Capítulo 11: Fuente del valor

La luz de la mañana comenzó a colarse entre las ramas del Bosque de Farone, despertando lentamente a Zelda. Cuando abrió los ojos, aún adormilada, notó una calidez inusual en su mano: Link la sostenía con firmeza, su pulgar cubriendo el dorso de su mano como si quisiera protegerla incluso en sueños. Se había quedado dormida aferrada a él en algún momento de la noche, buscando, sin saberlo, un consuelo que solo la presencia de Link podía brindarle.

Por un instante, Zelda lo observó. Link ya estaba despierto, con la mirada tranquila y enfocada en el horizonte, vigilando. Al darse cuenta de que ella lo miraba, giró la cabeza y le dedicó una sonrisa serena, que ella respondió sin soltar su mano de inmediato. Finalmente, Zelda desvió la mirada y la soltó con delicadeza, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.

Buenos días, Zelda, —dijo Link con suavidad.

Buenos días… Link, —respondió ella, aún con un toque de timidez en su voz—. Gracias por… —No encontró las palabras, pero Link entendió. No necesitaba decirle lo reconfortante que había sido tenerlo a su lado en la oscuridad. Él asintió levemente, haciéndole saber que siempre estaría ahí para protegerla.


Continuaron su viaje en dirección a la Fuente de Farone, pasando del denso bosque a caminos abiertos, con campos verdes y colinas suaves. Después de un tiempo, divisaron un pequeño poblado, pintoresco y lleno de vida. Las conversaciones de los aldeanos y el suave aroma de pan recién horneado se extendían en el aire, creando una atmósfera cálida y acogedora.

Zelda observó el lugar con curiosidad. Desde el comienzo de su misión, había estado tan concentrada en su deber que había olvidado la belleza de los detalles de Hyrule, su gente, y sus costumbres. Link, al percibir su expresión de interés, decidió aprovechar la oportunidad para hacer que el viaje fuera más placentero para ella.

¿Te gustaría detenernos un momento? —preguntó, tratando de mantener un tono despreocupado. Podríamos descansar, y quizás encuentres algo que necesites.

Zelda, sorprendida por su sugerencia, sonrió y asintió. —Sí, me parece una buena idea. Sería bonito conocer a la gente de este lugar.

No parecía que los aldeanos supieran quién era ella, y eso le daba una rara y bienvenida sensación de libertad. Los habitantes del poblado, humildes y amables, saludaban a los viajeros con cortesía y curiosidad. Un niño pequeño se les acercó tímidamente, mirándola con ojos grandes y extendiéndole una pequeña flor. Zelda le sonrió, agradeciendo el gesto, y el niño salió corriendo, emocionado por haber interactuado con una "señora noble" de tan lejos.

Mientras caminaban por el pueblo, se acercaron a un mercado al aire libre, donde una tienda vendía mantas de lana y artículos hechos a mano. Link, recordando la incomodidad de Zelda al dormir al aire libre la noche anterior, observó una de las mantas y pensó que podría ayudarla a sentirse más cómoda en las noches frías.

Con algo de timidez, tomó la manta y se la mostró. —¿Crees que esta podría servir? —preguntó, desviando la mirada por un instante.

Zelda, enternecida por su intento de cuidarla, aceptó la manta con gratitud. —Es perfecta, Link. Gracias por pensar en eso —dijo, observándolo con una expresión que él notó, aunque fingiera no hacerlo.

Link sintió una calidez en su pecho, dándose cuenta de lo importante que era su comodidad para él. Mientras ella agradecía, sus miradas se encontraron y, por un momento, Link perdió la noción del tiempo. Los ojos de Zelda, profundos y sinceros, parecían mostrarle una parte de ella que mantenía oculta al mundo, una parte vulnerable pero firme, que lo atraía sin remedio.

Es… es un placer, —logró murmurar Link, incapaz de apartar la vista.

Zelda también sintió algo especial en ese instante; la conexión era palpable y, por primera vez, dejó de ver a Link solo como su protector, comenzando a reconocer en él a alguien con quien podía confiar plenamente. Ambos se quedaron en silencio, compartiendo una complicidad silenciosa y cálida, hasta que el ruido de unos niños jugando los devolvió a la realidad.


En el centro del poblado, un grupo de jóvenes practicaba combate con palos de madera, imitándose unos a otros y tratando de mejorar sus movimientos. Zelda, curiosa y entusiasmada, se acercó para observarlos, y ellos la recibieron con sonrisas, honrados de tener una "visitante noble" entre ellos. Uno de los chicos, queriendo impresionarla, intentó un giro en el aire, pero perdió el equilibrio y comenzó a caer hacia ella.

Antes de que Zelda pudiera reaccionar, Link dio un paso al frente, moviéndose tan rápido que ella apenas pudo seguirlo. Con un movimiento firme y ágil, sostuvo a Zelda por la cintura, apartándola del joven y dejándola en pie con una facilidad sorprendente. Su instinto protector, reforzado por años de entrenamiento, había hecho que reaccionara sin pensar.

Zelda se quedó un instante en sus brazos, notando el ritmo acelerado de su corazón mientras él la sostenía con firmeza. Al levantar la mirada, sus ojos se encontraron de nuevo, esta vez más cerca que nunca. Ella sintió un ligero rubor al ver la intensidad en los ojos de Link, que revelaban una devoción tan genuina que le resultaba desconcertante y emocionante a la vez.

Link, por su parte, no podía apartar la mirada. ¿Cómo podía alguien ser tan fuerte y tan delicada a la vez? pensó, sorprendido de cómo la admiración que sentía hacia ella parecía aumentar con cada momento. Se perdió un instante en la suavidad de sus rasgos, dándose cuenta de que estaba tan cerca de ella que podía escuchar su respiración.

Al darse cuenta de la proximidad, ambos se separaron con suavidad, y Zelda, aún con el corazón latiendo rápidamente, murmuró:

Gracias… Link. Eres increíblemente rápido. Tus reflejos son… —dudó, tratando de encontrar las palabras adecuadas— como de otro mundo.

Él asintió, bajando la mirada para disimular el sonrojo en sus mejillas. —Es mi deber protegerte —respondió con voz baja pero firme.

Después del percance, Link y Zelda continuaron recorriendo el poblado. Se sintieron cómodos juntos, hablando más abiertamente de lo que acostumbraban, y Zelda le compartió recuerdos de su niñez, cuando solía escaparse al jardín del castillo para trepar árboles, sorprendiendo a las doncellas que trataban de cuidarla. Link la escuchaba con una leve sonrisa, disfrutando de cada anécdota que ella compartía, sintiéndose privilegiado de ver este lado de ella.

Mientras caminaban, ambos notaron que los aldeanos los observaban con curiosidad, sin saber quién era Zelda realmente. Para ellos, era solo una viajera elegante, alguien que venía de tierras lejanas. Zelda se sintió extrañamente liberada al no ser reconocida como la princesa; podía ser ella misma, sin el peso del título.

Link, por su parte, experimentó un alivio similar. La gente del poblado era amigable y los recibía sin expectativas ni formalidades. Por primera vez en mucho tiempo, podía simplemente disfrutar de la compañía de alguien que había llegado a significar mucho para él sin preocuparse por nada más.


Antes de partir hacia la Fuente de Farone, Zelda y Link decidieron detenerse en un pequeño restaurante local. El ambiente era acogedor, y el aire estaba impregnado del aroma de guisos y especias locales que hacían rugir el estómago de ambos. Zelda, siempre acostumbrada a los platos elegantes y sofisticados del castillo, se sorprendió por la sencillez del lugar y, a la vez, por la calidez que desprendía.

El chef, un hombre robusto y alegre, les sirvió un par de platillos tradicionales de la región: un estofado de carnes tiernas con especias y hierbas, acompañado de un guiso de verduras frescas que había sido cocinado lentamente en un horno de piedra. Zelda tomó el primer bocado y sus ojos se iluminaron.

¡Esto es increíble! —exclamó, sorprendida por la intensidad de los sabores—. En el castillo tenemos una receta parecida, pero… esta es mucho más sabrosa. Nunca había probado algo así.

Link, quien disfrutaba cada bocado, sonrió. Durante los años que había pasado en el Bosque Perdido con los Kolog, la simplicidad de la vida al aire libre le había enseñado a apreciar la comida como un regalo. Y ahora, probar estos platillos llenos de sabor lo hacía sentir como en casa.

Es verdad —respondió, casi con una sonrisa—. Hace mucho que no disfrutaba tanto una comida así.

Ambos compartieron una sonrisa, relajados y disfrutando del momento, cuando el chef se acercó a su mesa con una expresión de interés.

Veo que han disfrutado los platillos —dijo el chef con una sonrisa orgullosa—. Princesa Zelda, es un honor que disfrute de mi comida.

Zelda se quedó perpleja, el tenedor a medio camino de su plato. Link también la miró, sus ojos mostrando una mezcla de sorpresa y cautela.

¿Por favor… podría mantenerlo en secreto? —pidió Zelda, con un tono casi suplicante.

El chef sonrió y asintió. —Descuide, princesa. Nadie lo sabrá. Solo yo, su humilde servidor, —aseguró, bajando la voz—. La razón por la que la reconocí es porque, hace algunos años, fui al castillo a mostrar mis recetas a los cocineros reales. Supongo que por eso en el castillo tienen platillos que recuerdan a estos. Vi a la princesa en esa ocasión, y aunque fue breve, la impresión se quedó en mi memoria.

Zelda, más tranquila, sonrió agradecida. —Así que es usted quien enseñó estas recetas al chef real… Ahora entiendo por qué sabía tan similar.

El chef asintió con orgullo, y luego su expresión se tornó traviesa. —Entonces… si me permite preguntar… ¿la princesa decidió escaparse con su amante?

Zelda casi dejó caer el tenedor, tosiendo al escuchar la pregunta, mientras Link, tan serio como era, también mostró una expresión de asombro, con un ligero rubor en su rostro.

¡No, no! Link es… él es… mi escolta —aclaró Zelda, recuperándose y enderezándose, aunque el rubor aún coloreaba sus mejillas.

El chef levantó las cejas, claramente sorprendido. —¿Un solo escolta? Es algo poco común para la princesa… Supongo que el joven debe ser muy especial, —añadió con una sonrisa pícara antes de alejarse.

Al notar la incomodidad de ambos, el chef se inclinó cortésmente. —No se preocupe, no haré más preguntas. Solo quería darles un pequeño obsequio para el camino. Estos son algunos platos para llevar —añadió, dejándoles dos paquetes bien envueltos—. Es un placer servirlos, y será un honor saber que la princesa y su escolta disfrutaron de la comida de este humilde chef.

Link tomó los paquetes y los guardó en la alforja mágica que Makore le había dado, agradeciendo al chef con una ligera inclinación de cabeza. Zelda le sonrió, sinceramente agradecida, y ambos se despidieron del amable hombre antes de partir


Después del almuerzo y la cordial despedida, Link y Zelda dejaron atrás el poblado y se encaminaron de nuevo hacia la Fuente de Farone. Ambos guardaron silencio por unos minutos, intentando procesar el reciente malentendido del chef. Finalmente, Zelda rompió el silencio con una risa suave.

Supongo que fue… inesperado, —dijo, aún sonrojada—. Aunque debo decir que la comida fue maravillosa.

Link sonrió, mirándola de reojo. —Sí, sin duda. Y la compañía también ha sido… agradable.

Zelda sonrió, sintiendo que, con cada paso, su conexión con Link se volvía más fuerte, como si cada pequeño encuentro y cada conversación los acercara más. Caminaban hacia la Fuente de Farone, listos para enfrentar el siguiente paso de su misión, sabiendo que, pase lo que pase, no estarían solos.


Después de disfrutar el almuerzo en el restaurante y despedirse del amable chef, Link y Zelda retomaron su camino. Cabalgaban por el bosque, y con cada minuto el terreno se volvía más escarpado, dificultando el paso de los caballos. Tras un tiempo, divisaron una posta escondida entre los árboles, a unos pocos minutos del pueblo. Decidieron que era el mejor lugar para dejar a sus monturas y continuar a pie.

Será más fácil así —comentó Link mientras ataba su caballo con firmeza y aseguraba las riendas de la yegua de Zelda.

Sí, tienes razón. Además, será bueno caminar un poco —respondió Zelda, ajustando su capa y dispuesta a afrontar la travesía.

Link comprobó el contenido de la alforja mágica Kolog que Makore le había dado. Era sorprendentemente práctica y versátil, permitiéndole cargar con provisiones, mantas y utensilios sin ocupar espacio real en su equipo. Con todo listo, ambos avanzaron hacia la espesura del bosque, donde las raíces sobresalientes y los terrenos irregulares los obligaban a concentrarse en cada paso.

El sendero se volvió aún más traicionero, y Zelda, con su atención dividida entre el paisaje y sus pensamientos, comenzó a tropezar levemente cada cierto tiempo. La primera vez, Link, con sus reflejos naturales, le tendió la mano y la sostuvo con firmeza hasta que ella recuperó el equilibrio. Sin embargo, aquello se volvió un patrón: cada vez que tropezaba, Link estaba allí, sujetándola con delicadeza, ya fuera por la mano, por la cintura o ayudándola a sostenerse frente a frente. Era una cercanía inesperada, pero constante.

Al notar que esto ocurría con una frecuencia sospechosa, Link comenzó a sospechar que Zelda tropezaba a propósito. Cada vez que sus ojos se encontraban, había un leve brillo travieso en la mirada de Zelda, como si estuviera disfrutando de ver cómo él reaccionaba para sostenerla.

Sin embargo, no solo era un juego inocente para ella. Zelda empezó a darse cuenta de que disfrutaba de estos momentos de cercanía más de lo que quería admitir. Cada vez que él la tomaba suavemente, su corazón latía más fuerte, recordándole cuánto le agradaba estar junto a él. Era un sentimiento nuevo y un tanto desconcertante, pero en el fondo, sabía que se estaba enamorando de Link.

Por su parte, Link, con su habitual calma, decidió no decir nada. Aunque sospechaba que Zelda lo hacía a propósito, no podía evitar preocuparse, así que mantenía una mirada constante sobre ella.

Después de un último "tropiezo" donde Zelda acabó entre sus brazos, ambos se quedaron en silencio, mirándose con intensidad. Ella notó que la tomaba por la cintura, y se dio cuenta de lo natural que se sentía ese gesto, tan protector y seguro. Antes de que pudiera decir algo, Link la soltó con una leve sonrisa, como si nada hubiese pasado, pero sus ojos revelaban que había notado el patrón.

Finalmente, después de varios intentos más, Link decidió devolverle la jugada. Sin decir nada, la tomó de la mano con un gesto firme y amable, entrelazando sus dedos y comenzando a caminar a su lado.

Te llevaré así, ya que pareces tropezarte tanto, —dijo, manteniendo su mirada hacia el frente pero con una leve sonrisa de satisfacción.

Zelda sintió que el rubor le cubría las mejillas al notar cómo la tomaba de la mano con tanta naturalidad. Las palabras se le escaparon por un momento, y por dentro se declaró "derrotada" en su propio juego. En silencio, aceptó su mano, sintiéndose derrotada y encantada a la vez. Es imposible ganar contra él, pensó, aunque esa cercanía la hacía sentirse más segura y emocionada de lo que quería admitir.

Ambos caminaron en silencio, sus manos entrelazadas, avanzando a través del denso bosque hacia la Fuente de Farone. Las palabras ya no parecían necesarias; cada paso, cada pequeño movimiento y la calidez de sus manos hablaban por ellos, creando una complicidad única y especial.

Por fin, ambos avanzaban juntos, en un silencio que decía mucho más de lo que cualquier conversación podría expresar.


El cielo se rasgó con un silbido estruendoso cuando un soldado Yiga cayó desde lo alto, impactando el suelo de manera brutal cerca de la base de su clan. El estrépito fue tan violento que cualquier observador habría esperado encontrar solo una masa de carne irreconocible, pero la gracia divina que fluía en su cuerpo había impedido su destino inmediato. Sin embargo, no le quedaban más que unos escasos segundos de vida.

Yacía inmóvil, sus músculos incapaces de responder, mientras la oscuridad comenzaba a invadir su visión. La sangre, espesa y abundante, se deslizaba de sus múltiples heridas, tiñendo de carmesí las piedras bajo él. Un par de Yigas, alertados por el estruendo, se acercaron corriendo al lugar de la caída, sus ojos ocultos por las máscaras reflejando un raro brillo de preocupación.

¿Qué demonios ocurrió aquí? —exclamó uno, inclinándose sobre el cuerpo destrozado de su camarada.

El soldado moribundo intentó moverse, decir algo, pero ni sus labios ni su voz le obedecían. Sin embargo, el terror y la urgencia en su pecho lo empujaron a un último y agónico esfuerzo. Sus pulmones, apenas capaces de funcionar, se llenaron de aire en una última y dolorosa inhalación.

Campeón... hyliano... huyan... —susurró, las palabras apenas audibles, deslizándose como un eco entre los suspiros del viento.

Los Yiga se miraron entre sí, sus expresiones tensándose con una mezcla de alarma y comprensión. Sin perder más tiempo, uno de ellos asintió al otro y levantaron el cuerpo de su compañero, llevando sus restos aún cálidos al interior de la fortaleza, donde la noticia sería transmitida a toda la hermandad.


La entrada a las ruinas de la Fuente de Farone se alzaba imponente, con la vegetación abrazando las antiguas piedras y el sonido del agua resonando suavemente en el ambiente. Link y Zelda habían dejado de entrelazar sus manos hacía ya un tiempo. No porque quisieran, sino porque, conforme avanzaban, la aparición de algunos monstruos había hecho que Link se enfocara por completo en su deber de proteger a la princesa.

El último tramo hasta la fuente estuvo despejado, y al llegar, la majestuosa Fuente del Valor se desplegó ante ellos, iluminada por un rayo de luz que se colaba entre los árboles. Era un lugar sagrado, donde Zelda debía realizar su rezo a la diosa para buscar despertar su poder. Link escaneó el perímetro rápidamente, activando su habilidad de Procesamiento Paralelo, observando el entorno con una velocidad y detalle inhumanos. No detectó ninguna amenaza, por lo que relajó un poco su postura.

Con un gesto rápido, sacó de la alforja mágica un bolso de delicado diseño y lo entregó a Zelda. Ella lo tomó y extrajo un largo vestido blanco, ceremonial y puro, que debía usar durante el ritual. Un rubor cálido coloreó sus mejillas al darse cuenta de que tendría que cambiarse en un espacio donde Link estaba presente.

Link, al notar su nerviosismo, desvió la mirada de inmediato y se giró, caminando unos pasos hacia las ruinas para darle privacidad. Zelda lo observó, agradecida por el gesto, y buscó un rincón apartado entre las antiguas piedras para cambiarse sin sentirse tan expuesta.

El suave crujir de la tela fue lo único que interrumpió el silencio del lugar, y, cuando finalmente estuvo lista, la voz de Zelda rompió la quietud:

Ya estoy lista, Link.

Él se giró y la vio dirigirse al agua, el vestido blanco ondeando con cada paso, reflejando la pureza y el propósito de la ocasión. Se detuvo un momento en la orilla y le dirigió una mirada.

No tardaré mucho —dijo con voz serena.

Link asintió, sus ojos siguiendo sus movimientos mientras ella avanzaba hacia la estatua de la diosa que se encontraba en el centro de la fuente. En silencio, observó cómo Zelda se arrodillaba, cerraba los ojos y comenzaba a rezar, su figura rodeada por un halo de solemnidad y devoción.

La calma del entorno solo acentuaba el peso de la misión que compartían, y Link, atento y firme, se mantuvo alerta, preparado para cualquier eventualidad mientras la princesa buscaba el despertar de su poder.


Casi media hora después, Zelda comenzó a salir del agua, las gotas deslizándose por su vestido ceremonial mientras su expresión reflejaba una tristeza profunda. Link, al verla, sintió un nudo formarse en su pecho. Temía preguntar, pues intuía la respuesta, pero ignorar lo evidente habría sido descortés.

¿Qué sucedió, Zelda? —preguntó con suavidad, su voz cargada de una preocupación sincera.

Zelda, aún con la tristeza marcando cada rasgo de su rostro, bajó la mirada y negó levemente con la cabeza.

No sentí nada, Link... —admitió, con la voz apenas un susurro. La desilusión la envolvía, pero sabía que no podía permitirse caer en la desesperación. En su mente se repetía que debía mantenerse firme. ¿Cómo podría obligar a Link a consolarla en un momento así? Sería injusto para él y lo haría sentir incómodo.

Inspiró profundamente y, con un esfuerzo visible, trató de mostrar una sonrisa amarga y forzada.

Pero no hay que preocuparse —dijo, el tono de su voz tratando de sonar optimista, aunque sus ojos contaban una historia diferente—. Aún tenemos dos fuentes más que visitar. Estoy segura de que después de ver las tres, algo pasará.

El desajuste entre su tono de voz y la tristeza de su rostro era evidente, y Link lo percibió al instante. Aunque el tiempo que llevaba conociendo a Zelda no era tan largo, había aprendido que ella era más expresiva de lo que aparentaba. La verdadera emoción siempre se reflejaba en su mirada, y ahora, esa mirada gritaba desilusión.

Sin saber exactamente qué hacer, Link decidió seguir su juego y responder con la misma amabilidad y determinación que ella trataba de demostrar.

Estoy seguro de que así será, Zelda. No debes darte por vencida —dijo, con una firmeza que esperaba la reconfortara, al menos un poco.

Zelda solo asintió, manteniendo la fachada, mientras el peso del fracaso se escondía tras sus gestos controlados. Se giró y, con pasos lentos, volvió al rincón donde había dejado su túnica de aventurera. Al cambiarse de nuevo, la frescura de la tela seca contra su piel le devolvió un mínimo de fortaleza.

Sin más palabras, Zelda y Link abandonaron las ruinas, el eco del agua de la fuente aún resonando a sus espaldas como un lamento distante.


Link y Zelda caminaban en silencio por el sendero de regreso, el sonido del agua de la fuente desvaneciéndose detrás de ellos mientras las sombras del bosque se alargaban con la tarde. La princesa, todavía algo afectada por lo ocurrido, rompió el silencio con voz tranquila.

Link, he estado pensando... ¿qué opinas si vamos a la fuente de Eldin primero? —dijo, mirando al horizonte con una expresión reflexiva.

Link, que mantenía su vista alerta en los alrededores, asintió ligeramente.

Podría ser una buena idea, —respondió con su tono habitual, calmado—. La de Lanayru es importante, pero las condiciones allí son más complicadas... la montaña nevada, ya sabes.

Zelda frunció el ceño un momento, como si hubiera recordado algo crucial.

No tenemos ropa de invierno preparada para eso, —dijo, su voz con un leve matiz de preocupación.

Link asintió, entendiendo de inmediato el problema.

Sí, deberíamos regresar al castillo después de Eldin para alistarnos mejor, —respondió, sin añadir más, pero su mirada reflejaba la seguridad que transmitía siempre.

Zelda lo observó y esbozó una pequeña sonrisa, agradecida por su pragmatismo.

Me alegra que estemos de acuerdo, —murmuró antes de que una idea cruzara por su mente—. Link, antes de irnos a Eldin, me gustaría hacer una parada en la Ciudadela Gerudo. Quisiera visitar a Urbosa y ver cómo avanzan las cosas con las bestias divinas.

Link encontró sus ojos y asintió con una leve sonrisa.

Claro, como tú desees, —dijo, sin perder la calidez en su voz, aunque manteniendo su expresión seria.

Zelda dejó escapar un suspiro de alivio y continuaron caminando. Un silencio cómodo se extendió entre ellos mientras avanzaban hacia la posta donde habían dejado a sus caballos. El bosque, ahora iluminado por los últimos rayos del sol, proyectaba sombras alargadas que danzaban a su alrededor. Después de un rato, Zelda rompió la calma con una voz suave.

Gracias, Link. Por... todo, —dijo, sin añadir más, pero lo suficiente para que él entendiera.

Link respondió con una leve inclinación de cabeza, su mirada centrada en el camino pero con una ligera curva en sus labios.

Link y Zelda avanzaron por el sendero hasta que llegaron a la posta donde habían dejado sus caballos. El sol ya se había escondido detrás de las montañas, y la oscuridad comenzaba a cubrir el paisaje. Los faroles colgaban de las paredes de madera, proyectando sombras danzantes que se movían con la brisa de la noche. Cuando llegaron al mostrador, el señor de la posta los recibió con una sonrisa cordial pero cansada.

Buenas noches, viajeros. ¿Van a retirar a sus caballos ahora? —preguntó, con un tono de advertencia en su voz—. La noche puede ser peligrosa en el camino de regreso. Ese sendero es traicionero incluso de día.

Link asintió lentamente y miró a Zelda.

Es cierto, —dijo—. Cuando veníamos, tuvimos que dejar los caballos aquí por el terreno irregular y seguir a pie.

Zelda recordó el momento y, sin quererlo, su mente viajó al rato que pasaron caminando juntos, las veces que fingió perder el equilibrio solo para sentir la seguridad de la mano de Link. El calor subió a sus mejillas al recordarlo, pero la voz del señor de la posta la trajo de vuelta al presente.

¿Quieren quedarse a pasar la noche? —continuó el hombre, dirigiéndose a Link—. Pueden acampar aquí afuera, pero créanme, los mosquitos y el ambiente húmedo del bosque no son los mejores compañeros de sueño.

Link, recordando cómo Zelda había luchado por conciliar el sueño la noche anterior y sabiendo que ella no estaba acostumbrada a las incomodidades de una vida de aventurera, se adelantó.

¿Cuánto cuestan las habitaciones? —preguntó.

El señor de la posta se frotó las manos y enumeró con naturalidad:

Las sencillas están a 20 rupias, las dobles a 30 y las de lujo a 35. Las de lujo tienen una sola cama, pero es lo suficientemente grande como para dos personas cómodamente. Perfectas para parejas, —añadió, lanzándoles una mirada astuta.

Link sintió un leve rubor en las mejillas y trató de aclarar la situación.

No, no somos una pareja... —comenzó, pero el señor levantó una ceja, escéptico.

Eso dicen todos al principio, —respondió con una sonrisa traviesa—. De hecho, todo el mundo aquí los llamó "la pareja de rubios" cuando llegaron. Y algunos exploradores que los vieron en el camino de las ruinas comentaron que iban tomados de la mano.

Zelda, que había estado en silencio, sintió su rostro arder cuando el hombre mencionó aquello. Link intentó replicar, pero se encontró en la misma situación que ella, incapaz de articular una respuesta que no hiciera la situación aún más incómoda. A regañadientes, y para cortar la conversación, Link suspiró.

Está bien, tomaremos una habitación doble, —dijo, resignado.

El señor de la posta negó con la cabeza con una expresión que no podía ocultar su picardía.

Lo siento, joven, pero solo me queda una sencilla y una de lujo.

Link sintió el peso de todas las miradas de los demás viajeros en la sala, algunos esbozando sonrisas de complicidad. Con un gesto de fastidio apenas contenido y sin más opciones, asintió con firmeza.

La lujosa, entonces, —dijo, y pagó las rupias al hombre, que les entregó las llaves con una sonrisa que confirmaba que disfrutaba demasiado de la situación.

Zelda, perdida en sus pensamientos desde que mencionaron lo de tomarse de la mano, dejó que Link la guiara hacia la habitación. Las miradas de los otros viajeros los seguían, algunas acompañadas de gestos como si le dijeran a Link: Nos debes una, muchacho. Link, con una expresión seria y una chispa de exasperación en los ojos, caminó sin responder a los murmullos, mientras Zelda se sentía demasiado abrumada para procesar lo que acababa de suceder.


Al entrar a la habitación, Link y Zelda se encontraron con un espacio sencillo pero acogedor. Las paredes de madera desgastada y los muebles rústicos le daban un aire cálido. La cama, tal y como había dicho el señor de la posta, era lo suficientemente grande para dos personas, pero con un espacio tan limitado que prácticamente tendrían que dormir uno junto al otro, casi abrazados.

Link observó la cama con una mezcla de resignación y comprensión. Sabía que todo había sido orquestado por el señor de la posta y los demás viajeros que los habían estado mirando con curiosidad e intenciones juguetonas. Zelda, por su parte, seguía en un estado de shock, con la mente aún enredada en la escena que acababan de presenciar en la sala común. Link se acercó y la sacudió suavemente por los hombros, sacándola de su ensoñación.

Zelda, puedes ocupar la cama. Yo dormiré en el suelo, —dijo con firmeza.

Zelda abrió la boca para protestar, pero se detuvo al ver cómo Link sacaba de su alforja mágica la manta de Makore, la llamada cama Kolog. Pese a que parecía solo una manta, era tan cómoda como cualquier colchón.

Está bien, —susurró, aunque su voz mostraba que no estaba del todo convencida.

Link sonrió levemente, una rareza que dejaba entrever su lado más humano.

Sabes, es mejor dormir en el mismo cuarto, —dijo, mirando a Zelda. Un rubor se extendió por el rostro de la princesa al pensar por un momento que Link deseaba estar más cerca de ella. Sin embargo, él continuó—: Así puedo protegerte mejor.

El rubor de Zelda se tornó en una expresión de leve desilusión. Había un atisbo de inocencia en su ilusión momentánea, pero sabía que Link tenía razón. Su seguridad siempre era lo más importante para él, y por más que la idea de compartir un espacio tan reducido pudiera parecer incómoda, la lógica de Link era impecable.

Con un leve asentimiento, Link comenzó a quitarse las partes de la armadura, dejando solo su túnica base. Se acomodó sobre la cama Kolog y fijó la mirada en el techo, los pensamientos sobre su viaje y las experiencias compartidas rondando por su mente. Zelda, por su parte, se acercó al pequeño baño privado que la habitación ofrecía, un lujo inesperado. La idea de quitarse la suciedad del bosque la hizo suspirar de alivio, así que tomó su bolsa y se dirigió hacia la privacidad del baño.

El sonido del agua corriendo llenó el silencio de la habitación, mientras Link permanecía tumbado, inmóvil, solo con sus pensamientos como compañía. La comodidad de la manta mágica le resultaba familiar, pero su mente no podía evitar recordar los momentos previos en el bosque: la cercanía con Zelda, sus manos entrelazadas y las miradas furtivas que compartieron. Una ligera sonrisa curvó sus labios antes de desaparecer tan rápido como había aparecido.

Los minutos pasaron, y el agua seguía corriendo. Link, aún mirando el techo, murmuró en voz baja, casi como si fuera un secreto que ni él mismo quería reconocer:

Mañana será otro día difícil...

El murmullo de la noche se mezclaba con el murmullo del agua, y mientras Zelda se tomaba su tiempo en el baño, la habitación, aunque pequeña y sencilla, se convirtió en un refugio momentáneo de tranquilidad para ambos, una pausa antes de enfrentar nuevamente la incertidumbre de su misión.

Sumido en sus pensamientos, Link finalmente se quedó dormido sobre la cama Kolog, el suave murmullo del agua y la frescura de la noche envolviéndolo en un sueño profundo. Mientras tanto, Zelda seguía en el baño, tomando su tiempo para limpiar toda la suciedad acumulada del bosque. El agua tibia y el aroma a hierbas relajantes la reconfortaron, y antes de darse cuenta, había pasado más de una hora.

Cuando finalmente salió, vestida con su pijama ligera —una de las pocas comodidades que había traído consigo—, sus ojos se posaron en Link, quien yacía en su manta mágica. Su respiración era tranquila, y por primera vez, Zelda lo vio tan vulnerable y relajado. Un leve rubor cubrió sus mejillas al observarlo de esa manera. Había algo tierno en la escena, algo que le hacía pensar que tal vez Link confiaba lo suficiente en ella como para dejarse llevar al descanso, algo que no había visto en él desde que comenzaron el viaje.

Pensó en la noche anterior, cuando seguramente él no había dormido nada mientras vigilaba y cuidaba de su entorno. Este sueño profundo debía ser el resultado de la acumulación de cansancio. Zelda esbozó una sonrisa suave al pensarlo. Quiso acercarse, sentarse junto a él en la manta y compartir esa tranquilidad, pero la idea le pareció incorrecta. Si Link se despertaba, todo se volvería incómodo, y ella no quería arriesgar la buena relación que habían construido. Prefería dejar que todo fluyera con naturalidad, en lugar de apresurar los sentimientos que apenas comenzaban a surgir.

Mientras contemplaba a Link en su sueño, un zumbido cercano llamó su atención. Un pequeño mosquito volaba alrededor de la habitación, y Zelda lo miró con molestia. Intentó encontrar la manera de deshacerse del insecto sin hacer mucho ruido, pero antes de que pudiera actuar, el mosquito se acercó a Link. En un movimiento casi instintivo, sin abrir los ojos ni perder el ritmo de su respiración, Link atrapó al mosquito entre sus dedos y lo desterró del mundo de los vivos.

Zelda se quedó boquiabierta. ¿Está dormido o no? se preguntó, sin poder evitar sonreír de forma divertida y sorprendida. Quiso probar su teoría y, tras un momento de duda, lanzó la toalla que tenía en las manos hacia él. En un reflejo impecable, Link la desvió sin abrir los ojos, moviendo su brazo con la misma agilidad que si estuviera completamente despierto.

Zelda dejó escapar una risa suave, mezcla de incomodidad y admiración.

Link vulnerable... sí, creo que eso jamás lo veré, —murmuró, sacudiendo la cabeza mientras una sonrisa resignada curvaba sus labios.

Con el corazón más liviano, Zelda se dirigió a la cama de lujo. Al recostarse, la suavidad de las sábanas y la comodidad del colchón le dieron la bienvenida. Mientras cerraba los ojos, aún podía ver la imagen de Link en su mente, rodeado por la sombra de la noche pero con una presencia tan firme como siempre. Con un suspiro tranquilo, se dejó llevar por el sueño, sabiendo que a pesar de las incertidumbres que les aguardaban, aquella noche, al menos, estaban seguros y juntos.


El primer rayo de luz de la mañana se filtró por la ventana de la habitación, iluminando las sábanas suaves que rodeaban a Zelda. Despertó cerca de las siete, estirándose y soltando un pequeño bostezo mientras la calidez del día nuevo la envolvía. Se sentó en la cama, parpadeando para despejarse por completo y notó con curiosidad que el espacio donde Link había dormido estaba vacío, junto con la cama Kolog.

¿Dónde estará? pensó Zelda, cuando de repente la puerta se abrió y Link entró con dos platos de comida en las manos. Su cabello aún húmedo daba a entender que se había bañado hace poco, reflejando la luz del sol y brillando tenuemente.

Buenos días, —dijo Link, con una leve sonrisa.

Buenos días, —respondió Zelda, dibujando una sonrisa adormilada en su rostro—. ¿Cuándo te levantaste?

No hace mucho, quizá una hora, —respondió él mientras colocaba los platos sobre la cama.

¿Por qué no me despertaste? —preguntó Zelda, haciendo un pequeño puchero, que le daba un aire infantil y encantador.

Link se acercó y soltó una risa suave al ver su expresión.

Te veías muy feliz durmiendo. No quería molestar, —dijo con un tono cálido que hizo que Zelda bajara la mirada, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.

Mientras Link se movía por la habitación, colocó una mesa pequeña junto a la cama y luego regresó para situar los platos sobre ella, asegurándose de que Zelda pudiera comer cómodamente. Tomó una silla y se sentó frente a ella mientras ambos empezaban a desayunar.

El silencio de la mañana fue roto por la voz de Zelda.

Link, tengo que preguntarte algo. —Él levantó la vista, atento a sus palabras. —Anoche... vi algo curioso. Tus reflejos mientras dormías. No sabía que alguien pudiera reaccionar tan rápido sin estar despierto.

Link dejó escapar una sonrisa que asomaba entre divertido y nostálgico.

Es por los Kolog, —explicó, moviendo los hombros en un leve encogimiento—. Cuando vivía en el Bosque Perdido, eran tan juguetones que me dibujaban cosas en la cara mientras dormía. Tardé semanas en darme cuenta de que tenía que aprender a defenderme, incluso cuando estaba profundamente dormido.

Zelda soltó una carcajada genuina, sus ojos brillando de diversión.

Así que los Kolog te entrenaron para ser un guerrero incluso dormido, —dijo, con una sonrisa traviesa.

Algo así, —respondió Link, masticando un bocado y sonriendo de lado—. Me tomó un tiempo, pero aprendí que nunca puedes bajar la guardia en un bosque lleno de bromistas.

Zelda rió de nuevo, disfrutando de la anécdota y de la facilidad con la que compartían estos momentos ligeros. Poco a poco, el desayuno se convirtió en una pequeña charla que les permitió relajarse y prepararse para el día que tenían por delante.

Cuando terminaron de comer, ambos se levantaron y comenzaron a alistarse. Link, con su eficiencia habitual, ya tenía todo listo mientras Zelda se encargaba de guardar sus cosas. Pronto, la pequeña habitación acogedora quedó atrás, y juntos, salieron al camino, listos para enfrentar un nuevo tramo de su viaje.


Link y Zelda, con sus pertenencias ya empacadas y los caballos listos, se acercaron al mostrador de la posta para devolver las llaves de la habitación. El señor de la posta, con su sonrisa picara y su mirada de complicidad, los recibió con un guiño que hizo que Link sintiera un leve tic en la ceja.

Espero que hayan pasado una noche agradable, —dijo el hombre, con un tono cargado de implicaciones.

Zelda, en su inocencia y sin captar completamente el doble sentido, sonrió y respondió con naturalidad.

Sí, gracias, fue una noche muy tranquila.

El señor soltó una carcajada amistosa y, sin perder el ritmo, añadió:

Espero que su relación dure por mucho más tiempo. Se ven bien juntos.

El rubor se extendió rápidamente por las mejillas de Zelda al captar finalmente el significado de sus palabras, mientras que Link, con una expresión estoica y su ceja temblando imperceptiblemente, entregó las llaves sin añadir comentario alguno.

Gracias por todo, —dijo, con un tono que cortaba cualquier intento de prolongar la conversación, y se despidió con un ligero asentimiento.

Link caminó hacia los caballos y ayudó a Zelda a montar con un gesto eficiente pero suave. Luego, subió a su propio caballo y, tras un último vistazo a la posta y su propietario aún sonriendo, emprendieron el camino de regreso.

El sol ya estaba más alto cuando dejaron la posta atrás, y el paisaje familiar del pueblo les dio la bienvenida por un breve momento antes de que se adentraran nuevamente en el bosque de Farone. La luz se filtraba entre las ramas, proyectando sombras que danzaban al compás de la brisa.

Cuando llegaron al desvío que los llevaría hacia la Ciudadela Gerudo, la tarde comenzaba a teñirse de tonos dorados y naranjas. Zelda miró el horizonte y luego a Link, compartiendo un gesto de entendimiento. Sabían que el día no sería suficiente para llegar a su destino, por lo que continuaron hasta encontrar otra posta antes de que la noche cayera por completo.

La segunda posta, más sencilla que la anterior, los recibió con el calor de un fuego encendido y la tranquilidad del crepúsculo. Link desmontó primero y ayudó a Zelda a bajar de su caballo, sus movimientos precisos y seguros. La noche caía suavemente sobre ellos, y los preparativos para descansar antes de continuar su viaje estaban a punto de comenzar.


El sol de la mañana iluminaba el horizonte mientras Link y Zelda dejaban atrás la segunda posta. Habían tenido suerte, ya que en esta ocasión no los trataron como una pareja, y pudieron conseguir una habitación con dos camas. Ambos sabían que las noticias en Hyrule viajaban rápido, y era solo cuestión de tiempo antes de que en todas las postas se supiera de ellos. Por ahora, al menos, podían disfrutar de una noche tranquila sin malentendidos.

Decidieron dejar sus caballos en la posta, sabiendo que entrar al desierto era imposible montados. El calor sofocante y la arena traicionera hacían impracticable el uso de caballos, así que continuaron a pie. Después de unos minutos de caminata, la entrada al desierto se extendía frente a ellos. El calor intenso y el brillo del sol reflejándose en la arena les daban la bienvenida.

El primer tramo hasta el oasis tomaría unos quince minutos, un trecho que Link recorría sin problema alguno. Zelda, por otro lado, comenzaba a sentir el peso del calor, que se colaba por su ropa y se extendía hasta sus pies, que ya sentían el ardor. Pronto, el ritmo de su respiración se volvió entrecortado. Link, al percatarse, soltó una risa suave.

¿Te estás riendo de mí, Link? —preguntó Zelda, sin aliento y tratando de esbozar una expresión de indignación, aunque apenas podía defenderse.

Link negó con la cabeza, aún con una sonrisa en los labios, y le ofreció una cantimplora.

Toma un poco de agua y descansemos un momento, —dijo con voz tranquila.

Zelda bebió ansiosa y se dejó caer sobre una roca bajo la escasa sombra de una palmera. Los minutos pasaron, y después de un rato, Link la miró.

¿Crees que puedes continuar? —preguntó, con una mezcla de preocupación y diversión en sus ojos.

Zelda, aún recuperando el aliento, asintió, aunque sus piernas temblaban visiblemente. A pesar de su mejor esfuerzo, la realidad era que el cansancio había comenzado a superarla. Link soltó una risa suave y sacudió la cabeza.

No podrás aguantar hasta la ciudadela, —dijo con un tono que mezclaba comprensión y certeza.

Zelda se cruzó de brazos, tratando de disimular su frustración.

Claro que puedo... —respondió, pero sus palabras se ahogaron cuando Link se acercó y se agachó frente a ella.

Sujétate bien, —le dijo, y antes de que pudiera reaccionar, la levantó y la colocó sobre su espalda, ajustándola con un salto. Zelda, sorprendida y agitada, se aferró instintivamente a sus hombros.

¿Por qué haces esto? —logró preguntar, con un toque de vergüenza en la voz.

Porque así cruzaremos el desierto sin que te desmayes de agotamiento, —respondió Link, sin mirar atrás, mientras comenzaba a avanzar de nuevo en dirección a la Ciudadela Gerudo.

Zelda abrió la boca para protestar, pero sus manos se aferraron más a él. No quería volver a sentir el cansancio que la había derrotado antes, y su cuerpo parecía no estar dispuesto a dejar esa comodidad. Link, por su parte, la sostuvo con firmeza, asegurándose de que sus piernas no se deslizaran. Caminó con paso decidido, el calor del desierto envolviéndolos, mientras Zelda se dejó llevar, un poco avergonzada, pero también aliviada.

El viaje proseguía, y aunque el calor continuaba, la carga que Zelda sentía se volvía más ligera, sabiendo que en la espalda de Link, al menos por un tiempo, podía dejarse cuidar.

Pasados unos treinta minutos, Link había recorrido la distancia que normalmente tomaría cerca de cuarenta minutos a pie. Zelda, todavía recuperándose de la sorpresa de la rapidez con la que habían llegado, le lanzó una mirada curiosa.

¿Cómo es que has sido tan rápido, Link? Incluso con montura, este viaje toma al menos veinte minutos, —dijo, aún aferrada a sus hombros antes de que él la bajara suavemente al suelo.

Link, con una expresión tranquila y sin alarde, se encogió de hombros.

Vine caminando rápido para evitar que te expusieras mucho al sol, —respondió, sus ojos reflejando un destello de preocupación disfrazada de simplicidad.

Zelda parpadeó y luego esbozó una sonrisa agradecida. No pudo evitar sentirse sorprendida de nuevo ante la capacidad de Link, que caminando, había logrado casi igualar la velocidad de una montura. Sin embargo, no era de extrañarse; Link era actualmente el campeón más fuerte y sin duda el más veloz, incluso sin usar su habilidad de Procesamiento Paralelo, una destreza que lo colocaba en un nivel muy por encima de otros guerreros.

Frente a la gran entrada de la Ciudadela Gerudo, las imponentes puertas de madera y metal resplandecían bajo el sol abrasador. Las guardias, altas y firmes en sus posiciones, reconocieron a la princesa al instante. Zelda se acercó a ellas, aún recuperando un poco el aliento.

Por favor, dejen pasar a mi escolta, Link, —dijo, su voz clara y segura.

Las Gerudo intercambiaron miradas y asintieron con respeto. Zelda era bien conocida y querida entre ellas, y sabían que las normas eran claras: solo se permitía la entrada a dos hombres en la ciudadela, el rey de Hyrule y el escolta real de la princesa. En este caso, no hubo problema, pues Link era la única compañía masculina de Zelda.

Puedes pasar, Campeón, —dijo una de las guardias, abriendo la pesada puerta para darles acceso.

Link asintió en silencio y cruzó la entrada detrás de Zelda. El calor del desierto fue reemplazado por la frescura relativa de la ciudad, donde las telas de colores ondeaban al viento y el bullicio de la vida diaria las rodeaba. Las mujeres Gerudo, con sus vestimentas tradicionales y sus miradas orgullosas, se movían por el mercado y las calles, observando con curiosidad a la princesa y a su escolta.

El viaje había sido agotador, pero la llegada a la ciudadela marcaba el comienzo de una nueva etapa en su misión, y Zelda sentía un renovado vigor al saber que pronto vería a Urbosa y recibiría noticias sobre las bestias divinas.