Capítulo 3: Centaleones

A sus 12 años, Link había crecido hasta convertirse en un joven guerrero formidable, muy alejado de aquel niño débil que solía ser. En su aldea natal, Hatelia, los mismos chicos que antes lo molestaban ya no se atrevían a dirigirse a él con burlas o comentarios despectivos. Algunos incluso habían sido rescatados por Link en alguna misión o cuando viajaban fuera del pueblo, pero nunca se dieron el trabajo de disculparse por su comportamiento pasado. Link, aunque lo notaba, tampoco buscaba su amistad ni esperaba una disculpa.

Era un joven solitario en su pueblo, prefiriendo el entrenamiento y la reflexión a las conversaciones triviales. Los habitantes de Hatelia lo respetaban, pero la mayoría aún lo veía como el extraño niño que había sido objeto de burla durante años. La ausencia de amigos en su pueblo natal no lo afectaba demasiado, ya que encontraba compañía en otros lugares. Sus amigos del cuartel, con quienes había compartido entrenamientos duros y misiones, le proporcionaban camaradería y apoyo. Los Kolog, aquellos diminutos guardianes del bosque, lo recibían con entusiasmo cada vez que visitaba el Bosque Perdido. Y, sobre todo, Mipha, la princesa Zora, seguía siendo una de sus amistades más cercanas, compartiendo momentos de paz y entrenamientos junto al río.

Pero la vida de Link estaba lejos de ser tranquila. El ejército de Hyrule estaba en constante preparación para enfrentar los crecientes desafíos que el reino enfrentaba. Los monstruos se habían vuelto más agresivos y las fuerzas del mal parecían fortalecerse con cada día que pasaba. Link sabía que se acercaba algo grande, algo oscuro, y por eso entrenaba con una intensidad que pocos podían igualar.

En el cuartel, el ambiente estaba cargado de anticipación. Hoy, los soldados iban a ser asignados a escuadrones, y para ello, serían evaluados por uno de los inventos más recientes de Prunia, la científica Sheikah. Este dispositivo había sido una herramienta invaluable para medir los niveles y las habilidades de los soldados, y con sus actualizaciones recientes, ahora podía detectar habilidades comunes, únicas y verdaderas. Sin embargo, debido a que la investigación se había enfocado en las bestias divinas recién descubiertas y la extraña "tableta Sheikah", las mejoras del aparato estaban en pausa, por lo que no podía calcular con exactitud todas las estadísticas.

Los soldados comenzaron a formar fila para colocar sus manos en la esfera, la cual brillaba al contacto, revelando el nivel y las habilidades de cada uno. La mayoría de los soldados rondaba el nivel 250, con un poder total de entre 400 y 500 puntos. Los soldados de élite, aquellos con un nivel similar, alcanzaban entre 700 y 800 puntos de poder, una clara diferencia que reflejaba su experiencia y entrenamiento especializado.

Finalmente, llegó el turno de Link. Todos los ojos se volvieron hacia él, ya que, aunque muchos conocían su fama, no era común verlo en pruebas de este tipo. Link colocó su mano en la esfera y, de inmediato, el dispositivo comenzó a brillar de manera más intensa de lo habitual. Los soldados y los oficiales murmuraban entre sí, sorprendidos por la reacción del aparato.

La pantalla mostró los resultados:
Nivel 350.
Puntos de poder: 2250.

El cuartel quedó en silencio por un momento, el brillo de la esfera aún resplandeciendo. Link había superado por mucho a todos los que habían sido evaluados hasta ese momento. Pero no solo su nivel y poder sorprendieron a todos, sino también las dos habilidades que la esfera mostró.

"Procesamiento acelerado", una evolución de su habilidad "Pensamiento acelerado", que había mejorado al alcanzar el nivel 200. Esta habilidad le permitía procesar información a una velocidad sobrehumana, lo que lo hacía no solo más rápido en combate, sino también increíblemente astuto al momento de tomar decisiones bajo presión.

La segunda habilidad, que llamó más la atención de los oficiales presentes, era "Maestro de armas", una habilidad única que Link había desarrollado al alcanzar el nivel 300. Esta habilidad era sencilla, pero extraordinaria: le permitía dominar cualquier arma que sostuviera en sus manos a un nivel maestro, sin necesidad de entrenamiento previo. Tanto si era una espada, una lanza, un arco o un arma Sheikah, Link podía usarla como si hubiera entrenado con ella durante años.

Los murmullos entre los soldados se intensificaron. Link había superado todas las expectativas. Su poder total, sus habilidades, su nivel de maestría... todo apuntaba a que estaba destinado a grandes cosas, cosas que los demás solo podían soñar con lograr.

Uno de los oficiales, visiblemente impresionado, se acercó a Link. —Impresionante, soldado. No hay duda de que serás una pieza clave en el ejército de Hyrule. —dijo, dándole una palmada en el hombro.

Los soldados a su alrededor lo observaban con una mezcla de respeto y asombro. A pesar de su corta edad, Link se había consolidado como un prodigio, no solo entre sus compañeros, sino también en todo el ejército. Su camino hacia la grandeza estaba apenas comenzando, y todos lo sabían.

A medida que avanzaba el día, las evaluaciones continuaron, pero el impacto que dejó Link fue evidente. Nadie olvidaría ese momento en que un joven soldado, con habilidades únicas y verdaderas, había demostrado estar muy por encima de todos los demás.

La escena se movía hacia un momento solemne y significativo. Los soldados del cuartel estaban formados, hombro a hombro, esperando la llegada del rey. Entre ellos, estaba Link, firme y concentrado, pero no podía evitar sentir la tensión en el aire. Las noticias sobre la creciente amenaza de la Calamidad habían aumentado en los últimos meses, y este tipo de eventos solían presagiar algo importante.

El silencio fue interrumpido por el resonante sonido de los pasos que anunciaban la llegada del rey de Hyrule. El rey Rhoam marchaba con porte solemne, escoltado por sus cinco generales, que caminaban a su derecha, cada uno representando una parte fundamental del ejército de Hyrule. A su izquierda, caminaba la princesa Zelda. Link no la había visto en mucho tiempo, pero ahora que la volvía a ver, su corazón dio un vuelco.

La Zelda que recordaba era una niña llena de alegría, con una risa contagiosa y un aire curioso que siempre la hacía parecer cercana, a pesar de su título. Pero ahora, su semblante era triste, melancólico. A medida que se acercaba, Link observó cómo su rostro había perdido la luz que solía tener. Sus ojos, aunque aún brillaban con determinación, reflejaban una profunda tristeza. Quizás la muerte de la reina había sido un golpe demasiado duro para ella, y aunque el tiempo había pasado, Zelda no parecía haber recuperado esa chispa que la caracterizaba.

El rey Rhoam se detuvo frente a los soldados, su mirada recorriendo cada rostro con firmeza. Levantó una mano y el cuartel quedó en absoluto silencio. Su voz resonó poderosa entre las filas:

Soldados de Hyrule, hoy nos reunimos en un momento crucial para nuestro reino. La sombra de la Calamidad Ganon se extiende sobre nuestras tierras. No sabemos cuándo atacará, pero debemos estar preparados para defendernos. Nuestro ejército es la primera y última línea de defensa de Hyrule.

Link escuchaba atentamente, pero su mente seguía volviendo a la figura de Zelda, parada a la izquierda de su padre. A pesar de la fuerza que reflejaba el rey, Zelda parecía ajena a todo, perdida en sus propios pensamientos. Sus ojos estaban bajos, sin el brillo que alguna vez los caracterizó.

Hoy fortaleceremos nuestras fuerzas, formaremos escuadrones de élite, y entrenaremos a los mejores entre nosotros. —continuó el rey—. Porque, cuando llegue la hora, necesitaremos a los más fuertes, los más valientes... y a los elegidos por el destino.

El discurso finalizó con un llamado al deber y a la esperanza, mientras los soldados respondían con un unísono asentimiento. Sin embargo, Link apenas prestaba atención a las palabras del rey. En cuanto se dispersaron las filas, sus ojos buscaron a Zelda, quien seguía inmóvil al lado de su padre. Decidido, Link intentó acercarse.

Dando unos pasos hacia ella, intentó llamar su atención. No había visto a Zelda en tanto tiempo, y sentía que quizás, aunque fuera solo por un momento, podría ofrecerle algunas palabras de apoyo. Sin embargo, antes de que pudiera llegar, una figura se interpuso entre ellos.

Una mujer, de cabello gris y porte elegante, lo detuvo con una mirada firme. Era Impa, la guardaespaldas personal de la princesa. Sin decir una palabra, condujo a Zelda lejos del cuartel, moviéndose con agilidad entre las sombras. Link solo pudo ver cómo Zelda se alejaba rápidamente, casi escoltada, antes de perderse de vista. Una oportunidad de reencontrarse con ella había desaparecido en cuestión de segundos, dejándolo con una mezcla de frustración y preocupación.

Link permaneció inmóvil por un momento, mirando la puerta por la que Zelda había salido. Algo en su corazón le decía que la princesa estaba lidiando con más de lo que mostraba, pero antes de que pudiera hacer algo, su padre lo llamó.

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Después de la ceremonia, cuando el cuartel se despejó y los soldados se dirigían a recibir sus nuevas asignaciones, el rey Rhoam se acercó a Rohin, el padre de Link. La figura imponente del rey eclipsaba a los demás, y su voz, aunque baja, tenía un peso considerable.

Rohin, tenemos que hablar de tu hijo. —dijo el rey, con un tono serio pero respetuoso.

Rohin, sabiendo que este momento llegaría, asintió. El rey rara vez hablaba en privado de los soldados a menos que fuera algo importante.

Link es especial. —comenzó el rey—. Su crecimiento, sus habilidades... nunca hemos visto algo así. Está destinado a ser una pieza clave en la defensa de Hyrule, y no podemos dejar su entrenamiento en manos de cualquiera.

Rohin asintió, entendiendo lo que el rey quería decir.

Lo quiero bajo tu mando directo. —continuó el rey, fijando su mirada en Rohin—. Entrénalo como uno de los nuestros, como un soldado de élite. Su poder será necesario cuando la Calamidad llegue. Hyrule va a necesitarlo.

Rohin sintió una mezcla de orgullo y responsabilidad. Sabía que Link era especial, pero escuchar al rey confirmar lo que él había sospechado durante años le hacía ver cuán importante era su papel en el futuro de su hijo.

Lo entrenaré, Majestad. Haré que esté listo cuando llegue el momento. —respondió Rohin con convicción.

El rey asintió y se giró para marcharse, dejando a Rohin con el peso de esas últimas palabras.

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En otra parte del cuartel, Prunia y Rotver estaban en su laboratorio, revisando los estudios más recientes de la máquina de medición de niveles que Prunia había desarrollado. Las pantallas brillaban mientras los datos pasaban de un lado a otro, mostrando los nombres y los poderes de todos los soldados que habían sido evaluados en los últimos días.

Rotver frunció el ceño mientras revisaba la lista de nombres. —Prunia, ¿por qué querías que revisáramos los resultados con tanto detalle? —preguntó, intrigado.

Prunia, concentrada, no le respondió de inmediato. Sus dedos se movían rápidamente por la pantalla hasta que finalmente encontró lo que estaba buscando. Una sonrisa se formó en su rostro.

Aquí está... —dijo en voz baja, sus ojos brillando con emoción.

Rotver se acercó y miró la pantalla donde Prunia señalaba. El nombre que destacaba era "Link". Rotver se quedó boquiabierto al ver los datos que aparecían en la pantalla. Nivel 350. Poder total: 2250. Y no solo eso, las habilidades que aparecían junto a su nombre eran de un nivel que no había visto antes en alguien tan joven.

Esto es increíble... —dijo Rotver, incapaz de ocultar su sorpresa—. Procesamiento acelerado y Maestro de armas... Estas habilidades no son comunes. No a su edad.

Prunia asintió, su sonrisa ahora más contenida, pero sus ojos revelaban una mezcla de preocupación y fascinación.

Ese chico es muy especial, Rotver. —dijo, con un tono más grave—. No parece hyliano. Su crecimiento no es normal. Los resultados lo confirman. Está creciendo a una velocidad desmesurada, y no solo en términos de poder. Si sigue a este ritmo, no sé dónde estará su límite.

Rotver asintió lentamente, todavía procesando lo que acababa de ver. Link no era como los demás. Su evolución era excepcional, algo que no se veía ni siquiera en los soldados de élite.

Deberíamos seguir monitoreándolo, —dijo Rotver—. Pero tenemos que priorizar las investigaciones de las bestias divinas y esa "tableta Sheikah". Si lo que dicen los textos antiguos es cierto, esa tecnología podría cambiarlo todo.

Prunia asintió, cerrando los archivos de los resultados de la máquina. Había mucho en juego, y aunque Link era una parte crucial del futuro de Hyrule, la tecnología Sheikah ancestral podría ser la clave para enfrentar lo que se avecinaba.

Tienes razón. —respondió Prunia—. Sigamos con la tableta Sheikah. Algo me dice que, si podemos desbloquear todo su potencial, también será de gran ayuda para Link... y para el reino.

Después de aquella ceremonia, la vida de Link cambió de forma vertiginosa. Bajo el mando directo de su padre, Rohin, Link fue lanzado al campo de batalla, participando en múltiples incursiones contra las crecientes fuerzas enemigas que amenazaban Hyrule. Los meses se convirtieron en un torbellino de misiones y batallas. Junto a los escuadrones de élite, Link se aventuró en guaridas de monstruos, destruyendo campamentos enemigos y eliminando amenazas que se escondían en las sombras.

Durante ese año, Link no solo creció como guerrero, sino que también conoció Hyrule en su totalidad. Cada misión lo llevaba a nuevos territorios, le daba la oportunidad de interactuar con las diferentes razas del reino y conocer a los prodigios que, como él, se destacaban por estar a un nivel superior al resto.

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En las tierras volcánicas de los Goron, Link conoció a Daruk, un prodigio entre los suyos que había llegado a convertirse en el patriarca de los Goron a pesar de su juventud. Daruk era un guerrero impresionante, con una piel de roca que parecía impenetrable y una fuerza que podría hacer temblar montañas. Con Daruk, Link encontró un compañero de entrenamiento ideal para mejorar su defensa.

A pesar de que Daruk era amable y siempre tenía una risa contagiosa, cuando entrenaban, sus combates eran duros, brutales. Daruk no se contenía y golpeaba a Link como si fuera uno de los suyos. Sin embargo, Link resistía cada impacto, utilizando la experiencia para reforzar su cuerpo y su resistencia. Las batallas "amistosas" entre ambos a menudo terminaban con Daruk lanzando enormes pedazos de roca, y Link esquivando o bloqueando con una habilidad que lo hacía parecer más ágil de lo que cualquier hyliano debería ser.

Eres un pequeño, pero un guerrero increíble, Link. —decía Daruk, siempre con una sonrisa y un golpe en la espalda que casi lo tumbaba—. No tienes miedo de enfrentarte a un Goron de mi tamaño. ¡Eso me gusta!

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Entre los Zora, Mipha seguía siendo su amiga más cercana, pero durante este tiempo, Link también conoció a Sidon, el hermano recién nacido de Mipha. Mipha a menudo llevaba a su hermano pequeño cuando entrenaba con Link, y aunque Sidon aún no entendía el mundo que lo rodeaba, parecía fascinado por la fuerza y habilidad de Link.

Mipha siempre sonreía con dulzura cuando veía a Sidon intentar imitar las posturas de combate de Link, aunque su cuerpo pequeño y torpe no le permitía mucho.

Quizás algún día mi hermano sea tan fuerte como tú, Link. —decía Mipha con una risa suave.

Link, aunque normalmente solitario, sentía que en la familia Zora había encontrado algo más que amistad.

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Sin embargo, no todas sus relaciones fueron tan armoniosas. En las tierras de los Orni, Link conoció a Revali, un prodigio del arco y, sin duda, uno de los guerreros más talentosos de su tribu. Pero desde el primer momento, las cosas no salieron bien entre ambos.

Revali era arrogante, lleno de orgullo, y no tardó en demostrarlo. Se jactaba de sus habilidades con el arco, y siempre que podía, recordaba a los demás que ningún ser vivo, ni siquiera los Hylianos, podían igualar su precisión y velocidad.

Tú serás bueno con la espada, Link, pero con el arco... eso es algo que solo un Orni como yo puede dominar. —decía Revali con una sonrisa confiada, claramente subestimando a Link.

Link no era fanfarrón ni vanidoso, pero cuando sostuvo un arco por primera vez en una de sus misiones junto a los Orni, lo manejó con una destreza inhumana gracias a su habilidad "Maestro de Armas". Cada flecha que disparaba daba en el blanco, y su velocidad para manejar el arco sorprendió a todos… excepto a Revali, quien, en lugar de admiración, sintió una mezcla de celos y coraje.

Revali no podía soportar que alguien que jamás había entrenado con un arco fuera mejor que él en su especialidad, y mucho menos que ese alguien fuera un hyliano.

¡Eso no cuenta, Link! No es habilidad, es... suerte. —dijo Revali, visiblemente molesto.

A lo largo de los meses, la rivalidad entre Link y Revali solo se intensificó. Mientras que Link mejoraba en todas las armas gracias a su habilidad especial, Revali seguía enojado porque incluso en su campo, Link parecía ser superior. A pesar de todo, su rivalidad era más unilateral; Link no guardaba rencor, pero Revali, con su enorme orgullo, encontraba difícil aceptar que alguien lo superara.

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En cuanto a la tribu Gerudo, Link no tuvo tanta cercanía. Las Gerudo, aunque vivían en armonía con Hyrule, eran un pueblo muy independiente, y sus intereses rara vez se alineaban con los de las otras tribus. Link las conoció en algunas misiones, pero las interacciones fueron mínimas. Eran guerreras poderosas, y su fortaleza física era impresionante, pero el estilo de vida de las Gerudo las mantenía apartadas de los asuntos militares del reino.

A lo largo de ese año, Link había explorado cada rincón de Hyrule. Cada misión le enseñaba algo nuevo sobre el mundo, sobre los enemigos a los que tendría que enfrentarse, y sobre sí mismo. Había forjado lazos con los líderes y prodigios de las diversas razas del reino, y había aprendido a ser más fuerte, no solo físicamente, sino también en espíritu.

Pero el peso del destino siempre lo acompañaba. Cada vez que derribaba un campamento enemigo o protegía a un grupo de soldados, recordaba las palabras del rey y de su padre. La Calamidad Ganon seguía siendo una amenaza latente, y Link sabía que todo lo que hacía era solo el preludio de una guerra mucho mayor que se avecinaba.

A pesar de todo el reconocimiento y los títulos de prodigio que le otorgaban, Link sabía que aún no había alcanzado su verdadero potencial. Cada misión, cada combate y cada nuevo rival lo acercaban un paso más hacia ese destino desconocido, pero aún quedaba mucho por delante.

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Unos meses habían pasado desde que Link había comenzado su entrenamiento bajo la tutela de los guerreros más fuertes de Hyrule. En ese tiempo, había visto más de lo que cualquier otro joven de su edad podría imaginar. Desde las frías montañas de Hebra hasta las playas cálidas de Farone, había recorrido tierras desconocidas, enfrentado criaturas feroces y aprendido los secretos de cada rincón del vasto reino. Cada batalla, cada misión lo empujaba más cerca de su destino, pero también lo hacía consciente de lo lejos que estaba de cumplirlo.

Las montañas rojizas del oeste de Eldin se alzaban imponentes, bañadas por el brillo del sol de mediodía. A diferencia del árido desierto que solían imaginar al mencionar estas tierras, aquí el aire era fresco, aunque pesado, y el suelo estaba cubierto de polvo y rocas erosionadas que reflejaban el color carmesí de las montañas circundantes. Grandes acantilados se abrían en cada dirección, como gigantes dormidos que vigilaban los pasos de los viajeros, y en el cielo despejado solo se podía ver el sol, cuya luz quemaba suavemente las piedras.

Link marchaba al frente junto a su padre, Rohin, y su escuadrón de soldados de élite. Las armaduras metálicas resonaban levemente con cada paso sobre las rocas sueltas, y el eco de sus pisadas era lo único que rompía el silencio de aquel lugar. La tranquilidad de las montañas, sin embargo, era engañosa. Sabían que una bestia poderosa rondaba por esas tierras.

Este lugar... No es como lo recordaba— murmuró Rohin, su voz grave rompiendo el silencio, lo suficiente para que solo Link lo escuchara. —Antes, se podían escuchar las aves y el agua correr entre las grietas. Ahora todo está extrañamente quieto.

Link asintió en silencio, sin apartar los ojos del paisaje que lo rodeaba. Había algo en esas montañas que le provocaba una sensación de inquietud. A lo lejos, los riscos se extendían como si se perdieran en el horizonte, y el viento silbaba entre las piedras, trayendo consigo un escalofrío que no era propio del clima cálido de Eldin.

A lo largo del último mes, Link había enfrentado múltiples misiones, cada una más peligrosa que la anterior. Había aprendido más sobre sí mismo y sobre sus límites, pero sabía que el verdadero desafío aún estaba por venir. Los rumores sobre un monstruo poderoso lo habían mantenido alerta durante todo el trayecto, y cada paso que daba lo acercaba más a ese destino incierto.

De pronto, uno de los soldados señaló algo en la distancia. Había movimiento entre las rocas.

¡Allí! ¡Puedo ver algo moviéndose!— exclamó el joven soldado, su voz cargada de emoción y miedo.

Rohin levantó una mano, ordenando al escuadrón detenerse. Link entrecerró los ojos, tratando de enfocar lo que se movía en la lejanía. Al principio, solo era una sombra que se deslizaba lentamente entre las rocas, pero a medida que se acercaba, la figura comenzó a tomar forma. Lo que en un principio parecía ser parte del terreno, ahora se movía con vida propia. Una gigantesca criatura avanzaba con pasos firmes.

Link sintió cómo su corazón comenzaba a latir más rápido.

Es un Centaleón— susurró Rohin, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Su voz era apenas un eco sobre las rocas, pero en ella se podía sentir la gravedad de la situación.

La criatura se acercaba. Un monstruo imponente, mitad hombre y mitad bestia, cuyos pasos resonaban como truenos al chocar contra las rocas del terreno montañoso. Su torso, humanoide y cubierto de cicatrices, parecía el de un guerrero antiguo, pero sus piernas y su espalda eran las de un león poderoso, cubiertas de grueso pelaje dorado. Su melena relucía con la luz del sol y ondeaba al viento, mientras su imponente armadura de placas doradas lo protegía. Sostenía una espada colosal en una mano y un escudo que parecía tan grande como un soldado entero en la otra.

Los ojos del Centaleón, brillando con una inteligencia salvaje, se fijaron en el escuadrón con una mezcla de desprecio y furia. Sabía que se acercaba una batalla.

Esto no será fácil— murmuró uno de los soldados, retrocediendo instintivamente.

El monstruo soltó un rugido que hizo temblar las montañas. El aire mismo vibraba a su alrededor mientras el Centaleón alzaba su espada en un desafío silencioso. No importaba cuán grande fuera su fuerza, la verdadera amenaza era la velocidad con la que aquel ser podía moverse. Su cuerpo, cubierto de cicatrices, era el de un guerrero experimentado en mil batallas.

¡A la carga!— gritó Rohin, con su voz firme y segura, mientras el escuadrón entero se lanzaba hacia adelante.

Link sintió cómo la adrenalina comenzaba a recorrer su cuerpo. Sabía que este era un momento crucial. Sus sentidos se agudizaron mientras corría junto a su padre, el mundo a su alrededor parecía ralentizarse por un instante. Podía escuchar las espadas desenvainándose, los cascos de los soldados resonando sobre las rocas, y, sobre todo, el rugido ensordecedor del Centaleón, que se abalanzaba hacia ellos con una furia incontrolable.

El primer choque fue brutal. Dos de los soldados más fuertes, armados con lanzas, corrieron directamente hacia el Centaleón, apuntando a sus costados, buscando una debilidad en la armadura que protegía su torso. Pero el monstruo, con una agilidad inhumana, bloqueó ambos ataques con su escudo gigantesco. El sonido del metal chocando contra el metal resonó en todo el cañón.

Con un rugido ensordecedor, el Centaleón giró sobre sí mismo y lanzó un golpe devastador con su espada, partiendo el suelo bajo sus pies. Las rocas se partieron como si fueran papel, y los soldados apenas lograron saltar fuera del alcance, evitando ser aplastados por un suspiro de distancia.

Link lo vio venir.

¡Atrás!— gritó con todas sus fuerzas, empujando a uno de los soldados que estaba a punto de ser alcanzado.

Con agilidad, se lanzó hacia un lado mientras el enorme brazo del Centaleón se movía con fuerza abrumadora, partiendo una roca en dos donde había estado apenas unos segundos antes. El polvo y los escombros volaron por los aires, y Link sintió el peso del peligro con cada latido de su corazón.

¡Link!— gritó Rohin, con preocupación, pero también con una confianza que no se quebraba.

Link sabía que no podía permitirse titubear. Sus movimientos eran rápidos y precisos, fruto de incontables horas de entrenamiento y luchas previas. Mientras el Centaleón levantaba nuevamente su espada, Link corrió hacia el costado derecho de la criatura, buscando una apertura. Su mente trabajaba a toda velocidad, recordando los patrones de ataque que había estudiado. Aunque el Centaleón era poderoso, había una cadencia en sus movimientos, una secuencia que podía predecir.

¡Ataquen desde los lados! ¡Eviten su espada!— gritó Link, señalando a los demás soldados mientras él mismo esquivaba un segundo ataque, más veloz que el anterior.

La criatura giró para atacarlo de nuevo, pero Link ya estaba fuera de su alcance. Con una agilidad sorprendente, se lanzó hacia un risco cercano, desde donde tuvo una vista más clara del monstruo. La parte trasera de las patas del Centaleón, justo debajo de la armadura, quedaba desprotegida.

¡Papá, cúbreme!— gritó Link, lanzándose hacia las patas traseras de la bestia.

Rohin, confiando plenamente en su hijo, bloqueó el siguiente ataque del Centaleón, enfrentándolo directamente mientras Link se escabullía hacia el flanco. Con una espada recuperada de un compañero caído, Link golpeó la pata trasera del monstruo con todas sus fuerzas, atravesando la piel gruesa y haciendo que la bestia rugiera de dolor. El Centaleón tambaleó por primera vez.

Aprovechando el momento, Rohin lanzó su propio ataque, clavando su espada en el torso del monstruo. La criatura, debilitada, intentó luchar, pero el dolor la ralentizaba.

Con un rugido final, el Centaleón cayó de rodillas. Sus ojos llenos de rabia se encontraron con los de Link, pero esta vez, Link no vaciló.

Link, con toda la fuerza que podía reunir, alzó su espada y asestó el golpe final, dirigiéndolo con precisión a la parte descubierta del cuello del Centaleón. El acero penetró la piel endurecida, y un rugido gutural escapó de la garganta del monstruo, resonando como un eco que se perdió entre las montañas rojizas. El cuerpo colosal del Centaleón se estremeció, como si intentara resistir incluso en sus últimos momentos, pero el daño ya estaba hecho. Lentamente, la vida se apagó en sus ojos.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

El escuadrón entero permaneció quieto, sus pechos agitados por la batalla, observando cómo el Centaleón, uno de los seres más temidos de Hyrule, finalmente caía al suelo con un golpe sordo, levantando una pequeña nube de polvo. Las montañas, que habían sido testigos del combate, ahora volvían a sumirse en una tranquilidad que parecía irreal, casi como si nunca hubiera ocurrido una lucha tan feroz.

Link, jadeando, se quedó un momento con la mirada fija en el cuerpo inmóvil de la bestia. El peso del combate y la adrenalina que corría por su cuerpo comenzaban a disiparse, dejándolo exhausto. Su pecho subía y bajaba rápidamente, y podía sentir cómo sus músculos temblaban tras el esfuerzo. Pero a pesar del cansancio, una sensación de logro lo invadía. Había enfrentado algo que antes parecía imposible, y había salido victorioso.

Lo lograste, hijo—, dijo Rohin, acercándose a su lado y colocando una mano firme sobre su hombro. Su voz estaba cargada de orgullo, pero también de alivio. Aunque había confiado en la habilidad de Link, no podía evitar sentirse preocupado cada vez que lo veía lanzarse al peligro. Ahora, sin embargo, sabía que su hijo estaba preparado para desafíos aún mayores.

Link, aún recuperando el aliento, levantó la vista hacia su padre y asintió. Sentía el peso del reconocimiento, pero también sabía que este no era el final. Cada batalla lo acercaba más a su destino, pero también le recordaba cuán lejos estaba de alcanzar su verdadero potencial. La Calamidad Ganon seguía siendo una amenaza, y aunque había derrotado al Centaleón, sabía que enemigos aún más poderosos lo esperaban.

Los demás soldados se acercaron, algunos heridos pero todos llenos de admiración por lo que acababan de presenciar. Link, el joven prodigio de Hyrule, había sido crucial en la derrota de la bestia. Sin embargo, él no buscaba la gloria ni los elogios. Su mente ya estaba en el siguiente desafío, en la próxima batalla.

Uno de los soldados, que había visto de cerca la acción, rompió el silencio con una sonrisa y un ligero tono de incredulidad en su voz. —Nunca pensé que vería a un chico como tú enfrentar a un Centaleón y salir ileso. Creo que las historias sobre ti se quedarán cortas, Link—.

Link solo sonrió, algo tímido ante los comentarios, pero su mente ya estaba trabajando en lo que había aprendido durante la batalla. A pesar de la victoria, sabía que no había sido fácil. El Centaleón había expuesto algunas de sus debilidades, y aunque había sido capaz de reaccionar rápidamente y coordinar los ataques, sentía que podía hacerlo mejor.

No me siento invencible—, murmuró para sí mismo mientras sus pensamientos se acomodaban. Sabía que, aunque había salido vencedor, cada pelea le enseñaba algo nuevo. Y lo que más le preocupaba era si estaría listo para el verdadero enemigo que se avecinaba.

Rohin, notando la seriedad en los ojos de su hijo, le dio una palmada suave en la espalda. —Has hecho más de lo que muchos podrían haber soñado hacer hoy. Pero no olvides que no tienes que enfrentarlo todo solo—, le recordó, su tono cálido pero firme.

Link asintió, aunque en lo profundo de su ser, sentía que el destino lo llamaba a algo que solo él podía cumplir. No se trataba solo de la fuerza física o de su habilidad en combate; se trataba de algo más grande, una conexión profunda con las fuerzas que moldeaban el destino de Hyrule.

Volvamos al campamento—, ordenó Rohin al escuadrón. —Debemos informar de la muerte del Centaleón. Y necesitaremos tiempo para recuperarnos—.

Los soldados comenzaron a moverse lentamente, recogiendo sus pertenencias y asegurándose de que ninguno de sus compañeros quedará atrás. El cuerpo del Centaleón, gigantesco e imponente incluso en la muerte, quedaba atrás, como un recordatorio de la ferocidad que albergaban las montañas rojizas.

Mientras caminaban de regreso al campamento, Link no pudo evitar reflexionar sobre la batalla. Había sido su prueba más difícil hasta la fecha, pero sabía que era solo el comienzo. Cada victoria le otorgaba más confianza, pero también le recordaba que el verdadero enemigo, Ganon, seguía esperando en las sombras, acumulando poder, listo para enfrentarse a él.

Solo estoy comenzando—, pensó Link mientras el sol comenzaba a descender sobre las montañas, bañando todo el paisaje en un resplandor rojo y dorado. El destino de Hyrule aún no estaba sellado, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba más cerca de ser el héroe que necesitaban.

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La luz del atardecer comenzaba a teñir de tonos anaranjados y dorados las montañas rojizas de Eldin cuando Link y el escuadrón de Rohin finalmente regresaron al campamento. La brisa fresca de las alturas traía consigo un alivio después de la agotadora batalla contra el Centaleón. A pesar del cansancio visible en los rostros de los soldados, el ambiente estaba cargado de orgullo y emoción.

Los hombres comenzaron a armar el campamento rápidamente, sus risas y bromas llenando el aire, mientras algunos preparaban una fogata en el centro. El combate había sido intenso, pero la victoria sobre una criatura tan temida era motivo de celebración.

¡Por Link y por nuestra victoria!— gritó uno de los soldados mientras levantaba un cuerno de bebida. Los demás se unieron al grito, levantando sus jarras y cuernos de vino, brindando por el éxito de la misión. Las llamas de la fogata crepitaban, iluminando los rostros sonrientes de los hombres mientras el sonido de la carne asándose y el chisporroteo de las brasas llenaban el aire.

Link, por otro lado, se sentía un poco incómodo en el centro de todo.

Aunque la admiración de sus compañeros lo llenaba de orgullo, no estaba acostumbrado a recibir tantos elogios. Se sentó cerca de la fogata, intentando disfrutar del calor, pero los constantes comentarios sobre su habilidad y valentía le hacían sentirse fuera de lugar.

¡Ese chico tiene agallas!— decía un soldado, golpeando con fuerza a su compañero en la espalda. —¡No todos tienen el valor de enfrentarse a un Centaleón y salir ilesos!

Es solo el comienzo para él— comentó otro, sonriendo a Link desde el otro lado del fuego. —Cuando crezca, será más fuerte que cualquiera de nosotros.

Link sonrió tímidamente y asintió, pero en su interior solo quería que los elogios cesaran. No se veía a sí mismo como un prodigio, sino como alguien que simplemente había hecho lo que debía hacer. Sentía que todavía tenía mucho que aprender y mejorar. Mientras las risas continuaban a su alrededor y la celebración se volvía más ruidosa, Link se perdió en sus pensamientos, buscando algo de paz en medio del bullicio.

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En el otro extremo del reino, en el interior de una tranquila y solitaria cámara del castillo de Hyrule, la princesa Zelda estaba completamente absorta en su trabajo. Sus delicadas manos manipulaban con precisión una antigua tableta Sheikah, mientras observaba con fascinación cómo brillaban los símbolos en la pantalla, respondiendo a sus toques y gestos.

Las luces azuladas y los sonidos suaves que emitía la tecnología Sheikah creaban un contraste con la fría y silenciosa piedra del castillo. Estos eran los momentos en los que Zelda se sentía verdaderamente en paz. La tecnología, con sus misterios y posibilidades infinitas, la fascinaba de una manera que pocas cosas podían. Cada nuevo descubrimiento le recordaba a su madre, una figura que había estado profundamente conectada con el conocimiento y la sabiduría. Trabajar con estas reliquias Sheikah la hacía sentir más cerca de ella, como si, de alguna manera, al descifrar estos artefactos antiguos, estuviera conectando con un pasado que aún no entendía del todo.

Casi lo tengo...— murmuró Zelda para sí misma, concentrada en un mecanismo intrincado que intentaba activar. Un leve brillo comenzó a emanar de la tableta y, por un instante, una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro.

Pero antes de que pudiera celebrar su pequeño éxito, una voz severa interrumpió su concentración.

Zelda, ¿otra vez con esas máquinas?— La voz del rey resonó en la habitación, cargada de desaprobación.

Zelda se tensó de inmediato, apagando la tableta y girando hacia la puerta, donde su padre, el rey de Hyrule, la observaba con una mezcla de frustración y desilusión.

Ya hemos hablado de esto—, continuó el rey, entrando en la sala con pasos firmes. —Debes dejar de perder el tiempo con estos juguetes Sheikah. Tu verdadero deber es estudiar magia, rezar para desbloquear tu poder como reencarnación de la diosa. Es tu destino, Zelda, y no puedes huir de él.

Zelda bajó la cabeza, sintiendo cómo el peso de las expectativas de su padre la aplastaba una vez más. Había escuchado esas palabras innumerables veces, pero cada vez dolían más. No era que no entendiera su rol ni la importancia de su herencia, pero el enfoque constante en el poder divino y la magia la hacía sentir atrapada, como si todo lo que ella deseaba fuera insignificante en comparación con lo que se esperaba de ella.

Lo siento, padre—, respondió con voz baja, sin levantar la vista.

El rey suspiró, su expresión suavizándose un poco. —Entiende que no es solo por ti, Zelda. Es por el futuro de Hyrule. Ganon se fortalece cada día, y necesitamos que tu poder despierte antes de que sea demasiado tarde.

Zelda asintió de nuevo, pero en su corazón sabía que esas palabras no la reconfortaban. Cada vez que su padre mencionaba su destino, la sensación de estar fallando a todos crecía más dentro de ella.

Cuando el rey se fue, cerrando la puerta tras de sí, Zelda permaneció quieta por un momento, su mente dividida entre su deseo de seguir trabajando en la tecnología Sheikah y la obligación de cumplir con su rol como princesa.

Impa, la consejera de la familia real, entró en la habitación poco después, habiendo escuchado la conversación.

Princesa...— comenzó Impa con un tono suave, acercándose con pasos cuidadosos. —Sé que esto es difícil para ti, pero debes recordar que no estás sola en esto. Todos queremos ayudarte.

Zelda miró a Impa, con una mezcla de gratitud y tristeza en sus ojos. Sabía que Impa siempre la había apoyado, pero en ese momento, lo único que deseaba era estar sola.

Gracias, Impa—, dijo Zelda, intentando forzar una sonrisa. —Pero hoy... solo quiero descansar.

Impa entendió al instante. Con una leve reverencia, la sabia Sheikah se retiró en silencio, dejando a la joven princesa en la soledad de su habitación. Zelda suspiró profundamente, observando la fría piedra que la rodeaba, sintiéndose atrapada en un destino que no deseaba, pero al que no podía escapar.

Se acercó a la ventana, observando las estrellas que comenzaban a brillar en el cielo nocturno. Sus pensamientos volvieron a su madre, recordando cómo siempre la animaba a ser curiosa, a explorar el mundo. Esos momentos eran los únicos en los que encontraba paz, los momentos en los que se permitía ser simplemente Zelda, no la princesa, ni la reencarnación de una diosa.

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Mientras la noche se cernía sobre Hyrule, en un bosque cercano a la aldea Hatelia, algo siniestro se gestaba. Entre las sombras de los árboles, donde el aire estaba enrarecido y el viento parecía detenerse, la malicia de Ganon comenzaba a condensarse en una forma tangible. El bosque, habitualmente tranquilo y pacífico, ahora se encontraba envuelto en una oscuridad antinatural que parecía emanar de la tierra misma.

Desde el corazón de esa negrura, tres figuras gigantes comenzaron a materializarse, sus cuerpos formándose lentamente como si la oscuridad misma les diera vida. Primero, aparecieron sus patas, gruesas y musculosas, seguidas de torsos humanoides cubiertos de cicatrices y melena dorada. Tres Centaleones emergieron de la malicia, sus ojos brillando con un fulgor rojo que reflejaba la corrupción que los había traído al mundo.

El suelo tembló bajo su peso, y el aire se cargó de un olor putrefacto. Estos no eran Centaleones comunes, eran manifestaciones directas del odio y el poder oscuro de Ganon. Su mera presencia deformaba el entorno, las hojas de los árboles se marchitaban, y los animales del bosque huían despavoridos.

La malicia de Ganon ha despertado—, susurró el viento entre los árboles, como si el propio bosque intentara advertir del peligro que se avecinaba.

Las bestias, nacidas de las sombras, se movían con un propósito silencioso, avanzando lentamente hacia el corazón de Hyrule. La guerra, aunque aún no visible para la mayoría, ya estaba comenzando.

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El crepúsculo caía lentamente sobre el pequeño bosque que Link y el escuadrón atravesaban, su marcha apacible contrastaba con la urgencia del día anterior. Los árboles arrojaban sombras largas y ondulantes, y el aire, aunque fresco, comenzaba a cargarse de una extraña tensión. Los soldados hablaban en susurros, más relajados después de la victoria, pero Link no compartía su calma. Algo, una sensación que no podía ignorar, lo mantenía alerta.

Entonces lo sintió: un murmullo, como el susurro del viento.

Link se detuvo en seco. Giró la cabeza, buscando el origen del sonido. Su corazón comenzó a latir más rápido, y pronto vio lo que los demás no podían: una figura pequeña y luminosa que flotaba entre los árboles, apenas visible entre las sombras.

Era un Kolog.

La criatura flotaba suavemente, su hoja verde ondeando en el aire, y aunque tenía la misma apariencia juguetona de siempre, algo en su rostro mostraba una preocupación inusual. Los ojos de Link se encontraron con los del Kolog. Todo el ruido a su alrededor se desvaneció, dejando solo el sonido del viento entre las hojas y la voz baja del Kolog que parecía dirigirse solo a él.

Lo que escuchó hizo que su sangre se helara. Aunque no sabíamos exactamente qué era lo que el Kolog le estaba diciendo, el rostro de Link cambió por completo. Su expresión pasó de la curiosidad al terror en cuestión de segundos. Su cuerpo entero se tensó, y sin decir nada más, dio media vuelta y corrió hacia su padre, Rohin.

un par de horas antes

El bosque cercano a la aldea Hatelia siempre había sido un lugar tranquilo, donde los aldeanos acudían a recolectar frutos y leña. A esa hora del atardecer, todo parecía en paz, como lo había estado por generaciones. Los campesinos, que paseaban entre los árboles, hablaban alegremente mientras recogían bayas de los arbustos y preparaban sus cestas para volver a casa.

Hoy ha sido un buen día—, comentó uno de los campesinos mientras colocaba una gran cantidad de frutas en su cesto.

Pero algo cambió de repente. El aire a su alrededor comenzó a volverse pesado, y una oscuridad antinatural descendió sobre el bosque, envolviéndolo todo como si el sol hubiera desaparecido de golpe. El cielo, que antes brillaba en tonos cálidos de naranja y rojo, se volvió frío y oscuro, y una extraña niebla negra comenzó a surgir desde el suelo.

Los campesinos se miraron confundidos, sus voces se apagaron y una sensación de peligro inminente los envolvió.

¿Qué es eso...?— murmuró uno de ellos, señalando hacia un claro en el bosque.

De entre la niebla negra que se arremolinaba en el suelo, emergieron tres figuras colosales. Primero, las patas cubiertas de pelaje y músculo; luego, los torsos humanoides, marcados por cicatrices y heridas de batallas anteriores. Sus ojos brillaban con un resplandor rojo intenso, y sus armaduras doradas, deformadas por la malicia, reflejaban un poder corrupto y antiguo.

Eran Centaleones, pero no cualquier Centaleones. Estas criaturas estaban nacidas directamente de la malicia de Ganon, como si la oscuridad misma les hubiera dado vida.

Uno de los campesinos, paralizado por el terror, apenas pudo emitir un grito antes de que una de las bestias lo alcanzara con un solo golpe de su espada. El suelo tembló, y el cuerpo del hombre cayó al instante, sin vida. Los otros intentaron huir, pero no había escapatoria. Las criaturas eran rápidas, más de lo que cualquiera hubiera imaginado. En cuestión de segundos, todos los campesinos habían sido aniquilados, sus cuerpos inertes esparcidos por el suelo del bosque que ahora olía a sangre y muerte.

Los Centaleones, cubiertos por la niebla maldita, no se detuvieron ni un segundo más. Sin decir una palabra, sin emitir ningún sonido, comenzaron a avanzar en dirección a la aldea Hatelia, sus ojos fijos en su próximo objetivo.

Desde lo alto de un árbol, un Kolog observaba con horror. Las criaturas habían traído la oscuridad consigo, y sabía que si no hacía algo rápido, la aldea estaría condenada. Sin perder tiempo, el pequeño ser invocó una brisa y, agitando su hoja Kolog, se dejó llevar por el viento, volando rápidamente a través del bosque, decidido a encontrar a Link. Él era el único que podía detener esta amenaza.

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Link corría como si su vida dependiera de ello. Su respiración se aceleraba, y el miedo lo impulsaba a cada paso. Las palabras del Kolog retumbaban en su mente, aunque el resto del escuadrón seguía sin entender lo que estaba sucediendo.

Cuando finalmente alcanzó a su padre, Rohin, apenas pudo detenerse a recuperar el aliento.

¡Papá!— exclamó Link, su voz cargada de terror. Sus ojos estaban llenos de pánico, algo que Rohin nunca había visto en él antes.

Rohin se giró rápidamente, su expresión se endureció al ver el miedo en el rostro de su hijo. Sabía que algo grave había sucedido.

¿Qué ocurre, Link?— preguntó, su voz firme pero preocupada.

Link, aún sin aliento, luchaba por encontrar las palabras. Sabía que no había tiempo que perder, sabía lo que se avecinaba.

¡Tenemos que correr a casa!— gritó finalmente, casi con desesperación en la voz. —¡La aldea está en peligro!

Rohin no dudó ni un segundo más. La intensidad en la voz de su hijo y el pánico en su rostro eran prueba suficiente de que algo terrible estaba sucediendo.

¡Escuadrón, escuchen!— ordenó Rohin con un grito que resonó en el aire. —¡Nos dirigimos a Hatelia ahora mismo! ¡Acelerad el paso! ¡No hay tiempo que perder!

Los soldados reaccionaron de inmediato, cambiando su marcha tranquila por una carrera desesperada a través del bosque. Link, aún con el corazón agitado por el miedo, corría junto a su padre. Sabía que debían llegar antes que los Centaleones. Sabía que cada segundo contaba. Pero en lo profundo de su ser, no podía sacudirse la sensación de que, aunque corrían tan rápido como podían, el tiempo no estaba de su lado.

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La noche comenzaba a caer sobre la tranquila aldea Hatelia. Los aldeanos, desprevenidos, continuaban con sus rutinas diarias, mientras las luces de los hogares empezaban a encenderse y el suave crepitar de las chimeneas llenaba el aire de calor y calma. Nada parecía fuera de lugar en aquella pacífica comunidad. Pero en las sombras de los árboles al oeste, algo se acercaba, algo que traía consigo la oscuridad y la destrucción.

Tres Centaleones, nacidos de la malicia de Ganon, avanzaban con paso firme, sus colosales cuerpos moviéndose con una precisión letal. La oscuridad parecía seguirlos, como si el aire mismo se retorciera a su alrededor. La tierra temblaba bajo su peso, y cada paso que daban dejaba huellas profundas en el suelo, como si el mundo mismo se rompiera bajo su poder.

Los primeros en verlos fueron los soldados de guardia que custodiaban la entrada de la aldea. Sus rostros palidecieron de inmediato, y uno de ellos, con manos temblorosas, levantó su cuerno de alerta, haciendo resonar un sonido grave que se extendió por todo Hatelia.

¡Monstruos! ¡Vienen monstruos!— gritó uno de los guardias, desenvainando su espada aunque en su corazón sabía que no sería suficiente.

Los Centaleones ya estaban demasiado cerca.

El grupo de guardias, compuesto por reclutas y algunos soldados veteranos, intentó formar una línea defensiva en la entrada de la aldea, sus corazones acelerados por el miedo. Nunca habían enfrentado algo así. Un solo Centaleón ya habría sido una amenaza terrible, pero tres… aquello era una condena.

Uno de los veteranos, un soldado de edad avanzada, se adelantó con la espada en alto, su voz firme aunque su rostro mostraba el terror que sentía.

¡No retrocedan! ¡Protejan a la aldea!— gritó, sabiendo que no tenían opción. Pero en el fondo de su mente, sabía que estaban luchando contra lo imposible.

El primer Centaleón llegó con una velocidad inhumana. En un solo movimiento, blandió su enorme espada dorada, partiendo la formación de los soldados en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos de los guardias resonaron por el aire cuando las armaduras y las espadas volaron en pedazos bajo la fuerza devastadora de la criatura.

Los aldeanos, al escuchar el caos y ver a los monstruos, entraron en pánico. Las calles se llenaron de gritos, padres llamando a sus hijos, mujeres corriendo desesperadas con lo poco que podían cargar, y niños llorando mientras las sombras de los Centaleones avanzaban inexorables.

Uno de los soldados, gravemente herido pero con la determinación aún ardiendo en su interior, corrió hacia el cuartel general, que quedaba a poca distancia de la aldea. A pesar de sus heridas, su objetivo era claro: pedir refuerzos antes de que todo estuviera perdido.

¡Refuerzos! ¡Necesitamos refuerzos, la aldea está siendo atacada!— gritó mientras entraba tambaleándose en el cuartel.

Los oficiales, que esperaban recibir órdenes o informes rutinarios, se pusieron inmediatamente de pie al escuchar la noticia. El problema era que la mayoría del grupo de élite estaba en misiones lejos de Hatelia, y solo quedaban unos cuantos soldados experimentados y varios reclutas.

Uno de los capitanes del cuartel frunció el ceño, consciente de la gravedad de la situación. No podían esperar.

¡Reclutas, a las armas! ¡No tenemos tiempo que perder!— ordenó, mientras recogía su propio equipo y organizaba a los soldados restantes.

Aunque la desesperación comenzaba a inundar el cuartel, no estaban completamente indefensos. En esos momentos cruciales, el patriarca de los Goron, Daruk, se encontraba en una reunión diplomática con el rey de Hyrule y había decidido alojarse en las cercanías por una noche antes de continuar su viaje. Al escuchar los gritos de alarma, Daruk se levantó de inmediato, su corazón ardía por defender a Hyrule.

¡Venga, muchachos! ¡No vamos a dejar que esos monstruos destruyan Hatelia!— gritó Daruk con su característica energía mientras recogía su gran maza.

Acompañado por tres Goron de élite, poderosos guerreros forjados en las tierras volcánicas de la Montaña de la Muerte, Daruk encabezó la marcha hacia la aldea, con los pocos soldados del cuartel siguiéndolo de cerca. Aunque sabían que estaban en desventaja, no podían permitir que Hatelia cayera sin luchar.