Sinopsis:
¿Dije solo Hermione Oscura? Sí, también me refería a Draco Oscuro.
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"Sabía con certeza que algo tendría que cambiar si quería quedarme en esa escuela. O los alumnos tenían que cambiar su forma de comportarse, o yo tendría que idear un plan mejor para protegerme. Mi cuerpo se estaba desgastando muy rápido".
-Melba Patillo Bills
—Los humanos no están arraigados a la tierra como los árboles. Hoy practicaréis la lucha contra un blanco móvil: vuestro compañero de duelo. —Eso había dicho el instructor Kuytek hacía treinta minutos, mientras la clase se estiraba y escuchaba los detalles de su siguiente tarea.
Se esperaba que a estas alturas del año dominaran el combate a nivel básico y una docena de hechizos sin varita. Como explicó Kuytek, ya no bastaba con enfrentarse en el campo, en un entorno controlado sin "variables". Ahora iban a probar sus habilidades en lo que el plan de estudios llamaba una sesión de entrenamiento, pero que se parecía mucho más a un examen práctico de alto nivel.
Luego, tras confiscarles las varitas y hacerles elegir armas más rudimentarias (léase: cuchillos), Kuytek había hecho salir a la clase. Los envió a las montañas que se alzaban por encima de la escuela, cubiertas de árboles cargados de nieve. El instructor de combate no se uniría a ellos. En su lugar, planeaba inspeccionar cuidadosamente las heridas de cada uno de los estudiantes después para asegurarse de que nadie había flojeado.
En ese momento, Draco caminaba junto a Pansy y Goyle, que se frotaban los brazos en un intento de conservar el calor corporal. Blaise escalaba la montaña desde la dirección opuesta con la otra mitad de la clase. Todos habían sido separados de sus compañeros para el comienzo del ejercicio, ya que su tarea también era "cazar".
Un repentino chasquido hizo que los tres ex-Slytherins se giraran.
Wolf estaba acechando a través de los árboles detrás de ellos lo suficientemente cerca como para oír el crujido de su musculoso cuello. El bruto llevaba un número obsceno de cuchillos atados a sus grandes bíceps. Mientras caminaba, sus hojas se reflejaban en la luz del sol sobre la nieve endurecida. También lucía una sonrisa monstruosa por estar ansioso de pelear con Blaise por primera vez sin que ningún profesor interviniera.
Pansy estaba menos preparada, armada solo con una botella de Díctamo y una expresión agria.
—Shwek y yo acordamos que no habría derramamiento de sangre, —susurró—. Pero como aún tenemos que hacer que parezca una pelea de verdad, nos reuniremos junto al río para destrozarnos antes de ir a ver a Kuytek.
Draco frunció el ceño.
—¿Quién es Shwek?
—Solo es mi compañera de combate asignada, Draco. La misma que he tenido durante seis malditas semanas. Realmente no ves nada más que el interior de tus propios párpados. Si me asesinan hoy en ese bosque, dudo que te des cuenta o te importe.
Hizo una pausa para patear un montón de piedras, refunfuñando en voz alta.
—Blaise tiene razón. Vas a fastidiar la entrevista del Departamento de Seguridad Mágica y te mandarán a casa.
Habían llegado a la base de la montaña y atravesaban un bosquecillo de abedules blancos y grises, pelados por la congelación. Mientras caminaba, Draco contaba las pocas hojas que quedaban en sus ramas e ignoraba las incesantes quejas de Pansy.
—Deberías tomarte esto más en serio que cualquiera de los presentes. El consejo de imbéciles de Shacklebolt no teme dar un escarmiento a tu familia. Ati. Así que intenta recordar que hoy se evalúa y...
Pansy fue interrumpida por un gruñido.
Goyle había tropezado con algo en la maleza. Se agarró a un tronco y murmuró:
—Nos lo estamos tomando en serio.
Pansy negó con la cabeza.
—Obviamente no me refería a ti, ni a Blaise. Kuytek no se cansa de ninguno de los dos. Te lo juro, la de veces que ha irrumpido en nuestro dormitorio con alguna excusa tonta para charlar... ¿por qué crees que siempre tengo las cortinas cerradas?
—Entonces espero que no estés hablando de mí, —dijo Draco. Se estaba sujetando una daga corta al muslo, sin haber elegido otra cosa del montón. Tenía los filos romos y no se había molestado en envenenarla antes de entregar su varita.
—Supongo que es necesario repetirlo, —resopló Pansy, mirando la daga.
Señaló hacia los árboles.
—Kuytek ha estado diciendo durante semanas que redirijas incluso algo de lo que usaste contra él hacia la Sangre sucia. Para ponerla en su sitio. Cómo que no le estás haciendo ningún favor, ya que solo será reasignada a alguien que no actúe como si fuera de cristal. No has dejado un rasguño en ella, y ahora Kuytek está prestando atención. Así que espabila o será mejor que hagas las maletas.
Sin embargo, cuando Pansy se giró para mirar a Draco, él ya se había ido.
La visibilidad disminuía cuanto más ascendía, mientras los abedules se convertían poco a poco en abetos, pinos y alisos que no se habían despojado de sus hojas. Se encontró con otras parejas que se batían en duelo a lo largo de su camino, persecuciones que se adentraban en la niebla hasta que solo podía ver destellos de luces multicolores y oír el sonido de metal chocando contra metal.
A diferencia de Pansy y su compañera de entrenamiento, él no había hecho planes para encontrarse con Granger. Aunque de algún modo dudaba que se escondiera. No parecía de ese tipo.
Draco caminó más profundamente, los kilómetros se sucedían hasta perderse. La luz del sol que se colaba entre las ramas de los árboles se difuminaba a través de la niebla, dando al aire un tono brillante y etéreo, y era como estar atrapado dentro de un pensadero.
Solo cuando Draco llegó a lo que debía ser el corazón del bosque se detuvo, dándose cuenta de que lo estaban observando.
Una criatura plateada y translúcida estaba posada en un tronco volcado detrás de él, mirándole fijamente. Su pelaje liso y su larga cola le confundieron por un momento antes de situarla como una nutria.
En cuanto la vio, la nutria saltó del tronco y se escabulló entre los arbustos.
Draco la siguió.
La nutria tomó una ruta tortuosa a través de la ladera, zigzagueando a una velocidad que hizo que Draco se arrepintiera de haberla seguido. Pero alguien debía de haberla enviado a buscarlo, así que se mantuvo tras ella, aunque su confusión iba en aumento.
Finalmente entraron en un amplio claro cubierto de nieve. En el centro había un estanque en el que apenas se veían los peces que nadaban bajo una capa de hielo oscuro.
La nutria corrió hacia el estanque, se zambulló en él y se desmaterializó al contacto.
Draco estaba agachado en el lugar donde había desaparecido la nutria, cuando el crujido de unas ramitas al partirse le hizo volverse.
Granger estaba en el lado opuesto del claro, aunque apenas era visible. Los árboles que la rodeaban eran tan densos que él no podía leer su expresión. Estaba casi totalmente cubierta de sombras, excepto por la nieve que le cubría la cabeza.
—Creo que nunca he mencionado mi patronus, pero no se me ocurrió una forma mejor de encontrarte antes de que acabara la clase, —exclamó.
Su voz permaneció neutra mientras lo estudiaba desde el otro lado del claro.
Draco le devolvió la mirada sin hacer ningún movimiento brusco, nada que pudiera instigar un duelo que no estaba particularmente dispuesto a tener. Como mucho, quería una conversación privada. Llevaban seis días sin cruzar una palabra y era extraño oír que ella volvía a dirigirse a él de forma tan directa.
Entonces Granger se adelantó hacia la luz del sol.
Ahora vio que tenía un gran hematoma en la sien que le recorría todo el lado derecho de la cara y el cuello. Desaparecía bajo el cuello de su uniforme. Sin embargo, era más negro que un moretón normal, o incluso que una Marca Tenebrosa. Como si su piel hubiera sido manchada con tinta.
No había visto el moratón aquella mañana, pero dudaba que se lo hubiera hecho algún compañero en algún lugar del bosque. Tampoco había hinchazón ni signos de una herida abierta, aunque sus bordes estaban ligeramente borrosos por lo que podría ser un encantamiento de ocultación ya desvanecido. Para él, parecía la consecuencia de magia experimental.
Draco seguía mirando fijamente cuando una red de cuerdas cayó del cielo vacío sobre su cabeza.
Se sacudió hacia un lado, desenvainando el cuchillo en el mismo instante y lanzándolo hacia un poco más arriba de donde sabía que estaba Granger. Se clavó en el tronco de un árbol y el mango de cuero vibró con el impacto.
Granger se había ido.
Observó el bosque en busca de movimiento. Miró profundamente en las sombras de la arboleda circundante mientras hablaba con una voz que apenas reconocía como suya. Era distante y fría.
—Me echaste de menos, Sangre sucia.
—Tú también me echaste de menos, —repitió ella.
—Nunca.
Hubo otro crujido a la izquierda de Draco, que se giró mientras formaba las señas con las manos y gruñía:
—¡Reducto!
Un destello azul iluminó el nebuloso claro y vio su capa de pieles desaparecer detrás de un árbol.
Corrió tras ella, pero Granger era rápida, deslizándose bajo las ramas y escalando raíces y peñascos casi sin esfuerzo. No se defendió, pero esquivó con facilidad todas las maldiciones a medias que él lanzó en su dirección.
En ningún momento se dio la vuelta, lo que solo frustró más a Draco. Como si lo estuviera provocando para que lo persiguiera por el bosque en lugar de enfrentarse a él.
Finalmente, Granger los condujo a la base de la montaña, lo bastante cerca como para ver la cima de los minaretes de piedra de Durmstrang. Sin embargo, permanecieron entre los árboles, bordeando el límite, pero sin salir. Evitando a otros compañeros de duelo mientras continuaban su interminable persecución por el bosque.
Todo el tiempo sus ojos permanecieron fijos en la fugaz melena rizada de Granger mientras esperaba su oportunidad para atacar. Llegó cuando salieron a otro claro cargado de nieve que estaba rodeado de rocas y bordeaba la cara escarpada de un acantilado.
Granger se detuvo mientras miraba hacia arriba, con el cuello inclinado para contemplar el irremediable ascenso.
Pero Draco no dudó. Avanzó hacia donde estaba Granger, de modo que quedaron uno al lado del otro, y luego giró rápidamente sobre sí mismo con ambos brazos completamente extendidos. Pronunció el hechizo que solo había practicado a solas.
—Protego Diabolica.
Violentas llamas negras brotaron de sus manos desnudas, pulsando hacia fuera en ondas que aumentaban cuanto más se consumían. El aire se llenó de vapores cancerígenos que hicieron que Granger se llevara las palmas de las manos a la boca y se ahogara, luchando por respirar.
Manteniéndola muy cerca, Draco siguió la trayectoria curva de sus manos extendidas, enroscando su cuerpo como una serpiente. Completó el anillo infernal de llamas negras, atrapándolos en una tormenta de magia negra. Con otro rápido movimiento ascendente de las muñecas, el fuego se encendió tanto que sus bordes ardieron en un brillante azul cobalto, haciendo que el propio sol se oscureciera.
Y ahora podía sentirlo todo.
Sus llamas negras devoraban cada insecto y brizna de hierba en su camino anillado de consumo; un fuego mayor y más salvaje que el que jamás había lanzado en casa. Al mismo tiempo, una furia fría surgió de algún lugar profundo de su interior, centuplicando cada sensación. La piel se le puso de gallina y todo el cuerpo le escocía con el mismo calor helado. Incluso pudo ver cómo las venas de la magia se deslizaban por su iris hasta que el propio mundo se tiñó de un bermellón oscuro.
—REDUC...
Granger solo consiguió pronunciar parte de su maldición antes de que la arrojaran bruscamente al suelo. La nieve se había derretido y rodaron juntos por ella mientras luchaban.
Le estaba clavando un cuchillo en la caja torácica, lo bastante fuerte como para hacerle sangrar a través de la túnica. El dolor era insoportable, con los sentidos encendidos por la magia oscura.
Al soltarse, Granger se puso en pie y corrió hacia los árboles. Casi lo consigue antes de dar un volantazo y esquivar por los pelos las llamas que la cercaban dentro del claro humeante.
De pie en su centro, Draco levantó ambas palmas y las arrastró hacia dentro. En respuesta, el anillo negro se encendió y luego se contrajo. Obligando a Granger a tropezar hacia atrás.
Draco estaba sobre ella un momento después.
Apretó firmemente las rodillas contra las caderas de Granger para impedir que se moviera. Le levantó ambos brazos por encima de la cabeza, girándolos para impedir que hiciera señas con las manos.
Nada de esto era fácil ni sencillo. Granger se agitaba debajo de él como un animal atrapado en una trampa. Estaba empapada por la caída en la nieve, con el pelo enmarañado, la túnica del uniforme rota hasta dejar a la vista una camiseta demasiado fina. Tenía el pecho agitado y húmedo por las gotas de sudor. Era difícil mantenerla quieta con lo ferozmente que forcejeaba.
Entonces Draco se inclinó hacia abajo, haciendo que ella se congelara. Usando su mejilla para girar la de ella hacia delante, de modo que quedara de frente. Su piel, que él había encontrado tan suave en aquel terraplén, era ahora hielo sólido.
Pero eran sus ojos lo que más inquietaba a Draco.
Eran como los suyos: manchados con los inconfundibles signos de una magia antinatural que ella no debería haber usado. Venas rojas como la sangre que se extendían desde sus pupilas hasta el iris y daban la impresión de que no había dormido en muchos años.
Inclinándose aún más, le susurró, calentándole el oído con su aliento.
—¿Qué has estado haciendo?
Movió la cara hacia un lado.
—No te lo voy a decir, Malfoy, así que quítate de una puta vez, —le exigió, con las caderas agitándose contra sus rodillas mientras él seguía sujetándola.
Cuando Draco apretó más fuerte, sin ceder, ella dijo en voz baja:
—Si alguna vez te molestaras en volver a aparecer por la biblioteca, no tendrías que preguntar. Ya sabrías lo que pasó.
Draco frunció el ceño al ver la decepción en sus ojos enrojecidos. Y, por un momento, pensó en admitir que la había seguido a la biblioteca todas las noches y que se había quedado fuera. Que había evitado entrar desde que se enfrentó a Blaise.
Pero no podía, no debía, decirle nada de eso a Granger. En vez de eso, le pasó el pulgar por la mejilla para quitarle la nieve e inspeccionarle los moratones.
—No estás pensando con claridad, —criticó con dureza—. Fingiendo tener a esta escuela alrededor de tu dedo meñique, cuando en realidad todos te quieren muerta. Recitando maldiciones que probablemente leíste en un libro que habría estado prohibido en Hogwarts. Arremetiendo contra esas llamas como si no fueras a convertirte en un montón de cenizas sin valor.
Gruñó, intentando liberarse de nuevo.
Le dio otro barrido en la sien, recorriendo con el pulgar la marca de su maldición, una que ahora estaba seguro de que procedía del más oscuro de los hechizos. Trazó la delgada línea a lo largo de su cuello mientras murmuraba las palabras para eliminar el resto de la ocultación.
Se puso de pie.
—No más encantos o lo que sea que usaste para disfrazar la marca esta mañana. Dile a Kuytek que yo te la hice. Cómo te inmovilicé en la nieve y te hice suplicar. Dile a todo el mundo exactamente cuánto te jodidamente dolió.
Con un giro de muñeca, las llamas negras se extinguieron.
Granger no habló mientras se alejaba.
—
Al principio, no podía localizar los ruidos. Apenas se oían y estaban amortiguados por capas de tela gruesa que se colaban por los huecos de su cama con dosel.
—... no sé dónde está. Lo juro... lo juro... no...
Draco se revolvió en la almohada mientras los gritos se hacían más fuertes, acompañados de terribles y prolongados gemidos. E incluso medio dormido, ya conocía esos gritos. De meses atrás, en un país diferente.
—Estoy diciendo la verdad. No hemos cogido nada. No es él.
Draco abrió los ojos y se sentó en la cama.
Otro grito.
—¿Granger?
Los pies descalzos pisaban la piedra mientras Theo corría hacia su cama. Sin embargo, el aire que la rodeaba seguía bloqueado por los hechizos que siempre lanzaba antes de dormir. Magia defensiva que brillaba débilmente en el aire oscuro del dormitorio.
—¿Qué pasa? Quita los encantos y vamos a buscar a un profesor.
Pero sus gritos continuaban, y cada uno de ellos estremecía a Draco hasta la médula.
Sus oídos zumbaban mientras la sangre corría por su interior. Los pensamientos se nublaban con la horrible visión de verla retorcerse bajo su tía mientras era cortada en pedazos. Crucificada como tantos otros lo habían sido en aquel suelo dejado de la mano de Dios. Un cuchillo tallando letras en su piel.
—Por favor...
Draco salió de la habitación antes de que pudiera oírla suplicar una ayuda que nunca llegó.
Entonces salió de la habitación, con los ojos aún teñidos por el uso de Diabolica, de modo que incluso el tenue pasillo que había más allá estaba teñido de un rojo rubí intenso. Se tambaleó hasta la puerta más cercana, la abrió de un tirón y se agarró a un lavabo. No soltó el aliento hasta que oyó el sonido de la cerradura.
Draco tenía una gruesa pastilla de jabón en las manos y la movía furiosamente por el brazo, cuando alguien entró en el cuarto de baño.
—Te habrá encantado ese viaje por el carril de los recuerdos.
Theo estaba en el umbral. Tenía la ropa de dormir tan desarreglada como el pelo, pero sus ojos verdes estaban alerta mientras observaba la escena. Se fijó en la piel en carne viva y maltratada de la Marca Tenebrosa de Draco, que goteaba sangre en el lavabo.
El bicho raro sonrió.
Draco lo fulminó con la mirada.
—Vete a la mierda, Nott. No vamos a hacer esto ahora.
—¿Hacer qué? ¿Revivir aquel maravilloso año en que tus padres acogieron al Señor Tenebroso? El hecho de que sigas destrozado por ello debe de servir para algo, —dijo Theo despectivamente, yendo a apoyarse contra la pared—. Por otra parte, por lo que he oído, hoy has hecho pasar un infierno a Granger en clase.
Draco se tiró de la manga.
—He dicho que te vayas. Vuelve con la Sangre sucia y haz que deje de llorar.
—No, creo que me quedaré aquí. Yo tampoco quiero seguir escuchándola, —resopló Theo.
Entonces Theo se deslizó por la pared para sentarse. Extendió las piernas sobre las baldosas y apoyó la mejilla contra las tuberías de hierro expuestas bajo el tocador. Su voz se volvió reflexiva.
—Tengo la teoría de que el Ministerio envió a su Chica Dorada a Durmstrang como una especie de castigo. Para nosotros, quiero decir. Nos metieron a todos en el mismo dormitorio e hicieron prometer a Granger que gritaría hasta que viéramos la luz y nos arrepintiéramos. Tienes que admitir que a veces esta escuela se siente como el purgatorio. Como si estuviéramos aquí para dar cuenta de nuestros pecados.
Draco no sabía si reírse del discurso extrañamente religioso o darle una patada al bicho raro que lo había pronunciado.
Antes de decidirse, Theo suspiró con nostalgia.
—He intentado hablar con Granger. Llevarle los libros, ser su compañero de clase. Pero es más cerrada que el Departamento de Misterios. Lo máximo que he conseguido sacarle es una frase. Creo que no le caigo muy bien.
—No le caes bien a nadie.
—Sí. Bueno, eso es, —bostezó Theo—. Pero ya que estamos atrapados aquí un rato, ¿de qué prefieres hablar para pasar el rato? ¿Tal vez de tu lectura de adivinación? Podríamos analizar tu carta de los Amantes y las candidatas más dignas.
Draco envió una patada hacia Theo, que la esquivó. Luego devolvió el jabón a su plato y fue a tumbarse en el banco de la ducha que parecía más limpio.
Cruzó los brazos sobre el pecho y miró al techo. Las claraboyas de cristal que había en él estaban totalmente oscuras bajo unas estrellas que parecían extrañas comparadas con las de casa, lo que impedía leer las constelaciones.
Tal vez fuera porque nunca había estado tan cansado. Desangrado por convocar esas llamas en un tonto intento de asustar a Granger y ganar tiempo con Kuytek. Para salvar su propio cuello.
Para provocarle pesadillas.
Quizá debería haberse tomado la molestia de explicarle que no había ninguna posibilidad de que se quemara. A pesar de haber leído tantos libros sobre Grindelwald, estaba claro lo poco que Granger sabía sobre el Escudo del Diablo, que solo era un oscuro encantamiento protector. Uno diseñado para dañar a los enemigos, pero nunca a ella.
Aun así, no había habido tiempo ni mejor elección en aquel claro. Y, sin embargo, era obvio que había ido demasiado lejos. Había cruzado un límite invisible que no sabía que existía, desenterrando algo atroz: un remordimiento que tanto le costó enterrar con el whisky de fuego, la oclusión y las mentiras que se decía a sí mismo por la noche para conciliar el sueño.
Era egoísta. Él era egoísta.
Pero realmente no le importaba.
Draco volvió la cara hacia la pared, ocultando la culpa en sus ojos manchados de sangre.
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Nota de la autora:
La pelea en el bosque del capítulo 21 está inspirada en una escena del tráiler de Dramione_IV, y está dedicada a mi querida amiga Noora, que hoy es su cumpleaños.
Esta será la última actualización de YOTL de 2024 con mucha más historia que contar. Voy por delante en la escritura, lo que significa que se puede esperar otra visita a Longyearbyen el próximo fin de semana. No dudes en seguirme en Instagram para ver avances de la historia, y gracias por formar parte de este viaje en desarrollo.
Nos vemos en 2025.
HeavenlyDew
