Capítulo 12: Tierra del ocaso
Link y Zelda ingresaron a la Ciudadela Gerudo, rodeados por el bullicio de la actividad cotidiana. Las comerciantes y guerreras Gerudo, con sus imponentes alturas y vestimentas coloridas, intercambiaban miradas curiosas al verlos pasar.
Zelda levantó la mirada, sus ojos resplandecían con una mezcla de nostalgia y expectativa. "Es increíble cómo todo se mantiene igual y al mismo tiempo parece distinto cada vez que regreso," comentó, con una leve sonrisa.
Link la observó de reojo y asintió en silencio, absorbiendo cada detalle de su entorno con la atención de un protector.
Pronto, una figura alta y majestuosa emergió entre la multitud. Urbosa, la formidable líder Gerudo, se acercó con un paso seguro y una sonrisa que irradiaba calidez. "¡Zelda! Has vuelto justo a tiempo, querida." Su voz profunda y amistosa resonó entre las calles, llamando la atención de las mujeres que pasaban cerca.
Zelda se adelantó para abrazarla. "Urbosa, es un alivio verte," respondió, dejando escapar un suspiro que llevaba días contenido.
Urbosa apartó la mirada para posarla en Link, quien la observaba con respeto. "Campeón," dijo, inclinando ligeramente la cabeza. "Espero que el viaje no haya sido demasiado difícil."
Link esbozó una leve sonrisa. "Lo hemos manejado bien," respondió con modestia.
"Perfecto. Venid, hay mucho de lo que debemos hablar, y estoy segura de que queréis descansar," añadió Urbosa, señalando el camino hacia la gran sala de reuniones.
Ya en la sala de reuniones, Zelda y Urbosa se acomodaron en los asientos de madera tallada, adornados con detalles de oro y piedra que reflejaban la opulencia y el poderío de la Ciudadela Gerudo. Urbosa ofreció a Zelda un vaso de agua de cactus, fresco y revitalizante. Zelda lo aceptó con una sonrisa agradecida.
"Cuéntame, ¿cómo fue tu experiencia en la Fuente del Valor?" preguntó Urbosa, con el tono firme pero maternal que la caracterizaba.
Zelda bajó la mirada y dejó escapar un suspiro. "No sucedió nada, Urbosa. Por más que lo intenté, no sentí ninguna señal, ningún indicio de poder. Fue como si la diosa hubiera guardado silencio," admitió, su voz quebrándose levemente.
Urbosa frunció el ceño con una mezcla de preocupación y empatía. "Zelda, aún te quedan dos fuentes por visitar. No pierdas la fe. El camino de una verdadera diosa está lleno de pruebas. Has demostrado ser más fuerte de lo que crees."
Zelda asintió, forzando una sonrisa para disimular la tristeza que la invadía. No quería quedarse en esa conversación que solo alimentaba sus inseguridades. Con renovado entusiasmo, cambió de tema. "Urbosa, cuéntame sobre la bestia divina. ¿Cómo te ha ido al controlarla?"
Urbosa dejó escapar una risa orgullosa, entrecruzando los brazos con confianza. "Vah Naboris es una criatura formidable, pero no me ha resultado difícil de dominar. En cuestión de días logré un control bastante sólido. Lo más complicado fue aprender a canalizar su energía en los momentos exactos, pero ahora es como una extensión de mí misma."
Los ojos de Zelda brillaron con asombro. Sabía del talento y la destreza de Urbosa, pero escuchar la facilidad con la que había dominado la bestia la llenó de admiración. "Sabía que lo lograrías, pero aún así me impresiona. Eres increíble, Urbosa," dijo con sinceridad.
Urbosa sonrió y se acercó un poco más. "¿Quieres venir a verla de cerca? Podrías apreciar los detalles de su funcionamiento y ver cómo se comporta con una guerrera a su mando."
Zelda abrió los ojos con emoción. "¿De verdad? ¿Es posible?"
"Claro, no habrá ningún problema mientras estés conmigo. Las guardias están informadas y todo está bajo control," aseguró Urbosa, guiñándole un ojo.
Luego, Urbosa se giró hacia Link, que permanecía de pie, atento como siempre. "Link, puedes quedarte aquí en la ciudadela. Las Gerudo saben de tu presencia y no tendrás problemas. Te sugiero que aproveches para descansar o dar un paseo por la ciudad. Después de todo, escoltar a la princesa debe de ser agotador."
Link se tensó por un momento, pero luego sonrió levemente. "No hay problema, me siento bien. Puedo acompañarlas," respondió con su habitual seriedad.
Urbosa soltó una risa baja y levantó una mano, interrumpiéndolo con gentileza. "Link, un verdadero guerrero sabe cuándo debe recargar energías. Tómate un momento para ti. Zelda y yo tendremos un rato a solas para hablar de algunas cosas de mujeres," dijo, su tono travieso.
Link comprendió de inmediato. Asintió y, con una sonrisa algo fingida, dijo: "Está bien, descansaré un poco. Quizás lo necesite."
Urbosa hizo un gesto hacia una de las guardias Gerudo cercanas. "Acompaña al campeón a una habitación para que descanse." La guardia asintió y le indicó a Link que la siguiera.
Zelda observó cómo Link se retiraba, notando una ligera punzada de incomodidad al verlo alejarse. La idea de estar sin él, aunque solo fuera por un tiempo, se sentía extraña. Habían pasado dos días completos juntos, compartiendo cada momento y cada peligro. Sin embargo, se convenció a sí misma de que era necesario. También ella deseaba hablar a solas con Urbosa sobre algunos asuntos pendientes.
"Vamos, Zelda. La bestia divina nos espera," dijo Urbosa, tocando suavemente el hombro de la princesa.
Ambas se dirigieron hacia el exterior de la ciudadela, donde Vah Naboris, la majestuosa bestia, se alzaba imponente, aguardando la llegada de su comandante y la princesa.
La imponente figura de Vah Naboris parecía respirar bajo la luz del sol, proyectando sombras y destellos de luz sobre la arena. Urbosa condujo a Zelda hacia una entrada en la base de la bestia, moviéndose con una confianza y familiaridad que solo la líder Gerudo podría demostrar. Con una mano en la espalda de Zelda, la invitó a seguirla por el pasaje, que serpenteaba hacia el interior de la bestia con escaleras talladas y paredes cubiertas de símbolos Gerudo.
"Es aún más imponente de cerca," murmuró Zelda, sus ojos recorriendo cada detalle del intrincado diseño, desde las líneas en espiral hasta las runas antiguas que destellaban en un leve tono dorado.
Urbosa asintió, observando de reojo la fascinación de Zelda. "Vah Naboris es una extensión de nuestro poder y nuestra cultura. Controlarla no es sencillo, pero el vínculo con ella es profundo. Es como... una danza que debes dominar, entender cada movimiento, cada impulso."
Zelda, absorta en la majestuosidad de la bestia, asintió sin apartar la mirada de las paredes resplandecientes. "Debes de ser increíblemente fuerte para mantener esa conexión. No me imagino lo difícil que fue al inicio."
Subieron un tramo de escaleras hasta llegar a una plataforma elevada desde la cual se veía parte de la sala de mando, llena de artefactos relucientes y paneles de control. Urbosa soltó una risa suave mientras continuaban avanzando. "Digamos que tomé algunos golpes hasta aprender. Pero, sabes, una vez que entiendes su ritmo, la bestia te muestra su verdadera fuerza. Vah Naboris responde cuando le das confianza, cuando siente que tienes fe en ella."
Las palabras hicieron eco en Zelda mientras pasaba una mano suavemente sobre el borde de una pared tallada. Reflexionó, mirando sus propios dedos. "Confianza... Es algo que he intentado construir en mi camino. Hay días en los que creo que avanzo, y luego están esos otros momentos, como en la Fuente del Valor, donde parece que no importa cuánto me esfuerce. Simplemente... no sucede."
Urbosa colocó una mano firme en su hombro, transmitiendo una mezcla de fortaleza y consuelo. "Eres más fuerte de lo que crees, princesa. Pero quizá lo que necesitas es lo mismo que le di a Vah Naboris: fe. No en lo que aún no ves, sino en lo que ya tienes."
Zelda inclinó la cabeza, pensativa, mientras continuaban por el corredor hacia una gran puerta que marcaba la entrada a la sala de mando principal. "¿Crees que estoy lista?" preguntó, más a sí misma que a Urbosa.
"La fuerza está en lo que construyes, incluso cuando no lo ves aún," respondió Urbosa con suavidad, y, tras una pausa calculada, añadió como quien cambia de tema sin esfuerzo, "Link, por ejemplo... él parece tener esa fe inquebrantable en ti. ¿Lo has notado?"
Zelda dejó que sus dedos rozaran una de las paredes ornamentadas mientras su mente se desviaba, y una leve sonrisa cruzó su rostro. "Link es... sí, parece que nunca duda de mí. Ni siquiera cuando yo misma lo hago."
Ambas entraron a la sala de mando, una habitación con un alto techo curvado y decorada con inscripciones antiguas. La luz de afuera se filtraba a través de rendijas en el techo, dando a la sala una atmósfera sagrada y serena. Urbosa avanzó hacia el centro, donde un panel de control brillaba tenuemente. Sin prisa, tocó uno de los símbolos, y una leve vibración recorrió la sala, señal de que la bestia divina estaba lista para recibir sus órdenes.
"Es un chico particular, ese Link. Duro como la roca cuando necesita serlo, y a la vez… hay una ternura en él, ¿no te parece?" dijo Urbosa sin apartar la vista de los controles.
Zelda, ruborizándose, observó cómo Urbosa, de forma casi natural, comenzaba a manipular los mecanismos del panel. "Sí. Hay una bondad en él que no se muestra fácilmente. Aunque sea reservado, a su manera, siempre está... presente."
"La presencia es algo poderoso, más de lo que muchos piensan," murmuró Urbosa mientras presionaba otro símbolo, y un suave zumbido comenzó a resonar. La bestia divina pareció moverse ligeramente, como si estuviera despertando. Después de una pausa, Urbosa añadió con tono casual: "Me imagino que en este viaje él ha sido un buen compañero... ¿Cómo ha sido tenerlo a tu lado en esta búsqueda?"
Zelda desvió la mirada hacia el exterior, observando las vastas tierras Gerudo desde las ventanas elevadas de la bestia. "Es... reconfortante. Me hace sentir segura, incluso en los momentos de mayor incertidumbre. Cuando él está ahí, siento que todo será manejable."
Urbosa sonrió, satisfecha de ver a Zelda absorta en sus pensamientos. Con una precisión calculada, ajustó el control de energía de la sala de mando, y Vah Naboris comenzó a girar ligeramente, mostrando el desierto en todo su esplendor. "Una conexión fuerte como esa no es común, princesa. Muchos guerreros pueden ofrecer protección, pero lo que describe tu vínculo con él es... algo más profundo, diría yo."
Zelda se quedó observando el desierto, perdida en sus pensamientos, y Urbosa aprovechó el momento para girar el panel. "¿Algo más profundo?" preguntó Zelda, casi sin darse cuenta.
"Oh, claro," respondió Urbosa, sin apartar los ojos del panel, "Una cosa es tener un guardián, alguien que lucha para protegerte. Pero alguien que logre hacerte sentir segura solo con su presencia... eso es especial."
La sala de mando comenzó a temblar levemente cuando Vah Naboris se levantó y avanzó con suavidad por la arena. Zelda, casi sin darse cuenta, jugueteaba nerviosamente con las manos. "Sí, Link es especial. No hay nadie como él en todo Hyrule."
Urbosa sonrió con una satisfacción apenas disimulada mientras Vah Naboris avanzaba lentamente hacia las dunas. "Bueno," dijo en tono ligero, "estoy segura de que este viaje les ha dado la oportunidad de conocerse más allá de las palabras."
Zelda asintió, mirando fascinada cómo Urbosa guiaba la bestia por el desierto, su respiración sincronizándose con el suave balanceo de la máquina. "Supongo que sí. Aunque... no siempre es fácil entenderlo. Link es algo... reservado."
Urbosa soltó una carcajada, llena de complicidad, mientras las dunas pasaban bajo sus pies. "Oh, querida, los hombres con verdadera fuerza siempre guardan secretos. Pero también están aquellos secretos que esperan ser descubiertos por alguien especial." Y, con un guiño travieso, agregó: "Como en esa fuente que aún te espera."
Zelda esbozó una sonrisa tímida, y, tras unos instantes de silencio, miró a Urbosa con un brillo renovado. "Entonces, ¿cómo se controla la energía de Vah Naboris?" preguntó, volviendo al tema con una mezcla de curiosidad y gratitud por la charla.
Urbosa giró suavemente uno de los controles, y la bestia divina, poderosa y majestuosa, se detuvo. "Ahora que estás lista, déjame mostrarte."
El recorrido por el interior de Vah Naboris había sido fascinante y revelador. Urbosa había guiado a Zelda a través de cada rincón de la sala de mando, mostrándole los paneles de control, las rutas de energía y las conexiones mágicas que permitían que la bestia divina respondiera a sus órdenes. Con paciencia, había explicado cada mecanismo, y aunque Zelda intentaba canalizar su energía y conectarse con la bestia, Vah Naboris no respondía. Sentada frente al panel principal, Zelda enfocó sus pensamientos, sus manos sobre los símbolos luminosos, pero la bestia permanecía en silencio.
"No responde," murmuró Zelda, esforzándose por ocultar su frustración. Bajó las manos, dirigiéndose a Urbosa con una sonrisa resignada. "Tal como lo suponíamos, estas bestias solo responden al rasgo de 'Alto'. No importa cuánto lo intente; simplemente no puedo controlarla."
Urbosa asintió con comprensión. "Así es, princesa. No es que carezcas de habilidad; es una cuestión de linaje. Las bestias divinas están diseñadas para responder a los campeones de cada raza, pero solo aquellos con el título de 'Alto' en su sangre pueden forjar esta conexión. Incluso entre las Gerudo, ninguna otra podría controlarla."
Zelda asintió mientras miraba el brillante panel de control con una mezcla de asombro y frustración. "Entonces, cada campeón tiene una afinidad única que le permite dominar a su bestia. Link, Daruk, Mipha, Revali… todos pueden usar cualquier bestia, pero es preferible que cada uno domine la que comparte su afinidad elemental."
Urbosa sonrió, complacida de que Zelda comprendiera las sutilezas de este vínculo especial. "Exactamente. Vah Naboris está imbuida con el elemento rayo, y eso hace que mis habilidades se amplifiquen cuando estoy en su interior. Con el tiempo, espero poder unirme a su energía por completo y controlarla sin necesidad de paneles. Esa es la verdadera meta de mi entrenamiento."
Zelda miró a su amiga con admiración, pero una ligera decepción asomaba en sus ojos. "Entiendo… No es mi misión controlar una bestia divina. Esa tarea recae sobre ti como campeona."
Urbosa colocó una mano en el hombro de Zelda, transmitiéndole su fortaleza y apoyo. "No te desanimes, princesa. Tu misión está en otra parte, y estoy segura de que estás destinada a logros mucho más grandes."
Ambas salieron finalmente de la bestia divina, descendiendo con cuidado mientras Vah Naboris quedaba en reposo, como un guardián en el horizonte. Urbosa ofreció su mano a Zelda, ayudándola a bajar del último tramo de escaleras. En el suelo de la Ciudadela Gerudo, se dirigieron al carruaje tirado por una morsa del desierto que las esperaba.
De regreso en el interior del carruaje, disfrutaron de la brisa que comenzaba a soplar con el avance del día. Los rayos del sol eran cada vez menos intensos, y Zelda suspiró aliviada mientras miraba por la ventana.
"Ya comienza a sentirse menos el calor," comentó con una sonrisa de alivio, pasándose una mano por la frente. "Debe de estar cerca de las cinco de la tarde. Pronto comenzará a refrescar, y por la noche será helado."
Urbosa asintió, recostándose cómodamente en el asiento del carruaje, observando a Zelda con atención mientras el sol pintaba su rostro con tonos dorados. La miró por un momento, como sopesando cuidadosamente sus próximas palabras.
"Dime, Zelda," comenzó de pronto, con tono casual, "¿Te molestaría que retara a Link a un duelo?"
Zelda, sorprendida, parpadeó varias veces antes de responder, sus ojos mostraron un destello de sorpresa y curiosidad. "Si Link no tiene problema, yo tampoco tendría objeción. ¿Quieres preguntárselo?"
Urbosa rió suavemente, sin apartar la mirada del horizonte. "Lo haré. Me intriga ver de cerca sus habilidades. Pero dime, princesa… ¿crees que tengo oportunidad contra él?"
La sorpresa se reflejó aún más intensamente en los ojos de Zelda, quien alzó las cejas y esbozó una sonrisa divertida. "Si usa su habilidad de 'procesamiento paralelo', me temo que nadie tiene posibilidades. Pero si no la usa… bueno, nunca he visto que luche sin ella, seria interesante, creo que en ese caso no sabria que puede pasar"
Urbosa estalló en una carcajada sonora, y Zelda no pudo evitar unirse a su risa. Urbosa la miró con un destello juguetón en los ojos, como si las palabras de Zelda le hubieran revelado una parte de la princesa que no siempre dejaba ver.
"Ah, así que ya crees que no tengo esperanzas frente a su habilidad. Me siento traicionada, princesa," bromeó con un tono fingidamente ofendido, aunque en sus ojos brillaba la chispa del desafío. "Pero me entusiasma la idea. No hay nada como enfrentarse a alguien con habilidades excepcionales."
Zelda sonrió, pero su expresión reflejaba también una profunda admiración y confianza en Link. Bajó la mirada, sus manos jugueteando inconscientemente con la tela de su vestido, y luego, tras una breve pausa, levantó la vista hacia Urbosa, sus ojos brillando con una mezcla de respeto y cariño. Sabía que, aunque Urbosa bromeaba, detrás de su entusiasmo había una sincera emoción por enfrentarse a alguien a quien ella consideraba un guerrero.
El carruaje continuó avanzando, y las dos mujeres quedaron en silencio mientras el sol se escondía poco a poco detrás de las dunas, dejando el desierto en una calma dorada y anticipando el frescor de la noche. Zelda, pensativa, se sumió en sus pensamientos, sin poder evitar que en su mente se cruzaran imágenes de Link y el extraño pero reconfortante sentimiento que le provocaba su presencia, mientras Urbosa la observaba con una sonrisa cómplice, adivinando los pensamientos que cruzaban por su mente.
Unas horas antes.
Después de seguir a la guardia Gerudo hasta su cuarto, Link se sentó en el borde de la cama, intentando convencerse de que un descanso no estaría tan mal. Pero apenas habían pasado unos minutos cuando comenzó a sentirse inquieto. Su cuerpo, acostumbrado a la actividad constante y la vigilancia, no tenía ninguna intención de relajarse en ese caluroso cuarto del desierto. No era tanto que le faltara descanso, sino que el calor le quitaba las ganas de entrenar, y aún menos quería quedarse enclaustrado. Con un suspiro resignado, Link se levantó, decidido a explorar la ciudadela.
Al cruzar el umbral de su habitación, se encontró con el bullicio y la actividad constante de las calles Gerudo. Algunas mujeres lo miraban con recelo, murmurando al verlo pasear solo, sin la compañía de la princesa. Otras intercambiaban miradas risueñas, susurrando entre risas sobre la posibilidad de que pudiera convertirse en el marido de alguna de ellas, y varias más comentaban rumores que, aunque absurdos, le provocaban cierta risa y vergüenza.
"Dicen que es el amante de la princesa Hyliana."
"Lo vi cargándola en el desierto. Eso no es algo que un simple escolta haría."
"Bueno, tal vez solo es su protector, pero ¿quién sabe? Se ven muy unidos."
Link no podía evitar escuchar estos comentarios; su oído, afinado y mejorado durante años de entrenamiento en el bosque con los Kolog, captaba cada palabra, aunque él hacía su mejor esfuerzo por aparentar que no se daba cuenta. En el fondo, le resultaba casi divertido. No tenía intención de dar explicaciones, pero no podía negar que la situación tenía cierto aire de diversión que aligeraba el calor del desierto.
Caminando con paso calmado y observando los puestos y tiendas que se alineaban en las calles, Link pronto se encontró frente a un pequeño puesto de joyas. Varias piezas relucían bajo la luz del sol: brazaletes dorados, anillos decorados con finas piedras preciosas, y collares de todos los tamaños. Entre ellos, algo llamó su atención: un collar de oro con un bonito dije en el centro, aunque incompleto, ya que parecía faltarle una piedra. La anciana Gerudo que atendía el puesto notó su interés y le dedicó una cálida sonrisa.
"¿Te interesa esta pieza, joven?" preguntó, sacando el collar y mostrándoselo más de cerca. "Es mi obra maestra, aunque aún no está terminada."
Link inclinó la cabeza, observando el collar con curiosidad. "Es hermoso," admitió, "pero parece que le falta algo."
La anciana asintió, mirándolo con un brillo en los ojos. "Así es. Este dije está incompleto; debería llevar un zafiro en el centro. Pero no cualquier zafiro… yo quiero un zafiro morado, un tono muy poco común. Aunque normalmente son azules, algunos pocos zafiros de ese color se encuentran en las montañas nevadas, pero es difícil conseguirlos. La zona está infestada de monstruos, y el mineral en sí es raro."
Link, intrigado y ahora más interesado en el collar, miró a la anciana. "Si consiguiera la piedra, ¿podría terminarlo? ¿Cuánto costaría una vez completo?"
La anciana soltó una carcajada baja, sus ojos centelleando con orgullo. "Si consigues ese zafiro, te lo regalaré. Como te dije, esta es mi obra maestra. Quiero verla terminada y usada por alguien que realmente lo aprecie. No me importan las rupias; lo que quiero es ver esta pieza finalizada."
Link asintió, agradecido y decidido. "¿Sabes dónde puedo encontrar ese mineral? ¿Algún lugar específico?"
La anciana lo miró con curiosidad, como evaluando la seriedad de sus intenciones, y luego respondió: "No hay puntos exactos, pero he oído que en las montañas nevadas al norte hay minas abandonadas donde podría encontrarse. Algunas Gerudo que se han aventurado allí me dijeron que a veces los zafiros morados aparecen entre otras piedras comunes. Claro, las minas están infestadas de criaturas peligrosas."
Link le dedicó una sonrisa confiada y un asentimiento decidido. "No será un problema. Gracias por la información."
Con una última mirada al collar, Link salió del puesto, su mente ahora enfocada en encontrar aquel raro zafiro. Sabía que la búsqueda no sería sencilla, pero sentía una extraña motivación que lo empujaba a intentarlo. Quizá era el reto, quizá el simple hecho de que el collar sería una pieza especial, pero había algo en aquella misión que le daba una emoción inesperada.
Sin perder tiempo, y con la determinación que lo caracterizaba, se encaminó hacia la salida de la ciudadela, preparándose para el viaje hacia las montañas nevadas.
Link corrió a toda velocidad, sus pies apenas tocaban la arena mientras cruzaba el desierto con la rapidez de un relámpago. El viento caliente pasaba junto a él como una ráfaga, pero su resistencia y velocidad, perfeccionadas con años de entrenamiento, lo hacían parecer incansable. Aunque sabía que podía usar su habilidad de procesamiento paralelo para acortar la travesía en un instante, decidió no hacerlo. Parte de él anhelaba sentir la emoción de una aventura, el desafío de cada paso, cada curva del terreno y, sobre todo, el enfrentamiento que podría esperarlo.
A lo lejos, divisó la silueta de Vah Naboris moviéndose lentamente en el horizonte. Esto le dio tranquilidad; mientras la bestia divina estuviera en movimiento, sabía que Urbosa estaría al mando, y Zelda continuaría con ella. Su tiempo era limitado, pero tendría oportunidad de cumplir su misión. Con un último vistazo hacia la ciudadela Gerudo que desaparecía tras el calor del desierto, siguió su rumbo hacia las montañas nevadas que se alzaban al borde del desierto.
Al llegar al pie de las montañas, el cambio de clima fue abrupto. El frío envolvió su piel, y la nieve crujía bajo sus botas, pero el aire helado solo avivó el fuego que ardía en sus venas. Mirando a su alrededor, observó cómo los monstruos se arremolinaban en las sombras y las laderas: lizalfos camuflados en el hielo, wizzrobes que flotaban cerca, emitiendo un brillo tenebroso, kesses revoloteando en grupos amenazantes y, más adelante, un centaleón de piel blanca, resguardado en una pequeña cueva, que lo observaba con una mirada feroz y expectante.
"Será solo yo y mi espada," pensó Link, sujetando el mango de su arma con firmeza. Recordaba los días en que entrenaba con su padre, antes de descubrir su habilidad. Eran días en los que cada golpe y cada esquive requerían de toda su destreza y concentración, en los que cada combate representaba un verdadero reto.
Sin dudarlo, avanzó hacia el primer grupo de enemigos. Los lizalfos se lanzaron sobre él con movimientos rápidos y ágiles, pero Link los superó con precisión. Su espada danzaba en sus manos, cortando el aire y derribando a cada criatura con una destreza que parecía casi sobrehumana. No usó ningún poder especial ni habilidad mágica, tan solo su fuerza bruta y técnica pulida. Uno a uno, los monstruos cayeron bajo su espada, y pronto se dirigió al centaleón, que lo observaba con una mezcla de furia y desafío.
El combate fue breve y feroz. El centaleón cargó con una fuerza abrumadora, pero Link, anticipando cada movimiento, esquivó con gracia, lanzando tajos precisos. La criatura rugió, pero pronto fue silenciada por el acero de su espada, cayendo en la nieve en un suspiro final. Link respiraba profundamente, observando los cuerpos inmóviles de los monstruos a su alrededor. La pelea, intensa al inicio, terminó rápidamente, y lo que debería haber sido un enfrentamiento lleno de adrenalina se convirtió en una masacre.
Por un instante, Link se sintió vacío. No había emoción, no había reto. Su fuerza le daba una gran ventaja, pero también le dejaba con una insatisfacción que lo llenaba de pensamientos inquietos. Se recordó a sí mismo que había sentido un destello de emoción al ver la pelea entre Daruk y Mipha, pero cuando le tocó enfrentarse tanto a Daruk como a Revali, la victoria fue demasiado fácil. Anhelaba un reto real, pero sabía que solo deseaba encontrarlo en los que estuvieran de su lado, en aquellos que pudieran ayudar a Hyrule, no en sus enemigos.
Sacudiendo esos pensamientos, volvió a concentrarse en su misión: el zafiro morado. Si los rumores eran ciertos, la gema debía encontrarse en alguna de las minas de la zona. Examinó su entorno y comenzó a adentrarse en las cuevas y grutas, buscando entre las rocas y el hielo. El frío era intenso, pero su determinación era mayor.
En cada cueva que visitaba, rebuscaba entre las paredes rocosas, rompiendo pequeñas protuberancias de minerales, aunque no encontraba más que piedras comunes o, en el mejor de los casos, zafiros de tonos azules que no eran los que necesitaba. El tiempo pasaba, pero Link no se desanimaba; con paciencia y perseverancia, continuó avanzando de cueva en cueva.
Finalmente, después de horas de búsqueda, sus ojos se posaron en un leve destello que sobresalía entre la nieve y el hielo. Allí, escondida tras una formación rocosa, encontró una pequeña piedra de un brillante tono morado, capturando la luz de una manera que parecía casi mágica. Link tomó el zafiro en sus manos, observando su color poco común y sintiendo un inesperado alivio al saber que había logrado su objetivo.
Guardó la piedra con cuidado, y con una última mirada a las montañas, emprendió el regreso a la ciudadela, su mente ya anticipando el momento en que vería la obra maestra de la joyera Gerudo finalmente completa.
Link salió de la cueva con el zafiro morado en su alforja, observando el cielo teñido de tonos anaranjados por el atardecer. Se quedó mirando hacia el horizonte y vio que Vah Naboris se encontraba inmóvil en la distancia. La bestia divina, quieta como una montaña en el desierto, era señal de que Urbosa había terminado de manejarla, y probablemente Zelda había regresado a la ciudadela con ella. Link sintió un súbito apremio; si Naboris se había detenido hacía mucho tiempo, seguramente Zelda podría estar buscándolo, preguntándose por qué no estaba descansando tal como había dicho que haría.
A pesar de que había decidido no utilizar su habilidad de procesamiento paralelo para esa misión, no le quedaba otra opción si quería llegar a tiempo sin levantar sospechas. Link suspiró, activando su habilidad, y en ese instante el mundo a su alrededor se volvió lento y etéreo, como si todo el tiempo del desierto se suspendiera en una danza pausada. La velocidad en sus piernas aumentó a un ritmo vertiginoso, y con su fuerza potenciada, Link se lanzó en dirección a la ciudadela, atravesando las dunas con zancadas que parecían borrar la distancia en un instante.
Desde su perspectiva, la carrera duró más de dos minutos, pero para el mundo exterior apenas habían pasado diez segundos cuando llegó a la entrada de la ciudadela. Redujo la velocidad, permitiendo que el tiempo volviera a fluir con normalidad, y con paso calmado, como si acabara de dar un simple paseo, se adentró en la ciudad.
Al avanzar, notó el carruaje de Urbosa estacionado en su lugar habitual, confirmando que tanto ella como Zelda habían regresado sin contratiempos. Link exhaló, agradecido por su velocidad y por haber llegado sin llamar demasiado la atención. Sin perder tiempo, se dirigió al puesto de la joyera Gerudo.
La anciana lo recibió con ojos que brillaban de emoción al ver el zafiro morado que él le tendía, como si acabara de recibir el tesoro más valioso del mundo. Su boca se abrió en una sonrisa de puro agradecimiento.
"¡No puedo creerlo! ¡Has encontrado el zafiro morado! ¡Es incluso más hermoso de lo que imaginaba!" dijo la Gerudo, sosteniendo la piedra con reverencia. "Trabajaré toda la noche si es necesario para terminar este collar. Mañana te lo entregaré, lo prometo."
Link intentó convencerla de que no era necesario que se esforzara tanto, pero la joyera insistió con entusiasmo, sacudiendo la cabeza con firmeza. "No, joven. Esta pieza merece ser completada, y tú mereces tenerla. Te lo daré mañana como el trabajo de mi vida."
Al final, Link aceptó con una inclinación agradecida, dejando que la Gerudo trabajara en su preciada obra. La anciana lo miraba con ojos llenos de determinación y gratitud, y Link supo que, aunque había sido una aventura breve, había valido la pena.
Mientras Link caminaba hacia el palacio Gerudo, su mente era un torbellino de pensamientos. Sabía que su deber era estar junto a Zelda, y le pesaba haberse separado tanto tiempo de ella. Afortunadamente, Urbosa había estado allí para protegerla, pero aún así, se sentía algo avergonzado. Mientras avanzaba, recordó el collar que la joyera había prometido entregarle al día siguiente. Si bien originalmente solo había preguntado por curiosidad, ahora que lo conseguiría, pensaba qué hacer con él.
Link visualizó el delicado diseño del collar y, sin saber por qué, la imagen de Zelda apareció en su mente. Por un momento, consideró regalarle la joya, pero luego dudó; el zafiro morado no encajaba exactamente con los tonos de la familia real de Hyrule, esos azules que tanto resaltaban sus ojos turquesa y su dorada cabellera. Quizá el morado no combine con ella… pensó, algo decepcionado, aunque sin una razón clara.
Perdido en sus pensamientos, Link llegó al palacio y subió al segundo nivel, donde estaba siendo alojado. Al llegar al final del pasillo, abrió la puerta de una habitación y entró, sin darse cuenta de que no era la suya. Cuando levantó la mirada, el corazón le dio un vuelco. Frente a él, en el centro de la habitación, estaba Zelda, pero no vestía como de costumbre. Llevaba puesto un traje tradicional Gerudo de un profundo color morado, que dejaba al descubierto sus hombros y abdomen, con una tela semitransparente que acentuaba delicadamente sus curvas y revelaba mucho más de lo que él estaba preparado para ver.
Zelda dio un respingo al notar su presencia, llevándose una mano al pecho, sobresaltada. "¡Link! ¿Qué haces aquí?" preguntó, en un tono entre la sorpresa y el desconcierto. Sus mejillas comenzaron a teñirse de un rojo profundo, y sus ojos lo miraban con una mezcla de sorpresa e incredulidad. "¡Esta es mi habitación!"
Link se quedó paralizado, comprendiendo con horror que había entrado por error en el cuarto equivocado. El nerviosismo lo embargó de golpe, y aunque sabía que debía disculparse y salir, sus ojos permanecían fijos en Zelda, como si su mente hubiera dejado de obedecer. Su capacidad para pensar rápido lo había abandonado; en su lugar, solo quedaba la imagen de Zelda, impresionante y radiante, en aquel atuendo Gerudo. La princesa, con su piel clara, sus ojos turquesa y su cabello dorado, parecía armonizar con el tono morado del traje, al contrario de lo que había pensado minutos antes.
Qué tonto había sido, pensó Link, casi reprendiéndose a sí mismo. No es que el morado no combine con Zelda… Ella es tan hermosa que los colores parecen adaptarse a ella. Sin lugar a dudas, había encontrado a la dueña perfecta para ese collar.
Zelda, aún sonrojada y claramente nerviosa, intentó tomar la iniciativa para romper el silencio y salir del cuarto. Pero Link, inmóvil en la puerta, bloqueaba el paso. Sus ojos seguían atrapados en la imagen de Zelda, y ambos permanecieron en un bucle de incomodidad y nerviosismo, incapaces de moverse. Solo se miraban, atrapados en aquel momento extraño y lleno de emociones encontradas. El tiempo parecía haberse detenido, y un par de segundos se deslizaron en completo silencio, hasta que Link, respirando profundamente, recobró un poco de compostura y logró hablar.
—Zelda, yo… debería dejarte sola para que termines de cambiarte,— dijo Link en voz baja, esforzándose por mantener la calma y desviando ligeramente la mirada.
Zelda asintió con torpeza, apenas logrando un leve movimiento de cabeza, sin decir una palabra. El rubor en su rostro no desaparecía, y su corazón latía con fuerza. Link, sintiéndose igual de expuesto y consciente de su propio nerviosismo, salió rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras de sí y dirigiéndose al suyo, justo al lado.
Al quedarse sola, Zelda se quedó inmóvil por un instante, aún en shock por la inesperada situación. Sentía sus mejillas ardiendo y su respiración acelerada. Finalmente, soltó un suspiro tembloroso y, después de unos momentos, se giró hacia el espejo, observando su reflejo. Vio cómo el traje morado dejaba al descubierto más de lo que estaba acostumbrada, resaltando detalles que pocas veces mostraba. La tela semitransparente, los hombros desnudos, y el delicado diseño le recordaban que ese no era un atuendo al que estuviera habituada. La incomodidad la invadió de nuevo.
Con un suspiro, se apartó del espejo y se dirigió al ropero, buscando entre los trajes Gerudo. Encontró uno de color blanco, con tela opaca que cubría mejor su figura. Al cambiarse, sintió una oleada de alivio; aunque el traje nuevo aún dejaba su abdomen, hombros y algo de escote al descubierto, sus piernas ahora estaban cubiertas hasta justo debajo de la entrepierna. Examinó su reflejo y asintió para sí misma, sintiéndose un poco más cómoda y segura. Se alisó el cabello y respiró profundamente, preparándose para salir con la compostura que una princesa debía tener.
Mientras tanto, en el cuarto contiguo, Link cerró la puerta y se dejó caer de espaldas contra ella, dejando que sus hombros se relajaran por primera vez desde que había entrado. Sentía su corazón latiendo con fuerza y sus mejillas ardían en un rubor intenso que no podía controlar. Pasó una mano por su rostro y soltó un suspiro profundo, tratando de calmarse. Su mirada se desvió al techo mientras murmuraba para sí mismo, sin poder contener una pequeña sonrisa.
—Definitivamente… es demasiado linda,— dijo en voz baja, sin darse cuenta de que sus palabras escapaban en un susurro.
Aún apoyado en la puerta, dejó que el recuerdo del momento lo invadiera, perdiéndose por unos segundos en la imagen de Zelda, con su expresión vulnerable y ese tenue rubor en sus mejillas. La incomodidad inicial fue desvaneciéndose, reemplazada por un sentimiento cálido que lo hacía sonreír de manera involuntaria.
La luz del atardecer bañaba la Ciudadela Gerudo mientras Zelda, Link y Urbosa se reunían en un comedor amplio y decorado con motivos dorados y piedras preciosas. La mesa estaba adornada con una selección de platos típicos Gerudo, ricos en especias y sabores intensos. Zelda, ahora vistiendo el atuendo blanco y opaco, lucía tranquila, aunque el rubor aún le aparecía de vez en cuando al recordar el incidente de más temprano. Link, por su parte, mantenía su expresión seria y serena, pero su mirada ocasionalmente se desviaba hacia Zelda, recordando la impresión que le había causado verla en ese traje Gerudo.
Ya sentados y con la comida servida, Urbosa rompió el silencio, dirigiéndose a Link con una sonrisa cálida.
—Bueno, Link, ¿cómo te fue hoy?— preguntó, levantando una ceja con curiosidad. —Zelda y yo tuvimos una tarde entretenida con Vah Naboris. ¿Qué estuviste haciendo tú mientras nosotras estábamos ocupadas?
Link, sin perder la compostura, respondió con un tono despreocupado. —Nada en particular, solo descansé un poco,— dijo, manteniendo la mirada en su plato y tomando un sorbo de agua para evitar profundizar en detalles.
Urbosa soltó una pequeña risa, claramente escéptica. —¿Nada en particular? Las guardias te vieron salir de la ciudadela, y estuviste fuera durante varias horas,— añadió, observándolo con un brillo divertido en sus ojos.
Link, sin inmutarse demasiado, levantó la vista y ofreció una explicación rápida. —Ah, eso. Solo salí a correr un rato para no descuidar mi entrenamiento diario,— respondió con tono serio, como si fuera algo completamente natural.
Urbosa lo observó en silencio durante unos segundos, evaluando sus palabras, aunque una sonrisa traviesa asomaba en sus labios. No terminaba de creerle, pero decidió no insistir. Zelda, por su parte, no cuestionó a Link; confiaba en él y asumió que, si decía eso, debía de ser cierto.
Entre conversaciones triviales y risas, Urbosa se giró hacia Zelda y sonrió con aprobación. —Ese atuendo Gerudo te queda realmente lindo, princesa,— comentó con una mezcla de calidez y orgullo en su voz.
Zelda, halagada y un poco apenada, le devolvió la sonrisa. —Gracias, Urbosa,— murmuró, y luego, sin pensarlo demasiado, giró su atención hacia Link. —¿Tú qué piensas, Link?— preguntó, esperando un comentario similar.
Link, quien estaba masticando un bocado de comida, se detuvo un momento y miró a Zelda. Su tono permaneció serio y sereno al responder. —Sí, te queda bien,— dijo, sin mucha emoción aparente en su voz, pero con sinceridad.
Zelda parpadeó, algo sorprendida por la brevedad y la aparente frialdad en su respuesta. Su expresión mostró una ligera decepción, como si esperara una reacción más entusiasta. Link, al percatarse de su expresión, actuó por impulso, buscando enmendar su respuesta. Dejó los cubiertos y, con un tono más cálido y una pequeña sonrisa, añadió rápidamente:
—Te queda muy bien, Zelda. Te ves… muy linda.—
La diferencia en su tono, más alegre y genuino, hizo que las palabras resonaran de manera completamente distinta. Zelda sintió su corazón latir con fuerza, y una calidez subió hasta sus mejillas mientras sus ojos brillaban, sin saber adónde mirar. Se removió un poco en su asiento, intentando contener su nerviosismo. Link, al darse cuenta del efecto de sus palabras, comenzó a sonrojarse lentamente, desviando la mirada y rascándose la nuca.
Urbosa observaba la escena en silencio, con una sonrisa llena de complicidad y malicia. Sabía que las emociones entre ambos eran intensas, y no pudo evitar una risa suave al ver sus reacciones. Tras un par de segundos, no pudo resistir añadir algo más.
—Link, si crees que se ve linda con este atuendo, deberías haberla visto antes, cuando llevaba el traje Gerudo morado con tela translúcida. Ese sí que exaltaba su figura.—
Zelda sintió que el rubor invadía sus mejillas de inmediato y, con los ojos muy abiertos, giró hacia Urbosa con una mezcla de vergüenza y exasperación. —¡Urbosa, por favor, cállate!— exclamó, llevándose las manos a la cara, intentando ocultar su sonrojo.
Link, por su parte, quedó completamente inmóvil. Las palabras de Urbosa resonaron en su mente, y el recuerdo de Zelda con aquel traje morado volvió de golpe, tan vívido como cuando la había visto en ese instante. El color subió rápidamente a su rostro, dejándolo aún más colorado que antes. Parecía haberse quedado sin palabras, incapaz de reaccionar mientras su mente se sumergía en ese recuerdo, como si todo su ser se hubiera desvanecido, dejando solo un "envoltorio vacío" en su lugar.
Urbosa soltó una carcajada al ver sus reacciones, disfrutando de la incomodidad de ambos jóvenes. —Ah, disculpen, disculpen,— dijo con tono burlón, levantando las manos en señal de rendición. —Es solo que ustedes dos son… adorables.—
Después de unos momentos de incomodidad y miradas hacia el plato, lograron retomar la cena, y las conversaciones fluyeron nuevamente hacia temas más triviales. Sin embargo, tanto Zelda como Link permanecieron con un rubor constante en las mejillas, especialmente cuando sus miradas se cruzaban.
Al terminar la comida, Urbosa, aún divertida y con su espíritu competitivo encendido, se inclinó hacia Link con un brillo desafiante en sus ojos.
—Bueno, campeón,— comenzó, en tono juguetón, —ya que tienes tanta dedicación al entrenamiento, ¿qué tal si me aceptas un reto de combate? Me gustaría ver de cerca tus habilidades en un duelo.—
Link, quien nunca rechazaba una oportunidad para un buen combate, asintió con determinación, sus ojos llenos de respeto y entusiasmo. —Acepto, Urbosa. Será un honor enfrentarme a ti.—
Zelda, aún recuperándose de la reciente conversación, miró a ambos con interés. Aunque su corazón aún latía acelerado por el comentario de Urbosa, la idea de ver a Link y a su amiga en combate despertó su curiosidad y admiración.
Se levantaron de la mesa y se dirigieron al área de entrenamiento fuera de la Ciudadela Gerudo, un espacio amplio rodeado de pilares de piedra y arena fina que permitía libertad de movimiento. Urbosa y Link tomaron sus posiciones en el centro de la arena, cada uno midiendo al otro con una mezcla de respeto y entusiasmo.
Zelda se situó en un lugar alejado junto a otras guerreras gerudo que estaban entusiasmadas de ver el combate entre campeones. La tensión y emoción del momento reemplazaron cualquier rastro de incomodidad anterior. Sabía que iba a presenciar una demostración impresionante de habilidad y destreza.
Con una sonrisa confiada, Urbosa adoptó su postura de combate, sus músculos tensándose mientras un leve destello eléctrico parecía recorrer su cuerpo. —No me decepciones, campeón,— le dijo, alzando una ceja con una expresión llena de desafío.
Link asintió, adoptando una postura firme, concentrado y listo para la batalla. —Daré lo mejor de mí,— respondió, con su tono serio y enfocado, aunque sus ojos brillaban con emoción.
Ambos se miraron con intensidad, y en un instante, el combate comenzó.
Link y Urbosa llevaban ya un tiempo intercambiando golpes en el centro de la arena. Link empuñaba una cimitarra de la luna, mientras que Urbosa blandía su arma característica, la temida cimitarra de la ira, hecha especialmente para ella y recubierta de topacio, una gema que absorbía y potenciaba la energía eléctrica de sus rayos. Este diseño la convertía en el arma ideal para la matriarca Gerudo, conocida por su habilidad con el rayo gracias a su habilidad definitiva: Ira de Urbosa.
Esta habilidad, le permitía invocar rayos con solo pensarlo, rayos de potencia colosal, muy superiores a los naturales, aunque con un sacrificio en velocidad. Sin embargo, el mero hecho de enfrentarse a sus rayos requería una velocidad increíble para esquivarlos. Además, la habilidad otorgaba a Urbosa inmunidad total al elemento rayo y duplicaba todas sus estadísticas, triplicando su ataque. En este estado, sus estadísticas alcanzaban niveles temibles:
Datos de Urbosa (con "Ira de Urbosa" activa)
Ataque: 12,768
Defensa: 2,544
Stamina: 1,272
Magia: 1,464
Velocidad: 7,000
Total de estadísticas: 25,048
A pesar de esta impresionante potenciación, Link no parecía ceder ni un poco. Al contrario, lejos de mostrarse intimidado, el joven campeón lucía una sonrisa confiada mientras respondía cada ataque de Urbosa con precisión y velocidad. Su control sobre la cimitarra rivalizaba con el de la misma Urbosa, quien tenía años de experiencia y entrenamiento con esa arma. Aunque la espada había sido siempre el arma principal de Link, su habilidad definitiva Maestro de Guerra le permitía manejar cualquier arma con maestría absoluta, además de identificar los puntos débiles de sus oponentes con facilidad.
La frustración comenzaba a invadir a Urbosa. ¿Cómo es posible?, pensaba mientras sus cimitarras chocaban una y otra vez. Mi cuerpo y mi arma están potenciados por el rayo, mi habilidad definitiva está activa, y mis rayos caen desde el cielo solo para que él los esquive como si fueran nada. Cada rayo que lanzaba desde las alturas era hábilmente esquivado por Link, quien parecía anticiparse a cada uno de sus movimientos. El nivel de precisión y control que mostraba era impresionante, especialmente considerando que no estaba utilizando sus habilidades más poderosas.
La mente de Urbosa vagó brevemente a la conversación que había tenido con Mipha y Zelda después de que Link se enfrentara a Daruk. Recordaba el nombre de la habilidad que lo convertía en un guerrero insuperable: Maestro de Guerra, una habilidad que le permitía manejar cualquier arma y desarrollar tácticas de combate en cuestión de segundos, convirtiéndolo en un estratega imbatible.
Pero lo que más perturbaba a Urbosa era la ausencia de la habilidad más temida de Link: Procesamiento Paralelo. Era la habilidad definitiva que hacía de Link un guerrero casi invencible, permitiéndole acelerar su percepción y movimientos hasta el punto de ver el mundo detenido. Recordó las palabras de Zelda al describirla: "Si usa su habilidad de 'procesamiento paralelo', me temo que nadie tiene posibilidades…"
Urbosa había sonreído cuando Zelda dijo eso, pero ahora lo entendía de verdad. Aún no había utilizado Procesamiento Paralelo, y la idea de enfrentarlo con esa habilidad activada le hacía cuestionarse la posibilidad de salir victoriosa. Aunque su poder era formidable, en el instante en que Link decidiera activar su habilidad definitiva, el combate terminaría.
Con esta revelación, Urbosa endureció su mirada y decidió redoblar sus esfuerzos, lanzándose hacia Link con renovada determinación, mientras un rayo de energía electrificaba su arma, imbuyéndola con todo el poder de los rayos. Sabía que, para al menos tener una posibilidad, debía hacer uso de todas sus técnicas, aprovechar cada ventaja que tuviera y forzar a Link a mostrar su verdadero potencial.
Link, al ver la intensificación de su oponente, se preparó, manteniendo la calma y el enfoque. A pesar de la tensión del combate, su confianza seguía intacta, y sus ojos reflejaban una determinación indomable.
Urbosa retrocedió de un salto, respirando con dificultad mientras intentaba recuperar el aliento. Su cuerpo estaba empezando a mostrar signos de cansancio; aunque sus estadísticas estaban potenciadas, su energía no era infinita. Link, en cambio, apenas comenzaba a sudar, y su respiración se mantenía regular. A pesar de que sus poderes eran numéricamente equiparables, la diferencia en habilidad y resistencia era evidente. Urbosa sabía que, aunque su velocidad estuviera duplicada, no se acercaba a la velocidad de Link sumada a sus reflejos fuera de este mundo. Además, el súbito aumento de su poder no era algo que su cuerpo pudiera sostener sin esfuerzo. Link, en cambio, estaba acostumbrado a ese nivel; ese era su poder base, y su dominio sobre él era total.
No hay manera de que le gane si seguimos así, pensó Urbosa, sus ojos fijos en el joven Hyliano. Solo tengo una opción.
La matriarca Gerudo decidió que no tenía otra opción que activar su última habilidad definitiva: Tierra del Sol Abrasador. Esta era una habilidad ancestral, heredada únicamente por las líderes Gerudo, que le otorgaba control sobre el fuego, un elemento que normalmente no dominaba. Al activarla, su cuerpo comenzaría a irradiar un calor tan intenso como el mismo sol, incrementando su poder con cada segundo. Durante el día, esta habilidad podía alcanzar un nivel devastador, especialmente al mediodía, quemando todo a su alrededor. Sin embargo, ahora, con el sol ya oculto, su única esperanza estaba en su habilidad secundaria: Tierra del Ocaso, que le permitiría desatar un poder extra durante cinco minutos, sin importar la hora.
Antes de activar su habilidad, Urbosa miró a Link, hablando en medio de la batalla.
—Link, ¿por qué no usas todas tus habilidades?— preguntó, su voz mezclada con el cansancio y la curiosidad.
Link mantuvo su sonrisa relajada, una que no había borrado desde que inició el combate. —Porque me estoy divirtiendo,— respondió sin rodeos. —Hace mucho que no tenía una pelea tan igualada, y no quiero acabarla en segundos usando todo mi poder.—
Urbosa soltó una pequeña risa, aunque con un toque de incredulidad. —Me siento algo ofendida, campeón.—
Link negó con la cabeza, manteniendo su tono calmado. —No te ofendas, Urbosa. Estoy dando todo lo que tengo: toda mi fuerza, mi velocidad, y mis sentidos. Solo estoy conteniendo una habilidad,— explicó, mirándola con respeto. —Además, si veo que estoy en peligro de perder, la usaré sin dudar.—
Urbosa asintió, aceptando su respuesta, y le dedicó una última sonrisa de complicidad. —Entonces prepárate, porque no me contendré.—
Se enderezó, y con voz firme pronunció las palabras que desatarían su habilidad definitiva: —Tierra del Sol Abrasador.—
A simple vista, su cuerpo no mostró ningún cambio visible, pero el ambiente alrededor comenzó a caldearse lentamente. Zelda, quien observaba desde una distancia segura, notó de inmediato el cambio en la temperatura. El calor que emanaba Urbosa crecía cada vez más, irradiando desde su piel y extendiéndose como una ola a su alrededor. Sin embargo, siendo ya de noche, sabía que el poder de la habilidad no alcanzaría su máximo. Así que, respirando profundamente, Urbosa dijo la última frase que tenía en mente:
—Tierra del Ocaso.—
De inmediato, el cuerpo de Urbosa se encendió en una intensa aura de fuego, y el calor alrededor de ella se volvió abrasador. Su poder alcanzó un nivel tan elevado que el suelo mismo comenzaba a resquebrajarse bajo sus pies, y el aire a su alrededor ondulaba como en un desierto incandescente. Aunque el área de efecto de Tierra del Ocaso era menor que el alcance diurno de su habilidad, el poder que generaba en ese instante no tenía nada que envidiarle al mediodía. Por cinco minutos, tendría a su disposición el poder absoluto de la matriarca Gerudo, la cúspide de su fuerza y su legado.
Link observó el cambio con una mezcla de sorpresa y admiración. Sabía que ahora, el poder de Urbosa probablemente lo superaba con creces. Quizás no era el doble… sino tres o cuatro veces su propia fuerza. Pero en lugar de amedrentarse, la sonrisa en sus labios se ensanchó. Sabía que este sería el último round y que tenía que dar todo de sí.
Con una decisión firme, Link soltó la cimitarra de la luna, dejándola caer al suelo, y extendió la mano en dirección a su habitación, llamando a su arma sagrada. Con un destello celeste, la Espada Maestra apareció en su mano, brillando con un aura de luz pura que parecía responder al desafío que tenía frente a él. Al empuñarla, la espada emitió un destello, como si reconociera el nivel del combate que se avecinaba.
Zelda, observando todo desde la distancia, sintió el calor abrasador que emanaba de Urbosa y el brillo intenso de la Espada Maestra en manos de Link. La tensión del ambiente era palpable, y aunque siempre había visto a Link como el vencedor inevitable, por primera vez sintió que el desenlace era incierto. Sin embargo, su fe en él no flaqueó, y su corazón latía con fuerza, confiando en que, pase lo que pase, él daría todo de sí.
Urbosa apretó la empuñadura de su cimitarra de la ira, sus ojos ardiendo con la intensidad de las llamas que la rodeaban. Sabía que este sería el golpe definitivo, su último intento de inclinar la balanza a su favor. Frente a ella, Link alzó la Espada Maestra, con una mirada decidida y serena.
Ambos se prepararon, conscientes de que en este último intercambio se definiría el resultado de su combate. Urbosa, con el poder ancestral de las Gerudo fluyendo a través de ella, y Link, con el legendario filo que había protegido a Hyrule por generaciones. El aire estaba cargado de energía y determinación; este sería el último choque.
Con un grito de batalla, Urbosa se lanzó hacia adelante, su cuerpo irradiando un calor tan intenso que las llamas parecían rodearla en una estela ardiente. Link, sin dudarlo, avanzó también, levantando la Espada Maestra, cuyos destellos se intensificaron en respuesta. El choque de titanes estaba a punto de desatarse.
El choque de los ataques de Urbosa y Link generó una onda expansiva que sacudió el desierto, levantando arena y haciendo vibrar cada rincón de la Ciudadela casi era lanzada al suelo, y las guardias Gerudo, llenas de júbilo, vitoreaban a su líder, asombradas de ver su poder en todo su esplendor. Sin embargo, no podían dejar de notar que, a pesar de la abrumadora fuerza de Urbosa, el joven Hyliano seguía en pie, resistiendo el impacto. Algunas guardias susurraban que tal vez era por la Espada Maestra, que le daba el poder de enfrentarse a su matriarca, pero Zelda, escuchando los comentarios, interrumpió suavemente:
—La Espada Maestra es poderosa, sí, pero no es la fuente total del poder de Link. Todo lo que ven en él proviene de su propio entrenamiento y de lo que ha vivido,— dijo, con firmeza y un destello de orgullo en sus ojos.
Las Gerudo guardaron silencio ante las palabras de la princesa, respetando su declaración. Desde ese momento, todas enfocaron su atención en la batalla, animando a Urbosa. Sólo un murmullo, apenas audible, salía de los labios de Zelda: un susurro que repetía una y otra vez el nombre de Link.
En el centro de la arena, Link comenzaba a sentir la presión del combate. Urbosa no solo lo superaba en fuerza, velocidad y habilidad en ese momento. Por primera vez en mucho tiempo, se vio obligado a retroceder, forzado a bloquear y esquivar cada golpe, sin espacio para atacar. La sensación de verse acorralado le hizo recordar la tragedia que vivió en la aldea Hatelia cinco años atrás, cuando no pudo salvar a sus seres queridos. Pero esta vez era diferente; él sabía que ahora era más fuerte. Sin embargo, el peso de su misión se apoderaba de su mente, y el combate, que debía ser solo un entrenamiento, comenzó a sentirse como una prueba crucial. Si Urbosa tiene este poder y no confiamos solo en ella para enfrentar al Cataclismo, ¿cuánto más poderoso será ese mal? pensó. Si no puedo vencerla ahora, ¿cómo podré proteger a Hyrule… y a Zelda?¿Se repetirá la tragedia de hace 5 años?
Mientras estos pensamientos lo consumían, la presión en su mente aumentaba, y su mano comenzó a tambalearse levemente en su agarre sobre la Espada Maestra. Apenas habían pasado 2 minutos desde que Urbosa activó Tierra del Ocaso, pero el peso de la situación parecía abrumarlo. Si no uso mi habilidad, no soy nada, se dijo, su confianza debilitándose. Si solo dependo de ella, entonces el poder no es mío, sino de la habilidad. Su sonrisa desapareció, y su mirada se perdió, sumergida en el conflicto interno de si su fuerza era realmente suya o solo un efecto de las habilidades que había adquirido.
En medio de sus pensamientos, un grito resonó entre la multitud de guardias que vitoreaban a Urbosa. "¡Link, tú puedes!" La voz cortó a través de su confusión, clara y llena de convicción. Era Zelda, de pie junto a la arena, que lo observaba con una expresión de total confianza. Ese simple grito traspasó todas sus dudas.
En ese momento, Link tomó una decisión. Activó Procesamiento Paralelo, y el tiempo pareció detenerse. En ese estado, con la percepción del mundo ralentizada, miró de nuevo hacia Zelda, quien lo animaba sin reservas. No puedo perder, pensó. Y entonces lo comprendió. Soy yo quien controla esta habilidad. Yo la obtuve, yo la perfeccioné. La habilidad es mía, y yo soy su fuente. No es que yo no sea nada sin ella; ella no existiría sin mí.
Con este renovado entendimiento, Link se preparó para su próximo movimiento. En el tiempo suspendido por su habilidad, dio un paso atrás, evaluando cada opción. Durante estos 5 minutos, Urbosa es increíblemente poderosa. Este combate es una prueba de lo que vendrá. Los recuerdos de sus años de entrenamiento, de las pérdidas y sacrificios, de las veces que había fallado, se agolparon en su mente. Pero, entonces, surgió otro pensamiento. Debo proteger el reino. Debo proteger a Zelda… No, quiero proteger a Zelda. Su corazón se aceleró al darse cuenta de lo mucho que deseaba mantenerla a salvo. En medio de su caótico mar de pensamientos, un mensaje apareció en su mente, un susurro que parecía resonar desde lo más profundo de su ser:
Habilidad definitiva - Alma del Héroe Eterno
Pasivo: Esta habilidad otorga al usuario una ganancia de experiencia significativamente acelerada, optimizando y amplificando su crecimiento en el entrenamiento más allá de los límites normales. Los multiplicadores de potenciación no solo aumentan con el nivel máximo del usuario, sino que también mejoran la efectividad de todas sus habilidades.
Activo - Energía Pura:
Para activar esta forma se deben cumplir tres condiciones:
Poseer un arma de grado divino.
Poseer el rasgo "Alto".
Tener un fuerte vínculo emocional protector y amoroso.
Al activarse, Energía Pura multiplica todas las estadísticas del usuario por un factor que varía entre x2 y x20. Cuanto mayor sea el multiplicador, menor es la duración de la habilidad y mayor el tiempo de enfriamiento.
Durante este estado, todas las estadísticas potenciadas se consideran estadísticas base, lo que permite que otras habilidades las amplifiquen aún más. Además, el efecto incluye una barrera protectora temporal que reduce el daño recibido en un 50%, independientemente del nivel del ataque enemigo.
Restricciones Adicionales:
Esta habilidad solo puede activarse si el enemigo representa una amenaza significativa o supera el nivel del usuario.
Usarla consume grandes cantidades de energía, y su activación con multiplicadores altos puede dejar al usuario agotado, afectando su rendimiento físico y mental después de desactivarse.
Ráfaga - El Golpe del Héroe:
El usuario concentra toda su magia y energía en un único ataque definitivo, multiplicado por el factor máximo de Energía Pura. Este golpe, conocido como El Golpe del Héroe, desintegra todo a su paso, ignorando defensas, barreras e incluso habilidades de alto nivel. Sin embargo, después de usarlo, todas las estadísticas (ataque, magia, velocidad) se reducen a 100 puntos durante 10 minutos, y la habilidad entra en un enfriamiento.
Efecto Adicional: Si el vínculo emocional del usuario con su objetivo protector es extremadamente fuerte, el tiempo de enfriamiento y las penalizaciones de Energía Pura pueden reducirse en un 50%. Sin embargo, esto depende de circunstancias emocionales y no puede ser controlado deliberadamente.
La mente de Link proceso todo lo que acababa de aparecer en su mente, él había liberado esa habilidad una nueva habilidad, "No, esta no es una nueva habilidad, podrá ser…" por la mente de link solo paso algo que había tenido desde hace mucho tiempo pero jamas habia descubierto que es, esa habilidad oculta que siempre era mencionada y que obtuvo apenas en el nivel 100, al parecer hasta este momento había cumplido los requisitos para su total liberación, Link vio todos los detalles de esta en su mente y comprendió que había pasado, Link entonces vio a zelda con una sonrisa, ella sin saberlo había sido la que haria que link cumpliera la última condición para esa habilidad, Link decidió no pensarlo más y acabar con esta pelea. Para activar la habilidad, Link debe decir en voz alta el comando, seguido del multiplicador deseado. En esta ocasión, sus palabras fueron: —Energía Pura 4.—
La energía fluyó a través de Link, envolviéndolo en una luz cegadora. Sus estadísticas se multiplicaron al instante, igualando el poder de Urbosa e incluso superándolo. Era como si cada fibra de su ser se hubiese reforzado, alcanzando un nivel que él mismo desconocía. Su determinación brillaba en sus ojos, y con la Espada Maestra en alto, avanzó hacia Urbosa, quien sintió el cambio en el aire, como una corriente arrolladora que la hacía retroceder.
Urbosa percibió el nuevo poder de Link con asombro. Este chico… no es el mismo con el que empecé a combatir, pensó, observando la figura de Link, que parecía rodeado de un resplandor místico. ¿De dónde proviene esa fuerza? ¿De la Espada Maestra? No… es algo propio de él. A medida que él se acercaba, la intensidad de su presencia parecía duplicarse. Los ojos de Urbosa captaron un brillo nuevo en la mirada de Link, una convicción inquebrantable, una determinación que no había visto en nadie más.
Sabía que había llegado el momento del choque final, y aunque aún le quedaban pocos minutos de poder en Tierra del Ocaso, comprendió que la victoria ya no le pertenecía. La fuerza de Link no era solo física; era el resultado de años de sacrificios, de pérdidas, de batallas internas. Este joven tiene el espíritu de un héroe… un verdadero protector, pensó Urbosa. Es alguien en quien puedo confiar el destino de Hyrule… y de Zelda.
Ambos avanzaron hacia el centro de la arena, sus miradas fijas, sus cuerpos tensos en una postura de combate perfecta. La Espada Maestra de Link y la cimitarra de la ira de Urbosa destellaban en el aire, reflejando la intensidad de la batalla. La multitud alrededor contenía el aliento, y el mundo pareció detenerse mientras ambos guerreros se preparaban para el golpe decisivo.
Link, con su nueva habilidad activada y su cuerpo imbuido de poder, sintió la claridad de su propósito. Con cada paso que daba, sentía que toda su vida, todo su entrenamiento, cada desafío y sacrificio, lo habían conducido a ese momento. Cuando estuvo a un metro de Urbosa, ella lanzó un último ataque, un barrido horizontal con toda su fuerza.
Link respondió, bloqueando el golpe con precisión y empujando su espada contra la cimitarra de Urbosa. El choque de las armas emitió una onda expansiva, un destello de energía pura y calor abrasador que sacudió toda la arena. Urbosa sintió el impacto recorrer sus brazos, y en ese instante, supo que no podía ganar. Él me ha superado. Este es el verdadero héroe de Hyrule, pensó con una mezcla de respeto y rendición. Justo en el instante final del choque, Urbosa aflojó su agarre, aceptando la derrota y cediendo el triunfo a Link.
Link lo percibió y, con un movimiento calculado, giró la Espada Maestra en su mano para golpearla con el lado sin filo. La espada impactó en el torso de Urbosa, quien salió disparada hacia atrás, levantando una nube de arena mientras caía varios metros más allá. El golpe había sido devastador, pero respetuoso, una victoria limpia que hablaba tanto de la fuerza como del honor de Link.
Las Gerudo, llenas de júbilo, estallaron en vítores y aplausos, corriendo hacia su líder para comprobar que estuviera bien. Al ver su expresión serena y satisfecha, supieron que ella aceptaba la derrota con orgullo. Mientras la multitud celebraba el impresionante espectáculo, Link permaneció en su sitio, su cuerpo aún rodeado por el resplandor de Energía Pura, aunque este iba desvaneciéndose poco a poco.
En medio de la algarabía, Link alzó la vista y encontró a Zelda. Ella estaba de pie entre las guardias, pero su mirada no se apartaba de él, llena de asombro, admiración y algo más profundo que él no podía descifrar del todo. A pesar del ruido y las voces que los rodeaban, en ese instante solo parecían estar ellos dos. La multitud desapareció a su alrededor, y el espacio entre ellos se volvió un mundo aparte, silencioso y sereno.
Zelda dio un paso hacia él, sin apartar los ojos de su rostro, intentando comprender lo que acababa de presenciar. En su mente, se repetían las imágenes de Link luchando, de su fuerza desbordante y su determinación inquebrantable. Había algo diferente en él, una madurez y una claridad que no había visto antes. Sintió cómo su corazón latía más rápido al verlo de pie, invencible, con una mezcla de serenidad y poder que le quitaba el aliento.
Link, aún con el resplandor de la energía disipándose a su alrededor, la miraba de vuelta. En sus ojos se reflejaba la devoción y el propósito que sentía, y su expresión era suave, casi vulnerable. Aún tenía la Espada Maestra en la mano, pero en ese momento, Zelda era la única que ocupaba su mente, y sin poder evitarlo, una leve sonrisa apareció en su rostro. He llegado hasta aquí por ella… por el reino… pero sobre todo, por ella, pensó.
El tiempo pareció detenerse mientras ambos se miraban. Zelda sintió que algo en su relación había cambiado, como si en ese instante una barrera invisible se rompiera, dejándola ver la profundidad de los sentimientos de Link. Lentamente, una sonrisa tímida y cálida asomó en sus labios, y su mirada, cargada de emociones, transmitió más de lo que cualquier palabra podría expresar.
Link dio un paso hacia ella, y Zelda respondió dando otro hacia él, acortando la distancia que los separaba. En ese momento, todo a su alrededor se desvaneció; las guardias, los vítores, el desierto… Solo existían ellos dos, compartiendo una conexión silenciosa, profunda e irrompible. Aunque ninguno de los dos dijo una palabra, ambos supieron que algo importante había nacido entre ellos en ese instante.
Y así, en el centro de la arena, rodeados por la multitud que los vitoreaba, Link y Zelda se quedaron mirándose, sabiendo que habían dado un paso hacia algo más, algo que los acompañaría en los desafíos que aún tenían por delante.
