Ninguna nación, ningún hombre, ningún ser viviente. Destruid las ciudades, los pueblos y los hogares. Destruid las montañas, los bosques y los mares. Sobre todo los mares.

—Haremos eso con gusto. ¿Qué quieres tú?

—El olvido.

Del alma de Astaroth surgió el segundo ser al que más odiaba, Ehrimanes, como un gato de tinieblas con ojos brillando como fuego.

—Tu deseo será concedido.

Para cuando los centímanos y las Erinias pudieron actuar, los Apóstoles del Caos ya no estaban en el inframundo. Y del alma de Astaroth, tan llena de poder, no quedó nada.

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Tras hacer la paz con el Santuario en el funeral de su adalid, Soichiro de Wyvern, Yoruhime Tsukushima, líder del inframundo, se ocupó ejecutar a Julius Griffon, en realidad Virgilio, Apóstol de los Demonios. Aquel no había buscado la destrucción mutua del Hades y el Santuario, sino más bien una distracción para robar las almas de los santos de Atenea en el río Cocito. Con todo, de los trece santos de oro resucitados por las maquinaciones de Virgilio y el poder que le respaldaba, solo uno de los autoproclamados Caballeros Malditos pudo ser destruido, en cuerpo, mente y alma. Alhazred de Virgo, tras dos mil años de lamentaciones, seguía siendo un necio capaz de creer en la bondad subyacente de los Reyes Durmientes. No tenía salvación.

Entretanto, la Suma Sacerdotisa, Cattleya y el Viejo Juez llegaron a la conclusión de que Aquel que se desliza en la oscuridad tenía cierta influencia en el inframundo, o peor, en el Tártaro. Había liberado a los Apóstoles del Caos y los Caballeros Malditos frente a las narices de los Señores del Hades, y solo Zeus, omnisciente, podía saber qué más haría si se le dejaba suelto. A fin de poder lidiar con ese problema, Cattleya y Yoruhime hicieron arder sus cosmos en la Colina del Yomi, sellando para siempre la frontera entre el reino de los muertos y el mundo de los vivos. La Tierra, una vez más, quedó en manos de dos hombres mortales, demasiado longevos. La única diferencia era que ahora sabían que tenían muchos, muchísimos enemigos y muy peligrosos.

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A finales del tercer milenio después de Cristo, la Fundación Graad pudo completar el sueño del comandante general Azrael. Por cada uno de los signos del zodiaco, se había formado un modelo de vehículo de guerra tripulado empezando por el Coloso Terrestre, Leo, a los que se denominaba Beta. El tiempo de depender exclusivamente de los guerreros sagrados para atender los problemas del hombre, según dijo su presidente, Joseph Ausburg, el día de la exhibición del Coloso Sidéreo, Virgo, había acabado. Aunque el actual comandante general de la Guardia de Acero, un miembro del pueblo de los gigantes que respondía al nombre de Eudoria, fue más modesto.

En base a ese triunfo, la Fundación Graad pasó a denominarse Omni-Corp. Una corporación como jamás se hubo visto capaz de satisfacer todas las necesidades, primarias y secundarias, de todas las naciones en el mundo, así como había hecho realidad el sueño del Santuario. Así, Joseph Ausburg anunciaba a todos los pueblos, sin importar raza, grupo social, país o religión, que entraban en una nueva era.

Pero la nueva era tenía sus propios problemas. El Imperio de Asgard seguía sufriendo las consecuencias de la campaña contra el Hades de Lyfia. Solo el Trono de Hielo y la resolución del Señor del Invierno impedían a Europa pasar de los dilemas por asuntos fronterizos a una invasión genuina. La Suma Sacerdotisa pudo hacer la paz en la superficie en una asamblea que reunió a los líderes de todos los pueblos, incluyendo al por primera vez reconocido Estado Libre de Magog, aunque los historiadores calificarían ese gesto de burla; puesto que el mundo había demostrado seguir existiendo, el propósito de aquellos piratas glorificados ya no existía, se había esfumado, junto al sueño de Aifread. Sin embargo, bajo las aguas, los reyes atlantes, diez por primera vez, se enfrentaron en una brutal guerra civil orquestada por Leviatán, Apóstol de los Océanos, encarnación de la primera guerra entre los marinos de Poseidón y los santos de Atenea. Incluso si se tenía en cuenta que hubo un superviviente para heredar la autoridad sobre los siete océanos, considerándose que Nueva Atlántida y todos los territorios en la superficie ardieron por los fuegos del odio, podía considerarse que el acuerdo entre Astaroth y los Apóstoles del Caos se había saldado. No quedaba nada del legado de la bruja que le robó su vida, así como no quedaba nada de la propia Astaroth.

En los tempranos 3000, la humanidad empezaba a inquietarse. Siempre que la civilización se levantaba, venía alguna fuerza del infierno, las estrellas u otros reinos desconocidos para arrasarlo todo. Los intelectuales señalaron al Santuario como responsable de actuar solo cuando el mundo estaba lo bastante arruinado como para que pudieran seguir gobernándolo como dioses vivientes. La Suma Sacerdotisa dejó que la gente hablara, empero, mientras enviaba a los cuatro ángeles que siempre la acompañaban a atender los diversos problemas que surgían. Cethleann ayudó a Tyrone Solo a sanar las heridas de su pueblo, Indech ayudó a los espíritus, las ninfas, los Mu y los gigantes, Cichol detuvo en seco un proyecto de invasión sobre el Imperio de Asgard orquestado por Blaiddyd y Riegan desde Bretaña e Hispania y Macuil se reunió con el Señor del Invierno, Lev, para descubrir sus secretos. Resultó que el Imperio de Asgard no solo sobrevivía gracias al Trono de Hielo, sino también por una relación comercial con las Otras Tierras, en concreto, aquella que recibía el mismo nombre de Asgard.

El día de año nuevo del 3243 d.C., la humanidad celebraba el salto desde la segunda mitad del tercer milenio, donde apenas se estaba colonizando el Sistema Solar para la extracción de recursos, al siglo XXXI, cuando el descubrimiento del motor súper lumínico dio paso a la Era de la Exploración, con el antiguo Estado Libre de Magog en la vanguardia de los descubrimientos y Nueva Atlántida tomando con sabiduría el control de las rutas comerciales. Nada sabían ellos de cómo el Apóstol de la Magia, Satella, había otorgado a la Princesa Rota, Corrin, hija de Anankos, los recursos para apoderarse de Muspelheim e impulsar a los dragones contra el resto de las Otras Tierras. De los santos de Atenea muertos en la Guerra de los Nueve Mundos, nadie en la Tierra tuvo noticia, tampoco de los sacrificios de la Guardia de Acero y de la habilidad de la Suma Sacerdotisa para hacer la paz con tantos mundos y tantos pueblos diferentes. Para que la humanidad pudiera alcanzar el espacio exterior, fue necesaria la derrota de un ejército aún más vasto que el que protegía la Cuna y las tres lunas, con una tecnología superior gracias a Yggdrassil, Apóstol del Cielo, en el mundo de Svartalfheim, la primera de las Otras Tierras explorada más allá de su planeta principal. Fue a través de la victoria sobre el Imperio Eterno y el Gran Almirante Imperial, Xander, en realidad Alejandro Magno, antiguo santo de Leo, que el Santuario obtuvo la tecnología de la cual la Tierra se aprovechó más adelante. Pero no hubo gratitud para los siervos de Atenea. Sí, no hubo gratitud, como tampoco hubo recuerdos.

Porque tras la victoria sobre Xander y el Emperador, la Suma Sacerdotisa comprendió que era ese un conflicto largo al que tendría que poner todas sus energías. Nueve universos, cada uno con sus propios asuntos, con al menos un Caballero Maldito respaldando a la nación más poderosa y los Apóstoles del Caos tras bambalinas. La derrota de la Flota Imperial no significaba nada. La muerte de Corrin, hija de Anankos, tampoco. Incluso Asgard, con sus valkirias y dioses guerreros, con un hombre y una mujer inmortales como líderes desde los tiempos en que ella era una doncella, no era de fiar. Al fin y al cabo, los Caballeros Malditos habían obtenido la inmortalidad robando, en teoría, las manzanas de oro en las narices de Drbal y Sigyn de Polaris.

Así que pasaron los siglos. La humanidad prosperaba con los beneficios que el Santuario ganaba para ellos, mientras el Santuario, tal y como siempre se supo que ocurriría, pasaba a ser una leyenda viviente. En el siglo XXXIV, cuando se acordó que el viaje más allá de la Vía Láctea estaba prohibido, una nueva generación de santos de oro, Roland de Tauro, Alice de Géminis, Lancelot de Cáncer, Trivikramasena de Virgo, Sigurd de Libra, Paracelso de Escorpio y Mordred de Capricornio, uno de los caballeros malditos, redimido, guerreaba contra la hueste de Helheim, dirigidas por Mehitak de Artemisa, Carcinos de Laernea, Lekti de Ehrimantos y Yuti La de Kervius. Era la primera vez que los Apóstoles del Caos revelaban su as bajo la manga: el Azote de Heracles, un grupo de poderosos guerreros en que la magia, el cosmos y la plaga daemonita hallaban el equilibrio justo para igualar el nimbo de los ángeles. Muchas vidas se perdieron entonces, siendo la más destacada la de Macuil, el ángel que acompañó a la Suma Sacerdotisa en toda esa campaña de centurias. El hombre responsable respondía al nombre de Arthur, juraba ser el rey de Camelot y portaba tres espadas divinas, todas a la altura de los arcanos mayores de la Primera Orden.

Como consecuencia de esa lucha brutal, en el siglo XXXV, los demonios de Helheim buscaron a dos hermanos arqueólogos que erraban por la Vía Láctea, sorteando los controles de Nueva Atlántida. Les ofrecieron poder a ambos, pero solo aquel que tenía la voluntad de asesinar a su propio hermano aceptó. Sennefer, como sería llamado el beneficiado, causó muchísimos problemas a la raza de los hombres y sus aliados como el chamán de Setentaidós Reyes Demonio con sus respectivas lecciones. No hubo mundo habitado que no sufriera algún percance por él, lo que cimentó la búsqueda de un poder unificado en la galaxia que culminaría entre junio de 3596 y julio de 3601 gracias al notable estratega y político asgardiano Reinhard von Lohengramm. Sennefer, en cualquier caso, fue detenido mucho antes, y no por los pueblos que vivían de las luchas del Santuario, ni siquiera por el propio Santuario, incluso si fue este el que enviara a un grupo de jóvenes santos de Atenea —Calíope de Tauro, Kenai de Cáncer, Souva de Escorpio, Gilles de Reloj, Elphaba de Perseo—, para detener el ritual con el que Sennefer pretendía abrir la Colina del Yomi y resucitar a los Apóstoles del Caos caídos en los diferentes combates, sino por mediación del Viejo Juez.

Según la humanidad y sus aliados se extendían por la galaxia, también lo hacía él. Su cosmos, su ser, lo abarcaba todo, aprehendiéndole. Cada movimiento de cada partícula en la Vía Láctea ocurría bajo su atención, de modo que pudo predecir los planes del enemigo y detenerlo en el momento justo. Después de que detuviera a ciertos grupos de poder que habrían hecho mucho mal de seguir creciendo, antes de que abriera las puertas del inframundo y lo consumiese todo. Lo peor era que no actuó por el afán de proteger a la humanidad, sino porque necesitaba que esta existiese para seguir observando. Quizá por ese motivo, quizá porque su papel de observador lo aislaba de todos los pueblos de la galaxia, no se molestó en cuestionar a nadie sobre que el Santuario dejó escapar una amenaza de la talla de Sennefer. Ni siquiera cuando Gugalanna lo dijo a viva voz, borracho, en los festejos por la unificación.

Hubo una frustración que arrastraba bajo la existencia de fría indiferencia que vivía desde hacía siglos, como el único santo de Atenea en el mundo, en la galaxia, ahora que el Santuario estaba aislado de la Tierra, en la frontera entre esta y las Otras Tierras. Se suponía que el Demonio de LaPlace, una vez completado, tendría que poder predecirlo todo con precisión, así había sucedido durante el viaje hacia la Cuna y la lucha contra Aquel que se desliza en la oscuridad. Supo el desastre con el que la Suma Sacerdotisa habría de lidiar. Ahora, en cambio, sus predicciones eran erráticas, cosa que atribuía a que la técnica no se había completado. En los momentos de meditación, cuando vaciaba su mente de toda consideración y se limitaba a aprehender datos, los recuerdos venían. Antes de que Velvet Crowe incitara a los dioses a abandonarles, estos tuvieron una interesante conversación con él, sobre la idea de que los amos del universo fueran, como el propio universo, solo un sueño de los Reyes Durmientes.

—Si los dioses fuéramos un sueño de los Antiguos, solo tendríamos que despertar —respondió Poseidón con tranquilidad.

Hades y Atenea, entonces llamada también Cattleya, concordaron con ese disparate.

Él no pudo desentrañar ese misterio, por culpa de Velvet Crowe.

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La Guerra de los Nueve Mundos se extendió a lo largo de quinientos años. En el proceso, todo tipo de sucesos increíbles sucedieron. Grandes Espíritus abandonaron los sellos, corrompidos y dementes, balbuceando que la guerra en el cielo se había perdido, que todos los ángeles estaban muertos y que la Primera Orden danzaba desnuda en los Jardines de Azatoth. Maotelus fue el más destacado entre estos, porque si bien no pudo traer la destrucción a la Vía Láctea, si que dio fin al gobierno unificado, siendo la causa de la muerte del último heredero de los Solo y del dominio comercial de Nueva Atlántida. En contraste, un Rey Durmiente conocido como Quien roe los cimientos del mundo, responsable de abrir una salida para el exiliado Aquel que se desliza en la oscuridad, se enamoró de una humana corriente, Marta Lualdi, hija del comandante general de la Guardia de Acero, Brute Lualdi. Fue aquel un romance cruel, pues unida a tal ser incognoscible, la valerosa Marta Lualdi, enfrentada a todos, descendió a la locura y dio a luz a un ser como no hubo conocido el universo desde hacía seis mil años.

Meliodas y los Diez de Helheim fueron los últimos en claudicar en el 3750 d.C, poniendo fin a la Guerra de los Nueve Mundos. Para entonces, Gugalanna y la Suma Sacerdotisa eran de nuevo buenos amigos, recobrando aquel el manto de oro y siendo coronado como rey de Jotunheim. Los Caballeros Malditos habían caído, o bien se habían aliado con el Santuario, como era el caso de Xander de Leo, Sun Wukong de Libra y Mordred de Capricornio, pero las Otras Tierras ya estaban acostumbradas a ver a los santos de oro como líderes naturales. En cuanto a los Apóstoles del Caos, solo Ehrimanes y otros cuatro que siempre se mantuvieron en el anonimato seguían con vida, por lo que cualquier mal presagio bastaba para encender los ánimos. Mucho se había perdido en los conflictos. Cien millones de vidas, solo contando las bajas militares de los distintos bandos. Así pues, el hijo de Marta Lualdi, Lisandro Lualdi, encendió las alarmas. La Suma Sacerdotisa, agotada de siglos de guerras y esfuerzos diplomáticos, dejó aquel asunto en manos de Gugalanna y los redimidos Caballeros Malditos, que eran todo lo que quedaba de los santos de oro, por ahora. Una decisión terrible.

Después de quinientos años de leal apoyo, Asgard se opuso al resto de Otras Tierras, acogiendo a Lisandro Lualdi. Lo hizo porque la hija menor de Drbal y Sigyn de Polaris, Freya de Polaris, se enamoró perdidamente de aquel muchacho perseguido en nueve universos, además de por su padre. Sí, en verdad aquella doncella con la belleza de una diosa del amor y el temperamento de un dios guerrero, amaba al nuevo Príncipe Durmiente, así lo tratara con violento sarcasmo. Era un capricho, todos lo decían dentro y fuera de Asgard, la misma Hilda de Polaris, hermana de Freya, cuestionó a sus padres que no tenía sentido hacer la guerra con el Santuario por un capricho.

—El mundo que ahora pisas, hija mía, fue cimentado por un capricho. Yo, Baldr de Alcor, decidí que quería para mí el poder que le correspondía a mi hermano por derecho. Así como yo tomé lo que quise, también mi sangre puede hacerlo. Y pobre del necio, o necia, que quiera impedírselo, pues tendrá que vérselas conmigo.

De los amores de Lisandro y Freya se escribieron millones de relatos, más famosos en la Vía Láctea que en las Otras Tierras, ya que lo que en un universo era una historia de amor trágico, en otro fue una guerra que duró cien años. Asgard había amasado todas las armas sagradas de la Guerra de los Nueve Mundos, como un fiable custodio. También había recibido a criminales de guerra de las Otras Tierras. Le sobraban recursos, mano de obra y razones para decirle al Santuario que no siempre iba a tener razón. A decir verdad, a ese respecto Asgard dejó bien impresa su huella. Los asgardianos, guiados por Siegfried de Dubhe y los otros seis dioses guerreros de Asgard, aplastaron a los Beta de la Guardia de Acero con sus armas mágicas. Indech murió asaeteado por Lisandro vistiendo el manto de Sagitario, robado por Drbal junto a otros tesoros frente a las narices de los santos de oro, que heridos en orgullo encrudecieron su ofensiva. Cethleann y Cichol no respondieron al llamado del Santuario, habiendo hallado solaz en los confines de la Vía Láctea, lejos de los problemas humanos, pero enviaron a sus discípulos, reunidos de las líneas familiares, aún puras, de los Blaiddyd, Fauldarius, Gautier, Daphnel, Dominc, Lamine, Charon, Riegan, Gonerlil y Gloucester, como una nueva clase de santo de Atenea, capaz de hacer uso de su herencia daemonita de forma localizada y en simbiosis con el cosmos. Las batallas prosiguieron. El titiritero, Nyarlathotep, Apóstol de las Estrellas, fue descubierto por Freya, que no quería la muerte de su amante, con el que ya había tenido dos hijos. La encarnación de la Guerra de las Estrellas que enfrentara a Pirra de Virgo con los Reyes Durmientes pudo matar a la muchacha, pero ni todas sus artimañas impidieron que Drbal se enterase del verdadero responsable. Los antiguos enemigos enfrentados en más de cien ocasiones, Drbal y Sun Wukong, se aliaron para poner fin a Nyarlathotep. Nadie más supo de esos tres, acaso perdidos en el Ginnugagap, pero, perdida la razón del conflicto, a la Suma Sacerdotisa le fue posible hacer lo que mejor se le daba: aliar como buenos amigos a quienes antes eran enemigos a muerte.

—¿Sobre cuántos huesos has de bailar para que estés satisfecha, Perra de Virgo? —espetó Lisandro el día en que esta se atrevió a sugerir un brindis por la paz lograda.

Lo último que se supo de Lisandro de Sagitario, fue que entrenó a Khalid Riegan, hijo de Lord Riegan y un demonio femenino, para ser el próximo guardián del décimo templo zodiacal. No quería tener nada que ver con el Santuario, ni con la humanidad, ni con los Reyes Durmientes. Solo quería desaparecer, que lo olvidaran.

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En el 3880, las piezas encajaron. En realidad, habían empezado a encajar desde que Lisandro abandonó las Otras Tierras y empezó a errar por la Vía Láctea, donde el sueño de Reinhard von Lohengramm se había hecho añicos a causa del más astuto de los Apóstoles del Caos, Ehrimanes, quien con cruel acierto aprovechó el efecto de las promesas de destrucción del Gran Espíritu Maotelus.

Aquel que se desliza en la oscuridad, Velvet Crowe, Ehrimanes, los Apóstoles del Caos, el Azote de Heracles, los Caballeros Malditos, Sennefer, Lisandro… Todos eran el mismo enemigo. Todo era, en verdad, un sueño del Rey Durmiente, tal y como los dioses quisieron avisar al Viejo Juez, cuyo ser cubría la galaxia entera desde su centro hasta los cinco brazos. Todo había apuntado a ese momento, en que el Santuario, que al fin podía volver a ocuparse de los asuntos de la Vía Láctea, era solo una leyenda inmiscuyéndose en una política fragmentada, en una civilización herida de muerte.

A los líderes de la Revolución de los Astros se les conoció como los Diez de Heinstein, en honor a su líder, Edelgard von Heinstein, descendiente de Yoruhime Tsukushima. El Príncipe Durmiente fue su mano derecha y lugarteniente, junto al cual abrió la Colina del Yomi, pero hubo otros más. Aifread de Dragón Marino, Velvet Crowe, Ehrimanes, Sennefer, Yuti La… Ya estuviesen muertos, ya encerrados por siempre, fueron rescatados para cumplir un sueño: un mundo en el que los dioses no manejaran a los seres humanos como simples marionetas. Con ese propósito, trajeron la guerra a todos los rincones de la Vía Láctea, sobre un Santuario que apenas se estaba recuperando de seiscientos años de conflictos. Por si fuera poco, según las cuentas del Viejo Juez, hacía más de un millar de años que Atenea no volvía a aparecer. Más de mil años desde que se sacrificara para sellar la frontera entre la Tierra y el inframundo que Edelgard von Heinstein había abierto. Con solo ver eso, su capacidad para adivinar el porvenir mediante el conocimiento absoluto del presente le indicaba una cosa muy sencilla.

Su hermana, que había unido al infierno, al mar, la tierra y los espíritus en un solo pueblo, una sola esperanza, ya no tenía fuerzas. Incluso si pudiera ayudarla a sobrevivir esa última lucha, solo podría verla languidecer.

Así que la dejó morir luchando.

—No es necesario que muráis por mí —dijo la Suma Sacerdotisa a los nuevos santos de oro. Doce jóvenes, algunos con conexiones con el enemigo. Todos vestían mantos de oro y se inclinaban ante ella, como en tantísimas ocasiones en dos mil años.

—Su Santidad, nada hay más necesario que morir por vos —dijo Alexandre de Leo.

—Oye, oye, ¿no se supone que yo soy el donjuán? —señaló Khalid de Sagitario. El discípulo de Lisandro, que ya había enfrentado a su maestro en una ocasión.

—Muchachos —dijo Byleth, la última de una larga, larga línea familiar de asistentes que empezara Azrael, tantísimo tiempo atrás. La segunda en tomar un manto de oro, el de Virgo, aunque era más conocida por completar el entrenamiento de los otros once santos de oro como una maestra sin parangón—. Sabéis a qué se refiere Su Santidad.

Los doce lo entendían, por eso, antes de la batalla, renovaron sus votos. Uno tras otro.

Los Diez de Heinstein descendieron a la Tierra poco después, cuando ya había un guardián para cada templo zodiacal y la Última Batalla de las Doce Casas dio comienzo, a la vista de todos los pueblos de la Vía Láctea. Algunos santos de oro murieron defendiendo sus templos, otros junto a sus amigos: Félix de Libra fue el escudo del endemoniado León de Oro, Aleaxandre de Leo, en su empeño por matar a su antiguo amor y amiga de la infancia, Lady Heinstein; Ingrid de Escorpio fue la velocidad que al indestructible Sylvain de Aries le faltaba. Pero fuera en grupo, o por sí solos, iban cayendo. La Suma Sacerdotisa lloró a aquellas muertes, en especial la de Byleth, a la que recordaba como una niña formal, su único consuelo ahora que ni el Viejo Juez, ni los ángeles, ni sus viejos compañeros estaban con ella para prestarle apoyo.

Ninguno de los Diez de Heinstein murió en esa batalla, pero solo Edelgard, malherida, llegó para abrir las puertas del templo papal y confrontar a la representante de los dioses en la Tierra. La que engatusaba a los pueblos mortales para que formaran el mundo que ella creía correcto, donde una paz aparente ocultaba un sinfín de crímenes y conflictos. De haber querido, las Otras Tierras habrían podido salvar a la Suma Sacerdotisa. Sin embargo, esta no esperaba ayuda de ellos. Entendía por qué habían cerrado las fronteras con la Tierra, negándose a participar de más guerras. No los odiaba, tampoco odiaba a los que morían por un bando u otro en la galaxia que acaso habría permanecido unida de no haber querido el Santuario abarcar tanto con unas manos más pequeñas.

—Bienvenida, reina de los muertos —saludó la Suma Sacerdotisa, alzándose de su trono. La piel apergaminada que la cubría se deshizo en polvo, revelando una mujer que en dos mil años solo había envejecido una centésima parte.

—Te saludo, diosa de la muerte —dijo Edelgard, alzándose como podía, pese a las heridas. De su cintura colgaban dos de las espadas divinas de Arthur, uno de los Diez de Heinstein, la tercera, Kusanagi, la sostenía con firmeza.

—No soy ninguna diosa —replicó la Suma Sacerdotisa.

—Solo su marioneta —sentenció Edelgard.

Mientras los otros nueve de Heinstein esperaban frente al templo, las dos mujeres se enfrentaron en combate desigual. El cosmos de la Suma Sacerdotisa, que no era de oro, de plata o de bronce, formó seis alas de oro prístino y repelió el filo de Kusanagi.

—Sí que lo soy —aceptó la Suma Sacerdotisa, viendo desde arriba a su enemiga. Brahmastra se formó en su mano, como una espada de éter—. Por siempre.

Edelgard von Heinstein no tenía la capacidad de esgrimir una espada divina. En realidad, cada uno de los diez que la seguían la superaba en uno u otro aspecto, e incluso en todos, como era el caso de Lisandro. Sin embargo, habrían dejado morir a su líder, como una prueba de que su sueño no valía la pena, porque ella misma se lo había pedido. Fue ella quien dio muerte a Byleth de Virgo, a quien aprendió a amar durante los diez años de guerra entre los hombres y los sirvientes de los dioses, demostrando su coraje. En ese entonces, a mitad de camino, juró ser quien cortaría la vida de la tirana, de la reencarnación de la falsa diosa, Pirra de Virgo que había embrujado al hombre.

Gugalanna, rey de Jotunheim, pisoteó esa resolución. Más rápido que la luz, se interpuso entre las dos mujeres y atravesó el pecho de la Suma Sacerdotisa, a la vez que esta lo cortaba desde el hombro hasta el costado. Tal fue su único aporte como miembro de los diez de Heinstein, no por los rebeldes, sino por su señora.

—Esta es mi misericordia —dijo Gugalanna, mirándola.

—También la mía —replicó la Suma Sacerdotisa.

Los dos murieron así, de pie, pues en el momento en que se detuvo el corazón de la Suma Sacerdotisa, la maldición que pesaba sobre Gugalanna se extinguió también.

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El Viejo Juez vio aflorar el odio en su pecho, pero este no duró mucho. Tal y como previó, la rebelión de Edelgard von Heinstein no solo acabó con cualquier opción de la unificación de la galaxia, sino que se reveló como la última pieza en el rompecabezas de la bruja Astaroth. Anteros, Apóstol de los Pecados, Medea, Apóstol de los Espíritus, y Caos, Apóstol de la Guerra, se inclinaron ante un niño terrestre, hijo de un mercader, llamado Ludwig. Todas las guerras que habían organizado a través de los siglos, habían estado destinadas al despertar de su dios, Ares, señor de todos los makhai.

Pero el niño no se hizo llamar Ares, sino Marte, y ordenó a aquellos tres escoger. ¿Lo seguirían a él, para traer venganza sobre la traidora, Edelgard, o avisarían a sus compañeros? Los Apóstoles del Caos, que ningún aprecio sentían por Ehrimanes, se avinieron a servirle. Juntos, como los célebres jinetes del Apocalipsis, los cuatro perpetraron la caída del imperio que Edelgard von Heinstein formó a través de fuego y sangre. El Viejo Juez se unió a ese grupo por propio pie, mientras que los demás fueron reclutados uno a uno. Había hombres comunes, como Harbinger, también espíritus y espectros, como Fudo y Schiller, gigantes como Ionia, y por supuesto makhai, tales como Mykene y los Apóstoles del Caos. La hija de Ludwig, Sonia, completó el grupo de doce que evocaban a los doce santos de oro, si bien ninguno de ellos vistió el manto de oro cuando, en el centro mismo del imperio de Edelgard von Heinstein, la Tierra, iniciaron una rebelión mientras esta y sus campeones conquistaban los cinco brazos de la galaxia. Eran la Guardia Pretoriana de Marte, el dios del fuego y la guerra que vengaría a Byleth, su querida maestra, y a la Suma Sacerdotisa. Antes de que Edelgard von Heinstein pudiera hacer nada, ya las Otras Tierras abrían las fronteras y se creaban por igual las armaduras de la Guardia Pretoriana, los legados, y sus ejércitos, las hormigas, recuerdo de las investigaciones del infame Fafner de Niddhogg. Fue una guerra tan terrible como la rebelión que depuso a la Suma Sacerdotisa, pero guerra era el alimento de Marte, y cuando este era ya un hombre adulto con cuatro hijos, Sonia, Edén, Remo y Rómulo, dirigió el asalto final contra Edelgard von Heinstein, quien en su desesperación había acogido en su seno a la diosa de la Discordia a cambio de un nuevo ejército de formidables espíritus malignos.

Ni Eris, ni las dríades, ni los Diez de Heinstein pudieron, empero, resistir el poder infinito de Marte. Al final, el dios de la guerra y el fuego vio rodar la cabeza de la Edelgard von Einstein, causa de la discordia en la galaxia.

—¡Por la Suma Sacerdotisa, por Atenea! —gritó Marte ante sus generales y ejércitos, a la sombra del monte Olimpo. Las hormigas callaron, los demás, gritaron satisfechos.

Caos y Medea, sus cónsules, se miraron con inquietud. ¿Qué había salido mal?

El Viejo Juez lo sabía. Ares no podía manifestarse en ese mundo. No había dioses allí, ni Astra Planeta, ni nada que estuviera más allá del poder de quien había creado ese universo. Aquel que se desliza en la oscuridad, responsable de esta y otras guerras, vio desde su lecho en las tinieblas cómo los hombres celebraban su destrucción.

Y él, mientras, siguió observando.

Notas del autor:

Shadir. Es que si usamos CGI no es tan emocionante.

No te puedo culpar, hay tantas referencias en estos capítulos que en honor a la verdad, no es tan descabellado que de repente apareciera Disney.

Mea culpa. Hay un tercer uso, en que aprehender significa «Percibir (algo), a través de los sentidos o la mente». Sin embargo, creo que en esa escena en concreto el verbo aprender funcionaba mucho mejor, como bien señalas.