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"Roomies"
Por:
Kay CherryBlossom
(POV Serena)
37. Compromisos
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Bueno, bueno… ¿Quién no ama las fiestas invernales? Caminar con un frío que te arranca la piel a tiras mientras acarreas bolsas y bolsas de regalos. Haces filas interminables y te gastas en frivolidades el poco dinero que podrías ahorrar para algo más útil. La gente te empuja, te insulta en el tráfico y encima de todo, debes pretender que eres muy buena persona y desearle lo mejor a todo el mundo. Incluso a veces con un abrazo de por medio.
La Navidad y todos los inconvenientes capitalistas y ajetreados de la gran ciudad que le rodean. Familias que no se hablan. Adolescentes que prefieren mirar su celular. Intercambios de presentes que detestaste. ¿Qué clase de desubicado podría disfrutar de todo aquello?
Por supuesto que posiblemente ustedes no, pero yo sí. Porque en esta vida nunca digas nunca.
Después de tantos años de someterme a las exigencias y planes de los demás y sufrirlo cual viacrucis, al fin puedo hacer lo que yo quiera. No soy de las relegadas que tiene que trabajar porque su jefe la aborrece, ni debo ir a mi pueblo para aguantar a mamá rezongar cuándo le llevaré un yerno decente o a Sammy fastidiando. Tampoco iré a una fiesta llena de desconocidos con mi mejor amiga, para escaparme cuanto antes y acabar sola en pijama mirando películas de ese bobo canal donde todas terminan en lo mismo. No esta vez.
Es verdad que he sucumbido al consumismo, pero por dispuesta voluntad propia. He recorrido tiendas, comido mucho, me he hecho un par de auto regalos (un libro y un abrigo nuevo) y ahora me dirijo al café de Lita a tomarme un descanso. Está a reventar, y eso me saca mi quinta sonrisa festiva del día. Soy un cliché, y me vale un comino.
Me sorprende no verla atendiendo, sino saliendo de la cocina trasera, con un delantal puesto y las mejillas coloradas por el calor del horno.
—¡Serena!
—Lita, esto está atestado. Es genial.
Ella coloca un bizcocho con nueces y arándanos detrás de la vidriera, y me sonríe.
—Andrew dice que si seguimos así saldremos de apuros muy pronto, y quizá hasta abramos otro local en un año. Y todo gracias a ti.
Se recorre a un sitio donde no estorbamos al personal y los comensales, y yo la sigo.
—Lita, no exageres. Yo sólo te di una idea.
—Pues esa idea nos salvó. Y pues como eres mi amuleto de la buena suerte, quiero que pruebes mi Christmas Cake. Necesito impresionar a mis futuros suegros, ¿sabes?
Se la ve nerviosa. Sinceramente no sé por qué, ya que ella sería la esposa perfecta, y por tanto la nuera perfecta. Supongo que siempre existirá esa tonta presión por agradar a la familia política. Yo también estaría nerviosa, aunque no será mi caso. Por un instante estúpido lo pensé con alivio, y me siento mal. No sé cómo se sienta Seiya al respecto de estas épocas tan significativas. Por lo que sé, tuvo una infancia feliz, pero no sé qué fue de él en los últimos años, sobre todo en su etapa oscura. Nunca se lo he preguntado a detalle, y si quiero averiguarlo, debo ser muy cuidadosa para no forzarlo a algo que no quiera afrontar.
Me ofrezco complacida como conejillo de indias para Lita. Me como toda la rebanada de pastel mientras ella recibe un pedido. Luego vuelve y aguarda mi aprobación, ansiosa.
—Está exquisito —murmuro con la boca —. Ni la señora Claus lo hubiera hecho mejor.
Lita se ríe con suficiencia y diversión. Está conforme con mi opinión.
—¡Ay, qué cosas dices! Entonces, ¿será suficiente para que me quieran? —pregunta inocente, aleteando las pestañas.
—Para que te quieran, te secuestren y se olviden de que tenían un hijo.
Vuelve a reír. Lita siempre está de buen humor, aunque no sean fiestas. Es muy agradable y cada vez nos hacemos un poco más cercanas. Le he cogido bastante cariño.
Nos sentamos en dos taburetes que le sobran en el mostrador, porque no hay mesas disponibles. Incluso hay cola para comprar para llevar.
—¿Qué te trae entonces a mi parte estresada del mundo? —me pregunta, una vez que me pone una taza de café en las manos, que están como témpanos porque olvidé mis guantes.
—Esperaba que llegaras un poco más temprano mañana, y me salves de la peor humillación culinaria con mis… refinadas invitadas —me explico, aprensiva.
Cuando Minako estaba de paracaidista en el departamento parecía lo lógico, eso de tener mucha gente alrededor para equilibrar las cosas, pero ahora que se fue no entiendo por qué no me eché para atrás. No tiene ningún sentido hacer una cena grupal cuando podríamos pasarla fenómeno sólo Seiya y yo. En fin...
—No entiendo —Lita arquea una ceja con absoluta confusión.
Le recuerdo el asunto de la cena de Nochebuena a la que Seiya los invitó, junto con Haruka y Michiru. Incluso tengo que repetírselo, porque ella no parece saber de qué demonios le estoy hablando. Al notar su actitud comienzo a preocuparme.
—Sere, de verdad que no… es decir, Seiya no nos dijo nada de eso.
Me paso mi bocado.
—No entiendo. Él insistió en hacer esa ridícu… quiero decir, esa reunión. Fue su idea. ¿Cómo es que la canceló y ni siquiera me avisa? ¡Justo iba a la tienda a comprar los ingredientes para preparar todo!
—No la canceló, te digo que ni siquiera nos invitó. De lo contrario Andrew y yo no habríamos confirmado ir con sus padres, ¿no crees? —me explica con tono de maestra de primaria.
—Sí, bueno...—mascullo, sin saber qué decir.
Aquí hay gato encerrado.
—Tal vez le entendiste mal —me anima sonriendo con amabilidad, y le da un sorbo a su té. Yo hago un puchero.
—Da igual. Creo que iré a verlo al bar y aclararlo cuanto antes. No quiero otra sorpresita mañana —repongo con mala gana, poniéndome de pie —Vaya, realmente quería que estuvieras ahí. Va a ser raro que estemos nosotros cuatro solamente.
—Sabes que, si pudiera, lo haría.
—Lo sé, suegra mata a dama de honor. Lo capto. ¡Gracias! —la desplanto con dramatismo, cogiendo mis cosas.
—¡No me refiero a eso! —exclama chillona, escoltándome a la salida. El viento me despeina el cabello y tengo que echármelo hacia atrás —Es sólo que es la primera vez que cenamos juntos, y quiero que salga bien. Además, seguro muy pronto podría devolverte el mismo favor.
Me guiña un ojo, como si compartiéramos algún secreto. Secreto que sólo ella entiende, claramente.
—¿Traducción?
—Que tienes que estar muy avispada al momento de coger el ramo, y asegurar el asunto —me aconseja. Vaya, ahora me habla como mi madre.
A mí se me escapa una carcajada que saca mucho vaho.
—Lita, lo único que voy a asegurar de tu boda es una resaca del carajo.
Ella se lleva la mano al rostro, y suspira derrotada. Es el tipo de mujer que adora las bodas, por lo visto. No importa de quién sea o si uno está de acuerdo o no. Quisiera ver la cara de Seiya al oírle a Lita decir estas cosas. Seguro que se empieza a persignar o se esfuma en el aire como el gran Houdini. Algo así como cuando le dije que deberíamos ir combinados el día de la ceremonia. Es decir, su corbata y mi vestido del mismo tono de color. No dejó de maldecir por horas lo absurdo e impositivo que era, y de repetir que no éramos un conjunto musical de country de los años ochenta. Fue gracioso, creo, pero a la vez… ¿algo triste? ¿Turbio? No sé. Es su forma de ser, y no es que me importe realmente el tema del compromiso ahora que somos novios de verdad; pero tal vez mi sarcasmo maquilla el hecho de que me rehúso a aceptar que una recóndita parte de mí pondría la misma cara que Lita acaba de poner. Prefiero pensar que no tiene nada que ver conmigo, ni con él, sino una generación completa influenciada por resentir la fastidiosa herencia de Disney, con sus príncipes, castillos y finales perfectos.
—¿Quieres que te envíe una receta fácil? Tengo una de espaguettis al pesto que suelo usar en emergencias —Lita me trae de nuevo al presente de la avenida, con sus foquillos coloridos y las masas de gente pasando a nuestro lado.
—No, gracias. Creo que dejaré que Seiya se encargue. Yo sólo estorbaré, beberé y trataré de no hacer el papelón ante la realeza. Oh, no me malinterpretes. No tengo nada en contra de Haruka y Michiru. Es sólo que son…
—¿Intimidantes?
—Mucho —convengo riendo.
—¿Verdad? Cuando vinieron al café, pensaba que eran celebridades de revista y entré en pánico. Pero son buena gente. ¿Y tu amiga, Minako? Tal vez podría sumar a la balanza. Se ve que es muy extrovertida.
Niego con la cabeza.
—Um… no. Hemos hablado por algunos mensajes, y no sé exactamente cuáles sean sus planes con Yaten, pero estoy segura que querrán estar solos.
—Eso es bueno —repone Lita de modo entusiasta.
Lita sabe de la situación de Mina. Tantas visitas por la cuestión de la dama de honor propiciaron que inevitablemente se volvieran a cruzar. No sabe tantos detalles, obvio, pero la considero de confianza, así que le expliqué el por qué estaba viviendo en mi casa. Como pensaba, Lita es una romántica incurable, de ésas que quiere que todos sean felices y coman perdices.
—Por eso no quiero irrumpir su… re conexión o lo que sea que estén haciendo ahora —me explico.
Me pasa el brazo por los hombros y caminamos hasta la esquina, donde tomaré el autobús. Es tan alta, que parezco su hijita.
—Todo irá bien. Procura tener bocadillos y ofrecerles bebidas todo el tiempo. Y, por favor, es una época preciosa. Seiya será un renegado, pero tú no seas tan cínica respecto a formar una familia como Dios manda. No sabes lo increíble que es tener la certeza de que has dejado de andar en círculos, y que esa persona será tu puerto seguro, incondicionalmente.
Me aprieta el hombro, instándome a darle una sonrisa ilusionada, que me sale muy incómoda. ¿Cómo Dios manda, ha dicho? Ay, madre… de hecho, sí, parece mi madre.
—Nunca digas nunca —insiste, cuando no digo ni jota.
—Quizá un día nos emborrachemos tanto que terminemos en una capilla con una cruz de luces neón abierta las veinticuatro horas. ¡Sí, nunca se sabe! —me echo a reír.
—¡Qué te acabo de decir! —se queja ceñuda.
El autobús se detiene, y antes de avanzar en la fila exhalo y saco una buena cantidad de vaho.
—Perdona. Mira, si te deja tranquila estamos muy bien, Lita. De veras. Seiya me quiere de verdad, y eso es suficiente para mí. Respeto tus ideas tradicionales, aunque no sean las mías. Pero eres un cielo por desearme lo mejor. ¡Feliz Navidad! Ya nos veremos el año entrante para tus preparativos.
Ella baja los hombros y suspira, pero me sonríe.
—Feliz Navidad, Sere… pásala bien.
El Joe's no es diferente a los centros comerciales. Hay tantísima gente que ni siquiera escucho la música que tienen en el sistema de audio, y las pantallas parecen en modo mudo con los deportes. Corro al único banco disponible de la barra, en una de las esquinas. Tras preguntarle a tres camareros diferentes por Seiya, al fin aparece, sólo para excusarse por la locura que es el bar y decirme que tardará una hora más en terminar su turno.
—Pero aun necesito comprar el obsequio de Mina y Yaten. Y tal vez el de mi padre —me quejo, haciendo morritos —. Y quería que me ayudaras a elegir.
El que se pase una mano por el pelo me dice que está en su límite de agobio, así que cierro el pico hasta ahí.
—Eso es fácil. A Minako dale una cinta para el pelo, y a Yaten... regálale una vida —sonríe malévolo. Da una palmada en la barra, como un juez que ha sentenciado, y se vuelve.
—¡Es en serio! —le jalo de la manga de la camiseta que retroceda.
—Perdón, Bombón. No puedo hacer nada por los siguientes cuarenta y cinco minutos. Pide lo que quieras, la casa invita.
Me deja con la palabra en la boca y desaparece entre la multitud. Yo resoplo, y me deshago del abrigo y la bufanda colgándolos en el respaldo. De todas formas, me apetece una copa, aunque será raro beberla sola. Todos en este lugar vienen en pareja o grupos grandes. Nuevamente los mismos camareros pasan de mí, uno a uno, incluso cuando tengo que gritar que sólo quiero una simple cerveza.
—Oh, vamos, amigo. ¡Sólo tienes que destaparla, no vas a desactivar una maldita bomba! —exclamo de malas, cuando otro se pasa de largo. Igual no me oye.
No obstante, la mujer que está al lado de mí sí, y refunfuña en mi oído que el staff son unos cretinos que sólo atienden a las guapas y los ricos. Luego se larga. De modo que eso me convierte en fea o pobretona. Probablemente ambas. Vale… qué amable. Felices fiestas.
La silla vuelve a arrastrarse, y mis fosas nasales perciben un perfume dulce, anticuado, como el que usaría una actriz de cine clásico.
—Chardonnay. Que sea Bestué, por favor. La última vez me dieron algo que sabía a jarabe para la tos —dice con una ligera atenuación de reproche, pero sin perder su educación.
Ése "alguien" gira su cuerpo hacia mí. Claro, cómo no. Tenía que ser ella. Y tenía que verme antes de que me escapara al baño.
—¡Serena, hola!
—¡Michiru! —reconozco en voz demasiado alta. Mi sonrisa debe ser forzadísima, pero la disimulo apartando la mirada, como si los listones rojos con guirnaldas que cuelgan de la cantina fuera de lo más interesante —¿Qué tal te va… en esta noche fría?
Pfff, parezco un político. No quiero charlar con ella, ni siquiera del clima. Pero tampoco me agrada la idea de quedarme plantada fuera, sola y helada como un esquimal.
—Muy bien, gracias. ¿Estás esperando a Seiya? —pregunta inclinando la cabeza. Yo sólo asiento, tratando de ser más natural. Qué obviedad —¿Y no tomas nada?
—Pues no. Sólo atienden a las guapas y ricas—mascullo para mí, viendo de reojo su atuendo impoluto y de excelente gusto.
—¿Qué? —pregunta patidifusa. Siento como me pongo colorada. Habrá mucho ruido, pero tiene un excelente oído. Rayos, ¿por qué dije eso?
—Nada, nada…
—Si sabes que, si me atendieron rápido, es porque soy la pareja de quien probablemente, provee la manutención de sus familias, ¿cierto? —pregunta lenta y relajadamente, arqueando sus cejas.
Noto como me vuelvo a sonrojar. Antes de que pueda excusarme, el mesero coloca su copa frente a ella y sirve el vino. Michiru no le deja marcharse.
—¿Qué quieres beber? —me pregunta.
Me toma demasiado desprevenida, y empiezo a balbucear.
—Lo mismo que tú —decido decir, para no embarrarla. El chico asiente obligado por las circunstancias, y rápidamente me sirve también —Gracias. Y a ti —agrego mirándola a ella, y acercando mi vaso de cristal.
—Es un placer —entona con mucha clase, y sorbe.
Me ha conseguido una copa, y mañana es Nochebuena. Así que decido darle una oportunidad también a la resistencia habitual que siento por Michiru, y su hermoso talante distinguido. Me inclino sobre la barra:
—Me preguntaba si… si tú y Haruka no son alérgicas a algo… ya sabes, para no asesinarlas durante la cena de mañana —le digo en voz alta, bromeando.
Tras pensárselo bien, Michiru entorna sus ojos verdoso-azul.
—Yo… ¿disculpa? No entiendo —inquiere, visiblemente desconcertada.
Le repito mi pregunta. La boca de Michiru se forma una O perfecta, y se lleva la mano a un relicario de oro que lleva al cuello, como si lo lamentara de verdad. Está claro que no tiene ni idea de qué puta cena hablo. Luego, entre el ruidero, me explica que ella y Haruka tienen entradas para la ópera desde hace meses, y después irán a cenar a un restaurante. Seiya no les dijo nada de una invitación a su casa.
De nuevo.
¿Qué le pasa? ¿Qué es lo que está ocultando?
Empiezo a mosquearme, pues pensé que lo de decir una cosa y hacer otra estaba superado. No tengo mucha oportunidad pensarlo. Haruka aparece también en escena, y Michiru le riñe con una coqueta petulancia:
—Cariño, no le habrás retirado a Seiya sus días libres ¿cierto?
Al mencionar su nombre se me paran las antenas. Haruka me mira inquisitiva, y luego se dirige a su amada:
—Fue un incordio todo el mes para que se los diera. ¿Por qué lo haría? —dice. Yo sólo parpadeo.
—Serena dice que vamos a cenar en su casa, y no tiene sentido cuando tú le diste permiso para irse…
¿Irse? ¿Dónde? ¿¡Con quién?!
—¡Vale, suficiente! —la voz de Seiya irrumpe entonces, acaparando toda mi atención y haciendo que guarde las garras. Pone una mano en el hombro de Haruka, en una muda invitación a que se calle, y a la vez le lanza a Michiru una mirada de advertencia —Están a punto de joderme mi Navidad, ¿saben? ¿Qué les parece si dejamos esta reunioncilla para el Año Nuevo?
—Nos encantar...—empieza Michiru.
—¡Pero dentro de cinco años!
Michiru respinga con su poco tacto, pero Haruka ríe con elegancia. Y yo, como siempre, soy la perdida del grupo. El cambio de los acontecimientos me tiene desorientada y enfurruñada. Es muy fastidioso que te dejen fuera de… lo que sea que esté ocurriendo en este momento.
—Bueno, parece que ustedes tienen mucho de qué hablar —comenta Haruka socarronamente.
—Ajá, y me parece que después de esto, no habrá problema que me vaya ahora —le indica Seiya. Ella pone los ojos en blanco, y se encoge de hombros. De inmediato él atraviesa la barra de madera y se pone a mi lado, no antes de decirle a su jefa — ¡Suerte! Vámonos, Bombón.
—Pero yo… ni siquiera sé lo que está pasando, y no he terminado mi copa. ¿Y por qué le deseaste suerte?
—Está pasando que nos largamos. Olvida la copa. Ven —me urge, y me toma de la mano. Apenas puedo pillar mis pertenencias y despedirme torpemente con la mano. Haruka y Michiru acercan sus rostros y empiezan a murmurar. Estarán cotilleando sobre nosotros.
Salimos, y enseguida empiezo a titiritar por el cambio brusco de temperatura. Además, el corazón me da un vuelco extraño. ¿Qué va a decirme? Tal vez vaya a tocar con la banda fuera de la ciudad, y me dejará sola en Navidad y lo estaba improvisando de último minuto. O va a algún sitio que no quiere que me entere...
—¡Seiya vas a arrancarme el brazo! —me suelto del jaloneo — ¿Qué te traes? Tengo mucho frío, dentro estaba muy a gusto.
—Después de esto, no vas a querer vino, sino champán.
Eso hace que se me despeje demasiado la mente. Seiya me mira de manera imperiosa, inestable. Luego señala un coche demasiado largo y negro que está estacionado a mitad de la manzana.
—¡Charán! —hace un ademán de magia.
—¿Qué? —increpo.
—El coche.
—¿Qué con eso?
—¿Qué te parece?
Bueno, sé lo mismo de autos que de elevadores. Todos son iguales y te llevan y te traen. Además, se averían con facilidad.
—Es… negro —Se mosquea.
—Bombón, esfuérzate un poco. Te lo estoy pidiendo yooo —añade en tono cantado, y cómo no, poniendo la cara de niñito que hace que caiga redondita.
Inhalo, y miro el cacharro.
—Pues es… viejo, ¿no?
—No es viejo, es un clásico. Un Mustang 67, y está restaurado —rezonga ofendido. Yo pongo los ojos en blanco.
—Para qué me preguntas entonces...
—¿Pero, por ejemplo, te gusta o te parece horrible? —Este jueguito es un lastre, y más cuando hay cuatro grados a la intemperie, no he cenado y no he comprado mis regalos.
Con otro suspiro me doy paciencia.
—No me parece horrible. Está bien.
—¿Sólo «bien»?
Cómo da lata.
—Es bonito. Seiya, ¿qué importa? Ni que fuera tuyo —me quejo. Sus ojos azules se abren, brillan y sonríe como un niño que acaba de ver sus regalos frente al árbol.
Qué mono se ve. Pero a ver, un momento…
—Estás de broma —digo levantando la voz. Él asiente orgulloso, mordiéndose el labio inferior. Es en serio. Vaya, vaya, vaya —. Yo… caramba.
—Era de la colección de Haruka. Iba a rematarlo en un deshuesadero y lógicamente no podía permitirlo —se justifica, y mira con adoración el coche. Eso me irrita, y supongo que es de locas sentir celos de un artefacto motorizado, pero a veces no puedo evitarlo.
—No, lógicamente —repito sin energías. Seiya busca mi rostro, inclinándose.
—¿Estás enfadada?
No quiero que esto se vuelva una discusión, no cuando está tan contento y más en vísperas, pero estoy preocupada. No es como que todas sus deudas hayan desaparecido mágicamente, y temo que esté siendo algo imprudente con ello. Tenía la esperanza de que, si continuaba dando sus clases de manera continua y disciplinada, renunciaría pronto a ese bar. Nunca tendrá futuro ahí. Está amañado a los cambios de humor de Haruka. No más. En cambio, si alguien de sus alumnos le recomienda, tal vez hasta podría dar clases en algún colegio o qué sé yo; y juntos, irnos superando para...
Me paro en seco porque ni yo sé exactamente hacia donde se dirigen mis elucubraciones. Da igual, el caso es que si sigue trabajando para Haruka estará estancado por años. Más años. Y mis ambiciones son muy distintas. ¿Pero por qué ahora me afecta? Sé que no es el dinero, o no me habría enamorado de él. ¿Qué es, entonces?
—No, no es eso. Mmm. ¿No es costoso mantener un coche como éste? —pregunto, yéndome con pies de plomo.
—No cuando tienes varios amigos mecánicos y les pagas con tragos. Además, Haruka fue flexible. Va a descontarlo de mi sueldo.
Ahora también tiene una deuda con Haruka. Fabuloso.
—¿Y el combustible?
—Puedo permitírmelo, Bombón —se ríe con humor negro —Tampoco voy a usarlo para recorrer toda la isla, pero será agradable tener libertad de movilidad de vez en cuando. ¿Exactamente de qué tienes miedo?
—¿Miedo? No, de nada.
—¿Entonces por qué estás tan cascarrabias? Creí que te alegraría.
No me horroriza, pero tampoco me alegra. ¿Por qué lo haría?
Tener un coche así es un atributo extra que a las chicas les fascina. Sobre todo, a los que cantan en bandas de rock y parecen modelos de ropa interior. Recibiría muchísima más atención, sin contar con que si se le pasan los tragos puede ponerse en riesgo y me preocupa su seguridad. A veces es muy temerario. Independientemente que no me beneficia en absoluto que él se haya hecho de este trasto con quién sabe cuánto dinero. Debió haberlo ahorrado, o invertirlo en algo más apropiado.
Ya sé... me fastidia sonar como la típica novia rompe bolas. Siendo justos, reconozco que trabaja duro y se merece darse un pequeño lujo. Bueno, es más que pequeño, pero es el único de sus amigos que no tiene coche y sé cuánto le fastidia eso. Desde que entré a Star, yo he cambiado mi teléfono, mi computadora portátil, me he comprado ropa y muchos libros. Él nunca se compra nada caro, paga la mayoría de las facturas del departamento, la deuda del banco y con lo poco que le sobra, se lo gasta en llevarme al cine o a comer.
Así que me imagino que el dichoso Mustang es una rebanada gigante del pastel de Lita, y le sigo el rollo:
—Es fantástico, Seiya. Te sienta bien. Y va con tu personalidad —le halago.
—¿Eso crees?
—Ajá.
Seiya hace un gesto victorioso, como si su equipo favorito de basquetball acabara de encestar.
—Vale, pues ya basta de tanta cháchara. ¿Estás lista para probarlo? —anuncia, y abre la puerta del copiloto ceremoniosamente.
Me río también. Odio que sus mañas y arrebatos me hagan cambiar de opinión tan fácil. Ahora estoy emocionada también por subirme al trasto.
—Pero debemos ir al almacén. ¡Necesito mis regalos! No quiero esperar a que todo esté escogido, y mañana la muchedumbre será mucho peor.
Él sacude la cabeza.
—Nop, mañana no puedes.
—¿Por qué no?
—Tenemos planes.
—Eh… si acabo de enterarme que tu reunión navideña era una farsa. ¿Me explicas eso, por cierto?
Esperaba el deleite de ver su cara de pillado en in fraganti, no pasa nada de eso. Luce como si ya estuviera preparado.
—Claro que era farsa, Bombón. Era la única forma que no te enteraras del viaje. En general eres bastante mema, pero a veces, sólo a veces, tienes un gran olfato de sabueso. Lo que sí no preví es que algunas bocazas lo echaran a perder. Menos mal que llegué a tiempo.
—¡Oye, no soy me…! —levanto el puño, amenazante, y lo bajo enseguida —. Momento, ¿has dicho viaje?
Aquea las cejas con vehemencia, y se cruza de brazos disfrutando de la intriga que ha generado en mí.
—Dije viaje.
—¿Mañana? —pestañeo.
—Mañana.
—Pero mañana es Nochebuena.
—Sí, es Nochebuena.
—¡No repitas todo lo que digo, payaso! —replico chillando —. Pareces un loro.
Seiya rompe a las risas.
—Pues tu cerebro parece una computadora hackeada, Bombón —se mofa —. No sé si alegrarme o preocuparme.
—Podrías explicarme en vez de ser un grosero como siempre —protesto, haciendo morritos. Luego bajo la mirada hacia mis botas de peluche. Él me pone las manos en los hombros de forma pesada. Me obliga a mirarle, y dice lentamente:
—Bombón, concéntrate porque no lo repetiré: Mañana nos vamos de viaje. Es mi regalo de Navidad para ti. Así que súbete al nuevo coche, que tenemos que ir a empacar a casa. Salimos a las once de la mañana. No te diré a dónde, ni aunque me lo preguntes un millón de veces. Esa sorpresa no la pueden arruinar porque nadie más que yo lo sabe.
Mi corazón da bandazos. ¡Nos vamos de viaje! ¡Solos!
No sé qué decir, o qué hacer, así que, para variar, me cargo el momento:
—¿Podemos ir al centro comercial antes?
Pone los ojos en blanco.
—¿En serio? ¿Me quieres tocar las pelo…?
Me tapo la boca con horror fingido.
—Seiya, no blasfemes en vísperas. A no ser que fuera en sentido literal —sugiero traviesa —, porque si es así podría hacerlo, pero no aquí.
La agarra de a una, y sus ojos brillan con diversión bajo las luces coloridas de los árboles. Su risa se me figura más bonita que las campanas de los villancicos.
—Bueno, necesito comprobar las dimensiones del asiento trasero. ¿Lo has hecho en un estacionamiento? Te apuesto que no, Santa Bombón —sonríe malvado. Aunque sé que es broma, me pongo muy colorada.
Contenta, le sigo el juego mientras entramos al auto. Tiene un sistema de audio nuevo y moderno, algo que contrasta con todo lo demás. Es cierto que no es la última modernidad, pero es cómodo, y la calefacción me envuelve maravillosamente. Seiya da la vuelta por la acera y entra también, frotándose las manos para entrar en calor. Entonces miro el cuadro completo y lo razono. Habré rechazado el cacharro al principio, pero en este momento me cautiva por la novedad y lo que representa ahora. Podemos ir a muchos sitios juntos. Sé que él habría preferido una motocicleta, me lo había dicho. Pero como está conmigo, se esforzó por comprar algo para los dos.
Y planeó un viaje para mí, en Navidad...
Pone las llaves y lo enciende. Suena una canción empezada de Keane. Mis tripas se encogen y anticipan la emoción.
—Oye, ¿era joda lo del almacén? —pregunta, cauteloso. Debe estarse muriendo de hambre a estas horas, y además detesta las tiendas.
—No sé, ¿era joda lo de hacerlo en el estacionamiento? —le chantajeo.
Se recarga en el asiento con brusquedad.
—Ajá, quieres fornicar justo al lado del sacrosanto lugar donde el gordo vestido de rojo recibe a los críos. No te reconozco.
—Pasa que aprendí del mejor —replico, y subo el volumen.
Unos segundos después, Seiya me suelta:
—Entonces… ¿Quieres ir a comprarle un tostador u otro aburrido electrodoméstico a Mina y Yaten?
Asiento con fuerza, riendo, y él arranca de sopetón.
Hoy es veinticuatro de diciembre. Es pasadas de las tres, y aunque otra vez hace un frío que pela, el cielo a ratos deja escapar cálidos rayos de sol a través del parabrisas. Hemos viajado aproximadamente dos horas y pico, sin contar la parada que hicimos para comprar un café y bocadillos. Yo he estado admirando los árboles más bonitos, incluso los que parecen grisáceos y carentes de vegetación. La hierba está seca por el invierno, pero la nieve en las colinas es espectacular y las pendientes de pinos irregulares me tiene embelesada.
No hemos hablado mucho, y la verdad, no quiero ser una charlatana para no liarla en el trayecto. No sé qué tipo de conductor es Seiya, ya que sólo ha pasado una vez y no fue más de media hora, cuando me ayudó a mudarme. No sé si es ese tipo de hombre que si conduce no conoce (como mi padre), o que se enoja si lo distraes del camino (como Darien) o en cambio, prefiere hacerla de guía de turistas (como Diamante).
Y hablando de, debo dejar de pensar en comparaciones absurdas. Es Seiya, y debo tenerle confianza, como siempre. Me cuesta una barbaridad ser un copiloto útil para las rutas, así que canto las canciones que me sé y de vez en cuando le digo alguna cosilla sobre la vista, que es cada vez más preciosa.
Pero no es suficiente como para no instarme a dedicarle miradas furtivas, sobre todo cuando la lírica es demasiado inspiradora para no imaginarme miles de cosas. Es una imagen extraña, nosotros dos, en un coche clásico en plena autopista, como escapando del mundo. Parece una escena sacada de una comedia cursi y empalagosa. Seiya trae el pelo algo despeinado por el viento que entra por la rendija abierta de su ventanilla. Lleva una sudadera negra arremangada y sus lentes oscuros. Su brazo izquierdo se aferra al volante mientras tamborilea la música y la derecha queda en la manija de velocidades. De perfil, tiene un aspecto tan fresco, sexy y guapo que me parece que el coche sólo le hace verse mil veces más genial que ayer.
—¿Qué pasa? —Él se percata de mi escrutinio.
—¿Cuánto falta?
—¿Qué tienes, cinco años? —me espeta, mostrando su hilera de dientes.
—Tres y medio. Y, ¿Cuánto falta?
—Casi nada. Fíjate allá, ya puedes cotillear. Cotilla —me pincha, y me señala con su dedo índice el horizonte neblinoso que se abre ante la autopista serpenteante.
Bajo la ventanilla e inclino el cuello. Casi no veo por la bruma, pero al descender el terreno logro divisar como el camino empieza a traspasar de concreto a piedra lisa. Luego, yendo mucho más lento y tras dar un par de giros inesperados, salimos a un bosque mucho más cerrado y suntuoso. Entonces lo siento en la nariz. El aire parece haber cambiado. Es más puro, salado y húmedo. Todo huele a pino, agua y sal. Allá en el horizonte, las montañas del valle abrazan los alojamientos de madera rústica y roca volcánica. La boca se me abre de par en par y casi me doy un cabezazo al girarme hacia Seiya, que ya me sonríe con satisfacción.
—¡Un onsen*! ¡No es cierto! Pero… ¿cómo? ¿en qué momento lo…?
Seiya me chista, pero sigue contento con mi reacción.
—Ya hablaremos. Ahora hay que instalarnos lejos de aquí y dejar de parlotear. Se supone que molesta a los huéspedes.
—¡Waaaa! —exclamo, mirando todo a mi alrededor, e ignorando la otra regla del silencio. Casi ni espero a que se detenga. Prácticamente salto del auto.
Los ryokan (como usualmente se llaman este tipo de lugares) son baños construidos a cielo abierto o techados. Pueden ser privados o públicos, y que están junto los relieves de las cordilleras que les proveen exquisitas aguas termales, calientes y burbujeantes. Sólo he ido a uno público, hace muchos años con mi familia. Pero a leguas se nota que este no es así: Todo el complejo hotelero se divide en pequeñas casas estilo japonés, y juraría que cada una tiene su propio manantial, ya que están rodeados de muros altos de bambú o gran cantidad de vegetación, para impedir la visibilidad al interior. Lo sé porque mamá quería una así para los cuatro, pero papá dijo que era demasiado costoso en comparación del otro para nosotros, en aquella época. Recuerdo que era abril, hacía calor y estaba atestado de turistas. Esto es… bueno, ni siquiera sé qué decir. Creo que me echaré a llorar en cualquier instante, si no es que lo estoy haciendo ya.
Compruebo mis mejillas siguen secas, aunque heladas, y corro donde Seiya que está descargando el equipaje. Casi lo tumbo al suelo cuando mis brazos se enganchan a su cuello.
—¡Es hermoso! ¡Gracias! No se escucha ni una sola voz. ¡Es como si estuviéramos en nuestro propio mundo! —suspiro, embelesada.
—Estamos en nuestro propio mundo. A nadie más se le ocurre la fabulosa idea de venir a bañarse en diciembre con este frío —comenta ácido, y me suelta para seguir con las maletas.
—Me encanta —digo, pasando de su actitud. Sé que sólo responde así porque no está acostumbrado a hacer nada especial así por nadie, ni a que lo aprecien. Yo soy la primera.
Y pretendo ser la última, si me lo permite.
Cuando llevamos un poco caminando, lo noto que está más relajado.
—Yo quería llevarte a la playa, pero...
—He dicho que me en-can-ta. Y no quiero estar en una playa atiborrada de ruidosos turistas y hacer el ridículo con los deportes acuáticos. Quiero estar contigo, y esto es… es perfecto —le sonrío de oreja a oreja. Consigo robarle una pequeña sonrisa tímida, aunque muy sincera, y también suspira.
Su mano me aprieta un poco más.
—Vamos, pues.
—¿Estabas preocupado de mi opinión? —le pico, avanzando por un estrecho puente que conecta al muelle, y que nos llevará al edificio principal a registrarnos.
—Tampoco —farfulla.
—Sí, sí que lo estabas.
Gruñe, pero ya no lo niega. Yo sonrío otra vez.
No sé decir si el complejo es grande o pequeño. Entre un ryokan y otro (conectados por los puentes) hay jardines vastos y frondosos, divididos por arroyos y cascadas artificiales. Los árboles altos los cubren, además de otros atractivos como pequeñas estancias, llenos de flores y farolines colgantes que seguro se verán preciosos de noche, y que, si no hiciera tanto frío, sería como en un auténtico festival primaveral de sakuras. Como ya está cayendo la tarde, empiezan a escucharse los primeros cantos de los mirlos y de algunas cigarras. Hay una paz y una armonía en este lugar que me eriza la piel. ¿Cómo serán los siguientes días? Mi corazón sigue agitado.
El recibidor es minimalista, elegante y está prácticamente vacío, igual que todo lo demás. Las alfombras recubren la madera del templo, huele a especies y a té recién hecho, y está decorado con algunas plantas colgantes con una fuente de cuarzos que abarca toda la pared principal. Es muy bonita.
Me uno a Seiya, que espera mientras un empleado nos toma los datos. Otro se lleva nuestro equipaje para que no tengamos que cargarlo. El chico que nos registra me sonríe educado en cuanto me ve, y yo hago lo mismo.
—Muy bien. Su alojamiento ya está debidamente preparado, y debería tener todo lo que necesiten. En caso contrario, con el número 1 pueden llamar a recepción y enseguida les atenderemos.
Seiya asiente sin hacerle mucho caso, y coge la tarjeta de acceso para guardársela en el bolsillo trasero del pantalón.
—Muchas gracias por todo —le digo yo.
El mozo, con gafas y ataviado con yukata gris, hace una graciosa reverencia.
—Es un placer, señora Kou. Les deseo una agradable estancia.
Y… pues creo que acaba de pasar un fantasma a nuestro lado.
Seiya se crispa como un gato al que quieren echar un balde de agua. Se le cae la billetera de las manos incluso. El chico en cambio, le mira a él como si fuera un dragón que viene a acabar con él.
Yo me quedo algo tiesa y desorientada, aunque no la lío grande como él. Más bien me causa algo de gracia, y por ello me río bajito. Es obvio que ha atado cabos sin pensárselo, y es obvio que a este lugar deben venir un montón de recién casados. El lugar no parece ser familiar ni escolar, sino más bien del tipo romántico, y si la reservación está puesta a su nombre pues… dos más dos son cuatro.
Aunque no para mi novio, no es una suma tan simple. Más bien una ecuación cuántica. Parece tan cómodo como si acabara de atravesársele algo por el cogote. ¿Por qué le causa tanta ñañara? Sólo es un comentario. Algo osado, pero no tan descabellado tomando en cuenta el contexto y que ya somos mayorcitos.
—¿Pasa algo? —pregunta el hombre con voz temblorosa. El aura del hotel ya no parece tan zen.
Seiya carraspea, me lanza una mirada extraña y se dirige otra vez a él:
—Sí. Pasa que hay un error. Es Tsukino y Kou —nos señala de uno a uno, de modo impersonal.
El muchacho parece tomarse un tiempo de reflexionar, y luego sus mejillas se tornan rosas.
—Bueno, yo… es sólo que… —tartamudea. Seiya le acuchilla otra vez con los ojos y él baja la mirada a su monitor.
¿Qué puede decir de todos modos? ¿Disculpen por asumir que son una encantadora pareja tradicional y no un par de hermanos incestuosos, o unos adúlteros prófugos, o mejor, unos aburridos conyugues?
—Sólo es una confusión. No importa —intervengo sonriendo para minimizar el bochorno en general. Luego recojo mi bolso, instando a marcharnos a nuestro cuarto.
Antes de seguirme, Seiya le señala con su dedo índice, y le escupe desdeñoso:
—Corrígelo.
—Eh… en cuanto la base de datos se…
—¡Ahora!
—¡E-enseguida...! —gimotea el pobre.
Me viro mientras pongo los ojos en blanco. No quiero fastidiar el paseo con esto, pero aquello me ha dejado un sabor agrio en la boca. Uno que ya no me permite disfrutar de la belleza del vestíbulo. Nuestra alcoba tiene el número tres, y por ahora me concentro en encontrarla.
—Qué idiota el tipo, ¿no? —replica Seiya con irritación, mientras caminamos por el estrecho y silencioso pasillo de parqué.
—Mmh…
—Mmh, ¿qué? —Me mira.
Me quedo callada y abro la puerta. Por momentos, mi desasosiego desaparece. Es una habitación preciosa, decorada en tonos púrpura y gris. Los muebles con madera oscura y la ropa de cama color crema. Todo tiene estilo tradicional del país, pero en una versión más contemporánea y elegante. La cama no es muy grande, pero para como dormimos nosotros, es suficiente. Pero lo que quita el aliento es el exterior: Detrás del gran ventanal corredizo, tenemos nuestro propio pequeño ecosistema lleno de vida, todo en verde y agua. Es divino y privado, y a esta hora los colores del cielo se vuelven más brillantes, reflectando la luz en el agua calmada. Si hay suerte de que haya luna llena hoy o mañana, va a reflectarse, y será mágico.
—¿Y? ¿Vas a decírmelo o no? —insiste, rompiendo mi burbuja de ensueño.
Tomo aire.
—¿Qué quieres que te diga? —murmuro en voz baja, mirando aun hacia afuera. Es mejor que ver su carota de ogro. No le queda para nada, y me arruina el momento.
—Por lo que claramente estás disgustada.
—¿Yo? —me carcajeo con sorna —. Claramente eres tú el disgustado.
—A lo mejor, pero no contigo.
—Es lo mismo. Me arrastras a tu tornado bipolar, y por una estupidez.
Como siempre…
—No es un tornado —dice en voz baja, y luego chasquea los labios—. Sólo digo que el chaval no tiene por qué inventarse algo tan…
Y no termina la oración. Tras el prolongado silencio, yo sé que se viene algo despectivo. Así que levanto las cejas, determinada.
—¿Tan qué?
—No sé. Ridículo —se encoje de hombros, y elude mi mirada.
Siento un repentino aguijonazo de dolor, aunque ya sabía que diría algo así. Pudo ser peor.
—Sólo es un error tipográfico, Seiya —objeto. Abre la boca, pero le interrumpo— ¿Era tan terrible que te hubieses reído como yo, pasarlo por alto o aún mejor, que no saltaras de repulsión ante la idea que compartamos el apellido? Es algo hiriente, la verdad.
Se me queda mirando pasmado. Supongo que le sorprende que la mema Serena, que se contentaba con sus enredos y parcas justificaciones, haya quedado en el pasado.
—Nunca sentiría nada de eso. No fue así —repone, mosqueado.
Abro el cierre de mi pequeña maleta y la empiezo a deshacer. Saco el neceser del baño, mis sandalias… todo eso. Siempre tratando de no mirarle, aunque siento sus ojos clavados sobre cada movimiento mío.
—Entonces, ¿a qué se debió tu pequeño arrebato de furia? —pregunto, sacando el resto de mis cosas y apilándolas en la cómoda.
—No lo sé.
—Cómo no —Sonrío con mofa.
—Es cierto. No lo sé. Bueno… me doy una idea, pero no es nada de lo que estás pensando.
Ojalá supiera lo que estoy pensando. Nos evitaríamos el noventa por ciento de nuestros malentendidos.
—¿Y qué es?
—Nada que importe tanto como para perder el tiempo discutiendo ahora y que quieras, como siempre, llegar a un pozo sin fondo.
Siento que cada vez que se trata de una verdad o un problema que no quiere enfrentar, Seiya intenta echarme la culpa. Como si yo lo imaginara todo. Y francamente, me enoja mucho. No por el asunto del chico del hotel, sino porque pensé que estábamos teniendo una excelente racha. Al fin sentía que avanzábamos, que él se abría conmigo y construíamos algo juntos. O al menos esa impresión me da. Siempre y cuando no llegue un alguien o un algo, y lo ponga en la encrucijada de tener que manejar algo que denota un compromiso así, aunque fuera uno de mentirijillas como este.
Y hablando de mentirijillas…
—Mentiroso —le acuso —. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que las cosas que menos dices que te importan, son precisamente las que más te importan.
Su mirada se ensombrece, y ha entendido que su inmadura explicación no me basta.
—Yo… —empieza, pero se detiene, como si estuviera reconsiderando sus pensamientos —. Sí, exageré. Un poco. Bueno, más que poco. No me pongas esa cara. ¿No podríamos olvidarlo y pasarla bien?
Me siento en la cama.
—No sé, ¿podremos? —susurro, alicaída.
Se arrodilla delante de mí, toma mis manos y me mira a través de sus gruesas pestañas negras.
—¿Tienes idea de lo que significas para mí?
Me sonrojo, y asiento lentamente.
—¿Entonces?
—Sí. Pero es que cuando haces estas cosas, yo…—me muerdo el labio, y ladeo la cabeza avergonzada.
No sé cómo decirle que Lita sembró la semilla de la inseguridad dentro de mí. Con sus planes, consejos obsoletos y sus ideas románticas. Sí, me burlé, pero en parte sólo porque era demasiado triste decirle que no tenía caso aspirar a algo más con Seiya de lo que ya tengo, por el sencillo hecho de que él no quiere dármelo, ni nunca querrá. Aunque diga que me ama mucho. No es su forma de ver la vida. Y yo creía que tampoco era la mía, pero quizá era sólo una autodefensa, porque nadie me había valorado como para creer que lo merecía. Y yo nunca había amado tanto a nadie como para desear sentirme segura de vislumbrar un futuro planificado. Y, ¿qué pasa si yo cambio de parecer, y él no? Una cosa es que alguien cambie para ponerse la etiqueta de novio y no salir de juerga cada fin de semana, y otra muy diferente para asumir un rol permanente completamente distinto. De esposo, de compañero de vida, de padre…
Sacudo la cabeza, porque realmente no lo tengo claro y sólo estoy torturándome. Ni siquiera tengo claro si queremos una mascota.
Seiya habla entonces:
—Bombón, nunca había salido de viaje con ninguna chica. Menos con una con la que ya vivo. Estaba nervioso porque quiero que todo salga bien, y no meter la pata como sé que suelo hacerlo. Simplemente el detalle de los nombres me pilló con la guardia baja, y sí, no lo tomé bien. Perdón. No sé qué más decir. Estoy intentando complacerte, en serio…
Hago un mohín. Bueno, eso es cierto. En comparación a cuando no quería quedarse a dormir en la misma cama y corría a ducharse, a esto… es un gran cambio. No lo niego, y me estoy acelerando con asuntos que por ahora son intrascendentes.
—Y es Nochebuena… —me persuade, sonriendo provocador, y poniendo sus manos en mis rodillas.
Sonrío.
—Sí, deberíamos olvidarlo.
Me jala de las manos para ponerme de pie. Acto seguido, me abraza de la cintura por detrás, formando una maravillosa trampa. Un gesto que nunca ha hecho, o no que yo recuerde, pero es delicioso. Su aliento huele a menta detrás de mí:
—Ahora… te voy a dar un recorrido. Ahí —avanza a mi propio paso, como si fuera su muletilla. Causándome una risilla y señalando unas sillas de mimbre en la terraza —, ahí podemos tomar el desayuno. Puedes leer o tomar café. Y ahí —me gira al otro lado, para que mire la pequeña chimenea —, podemos cenar. Y allá —señala la cama, perfectamente hecha —, podemos hacer todo por lo que vale la pena haber pagado este pretencioso lugar de esnobs.
Me vuelve la risa.
Después, me coloca delante de él para mirarle a los ojos y tomar mi cara entre sus manos varoniles.
—¿Mejor? —me pregunta, después de hacerme flotar con uno de sus típicos besos de ensueño.
—Sí. Rayos, tienes suerte de que te quiera tanto.
Tuvo la consideración de quedarse callado, y no gastarme uno de sus también, típicos chistes. Ordenamos la cena en servicio al cuarto, ya que los dos estamos demasiado agotados como para cambiarnos de ropa y acudir al restaurante del hotel. Era muy raro, por lo menos tomando en cuenta que vivimos juntos y nuestra intimidad ya tiene muy pocas restricciones, pero me sentía inquieta en general. Como si estar en un escenario diferente cambiara también nuestra dinámica.
Hablamos de todo y nada en la mesita que estaba justo junto a la ventana, hasta que el servicio recogió los platos. Seiya se desespereza, estirándose largamente, y luego anuncia:
—Entonces, ¿quieres nadar o algo así?
Paso saliva. El viaje había sido tan improvisado que, cómo no, yo no llevaba un traje de baño.
—Tengo que ir a la tienda, entonces…
—¿Cuál tienda? Aquí no hay nada —repone ceñudo.
—La tienda del hotel. Deben… deben tener bañadores y esas cosas —ni siquiera he terminado la frase, y ya me he ruborizado. Seiya me sigue con la mirada divertida, cuando me levanto "al baño", aunque no lo necesitaba.
Efectivamente, la "tienda" es un diminuto tenderete donde sólo venden amuletos de la buena suerte y postales de la zona. Es cierto que el destino era sorpresa, pero debí prever que iríamos a algún lugar donde quizá necesitaría un traje de baño. Pensé que iríamos a merodear en algún pueblo o una cabaña, o qué sé yo… la verdad ni siquiera tuve tiempo de pensar. Hicimos el equipaje a lo loco, y además nos quedamos dormidos por la mañana.
Como siempre, me saca de mi zona estable. Para bien o para mal, pero no quiero quejarme sobre eso. Sobre todo, porque se le ha ocurrido la linda idea de convencerme que no necesitamos un traje para entrar a nadar… y de ahí mi vergüenza inicial.
Me he empecinado en no entrar al baño a menos que sea con ropa interior. Seiya no deja de joderme con que estoy exagerando, recordándome que sólo traigo dos mudas de ropa y, que si se moja, no tendré para otro cambio. Tiene razón, pero cuando capta que no cederé tan fácil, simplemente abre la ventana y sale al exterior. Siento que me estoy portando como una niña, pero es que él es demasiado liberal a veces, y me ofusca.
Por si tienen la duda… no, tampoco quise hacerlo en el estacionamiento del centro comercial. ¡A quién se le ocurre!
En cualquier caso, también es una estupidez quedarme en la habitación con una maravilla como esa afuera. Y me refiero particularmente al paisaje y la naturaleza, ¿vale?
Hay un par de sillas de mimbre en el área de piso, y yo me instalo en una con mi pequeño vaso de sake mientras aspiro la humedad y el aroma de algunas plantas. A esa hora de la noche, los insectos ya interpretan un concierto monumental, y las estrellas son un salpicadero titilante que hipnotiza a cualquiera para… ambientar el romance. En la silla vacía, el bóxer de Seiya reposa arrumbado, como si se burlara de mí.
Diablos.
Carraspeo, ya dudando, al mismo tiempo que me lee la mente:
—¿Vas a quedarte allí como otra planta decorativa mientras yo gozo de un fantástico baño caliente y relajante?
Tiene ambos brazos recargados en la orilla, en forma de cruz. Sus hombros redondos y fuertes despiden vapor por la temperatura.
—Pues sí —grazno, evadiendo su mirada, y elevando mis rodillas hasta el pecho.
—Creí que habíamos quedado en disfrutar el viaje —me tienta.
—Eso hago, pero a mi manera.
—Pues qué manera tan sosa de hacerlo… sentada con ropa incómoda de la ciudad, y haciendo pucheros. Sólo te falta un libro de Física, Bombón.
—¡Yo no leo Física! —replico.
—Pero sí estás de pucheros. Estás enfurruñada, y sola. En Nochebuena. Y yo también estoy tan solo aquí dentro, tan caliente… Físicamente hablando, claro.
Me aguanto la risa por sus chorradas. Sabe que me sienta mal que parezca que no estoy a gusto y peor, que no quiero estar con él.
—¿Tal vez mañana? —sugiero. Él mueve una mano con desdén.
—¿De dónde sale ese pudor? Aquí no nos ve nadie. ¿De verdad crees que te lo pediría si supiera que alguien aparte de mí pueda verte desnuda? Ya sabes, con lo celoso que soy y todo eso.
—¿Tú? —sonrío, y sin remedio, el pecho se me infla como el de un pavorreal —. Eso tengo que verlo.
—Métete yaaaa, joder —me ordena perdiendo la paciencia, pero no en mala onda. Sólo digamos, que como lo inevitable que sabe que va a pasar. Me tiene muy bien medida, sabe que sólo necesita convencerme un poco para hacerme cometer puras locuras, igual que cuando me lancé del bongee.
¿Cómo es que pasé de odiarle, porque debía soportarle donde se me cruzara, sólo porque mi mejor amiga me lo pedía a sumergirme cual hippie enamorada tipo Laguna Azul en la montaña? Parece casi surrealista. Kafkiano. No sé. Ahora somos tan amigos. Tan cómplices. Tan como conocidos de toda la vida. Yo jamás había tenido una conexión así con nadie.
—¡De acuerdo, ahí voy! —exclamo poniéndome de pie. Seiya aplaude un par de veces, pues sabe que, en el fondo, lo estaba deseando.
—Aleluya.
Ha sido más simple de lo que imaginaba. Me saco la camiseta y los pantalones, poniéndolos también en la silla. Luego las sandalias. Trato de no fijarme en que tiene sus pupilas sobre mí, cuando me acerco a la orilla de puntillas, y meto un pie dentro del agua. No está caliente, ¡está hirviendo!
Mi chillido le causa una risa ronca, como pocas veces le sale. Le miro dubitativa otra vez.
—Sólo necesitas acostumbrarte. Inténtalo de nuevo, Bombón.
—De acuerdo…
Me siento como si estuviera en el borde de una piscina. Mis pies y pantorrillas se sumergen, y después de pocos segundos, es una delicia el agua. Siento como si burbujeara debajo de mí. Miro alrededor como si alguien pudiera observarme, pero no. Mis únicos espectadores son mi novio y la silueta de un gorrión. Me saco los tirantes del sujetador, y luego lo lanzo, sin éxito de que se reúna con el resto de mi ropa. Doy un salto y me zambullo.
—Ahora ven acá —extiende sus brazos hacia mí, para que yo pueda tomar sus manos—Apuesto a que tampoco lo has hecho en el agua, ¿o me equivoco?
Me callo el pico, y soy lo suficientemente lista como para simplemente sonreír y echarle los brazos al cuello. No tiene caso ni siquiera recordar parejas pasadas, porque son sólo eso. Un pasado gris y turbulento.
El nivel es bajo, y si estoy de pie, me llega a la clavícula. Es muy agradable, y todo mi cuerpo se relaja como si fuera de gelatina.
Nos besamos, y nuestros cuerpos se adhieren como una calcomanía perfecta. Una de sus manos se cuela abajo, y me saca las braguitas. Ha sido una pérdida de tiempo dejármelas de todos modos. Cuando intensifica el ritmo del beso con su lengua, empiezo a perder la cabeza. No es la escena sexy y seductora, que sé que lo es. Es que él es el único en el que puedo confiar para hacer estas cosas, y dejarme llevar. No sé si es cosa del agua o qué, pero cuando se refriega contra mí, noto que está excitadísimo. Mis gemidos se ahogan en su boca y después de varios minutos de complacerme con sus manos en varias partes, me da la vuelta.
—¿Notas como te deseo? —me ronronea en el oído, y yo jadeo en respuesta —. Eres tan hermosa…
Le digo que lo quiero, y volvemos a besarnos. Estamos como locos, como pocas veces ha pasado. Seiya me tiene sujeta de la cintura con un brazo, como si la corriente me pudiera llevar. Se engancha y acomoda, y siento la punta de su miembro recorrer los bordes de la piel mi intimidad, tan sensible y dilatada con el agua. Boqueo en busca de aire y abro bien las piernas. Sé que en nada estaré chillando a todo pulmón.
Poco a poco, sin prisa ni pausa, va entrando en mí. Largo, profundo y lento. Más y más… a veces incluso retrocede y se sale. Me lo hace desear y se lo pido, pero sin hablar. No me tortura, sólo quiere prolongarlo para que esté a punto, en el modo preciso para poder recibirlo y machacarme sin piedad. Todo suele ser más intenso así al final. Arqueo la espalda y como ya ha llegado al tope, me coge de cada uno de mis pechos, que tienen el tamaño exacto para sus manos. Entonces acelera su cadencia.
Dios… esto es una gozada. El agua brinca, chapotea y fricciona nuestras pieles de modo increíble. Tengo los ojos cerrados, pero en mi nuca, lo oigo resoplar y como es su costumbre, decirme alguna que otra guarrada entremezclada con algo cariñoso. Es parte de su encanto.
Mi brazo se alarga a su cuello para tener mayor estabilidad, pues siento que me resbalo y no quiero parar. No puedo parar.
—Seiyaaa… más —gimoteo, recargando la cabeza en su hombro, y él aumenta el ritmo como yo quería.
—Te siento… te siento toda y… joder, creo que voy a terminar antes—me dice, un par de minutos gloriosos después.
—Hazlo. Sólo hazlo… córrete, por favor —suplico trastornada, meneando las caderas, pero no he terminado la oración cuando entonces siento que se sale de sopetón. Me deja una sensación de vacío y cosquilleo insoportables.
—No… —bufa, apenas conteniendo el aire. ¿No quiere terminar? ¿Nos cambiamos de posición o qué quiere?
Con la vista nublada por el erotismo, le miro interrogante, porque no hace nada más que retirarse aún más, hasta que me tiene dos palmos de distancia. Una capa fina de sudor le cubre la frente.
—¿Qué pasa? No pares —me quejo, ceñuda y salida.
—No… es que… no me he puesto el condón —me informa, todo desorientado.
Me muerdo el labio. ¿Era eso? Ah… pues no, lógicamente. No estamos en nuestro cuarto, con todo ese arsenal de preservativos que tiene en el cajón del buró.
—Pues… no importa —repongo agitada, y me dirijo hacia él otra vez para que sigamos haciendo el amor.
—¿¡Cómo que no importa?! —salta, casi con terror. Vaya. ¿Quién es ahora el exagerado?
Yo ruedo los ojos.
—Por favor, no nos cortes el rollo… la estamos pasando tan bien. Sólo ve a por uno a tu maleta y listo.
—No… es que yo, creo que los he olvidado en casa —confiesa, frustrado.
Pestañeo.
—Ah…
—¡¿Ah?! —repite, ahora en tono agudo —. ¿Por qué estás tan tranquis?
Suspiro.
—Porque no es gran cosa. Por una vez no pasa nada, sólo quita esa cara horrible y ven aquí. Ya veremos.
Ahora soy yo quien extiende las manos. Pero él no salta a mis brazos como hubiera esperado, sólo sigue mirándome raro. Como con sospecha y desconfianza.
—¿Cómo que «ya veremos»? ¿Te estás escuchando? ¡Podría haberte dejado embarazada!
Asiento, con mala expresión. Qué gran descubrimiento. Como si no hubiera cursado Biología I en el instituto. La cachondez se me ha bajado, pero empiezo a sentir calor de coraje.
—Ya, pero te has acordado antes, así que no impor…
Me interrumpe otra vez.
—Si te diste cuenta pudiste habérmelo recordado tú. O, no, espera, ¿es lo que querías? ¿Por eso me pediste que me corriera rápido?
Parpadeo, ahora desaforada.
—¿Querer qué? Yo sólo pensaba en tu placer. Exactamente ¿qué estás insinuando? —le grito.
—Pues qué sé yo. Entre tu amiga la casada, la desesperada por casarse y la comprometida, sería posible que te salten las ganas de no desentonar, ya que sabes que sería incapaz de dejarte teniendo un crío.
Se me sale una risa de incredulidad.
—¿De qué diablos estás hablando? —avanzo, entrando en furiosa desesperación, y él vuelve a apartarse. De pronto, una corriente de aire me deja helada. Y seguro no es el aire, es su rechazo —Dime que es una de tus bromas más pesadas, Seiya. Porque si no, mira que…
—No lo es —me dice, impasible. Y sí, me sigue mirando como una extraña, o como si no me conociera de nada.
Y puede que así sea.
La decepción que me ha abofeteado me hace retroceder también. Me abrazo a mí misma para taparme el pecho y carraspeo para que la voz no se me entrecorte:
—Tú me arrastraste hasta aquí para tener sexo, prácticamente me rogaste meterme, es a ti a quien se te olvida el puto condón. ¿Y yo quiero atraparte con un embarazo sólo porque aflojé un poco las riendas? —le recrimino, y sacudo la cabeza, sin dar crédito del orden de las ideas —. ¿¡Cómo… cómo has podido decir eso, cabrón!?
—Lo digo porque no serías la primera loca en intentarlo —me espeta cruel, del lado opuesto del estanque.
La sangre me bulle, de rabia, de celos y de dolor.
—¡Pues tú no eres el primero con el que he follado en un lugar esnob como éste, y créeme, él no me hubiera salido con estas mierdas! ¡De hecho, no sólo el sitio era mejor, él fue mucho mejor amante que tú! —le ladro, regodeándome al ver como, por un segundo, la indignación le derriba su descarada actitud.
—¿¡Qué carajos has dicho!? —me ruge, dando un manotazo en el agua.
—Ya me oíste —siseo, y me doy la vuelta para salir de allí —. Ni se te ocurra seguirme. Quiero ducharme tranquila, y estar sola.
Voy dejando un rastro de agua a pesar de que me he envuelto en la toalla de la mesa de servicio. Estoy tan cabreada que ni siquiera podría secarme frente a él. No sin ahogarlo al menos, y es lo que se merece por acusarme de la mayor estupidez que podría haberse inventado de todos los tiempos.
A ver, de acuerdo que nos hemos dejado llevar por la pasión, y con toda la presión del viaje, las prisas, no es raro que se le olvidaran algunas cosas, por muy obvias que sean. Pero no había necesidad de reaccionar de esa manera tan visceral, además con esas teorías psico conspiratorias, y admito que la mía también lo fue, un poco. ¡Es que siempre me hace perder los estribos! ¡Y por su culpa nuestro magnífico momento en el agua termal ha sido un fiasco!
En realidad, todo el viaje hasta ahora ha sido un fiasco.
Me aguanto las lágrimas porque no quiero llorar. Siento que es como darle la razón. Dejo que la lluvia caliente de la ducha me caiga en el rostro y el cabello, y me despeje las ideas. Quiero entenderlo, de veras que sí… pero lo que no puedo soportar es que no confíe en mí, que me crea capaz de hacer algo tan irracional como obligarlo a casarse conmigo o lo que sea, utilizando como anzuelo a un bebé, que desde luego ni siquiera eso lo lograría si él quisiera largarse. Eso ha ocasionado que yo también ya no confíe en él, al menos no con la incondicionalidad de antes.
Cuando regreso al dormitorio, cómo no, me doy cuenta que no está. Su maleta y su ropa siguen aquí, así que de seguro repetirá su patrón tóxico de huir por horas y volver apestando a alcohol. Gracias al cacharro nuevo, puede ir donde quiera. Sabía que no me convenía tenerlo.
Ahora estará lejos de aquí, despotricando a algún extraño lo perra y manipuladora que soy, y un par de fulanas ya le estarán echando el ojo…
Para evitar más delirios, me doy cuenta que también necesito una copa para matar el rato. Estoy demasiado crispada para poder dormir, y no quiero quedarme aquí mirando la televisión, como una idiota a la que ha dejado atrás.
Es mi tercer vodka con jugo y lima, y sin pedirlo ni evitarlo, hago migas con un hombre llamado Allan que se sienta a mi lado en la barra, donde se sientan los perdedores como yo. Tiene treinta y pocos, es alto de pelo rojizo y se dedica a ser economista. Su esposa Melinda, o Marissa, o algo así, lo espera en casa con su hijo recién nacido, y está tan emocionado por ello que apenas si me presta atención cuando me pregunta lo básico. Ha tenido que parar aquí porque su automóvil se ha averiado un par de kilómetros atrás. Mientras sigue compartiendo palabras ilusorias y miro la foto familiar que lleva de fondo de pantalla en su celular, yo siento que debo tener la cara verde y deforme, como la de la bruja de Wicked.
No envidio precisamente a su familia en sí. Sino su felicidad. La sensación de pertenencia y seguridad que da un hogar.
Miro a mi alrededor. El bar, con sus ventanales altos y las colinas allá lejos, da la sensación de aislamiento. Es divino, y me encantaría si no me sintiera ya bastante atrapada.
—¿Estás bien, Serena? —me pregunta Allan, por primera vez interesándose. No voy a humillarme contándole la verdad, así que la maquillo un poco. Bueno, mucho, casi como un payaso —. No te atormentes. Él volverá y podrán resolver sus diferencias.
Su sonrisa es gentil y cálida. Cómo no, es una persona feliz y plena. Le devuelvo el gesto con torpeza.
—Gracias. Aunque dialogar no es nuestro fuerte.
—Ningún hombre sabemos hacerlo bien, somos muy cabezotas. Pero si se ama como dice, siempre terminamos volviendo arrepentidos, pidiendo perdón. Sólo espera y verás.
Hace mímica de limpiarse graciosamente las lágrimas invisibles, y una pequeña risita escapa de mi boca. Su compañía es grata, y es agradable estar con alguien que no sea tan seductor e intimidante. Seiya siempre acapara la atención a donde va y…
Y, como si lo invocara, me encuentro con sus ojos azules, fríos, fijos en los míos y en mi nuevo loquero. No puedo evitar sentir que estoy haciendo algo inadecuado, aunque sé que no es así. Por un momento también creo que va a lanzar a Allan por los aires en dirección al despeñadero de la terraza, pero no lo hace. Relaja la mandíbula y se aclara la garganta de modo forzado:
—¿Puedo sentarme? —pregunta con lentitud. Luego agrega desdeñoso: —¿O interrumpo algo?
—No…
—Sí, interrumpes —escupo hablando al mismo tiempo que mi compañero, y llevándome el vaso a los labios. Mi consejero abre la boca, atónito ante mi osadía, y Seiya cuadra los hombros, empezando a enfadarse.
—Yo… creo que llamaré a mi esposa para darle las buenas noches —anuncia con gran astucia, enfatizando la palabra. Es obvio que la presencia de Seiya lo ha amedrentado, aunque tras oírle sus ojos ya han dejado de lanzar fuego, e incluso y se encorva, entendiendo la metida de pata que estuvo a punto de mandarse —. Buenas noches... eh, adiós, Serena. Gusto en conocerte.
—Un gusto. ¿Andreé…? Alain… Aladdín, lo que sea —balbuceo, mirando hacia el frente y sonriendo como boba.
—¿En serio? ¿Aladdín? —repite Seiya irónicamente, sentándose en el lugar que dejó vacío.
No le hago caso, aunque admito que es divertido. Nunca soy buena con los nombres, y menos con varios vodkas de autocompasión encima. Después de sentir su mirada intensa por varios minutos, abro la boca:
—¿Dónde estabas? —pregunto vaga, tratando de sonar indiferente.
—Fui a dar un paseo, y caminé un buen rato. Pensé que eso haría alguien más cabal que… pues no sé, beberme todo el bar y romper trastos, ¿no?
—De modo que yo sí soy inmadura —me mofo, girando mi vaso con adoración. Me la suda.
—Hablaba de mí —refuta.
—Ya, entonces ¿qué quieres?
—Arreglar las cosas, claro —dice muy serio. En otro momento estaría brincando de una pata por tener su completa atención, pero ya no. En vez de eso, se me va la lengua con gran cantidad de veneno:
—¿Qué podemos arreglar? Ya me has hecho estas majaderías. Tú dices o haces algo que me afecta, te reclamo, pero te vale un comino, yo lloro, tú explotas y te largas, yo me siento miserable y luego te haces la víctima conmigo, me sueltas un montón de parrafadas y nos acostamos. ¡Listo! ¡Todo olvidado! ¡Pues no, estoy harta!
Doy un manotazo en la bonita madera clara. El bar está ya cerrado, salvo por el pobre empleado del turno nocturno que se ha ido a la cocina. La gente normal está en sus habitaciones. Como nosotros no somos normales, podemos darnos el lujo de hacer estos desfiguros en un lugar público.
—Estás… ¿harta de mí? —pregunta de modo siniestro. Le miro y efectivamente, parece que le acabo de disparar a la mamá de Bambi. Instantáneamente me siento culpable.
Me llevo las manos al rostro.
—No. Joder… no. De esto… de… no sé. ¿Ves lo que te digo? Me miras así, y yo me doblego… no es justo. Es un círculo vicioso.
—Pues habrá que romperlo —gruñe.
—No sé cómo.
—Puedo empezar yo.
Levanto la cara, boquiabierta.
—¿Qué?
—Lo haré. No más parrafadas, como las llamas. Te diré la verdad. Pero primero, quisiera saber algo.
Suspiro a modo de respuesta. Él lo toma como una afirmativa.
—No es cierto lo que me dijiste, ¿verdad? ¿Lo del otro tipo con el que estuviste…?
Trago saliva, sintiéndome ahora culpable de verdad. No soy tan mezquina para hablarle de mi fin de semana con Diamante en la playa, al menos no con pelos y señales. Elijo muy bien mis palabras antes de hablar:
—Es parcialmente cierto —confieso. Seiya se revuelve el pelo, exasperado, y seguro queriendo arrancárselo a puños —, sí tuve esa experiencia, pues. Pero lo demás no. Lo dije sólo para herirte el ego.
—Y lo lograste. Pero por favor, no quiero saber quién es —me advierte cuando vuelvo a abrir la boca, y además quizá ya lo intuye.
—Está bien. Y, ¿la chica loca…?
Seiya tuerce el gesto, como si chupara un limón.
—También es mitad cierto. Pero no fue real el embarazo, quiero decir. Fue…
Sacudo la cabeza.
—Tampoco quiero saber —Tatuajes, pelo rojo y mala actitud. Propensión a inventar historias para joderle la vida a otros. No necesito más masoquismo agregado para saber que es Kakyuu.
Decidimos marcharnos a la habitación. Empieza a hacer frío y los asientos son muy incómodos, y si ya vamos a tener una charla ya bastante incómoda, pues prefiero que la escenografía de nuestro drama montado no lo sea.
Seiya enciende la pequeña chimenea y los dos nos sentamos en la alfombra. Yo quiero asaltar el mini bar, pero primero quiero estar lúcida para lo que me quiere decir, que promete ser tan intrigante como terrorífico.
—Ya sé que te he pedido varias disculpas antes, y quizá creas que a estas alturas sólo lo digo para que no me dejes, pero en serio: Lamento mucho lo que dije allá fuera, cada palabra. Antes ni siquiera me molestaba en pedir disculpas por las putadas que me cargaba, principalmente con las chicas. No me estoy justificando, pero quisiera que entendieras lo… bueno, lo diferentes que han sido nuestras vidas y que eso impacta en el presente. Mientras tú llevabas una vida universitaria tranquila y aniñada, o trabajabas de sol a sombra para superarte, yo me tambaleaba en los bares, me arrestaban por pelearme y no tenía ningún propósito en la vida.
Le lanzo una mirada insegura. ¿A dónde quiere llegar con este introductorio? Como se queda callado, seguramente esperando mi respuesta, yo estiro los pies sobre la alfombra y eludo su expresión anhelante unos segundos. Al final, no puedo evitar arrastrarme hasta el minibar y sacar una botella en miniatura de champán. Le doy un trago, y es reconfortante.
—Sé que lo sientes. Y no me importa que seas algo rudo, es parte de tu personalidad como es la mía ser torpe o curiosa. Lo que me duele que pienses que yo sería capaz de hacerte eso, y de ponerme al mismo nivel de cualquier loca, como tú la has llamado.
Se lleva los dedos a las sienes con mortificación.
—No, eso fue mi lado neandertal delirando. Te juro que no pienso nada de eso de ti. Tú eres buena, honesta, pura y generosa. Eres básicamente lo mejor que me ha pasado, Bombón. Sé que no he hecho un trabajo impecable hasta ahora, pero quiero ser mejor para ti.
—Bueno, puedes entonces deja de tener esa actitud tan desconfiada de mí, ¿no crees? —le acuso calmada —. Y, por cierto, no está en mi agenda concebir el próximo mes, así que basta también con la paranoia. Cuando dije que no importaba que no nos cuidáramos, me refería a que podría conseguir una píldora en la farmacia mañana. ¿Estamos claros?
Me sonrojo, pero él más que yo.
—Okay —dice. Lo miro con ojos asesinos —¡Sí! Muy claros. Ufff, debí… vaya, qué imbécil soy.
—Un poco.
—Pero mira, sí que confío en ti más que en nadie, así que no va eso. Nadie sabe tantas cosas de mí como tú —se defiende, juntando sus cejas de modo algo abochornado —. Como tus interminables preguntas cotillas, y que te las responda todas son prueba de ello.
—¿Yo hago preguntas cotillas? —levanto las cejas.
—"¿Qué crees que esté pensando esa persona"? "¿Por qué siempre te rascas sólo el brazo derecho y no el izquierdo?" "¿Siempre has tenido ese lunar?" "¿Cuál es tu estación favorita del año"? "Si tuvieras un superpoder, ¿cuál sería?" —me imita.
No puedo evitar que me aflore una risa.
—¡Bueno, pues es que tú nunca me compartes detalles de nada!
—Corrección. Yo nunca comparto detalles con nadie, sólo a ti.
Mis grandes ojos abiertos se encuentran con los suyos, y mis labios se separan varias veces antes de decidirse a hablar.
—¿Y tus amigos? ¿Y Yaten?
—Mis "amigos" saben lo que me conviene que sepan. Lo suficiente para pasar un buen rato y sentirme relativamente a gusto en su compañía. Y no me ofendas mencionando aquél ingrato, por favor. Sólo me voltearía a ver si estuviera desangrándome en el piso, y únicamente por la molestia de limpiar la mancha de la alfombra.
Sonrío débilmente.
—Está bien —murmuro, y le doy un pequeño trago al botellín, que está casi está vacío.
—¿No vas a sonsacarme la gran verdad que no te he contado? —me pregunta, quitándome el frasco de la mano, y dándole fin. Luego la hace rodar hasta la pared.
Me noto el estómago en la garganta, y juro que me cuesta respirar. Con Seiya me he hecho un gran escudo de plomo ante los balazos, así que creo que sobreviviré.
—Adelante…
Se tarda mucho en explicar. Me doy cuenta que se cruza de brazos, y no porque quiera parecer renegado, sino porque le tiemblan las manos. ¿Y ahora?
—Bueno, pues sí me enfadé por haberme olvidado del preservativo, pero no por lo que tú crees. Y mira que los críos cabezones me chispan. Siempre están embarrados de algo pegajoso, o gritan como gremblins y son caros. Sobre todo, muuuy jodidamente caros. ¿Has visto lo que cuesta una simple cuna?
—Seiyaaa… —rezongo.
—Perdón, estaba tratando de poner el contexto. Como decía, me enojó mucho, pero porque en realidad… no me enfadó tanto como yo quería. No lo suficiente.
¿Ese es el contexto? Madre mía, este hombre necesita clases de oratoria.
—¿Y eso que tiene que…?
Se gira para verme de frente.
—¿No entiendes, Bombón? Aparte de mis padres, nunca nadie me había hecho sentir especial. Ni mucho menos hubo alguien que me tomara en serio, de ninguna forma. La Navidad pasada estuve borracho toda la noche, en una fiesta de una casa de alguien que ni siquiera conocía. Todos los que he conocido en los últimos años se me acercan porque creen que soy divertido, o popular por la banda, o porque tengo pinta de que si los encuentro en un callejón les pongo la paliza de su vida. Yo qué sé. El caso es que cuando estábamos haciéndolo y dijiste que me dejara llevar, la posibilidad de que pasara contigo un accidente, si lo quieres llamar así, cortocircuitaron mi cerebro y me dio miedo. Mucho. Pero también creo que me animó un poco.
El rubor me sube súbitamente a las mejillas. Reúno tanto valor como soy capaz, y pregunto con voz rota:
—¿Te animó… la posibilidad de tener un hijo?
Dios, la oración sonaba mejor en él. En mí, sueno patética y necesitada. Él se encoje de hombros.
—No digo que tenga sentido, sólo trato de descifrar lo que sentí en ese momento. Es que todos parecen avanzar, y hacer planes y esas mierdas. Y contigo… bueno, contigo las cosas quizá serían radicalmente diferentes. Tú eres ese tipo de persona que todo lo mejora. Quisiera creer que no sería un fastidio, sino tal vez la oportunidad de hacer las cosas bien por una vez. Pero luego recordé lo que soy, o más bien, lo que aún no soy. Y por supuesto, lo que no tengo para ofrecer, ni creo que lo vaya a cambiar pronto, y me cabreé tanto que preferí echarte a ti la culpa. Perdóname.
Todo lo negativo que había sentido hasta ahora empieza a mutar. Y yo que pensaba que no me tenía confianza, y todo lo que acaba de decirme es demasiado avasallador. Extraño y esperanzador. Mientras contemplo desde mi lugar a este hombre inseguro, intenso y guapo a rabiar, luchando por no ser consumido por sus propias dudas y temores, igual que yo, mi anterior recelo se deshace como azúcar en la lengua. Es como si pudiera ver un muro derrumbarse entre nosotros, tabique a tabique. Definitivamente somos más parecidos de lo que creemos, al menos en lo que a nuestras almas se refiere.
El minibar vuelve a coquetearme, y como esta vez no hay mala leche entre nosotros, le doy una de las varias botellitas que hay. Me toca una de licor de cereza. A él una de tequila.
—¿No dices nada? —me pregunta, después de beber y quejarse que es muy poca amenidad para el costo del hospedaje —. Es raro del carajo que estés tan callada después de soltar esta bomba.
Bajo los ojos a mis manos.
—Pues… quisiera pedirte perdón también por lo que te dije, fue muy mezquino. Estaba muy enojada.
—Ah, no me ofendió como crees, descuida. Es imposible que tuvieras un mejor amante que yo —me reta, socarrón.
—¿Ah, siiií? ¿Por qué estás tan seguro, Don Casanova? —le pico, dándole un codazo —¿Quién te asegura que no te digo mentiras?
Él sonríe. La sonrisa amplia, franca y con hoyuelos que me trae loquita.
—Uno: Tú no me mentirías, no eres así. Y dos: porque has cambiado mucho desde que empezamos a intimar. Antes eras muy tímida, y has experimentado cosas nuevas. Veo que te reprimes menos, tienes más iniciativa y hasta te vuelves un poco sucia de vez en cuando —me suelta, ahogando una carcajada, al ver mi perturbada expresión.
¡¿Yo, sucia?!
—¡Yo no…!
—Sí, sucia y salvaje —sentencia, divertido.
—¡¿Cuándo he sido salvaje?! —chillo, aunque también estoy riéndome. Sus palabras no me insultan. Al contrario, me halagan y me calman, pero me siguen sacando de mi zona de confort al que estoy acostumbrada, para variar —. En serio, quiero saber. Dímelo.
—No quiero recordarte cómo me despertaste la otra vez. Quién diría todo lo que le cabe a esa pequeña boca viperina…
Empiezo a toser violentamente, porque se me ha ido el licor por otro lado. Desgraciado, debería yo lavarle la boca a él, pero con jabón y desinfectante.
—¡Eso no…! —Es inútil, ya le he dado carrete y se regodea de lo lindo a mi costa.
—Y cómo succiona, ufff… —me sigue pinchando. No, no, no. Me quiero morir y estoy segura que me va a salir humor por las orejas.
—¡Seiya, eres un guarro asqueroso! —me quejo, cuando me recupero — ¡Cómo puedes decirme eso sin pelos en la lengua!
—Ay, si tú preguntaste —rueda los ojos con hartazgo —. Y no quisiera también acotar todo lo que tú haces con la lengua —añade con malicia.
Mientras sigo agonizando del pudor, él sólo se ríe con más ganas. A pesar del cambio abrupto de conversación, es estupendo que ya no se corte la tensión con tijera.
—¡Seiyaaa! —lo zarandeo. Una cosa es que me guste hacer cosas inapropiadas con él, y otra es que quiera discutirlas en voz alta. No soy tan audaz aún.
—Vale, ya te dejo tranquila. Pero si te fastidio, es porque te ves tan linda así, avergonzada.
Aunque le lanzo una mirada locuaz, me quedo apaciguada. Si que sabe cómo darle un giro positivo para salvarse el pellejo. Además me gusta pelear en plan broma con él, no como cuando nos vamos directo a las yugulares.
Nos tumbamos en la cama, sin sueño y picoteando las botanas que nos quedan. Cambiando en varias posiciones entre el montón de almohadas, hablamos de todo pues nunca nos aburrimos de hacerlo. No dejo de reír con los recuerdos tronchantes de su infancia, y conforme avanzan las horas, voy descubriendo más secretos y anécdotas de su vida, mientras que yo le comparto las mías.
En seis días se habrá acabado el año, y vaya que ha sido una montaña rusa para mí. Más loco que toda mi existencia. En muchos sentidos.
Qué gran paradoja. Hace nueve meses yo no me habría imaginado llegar a tener una tórrida relación con el pesado del karaoke. Tenía que soportar su presencia obligada hasta que se convirtió en mi roomie. Luego en mi compañero, el que me compartía su desayuno. Más tarde en mi amigo, el que me defendió de mis horrendas primas. Y luego, así, en el centro de mi universo, mi compás y mi felicidad. ¿Quién diría que al desempaquetar aquellas cajas estaría también abriendo tantas posibilidades a un nuevo destino? Estaba nerviosa, y enojada con Minako, por meterme en aquella incómoda situación. Creo que hoy casi tendría que darle las gracias, y llenarle sus mejillas rosas de besos, por poner indirectamente a Seiya en mi camino y en mi vida, porque francamente no la imagino sin él. Sería mi fin.
Me inclino, y le doy un beso suave y fugaz.
—Es una buena cama —dice Seiya, palpando el colchón.
—Lástima que sólo la usaremos para dormir —sugiero, entre queriendo y no tentarlo —Tal vez no sea mala idea conseguir esa píldora mañana…
Él chista los labios.
—Hasta donde sé, esos anticonceptivos no son buenos para las mujeres. ¿O no? —pregunta —. No quiero te haga daño. Quiero decir, que no deberíamos usarlas a menos que sea realmente una emergencia, y no creo que esta califique como una.
Sonrío sin que me vea, mirando el techo. El Seiya responsable es encantador.
—Está bien.
—Y por si no recuerdas, hay muchas formas diferentes de tener intimidad. No todo tiene que ser tan gráfico—apremia, despertando mi curiosidad —. ¿Me dejas compensar lo de…?
—Sí, pero no me lo recuerdes —le callo con voz temblorosa. Él se pasa la lengua por el labio inferior, y se me vuelven a disparar las hormonas. Es increíble que ni siquiera necesite tocarme para seducirme.
Desliza sus manos hasta mi pantalón de chándal, y luego tira del elástico. Luego, por segunda vez, me quita la ropa interior. Lentamente, se coloca encima de mí, como un depredador hambriento.
—No eres la única que sabe usar la lengua, Bombón —sisea entre dientes, mientras me chupa el cuello. Acto seguido, lo siento descender y separarme bien las piernas. Mi lívido se dispara cuando en mi zona, húmeda y sensible, siento su aliento caliente.
Encuentra mis genitales y los estira y lame suavemente con su boca. Sofoco un grito y arqueo la espalda, retorciendo las sábanas con la intención de tener algo con qué desquitarme. Él también se está tocando. Quiero verlo, pero la posición no me deja.
Jala con fuerza de mis caderas hacia él. Aumenta la velocidad y yo tengo la impresión de que me está devorando completa. Cada centímetro de mi carne está a su disposición como una fruta jugosa, pues se me figura que la degusta así.
Admito que, si esta es su manera de compensarme, no me importaría que la cagara más a menudo.
Retuerce mi clítoris con sus dientes, lo suelta, y casi de inmediato, siento su lengua entrar en mí tanto como puede. Aquello me hace olvidarme hasta de mi nombre, y no veo más que constelaciones hasta que me tenso y estallo perdiendo el control. Estoy aun tan abrumada, que apenas me doy cuenta que Seiya se termina de dar placer sobre mi abdomen, y se libera ahí.
Después de asearnos y arroparnos, me concentro en el subir y bajar de su pecho. Buenas sábanas. Buena chimenea.
Y qué buen silencio… hasta que me acuerdo de algo.
—Hay algo que no terminé de entender. Dijiste que te sacaba de quicio que todos avanzaban y hacían planes. ¿Por qué todos? Hasta donde sé, sólo Lita y Andrew están en esa situación.
—Resulta que no, ya no son sólo ellos —Levanto la cabeza y estiro mi cuello. Mis ojos están muy abiertos por la curiosidad. Seiya pone mala cara —. ¿De veras no lo adivinas? Es bastante obvio. Haruka y Michiru.
—¿Qué? —me pasmo.
—Sí. La ópera no era ópera. Debe habérsele declarado ya en el restaurante, que reservó hace tres semanas, a estas alturas de la noche. Y Michiru lagrimeó, moqueó, aceptó y para mañana, ya tendrá al mejor organizador de bodas trabajando a toda máquina.
Con que por eso le deseó suerte a Haruka antes de irnos. ¡Iba a proponerle matrimonio!
—Pero ¿no acaban de empezar a salir este año? ¡Es muy precipitado! —me escandalizo, como si leyera una revista de chismes en el supermercado.
—Meh, ¿No tenían como cinco minutos de salir tu amiga y mi hermano cuando se echaron el lazo? Acéptalo, Bombón. La gente está loca. Loca de atar.
A riesgo de acabar nuevamente con la tregua de paz mundial, me aventuro a dar mi opinión muy sutil:
—Admito que la presura descoloca a cualquiera, pero loco lo que se dice loco, no lo creo.
Ya no. Creo que, si Seiya me pidiera cambiarme de país, o de religión, o vender mi alma al diablo con tal de estar hasta mi muerte con él, lo haría. Lo malo es que no sé si él haría lo mismo por mí. Vamos, ni siquiera sé si dejaría de masticar chicle, que lo detesto.
—¿Motivos? —inquiere.
—Tal vez sólo están seguros de lo que quieren, y a quién quieren, y no ven el caso esperar ese periodo de prueba o lo que sea estar ennoviados. Yo qué sé…—me muerdo el labio inferior.
—¿Y tú? ¿Es lo que quieres? —me susurra Seiya, y noto que está muy serio. Dios, me va a dar algo…
—Quiero estar contigo —murmuro tímidamente, con mi pequeña mano sobre su pecho, formando estrellas geométricas, aunque seguro nota mi respiración irregular. Seiya hace amague de atraerme hacia su rostro, y sus labios toman los míos por largos segundos. Mientras mis ojos están cerrados, mi mente invoca el caos perfecto de una boda pequeña y privada, y él esperándome al final del pasillo.
Soy una masoquista…
—También quiero estar contigo. Y te prometo que daré todo de mí para que así sea mucho tiempo. Pero para mí el compromiso no es un papel, ni una fiesta, ni un anillo. Es una decisión. Es lo que uno hace por el otro día a día. Espero que no te parezca algo redundante.
Redundante no, pero ¿será suficiente? Debería, y debería, por tanto, dejar de pensar acontecimientos que no ocurrirán pronto, quizá nunca.
—Si dices que te comprometes a quererme y cuidarme siempre, me vale —digo, y en enredo en él.
Lo siento sonreír con la boca pegada a mi frente.
—Te amo, Bombón. Y te amaré tanto, que te juro que no necesitarás nada más.
Tras pronunciar aquellas palabras, y darnos y otro beso largo y avasallador, la incertidumbre que siento en el pecho se disuelve como la de mi cabeza. No hay nada más allá de este momento, de sus labios sobre los míos, y más allá de las palabras perfectas de mi imperfecto amor. Y tendré que fiarme de ellas, o me sentenciaré yo misma a vivir el peor de los sufrimientos.
—Te noto algo rara. ¿No me crees? —me pregunta, con sus fervientes ojos zafiro clavados en mí.
Acaricio su mejilla con dulzura.
—Claro que te creo mi am… Ssseiya. Seiya.
¡Qué me pasa!
—¿Qué ibas a decir? —parpadea.
Remoloneo, escondiendo la cara donde no me vea.
—Nada —No sé de dónde se me ha salido este apelativo tan cariñoso. Más que eso, es demasiado ¿Cursi? ¿Comprometedor? No, eso no, no debería serlo después de todo lo que hemos hablado, pero sí que es embarazoso.
—Te oí —me dice en tono calmado —. Anda, dímelo. No pasa nada.
—Que no iba a decir nada.
—Sí, ibas a decir Roma al revés —sonríe.
—No. Vas a burlarte de mí —me quejo renuente. Seiya me quita las manos de la cara, para que salga de mi escondite, tal como hacen los bebés. Soy una ridícula, pero tengo muchísima pena. ¿En qué momento se me ha escapado? ¿Qué me ha hecho?
—No lo haré. Y yo te llamo Bombón todo el tiempo —discierne.
—Eso es diferente. Es algo divertido y… no sé, no tiene nada que ver —balbuceo, muy ruborizada.
—Siempre me estás regañando que soy un pervertido, un frío, y ahora que quiero ser romántico, tampoco te gusta. Anda, quiero escuchártelo decir —me ruega, y su voz es suave como la seda. Me derrite y enciende como si en vez de sangre, tuviera gasolina en las venas.
—Vaaale… —Sus cejas se arquean, demandando las palabras. Yo inhalo fuertemente —. Mi amor.
Su sonrisa se intensifica, y sus ojos brillan aún más. Es un alivio, un hermoso alivio.
—¿Ves? No fue tan terrible.
—Para ti lo será, tú no lo dijiste —rezongo, aunque quiero volver a decírselo.
Entonces, con sus dedos, Seiya pesca con mucho cuidado algo que tengo adherido en el rostro. Es una pestaña que se me ha caído.
—Mira. ¿No quieres pedir un deseo? —tontea. Parece muy contento. ¿Ahora que le dio por jueguecitos de niños?
Lo pienso un momento.
—No sabría que pedir. Tengo todo lo que siempre he querido, por primera vez —confieso, y nuestros ojos se encuentran otra vez.
—Entonces pide que nada cambie, mi amor.
Se me va el aliento, pero consigo soplar con la convicción de una niña llena de sueños. Después de todo, para eso son estas épocas.
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Muchas gracias por leer a las personitas que aun siguen por aquí después de tanto tiempo. Mil disculpas por la espera, y pues, dados los hechos no prometeré rápidas actualizaciones ni nada de eso. Planeaba subirlo en Navidad y ya ven… Como siempre, tengo palabra de no dejar las historias inconclusas, pero este capítulo en particular me ha costado algo de trabajo porque debo ahora, darle un giro importante a la trama porque ya se acerca a su etapa final. Lo edité muchas veces, y espero que a pesar de eso, les haya gustado.
Este capítulo siempre quise que fuera un interludio entre Serena y Seiya para que se dieran un momento realmente de pareja fuera de los escenarios de siempre. Crisis, pero también que sirven como catarsis de hablar de cosas importantes. Y que fuera algo únicamente de ellos dos, dando señales (espero no demasiado obvias) de lo que seguirá a continuación, y algunas pequeñas intervenciones o menciones de personajes terceros y con sus propias hipótesis. Descuiden, que no le voy a quitar los giros emocionantes a la historia, pero no quería eso para este capítulo.
Creo que ya toca subir un capítulo del fic de Mina y Yaten, así que no me abandonen por allá. ¡Las quiero!
Kay
