Capítulo 234. La última cena

Para cuando Aqua y Makoto llegaron a cubierta, ya todo estaba listo. Más de cien comensales, vestidos con sus armaduras y uniformes remendados, se extendían alrededor de una alargada mesa presidida por Gestahl Noah. Por encima de esta, cuencos de carne, pescado y fruta liberaban toda clase de aromas, evocando en el santo de Mosca aquel encuentro con Shun de Andrómeda, tanto tiempo atrás. Ahora no estaba en una posada, pero después de todo lo que habían vivido la sola visión de tanta comida sonaba a un pedazo del paraíso, del que las bebidas, dispuestas en toscos vasos de barro, acaso serían el néctar de los dioses. Las expresiones de todos —descontando a los santos femeninos de Atenea, siempre enmascaradas—, unos con el rostro sereno y otros, como Noa de la Nobleza, con una cara de felicidad, hablaban por sí solos.

No había sillas para todos, incluso contando con Triela de Sagitario para trabajar la madera a la velocidad de la luz, esta no abundaba, salvo que quisieran mutilar el barco en el que navegaban. De modo que los más altos se habían sentado a comer sobre algunas tablas desperdigadas del pasillo de los camarotes. A Makoto le pareció que aquello acentuaba el compañerismo entre aquel grupo de aliados. Cristal departía con Minwu de Copa sobre los tormentos que pasaron, Mera escuchaba con atención a un grupito de caballeros negros e incluso Margaret de Lagarto conversaba tranquilo con Noa de la Nobleza, si bien seguía lanzando duras miradas a Aubin de la Audacia. Tal vez en ese último caso podía más el interés que el resentimiento, habida cuenta de que Noa poseía un truco muy útil, y Margaret era, por sobre todas las cosas, un copista de trucos muy útiles, pero si él seguía viendo barreras en aquel enorme grupo de aliados, sería una excepción. Sombras, santos, ángeles, marinos y siberianos eran un solo ejército. Akasha de Virgo habría disfrutado con esa visión.

Antes de que pudieran encontrar sitio para los dos, Aqua detectó a su hermana. Tetis, con aquellas escamas tan destacadas, acababa de decir algo lo bastante impresionante como para dejar a Lesath de Orión boquiabierto y más rojo que el manto de Aerys, quien estaba sentado a su lado. A Makoto le daba curiosidad, una morbosa curiosidad que le inquietaba un poco, pero no siguió a Aqua y más bien buscó un lugar en el que sentarse, el que fuera. Fue un poco complicado, todos estaban muy apretujados. Además, desde que vio de cerca la armadura de un caballero negro, no pudo evitar quedarse impresionado, recibiendo por igual explicaciones sobre el excelente trabajo de Indech, como comentarios salidos de una taberna de borrachos sobre qué estuvo haciendo Makoto todo ese tiempo. Todo bajo la silenciosa atención de Gestahl Noah. Recordar cómo fue aquella última charla con el Sumo Sacerdote fue la razón de que no se animara a sentarse con él, a pesar de que solo lo acompañaban Cethleann y un tarro. Ícaro de Sagitario Negro estaba perdido en otro lugar, junto a Bianca, Nico y el caballero negro de la Cruz del Sur. Kazuma no tenía pinta de querer preguntarle cómo se sentía besar a una diosa, que era lo más recatado que le habían dicho las sombras, pero dudaba poder resistir un interrogatorio creativo de la santa de Can Mayor. Tampoco estaba seguro de sentirse cómodo donde se hallaban los santos de oro. Sagitario, tan silenciosa como siempre; Tauro, imponente a pesar de haber recuperado ya un tamaño normal; Aries, vistiendo un manto dorado y muy vivo que a buen seguro iluminó los rostros de muchos y encendió de nuevo el fuego de la esperanza. Estaba bien que hubiese despertado el Séptimo Sentido y combatido mano a mano con un ángel del Olimpo, pero los tres tenían un aura extraña, como de haber ido un paso más allá de donde él había llegado. Cosa curiosa, Llama de Centauro Negro estaba al lado de la santa de Sagitario, alabando sus trabajos de costura, y lo animaba con señas a que se les uniera. ¿Él le haría preguntas incómodas también? Prefería no arriesgarse, estaba decidido a llevar esa feliz reunión en paz, sin alterarse ni un poco. Incluso llegó a plantearse que las enormes manos de Indech, quien volaba en paralelo al barco sin que lo vistiese la gloria de la Tierra, podrían servir de asiento, hasta que pensó que sonaba al peor agravio que podía hacerles a todos; el propio Indech, un cíclope de veinte metros de altura, amaría poder tener el tamaño adecuado para sentarse a comer.

Al final se decidió por el grupo que estaba en el extremo de la mesa contrario al principal. Noesis, Retsu y Rin lo recibieron animados. También Aubin de la Audacia y Aeson de la Copa Negra, un par de solitarios como no podían faltar en esas reuniones.

—¿También tú vas a preguntarme si podré comer con mi máscara? —dijo Rin.

—Aubin puso mucha curiosidad a ese respecto —explicó Noesis.

Por alguna razón, el ángel de la Audacia no dijo nada, rehuyendo la mirada de Makoto.

—Sé que los santos femeninos domináis el arte de comer sin que os vean.

No sería la primera vez que compartía mesa con una enmascarada. Se suponía que iba a aprender ese arte, pero no fue posible. Ya no lo sería. June de Camaleón estaba muerta. Había dos platos, uno pequeño, con un platillo encima, y otro más grande, vacío, que se serviría una vez acabaran el entrante. June había dicho que era más cuestión de habilidad que de velocidad el que no te vieran comiendo y estaba a punto de ser testigo de ello. Si Rin, Bianca, Mera, Pavlin y Marin podían comer sin que les vieran el rostro rodeadas de cien personas era que de verdad eran hábiles. De Triela no se tenía que preocupar en absoluto, la Silente dominaba la velocidad de la luz de un modo en que hasta los ángeles del Olimpo envidiarían. Aqua era otro asunto muy distinto.

—¿Puedo ver tu rostro otra vez? —le había dicho Makoto.

—Oye, ya sé que has despertado el Séptimo Sentido, pero prometo aplazar lo de matarte si me ves por accidente —dijo Rin—. Puede que muramos todos más allá.

—No seas pájaro de mal agüero —pidió Noesis.

—Vamos a ganar —dijo Retsu—. Mi padre sellará a Caronte de Plutón, ya lo veréis. Tenemos un as bajo la manga que nadie espera.

—Yo también quiero ganar. Pero es que Makoto tiene una fama… —murmuró Rin.

Al santo de Mosca le parecía mejor incidir en cómo y por qué Retsu refería a su maestro Noesis como padre que en la fama que él tuviera. Sin embargo, el Sumo Sacerdote se adelantó. Tras aclararse la garganta, todos callaron, interesados en lo que fuera a decir.

—En primer lugar, quisiera daros las gracias a todos por asistir. Sé que algunos habrían querido descansar esta última media hora, o hacer otras cosas.

Margaret de Lagarto no pudo distinguir a dónde miró el Sumo Sacerdote, había demasiada gente, muy mezclada además. Sí que oyó con claridad la broma que Bianca de Can Mayor hizo al respecto de una cena tan concurrida.

—¿Cuándo nos avisaréis de que uno de nosotros va a traicionaros?

—Hermana, este no es ese tipo de cena. Nadie va a vender al Sumo Sacerdote por treinta monedas de plata —dijo Nico, tirando de ella y completando el chiste sin querer.

Los pocos que rieron la estúpida broma, lo hicieron con fuerza. Pareció que todos reían.

Una vez más, bastó un gesto del Sumo Sacerdote para que se hiciera el silencio.

—Si en eso piensas, Bianca de Can Mayor, estarás de acuerdo conmigo en que el primer paso en una reunión de hermanos, hermanos en la batalla y la venganza, es el perdón. El perdón trae unidad, la unidad trae la victoria. Desunidos, seremos aplastados.

«Ya han pedido perdón —pensó Margaret—. Eso no devolverá a Joseph a la vida.»

Parte de la culpa era de Narciso de Venus, desde luego, él los había puesto en territorio hostil. Sin embargo, los ángeles del Olimpo habían demostrado ser racionales. Si hubiesen venido en son de paz, sin duda habrían podido formar un frente común contra el enemigo y lograr una victoria sin tantos sacrificios. Además, eran ellos los responsables de que Aquel que se desliza en la oscuridad se liberara.

—Por muchas veces que nos disculpemos, los muertos no volverán —dijo Aubin.

«En eso concordamos —pensó Margaret, sombrío.»

—Chavalier y Timotheos murieron —dijo Noa.

«Por vuestra culpa —quiso decirles Margaret.»

—Todos hemos perdido en esta batalla —aceptó Cethleann, acariciando la perla que tenía ceñida al caballo—. Mi padre. Mi tío. Sariel.

El cuarto guerrero celestial, Indech, no dijo nada. Se quedó mirando, en silencio.

«Mejor —decidió Margaret—. lLas palabras huecas son un peso muerto.»

—No sois vosotros los que debéis disculparos, sino yo —aclaró Gestahl Noah, sorprendiendo por igual a los guerreros celestiales y al resto. Apenas Tetis mantuvo el temple mientras el líder del Santuario se alzaba, dando a las siguientes palabras un aire solemne e indiscutible—: Hemos visto muchas cosas. Algunas de ellas son verdad —aclaró, mirando a Soma de León Menor Negro—, otras son solo algo que pudo ser. —Por alguna razón, dirigió una misteriosa sonrisa a Makoto de Mosca, que acaso habría querido emprender el vuelo en ese momento—. Entre esas visiones terribles, hubo una que me resultaba curiosa. La muerte de Ío de Júpiter.

Esa simple frase, para un grupo decidido a acabar con la vida de uno de los nueve seres más poderosos del universo, tenía fuerza por sí misma. Ío de Júpiter, uno de los Astra Planeta, había muerto. Muerto a manos de los santos de Atenea.

—Pensar que un grupo de humanos sería capaz de algo así —dijo Cethleann, temblando—. Ío de Júpiter fue el primero entre los generales del cielo.

—Fue —apuntilló Gestahl Noah—. No me cabe duda de que hubo circunstancias especiales para que ello ocurriera. El enfrentamiento con Shun de Andrómeda, uno de los héroes legendarios, para empezar. Como iba diciendo, me pareció curioso que Aquel que se desliza en la oscuridad nos mostrara la muerte de un enemigo nuestro. ¿Por qué hacerlo, si lo que quería era vernos rotos, sometidos a su capricho y divertimento?

Esperó, paciente, a que alguien contestara. Margaret miró en derredor, presintiendo que muchos sabían la respuesta, pero no querían admitirlo.

—Nos estaba diciendo que nadie podía detenerlo. —Fue Ícaro de Sagitario Negro quien alzó el rostro con coraje. Valiente, porque esas palabras le producían miedo—. Asumió que la muerte de Ío de Júpiter hacía imposible que lo derrotaran.

Por supuesto, la realidad demostró ser muy distinta a las expectativas de la entidad. Aun con Ío de Júpiter muerto, había otros miembros de los Astra Planeta, como Tritos de Neptuno, capaces de vencerlo. Porque la orden a la que pertenecía Caronte de Plutón era la encargada de vencer a los Reyes Durmientes, la razón por la que el universo, frío y hostil, no se había abalanzado sobre el frágil mundo de los hombres. Todos sabían eso, porque aunque la mayoría no se había molestado en ahondar en lo que los mandamases sabían a cabalidad, experimentaron fragmentos de un futuro en que ni los dioses, ni sus mejores adalides, estaban en posición de detener a Aquel que se desliza en la oscuridad. Todo el mal que un ser así podía causar, bastaba para que algunos empezaran a dudar que estaba bien buscar la muerte de Caronte de Plutón. ¿Era correcto poner en riesgo todo el universo, solo para retribuir el mal que había causado en un solo planeta?

—He sido un idiota —susurró Margaret. No estaban en posición de recriminar nada a los ángeles del Olimpo. Antes de ese encuentro, lo único que le preocupaba era si siquiera era posible cumplir su misión, no se había planteado las consecuencias.

Sintió que alguien le palmeaba la espalda.

—Si quieres decir algo, es el momento —señaló Noa.

Gestahl Noah estaba felicitando a Ícaro por su conclusión cuando Margarte se levantó.

—Su Santidad, entiendo a dónde quiere llegar.

El Sumo Sacerdote alzó las cejas, interesado.

—¿Ah, sí?

Sin titubear siquiera un poco, Margaret de Lagarto expuso las dudas que empezaba a tener, las que acaso todos habían tenido después de experimentar lo que era el auténtico mal. La amenaza de la cual los ejércitos del cielo les protegían.

—En el momento en que nuestros compañeros llevaron a la muerte a Ío de Júpiter, dieron a Aquel que se desliza en la oscuridad el contexto oportuno para escapar.

—Es algo más complejo que eso —advirtió Gestahl Noah—. La muerte del líder de los Astra Planeta puso en marcha muchas cosas, cosas de las que Aquel que se desliza en la oscuridad estaba enterado gracias al vínculo que lo unía a la potencia del Fuego, Macuil. Sin embargo, es cierto que nosotros, los seres humanos de la Tierra, lo pusimos todo en marcha. Somos responsables de convertir el deber de los ángeles de la galaxia Nabatea en un auténtico infierno, del que solo fuimos partícipes debido a que Narciso de Venus nos puso en el camino por sus propios motivos, según nos informaste. Es por eso que pido disculpas, porque los Astra Planeta, al igual que los dioses, no lo harán. Porque vosotros, que me habéis seguido hasta aquí, no merecéis pasar por ese trago. Sobre mis hombros descansan todos los pecados de los hombres.

—Con todo respeto, Su Santidad, somos santos de Atenea. Nunca nos plantearíamos si nos merecemos, o no, la culpa por nuestras acciones. La recibimos sin más, porque uno no es escogido para defender el mundo si luego no puede responder de sus propios pecados. —Miró a los ángeles, uno a uno. Indech, que lo observaba con curiosidad. Noa, que sonreía. Cethleann, que atesoraba en los ojos verdes el miedo que le producía un mundo en que Reyes Durmientes y Astra Planeta combatían. Cuando cruzó la mirada con Aubin, dijo a viva voz—: Os odio. He sabido que es irracional desde el principio y ahora me doy cuenta de que además es estúpido que me sienta así, a pesar de ello, no puedo evitarlo. —Se llevó la mano al corazón—. Ya estoy acostumbrado a ver a mis amigos morir. Es el destino inevitable de los santos de Atenea. Aun así, el comandante Ishmael y ese neandertal de Yu de Auriga podrían reencarnar un día. Joseph de Centauro no lo hará. El mejor de nosotros, el que acaso merecía el descanso del Elíseo que el rey Hades niega a los hombres mortales, no conocerá la paz, ni la condena, ni una nueva vida. Ha desaparecido, sin más, para resolver vuestro problema, para salvar a vuestra familia —gruñó, girando hacia Cethleann con brusquedad. Cosa extraña, el ángel del Agua pareció ganar en entereza con ese desafío—. No hemos recibido nada a cambio de nuestro sacrificio, aunque, ¿qué cosa podría compensar la destrucción completa y definitiva de un ser humano? —Ahora era cuando debía llorar y maldecir a los dioses, pero él era un lagarto, de sangre fría. Cerró los ojos, buscando la serenidad que había aprendido a alcanzar antes de que ese viaje se torciera—. No hay nada que podamos hacer para compensaros por allanar el camino de Aquel que se desliza en la oscuridad. No hay nada que vosotros podáis hacer para compensarnos por nuestros muertos. Y además —añadió, atreviéndose a mirar de igual a igual al Sumo Sacerdote—, ninguno de nosotros tiene derecho a reclamarle nada a Narciso de Venus. Perdimos mucho en esta batalla, sí, pero el mal fue descubierto y enfrentado porque así ocurrieron las cosas. Las Guerras Santas nunca fueron un juego de niños, siempre han implicado sacrificios, aun así, a través de los siglos miles de santos de Atenea se reunieron bajo la batuta de la diosa de la guerra y la sabiduría para enfrentarse a los mismos dioses por su mundo, por su gente, por un futuro que no llegarían a conocer. Es por eso, Su Santidad, que pienso que no ha llegado el momento de pedir disculpas. —Cerró el puño con fuerza—. Esta es la hora de aceptar que todos, santos, astrales y ángeles, tenemos un deber que cumplir, por encima de nuestras motivaciones personales. Es hora de olvidarnos de disculpas y de reclamos, ¡es hora de dar un paso al frente de una vez! ¡Y juro, delante de todos, que pase lo que pase cargaré contra Caronte de Plutón, sean cuales sean las consecuencias! —declaró, golpeando la mesa con el puño.

Un sencillo hechizo de Noa logró que la madera resistiera, aunque el impacto sí que resonó con fuerza. Era el eco de la resolución de Margaret de Lagarto, un hombre dispuesto a no perseguir los errores de otros, sabiendo que él mismo cometería uno.

«Una naturaleza contradictoria en la que el bien y el mal coexisten. Eso es lo que define a la humanidad —reflexionó Gestahl Noah. Era la última lección que había dado a los caballeros negros, para que pudiesen dejar de juzgarse a sí mismos. Para que sombras y luces lucharan juntos. No esperaba que los santos de Atenea, tan pagados de sí mismos tras tres milenios de proezas de heroicas, con solo un puñado de malos ejemplos, fueran a aceptar esa realidad—. ¿Y por qué no? Atenea abogó por la redención de los malvados, usándome a mí, el justo, como distracción. —Visto desde esa perspectiva, cargada del cinismo de quien había vivido demasiado, tenía sentido que Margaret de Lagarto pudiese odiar a alguien aun sin tener justificación para ello, así como que fuera capaz de plantearse luchar al lado de quien odiaba. Lo sorprendente, en cualquier caso, era la aceptación—. Si esta es nuestra redención, valió la pena cumplir mi papel, Atenea. —Aun así, no iba a echarse atrás. Mataría a Caronte de Plutón, así muriera en el proceso. Su cadáver, bendito por el Olimpo, se arrastraría hasta unir los cielos y la tierra, formando el primer peldaño en la escalera que el Hijo ascendería para traer la auténtica retribución—. Ya que se nos ha negado una Tierra perfecta, yo haré que los Cielos conozcan la corrupción que impusieron a la humanidad. —Cuando Urano y Crono cayeron, otro dios debió derrocarlos. ¿Sería lo mismo con Zeus?—. Me da igual —decidió. La redención de los condenados conllevaba la corrupción de los justos.»

Ninguno de esos sombríos pensamientos escapó de los labios de Gestahl Noah. Tampoco habría sido posible para Mera de Lebreles leerle la mente, incluso si hubiese querido hacerlo. Todo ese conocimiento estaba cerrado a cal y canto, porque él, padre de la humanidad, nada debía a los talentosos Mu en el arte de la telepatía. Incluso en ese lugar, cercano a los confines del universo, seguía enlazado al inconsciente colectivo. El último as bajo la manga seguía disponible, para la batalla final.

—Solo estoy en desacuerdo con una cosa —mintió Gestahl Noah, tomando la taza con el preparado de Cethleann—. Los Astra Planeta, guardianes del universo, son los primeros que han de ser juzgados. Caronte de Plutón ha obrado según su resentimiento hacia los santos de Atenea, ha abusado del derecho que tenía a velar por el destino de la Tierra y por ello faltado a su deber. Nuestra vendetta es justa. Por eso lo mataremos.

A modo de ritual, tomó un sorbo. Pensaba que al menos tenía que decir una verdad.

—Mi señor Poseidón expulsó a Caronte de Plutón de la Tierra por su presunta colaboración con el dios del miedo, Fobos. Luchar contra él no es una ofensa contra los dioses —aseveró la hija de Nereo, tomando un sorbo.

—Puede ser egoísta —dijo Cristal, levantándose con la taza en la mano—, pero no he pensado en ningún momento si lo que hago es justo o no. No me uní a este viaje como soldado del Santuario, sino como guerrero azul. El daño que sufrimos los siberianos, alguien debe vengarlo y ese seré yo —juró, bebiendo.

—Los caballeros negros te seguiremos, Padre —dijo Ícaro, sin necesidad de añadir nada más. Como los demás, se había alzado y bebió.

Uno tras otro, los soldados de la antigua Hybris que habían sobrevivido a tantas batallas desde la segunda campaña del continente Mu, se fueron levantando y bebiendo, renovando el voto de buscar la muerte de Caronte de Plutón. Algo curioso ocurrió con algunos. Sombras como Yuna y Soma esperaron los secos gestos de asentimiento de algunos santos de Atenea, como Mera de Lebreles, antes de beber. Que los héroes de bronce y plata se sumaran daba ánimos a los caballeros negros, como si a pesar de todo lo ya dicho, el mero hecho de que los legítimos defensores de la Tierra participaran de aquella misión la hiciese justa. Entonces, los santos de oro se alzaron, Ofión de Aries y Garland de Tauro confirmando su determinación de llegar hasta el final, Triela de Sagitario demostrándola en un gesto lleno de solemnidad, donde no hizo el menor ruido ni siquiera al beber. Con cada juramento, la idea de que pudieran matar a Caronte de Plutón se volvía más y más real, pero fueron las palabras y silencios de aquellos poderosísimos guerreros las que animaron a los más débiles, como Güney de Delfín Negro, a dejar atrás cualquier reserva y celebrar de antemano la victoria.

—Haré lo que he venido a hacer —dijo Makoto de Mosca, siendo el último en levantarse, después de Margaret—. Desde que pisé este barco, decidí dejar de dudar.

De entre todos los argonautas, solo los cuatro ángeles se habían abstenido de jurar. Cosa normal, habida cuenta de que sus deberes eran distintos a los de los guerreros sagrados y las sombras. Sin embargo, Aubin tomó la taza de las manos de Makoto, diciendo:

—Todos los que os habéis puesto de pie, vais a morir. Como ángel de la Audacia, yo, Aubin, no podría regresar al cielo sin ser testigo de vuestra gesta.

Sumándose al juramento, el guerrero celestial tomó el resto de la taza de un solo trago.

La taza de Makoto, que lo miraba con los ojos muy abiertos.

—¡Serás idiota! —gritó Noa, levantándose—. ¡Eres un ángel del Olimpo!

—El ángel de la Audacia. Ya lo he dicho. —Por si el gesto anterior no hubiese sido lo bastante revelador, Aubin guiñó el ojo a Makoto—. Si los ángeles somos pajarillos que apenas pueden sobrevivir en la tormenta de los combates de los Astra Planeta, entonces yo seré el ave que surca el cielo hasta el mismo corazón de la tempestad. ¿Te unes?

La cara de Noa era un poema. Sorpresa, irritación, espanto, resignación. Todo se fue reflejando hasta que tomó un sorbo a modo de respuesta.

—Dama Cethleann, por favor, velad por el retorno de Timotheos y Chevalier.

—Noa —dijo el ángel del Agua—. Aubin. Yo… Lo haré. —Tomó la taza, levantándose—. Con los poderes que me quedan, cuidaré de vosotros, para que podáis reencontraros con vuestros queridos amigos en el Templo de Hefesto.

En el preciso momento en que Cethleann bebió, una luz cegadora lo cubrió todo. Bañando el cielo, el mar y el barco con un destello esmeralda.

El ángel de la Tierra había sido testigo de cómo dos guerreros celestiales se embarcaban en la más herética misión. Por Aubin y Noa sintió una mezcla de compasión y envidia; él no sería capaz de correr semejantes riesgos, no poseía tanto valor.

Cuando Cethleann empezó aquel curioso ritual que parecía estar hermanándolos a todos, sin embargo, Indech estuvo a punto de hacer volar toda la mesa de un soplido.

Detente —le dijo una voz conocida.

«Madre —pensó Indech, paralizado de pies a cabeza por uno segundos.»

Tuvo que ver cómo Cethleann, su sobrina, se adentraba en el mismo camino desesperado que todos los demás. Una senda que no era diferente del río Aqueronte, surcado por el Barquero para transportar las almas de los muertos a través del mundano dolor, en tanto terminaba en la condena eterna de forma irremediable. Luego, la luz bendita de Sothis del Origen, uno de los diez serafines que dirigieran la Primera Orden tiempo atrás, lo golpeó de frente, cegándole y otorgándole un remanso de paz.

Hijos de los dioses, los espíritus y los hombres, habéis cumplido vuestra misión. El alma de Macuil está a salvo de la corrupción, y la esperanza de que un día nos reencontremos vuelve a arder en mi corazón. Es por eso que os otorgaré lo prometido, ahora que es eso lo que más deseáis. —Sin la influencia de Aquel que se desliza en la oscuridad, la voz de Sothis podía llegar incluso a las mentes no iniciadas, desconocedoras por siempre del Séptimo Sentido y la Octava Consciencia. Si bien la sustancia tomada por todos tenía mucho que ver en que el siberiano y la mayoría de las sombras y santos de bronce y plata no tuvieran los sentidos embotados y pudieran escuchar—. Los Astra Planeta son los campeones de los dioses, nacidos para resolver aquello que escapa a la voluntad de dos deidades, los conflictos que trascienden las Guerras Santas. Ni siquiera yo, un ángel de la Primera Orden, que un día ocupó ese rol defendiendo el universo de las más viles amenazas, puedo compararme con ellos. No es fácil matar a un astral, incluso sabiendo cómo hacerlo.

Entonces, ¿es posible? —preguntó Gestahl Noah, denotando lo capacitado que estaba en habilidades mentales—. ¿De verdad no son invencibles?

Ningún ser humano puede derrotar por sí solo a uno de los Astra Planeta cuando está revestido del dunamis de su benefactor —advirtió Sothis—. Los serafines, los querubines, los tronos. Ninguno estamos a la altura. Tampoco lo estuvieron el Rey de la Magia, Damon, y tu finada esposa, el Ángel Ensangrentado. Aun los Reyes Durmientes, que tantos pesares nos causaron, se hallan por debajo del poder más grande de este universo, con la excepción de los dioses olímpicos. En ese sentido, sí, son invencibles.

Indech tragó saliva. Como ángel del Olimpo, sabía quiénes eran los Astra Planeta. Un grupo de seres tan poderosos como para que el Gran Espíritu Seiros les profesara el mismo temor reverencial que sentía por los dioses y Espíritus Divinos. Pero su madre, muerta durante la era del caos que sucedió a la caída del Imperio de la Humanidad, no tendría que conocerlos. Tampoco tendría que conocer al Ángel Ensangrentado del que Cichol habló con admiración y repudio a partes iguales cuando regresó de la Tierra cinco mil años atrás. Sothis, ángel del Origen, cayó antes de que ese planeta se formase.

Si son invencibles —dijo Gestahl Noah—, ¿cómo piensas compensarnos por nuestra ayuda? No deseamos otra cosa que la muerte del regente de Plutón.

Es cierto que tú lo deseas, Deucalión —apuntilló Sothis, con un tono jocoso que por un momento interrumpió el aire solemne—. Los demás siguen tu deseo, pastor de hombres, como cabe esperar de todo rebaño. Bien, para matar a los Astra Planeta, es necesario que cooperen los hombres y los dioses, ya que ellos mismos poseen ambas naturalezas. Una mortal, cimiento de una existencia superior, que representa cuanto eran antes de su ascensión, y una divina. Las Esferas de Crono: Plutón, para los Muertos, Neptuno, para los Vivos, Urano y Saturno para el Espacio y el Tiempo, Júpiter para la Ley que a todos y todo rige, y Marte, Tierra y Venus, para las fuerzas de la destrucción, el equilibrio y la creación. Son aspectos del viejo orden universal de los titanes, revestidos por el dunamis de los olímpicos para que no se desborden. No es posible superarlos sin intercesión divina.

La inquietud llenó el ambiente. Gestahl Noah maldijo por lo bajo. Muchos se encomendaron a Atenea, la diosa en la que creían, mientras que Tetis dijo:

En ese caso, el único que puede vencer a Caronte de Plutón es Poseidón.

Indech habría jurado que las palabras de la hija de Nereo fueron con aire recriminatorio. Recriminatorio. Hacia el dios de los mares, que solo se hallaba por debajo del rey de los dioses. No obstante, apenas tuvo tiempo para pensar en eso, porque su madre soltó un alarido de ira, semejante al rugido de un dragón, que derribó a Tetis.

Un olímpico no debe matar a un astral. Si lo hiciera, la cáscara del Huevo Cósmico se rompería y saldría a la luz el secreto de los Astra Planeta, la razón por la que fueron la vanguardia del Olimpo en la Guerra del Hijo. Cada Astra Planeta posee el dunamis de un titán proveniente de un universo lejano, dormido, como en el tiempo en que fueron cosechados, mas si un olímpico asesina a su recipiente, destruyendo las cadenas de dunamis olímpico que mantiene sellada esa fuerza primigenia, despertará. El cadáver del astral, imperecedero, sería empleado por los titanes que se hallan en el Tártaro. Podrían hacerlo, porque aunque el poder de los Astra Planeta proviene de un universo ajeno, la naturaleza es la misma: dunamis de titán. Peor, podrían intervenir en nuestro universo sin necesidad de liberarse de la más profunda prisión. —Todo ello dijo Sothis con una calma aterradora, que con gran habilidad lograba ocultar la cólera que había bajo la superficie sin dejar de hacerla presente en los corazones de los oyentes—. Deben ser hombres mortales los que eliminen a los Astra Planeta. Un ejército de guerreros sagrados sin par, apoyados por un dios.

¿Qué clase de ejército? —preguntó Gestahl Noah, avivadas las esperanzas.

Las fuerzas al completo del inframundo. Los Señores del Hades, los espectros, las legiones… Si Hades los respalda, podrían lograrlo. Las fuerzas al completo de los océanos. Las sirenas, los tritones, las ninfas marinas, los hijos del Océano, los Nueve de Rodas, los siete generales… Si Poseidón los respalda, podrían lograrlo. Las fuerzas al completo de la tierra. El Sumo Sacerdote, los hijos de Palas y Estigia, los santos de oro, de plata y de bronce. Si Atenea los respalda, podrían lograrlo —concluyó Sothis, con la fría objetividad que cabía esperar de un ser divino.

Un solo ejército de guerreros sagrados resistió el embate de siete Astra Planeta —observó Gestahl Noah, con aire orgulloso.

Tu esposa valía por un ejército de guerreros sagrados —replicó Sothis—. Aun así, solo cosechó empates y derrotas, gracias a la inexperiencia de los primeros Astra Planeta. Ellos no eran tan fuertes entonces, ni cuando superaron las barreras del tiempo y el espacio para luchar al lado de la Primera Orden en los albores del universo, ni cuando lucharon con otras amenazas que ni siquiera imaginabais que existían. Fue la Guerra del Hijo lo que los templó. Allí fue probado el alcance total del poder de los campeones del cielo. Buscáis matar al único superviviente de esa guerra.

Por un momento, Gestahl Noah calló, tenso. Era el único que podía hablar con Sothis sin provocar su ira ni verse empequeñecido por un ser superior. Los demás debían estar sopesando lo inevitable que parecía la derrota. Sin un dios, sin un ejército completo.

La invencibilidad de los Astra Planeta parte de dos premisas. Que estén revestidos de dunamis, cumpliendo su deber, y que los rivales sean hombres mortales. ¿Yerro?

Es así. Un olímpico puede matar a un astral, mas no lo hará.

Un ejército de guerreros sagrados también puede, siempre y cuando un dios les respalde —prosiguió Gestahl Noah—. Mas las fuerzas del mar, la tierra y el inframundo no son lo que eran en la era mitológica. ¿Basta el poder aquí reunido para matar a Caronte de Plutón? —Un tercio de los santos de Atenea. Cien sombras. Cuatro ángeles olímpicos. Una nereida. Un guerrero azul.

Me he explicado mal —dijo Sothis—. Ni siquiera un ejército de guerreros sagrados, apoyados por un dios, podría matar a uno de los Astra Planeta luchando de frente.

Te contradices.

No lo hago, Deucalión. Piensa en lo que te he contado.

De nuevo el silencio, aunque era un silencio productivo. Sin pesimismo, sin la sombra del derrotismo. Gestahl Noah analizaba cada palabra dicha hasta ahora, buscándole un significado en el contexto que ahora conocía. A Indech le recordaba a Macuil.

Cada astral reúne las dos naturalezas —dijo el Sumo Sacerdote—. En el caso de Caronte, la Esfera de Plutón sería la parte divina. Y la parte mortal no puede ser su cuerpo, pues este ha demostrado a las claras ser inmortal. —Durante un largo minuto, no dijo nada más, acaso sopesando lo que todo ello significaba. Al final, concluyó—: La fuerza de un ejército de guerreros sagrados apoyados por un dios no es para matar a un astral en combate, sino para buscar y destruir esa parte mortal. Dijiste que esta representa todo lo que fueron los Astra Planeta antes de su ascensión. También lo definiste como los cimientos de su existencia, si la destruimos…

Así es —reconoció Sothis—. Con la destrucción de la parte mortal, la Esfera de Crono colapsa sobre sí misma, volviendo a ser un Huevo Cósmico en espera de un nuevo escogido. Un mecanismo de seguridad ideado por Hefesto, dios de la forja.

Incluso antes de que Gestahl Noah dijera nada, Indech ya sabía que el hombre estaba sonriendo como un niño. Había confirmado que era posible hacer lo que quería hacer.

Solo una pregunta más —dijo Gestahl Noah—. ¿Cuál es esa parte mortal?

Por un momento, no hubo respuesta. Quizá había llegado demasiado lejos al preguntar tal cosa a quien era a fin de cuentas una fiel sierva de los dioses. ¿Podía pesar más la deuda contraído con unos mortales que un vínculo tan, o más antiguo que el universo?

El corazón de Caronte de Plutón se halla en la Esfera de Plutón —respondió Sothis, movida por el mayor peso de la existencia, el de la sangre—. Es su parte mortal.

Nada añadió sobre cómo podían encontrarlo.

Te doy las gracias, Sothis, ángel del Origen —dijo el Sumo Sacerdote—. Para los santos de Atenea, una misión imposible es un desafío. En comparación, un éxito improbable no es más que rutina —aseguró, muy satisfecho de lo logrado.

Entonces este es el momento de despedirme. Dormiré en lo más profundo del alma de mi hijo descarriado, Macuil, junto a todos los conocimientos que el Mago atesoró —dijo Sothis—. Indech, Cethleann, rezaré porque nuestros caminos se crucen un día.

Un nuevo destello, nacido desde la perla que llevaba consigo Cethleann, lo alumbró todo una vez más. Solo entonces se dieron cuenta todos de que el tiempo no había avanzado desde que el ángel del Origen había empezado a hablar.

—Hay otra cosa —dijo Indech, limpiándose con el dorso de la mano la humedad que se amontonaba bajo su único ojo—. El cielo…

Al principio pensó que se veía distinto por las lágrimas que estuvo a punto de brotar. Sin embargo, tras limpiarse, la burbuja en que se hallaban siguió siendo bañada por un resplandor crepuscular proveniente de algún punto del lejano horizonte.

Según las historias de Cichol y Macuil, los viajeros de la familia, solo había un lugar que podría generar esa clase de luz. Venus, la estrella de la mañana y de la tarde.

Estaban encaminados hacia el Jardín de las Hespérides.

«Es tarde para echarse atrás, ¿verdad? —se preguntó Indech, viendo a su sobrina.»

En otras circunstancias, los argonautas estarían celebrando la maravillosa visión que los rodeaba. Ya no había el rastro aguamarina del poder de Tritos de Neptuno, ni las imágenes de locura que sus endebles mentes generaban para entender la existencia imposible de Aquel que se desliza en la oscuridad. Solo una luz, eco de las tierras de eterno atardecer, que lo bañaba todo. Las aguas, el barco y a ellos mismos. Después de tantos enfrentamientos y tormentos, estaban a veinte minutos, como mucho, de alcanzar su destino. Tanto si Tritos de Neptuno había muerto venciendo a Aquel que se desliza en la oscuridad, como si seguía con vida, eran buenas noticias. No iban a tener que preocuparse por combatir con dos miembros de los Astra Planeta si uno de ellos acababa de salir de una batalla complicada. Solo tenían que hacer lo improbable: buscar la parte mortal de Caronte de Plutón y destruirla, para así darle muerte.

Así veía las cosas Gestahl Noah. Sin embargo, comprendía que el fin de la batalla contra Aquel que se desliza en la oscuridad y el mensaje de Sothis —de forma conveniente, manifiesto justo cuando no había uno de los Astra Planeta observándoles—, habían generado más pesar que bien justo por haber ocurrido a la vez. Sí, acababan de descubrir que era posible destruir a los Astra Planeta, pero esa posibilidad dependía de dos cosas que no tenían: ser un ejército completo de guerreros sagrados y contar con el apoyo de un dios olímpico. Como respaldo de esas palabras, estaba la propia victoria de Tritos de Neptuno sobre un ser al que todos los argonautas, trabajando juntos, no habían podido causar el más mínimo daño. Cualquiera que fuese el estado en que quedara el regente de Neptuno, seguía siendo una proeza tremenda.

De entre todos los murmullos de los congregados, solo uno pudo describir la opinión general en pocas palabras. Sin miramientos, Lesath de Orión soltó:

—Estamos jodidos.

Según se fueron sentando todos, los ánimos parecieron enfriarse. Gestahl Noah no dijo nada, prefiriendo que cada cual encontrara la fuerza para seguir adelante por sí solo. Al final, tras algunos minutos de silencio y reflexión, Aerys de Erídano destapó su plato, comiéndose con los ojos el entrante compuesto por pan, miel, aceitunas y embutidos. Con un frasco repleto de frutos secos en el centro, como acompañamiento.

—¡Buen provecho! —dijo el santo de Erídano.

Todos lo imitaron, disponiéndose a comer con mayor o menor ánimo. Entretanto, Lesath de Orión notó una mejoría en la avejentada piel de Grigori de la Cruz del Sur.

—Exageras —dijo Grigori—. Cortarme el pelo me hizo mucho bien.

—Estoy seguro de que no eras tan joven hace un momento —insistió Lesath, a la vez que trituraba el pan entero. Se atragantó, como era de esperar, y un solícito Zaon de Perseo le acercó la taza para que bebiera, bajo los ojos escrutadores de Aerys.

Con una suave sonrisa, Cethleann dijo:

—Eso que bebes, gigante de plata, es néctar, la bebida de los dioses. Junto a la ambrosía, nos mantiene a los ángeles siempre jóvenes. También acelera la recuperación de las heridas y la regeneración de la sangre. He producido todo el que me ha sido posible con mi caduceo, aun así, no es suficiente.

Las moléculas de agua frente a Grigori de la Cruz del Sur formaron un espejo, mostrándole la mejoría. Aqua de Cefeo, al tiempo, miraba hacia otro lado, distraída.

—La maldición persiste —entendió Grigori.

—Así es —dijo Cethleann—. Muchos sufristeis heridas a las que ningún humano normal habría sobrevivido. La cantidad de radiación en vuestros cuerpos era mortal incluso para un santo de Atenea. Mas de todo eso puede ocuparse mi Vara del Génesis. Cualquier cuerpo, lo sana. La maldición de la que hablas afecta el alma. Solo un dios puede restaurar esa clase de daño y yo no lo soy —lamentó Cethleann.

Grigori sacudió la cabeza, a la vez que el espejo se deshacía. Debía estar recordando los enfrentamientos con los demonios surgidos de los días en que Fobos se apoderó de la Máquina de Rodas. Eran esos seres lo que lo habían maldito. Entretanto, Minwu de Copa explicó que todos los que habían recibido aunque fuera un golpe de aquellos monstruos estaban condenados a al menos un envejecimiento acelerado. Pudo decirlo sin deshonra ahora que sabía que ni una deidad como Aqua, ni un ángel del Olimpo con un arma sagrada, eran capaces de cambiar ese destino funesto.

—La Suma Sacerdotisa no toleraría esta situación —dijo Minwu de Copa—. Ella siempre decía que los santos no mueren.

Solo Aeson de Copa Negra se atrevió a decir algo al respecto:

—Eso es una estupidez. Todos los hombres mueren.

—Un hombre que ya ha aceptado que va a morir, solo necesita una cosa. Tiempo para arreglar sus asuntos. Vos, ángel del Agua, me habéis dado tiempo y energías para acometer mi deber. Os doy las gracias —dijo el santo de Cruz del Sur, como si no hubiese habido ninguna intervención desde que le dieron la noticia.

Después de que Cethleann asintiera, los nuevos argonautas volvieron a centrarse en la comida, surgiendo de vez en cuando algún comentario, ora sobre si Makoto y Aqua podrían acompañarlos hasta el final, ora sobre si el néctar que bebían les daría alguna nueva facultad, cuestión esta que Ofión de Aries resolvió aludiendo a que la bebida les había ayudado a resistir la presencia psíquica de Sothis sin desfallecer, así como con la pérdida de sangre para aquellos que estuvieron más graves. El más sonado entre todos fue una pregunta formulada por Cristal de Bluegrad, antiguo oficial de Hybris:

—¿De verdad Azrael era el santo de Capricornio todo este tiempo? ¿Era Adremmelech?

Aubin de la Audacia, ya saciado, observó la reacción de Makoto, que guardó silencio.

—Sí y no —dijo Gestahl Noah—. Azrael, a quien muchos conocisteis como el asistente de la Suma Sacerdotisa y miembro del alto mando de la Guardia de Acero, era la fuente de la cual Adremmelech de Capricornio extraía el cosmos. Hasta donde yo sé, esta relación ocurría a un nivel subconsciente, de modo que incluso si el gólem que desertó del Santuario y formó parte de Hybris sabía quién era, no era así para Azrael, ni mucho menos para Akasha de Virgo. Pongo a Atenea, nuestra señora, por testigo: la Suma Sacerdotisa nunca fue aliada de Hybris, todo lo contrario. Me odiaba.

—Te creemos —dijo Marin de Águila con sequedad. Ella era una de las que atestiguaron la forma que adoptó Aubin de la Audacia: la apariencia de Azrael y los poderes de Adremmelech, todo a la vez.

Una vez terminados los entrantes, las sombras de Cefeo y Casiopea, con la ayuda de Ofión y Aqua, se ocuparon de colocar mediante telequinesis la fruta, la carne, el pescado y otros alimentos en el segundo plato. Noa de la Nobleza y algunos expertos en el arte de generar fuego y controlar la temperatura ayudaron a que nada estuviese demasiado frío o demasiado caliente, de modo que un aroma suculento inundó la mesa como una barrera más entre aquellos héroes y la gesta que se habían decidido a realizar. De forma consciente o no, a través de la alimentación y la charla ociosa estaban retrasando el momento de decidir qué hacer. Algunos, quizá, esperaban que Gestahl Noah tuviera una idea brillante, un as bajo la manga, un conejo en el sombrero. Pero la buena noticia nunca llegaba y el tiempo no dejaba de fluir. El barco, inmerso en una burbuja con una parte de los mares olvidados como sostén, pronto llegaría a destino.

Entre los comensales había todo un poco. Los que veneraban la comida, como Aerys de Erídano, los que la consumían como auténticos animales, como Garland de Tauro, y los que solo comían como gente normal. Entre ellos, Lisbeth de Cincel Negro estaba más que saciada con el entrante y un tanto cohibida de compartir mesa con aquel grandullón al que le había dicho la tontería más vergonzosa de su vida. Así que se juntó con su padre, Michelangelo de Escultor Negro, y el grupo de Eren de Orión Negro, para traer parte de la comida al cíclope en el que nadie más parecía pensar. Mera y Pavlin giraron las cabezas al unísono para después volver la atención a la comida.

Aunque era poca la distancia entre la mesa y el lado del barco que daba al cíclope, Tokisada de Reloj Negro tuvo tiempo de sugerir si las santas de Lebreles y Pavo Real no eran la familia de Yuna de Águila antes de que Yoshitomi de Lobo Negro le diera un buen coscorrón. Lisbeth empezó a pensar que quizá decir tonterías aquí y allá era algo muy propio de los ex-miembros de Hybris, cuando Soma lo terminó de confirmar.

—Has perdido mucho —dijo León Menor Negro—. Con la armadura parecías Godzilla y ahora tienes un aire al genio de Aladino que me mata de risa.

—¿Eso es para mí? —preguntó Indech.

—Nadie parece pensar en vos —dijo Eren, el correcto y capaz Eren—. Como miembro de los caballeros negros a los que has armado, consideré que…

En lo que hablaba, los platos de comida que el grupo trajo consigo se elevaron hasta la altura del ojo del cíclope, que brilló con avidez. Luego, abrió la boca todo lo que pudo recibiendo enteras la carne, el pescado y la fruta. Ni el hueso, ni los espinos parecían ser un problema para un gigante de tales proporciones. Se lo zampó todo en un momento.

—Gracias —dijo Indech—. Aunque no arreglé vuestras armaduras esperando un pago. En realidad, almorcé un kraken una hora antes de que Macuil me llamara.

Por la forma en que alzó ambos brazos, era un kraken enorme, grande como el barco.

—Toda nuestra comida no bastaría para saciarlo —observó Tokisada, sin duda arrepentido de haberle dado esas migajas. El estómago le rugió.

—A no ser que se volviera del tamaño humano —observó Yoshitomi.

El grupo rio, imaginando a aquel coloso midiendo tan solo unos dos o tres metros.

—Los cíclopes, como todos los gigantes, podemos cambiar nuestro tamaño —dijo Indech, tomándose en serio el asunto—. El problema es que no puedo ser tan pequeño como vuestro compañero de piel oscura, sino… —Usando ambas manos, dio una indicación del mínimo tamaño que podía adquirir: cinco metros, demasiado aparatoso para una mesa que necesitaba albergar a más de cien personas.

Alguien, Lisbeth no estuvo segura de quién, le preguntó por qué se estaba poniendo roja. Ojalá el enemigo le maldijese con el olvido en lugar de las llamas y el hielo del infierno. ¡No podía ponerse así cada que oía comentarios sobre el tamaño!

—Estas armaduras son maravillosas —dijo Cincel Negro, apresurada—. ¿Cómo…?

—¿Cómo las hiciste, maestro? —se adelantó Michelangelo, con los ojos brillantes de emoción—. El señor Oribarkon nunca podría hacer algo tan bueno.

Tras acusar de ingrato a Michelangelo, Eren de Orión Negro explicó al extrañado Indech que Oribarkon era un telquín que trabajó para su Padre, Gestahl Noah.

—Ya no lo hace —aclaró Eren—. Creo.

—Soy el hijo de uno de los cíclopes mayores, ¿cómo me vas a comparar con un telquín? —cuestionó Indech, irritado. Salvo Lisbeth y Michelangelo, que lo miraban con veneración, los demás retrocedieron—. Macuil poseía una mente privilegiada, Cichol tenía el don del combate y Cethleann las manos más reconfortantes del universo. Lo que yo aportaba era la habilidad de trabajar el metal. Todo lo que veo con este ojo —dijo, señalándolo—, lo aprehendo de un solo vistazo. Las moléculas, los átomos y las partículas subatómicas, soy consciente de todo eso, de modo que es fácil para mí descomponerlo luego a través de mi fuerza mental. Aunque nunca había tratado de descomponer las plumas de mis alas, me parece un milagro que haya podido hacerlo.

—Plumas —dijo Lisbeth.

—Plumas de alas de ángel —añadió Michelangelo.

Padre e hija se abrazaron, llorando de ilusión. Los demás se alejaron un poco más.

—Plumas de Myrddin. Distorsionan el espacio. Si unís vuestros cosmos, como hicisteis al luchar contra nosotros, cualquier enemigo lo tendrá difícil para alcanzaros. Por separado, la protección no es tan buena, una parte de una parte de nuestro poder.

Soma no dejaba de mirar a Eren y Yuna, confiando en que alguno de los dos se fuera primero. De repente, el cíclope del que se habían compadecido estaba hablando de rollos inentendibles sobre física cuántica y dimensiones, de los que solo sacaba en claro que las armaduras negras de la antigua Hybris habían pasado a ser algo más que simples protecciones. Conocimientos técnicos que un simple soldado como él no necesitaba. Preferiría ir a la mesa y tomar más del dulce néctar. O que el barco llegara a destino de una maldita vez, para saber qué había sido de su hermana. Pero, por descontado, no podía ser el primero en irse. No antes que Reloj Negro, cuando menos.

La situación pasó de incómoda al mayor bochorno cuando Lisbeth y Michelangelo hicieron al mismo tiempo la petición de que el cíclope los adoptara.

—¿Puedes ser mi nuevo papá?

—¡Tú ya tienes padre, mejor que sea al mío!

—Puedo ser tu abuelo, Lis —dijo Indech.

Desde la distancia, Makoto fue testigo de cómo el grupo de sombras, salvo los dos herreros, volvía a la mesa caminando hacia atrás, como los cangrejos. Dio la casualidad de que Mera de Lebreles, ya saciada, se había levantado y coincidió con ellos.

—Era solo una broma —dijo Tokisada de Reloj Negro, sudando de forma copiosa.

—Disculpa a mi amigo —pidió Yoshitomi, inclinándose.

—Os dais demasiada importancia —replicó Mera—. Somos guerreros, no comediantes. —Acto seguido, se dirigió hacia proa, tal vez para contemplar el anaranjado horizonte.

Yuna de Águila estuvo a punto de seguirla, pero Soma de León Menor Negro les pasó a ella y a Eren el brazo por sobre los hombros, retándoles a ver quién comía más rápido.

Todos se lo estaban pasando bien, esos últimos minutos de paz.

—Todos menos tú —dijo Aubin, hablándole demasiado cerca de la oreja.

—Yo estoy bien —replicó Makoto, tan tenso como en pleno combate. Mientras veía a los demás disfrutar de la comida, mantenía el resto de sentidos centrados en evitar que aquel guerrero celestial empezara a probar de su propio plato—. ¿A qué vino eso de beber de mí néctar? ¿En el Olimpo no os enseñan a comportaros en la mesa?

Aubin sonrió de modo peligroso.

—Lo bebí porque tú lo habías hecho. Asumiendo que te estés refiriendo al néctar de tu taza y no a…

—¿Perdón?

—Me has derrotado, chico. Dos veces. No es normal que un hombre como tú venza a alguien como yo, así que has despertado mi interés.

—¿Qué clase de interés?

El ángel apoyó la mano en su rodilla.

—Tienes cierta fama, Makoto. Te gustan las mujeres.

—Tú no tienes pinta de mujer.

—Puedo convertirme en una —dijo Aubin, acercando la cara. Demasiado—. La que quieras. Todos tus deseos los puedo hacer realidad, Noa se encargará de estirar el tiempo. ¿Qué me dices? De paso, compensaré el daño que te causé.

—¡Técnica secreta, La Cobra! —exclamó Makoto, echándose hacia atrás justo antes de que ese hombre lo besara. Un truco que le había enseñado Geist.

Aubin empezó a reír a viva voz. Noesis y Retsu, testigos de la escena, aguantaron el tipo, mirando hacia un lado. Rin de Caballo Menor actuaba como si el mundo alrededor no existiera, devorando con avidez el pollo hasta dejar solo los huesos.

—Dioses, Makoto, contrólate un poco.

Cerca de ellos había llegado un pequeño grupo de santos dirigido por Lesath. No parecía que ninguno estuviera haciendo nada, excepto Aerys.

—Es para el camino —dijo el santo de bronce cuando Makoto vio su bolsa llena de pan.

—¿Quieres que yo me controle? —dijo Makoto, señalando a Aubin.

Cruzando los brazos sobre el ruinoso manto de plata, Lesath de Orión lo estudió desde la cabeza a los pies. Considerando el ceño fruncido, podría estar muy molesto por algo o solo tratando de desentrañar algún misterio.

—Si sigues recibiendo palizas mortales, pasarás de común y corriente a feo de narices. Y aun así, con la suerte que tienes, de seguro la diosa Afrodita te rapta.

—¿Con la suerte que tengo?

—Veo que esas cicatrices en la frente no son ningún adorno. Ya tienes el mal de los que repiten todo lo que oyen, una y otra vez —advirtió Lesath—. Sí, con la suerte que tienes. Tienes fama de promiscuo, insaciable y mujeriego.

—Deja al chico, carcamal —pidió Aubin, golpeando la espalda de Makoto con suavidad—. Si quiere divertirse, que se divierta, ¿no?

—Tengo novia —dijo Makoto, alejándose.

—Novias —corrigió Lesath.

Aerys y Fang, que lo respaldaban, asintieron a la vez. También Noesis y Retsu.

—Si lo dices por lo de Aqua, ella… —trató de explicar Makoto.

—Fuisteis los últimos en llegar a cubierta —le interrumpió Lesath, alzando un dedo—. Después de desaparecer como por arte de magia. —Otro dedo—. No dejabais de echaros piropos y miraditas antes, durante y después de los combates. —Tres dedos—. La dama Tetis intuye una relación extraña entre vosotros dos y… —Antes de sacar el quinto dedo, Lesath se inclinó—: Se cuentan historias de tu tataranieto. ¿En qué estás pensando? Aun si no la has dejado embarazada, ¿cómo puedes hacer esas cosas a media hora de la batalla de tu vida, de la batalla de nuestras vidas, por los dioses?

Por un momento, Makoto quedó boquiabierto. ¿Qué se suponía que debía decir?

—Llenarse la barriga de carne y pescado antes de una batalla no es muy saludable tampoco —dijo Aqua de Cefeo, apareciendo tras el grupo de curiosos.

Lesath le echó a Makoto una mirada significativa. «¿Dejas que ella te defienda?»

—He comido algo de fruta también —dijo el santo de Orión, girándose.

—Como le he explicado a mi hermana, yo solo hice lo posible para que Makoto descansase. Lo hizo sobre mí, balanceándose de arriba abajo. Muy feliz. Como un bebé. —Como inconsciente de lo que estaba diciendo, Aqua le enseñó el pulgar a Makoto.

Aubin, Noesis y Retsu se levantaron, uniéndose al grupo del boquiabierto Lesath.

Rin, con más cabeza que todos ellos, bebía el néctar con aire distraído.

—¿Te convertiste en hamaca? —dijo Fang, de pronto.

—Claro —dijo Aqua—. No hay forma más cómoda de dormir. —Varios suspiros y risas nerviosas surgieron, animándola a añadir—: ¿Qué os habíais imaginado? —Veloz, apareció tras Makoto, abrazándolo con aire protector—: ¿Que me arrancó la máscara de un mordisco y luego me besó hasta secar el río infinito que es mi cuerpo? ¿Que como dos animales, yacimos durante doce horas? —Retsu comentó que ni siquiera llevaban doce horas de viaje—. A la velocidad de la luz, el tiempo funciona de maneras misteriosas. Dos cuerpos uniéndose y separándose con violencia y pasión desenfrenadas, eso es lo que imaginabais, un fuego que lo arrasa todo, que destruyó el barco entero. —Noesis masculló que el barco seguía existiendo—. Porque se reconstruyó antes de que os dierais cuenta. ¡Así de intensa fue nuestra noche, al menos en vuestras mentes sucias, llenas de malos pensamientos! ¿O es que me quedo corta para lo que puede dar de sí vuestra imaginación, compañeros?

—Te has pasado tres pueblos —dijo Retsu.

—Tres galaxias —corrigió Aubin—. Desearía haber estado ahí.

—Broma abortada —murmuró Lesath, girándose.

Aqua no les dio tiempo. Apuntándoles con el dedo a modo de pistola, roció los rostros del ángel y los santos de Atenea con agua sagrada. Esta, como si tuviera vida propia, se desplazó a hasta los oídos del grupo de granujas.

—Espero que eso pueda limpiar vuestras mentes sucias —rio Aqua, viéndolos marcharse a toda prisa y tapándose las orejas.

Makoto, superado el límite de la indignación, estalló en carcajadas.

—Gracias, Aqua.

—¿Por qué? —preguntó ella, apoyando el mentón sobre sus cabellos.

—No sé —dijo Makoto, sonriendo—. Por estar loca, supongo.

xxx

Notas del autor:

Shadir. ¡Ese era el propósito del capítulo pasado! Me alegra que te haya gustado. En parte, Makoto necesitaba ese momento, a las puertas de la mayor batalla de su vida, aunque también he querido reflejar mi propia experiencia como autor con este personaje, que cobró vida propia más allá de mis previsiones. Su desarrollo a largo plazo fluyó de forma natural, incluyendo su particular relación con Aqua.