REVENGE
~Capítulo 34~
La cálida luz de la noche se filtraba a través de las cortinas pesadas del salón principal, iluminando el interior de la majestuosa casa de Toshiko con un suave resplandor dorado. Toshiko, una mujer de semblante severo y porte elegante, estaba recostada en un diván de terciopelo, con un cojín de seda apoyado en la cabeza. Había decidido tomarse una siesta después de un agotador almuerzo con viejas conocidas, pero su descanso fue abruptamente interrumpido por el insistente sonido del timbre.
—¡¿Quién demonios toca el timbre de esa manera?! —murmuró Toshiko, molesta, mientras abría los ojos con pesadez.
El timbre volvió a sonar, esta vez más rápido y más insistente. Toshiko se sentó con brusquedad, frunciendo el ceño.
—¡Aiko! —gritó con voz autoritaria, llamando a su fiel sirvienta. —¡Aiko, abre la puerta de una vez! ¡Alguien quiere volverme loca esta tarde!
Desde algún rincón de la casa se oyó la apresurada respuesta de Aiko.
—¡Voy, señora! ¡Voy!
Toshiko suspiró con exasperación, masajeándose las sienes. Era evidente que no tenía paciencia para lidiar con interrupciones, menos cuando todo lo que quería era regresar a su siesta.
El timbre volvió a sonar.
—¡Aiko! —exclamó Toshiko con más fuerza, irritada. —¡Si no abres la puerta en los próximos tres segundos, te juro que...!
Antes de que pudiera terminar su amenaza, escuchó el sonido de la puerta principal abriéndose de golpe. Acto seguido, un par de pasos rápidos y pesados resonaron en el vestíbulo. Antes de que Toshiko pudiera preguntar quién era, una figura familiar irrumpió en el salón, con el rostro encendido de furia.
—¡Madre! —gritó Sora, su hija, con los ojos llenos de ira y la voz temblando por la rabia. —¡¿Cómo pudiste?! ¡¿Cómo te atreviste a decirle eso a Rika?!
Toshiko levantó una ceja, sorprendida por la entrada tan dramática de su hija, aunque pronto su sorpresa se transformó en una mueca de indiferencia.
—¿A qué te refieres, Sora? —preguntó Toshiko con un tono frío y distante, mientras cruzaba las piernas con elegancia y volvía a recostarse en el diván. —¿Qué cosa tan terrible crees que hice ahora?
Sora avanzó hasta quedar frente a su madre, con los puños cerrados y el pecho subiendo y bajando rápidamente debido a su agitación.
—¡No te hagas la desentendida! —exclamó, señalándola con un dedo acusador. —¡Le dijiste a Rika la verdad! ¡Le dijiste que es adoptada! ¡No tenías derecho, madre!
Toshiko ladeó la cabeza, estudiando el rostro de su hija con una mezcla de calma y desprecio.
—Ah, eso. —dijo finalmente, como si la revelación que acababa de mencionar Sora no fuera nada del otro mundo. —Bueno, alguien tenía que decírselo. No podía seguir viviendo en una mentira para siempre, Sora.
—¡No era tu decisión! —gritó Sora, acercándose aún más. —¡No tenías ningún derecho a intervenir en algo tan delicado! ¡Eso era algo que Yamato y yo teníamos que manejar, no tú!
Toshiko se puso de pie con lentitud, su rostro perdiendo cualquier rastro de amabilidad.
—¿Delicado? —repitió con sarcasmo. —¿De verdad crees que ocultarle la verdad toda su vida es "delicado"? Rika tiene derecho a saber de dónde viene. No iba a dejar que esa pobre niña siguiera engañada, pensando que era una Ishida de sangre.
Sora temblaba de indignación, pero sus palabras no salían con la fluidez que ella quería. Sus emociones estaban al límite.
—¡Rika es mi hija, no tu experimento! —replicó finalmente. —¡Tú no eres nadie para tomar esas decisiones, madre! ¡Tu intromisión no hizo más que lastimarla! Está destrozada... ¡y todo es tu culpa!
Toshiko dejó escapar una risa amarga y seca, como si las palabras de Sora le hubieran resultado absurdas.
—¿Mi culpa? —repitió con desdén. —La verdad duele, Sora, pero es mejor que la mentira. Si Rika no puede manejarlo, entonces es problema suyo. Yo solo hice lo que era necesario.
Sora no pudo contenerse más. Dio un paso adelante y señaló a su madre con una firmeza que no había mostrado antes.
—No lo hiciste por el bien de Rika, madre —acusó Sora, su voz temblando, esta vez no de furia, sino de profunda decepción. —Lo hiciste para fastidiarme a mí, como siempre. No puedes soportar que yo tome decisiones, que yo tenga algo de control en mi vida. ¡Siempre tienes que arruinarlo todo!
Toshiko dejó escapar una risita desdeñosa, alzando una ceja con expresión burlona.
—¿Y qué esperabas, querida? —respondió, su tono impregnado de un veneno calculado. —¿Que me quedara callada después de tu descaro? ¿Después de que osaste amenazarme con mis propios secretos si no liberaba a ese... Ryo? ¿Creíste que te saldrías con la tuya?
Sora frunció el ceño, su cuerpo entero temblando de indignación mientras apretaba los puños.
—¿Liberarlo? ¡Era inocente, madre! —gritó, dando un paso más hacia ella. —Lo hiciste encarcelar solo para obligarme a someterme a tus absurdos caprichos. ¡No voy a pedirte disculpas por protegerlo!
Toshiko permaneció inmóvil, imponente y helada como una estatua, pero sus ojos brillaban con una mezcla de desprecio y triunfo.
—Oh, claro, protegerlo —repitió con burla. —Porque, por supuesto, tú siempre sabes lo que es mejor, ¿verdad? Siempre la heroína de la historia. Pero déjame decirte algo, Sora: los héroes no amenazan a sus madres. Tú jugaste tu carta, y yo jugué la mía. ¿Pensaste que no iba a responder?
Sora respiró profundamente, intentando contener la avalancha de emociones que amenazaba con desbordarse. Pero su paciencia ya estaba en el límite.
—¡Eres cruel, madre! —exclamó, su voz cargada de una mezcla de tristeza y rabia. —No te importa Rika, no te importa cómo la destrozaste. Solo te importa ganar, salirse siempre con la tuya, sin importar el costo.
Toshiko se cruzó de brazos, observando a su hija como si estuviera disfrutando de su frustración.
—¿Y acaso tú eres diferente? —espetó con frialdad. —No te hagas la víctima, Sora. Me chantajeaste, me desafiabas constantemente, me tratas como si fuera un peón más en tu tablero. Si no quieres enfrentarte a las consecuencias de tus actos, entonces no juegues conmigo.
—¡Esto no se trata de mí! —respondió Sora, su voz quebrándose ligeramente. —Se trata de Rika, de una niña que jamás fue una amenaza para tí, una niña que solo te quería ver como su abuela, ¡y que ahora está rota por tu culpa! Nunca pensaste en ella, solo en tu maldita venganza.
Por un instante, la máscara de Toshiko pareció tambalearse, pero lo ocultó rápidamente detrás de una sonrisa cínica.
—La vida no es un cuento de hadas, Sora —respondió con dureza. —Rika aprenderá a vivir con esto, igual que todos nosotros hemos aprendido a vivir con las verdades incómodas. Y tú deberías aprender también, querida: no desafíes a alguien que siempre está un paso por delante.
Sora cerró los ojos, intentando contener las lágrimas que amenazaban con brotar. Cuando volvió a abrirlos, sus pupilas estaban llenas de determinación.
—¡Te odio Toshiko!— Exclamó— ¡Te odio!
Toshiko no pareció inmutarse por las palabras de Sora. De hecho, su expresión adquirió un matiz aún más severo, como si quisiera subrayar su superioridad en ese momento. Dio un paso adelante, lo suficiente para estar cara a cara con su hija, y habló con una calma helada que cortaba como un cuchillo.
—Ah, querida, el odio es una emoción tan gastada —replicó Toshiko, ladeando la cabeza con una sonrisa despectiva. —Pero no te preocupes, estoy acostumbrada a tus rabietas. Has dicho que me odias tantas veces que ya ni siquiera tiene peso.
Sora, temblando de indignación, sintió cómo su determinación flaqueaba ante la implacable frialdad de su madre. Respiró hondo, esforzándose por no dejarse consumir por el huracán de emociones que sentía en su interior.
—Esto no es una rabieta, madre —dijo finalmente, con voz firme, aunque un leve temblor delataba el dolor que sentía. —Es el cansancio de años soportando tus manipulaciones. Nunca me importó cómo me tratabas a mí, pero a Rika... a ella no la mereces.
Toshiko alzó las cejas, fingiendo sorpresa.
—Oh, qué conmovedor —dijo con sarcasmo. —La gran heroína Sora, dispuesta a sacrificarse por su hija adoptiva. Pero déjame recordarte algo, querida: tú también formas parte de este juego. Y si crees que puedes salirte sin consecuencias, estás subestimándome... otra vez.
Sora cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. No quería que Toshiko las viera, no quería darle la satisfacción de saber que había logrado herirla.
—Ya no juego tus juegos, madre —murmuró con voz rota, pero firme. —Me niego a seguir siendo una pieza en tu tablero. Puedes intentar todo lo que quieras, pero no voy a dejar que sigas dañando a Rika.
Toshiko entrecerró los ojos, su expresión ahora era de un frío calculador.
—Veremos cuánto dura tu resolución, querida —dijo con voz baja, casi como un susurro amenazante. —Recuerda quién soy, y recuerda lo que soy capaz de hacer.
Sora dio un paso atrás, con el pecho aún agitado, pero con una mirada decidida que Toshiko no pudo ignorar.
—Lo recuerdo perfectamente, madre —respondió, y esta vez su voz estaba cargada de una fuerza renovada. —Y por eso nunca seré como tú.
Con esas palabras, Sora se giró y salió del salón, dejando a Toshiko sola. Por primera vez en mucho tiempo, la expresión de Toshiko se nubló por un instante, como si una pequeña sombra de duda hubiera cruzado su rostro. Pero rápidamente recuperó su compostura, volviendo a su postura altiva.
En el pasillo, Sora avanzó con pasos firmes, aunque las lágrimas seguían cayendo. A pesar del dolor, sentía que algo había cambiado en su interior: ya no estaba dispuesta a ceder. Por primera vez en mucho tiempo, estaba segura de que podía enfrentarse a Toshiko y proteger a Rika a cualquier costo.
El reloj despertador chillaba en la mesita de noche de Takuya con un sonido agudo y persistente que perforaba la paz de la madrugada. Entre gruñidos, se giró en la cama, tanteando a ciegas hasta encontrar el botón de repetición. La oscuridad aún cubría la habitación, y los débiles rayos de sol luchaban por atravesar las cortinas pesadas.
—Malditos despertador... —murmuró con voz ronca, mientras intentaba despegarse de las sábanas que parecían haber desarrollado propiedades magnéticas durante la noche.
Con movimientos torpes, Takuya se levantó, arrastrando los pies hacia el baño. Su reflejo en el espejo lo miraba con una mezcla de reproche y lástima: ojos rojos por la falta de sueño, cabello revuelto y una barba incipiente que probablemente debería haber sido afeitada hace días.
—Tienes que hacer esto, Takuya. Recuerda las deudas... —se dijo a sí mismo, como un mantra. Pensar en las facturas apiladas en la mesa de la sala y el préstamo que había firmado sin pensar demasiado era lo único que lo impulsaba a seguir.
Después de una ducha rápida que apenas logró despejarlo, volvió a su habitación envuelto en una toalla, revisando su teléfono mientras mascullaba quejas sobre el mal tiempo y su insoportable rutina. Abrió el armario, sacó una camisa blanca y una corbata azul que ya mostraba signos de desgaste. Vestirse no era un ritual agradable para él, sino una tarea más en una lista interminable.
Cuando comenzó a ponerse el reloj en la muñeca, un pensamiento lo golpeó como un rayo: La cadena.
Se quedó inmóvil, su mente corriendo en círculos. Buscó con la mirada el pequeño joyero donde solía guardarla, pero estaba vacío. Su corazón comenzó a latir con fuerza, y de inmediato comenzó a remover el caos de su habitación.
—¡No, no puede ser! —exclamó, mientras abría cajones, volcaba ropa sobre la cama y se agachaba para mirar debajo de los muebles. Cada movimiento se volvía más desesperado.
—¿Qué demonios estás haciendo, Takuya? —preguntó Hikari desde la puerta, con una taza de té humeante en la mano. Llevaba puesto un pijama holgado y tenía el cabello recogido en un moño desordenado.
—¡Mi cadena! ¡No está! —respondió él, casi gritando.
Hikari arqueó una ceja, entrando al cuarto con calma mientras Takuya continuaba revolviendo todo a su paso.
—¿Estás seguro de que la guardaste aquí? —preguntó, observándolo tirar al suelo los cojines del sillón junto a la ventana.
—¡Por supuesto que sí! —replicó, mirando con furia al espacio vacío donde la cadena solía estar. —La tenía aquí anoche. No puede haber desaparecido otra vez... ¡No otra vez!
La sala principal de la familia Ishida era amplia y de techos altos, decorada con tapices finos y muebles de madera oscura, con una atmósfera solemne que hacía eco del paso del tiempo. Las grandes ventanas dejaban que la luz del atardecer entrara suavemente, iluminando las caras de los tres jóvenes sentados en el centro de la sala. Izumi, Nene y Takeru estaban allí, desconcertados, intercambiando miradas llenas de incertidumbre.
—¿Alguien tiene idea de por qué nos ha citado?— preguntó Takeru, cruzando los brazos sobre su pecho, su expresión de incomodidad reflejando el mismo desconcierto que los demás.
Izumi, que se mantenía erguida, miró a su hermano de reojo antes de responder. —No lo sé, pero anoche, papá estuvo fuera mucho más tarde de lo habitual, y no nos dijo nada. Ni siquiera mamá estaba en casa cuando regresó. Es extraño.
Nene asintió, con el rostro marcado por una mueca de frustración. —A mí también me pareció raro. Si hubiera sido algo importante, habría dicho algo, pero anoche no hizo ningún comentario. Ahora me pregunto por qué nos llamó a todos aquí, como si fuera una reunión especial.
El silencio se instaló mientras los tres se quedaban en la espera, mirándose entre ellos con inquietud. Nadie sabía lo que estaba por venir, pero la sensación de que algo grave estaba ocurriendo era palpable en el aire.
De repente, la puerta de la sala se abrió con suavidad. Yamato entró, vestido con una túnica oscura que reflejaba su peso de responsabilidad. Su rostro estaba tenso, los ojos oscuros como siempre, pero hoy parecía haber algo diferente en su mirada, algo que no se podía ignorar. No era enojo, ni frustración, ni tan siquiera calma. Era una tristeza profunda, como si la carga que llevaba consigo fuera más de lo que podía soportar.
Los tres jóvenes se levantaron al instante, pero ninguno dijo una palabra. Yamato los observó, sus ojos deteniéndose en cada uno de ellos por un momento antes de hablar.
—Lo sé, lo notan— comenzó con voz baja, casi como un susurro. —Estoy seguro de que tienen muchas preguntas. Tal vez estén pensando que lo que he hecho hoy no tiene sentido, pero necesito que me escuchen con atención.
Izumi frunció el ceño, notando la tensión en la atmósfera. —¿Qué pasa, padre?— preguntó con voz firme, aunque su mirada reflejaba incertidumbre.
—¿Por qué mamá y tú salieron tan tarde anoche?—Preguntó Nene.
—Porque...—Yamato suspiró— Tuvimos que ir a ver a Rika.
—¿A Rika?—Preguntó Takeru preocupado—¿Sucedió algo con ella?
El rubio se mordió el labio inferior y asintió.
—Sí...lamentablemente...
Los tres intercambiaron miradas preocupados.
—¿Qué sucedió padre?—Musitó Izumi.
—¿Rika está bien?—Preguntó Nene.
Yamato se mordió el labio inferior: —Rika...—Dudó en decirlo— Sé escapó del Internado.
—¿Qué?—Preguntaron los tres.
—Debe ser una broma.—Musitó el hermano de Yamato.
—No.—Respondió el mayor— Ojalá lo fuera.
Nene frunció el ceño, el enojo evidente en su expresión. —¡Te dije que ese internado no era la mejor opción!
Yamato apretó los puños, mirando a su hija, pero sabía que no podía culparla. Todos se preocupaban por Rika. Sin embargo, lo que iba a decir a continuación era mucho más serio que cualquier escape adolescente.
—No se trata solo de eso...— comenzó con un suspiro pesado. —Rika... se escapó porque se enteró de algo. Algo que nunca le había dicho. Algo... que nunca le habíamos dicho.
El silencio en la sala se profundizó. Los tres hermanos lo miraron sin comprender, sus rostros ahora llenos de confusión.
—¿De qué estás hablando, padre?— preguntó Izumi, su voz temblorosa, pero firme.
Yamato se quedó callado, mirando al frente con dolor. Tenía que decirlo, no podía seguir ocultándolo. Finalmente, habló con voz quebrada.
—Rika... Rika no es mi hija biológica.
El aire en la sala pareció detenerse. Las palabras de Yamato cayeron pesadas, como una losa de piedra. Los tres se quedaron paralizados, incapaces de comprender el alcance de lo que acababan de escuchar. El rostro de Izumi palideció, y Nene tragó saliva, tratando de asimilar las palabras.
—¿Qué...?— musitó Takeru, mirando a su padre con incredulidad. —¿Qué estás diciendo?
—Rika... es adoptada— continuó Yamato, con un nudo en la garganta.
¿Qué?
Esta noticia fue un impacto para los tres.
—¿Adoptada?—Preguntó Izumi.
Nene negó: —N-no...—Se acomodó en el sofá— No puede ser.
Yamato suspiró— Me encantaría que no lo fuera...—Declaró— Pero lo es.
Los tres quedaron en shock ante esto.
—Pero ¿cómo?— Musitó Takeru.
—Es una larga historia.—Respondió Yamato—Sora y yo la adoptamos cuando era pequeña. Siempre fue parte de nuestra familia, pero... nunca lo dijimos. Nunca le contamos la verdad.
Izumi dio un paso atrás, su rostro lleno de sorpresa y angustia. —Pero... ¿cómo? ¿Por qué nunca nos dijiste? ¿Por qué no nos lo dijiste antes?
Nene miraba a su padre con ojos llenos de confusión y dolor. —¿Por qué, papá? ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no nos lo dijiste desde el principio?
Yamato cerró los ojos un momento, como si el dolor lo invadiera, y luego los abrió, con una expresión cansada pero decidida. —Porque no sabía cómo. No era fácil. Y pensaba que no era necesario. La familia está unida por mucho más que la sangre, y pensé que no importaba, que Rika era parte de nosotros, pero ahora veo que el tiempo ha pasado y las cosas no son tan simples como antes.
Izumi frunció el ceño, aún confundido y molesto. —Entonces, ¿Rika nunca fue realmente parte de nuestra familia como pensábamos?
Yamato la miró fijamente, su mirada llena de pesar. —No, Izumi. Ella siempre fue parte de nuestra familia, en mi corazón y en el de Sora. Pero la verdad siempre estuvo ahí, y tal vez, por miedo a perder lo que habíamos construido, nunca quise enfrentarlo. Ahora, el momento ha llegado para que todos ustedes sepan la verdad.
El silencio se alargó mientras los tres intentaban asimilar lo que acababan de escuchar. Izumi, Nene y Takeru intercambiaron miradas confusas, sin saber cómo reaccionar ante la revelación que acababa de cambiar todo lo que habían conocido hasta ese momento.
—Debiste habernos dicho esto antes.—Sentenció Nene.
—No podía hacerlo.—Respondió el rubio— Nosotros siempre hemos querido a Rika como nuestra hija. Esa verdad era un detalle ¡Nada más!
—¡Gran detalle!— Exclamó la castaña cruzándose de brazos.
Yamato miró a su hija con tristeza. —Lo sé. Pero preferimos cambiar, no obstante, la situación ha cambiado. Y Rika... lo acabó de saber.
Las palabras resonaron en la sala, marcando un antes y un después para la familia. Lo que parecía ser una mañana cualquiera, ahora se había transformado en el inicio de un proceso largo y doloroso para todos, una verdad difícil de digerir, pero que, al final, podría unirlos aún más en su lucha por entender quiénes eran realmente.
—Sé que esto no es fácil de asimilar.—Declaró el mayor— Pero, espero, que puedan entenderlo y ojalá puedan asimilarlo...Sobre todo ahora...Porque Rika nos necesita.
La luz de la mañana se filtraba suavemente por las amplias ventanas del comedor, bañando la estancia con un brillo cálido y acogedor. Mimi estaba sentada en la cabecera de una larga mesa de madera oscura, elegantemente puesta para el desayuno. Sin embargo, el apetito parecía haberla abandonado. Frente a ella, junto a una taza de té humeante, descansaba una cadena en forma de "I", pequeña y simple, pero cargada de un significado que Mimi no lograba descifrar.
Sus dedos jugaban con la delicada pieza mientras sus ojos se perdían en ella. ¿Cómo era posible que Tomoko tuviera esta cadena? Ese pensamiento la atormentaba desde el día anterior. La última vez que supo de esa cadena, estaba en manos del bebé de Sora... el bebé que había desaparecido en aquel terrible accidente.
Su mente viajó al pasado. Recordaba con claridad el caos de esa noche: las llamas devorando el auto, los gritos de desesperación, y luego, el silencio abrumador cuando no encontraron más que cenizas y restos calcinados. Nada que indicara la presencia del bebé. Solo un vacío desgarrador que nunca se llenó.
Y ahora, esta cadena. Una pieza insignificante para cualquiera, pero para Mimi, era una prueba, una puerta a más preguntas. ¿Por qué estaba en manos de Tomoko? ¿Qué significaba todo esto?
El sonido de pasos apresurados interrumpió sus pensamientos. Levantó la vista justo cuando su empleada entraba en la estancia, limpiándose las manos en el delantal.
—Disculpe, señorita Anderson —dijo con una ligera inclinación de cabeza—. Tiene visitas.
Mimi frunció el ceño, extrañada. Las visitas a esa hora eran poco comunes, y menos aún sin aviso previo.
—¿Quién es? —preguntó, dejando la cadena sobre la mesa.
—La señora Minamoto está afuera —respondió la empleada, con una expresión de ligera sorpresa también.
Mimi parpadeó, atónita. ¿Satomi Minamoto? Hacía años que no la veía, desde los tiempos en que todo parecía menos complicado. Una mezcla de sorpresa y curiosidad se apoderó de ella.
—Déjala pasar —ordenó rápidamente, poniéndose de pie.
La empleada asintió y salió para cumplir la orden. Mimi se ajustó el chal que llevaba sobre los hombros, tratando de calmar el tumulto de emociones que se agitaba en su interior. ¿Qué motivo tendría Satomi para aparecer de improviso?
Pocos minutos después, el sonido de tacones resonó en el piso de mármol, anunciando la llegada de la visita. Satomi Minamoto, con su porte impecable y su elegancia habitual, apareció en la puerta. Llevaba un traje sobrio pero sofisticado, y su expresión era seria, casi severa.
—Satomi —dijo Mimi, esbozando una sonrisa tensa mientras se acercaba a recibirla.
—¡Haruna! —exclamó Satomi mientras se dirigía hacia ella con paso firme.
—Que sorpresa verte por aquí.
—Siento venir tan temprano a molestarte.—Comentó la mayor.
—No te preocupes.—Respondió Mimi— Somos amigas. Puedes venir cuando quieras.
Satomi sonrió.
—Dime ¿qué haces aquí?
—¡Traigo buenas noticias!
La castaña fingió una leve sonrisa al ver el entusiasmo de su "amiga"
—¿Buenas noticias? —preguntó con suavidad, cerrando el libro y colocándolo a un lado—. Ya me tienes intrigada, Satomi.
Satomi se sentó frente a Haruna, colocando sus manos sobre la mesa como si no pudiera contener la emoción.
—¡Pronto se abrirán las elecciones para elegir a la nueva presidenta del club! —anunció, con un brillo de determinación en sus ojos—. Y, por ahora, mi campaña va bastante bien. He estado hablando con varias de las integrantes, y muchas están de acuerdo en que necesitamos un cambio en el liderazgo.
Haruna arqueó una ceja, interesada, y se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Un cambio? —repitió con un matiz de complicidad en su tono—. Supongo que te refieres a destronar a Toshiko.
Satomi asintió vigorosamente.
—Exactamente. Toshiko ha estado en ese puesto por demasiado tiempo, y muchas sienten que se ha vuelto demasiado autoritaria y distante. Yo, en cambio, quiero un club donde todas tengamos voz. Donde podamos crecer juntas, sin sentirnos controladas.
Haruna dejó escapar una ligera risa, elegante y contenida.
—Esa es una visión admirable, Satomi —dijo, apoyando su barbilla en una mano mientras observaba a su amiga con genuino interés—. ¿Y cómo planeas ganarte el apoyo de las demás? Sabes que Toshiko no renunciará sin luchar.
Satomi frunció el ceño por un momento, pero luego su expresión se suavizó.
—He estado trabajando en una serie de propuestas que creo que resonarán con las chicas. Quiero organizar más eventos para que todas participen, no solo las que Toshiko considera sus favoritas. También quiero que las decisiones importantes se tomen de forma democrática, en lugar de ser impuestas por una sola persona.
Haruna asintió lentamente, analizando cada palabra de Satomi.
—Eso suena sensato —comentó, su tono calculador pero alentador—. Y estoy segura de que muchas estarán de acuerdo contigo. Pero, dime, ¿ya tienes un plan para manejar las críticas? Sabes que Toshiko hará todo lo posible por desacreditarte.
Satomi apretó los labios por un momento antes de responder.
—Lo sé, y estoy lista para eso. Estoy recopilando evidencia de cómo su liderazgo ha afectado negativamente al club. No quiero atacarla personalmente, pero sí demostrar que necesitamos un cambio.
Haruna dejó escapar una leve sonrisa de satisfacción.
—Eres más astuta de lo que aparentas, Satomi. Me gusta eso.
Satomi se sonrojó ligeramente ante el cumplido, pero no dejó que la emoción la distrajera.
—Gracias, Haruna. Significa mucho para mí saber que cuento con tu apoyo.
Haruna se levantó de su asiento y caminó hacia Satomi, colocando una mano en su hombro con un gesto de respaldo.
—Por supuesto que cuentas con mi apoyo —dijo, mirándola directamente a los ojos—. Un cambio en el liderazgo del club no solo beneficiará a las demás, sino que también abrirá nuevas posibilidades para todas nosotras. Confío en que puedes lograrlo.
Satomi sonrió, emocionada por las palabras de Haruna.
—Haré lo mejor que pueda para no defraudar a nadie.
Haruna asintió, apartando la mano y cruzando los brazos con una expresión pensativa.
—Recuerda, Satomi, que este es un juego de estrategia. No solo necesitas tener las mejores ideas, sino también asegurarte de que las personas correctas estén de tu lado. No subestimes el poder de las alianzas.
Satomi asintió, tomando nota de las palabras de Haruna.
—Lo tendré en cuenta.
Mientras Satomi se despedía para continuar con sus preparativos, Haruna se quedó en la sala, reflexionando sobre lo que acababa de ocurrir. Si Satomi lograba destronar a Toshiko, eso representaría una gran ventaja para sus propios planes. Una nueva era en el club podría ser exactamente lo que necesitaba para avanzar en sus propios objetivos.
Una sonrisa calculadora se dibujó en su rostro mientras retomaba su libro, aunque esta vez su mente ya no estaba distraída. Ahora tenía una nueva pieza clave en su tablero, y estaba lista para jugarla.
—Y dime ¿has pensado en lo otro que te hable?
—¿Te refieres a la auditoría?
La castaña asintió.
—¡Justamente venía a hablar contigo!— exclamó Satomi con una sonrisa que contenía una mezcla de emoción y determinación. He estado reflexionando sobre lo que hemos hablado y he tomado una decisión —comenzó con una voz firme—. El día en que tú viajaste a Italia con Yamato hablé con mi contador y le pedí que hiciera la auditoría que me dijiste, para revisar mis finanzas y ver cómo Kousei las ha estado administrando.
Mimi permaneció en silencio por un momento, sus ojos brillando ligeramente con una mezcla de sorpresa y satisfacción.
—¡Me alegra escuchar eso!
Satomi asintió, sus hombros tensos mientras miraba hacia adelante.
—Sí… Tu consejo me sirvió bastante. Y quiero estar segura de cómo se están usando los recursos, especialmente con todo lo que está en juego. Kousei tiene una administración muy centralizada, y creo que esto es algo que debía haber hecho mucho antes.
Mimi sonrió con astucia, su expresión tan sutil que parecía casi casual.
—¿No le has dicho nada, cierto? —preguntó con un tono suave pero seguro, inclinando la cabeza— Di-digo, si quieres que esto salga bien, es mejor que lo hagas por ti sola.
Satomi se detuvo un momento y negó con la cabeza.
—No, no lo he hecho —respondió con sinceridad—. Él no sabe.
Haruna dejó escapar una sonrisa amplia, con un toque de triunfo que Satomi no percibió.
—Perfecto, Satomi —dijo, apoyando su brazo en el respaldo del sillón mientras miraba a su amiga con una sonrisa cómplice—. Si estás tratando de independizarte de Kousei, entonces es importante que comiences a tomar este tipo de decisiones por ti misma. No delegar responsabilidades es un paso clave, y esta auditoría es justo lo que necesitas.
Satomi la miró, asintiendo con una expresión pensativa.
—Tienes razón —dijo con voz baja—. Esto debí hacerlo hace mucho tiempo, pero siempre había pospuesto la idea. Pero ahora es el momento de enfrentarlo y asegurarme de que todo esté en orden.
Haruna inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando ambas manos en sus rodillas, como si estuviera reforzando su posición de confianza.
—Te apoyo en esto, Satomi —dijo con una sonrisa serena—. Esta es una jugada muy inteligente. No solo te darás cuenta de lo que está ocurriendo con las finanzas, sino que también enviarás un mensaje claro. Kousei no tiene todo el control, y tú estás tomando las riendas de tu propio destino.
Satomi se sintió reconfortada con las palabras de su amiga, aunque no lograba identificar el leve tono calculador en su voz.
—Gracias, Haruna —respondió, con una sonrisa—. Significa mucho para mí que confíes en mí y en lo que estoy haciendo.
Mimi mantuvo la sonrisa, pero en su mente ya estaba trazando planes. Sabía que esta auditoría era una oportunidad de oro. Si Kousei había hecho negocios oscuros con Toshiko e Hiroaki, entonces quizás Satomi descubriría algo. Y si Satomi lo hacía por sí misma, sin el conocimiento de su amiga, Haruna tendría un control aún mayor de la situación.
—Siempre puedes contar conmigo —respondió con una voz suave—. Ahora solo asegúrate de ser fuerte y constante en esto. No será fácil, pero nada que valga la pena lo es.
Satomi se levantó de su asiento, decidida.
—Lo tendré en cuenta —dijo con firmeza—. Ahora debo continuar con algunos preparativos.
Se despidió de Haruna con una sonrisa, pero esta última no perdió el aire de confianza que había construido en el transcurso de la conversación. Mientras Satomi se alejaba, Haruna se recostó en el sillón, con una sonrisa astuta en el rostro.
Este movimiento no solo beneficiaría sus propios objetivos, sino que, con suerte, podría ser el principio de la caída de sus enemigos. Haruna confiaba en que la auditoría daría resultados interesantes. Por ahora, el juego continuaba, y ella estaba preparada para jugar cada carta con precisión.
La cafetería comenzaba a despertar a medida que el sol se asomaba por las ventanas, tiñendo de dorado las mesas y las sillas. Hikari se movía entre las mesas con destreza, organizando y limpiando todo para que estuviera listo cuando los primeros clientes llegaran. Acomodaba las servilletas con precisión, ajustaba los cubiertos y aseguraba que las tazas y los platos estuvieran en su lugar. Era temprano, aún no había mucha gente, pero la actividad de la mañana ya comenzaba a agitarse.
Juri, su amiga y compañera, se acercó a la barra mientras organizaba un par de tazas.
—¿Cómo estuvo tu noche?— preguntó Hikari mientras barría el suelo de la cafetería.
Juri suspiró, apoyándose en el mostrador con una sonrisa algo cansada.
—Más o menos— respondió, pasándose una mano por el cabello. —No dormí bien. Estaba dando vueltas en la cama sin poder descansar. Pero ya sabes, nada nuevo.
Hikari asintió, entendiendo la incomodidad de su amiga, y sonrió mientras seguía organizando.
—Yo dormí bien, la verdad. —respondió, tratando de aligerar la conversación. —Un poco tarde, pero todo tranquilo.
Ambas se quedaron en silencio unos segundos, disfrutando de la calma antes de la llegada de los clientes. El sonido de los pasos de los otros empleados se mezclaba con el ruido del café que comenzaba a prepararse, y el olor a pan fresco llenaba el aire.
De repente, se escucharon pasos firmes entrando a la cafetería. Juri levantó la vista y sonrió, reconociendo inmediatamente a la persona que estaba por entrar.
—Llegó nuestro primer cliente— dijo Juri, con una sonrisa burlona. —Mejor dicho, tu príncipe azul.
Hikari giró en dirección a la puerta, una ligera sonrisa apareciendo en su rostro al ver a Takeru. Su novio. Él siempre tenía ese poder de iluminar su día con solo aparecer, pero algo en él hoy no parecía estar bien.
Takeru estaba ahí, en la entrada, pero su rostro no tenía la expresión alegre y juguetona que solía mostrar. Hikari frunció el ceño al verlo, sintiendo de inmediato que algo no estaba bien.
—¿Takeru?— preguntó Hikari, su voz llena de preocupación mientras caminaba hacia él. —¿Qué pasó?
Takeru se quedó de pie, mirándola con una expresión vacía, su mirada perdida. Al ver la preocupación en su rostro, las palabras le salieron en un susurro, como si el peso de lo que estaba a punto de decirle lo asfixiara.
—Rika...— empezó, su voz quebrada. —No es mi sobrina.
Hikari parpadeó, sin entender del todo lo que acababa de decir. Su mente trataba de procesar las palabras, pero no lograba conectar todo. Miró a Takeru, esperando una explicación que no llegaba. De repente, las lágrimas empezaron a caer lentamente por las mejillas de Takeru. La angustia que reflejaban sus ojos era palpable, y el dolor que emanaba de él era tan claro que Hikari no necesitó más explicaciones.
Sin pensarlo, Hikari se acercó y lo abrazó con fuerza, envolviéndolo en sus brazos. La sorpresa y la confusión seguían en su mente, pero en ese momento, lo único que podía hacer era estar allí para él.
Takeru dejó caer su cabeza sobre su hombro, las lágrimas empapando su blusa mientras su cuerpo temblaba ligeramente. Su llanto fue suave al principio, pero poco a poco fue aumentando en intensidad, hasta que todo su cuerpo se sacudió con cada sollozo. Hikari lo sostuvo con más fuerza, acariciándole el cabello con ternura, sin decir una palabra. Sabía que las palabras no serían suficientes ahora.
—Shh...— murmuró Hikari, su voz suave y tranquilizadora. —Está bien. Aquí estoy.
Takeru apretó los ojos, como si tratara de reprimir el dolor, pero las lágrimas no dejaban de salir. Cada sollozo parecía traer consigo una carga aún más pesada.
El club estaba lleno. Las luces brillaban con una intensidad que parecía marcar la importancia del momento. Todas las integrantes estaban reunidas, murmurando emocionadas mientras esperaban el inicio de la sesión. Satomi, elegantemente vestida en un traje blanco que irradiaba confianza y profesionalismo, se encontraba al frente, ajustando los últimos detalles de su presentación.
Entre tanto ruido y expectación, el teléfono de Satomi vibró. Era un mensaje de Haruna.
"Estoy contigo. No dejes que nadie te detenga. Este es tu momento. —H."
Satomi sonrió ligeramente, sintiendo un renovado impulso. Haruna, aunque ausente, seguía siendo una presencia clave en su vida. Guardó el teléfono y miró a las demás.
—Bueno, es hora de comenzar —dijo, dando un paso al frente con una sonrisa serena—. Gracias a todas por venir.
Las conversaciones cesaron y todas las miradas se centraron en ella. Incluso Toshiko, sentada en un rincón, observaba con su característica mirada de desdén.
—Como muchas saben, hoy presentamos oficialmente nuestras campañas para liderar el club —comenzó Satomi, su voz firme pero amable—. Quiero un club que represente a todas, donde podamos crecer juntas y tomar decisiones de manera justa.
Un aplauso cortés resonó en la sala, mostrando el apoyo que Satomi había logrado reunir en las últimas semanas.
—¡Bien dicho! —exclamó una de las integrantes, sonriendo desde su asiento.
Toshiko se levantó lentamente, imponiendo su presencia con un simple gesto.
—Gracias, Satomi, por tus palabras —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ahora, si me permiten, compartiré mi visión para el club.
El tono de Toshiko era firme, casi autoritario, y durante los siguientes minutos, presentó una defensa apasionada de su liderazgo, destacando los logros alcanzados durante su gestión y desestimando, sutilmente, la necesidad de un cambio.
Cuando terminó, se giró hacia Satomi con una mirada que parecía retarla.
—Ahora que hemos expuesto nuestras propuestas, pasemos al siguiente punto —dijo Toshiko, su tono cambiando de diplomático a helado—. La elegibilidad de las candidatas.
Un murmullo recorrió la sala.
Satomi frunció el ceño, sorprendida por el giro inesperado.
—¿Elegibilidad? —preguntó, su voz tranquila pero llena de curiosidad—. ¿A qué te refieres, Toshiko?
Toshiko se acercó al centro de la sala, sosteniendo una carpeta negra que no había mostrado hasta ahora.
—Como presidenta actual, es mi deber asegurarme de que las candidatas cumplan con los valores del club. Después de todo, somos un grupo de mujeres de familia, comprometidas con la moral y el respeto mutuo.
El tono de Toshiko estaba cargado de intención, y el ambiente en la sala se volvió tenso.
—Por supuesto —dijo Satomi, todavía sin entender del todo hacia dónde se dirigía Toshiko—. Estoy de acuerdo.
Toshiko dejó escapar una sonrisa satisfecha y sacó unas fotografías de la carpeta.
—Entonces, tal vez quieras explicar esto.
Las imágenes fueron colocadas en la mesa central, al alcance de todas. En ellas, Satomi aparecía en un estado vulnerable, claramente ebria, acostada en una cama junto a un hombre que no era Kousei.
El impacto fue inmediato. Un murmullo de incredulidad y sorpresa llenó la sala mientras las integrantes se inclinaban para ver las fotos más de cerca.
Satomi se quedó helada, incapaz de procesar lo que veía.
—¿Qué es esto? —preguntó con un hilo de voz, su rostro empalideciendo.
—Tú dime, Satomi —replicó Toshiko con una expresión de falsa preocupación—. Estas imágenes son recientes, y claramente no estás con tu esposo.
Kousei, quien también parecía "sorprendido", se levantó, mirando las fotos con una mezcla de incredulidad y furia contenida.
—Satomi... —murmuró, su voz llena de confusión— ¿Cómo, rayos, te atreves?
—¿Yo?— Preguntó Satomi— Querrás decir tú, después de todo, Toshiko y tú son los adúlteros.
—¡Mentirosa!— Exclamó Toshiko— No intentes arruinar mi imagen. Cuando la única adultera eres tú.
—¡Esto es un ataque personal! —exclamó Satomi.
—No es un ataque personal —respondió Toshiko, con un tono frío pero convincente—. Es una cuestión de ética. ¿Queremos que alguien con este comportamiento nos represente?
Satomi finalmente encontró su voz, aunque temblaba.
—Esto... esto no tiene nada que ver con mi capacidad para liderar el club —dijo, intentando mantenerse firme—. Lo que ocurrió en mi vida personal no afecta mi visión ni mi compromiso con este grupo.
Pero Toshiko no estaba dispuesta a retroceder.
—¿No afecta? —preguntó, su voz cargada de indignación—. Somos un club que defiende los valores familiares, Satomi. ¿Cómo esperas liderar si no puedes ser un ejemplo para las demás?
El silencio que siguió fue insoportable. Satomi miró a su alrededor, buscando apoyo en las caras de las demás, pero encontró más dudas que respaldo.
Kousei dio un paso atrás, evitando mirarla directamente.
—No sé qué decir —murmuró, antes de salir de la sala sin mirar atrás.
El corazón de Satomi se rompió un poco más con cada segundo que pasaba. Finalmente, se volvió hacia Toshiko.
—Esto no cambia nada —dijo con la poca dignidad que le quedaba—. Todavía me postulo para presidenta, porque creo que puedo aportar algo valioso a este club.
Pero el daño ya estaba hecho. Toshiko, con una sonrisa triunfal, se retiró a su asiento, segura de que había ganado esta batalla.
Satomi se quedó sola en el centro de la sala, sintiendo cómo su mundo se derrumbaba. Pero en el fondo de su mente, una pequeña chispa de determinación comenzó a encenderse. Esto no había terminado, y ella no iba a dejar que Toshiko la destruyera tan fácilmente.
La cafetería estaba comenzando a llenarse con los primeros clientes del día, pero Hikari apenas notaba el bullicio que la rodeaba. Estaba completamente enfocada en Takeru, quien aún permanecía en sus brazos, su llanto era constante y su dolor tan palpable que parecía envolverlos a ambos en un manto de tristeza. Aunque Hikari no sabía con exactitud lo que sucedía, lo que sí sabía era que Takeru necesitaba de ella, y no pensaba dejarlo ir solo en ese momento de angustia.
Takeru se separó ligeramente de ella, limpiándose los ojos con el dorso de la mano, pero las lágrimas seguían cayendo, incontrolables. Su rostro reflejaba la confusión y el dolor más profundo.
—No lo entiendo, Hikari… —dijo Takeru, con la voz quebrada, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y desdén. —¿Cómo pudo mi hermano hacerme esto? ¿Cómo pudo mentirle a Rika todo este tiempo? ¿Por qué? ¿Cómo es posible?
Hikari lo miró con ternura, viendo el tormento en sus ojos. Sabía que las palabras no podían aliviar el dolor que él sentía, pero aún así, debía decir algo para que supiera que no estaba solo en ese momento tan difícil.
—Es complicado… —empezó, mientras lo miraba a los ojos con suavidad, intentando encontrar las palabras correctas. —A veces las personas hacen cosas que no comprendemos. A veces, las familias esconden secretos y crean mentiras, no por maldad necesariamente, sino por miedo, por protegerse… o por no saber cómo enfrentar la verdad.
Takeru negó con la cabeza, casi desesperado por encontrar una razón lógica, algo que explicara por qué su hermano había elegido mentirle a él y a Rika.
—No lo entiendo, Hikari… —repitió, las palabras brotando de sus labios como si quisiera gritar el dolor que sentía dentro. —Mi hermano, que siempre fue un modelo para mí… ¿cómo pudo hacerle esto a Rika? ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué no me contó la verdad desde el principio?
Hikari apretó sus manos alrededor de su cuerpo, como si quisiera transmitirle un poco de su propia fortaleza.
—A veces la gente actúa de manera que no entendemos. Tal vez tu hermano pensó que no podía decirte la verdad… o tal vez no quería enfrentarse a lo que significaba. El miedo a perder a las personas a las que quieres puede llevarte a tomar decisiones erróneas, aunque no justifique lo que hizo.
Takeru se quedó en silencio, asimilando lo que Hikari le decía, pero aún parecía incapaz de comprender la magnitud de lo que había sucedido. Su mente daba vueltas, tratando de encontrar algún sentido en el caos que acababa de descubrir.
—Pero… —dijo Takeru, su voz temblando—, ¿cómo puede alguien hacerle esto a la persona que más ama en el mundo? Rika siempre ha sido tan importante para mí, y ahora me doy cuenta de que todo lo que creía era falso. No puedo entenderlo.
Hikari lo miró con tristeza, sintiendo el peso de su dolor. Sin embargo, también comprendía que Takeru estaba buscando respuestas que probablemente nunca encontraría. A veces la vida era cruel, y las personas tomaban decisiones que dañaban a los demás sin pensar en las consecuencias.
—Takeru —dijo con voz suave, acariciando su cabello de manera reconfortante—, las cosas no siempre salen como esperamos. A veces las personas, incluso las más cercanas a ti, te decepcionan. Pero no puedes cargar con todo ese peso solo. La familia real… la familia de verdad, no es la que se te da por nacimiento. La familia es la que uno elige, la que te apoya, la que te ama a pesar de todo.
Takeru la miró confundido, pero las palabras de Hikari comenzaron a calar en él. Ella lo abrazó nuevamente, esta vez con más fuerza, intentando infundirle algo de consuelo en medio del caos emocional que lo invadía.
—Tú no estás solo, Takeru —continuó ella, acariciando su espalda con suavidad. —Lo que tu hermano hizo no cambia lo que tú eres, ni cambia lo que sientes por Rika. Pero lo que sí puede cambiar es la forma en que eliges seguir adelante. La familia no son solo los lazos de sangre, son las personas que te acompañan en tus momentos más oscuros. Y yo estoy aquí para ti, siempre.
Las palabras de Hikari parecían encontrar un pequeño rincón en el corazón de Takeru, aunque la tristeza seguía allí. Él cerró los ojos, sintiendo la calidez del abrazo de Hikari, y por un momento, pudo encontrar un poco de paz en su presencia.
—No sé cómo seguir adelante, Hikari… —susurró, con el rostro aún empapado de lágrimas. —Siento que todo se derrumba alrededor de mí. No sé cómo reaccionar ante esta verdad.
Hikari lo apretó con más fuerza, casi como si pudiera transmitírselo todo con un simple gesto. Sabía que no había respuestas fáciles, pero lo que sí podía ofrecerle era su apoyo incondicional.
—Lo único que tienes que hacer ahora es respirar, Takeru —dijo suavemente—. No tienes que tener todas las respuestas de inmediato. Tienes tiempo. La vida te llevará por caminos inesperados, pero no tienes que recorrerlos solo. Y cuando te sientas perdido, recuerda que siempre tienes a alguien a tu lado. Recuerda que tienes a la gente que te quiere, que te apoya. Y eso es más fuerte que cualquier mentira.
Takeru asintió lentamente, aunque el dolor seguía punzando en su pecho. Sabía que lo que Hikari le decía tenía sentido, pero todavía le costaba procesar todo lo que acababa de descubrir. Pero en ese momento, en sus brazos, encontró algo de consuelo.
—Gracias, Hikari... —dijo con una voz quebrada, pero con un atisbo de gratitud. —Gracias por estar aquí.
Hikari sonrió débilmente, con la esperanza de que, a pesar de todo lo que sucediera, Takeru pudiera encontrar la fuerza para seguir adelante. Sabía que no sería fácil, pero también sabía que con el tiempo, aprendería a lidiar con las complejidades de su familia, y quizás, con la ayuda de aquellos que lo querían, comenzaría a reconstruir lo que la mentira había destruido.
—Siempre estaré aquí para ti —susurró Hikari, mientras lo abrazaba nuevamente, rodeándolo con el consuelo que solo una amistad verdadera podía ofrecer.
Izumi se encontraba sentada en su habitación, mirando la pantalla de su teléfono móvil. Había intentado llamar a Kouji varias veces, pero él no respondía. Las llamadas iban directamente al buzón de voz, y los mensajes quedaban sin respuesta. La frustración y la tristeza empezaron a apoderarse de ella, y, por más que intentaba concentrarse en algo diferente, sus pensamientos volvían una y otra vez a la misma pregunta: ¿por qué no le contestaba?
Sentía una soledad profunda, como si estuviera atrapada en una burbuja que la separaba de todos los demás. Incluso su propia familia parecía distante, aunque ella sabía que no era así. Pero en ese momento, todo parecía desmoronarse. Izumi dejó escapar un suspiro pesado, y, con un gesto de agotamiento, dejó el teléfono sobre la mesa de noche. Su cuerpo se hundió en la cama, y sus ojos se fijaron en el techo, vacíos, como si esperara que algo cambiara de repente. Pero no sucedía nada.
La noticia de la adopción de Rika la había dejado completamente atónita. Nunca imaginó que las piezas de su familia pudieran encajar de una forma tan extraña. Todo lo que creía saber sobre su hermano, sobre su madre, sobre Rika, se había desmoronado en cuestión de horas. Y ahora, además de todo eso, Kouji, el que siempre había estado a su lado, parecía haber desaparecido en un mar de indiferencia.
"¿Qué está pasando?" pensó, mientras miraba fijamente el techo, intentando encontrar respuestas en el silencio.
Fue en ese momento cuando la puerta de la habitación se abrió lentamente. Nene entró, con pasos suaves, notando de inmediato el aire pesado en el ambiente. Al ver a Izumi tirada sobre la cama, la joven hermana se acercó sin decir una palabra, sentándose al borde de la cama, mirando a su hermana con preocupación.
—¿Cómo estás? —preguntó Nene, con suavidad, al ver el rostro cansado y triste de Izumi.
Izumi movió la cabeza, como si no tuviera fuerzas para responder de manera elaborada. Todo lo que sentía en ese momento era un nudo en el estómago y una sensación de vacío en su pecho. Con una voz apagada, casi inaudible, respondió:
—Mal... No sé... simplemente mal.
Nene la miró con tristeza, sabiendo que las palabras eran poco para consolarla, pero aún así quería estar allí para su hermana. Algo en la expresión de Izumi le decía que necesitaba algo más que solo palabras vacías.
—¿Y tú? ¿Cómo estás, Nene? —preguntó Izumi, girando levemente su cabeza hacia su hermana. Parecía que en medio de todo el caos, la preocupación por ella misma se desvanecía, reemplazada por la necesidad de saber si Nene también estaba sintiendo el mismo dolor.
Nene dejó escapar un suspiro y se acomodó en el sofá frente a la cama de Izumi, cruzando las piernas mientras se sumía en sus propios pensamientos. Después de un momento de silencio, respondió:
—También estoy triste... Jamás esperé esta noticia. Todo lo que pensaba que sabía sobre nuestra familia... sobre Rika... todo se ha desmoronado. No puedo entender cómo Yamato pudo ocultarnos algo tan grande.
Izumi cerró los ojos, asimilando lo que Nene decía. Sabía que ambas estaban pasando por lo mismo, aunque de formas diferentes. La revelación de que Rika no era su hermana biológica, que toda su vida había sido una mentira construida por su padre, las estaba afectando profundamente a las dos.
—¿Cómo pudo hacerlo? —preguntó Izumi, con la voz quebrada, mirando nuevamente al techo. —No entiendo por qué nos ocultó todo esto. ¿Cómo pudo mentirle a Rika? ¿Cómo pudo hacernos vivir en una mentira todos estos años?
Nene suspiró nuevamente, levantando la vista al techo como si allí pudieran encontrar alguna explicación. Pero no había respuestas fáciles, solo el vacío de la confusión.
—Yo tampoco lo entiendo. Tal vez pensó que no estábamos listas para saber la verdad... o tal vez no quería que nos sintiéramos... traicionadas. No lo sé. Pero... siento que todo lo que pensábamos que era cierto, ya no lo es. Es como si no supiéramos ni siquiera quiénes somos realmente.
Izumi asintió lentamente, sintiendo cómo las palabras de Nene comenzaban a calar en ella. Ambas se sentían igual, atrapadas en un mar de dudas y tristeza, sin saber cómo encajar todo lo que había sucedido en sus vidas.
—Yo solo quiero entenderlo. Quiero saber por qué él hizo esto... —murmuró Izumi, con los ojos fijos en el techo, pero su mente viajando en mil direcciones.
El silencio se hizo presente en el lugar mientras ambas intentaban lidiar con esta situación.
Izumi levantó la cabeza y observó a su melliza, una nueva preocupación reflejada en sus ojos. No podía dejar de pensar en lo que la verdad había implicado para su familia. Rika ya no era quien pensaban que era, y eso era algo difícil de aceptar.
—Nene... —dijo Izumi, su voz suave pero cargada de una duda profunda—, ¿qué piensas con respecto a todo esto? ¿Seguirás viendo a Rika de la misma manera? Ahora que sabemos la verdad, que no es nuestra hermana biológica... ¿cómo vas a ver las cosas?
Nene permaneció en silencio por un momento, pensativa. Las palabras de Izumi resonaron en su mente, y la imagen de Rika, su hermana a pesar de todo, se mantenía firme en su corazón. Sabía que no era fácil aceptar que la familia que pensaban conocer no era la que pensaban, pero había algo en su interior que le decía que no todo había cambiado.
Después de lo que pareció una eternidad en silencio, Nene se levantó del sofá con determinación. Caminó hacia la ventana, donde las luces de la ciudad se reflejaban en la oscuridad de la noche. Luego de unos segundos, se dio vuelta para mirar a Izumi, y con una expresión firme y seria en el rostro, habló:
—Sí, Izumi... Rika siempre será mi hermana, no importa lo que nos haya ocultado papá. El hecho de que no sea nuestra hermana biológica no cambia lo que ha significado para mí todos estos años. Ella sigue siendo mi hermana.
Izumi la observó, sintiendo que las palabras de Nene resonaban con fuerza en su pecho. Aunque aún le costaba entenderlo todo, la firmeza con que Nene hablaba le dio una sensación de calma.
Nene dio un paso más hacia Izumi, y con una mirada decidida añadió:
—Y para ti, debería ser lo mismo. Rika ha estado a tu lado, y tú a su lado, todo este tiempo. No es necesario que la veas diferente solo porque ahora sabemos la verdad. Si algo no ha cambiado, es el amor que sentimos por ella. Para mí, ella siempre será mi hermana, y espero que para ti también lo sea.
Izumi tragó saliva, las palabras de Nene calaron hondo en su ser. Sintió una mezcla de emociones: tristeza, desconcierto, pero también una extraña sensación de consuelo. La verdad era dura, sí, pero no cambiaba los lazos que había forjado con Rika a lo largo de los años. No todo podía ser destruido por una mentira.
—Tienes razón... —murmuró Izumi, asintiendo lentamente. —Tal vez... tal vez solo necesito tiempo para asimilarlo todo, pero... Rika sigue siendo mi hermana. No puedo olvidarlo, no importa lo que haya pasado.
—¡Siempre lo será! Somos una familia, y eso no cambia con una mentira. Somos hermanas, y eso es lo que siempre será real, sin importar lo demás.
Izumi no pudo evitar sentir admiración por Nene, como siempre lo hacía, su fortaleza en momentos como estos era increíble.
El medio día estaba tranquilo, el sol brillaba en el horizonte, iluminando el cielo con un tono dorado que anunciaba el final del día. Takuya caminaba junto a Daisuke y Junpei por la acera, ambos regresando de un largo día de trabajo. Mientras ellos parecían relajados, Takuya lucía ensimismado, con los ojos clavados en el suelo y una expresión de tristeza que no podía ocultar.
—¡Venga, Takuya! ¡Por fin saliste temprano! —dijo Daisuke, dándole una palmada en la espalda. —¡Deberías estar feliz! Eso no pasa todos los días.
Junpei asintió, con una sonrisa cálida mientras ajustaba su maletín.
—Exacto. Por una vez tienes tiempo para relajarte un poco. Quién sabe, tal vez hasta te da tiempo de practicar con la banda o escribir algo nuevo.
Takuya suspiró, sin levantar la mirada.
—No es eso, chicos. No puedo estar tranquilo. Perdí algo importante...
Daisuke frunció el ceño, notando el tono serio en la voz de su amigo.
—¿Qué perdiste?
—Mi cadena. —respondó Takuya, apretando los puños con frustración. —Era... especial para mí. No tengo idea de dónde pudo haber quedado.
Junpei se detuvo por un momento y ladeó la cabeza, intentando animarlo.
—Bueno, no te pongas tan mal. Tal vez aparezca. A veces las cosas están justo frente a nosotros y no las vemos.
—No entienden... —dijo Takuya, sacudiendo la cabeza. —Esa cadena no es solo una cosa. Es un recuerdo... algo que no puedo reemplazar.
Daisuke y Junpei se miraron entre ellos, tratando de encontrar palabras que pudieran consolar a su amigo. Sin embargo, antes de que pudieran decir algo más, un ruido sordo y ensordecedor interrumpió la conversación.
Un rugido de motor resonó en la calle, haciéndolos voltear de inmediato hacia el origen del estruendo. Un auto rojo se acercaba a toda velocidad, zigzagueando entre los vehículos estacionados.
—¿Qué demonios? —exclamó Daisuke, deteniéndose y mirando hacia la calle, donde un automóvil rojo se acercaba a toda velocidad.
Takuya también detuvo su paso y se puso alerta, los ojos entrecerrados, observando cómo el auto venía zigzagueando entre los otros vehículos, como si estuviera fuera de control.
—¿Qué loco maneja ese auto? —preguntó Junpei, su tono de voz revelando su sorpresa.
El auto giró bruscamente en una U, haciendo un ruido espantoso de neumáticos quemados y metal chirriante. Las personas dentro del auto apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que el vehículo siguiera su curso, directamente hacia otro automóvil estacionado en la acera.
—¡No puede ser! —gritó Daisuke, quien ya había dado un paso atrás, instintivamente alejándose del caos.
Con un ¡pluff!, el auto rojo se estrelló contra un poste, causando un impacto tan fuerte que el ruido del choque se oyó en toda la calle. Los cristales del auto que fue golpeado se rompieron con el impacto.
¡Rayos, rayos, rayos!
Pensó Takuya al ver el choque frente a él.
Llevó sus manos a su cabello.
—Esto no puede ser verdad. — Comentó Daisuke.
No habrá pasado muchos segundos cuando una chispa nació dentro del auto y se comenzó a incendiar en la parte de atrás.
—¡Tenemos que hacer algo! — Exclamó Junpei alarmado.
El auto tenía llamas.
—¡Debemos llamar a los bomberos!
—Sí, pero no podemos quedarnos sin hacer nada. — Habló Daisuke— Hay personas adentro.
Takuya apretó su puño— ¡Junpei llama a la ambulancia y a los bomberos! — Ordenó— Daisuke, nosotros vamos. —Fue así como corrió sin dudarlo.
El fuego de a poco se empezó a expandir mientras Takuya intentaba abrir.
Apretó los dientes y sin dudarlo rompió por completo la ventana que tenía el vidrio trizado.
Rápidamente tomó el brazo de la chica que se encontraba en el lugar.
¡Un minuto!
¿Ella no era la hermana de Izumi?
Takuya hizo una mueca, suavemente intentó jalar de ella, pero se percató que su chaqueta estaba enganchada en un borde de la silla.
¡Rayos!
Jaló, jaló y…¡No! No funcionó.
Fue así como rápidamente movió a la chica intentando quitarle la chaqueta.
Finalmente, sacó a la chica.
¡Menos mal!
—¡Takuya! — Gritó Daisuke mientras jalaba al otro chico— ¡Esto es imposible! ¡Está agarrado!
No habrá pasado mucho tiempo cuando, finalmente la ambulancia llegó y de ella descendieron unos paramédicos.
Las escaleras de mármol de la mansión estaban envueltas en un silencio sepulcral, roto solo por los pasos apresurados de Koushiro y el leve clic de sus dedos contra la pantalla de su tablet. Su respiración era irregular, y su rostro reflejaba una mezcla de nerviosismo y confusión. La información que había descubierto era... perturbadora, por decir lo menos, y ahora, debía enfrentar a Mimi con aquello. ¿Cómo se lo diría? ¿Cómo abordar algo tan delicado sin causar un caos?
"Primero necesito asegurarme de que estoy en lo correcto", pensó, aunque sabía que no habría respuesta definitiva hasta que hablara con ella.
Cuando llegó al final de las escaleras, la vista de la sala principal lo detuvo por un momento. El espacio amplio y elegante parecía más intimidante que nunca, como si cada objeto lujoso fuera un testigo mudo de lo que estaba a punto de suceder. Mimi estaba allí, sentada en un sofá de terciopelo color esmeralda, con la espalda erguida y una taza de té entre las manos. La luz de la mañana caía sobre ella, resaltando su porte elegante, pero también algo en su mirada: una mezcla de calma aparente y agotamiento.
Koushiro respiró profundamente y ajustó su tablet bajo el brazo. Era ahora o nunca. Caminó hacia ella, su mente aún enredada en las palabras exactas que usaría.
Mimi levantó la mirada al escuchar sus pasos, esbozando una leve sonrisa que rápidamente se desvaneció al notar su expresión tensa.
—Koushiro, ¿qué ocurre? —preguntó, dejando la taza sobre la mesa con un leve tintineo.
Koushiro tragó saliva, sus manos sudorosas apretando el borde de la tablet.
—Señora Mimi... Necesito hablar contigo. Es algo... importante —dijo, intentando sonar más seguro de lo que se sentía.
Mimi frunció ligeramente el ceño, inclinándose hacia adelante en su asiento.
—Claro, dime. ¿Qué sucede?
—¿e?...— Koushiro quiso hablar, pero se trabó al hacerlo, ya que verdaderamente no sabía como hacerlo.
Mimi verdaderamente no esperaba lo que él estaba apunto de decirle. Ni en sus más locos sueños se imaginaba esto.
—¿De?— Musitó la castaña intrigada al ver que su amigo se detuvo.
El hombre mordió su labio inferior e intentó hablar. No obstante, no pudo ya que justo en ese minuto unos pasos apresurados se escucharon en el lugar y frente a ellos apareció Akari.
—Padre, madrina...—Los llamó.
Mimi dirigió su mirada a la pelirroja: —Akari.
—Akari, estamos conversando, no nos interrumpas.—Sentenció Koushiro.
—Lo siento padre, pero ocurrió algo.
—¿Qué cosa?
—¿No han visto las noticias?
—¿Noticias?— Preguntó el pelirrojo.
Akari asintió.
—No, no las hemos visto.—Respondió Mimi—¿Por qué preguntas?
La adolescente rápidamente se acercó a ellos, tomó el control y prendió la televisión.
—¡Miren!—Exclamó.
Grande fue la sorpresa de Mimi y Koushiro al ver el enunciado de las noticias.
"Accidente de Rika Ishida"
Y, apareció la imagen de un auto totalmente destruido ardiendo en llamas.
La preocupación en la familia Ishida era máxima, nadie quería moverse de esa clínica hasta tener noticias de Rika.
Sora no paraba de llorar. Lloraba como una verdadera Magdalena, literalmente con sus lágrimas podía llenar una piscina. Izumi y Nene estaban a su lado intentando consolarla, aunque era difícil, cada una soportaba a penas el dolor.
Nene, como nunca, también dejó escapar lágrimas de sus ojos. Jamás se sintió tan débil como en ese momento. Kiriha estaba junto a ella, la abrazaba y tomaba su mano, sin embargo, no era suficiente, Nene sentía que en cualquier minuto perdería la cabeza.
Por su lado, Izumi de vez en cuando dirigía miradas hacia Takuya, quien intentaba disimular su preocupación brindándole un sonrisa cálida.
La rubia suspiró.
Era irónico ¿no? Ella hacia todo lo posible por alejar a Takuya, pero el destino siempre los terminaba uniendo. Nadie se hubiese imaginado algo como esto ¿qué posibilidad había que en esa enorme ciudad, justo en el momento del accidente Takuya estuviese caminando ahí?
Esto la hacia sentir mucho más culpable de lo que ya se sentía al ignorarlo por causa de Kouji.
Takuya no se merecía esto.
Takeru estaba acompañado de Hikari, quien sostenía su mano con fuerza. El rubio intentaba no llorar, de vez en cuando se acercaba a sus sobrinas, Nene e Izumi, pero inevitablemente lágrimas brotaban de sus ojos. Todos sabían que, si no fuera por Hikari, el hermano de Yamato estaría destruido en llanto.
La atmósfera en la sala era pesada, cargada de un dolor casi palpable que se adhería a cada rincón. Las lágrimas continuaban fluyendo, y las palabras parecían insuficientes para aliviar a Sora, quien seguía llorando desconsolada. Izumi y Nene estaban a su lado, pero ambas estaban al borde de sus propias emociones.
De repente, el sonido de pasos apresurados interrumpió el silencio tenso. La puerta se abrió con fuerza, y Haruna (Mimi) entró con el rostro marcado por la preocupación. Sus ojos buscaron a Sora de inmediato, y cuando la vio, corrió hacia ella sin dudar.
—¡Sora! —exclamó la castaña mientras se arrodillaba junto a su amiga, tomando sus manos con delicadeza.
Sora levantó la mirada, sus ojos hinchados y enrojecidos por el llanto. —¿Haruna? —susurró entre lágrimas, sorprendida por su presencia.
Mimi asintió, apretando suavemente las manos de Sora. —Me enteré de lo que sucedió y no dudé en venir. No podía dejarte sola en un momento como este.
El rostro de Sora se suavizó, aunque las lágrimas seguían cayendo. —Gracias... Gracias por venir —dijo con un hilo de voz, intentando esbozar una sonrisa, aunque el dolor la superaba.
Mimi acarició las manos de Sora, transmitiéndole un poco de su fortaleza. —Sabes que siempre estaré aquí para ti. —Hizo una pausa, mirando alrededor con preocupación—. ¿Cómo está Rika? ¿Han tenido noticias?
Sora negó con la cabeza, apretando los labios mientras nuevas lágrimas se formaban en sus ojos. —No... no hemos sabido nada aún —respondió con voz temblorosa.
Mimi se inclinó un poco más hacia ella, mirándola con determinación. —Todo estará bien, Sora. Tienes que ser fuerte, por ella y por todos nosotros. Rika es valiente, y yo sé que va a superar esto.
En ese instante, se escucharon pasos firmes y seguros acercándose por el pasillo. Haruna giró la cabeza hacia la puerta, al igual que todos los presentes. Yamato apareció en el umbral, su figura imponente llenando el espacio. Su rostro era una máscara de calma, aunque sus ojos azules reflejaban una mezcla de tensión y preocupación.
La entrada de Yamato alteró la dinámica de la sala. Los ojos de Haruna se encontraron con los de él, y la tensión entre ambos era innegable. Fue un momento breve pero cargado de emociones que solo ellos comprendían. La última vez que se habían visto, todo había terminado en un beso que ninguno de los dos había olvidado.
Yamato avanzó lentamente hacia el centro de la sala, rompiendo el contacto visual con Mimi para dirigirse a Sora.
—¿Haruna?— Preguntó—¿Qué hace aquí?
—Me enteré del accidente.—Respondió la oji-miel con seriedad.
—Vino a darnos su apoyo.— Musitó Sora sin dejar de llorar.
Yamato desvió la mirada por un momento y, sin poder evitarlo, sus ojos volvieron a encontrarse con los de Mimi. Ella mantuvo su postura, tratando de no mostrar lo que sentía, pero la conexión era ineludible. Ambos sabían que ese no era el momento para hablar de lo que había ocurrido entre ellos, pero la tensión seguía latente, como un hilo invisible que los unía.
Mimi decidió voltear hacia Nene e Izumi y se acercó a ellas: —Chicas.
Después de un instante que pareció eterno, Haruna apartó la vista. Decidida a no prolongar el incómodo intercambio, caminó hacia donde estaban Izumi y Nene, quienes trataban de contener sus propias lágrimas.
—Chicas... —susurró Haruna con suavidad mientras se agachaba frente a ellas.
Izumi levantó la mirada, sus ojos miel inundados de lágrimas que no podía contener. —Haruna... —dijo en un suspiro ahogado, su voz apenas un hilo.
Haruna extendió la mano y tomó la de Izumi con ternura. —Estoy aquí para ustedes —le aseguró, su voz cargada de calidez—. No están solas en esto.
Nene, que había estado mirando hacia el suelo, levantó los ojos hacia Haruna. Aunque intentaba mantenerse fuerte, sus labios temblaban, y las lágrimas seguían cayendo por su rostro. —Es que... no sabemos nada, Haruna. No sabemos cómo está Rika. Y no puedo dejar de pensar en lo peor... —su voz se quebró, y al final de la frase, estalló en un llanto contenido.
Haruna soltó la mano de Izumi solo para rodear a Nene en un abrazo. —No, Nene, no pienses así. Rika es fuerte, más de lo que cualquiera imagina. Ella saldrá de esto, lo sé.
Nene hundió el rostro en el hombro de Haruna mientras sollozaba, dejando salir toda la angustia que había tratado de contener. Haruna acarició su cabello con suavidad, dándole el consuelo que tanto necesitaba.
Mientras tanto, Izumi, que había estado en silencio, tomó aire profundamente. —Estoy asustada, Haruna. —Su voz era un susurro, como si decirlo en voz alta la hiciera más vulnerable—. Me siento... inútil. No puedo hacer nada más que esperar, y no soporto esta sensación.
Haruna soltó a Nene para tomar las manos de Izumi entre las suyas. —No eres inútil, Izumi. Estás aquí, mostrando tu apoyo, estando al lado de los que te necesitan. Eso es lo más importante. A veces, lo único que podemos hacer es estar presentes, y eso ya es suficiente.
Izumi bajó la mirada, dejando que unas pocas lágrimas más cayeran por sus mejillas. Haruna se inclinó un poco más hacia ella. —Todo va a estar bien, Izumi. Lo prometo. Rika nos necesita fuertes, y sé que tú puedes serlo.
—La señorita Haruna tiene razón.—Comentó Takuya— Debes ser fuerte.
Izumi alzó la vista hacia él, sus ojos miel reflejaban el miedo y la inseguridad que llevaba dentro. —Y-yo no puedo hacerlo... —murmuró con voz temblorosa—. Soy débil.
Takuya frunció el ceño y dio un paso más cerca, depositando una mano sobre el hombro de la rubia. —¡Claro que no lo eres! —exclamó, su tono lleno de convicción—. Eres más fuerte de lo que imaginas, Izumi. No dejes que tu mente o tu inseguridad te hagan creer lo contrario. Has enfrentado cosas mucho más difíciles antes, y las superaste. ¿Por qué sería diferente ahora?
Izumi lo miró fijamente, sus labios temblando mientras intentaba procesar sus palabras. Haruna, aún a su lado, apretó suavemente sus manos como un recordatorio silencioso de apoyo.
—Takuya tiene razón —dijo Haruna con una leve sonrisa—. Esta situación es difícil, pero no estás sola. Todos estamos aquí, juntos, y eso nos hace más fuertes.
Izumi cerró los ojos por un momento, dejando que las palabras de ambos calaran hondo. Al abrirlos nuevamente, aunque las lágrimas todavía estaban presentes, parecía haber un pequeño rayo de esperanza en su mirada. —Gracias... a ambos.
—No hay de qué —respondió Takuya con una sonrisa cálida, mientras le daba un ligero apretón en el hombro—. Estamos contigo.
La oji-verde sonrió.
Haruna dirigió su mirada hacia Nene y nuevamente le dio la mano: —Y también estoy contigo, querida.
Nene observó a la oji-miel, verdaderamente no entendía ¿qué poder tenía esa mujer? pero tenía una facilidad de trasmitirle paz, tranquilidad, calma...Toshiko la tachaba de entrometida, pero en estos momentos...Agradecía que lo fuera. Su apoyo, como siempre, era optimo.
Mientras tanto Yamato pasó su mirada por el lugar, para ser más preciso en ese chico moreno.
—¿Él es el chico que trabaja en tu empresa?— Le preguntó a Sora.
La pelirroja asintió.
—Como que...últimamente está muy cerca de Izumi ¿no crees?...—Comentó el rubio.
Sora alzó una ceja y dirigió su mirada hacia ellos: —Son compañeros de trabajo y se llevan bien.
—S-sí, pero...lo hemos visto aquí cuando ocurrió lo de Takeru e Izumi lo mencionó un par de veces y...no sé...me resulta extraño.— Declaró Yamato— No cercanía, pero él me recuerda a alguien.
—¿A quién te recuerda? —preguntó Sora, inclinando ligeramente la cabeza, intrigada por la observación de Yamato. Sus ojos buscaron a Takuya, quien estaba aún junto a Izumi, hablándole con una sonrisa cálida que parecía disipar la tensión de la rubia.
—No estoy seguro —admitió Yamato, su mirada fija en el moreno como si intentara descifrar un enigma—. Pero hay algo en su forma de hablar, en su actitud... No logro identificarlo, pero es familiar.
Sora abrió la boca para responder, pero justo en ese momento la puerta se abrió, interrumpiéndola. El sonido del eco de los pasos apresurados resonó en la sala, y todos voltearon hacia el recién llegado.
Era el doctor. Su expresión era seria, pero no desesperada, lo que de inmediato llenó de una ligera esperanza a todos en la sala.
—¿Doctor? —preguntó Sora, dando un paso hacia adelante mientras limpiaba apresuradamente las lágrimas de su rostro—. ¿Cómo está Rika?
La puerta de la casa se cerró con un golpe seco detrás de ellos. Kousei caminó hacia la sala con pasos rápidos y decididos, mientras Satomi lo seguía, tratando de alcanzar su ritmo. El silencio entre ellos era tan tenso que parecía resonar en cada rincón de la habitación.
—¿Quieres explicarme qué demonios fue eso? —explotó Kousei finalmente, girándose hacia ella con una expresión de enojo contenido.
Satomi lo miró, tratando de mantener la calma, pero su rostro reflejaba una mezcla de frustración y cansancio.
—¿Qué fue qué, Kousei? —respondió, cruzándose de brazos—. ¿El espectáculo humillante que Toshiko montó para destruirme?
—¡No intentes evadirlo! —gritó él, señalándola con un dedo acusador—. ¡Me enteré junto con todos los demás que te acostaste con otro hombre!
—¡¿Y qué hay de ti?! —replicó ella, su voz alzándose por primera vez—. ¡No me hables de fidelidad, Kousei, porque tú fuiste el primero en romperla!
Kousei retrocedió un paso, sorprendido por la ferocidad de su respuesta, pero rápidamente se recompuso.
—Eso no tiene nada que ver con esto —dijo con frialdad—. Lo que hice fue un error, pero lo mantuve en privado. ¡Tú nos expusiste frente a todos!
Satomi dejó escapar una risa amarga, sus ojos brillando de rabia contenida.
—¿Un error? —dijo, con incredulidad—. ¿Crees que puedes justificarte diciendo que fue un error solo porque nadie lo sabe? Te recuerdo que tu "error" fue con Toshiko, la misma mujer que hoy se encargó de humillarme frente a todos. ¡Así que no me hables de moralidad, Kousei!
Kousei apretó los puños, su rostro endurecido por la ira.
—Eso no importa ahora —respondió con dureza—. Lo que importa es que por tu culpa, nos convertimos en el chisme del club. ¡Tú y tus malditas ambiciones pusieron en riesgo todo lo que construimos!
Satomi sintió que algo dentro de ella se rompía.
—¿Mis ambiciones? —dijo, dando un paso hacia él—. ¡Todo lo que he hecho, lo he hecho por nosotros! Porque creía en nuestro futuro, en nuestro lugar en este maldito círculo social que tanto valoras. Y ahora, ¿quieres culparme por una jugada sucia de Toshiko? ¡Ella planeó todo esto para destruirme!
Kousei negó con la cabeza, la rabia brillando en sus ojos.
—Eso no cambia nada, Satomi. El daño está hecho.
Ella lo miró, esperando que dijera algo más, algo que mostrara que todavía le importaba, que aún había algo por salvar. Pero lo que vino después la dejó helada.
—Quiero que te vayas de la casa.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Satomi lo miró con incredulidad, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? —susurró, su voz apenas audible.
—Me cansé de esto, Satomi. Me cansé de ti —dijo Kousei, con una frialdad que cortó como un cuchillo—. Ya no puedo seguir así.
Satomi sintió que sus piernas temblaban, pero se obligó a mantenerse erguida.
—¿Te cansaste de mí? —repitió, su voz llena de amargura—. Después de todo lo que hemos pasado, después de todo lo que he soportado por ti, ¿simplemente decides que ya no me quieres?
Kousei no respondió de inmediato. Se limitó a desviar la mirada, como si no pudiera enfrentar el peso de sus propias palabras.
—Es lo mejor para los dos —dijo finalmente, su tono casi mecánico—. Esto ya no funciona.
Satomi dejó escapar una risa amarga, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
—¿Lo mejor para los dos? —repitió—. No, Kousei. Esto es lo mejor para ti. Para que puedas seguir tu vida sin cargar con el peso de tus propios errores.
—¡Como sea! Quiero que te vayas.
Satomi inhaló profundamente, obligándose a no desmoronarse frente a Kousei. Su mirada, cargada de una mezcla de rabia y decepción, se clavó en él como una daga.
—No me vas a echar de aquí, Kousei. Esta casa es mía —dijo con firmeza, cruzando los brazos como si intentara protegerse de su frialdad.
Kousei dejó escapar una risa seca y sarcástica, negando con la cabeza.
—¿Tuya? —replicó, su tono rebosante de ironía—. Satomi, esta casa está a mi nombre.
Ella parpadeó, sorprendida por su descaro, pero no retrocedió ni un centímetro.
—¿Y qué con eso? —respondió con una calma peligrosa—. Que esté a tu nombre no significa nada. Esta casa fue un regalo de mi familia, pagada con el dinero de ellos.
Kousei la miró con una expresión mezcla de burla y enojo.
—Pues adivina qué, Satomi —dijo, dando un paso hacia ella—. Eso no importa. Legalmente, esta casa me pertenece. Y si quiero que te vayas, te vas.
Satomi apretó los puños, sintiendo cómo la indignación hervía en su interior.
—¿De verdad eres tan mezquino? —dijo, su voz temblando, no de miedo, sino de furia contenida—. Sabes perfectamente bien que todo lo que tenemos viene de mi familia. Tu estatus, tu maldito club, incluso esa fachada de hombre perfecto que tanto te esfuerzas en mantener.
—¡No cambies el tema! —gritó Kousei, golpeando la mesa con el puño—. Esto no se trata de quién pagó qué, sino de lo que tú hiciste. ¡Tú fuiste quien nos puso en ridículo frente a todos!
Satomi dio un paso hacia él, alzando la voz por primera vez.
—¡Y tú fuiste quien comenzó todo esto con tus mentiras y tus engaños! —espetó, señalándolo con un dedo acusador—. ¿Crees que olvidé lo de Toshiko? ¿Crees que puedes salirte con la tuya solo porque nadie lo sabe?
Kousei apretó los dientes, desviando la mirada por un instante, pero pronto volvió a enfrentarla.
—Eso no tiene nada que ver con esto —dijo con frialdad—. Lo que importa es que tú cruzaste la línea. Y ahora, nos has arrastrado a los dos al desastre.
Satomi lo miró fijamente, como si intentara buscar en su rostro algún indicio del hombre con el que se había casado, pero todo lo que encontró fue una máscara de resentimiento y egoísmo.
—No voy a irme, Kousei —dijo finalmente, con una determinación que no admitía réplica—. Esta casa es mía, de mi familia. Y no voy a dejar que me arrebates lo único que me queda.
—¿Ah, sí? —dijo él, su voz goteando sarcasmo—. Pues ya veremos cuánto te dura esa actitud cuando lleve este asunto a los tribunales.
Satomi dio un paso atrás, no por miedo, sino para observarlo con desprecio.
—Haz lo que quieras, Kousei —dijo, su tono helado—. Pero recuerda esto: todo lo que haces, todo lo que dices, no te hace más que un hombre pequeño intentando llenar el vacío de su mediocridad.
Y con esas palabras, lo dejó en la sala, dirigiéndose hacia el piso superior, mientras Kousei se quedaba solo, enfrentando el eco de su propia rabia.
—¿Con que cara voy a mirarte Yamato luego de lo que pasó entre nosotros hace unos momentos?— Mimi le preguntó al rubio.
Yamato se mordió el labio inferior.
Lamentablemente fue el peor momento para besar a Haruna. Mientras Rika sufría en el internado, él no estaba a su lado, al contrario, estaba en la mansión de Haruna y se dejó llevar, algo que no estaba bien. No obstante, él no era culpable, jamás pensaría que justo en ese momento su hija tendría un accidente.
—Sé que no es correcto, pero no pude evitarlo.—Declaró el rubio.
—Debiste haberlo evitado.—Respondió la castaña.
Por Rika, debió haberlo evitado, pero...eso cambiaba la situación...no estaba arrepentido de haber besado a Haruna.
—Fue inevitable.—Contestó el oji-azul y dirigió su mirada directa—Haruna, desde hace mucho tiempo, yo quería hacer eso...
Ryo estacionó su coche frente a la clínica con el corazón latiéndole fuerte. Había estado buscando la oportunidad para verla, para asegurarse de que estaba bien. Todo le preocupaba: su estado de salud, sus emociones, el trauma de los últimos días. Y ahora, allí estaba, en este hospital que parecía una fortaleza de paredes blancas y puertas de cristal.
Respiró hondo y salió del vehículo. El frío del invierno le golpeó el rostro, pero no le prestó mucha atención. Con cada paso hacia la entrada de la clínica, sentía que sus nervios se disparaban, y se le formó una mezcla de miedo y determinación. Necesitaba saber que estaba bien.
Al entrar, la recepción estaba tranquila, con solo un par de enfermeras organizando documentos. Ryo no tardó en encontrar el pasillo que conducía hacia la sala donde estaba Rika. La reconoció de inmediato en su mente: su cabello, su sonrisa, su espíritu fuerte. Era ella. Ahora, con todo lo que había pasado, tenía que asegurarse de que no estuviera sola.
Sin embargo, al abrir la puerta para entrar, fue interceptado de inmediato por una figura alta que se encontraba de pie justo al otro lado del umbral. Era Takuya, con sus brazos cruzados y una mirada seria que parecía contener una mezcla de frustración y algo más difícil de leer.
—¡Detente! —dijo Takuya con firmeza antes de que Ryo pudiera avanzar más—. No es el momento apropiado.
Ryo se detuvo en seco, sorprendido por el tono de Takuya. Lo miró, tratando de entender lo que significaba con ese "momento inapropiado."
—¿Qué? —preguntó Ryo con el ceño fruncido—. Takuya, yo… yo solo quiero ver cómo está. Estoy preocupado por ella.
Takuya lo miró con una mezcla de enojo y exasperación. Sus palabras no eran suaves, pero su tono tenía el peso de una advertencia clara.
—No lo hagas, Ryo. Estás jugando con fuego. Tu presencia aquí solo va a traer más problemas de los que ya tienen. Ella necesita paz, no que estés aquí alterando todo con tu preocupación. —Hizo una pausa, como si estuviera luchando por no elevar la voz aún más—. Créeme, esto no es el momento.
Ryo sintió un nudo en el estómago. La mirada de Takuya era implacable. No solo lo miraba con firmeza; lo analizaba, evaluaba cada una de sus intenciones.
—Pero, Takuya, yo no estoy aquí para causar más problemas —respondió, intentando controlar el tono de su voz para no sonar demasiado alterado—. Estoy preocupado por ella. No sé lo que le pasó, pero me importa. ¿Cómo puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que algo le pudo haber ocurrido?
Takuya sacudió la cabeza, claramente frustrado. Se adelantó un paso, dejando que su presencia se sintiera aún más imponente.
—Escucha, Ryo —dijo, sus palabras ahora más cortantes—. No puedes simplemente aparecer aquí cuando te dé la gana. No sabes lo que ha pasado, ni lo que ella está sintiendo ahora mismo. Rika está pasando por demasiado. Tu visita no hará más que hacerla sentir vulnerable, como si estuviera atrapada en un torbellino emocional que no necesita alimentar. No estás preparado para esto, y te estoy advirtiendo por su bienestar.
Ryo lo miró, sintiendo cómo la presión en su pecho aumentaba. Intentó encontrar las palabras, pero la discusión parecía imposible. Takuya era firme, y sus razones tenían peso. Sin embargo, Ryo no podía simplemente darse por vencido. La angustia que sentía por Rika lo empujaba hacia adelante, sin importar cuántas advertencias le hicieran.
—No puedo ignorar esto, Takuya —respondió, más fuerte ahora—. Me preocupa, de verdad. La última vez que hablamos no supe qué más hacer. No puedo seguir alejándome de esto solo porque tú lo digas.
Takuya se inclinó hacia adelante, y por un momento, Ryo sintió el poder en su presencia, en sus palabras y en el tono tan decidido que utilizaba.
—Estás equivocado si piensas que tu preocupación es suficiente para justificar esto —respondió Takuya con frialdad—. A veces, la mejor forma de cuidar a alguien es saber cuándo mantenerse alejado. La calma es lo que ella necesita ahora. No más confrontaciones, no más visitas que no deberían estar ocurriendo.
Ryo se quedó quieto, casi paralizado, mientras procesaba las palabras de Takuya. Sabía que Takuya tenía razón en muchos puntos. Cada palabra era como una flecha directa a su consciencia. Sin embargo, no podía evitar el impulso de estar allí, de asegurarse de que Rika estuviera bien. Se sentía impotente, como si las palabras de Takuya fueran un muro que lo separara de su deseo de estar cerca.
De pronto, escucharon un sonido. Una voz se escuchó en el lugar.
—¿Ryo?
Ryo al voltear se encontró con Mimi, mejor dicho, Haruna.
—Haruna.
—¿Qué haces aquí?
Ryo giró el rostro hacia ella, sorprendido.
—Esa es la pregunta que yo debería hacerte a ti.—Respondió la oji-miel— ¿Qué haces aquí?— Se acercó a él— ¿Viniste a ver a Rika?
El oji-azul asintió: —Sí.—Contestó— Me enteré de su accidente y me preocupe. Así que vine a verla...
—¿Estás loco?— Regañó la castaña—¡No deberías estar aquí!
—¿Tú también estás en esto? —preguntó, confundido y algo molesto—. Estoy aquí porque me importa. Rika tuvo un accidente y necesito saber cómo está.
Haruna se acercó un poco más, bajando el tono de su voz para que solo él pudiera escuchar.
—Lo comprendo, pero no es el momento. —Sus ojos brillaron con una mezcla de determinación y frialdad—. Créeme, si realmente quieres protegerla, vete ahora. Estar aquí solo le hará más daño a ella y a ti.
Ryo sintió que sus palabras lo golpeaban como un martillo. No pudo evitar dudar. La mezcla de Takuya y ahora Haruna le daban en el clavo: su presencia aquí era una bomba de incertidumbre, pero no podía simplemente darse por vencido.
—Haruna, pero yo no puedo... —empezó a protestar.
—¡Escúchame! —interrumpió ella, su voz firme ahora, sin lugar para la duda—. No te equivoques. Esto no es solo una cuestión de preocupación. Si te quedas aquí, no solo tendrás que enfrentar más conflictos, sino que podrías empeorar las cosas para ella. Haz esto por su bienestar. Por una vez, déjala estar.
Ryo quedó sin palabras, su mente luchando entre su instinto de protección y el tono imperativo de las palabras de Takuya y Haruna. Se quedó mirando a Rika a través de la puerta de la sala, donde la luz tenue de las lámparas iluminaba su figura débil y vulnerable.
Finalmente, con un suspiro pesado, Ryo retrocedió un paso.
—Está bien... —murmuró, derrotado—. Me voy. Pero seguiré pendiente.
Takuya lo miró con una mezcla de alivio y tensión.
—Hazlo por ella —agregó Takuya, con una voz más suave ahora—. A veces, la mejor manera de cuidar a alguien es darles espacio para sanar.
Ryo giró sobre sus talones y salió del pasillo, sintiendo una mezcla de impotencia y frustración. Mimi y Takuya lo miraron partir.
—¿Cree señorita Haruna que lo entendió? —preguntó Takuya, con una mezcla de duda y alivio en su voz.
Mimi cruzó los brazos y sonrió de manera calculada.
—Sí. Aunque espero que siga entendiendo el mensaje a largo plazo.
Ambos se quedaron en el pasillo, mientras Ryo se alejaba hacia la salida de la clínica. Mimi, con sus propios planes en mente, no podía evitar pensar que mantener a Ryo alejado podría resultar muy beneficioso más adelante.
El sol se ocultaba lentamente tras las colinas, bañando el cielo en un tono dorado que contrastaba con la melancolía que inundaba la clínica. En uno de los sofás se encontraba Takeru, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, él no apartaba la mirada de la ventana. Su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y tristeza, mientras su mente parecía atrapada en un torbellino de pensamientos oscuros.
Hikari lo observaba desde la puerta del salón. Dudaba si debía interrumpir su silencio, pero la tensión en los hombros de Takeru y la manera en que apretaba las manos le indicaban que no estaba bien. Inspiró profundamente, armándose de valor, y dio un par de pasos hacia él.
—Takeru... —dijo suavemente, rompiendo el silencio.
Él no respondió de inmediato, pero giró ligeramente la cabeza, reconociendo su presencia.
—Estoy bien, Hikari —murmuró, aunque su voz carecía de convicción.
Hikari no se dejó engañar. Caminó hasta sentarse a su lado en el sofá, dejando un espacio suficiente para que él no se sintiera invadido, pero lo bastante cerca como para que supiera que estaba ahí para él.
—No pareces estar bien —respondió con dulzura, su tono cargado de empatía—. Sé que lo que pasó con Rika ha sido... muy difícil.
Takeru cerró los ojos, dejando escapar un suspiro tembloroso.
—Es que no puedo dejar de pensar en lo que ocurrió. Ella... —se interrumpió, su voz quebrándose—. Estuvo tan cerca... si algo peor le hubiera pasado...
Hikari colocó una mano sobre el brazo de Takeru, transmitiéndole apoyo.
—Pero no ocurrió —dijo con firmeza—. Rika está viva, Takeru. Está luchando, y tú también tienes que ser fuerte por ella.
Él apretó los labios, claramente en conflicto consigo mismo.
—No puedo evitar sentirme culpable, Hikari —admitió finalmente, su voz apenas un susurro—. He estado tan distanciado de ella últimamente... Si hubiera estado más presente, tal vez podría haber evitado que esto pasara.
Hikari negó suavemente con la cabeza.
—No es tu culpa. Takeru, no puedes cargar con algo que no estaba en tus manos. A veces, las cosas simplemente pasan, por más que queramos controlarlas.
Él bajó la mirada, incapaz de enfrentarse a sus propios sentimientos.
—Pero la manera en que se sintió... cómo terminó su relación con Ryo... y ahora esto... No sé si podré verla superar todo esto.
Hikari inclinó un poco la cabeza, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
Hikari inclinó un poco la cabeza, tratando de encontrar las palabras adecuadas, consciente de lo profundo que era el dolor de Takeru. Lo observó en silencio durante un momento, permitiendo que su propia calma llenara el espacio, antes de hablar con delicadeza.
—Takeru, sé lo difícil que es para ti sentir que no pudiste proteger a Rika... —dijo, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Pero no puedes seguir castigándote por cosas que no están bajo tu control.
Él se enderezó ligeramente, su mirada fija en el suelo.
—Hikari, no es solo con Rika. Parece que siempre fallo en cuidar a las personas que amo. Con Ryo, con mi familia, y ahora con ella... Yo... debería haber hecho más, ser mejor.
La voz de Takeru se quebró al final, y sus manos se cerraron en puños sobre sus rodillas. Hikari sintió cómo su corazón se apretaba al verlo tan vulnerable, cargando con un peso que claramente no le correspondía.
—Takeru, mírame —pidió con suavidad.
Él levantó la cabeza lentamente, sus ojos llenos de dolor y culpa.
—No eres un superhéroe, Takeru. No puedes estar en todas partes al mismo tiempo ni evitar que sucedan cosas malas. Eso no significa que hayas fallado. —Colocó su mano sobre la suya, apretándola suavemente—. Proteger a alguien no siempre significa evitar que se lastimen. A veces, significa estar ahí para recogerlos cuando caen. Y tú has estado ahí para Rika, incluso ahora.
Él sacudió la cabeza, negándose a aceptar sus palabras por completo.
—Pero siempre siento que es insuficiente. Como si lo que hago no bastara.
Hikari sonrió ligeramente, inclinándose un poco hacia él.
—Es normal sentir eso, pero no significa que sea verdad. Rika no necesita que seas perfecto, Takeru. Solo necesita saber que estás con ella, que la apoyas, incluso si tú también estás luchando con tus propios sentimientos.
Takeru dejó escapar un suspiro profundo, como si las palabras de Hikari hubieran empezado a derrumbar lentamente los muros de autoinculpación que había construido.
—Es tan difícil... verla así, tan frágil. Siempre la he visto como alguien fuerte, alguien que no necesita a nadie. Pero ahora...
Hikari asintió con comprensión.
—Incluso las personas más fuertes necesitan apoyo a veces, Takeru. Y eso es lo que tú le das, aunque no lo veas. Estás ahí, escuchándola, cuidándola. Eso es suficiente.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos. Takeru dejó caer los hombros, como si finalmente pudiera soltar parte del peso que había estado cargando.
—Gracias, Hikari... —murmuró con sinceridad, mirando a su amiga con un destello de gratitud en sus ojos—. No sé qué haría sin ti.
Ella sonrió con calidez, manteniendo su mano sobre la suya.
—Siempre estaré aquí para ti, Takeru. No tienes que enfrentarlo todo solo.
Por primera vez en días, él permitió que un atisbo de alivio cruzara su rostro. Aunque sabía que el camino aún sería difícil, las palabras de Hikari le recordaron que no estaba solo, y que incluso en medio de la tormenta, siempre habría alguien dispuesto a caminar a su lado.
Mientras Takeru encontraba consuelo en las palabras de Hikari, Yamato, quien observaba la escena desde lejos, dejó que una leve sonrisa cruzara su rostro. Era un alivio verlo apoyado por alguien como Hikari. Sin embargo, su mirada pronto se desvió hacia otra figura en la habitación: Nene, su hija, quien estaba a unos metros de distancia, inquieta y distraída.
El momento fue interrumpido abruptamente cuando la puerta principal sonó, atrayendo la atención de todos. Un joven rubio de ojos azules apareció en el umbral, y Nene, al reconocerlo, corrió hacia él.
—¡Kiriha! ¿Qué haces aquí? —preguntó con una mezcla de sorpresa y preocupación.
Kiriha, aún con un leve rastro de cansancio en el rostro, le dedicó una mirada tierna.
—Me enteré de lo que sucedió y vine a verte. No podía quedarme en el departamento sin saber cómo estabas —respondió con suavidad, pero con firmeza.
Nene frunció el ceño y lo tomó del brazo, visiblemente molesta.
—¡No debiste hacerlo! ¡Estás recién operado! —reprochó, aunque su voz traicionaba un matiz de preocupación genuina.
Kiriha esbozó una sonrisa cálida, encogiéndose de hombros.
—No podía quedarme esperando mientras tú no contestabas mis mensajes. Estaba preocupado.
Los ojos de Nene se llenaron de una mezcla de emociones. Por un momento, pareció dudar, pero finalmente sus labios se curvaron en una leve sonrisa. Estaba conmovida por su gesto, aunque no quería admitirlo.
A unos pasos de ellos, Yamato observaba la interacción, su expresión cambiando rápidamente. Frunció el ceño al ver a Kiriha allí, claramente molesto por su presencia. El rubio cruzó los brazos, proyectando una figura imponente mientras fijaba su mirada en el joven.
Yamato, quien había estado observando a cierta distancia, finalmente decidió intervenir. Su rostro era una mezcla de enojo contenido y desaprobación, y su mirada se fijó en Kiriha con evidente disgusto. Dio unos pasos firmes hacia ellos, haciendo que ambos se giraran para enfrentarlo.
—¿Qué haces aquí, Kiriha? —preguntó Yamato, su tono seco y cargado de reproche.
Kiriha mantuvo la calma, aunque su postura denotaba cierta incomodidad.
—Señor Ishida, me enteré de lo que sucedió. Y vine a darle mi apoyo.
—No es necesario.—Respondió el mayor con frialdad.
—¡Papá!— Nene lo regañó.
El silencio se hizo presente. Yamato observó con frialdad a Kiriha, pero este no se quedó atrás. ¡Estaba cansado de sus desprecios! Fue así como Kiriha le devolvió la mirada con frialdad. La tensión en el aire era palpable. Nene miró a su padre con frustración, claramente herida por sus palabras, y luego a Kiriha, quien permanecía de pie, enfrentando con dignidad la avalancha de críticas.
—Nene, necesitamos hablar —dijo con autoridad, señalando con un gesto que la conversación sería privada—. ¡A solas!
Nene apretó los labios, vacilando por un momento. Finalmente, asintió con resignación y miró a Kiriha con ojos llenos de disculpa.
—Espera aquí, por favor —murmuró antes de seguir a su padre hacia otro rincón del lugar.
Kiriha los observó alejarse, apretando los puños, pero manteniendo su postura firme. Sabía que esto no sería fácil, pero también estaba decidido a demostrar que sus intenciones eran sinceras, incluso frente a la inquebrantable desconfianza de Yamato.
Sora se acercó a Takuya, su corazón aún latiendo a un ritmo acelerado por lo que había ocurrido. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba mantenerse firme, contener el miedo y el estrés. La imagen de Rika siendo rescatada del auto, la ambulancia, los gritos de desesperación, todo seguía vívido en su mente. Pero fue gracias a Takuya que lograron llegar a tiempo, que la ambulancia pudo llegar, y que todo terminó con la menor cantidad de daño posible.
Sora lo miró con los ojos todavía brillando con la tensión de aquellos momentos.
—Takuya... —murmuró, su voz apenas audible—. Gracias. Gracias por sacar a Rika justo a tiempo, por llamar a la ambulancia y por estar ahí cuando más lo necesitábamos.
Takuya miró hacia ella con una sonrisa serena, una expresión tan calmada que la sorprendió un poco.
—No es necesario que me agradezcas —respondió, con un tono de voz tan sencillo que casi la desconcertó—. Lo único importante es que Rika esté a salvo.
Sora sintió cómo esas palabras, aunque simples, se sentían como un peso en su pecho. Se quedó quieta por un momento, luchando con sus pensamientos.
—¡Sí es necesario! —exclamó, más firme ahora, sus palabras saliendo como una declaración desde lo más profundo de su alma—. Necesito agradecértelo porque fue una situación tan difícil, tan inesperada... y sin ti, no sé qué habría pasado. Estuviste ahí, justo en el momento en el que más lo necesitábamos. No puedes saber lo importante que fue para mí que estuvieras allí, Takuya.
Sus palabras hicieron que Takuya hiciera una pausa, mirándola directamente. No dijo nada al principio, como si estuviera sopesando sus palabras. Finalmente, sonrió con un gesto cálido.
—Me alegra saber que pude ayudar. Pero ahora lo más importante es que estés tranquila. Rika estará bien —dijo con un tono suave, sus palabras destinadas a calmar el miedo que seguía martillando en el corazón de Sora.
Sora sintió un nudo en su garganta y asintió, con la esperanza de creerle, aunque sabía que el camino no sería fácil.
—Eso espero... —respondió, con una voz que temblaba apenas—. Fue un accidente tan severo, Takuya. Tan difícil de asimilar.
Takuya hizo un gesto para mostrarle su confianza, como si supiera algo más que ella no.
—Gracias al cielo, Rika fue la menos afectada —dijo con una voz tan serena que logró calmar un poco la tensión de Sora.
Ella asintió de nuevo, aunque una parte de su mente no podía evitar el peso de la realidad: el acompañante de Rika, Henry, quedó en estado vegetal. Era una verdad cruel, una herida que se abriría aún más para Rika, especialmente porque la relación con Yamato y con el resto de su familia había estado muy deteriorada últimamente.
—Izumi me comentó un poco acerca de lo que ha estado pasando —continuó Takuya—. Me dijo que no han estado en su mejor momento, que las cosas han estado algo tensas.
Sora sonrió tristemente al escuchar eso.
—No somos la familia perfecta... —murmuró, más para sí misma que para Takuya, con una mezcla de resignación y dolor.
Takuya la miró con una expresión comprensiva.
—Ninguna familia es perfecta, Sora. Pero no debes estar triste por eso. Las familias no se definen por las peleas, los desacuerdos o los momentos difíciles. Se definen por el amor, por el calor de un hogar que siempre está ahí cuando lo necesitas. Porque con ese amor, no hay raíz de amargura que perdure.
Sora quedó helada por un momento, las palabras de Takuya resonando en su mente como un eco lejano. La frase la golpeó con una fuerza inesperada, haciéndole un nudo en el pecho.
—Espera... —dijo, con la voz algo entrecortada, mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar—. Eso... eso suena tan familiar...
Takuya la miró, sin entender del todo.
—¿Qué sucede? —preguntó, con una ligera preocupación en la voz.
Sora sacudió la cabeza, pero no pudo evitar el brillo en sus ojos.
—Nada, solo... me hizo recordar algo. Una frase... algo que escuché hace mucho tiempo, de alguien muy especial para mí... —dijo, mientras su voz temblaba.
—¿Enserio?
Sora asintió.
Bajó la mirada.
Era horrible para ella saber que, así como no pudo proteger su familia con Taichi, de esa misma forma no estaba logrando proteger a su actual familia.
—Esa frase me la enseñó mi padre ¿sabe?—Comentó Takuya— Y es muy gratificante para mí...—Declaró— Usted debe confiar en eso, señora Ishida, en el cariño que ustedes le tienen a su hija. Solo eso podrá sanar sus heridas internas.
Sora sintió cómo esas palabras penetraban en ella, como un bálsamo suave que intentaba calmar la tormenta que sentía en su pecho. No era fácil abrirse, pero algo en la voz de Takuya le otorgó un poco de paz.
—¿Confianza? —murmuró, casi para sí misma, reflexionando—. Pero... ¿y si no puedo protegerla? ¿Qué sucede si todos mis esfuerzos no son suficientes?
Takuya se acercó un poco más, como si pudiera sentir el peso de su angustia.
—La protección no siempre significa que puedas evitar que las cosas sucedan —respondió, con una mirada comprensiva—. A veces, lo único que puedes hacer es estar presente, darles tu amor, brindarles tu calor en los momentos de incertidumbre. Rika lo sabe. Ella siente tu amor, incluso en los momentos más difíciles.
Sora respiró hondo, intentando retener las lágrimas que amenazaban con salir.
—Tal vez... tal vez tienes razón... —dijo, con un susurro, su voz temblando de nuevo.
Takuya le dedicó una sonrisa suave, llena de empatía y comprensión.
—No se preocupe por lo que no puede controlar, señora Ishida. A veces, el amor es suficiente para hacer que el camino sea un poco más claro, incluso cuando todo parece estar perdido —terminó, con un gesto tranquilo que transmitía calma.
Sora permaneció en silencio por un momento, mirando hacia el horizonte. Sus pensamientos seguían siendo un torbellino, pero algo en la voz de Takuya había plantado una semilla de esperanza en su interior.
Con un suspiro profundo, intentó confiar en sus palabras. Tal vez no podía proteger todo, tal vez no podía controlar todo, pero confiar en el amor de su familia y en el calor que compartían podría ser su salvación.
—Gracias, Takuya... —susurró finalmente, con una voz apenas audible.
El moreno sonrió— No me agradezca.
Claro que debía agradecerle. Era increíble como ese chico tenía esa especie de...¿poder?...Sí, poder sobre ella, para hacerla calmar.
Justo en ese minuto Izumi llegó al lugar—Madre...—La llamó.
—¿Sí?
—Creo que mi padre y Nene están discutiendo.
—Pésimo momento para romancear ¿e?— Comentó Yamato mientras caminaba.
—Kiriha viene solo a apoyarme.—Declaró Nene.
—¿Apoyarte?—Preguntó el rubio.
La castaña asintió.
—Bastaba con un mensaje de texto para darte su apoyo.—Comentó el rubio.
Nene frunció el ceño ante esto.
—Padre ¡por favor! No estoy de ánimos para que me regañes por estar cerca de Kiriha, como siempre lo haces.—Declaró con mucho pesar en su voz, la situación de Rika la tenía al borde del colapso.
—Tú sabes que no me gusta que estés cerca de él.—Habló Yamato molesto.
—Lo sé.—Respondió Nene— Me lo has repetido ciento de veces.
—Entonces ¿por qué insiste en desafiarme?
El silencio siguió unos segundos, mientras Nene trataba de ordenar sus pensamientos. Estaba agotada. Por un lado, la situación de Rika era ya demasiado para ella, y por otro, sentía que el peso de la desaprobación de su padre solo la estaba hundiendo más.
—¡Porque me lo está dando todo el apoyo que necesito! —exclamó finalmente, sin poder contenerse—. No es momento de que te preocupes por tus prejuicios, ¡no cuando mi hermana está en el hospital! Kiriha solo vino para apoyarme, y tú lo estás tratando como si fuera un enemigo, como siempre lo haces. Pero no entiendo por qué siempre tienes que tener esta actitud, papá.
Yamato negó con la cabeza, frustrado.
—No es solo un "apoyo", Nene —dijo con dureza—. Tú no conoces verdaderamente como es Kiriha. Solo jugará contigo. No puedo confiar en él, y mucho menos cuando estás pasando por una situación tan delicada. No puedes darte el lujo de tenerlo cerca. Él solo te traerá problemas.
Nene sintió cómo las lágrimas empezaban a amenazar con salir. Su voz tembló, pero intentó mantenerse firme.
—¡No todo en la vida es sobre confianza, padre! —respondió con más fuerza, cada palabra una mezcla de angustia y enojo—. A veces las personas vienen a ti porque saben que estás sufriendo y quieren ayudarte, sin importar el pasado que tengan. Kiriha no está aquí para dañarme, ¡está aquí porque le importa!
Yamato la miró con incredulidad, el enojo ahora completamente visible en su rostro.
—¡No puedes defender a alguien que no tiene buenas intenciones! —gritó él, dando un paso hacia adelante—. Siempre termina pasando lo mismo, Nene. Siempre estás con la gente equivocada, y luego te preguntas por qué tu vida está tan complicada. Estoy cansado de repetir lo mismo una y otra vez.
El aire entre ellos se sentía pesado. Nene no pudo evitar que su voz se rompiera.
—¡No estoy con la gente equivocada! —exclamó, por fin dejándose llevar por sus emociones—. Estoy tratando de sobrevivir, ¡de mantenerme fuerte en un momento en el que todo está derrumbándose! Kiriha no es mi enemigo, ¡y tú lo estás tratando como si lo fuera!
Yamato la miró un momento, su furia ahora mezclada con una especie de impotencia.
—Nene… —susurró él, con una voz más suave, pero aún molesto—. Solo quiero protegerte. No quiero que te lastimen.
Nene lo miró, sintiendo que sus palabras seguían siendo una muralla de incomprensión. Estaba demasiado cansada para discutir más.
—Bueno, quizás podrías demostrarlo de otra manera que no sea con tantos reproches —murmuró finalmente, yéndose hacia la puerta— ¡Siempre me reprochas todo!
—Porque no siempre utilizas tu cerebro.
—¡Me ofendes con eso!— Exclamó la castaña—A Izumi nunca le dices eso.
—Porque ella no toma tus decisiones.
—Padre, hablas como si Kiriha fuera lo peor del mundo, él es un buen chico.—Declaró Nene— Quizás, un poco solitario y distante, porque le ha tocado difícil. Por la muerte de sus padres perdió dinero, pero eso no significa que no tenga nuestra clase o modales, es buena persona.
Yamato apretó los dientes, su expresión cada vez más severa.
—¡Me da lo mismo! —regañó Yamato, con un tono fuerte que resonó en la habitación—. No me importa su pasado, ni sus problemas, ni sus circunstancias. Tú tienes que protegerte, y acercarte a él solo te pondrá en más problemas. ¡No lo entiendes, Nene!
Nene sintió cómo el peso de sus palabras caía sobre ella, como si intentaran ahogar su voz. Dio un paso hacia atrás, el enojo ahora mezclado con frustración y un sentimiento de derrota.
—¡No puedo vivir mi vida con miedo todo el tiempo! —respondió, casi a gritos—. No puedo estar constantemente preocupándome por lo que piensas, ¡por lo que crees que es correcto! Kiriha no me hará daño, ¡y si lo hiciera, lo enfrentaré!
La habitación quedó en un pesado silencio. Yamato respiró hondo, como si intentara contener su enojo, pero no lo logró por completo. Estaba claro que sus palabras seguían siendo un muro entre ellos.
—No lo comprendes, Nene. Tú nunca comprendes —murmuró Yamato, su voz casi un susurro, pero con el peso de su autoridad—. Solo espero que no te arrepientas más adelante.
Con eso, la discusión terminó. Yamato se giró hacia otro punto de la habitación, ignorando el estado emocional de su hija. Nene sintió cómo sus palabras se quedaban en el aire, como si nada de lo que dijera tuviera el poder de cambiar su perspectiva.
—¡No estoy con la gente equivocada! —exclamó, por fin dejándose llevar por sus emociones—. Estoy tratando de sobrevivir, ¡de mantenerme fuerte en un momento en el que todo está derrumbándose! Kiriha no es mi enemigo, ¡y tú lo estás tratando como si lo fuera!
Yamato la miró un momento, su furia ahora mezclada con una especie de impotencia.
—Nene… —susurró él, con una voz más suave, pero aún molesto—. Solo quiero protegerte. No quiero que te lastimen.
Nene lo miró, sintiendo que sus palabras seguían siendo una muralla de incomprensión. Estaba demasiado cansada para discutir más.
—Bueno, quizás podrías demostrarlo de otra manera que no sea con tantos reproches —murmuró finalmente, yéndose hacia la puerta—. ¡Siempre me reprochas todo!
—Porque no siempre utilizas tu cerebro.
—¡Me ofendes con eso! —exclamó la castaña, su voz elevada, la ira y la tristeza mezclándose en sus palabras—. A Izumi nunca le dices eso.
—Porque ella no toma tus decisiones.
Nene giró el rostro hacia él con una mezcla de frustración y tristeza.
—Padre, hablas como si Kiriha fuera lo peor del mundo, él es un buen chico —declaró Nene, con una firmeza que intentaba disimular el temblor en su voz—. Quizás, un poco solitario y distante, porque le ha tocado difícil. Por la muerte de sus padres perdió dinero, pero eso no significa que no tenga nuestra clase o modales. Es buena persona.
Yamato apretó los dientes, su expresión cada vez más severa.
—¡Me da lo mismo! —regañó, con un tono fuerte que resonó en la habitación—. No me importa su pasado, ni sus problemas, ni sus circunstancias. Tú tienes que protegerte, y acercarte a él solo te pondrá en más problemas. ¡No lo entiendes, Nene!
Nene sintió cómo el peso de sus palabras caía sobre ella, como si intentaran ahogar su voz. Dio un paso hacia atrás, el enojo ahora mezclado con frustración y un sentimiento de derrota.
—¡Hey! —exclamó Sora, interviniendo de repente y colocando una mano entre ambos—. ¿Por qué están discutiendo?
—Pregúntale a Yamato.—Exclamó Nene fastidiada.
Yamato frunció el ceño: —No me digas Yamato. ¡Soy tu padre y merezco respeto!
—¿Respeto?— Nene rió— Eso es lo que menos mereces luego de la forma en que me has tratado.
—¡Hey! Silencio.—Exclamó Sora—Rika está mal —continuó, con la voz más calmada, pero firme—. Esto no es el momento ni el lugar para que estén peleando. Tenemos que estar unidos ahora, apoyándonos mutuamente. Por favor, basta.
Yamato intentó abrir la boca, pero Sora lo detuvo con una mirada. El ambiente en la habitación estaba pesado, con las emociones a punto de estallar nuevamente.
—Tenemos que concentrarnos en Rika y en lo que ella necesita ahora, no en nuestras discusiones personales —dijo Sora con determinación—. Están poniendo todo esto en un momento muy difícil para la familia. Así que, por favor, déjenlo para más adelante.
Nene sintió cómo el peso de todo lo que había dicho y lo que había escuchado seguía presionando sobre ella. No podía evitar el enojo que sentía hacia su padre, hacia el constante control que él intentaba imponerle. Su mirada estaba fija en el suelo, sus manos apretando con fuerza el borde de su falda.
—No puedo hacer esto... —murmuró Nene para sí misma, sintiendo una mezcla de tristeza y rabia—. No puedo estar aquí, no después de lo que acabas de decirme.
Antes de que alguien pudiera responder, Nene dio un paso hacia atrás, girándose rápidamente. No le importaba si tenía que enfrentarse a lo que siguiera. No podía permanecer un minuto más junto a su padre, especialmente después de aquella discusión.
—¡No voy a quedarme aquí! —exclamó, sus palabras firmes y cortantes—. Si esa es la forma en la que me ves, entonces prefiero estar sola. No necesito que me hables así.
Y sin dar tiempo a más respuestas, Nene se dio la vuelta y salió furiosa de la habitación. Sus pasos resonaron en el pasillo mientras su corazón latía a toda velocidad. No podía contener más el enojo, la decepción y el sentimiento de estar completamente sola.
Detrás de ella, Yamato y Sora intercambiaron miradas, ambos sintiendo el peso de la situación. Sin embargo, no dijeron nada. El silencio que siguió fue tan pesado como la discusión misma, y el ambiente quedó marcado por el resentimiento y el dolor que flotaban en el aire.
¡Vaya, vaya!
Pensó Mimi mientras observaba la escena siendo ignorada por el matrimonio Ishida. Al parecer, Yamato estaba perdiendo el respeto y confianza de sus hijas, sin necesidad de que ella hiciera mucho.
Era una pena, sin duda, Yamato solo pensaba en él y hacia sufrir a sus hijas. No merecía ser llamado padre.
La sala de espera estaba casi vacía, con apenas un par de personas sentadas en las esquinas opuestas del espacio. Las luces brillaban con una intensidad que hacía más evidente el paso de las horas. Izumi permanecía sentada en una de las sillas de plástico, con las piernas cruzadas y los brazos tensos sobre su regazo. Su mirada estaba fija en el suelo, pero su mente estaba lejos, inmersa en la incertidumbre y la preocupación por su hermana.
Takuya apareció por la puerta con dos vasos de café en las manos. Al verla tan abatida, sintió una punzada de compasión en el pecho. Caminó hasta ella con pasos suaves y se detuvo frente a su asiento.
—Te traje algo para tomar —dijo, extendiéndole uno de los vasos.
Izumi levantó la mirada y parpadeó, como si recién notara su presencia.
—No era necesario, Takuya —respondió en voz baja, intentando esbozar una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos.
—Sí lo es —insistió él, sentándose junto a ella y colocando el vaso en sus manos—. Llevas horas aquí, Izumi. Necesitas tomar algo.
Ella suspiró, aceptando el gesto. Sus dedos se cerraron alrededor del vaso caliente, y una pequeña sonrisa genuina se formó en su rostro.
—Gracias —murmuró, antes de llevar el café a sus labios y darle un pequeño sorbo.
Takuya asintió con una sonrisa y tomó asiento a su lado, dándole un sorbo también a su propio café. Por un rato, el silencio llenó la sala. El único sonido era el zumbido distante de una máquina expendedora y el suave murmullo de las conversaciones lejanas.
De repente, Izumi rompió el silencio.
—Perdóname —dijo, su voz apenas un susurro.
Takuya giró la cabeza hacia ella, sorprendido.
—¿Perdón? ¿Por qué?
Izumi apartó la vista, como si le costara mirarlo directamente a los ojos.
—Por haberme comportado como una estúpida estos días. Por ignorarte, por mantenerme lejos, por no querer trabajar contigo.
Takuya la observó, aún desconcertado, pero su expresión suavizó al notar el arrepentimiento en su rostro.
—Izumi, no tienes que...
—Sí, sí tengo que hacerlo —lo interrumpió ella, llevándose una mano al pecho—. Has sido tan bueno conmigo, y yo... yo he sido tan mala. Yo sé que no actué bien, y estuve muy mal.
Takuya negó suavemente con la cabeza, tratando de entender.
—Jamás entendí ese comportamiento, ¿sabes? —confesó—. Pensé que había hecho algo mal.
Izumi levantó la vista rápidamente, negando con firmeza.
—No. Tú no has hecho nada mal —aseguró, con un tinte de urgencia en su voz. Hizo una pausa, como si dudara en continuar, pero finalmente suspiró—. Es solo que... mi novio me dijo que, para mantener nuestra relación, debía mantenerme lejos de ti.
Takuya la miró fijamente, incrédulo.
—¿Qué? —preguntó con una mezcla de sorpresa e incredulidad—. ¿Él te dijo eso?
Izumi asintió lentamente, su mirada nuevamente clavada en el vaso de café que sostenía.
—Sé que no lo justifica —dijo con voz apagada—. Pero quiero que sepas que yo te aprecio mucho, Takuya. En este tiempo que nos conocemos, tú te has convertido en un buen amigo mío. Y quiero que sepas que eres importante para mí.
Takuya la observó por un momento, procesando sus palabras. Luego, con una suavidad inesperada, extendió una mano para tomar la suya.
—Izumi, no tienes que disculparte más. Entiendo por qué lo hiciste, aunque no esté de acuerdo con lo que él te pidió.
Tenía ganas de decirle que eso no estaba bien, que Kouji era un patán, pero prefirió ser prudente.
—¿No estás enojado?
—Quizás...un poco...—Declaró el moreno—Pero quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti, sin importar lo que pase.
Izumi finalmente levantó la vista, y una lágrima rodó por su mejilla.
—Gracias, Takuya. De verdad, gracias.
Ambos permanecieron en silencio después de eso, pero la atmósfera entre ellos se había aligerado. Izumi ya no se sentía sola, y Takuya sabía que había hecho lo correcto al estar ahí para ella.
Yamato se acomodó de pie junto a una de las ventanas, con las manos cruzadas tras la espalda y el ceño profundamente fruncido. Sora, quien había estado en silencio observándolo desde un sofá cercano, finalmente dejó escapar un suspiro exasperado antes de levantarse y enfrentarlo.
—No puedo creer que hayas hecho eso, Yamato —dijo con un tono firme pero controlado, cruzando los brazos frente a él—. ¿Cómo se te ocurre discutir con Nene en un momento como este?
Yamato se giró lentamente hacia ella, su mirada oscura reflejaba una mezcla de frustración y algo más profundo.
—No es discutir, Sora. Es protegerla. ¿No lo ves? —replicó, alzando ligeramente la voz—. No puedo soportar verla con Kiriha. Ese tipo no es de fiar, nunca lo ha sido.
Sora dio un paso hacia él, claramente indignada.
—¿Protegerla? —repitió, casi incrédula—. ¡Nene ya no es una niña, Yamato! Es una adulta que puede tomar sus propias decisiones. Lo que tú estás haciendo no es protección, es control.
—¿Control? —dijo Yamato, su tono se tornó más defensivo mientras daba un paso al frente, enfrentándola—. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras ese mujeriego se acerca a mi hija. Mientras yo esté vivo, no voy a permitir que ella cometa un error tan grande.
Sora negó con la cabeza, su expresión se suavizó un poco, pero no menos firme.
—¿Y crees que prohibirle ver a Kiriha va a solucionar algo? —le preguntó, manteniendo la mirada fija en él—. Lo único que harás es alejarla de ti. Nene necesita apoyo, no un dictador que le diga qué hacer. ¿Cuándo vas a entender que no puedes controlar todo en su vida?
Yamato apretó los labios, desviando la mirada hacia el suelo. Durante unos segundos, parecía debatirse internamente. Luego, volvió a levantar la vista hacia Sora, su rostro endurecido nuevamente.
—No me importa lo que piense ella o tú, Sora. Mientras yo respire, no voy a dejar que Kiriha la arrastre a su mundo de irresponsabilidad. Ya le he fallado a demasiadas personas en mi vida. No voy a fallar con Nene.
Sora abrió la boca para responder, pero en ese instante, una puerta se abrió tras ellos. Ambos se giraron hacia el sonido y vieron al doctor acercarse con una expresión profesional, aunque ligeramente cansada.
—Señor y señora Ishida—saludó el médico con una leve inclinación de cabeza antes de hablar—. Lamento interrumpir, pero quería informarles que los efectos de los sedantes y las sustancias han pasado. Rika está despierta ahora y pueden entrar a verla.
Las palabras del doctor parecieron cortar el aire como un cuchillo. La tensión entre Yamato y Sora se disipó momentáneamente mientras ambos lo miraban, asimilando la noticia.
—¿Cómo está? —preguntó Sora, dando un paso hacia el médico con evidente preocupación.
—Está débil, como era de esperarse, pero estable —respondió el doctor con tono tranquilizador—. Necesita reposo y evitar el estrés, pero es seguro para ustedes entrar.
Yamato asintió, aunque su expresión seguía reflejando la batalla interna que había estado librando momentos antes. Sora lo miró de reojo, como si quisiera asegurarse de que estaba listo para enfrentarse a lo que les esperaba al otro lado de la puerta.
—Vamos —dijo ella en voz baja, colocándole una mano en el brazo antes de dirigirse hacia la habitación de Rika.
Yamato la siguió en silencio, sus pasos firmes pero cargados de pensamientos. En ese instante, la preocupación por su hija menor parecía superar cualquier otro conflicto, incluso el que acababa de tener con Sora.
La brisa fresca del día revolvía suavemente los cabellos de Takeru mientras permanecía de pie frente a la clínica, con la mirada perdida en las puertas de cristal que reflejaban la luz del sol. Su expresión era un mosaico de emociones: alivio, preocupación, y un cansancio que hablaba de horas de angustia acumuladas. A su lado, Hikari observaba sus manos, jugueteando con los bordes de su abrigo, intentando encontrar las palabras adecuadas para aliviar su inquietud.
Se sentía tan atrapado dentro que, decidió tomar aire, y justo cuando estaba afuera, Yamato envió un mensaje diciendo que, Rika despertó y el doctor dejó que entrasen a verla.
—Ahora que Rika despertó... todo estará bien, ¿no? —preguntó Hikari, rompiendo el silencio que los envolvía.
Takeru dejó escapar un suspiro, sus ojos aún fijos en las puertas de la clínica. Su rostro reflejaba un intento de esperanza, pero también la sombra de la incertidumbre.
—Eso espero —respondió en un tono bajo, casi un susurro.
Hikari, sin decir nada más, extendió suavemente su mano hacia él y tomó la suya, entrelazando sus dedos. Su toque era cálido, un recordatorio silencioso de que no estaba solo. Takeru giró la cabeza hacia ella, sorprendido por el gesto, y encontró su mirada, llena de una ternura que parecía desarmarlo.
—Estoy segura de que todo mejorará —dijo ella con firmeza, sus ojos oscuros brillando con una convicción que contrastaba con la incertidumbre de la situación.
Takeru la miró por un momento, sus labios curvándose en una sonrisa suave y sincera, como si las palabras de Hikari hubieran logrado encender una chispa de optimismo en su interior.
—Gracias por estar aquí conmigo toda la mañana. Sé que para ti perder un día de trabajo no es fácil… —Su voz tembló ligeramente, consciente de lo que significaba para Hikari ese sacrificio—. Menos dinero significa complicaciones, y aun así decidiste quedarte.
Hikari negó con la cabeza, apretando suavemente su mano en un gesto de consuelo.
—Es lo menos que puedo hacer, Takeru. Somos novios. Y siempre estaré aquí para ti, en los momentos buenos y en los difíciles. —Su voz era calmada, pero cargada de una sinceridad que traspasaba cualquier duda.
El corazón de Takeru se llenó de gratitud, y sin pensarlo demasiado, se inclinó hacia ella. El mundo pareció detenerse por un instante mientras sus labios se encontraban en un beso delicado y profundo. Fue un momento breve, pero cargado de emociones: alivio, cariño y una promesa silenciosa de apoyo mutuo.
Cuando se separaron, Hikari lo miró con una sonrisa tranquila, mientras el rubor subía a sus mejillas. Takeru se quedó mirándola un momento más, como si quisiera grabar en su memoria cada detalle de su rostro en esa luz matutina.
No obstante, el momento agradable no duró mucho porque unos pasos se escucharon en el lugar y una voz grave se hizo presente en el lugar.
—Takeru.
El rubio alzó su mirada y al hacer esto, su expresión cambió al instante.
—¿Padre?
Nene se encontraba en el pequeño rincón del pasillo, apoyada contra la pared con las manos todavía apretando el borde de su falda. Sus lágrimas caían silenciosas, mezclándose con el peso de su enojo, tristeza y humillación. El eco de sus propias palabras y las de su padre seguía retumbando en su mente. Cada vez que intentaba apartar ese momento, las palabras de Yamato regresaban, como una sombra oscura que no la dejaba respirar. Se sentía frágil, vulnerable y completamente sola.
—No puedo hacer esto... —murmuró Nene para sí misma, cerrando los ojos con fuerza y tratando de contener las lágrimas.
Fue entonces cuando una presencia familiar se acercó. Nene no escuchó los pasos hasta que una voz suave y calmada la alcanzó.
—Nene... —la voz era cálida, como una brisa en medio de una tormenta.
Nene abrió los ojos de golpe, sorprendida y avergonzada al ver a Haruna parada frente a ella. Sus facciones estaban serenas, pero había una preocupación genuina en sus ojos.
—¡No! —exclamó Nene de inmediato, tratando de limpiarse las lágrimas con el dorso de su mano—. No te acerques, por favor. No quiero que veas esto...
Intentó retroceder, pero sus piernas no respondieron. Sentía una mezcla de vergüenza y miedo al ser descubierta de esa manera, como si sus emociones fueran demasiado frágiles para ser vistas por alguien más.
Haruna, sin embargo, no se detuvo. Dio un paso más cerca, su presencia fuerte pero suave, como si estuviera allí para ofrecerle un refugio de todo lo que la había estado atormentando.
—Nene, por favor... —dijo, con una voz tan tranquila que se sentía como un bálsamo—. No tienes que avergonzarte de lo que estás sintiendo. Todos tenemos momentos de debilidad, y está bien estar molesta. Está bien estar herida.
Nene luchó con sus emociones, un conflicto interno entre el orgullo y el alivio que sentía al escuchar a Haruna. Era extraño; Haruna nunca había sido parte de sus momentos más privados, pero ahí estaba, con una empatía que la hacía sentirse vista de una manera completamente inesperada.
—¡No puedes entender! —exclamó Nene, su voz temblando—. No sabes lo que es vivir con su mirada constante, con sus palabras que me hieren como cuchillas. Siempre me reprocha todo, incluso mis buenas intenciones...
Sus palabras salieron con una combinación de enojo y tristeza, como un grito reprimido que finalmente había salido. Sus hombros se tensaron y su voz se quebró por completo.
—Pero... ¿por qué siempre tiene que ser así? —susurró, más para sí misma que para Haruna, con los ojos cerrados—. ¿Por qué no puede entender lo que siento? Todo el tiempo está controlándome, como si fuera una niña... ¿y ahora esto? Con lo que pasó con Rika, ¿por qué se comporta como si nada importara, como si yo fuera un peso?
Mimi exhaló profundo, comprendiendo la angustia de Nene.
—Nene... tu padre tiene una manera difícil de demostrar sus sentimientos —dijo con suavidad—. A veces, el miedo puede hacernos actuar de maneras que no entendemos. No creo que él quiera lastimarte, pero a veces se olvida de cómo sus palabras afectan.
Nene sacudió la cabeza, incapaz de procesar ese consuelo, porque en ese momento, todo le parecía una contradicción.
—¡No puedo confiar en él! —protestó, su voz elevándose una vez más—. Cada vez que intento confiar, cada vez que intento hacer lo correcto, él me da la espalda. Me reprocha, me ignora, me culpa... y ahora con todo lo que pasó con Rika, sabiendo que es un momento delicado me sigue molestando. Me siento tan perdida...
Se quedó en silencio un momento, sintiéndose cada vez más pequeña. Luego, una nueva idea comenzó a atormentarla, como una espina clavándose más profundo en su pecho.
—Quizás soy yo... —murmuró casi inaudible, con los ojos pegados al suelo—. Quizás no soy lo suficientemente buena. Siempre intento darle orgullos, me esfuerzo mucho en la empresa, en mis estudios para que se sienta feliz pero ¡incluso eso me critica! Desde pequeña intenté hacer lo correcto, siempre intenté ser la hija que él quería... pero nunca lo logré.
Sus palabras salieron como un susurro, pero eran punzantes, llenas de autocrítica.
—Yo debería ser perfecta... debería cumplir sus expectativas... —continuó, con un nudo en la garganta—. Pero no lo soy. Y cada vez que me equivoco, lo siento en sus palabras. Me critica porque no soy la hija perfecta que él siempre ha esperado.
Se sintió vulnerable, como si estuviera expuesta ante su propio juicio interno. Por un momento, su mente se llenó de imágenes de Yamato y su rostro severo, mirándola con esos ojos que siempre parecían estar evaluándola, juzgándola.
—Yo solo quiero sentir... —susurró, casi sin esperarlo, con una mezcla de resignación y enojo—. Quiero vivir, pero él no quiere eso. Quiere que sea un robot, una hija que simplemente lo obedezca, sin preguntas, sin emociones, sin errores...
Mimi la miró con una mezcla de compasión y comprensión, sintiendo la lucha interna que Nene enfrentaba.
—Nene... no eres un robot —dijo con calma, con firmeza—. Sentir es lo que te hace humana. No puedes vivir tu vida tratando de encajar en las expectativas de otra persona todo el tiempo. No eres responsable de ser perfecta. Yamato tiene sus propios conflictos, pero no puedes sacrificar tu libertad para tratar de satisfacer sus demandas.
Nene permaneció en silencio, su mente girando, luchando contra la tormenta de emociones que la había invadido. No sabía si podía confiar en las palabras de Haruna, pero algo en ellas resonó en su pecho, como un pequeño susurro de esperanza.
—¿Y si siempre me siento así? —preguntó, con la voz rota, casi como si hablara consigo misma—. ¿Y si nunca dejo de sentir que estoy atrapada en sus expectativas?
Sus hombros se tensaron, el peso de sus inseguridad volviendo a caer sobre ella.
Mimi la miró con una mirada firme, sin juzgarla, y dio un paso más cerca.
—Las expectativas pueden ser muy pesadas, Nene. Pero tú no estás aquí para vivir una vida que sea solo una serie de mandatos. No tienes que ser perfecta, no tienes que ser lo que él espera que seas todo el tiempo —dijo con voz suave pero decidida—. Tienes derecho a sentir, a equivocarte, a ser tú misma.
Nene tragó saliva, sintiendo que sus palabras se clavaban dentro de ella.
—Pero él nunca lo entenderá... —susurró, sintiéndose nuevamente vulnerable—. Siempre me juzgará, siempre esperará algo de mí...
Mimi suspiró, apoyando una mano en el hombro de Nene.
—Entonces empieza por perdonarte a ti misma. No puedes controlar cómo actúa tu padre, Nene, pero puedes elegir cómo reaccionar ante sus críticas. El poder está en ti, no en sus expectativas. A veces, el mayor cambio llega cuando dejas de exigir ser algo que no eres y empiezas a aceptar lo que eres, con todas tus imperfecciones.
Nene sintió un nudo en su garganta, las palabras de la oji-miel retumbando en sus pensamientos. No era algo que pudiera resolver de inmediato, pero sentía que, por primera vez, una luz pequeña había comenzado a abrirse entre sus sombras.
—No estás sola en esto, Nene —dijo Mimi con una sonrisa suave—. No tienes que cargar con todo tú sola. Estaré aquí para ti, siempre que me necesites.
Nene miró hacia el suelo por un momento, sintiendo cómo las lágrimas seguían cayendo, pero ahora con una mezcla de alivio y dolor. Por un instante, sintió que el peso no era tan pesado. No era la solución, pero quizás no tenía que serlo todo de una vez.
Mimi se acercó a ella y con su pulgar secó sus lágrimas.
—Querida, eres muy joven, linda e inteligente, por favor, no te recrimines por simplemente no ser lo que él quiere.— Suavemente la rodeo en sus brazos— Mientras tú te sientas feliz. Todo estará bien.
Quizás, Yamato nunca estaría conforme. Pero ella, Mimi, su madre, su ¡verdadera madre! siempre estaría orgullosa de ella. Y su único objetivo era verla feliz.
Nene se sorprendió ante el abrazo de la mujer, no obstante, algo muy inusual sucedió. Mejor dicho, algo similar a lo que sucedió aquel día en ascensor. Todos sus sentidos reaccionaron a aquel abrazo, su corazón comenzó a latir con fuerte y todo en su mundo pareció encontrar la paz.
—Gracias... —susurró finalmente, casi con vergüenza, pero con una nota de gratitud en su voz.
Mimi sonrió nuevamente, con la calidez de alguien que realmente entiende lo difícil que puede ser dar un paso hacia adelante cuando el camino parece estar lleno de incertidumbre.
Takeru pasó su mirada por su padre, quien no lo observaba con buenos ojos, ni a él, ni a Hikari. Evidentemente no le gustó ver esta escena entre ellos.
—Takeru.—Nuevamente Hiroaki pronunció su nombre y luego dirigió su mirada hacia la novia de su hijo—Jovencita.
Hikari, por alguna extraña razón, sintió un escalofríos ante la frialdad y seriedad de la voz del padre de Takeru. Además, su mirada seria le dio mala espina, los nervios se apoderaron de ella.
—Señor Ishida.—Musitó antes de bajar la mirada.
—¡Vaya escena!— Exclamó Hiroaki y volvió su mirada hacia su hijo— Acaso ¿no tienen modales? Estar a los besos fuera de la clínica en un momento tan delicado.
¿En un momento tan delicado?
Takeru alzó una ceja.
¿Se refería a lo que sucedía con Rika? ¿Desde cuando a su padre le importaba Rika?
—Muy mal momento para estar romanceando Takeru.—Exclamó Hiroaki.
—¿E?— Balbuceo el rubio y dirigió su mirada hacia su novia— Hikari ¿puedes esperarme adentro?
—¿Adentro?— Preguntó la castaña.
Takeru asintió: —Necesito hablar con mi padre.
—¿Adentro? —preguntó la castaña, algo inquieta. Sus ojos buscaron una señal en los de Takeru, algo que le asegurara que todo estaba bien.
Él asintió con firmeza, aunque su mandíbula estaba tensa.
—Sí. Solo necesito hablar con mi padre.
Hikari dudó un instante, pero finalmente asintió. Le dedicó una mirada breve a Hiroaki antes de caminar hacia la entrada de la clínica, sintiendo que su corazón latía con más fuerza de lo habitual.
Cuando ella desapareció tras las puertas de cristal, Takeru giró hacia su padre, su rostro ahora más serio.
—¿Qué fue eso, padre? —preguntó, cruzando los brazos en un gesto defensivo—. Esto no tiene nada que ver con Rika, ¿verdad?
Hiroaki arqueó una ceja, su mirada calculadora clavada en su hijo.
—Eres más perspicaz de lo que pensaba —respondió con una sonrisa ligera pero carente de calidez—. Por supuesto que no es por Rika.
—Entonces dilo de una vez —espetó Takeru, sin rodeos—. No te gusta que esté con Hikari. Eso es todo, ¿no?
El rostro de Hiroaki se tensó, y su expresión se endureció aún más.
—No es ningún secreto, Takeru. He insistido muchas veces en que esa relación no te llevará a nada bueno. Hikari no es adecuada para ti.
—¿Y quién eres tú para decidir eso? —replicó Takeru, dando un paso hacia su padre—. Sabes, ya no soy un niño. Puedo elegir a quién amar, y no necesito tu aprobación.
Hiroaki dejó escapar una risa breve, más un bufido de incredulidad que otra cosa.
—¿Amor? —preguntó, su tono cargado de desdén—. Llámalo como quieras, pero estás cegado. Hikari nunca estará a tu nivel, Takeru. Ella es de escasos recursos, tiene demasiadas limitaciones para surgir en la vida… y francamente, tú mereces algo mejor.
—¿Algo mejor? —Takeru casi escupió las palabras, su voz subiendo ligeramente de tono—¡Hikari es lo mejor que me ha pasado!
—No seas estúpido.—Exclamó el castaño—. Estoy tratando de protegerte. Este mundo es cruel, y una relación como la tuya no sobrevivirá a las presiones que enfrentaremos. Es mejor cortar esto ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Takeru lo miró fijamente, su mandíbula apretada. Cada palabra de su padre era como un golpe, pero se negó a retroceder.
—No necesito que me protejas, y definitivamente no necesito tu permiso para amar a alguien. Si no puedes aceptar eso, entonces es tu problema, no el mío. —Su tono era firme, dejando en claro que no cedería.
Hiroaki lo observó por un momento, evaluando sus palabras, antes de soltar un suspiro pesado.
—Es tu vida, Takeru. Pero soy tu padre y debes obedecerme.
—Si no lo hago entonces ¿qué harás?— Preguntó el rubio— ¿Encerrarme otra vez?
El castaño simplemente se quedó en silencio. Él podía hacer mil cosas peores. Pero Takeru no tenía idea.
—No tienes idea...—Musitó el castaño—Has lo que quieras...Pero no digas que no te lo advertí...—Con eso, Hiroaki se dio la vuelta y comenzó a alejarse, dejando a su hijo de pie frente a la clínica, sus puños apretados a los costados.
Takeru respiró profundamente, tratando de calmar la tormenta en su interior antes de volver a entrar en la clínica. Hikari lo estaba esperando, y en ese momento, ella era todo lo que realmente importaba.
La habitación del hospital estaba en silencio, con la tenue luz del atardecer filtrándose a través de las cortinas. Los monitores emitían un pitido constante y rítmico, un recordatorio persistente de la fragilidad del momento. Yamato y Sora estaban sentados uno junto al otro, sus manos entrelazadas en un gesto de mutuo consuelo, aunque ambos parecían a punto de desmoronarse. El rostro de Yamato estaba marcado por líneas de preocupación, mientras que Sora mantenía una expresión serena, pero sus ojos brillaban con un rastro de lágrimas contenidas.
El movimiento repentino de los dedos de Rika en la cama los hizo incorporarse inmediatamente. Su respiración se aceleró cuando vieron que los párpados de su hija comenzaban a temblar. Un débil gemido escapó de sus labios antes de que sus ojos se abrieran lentamente, desenfocados al principio, como si tratara de orientarse en el entorno desconocido.
—Rika... —susurró Sora con la voz rota por la emoción, inclinándose hacia ella.
Rika parpadeó varias veces, mirando a su alrededor con evidente confusión antes de posarse en los rostros de sus padres. Al principio, no dijo nada, pero la tensión en su expresión cambió rápidamente. Su cuerpo, aunque débil, se tensó al recordar fragmentos de lo que había sucedido.
—¿Qué están haciendo aquí? —murmuró con un tono áspero, su voz apenas un susurro.
Sora y Yamato intercambiaron una mirada, claramente conscientes de que este no sería un encuentro fácil.
—Estamos aquí porque te amamos —dijo Yamato con firmeza, dando un paso hacia la cama.
Rika soltó una risa amarga, aunque el sonido estaba cargado de dolor más que de humor.
—¿Amarme? —repitió, su voz temblando mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos—. ¡Me mintieron toda mi vida! ¡Todo lo que creía saber sobre mi familia era una mentira! ¡No quiero verlos!
—Rika, por favor, cálmate —intervino Sora, acercándose con cuidado, intentando tomar su mano—. Esto no es bueno para ti. Ahora mismo lo más importante es tu recuperación.
Rika apartó su mano con torpeza, sus movimientos limitados por la debilidad.
—¿Recuperarme? —repitió, con la voz quebrándose en un grito contenido—. ¿Para qué? ¡No vale la pena! ¡No debería estar aquí! ¡Merecía morir en ese accidente!
Sora dio un paso atrás, como si las palabras de su hija la hubieran golpeado físicamente. Yamato, sin embargo, apretó los puños, su rostro endureciéndose.
—No digas eso, Rika —dijo Sora, su voz quebrada pero cargada de una firmeza maternal—. ¡Eres nuestra hija, y te necesitamos aquí con nosotros!
Rika apartó la mirada, sus lágrimas cayendo silenciosamente por sus mejillas.
—No soy nada para ustedes. No soy su hija... nunca lo fui.
Yamato dio un paso adelante, su voz resonando con una autoridad que pocas veces usaba con ella.
—Eso no es verdad, Rika. No importa cómo llegaste a nuestras vidas, siempre has sido nuestra hija. Eres parte de nuestra familia, y nada cambiará eso.
Rika lo miró con los ojos llenos de dolor e incredulidad.
—¿Por qué debería creerles ahora? —preguntó, con un tono que estaba más cerca de un susurro, pero que cargaba una gran carga emocional—. Me lo ocultaron todo. ¡Me hicieron vivir una mentira!
Sora se arrodilló junto a la cama, colocando una mano sobre la barandilla metálica.
—Tendremos tiempo para hablar de eso —dijo suavemente, aunque su voz temblaba de emoción—. Pero ahora, lo único que importa es que te recuperes. No puedes rendirte, Rika. No puedes dejarnos así.
Rika cerró los ojos con fuerza, como si quisiera bloquear las palabras de su madre, pero su cuerpo temblaba, incapaz de mantener la fachada de dureza.
—No quiero esto... —susurró entre sollozos—. No quiero seguir sintiéndome así.
Yamato, incapaz de permanecer al margen, se sentó junto a ella, colocando una mano firme pero reconfortante en su hombro.
—Rika, sé que esto duele. Sé que sientes que el mundo está en tu contra ahora mismo. Pero prométenos algo: no te des por vencida. Nosotros te amamos.—Declaró—Con todo nuestro corazón.
El silencio cayó sobre la habitación mientras Rika luchaba con sus emociones, sus lágrimas cayendo libremente. Aunque no respondió, su respiración comenzó a estabilizarse, y los latidos de su corazón, reflejados en el monitor, se volvieron menos frenéticos. Yamato y Sora se quedaron a su lado, sin apartarse, decididos a demostrarle que, a pesar de todo, no la dejarían enfrentar esto sola.
La luz suave de la tarde se filtraba a través de las cortinas de la habitación, creando un ambiente tranquilo que contrastaba con la agitación emocional que había invadido el lugar durante las últimas horas. Nene estaba sentada en una silla junto a la cama de Rika, su mirada fija en la joven que aún descansaba, pero con la esperanza de que pronto despertaría. Haruna, que había estado a su lado todo el tiempo, acariciaba suavemente el cabello de Nene, brindándole una calma que le hacía falta en ese momento de incertidumbre.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó Haruna, su voz suave, llena de una ternura inusitada.
Nene levantó la mirada, buscando en los ojos de Haruna algo de consuelo, y asintió lentamente.
—Sí... mucho mejor —respondió, su tono era más firme ahora, como si un peso se hubiera levantado de sus hombros—. Ahora que Rika despertó y podemos entrar a verla, todo estará mejor.
Haruna sonrió, un gesto cargado de comprensión y apoyo. Sabía lo mucho que Nene había sufrido durante todo este tiempo, lo mucho que le costaba ver a su hermana en ese estado, pero ahora parecía que la tormenta comenzaba a amainar. No era el fin de sus problemas, pero era el primer paso hacia la calma.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió lentamente, y Kiriha apareció en el umbral. Su presencia era tranquila pero firme, como siempre. Se acercó con paso decidido hacia Nene, sin mostrar la incomodidad que a veces se podía percibir en otros cuando estaban cerca de ella.
Nene lo miró, un atisbo de sorpresa cruzó su rostro, pero rápidamente se transformó en una expresión más seria. Sabía lo que pensaba Yamato acerca de que él viniera a ver a Rika, pero no podía quedarse callada.
—Nene.
—Kiriha...—La castaña pronunció su nombre.
El rubio tomó asiento a su lado.
—Disculpa, te dije que me esperaras mientras hablaba con mi padre y, no volví.
—No te preocupes.
—¡Claro que debo preocuparme!—Comentó— Y disculparme.
—¿Disculparte?
—Por culpa de mi padre no pasaste un buen momento. No quise causarte problemas.
—Ya estoy acostumbrado a sus celos.
—Lo sé. Pero tú viniste con buenas intenciones. No merecías esto.
Kiriha la miró con calma, su mirada penetrante pero también comprensiva. Negó con la cabeza, como si lo que Nene había dicho no tuviera peso frente a lo que realmente importaba.
—No me importa lo que piense tu padre —respondió él, con tranquilidad, dejando claro que sus palabras no iban más allá de un simple reconocimiento de la situación—. Lo que me importa es saber cómo estás tú, Nene, después de todo lo que ha pasado.
Nene no supo qué responder al principio. Era cierto que Kiriha siempre había estado distante y parecía poco interesado en mostrar afecto. Pero su sinceridad en ese momento le llegó profundamente. Con un suspiro, se recostó un poco en la silla, mirando hacia abajo, como si buscara las palabras correctas.
—Ha sido difícil... pero estoy bien... ¡Soy fuerte! —dijo, intentando convencerse a sí misma más que a Kiriha, aunque su tono no era tan seguro como intentaba mostrar.
Kiriha la observó en silencio por un momento, como si estuviera evaluando lo que acababa de decir. Sabía que Nene siempre actuaba fuerte, que nunca mostraba vulnerabilidad, pero él la conocía lo suficiente como para saber que no todo era tan fácil como parecía. Después de un par de segundos de silencio, dio un paso hacia ella.
De repente, sin previo aviso, Kiriha la abrazó, algo que no había hecho nunca con nadie. Fue un gesto sorprendente, pero en ese momento Nene no lo dudó ni un segundo. No lo había esperado, pero tampoco lo rechazó. Al contrario, sintió un calor que la envolvía, una sensación de apoyo que jamás había experimentado de parte de él.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo, Nene —dijo Kiriha, su voz suave, casi inaudible en el abrazo. —Está bien si no lo eres.
Nene no dijo nada al principio. Se quedó quieta en su lugar, sorprendida por el gesto, por la cercanía que nunca había tenido con Kiriha. Pero luego de un largo momento, cerró los ojos y respiró profundamente. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentir el consuelo que Kiriha le estaba brindando, sin necesidad de mantenerse firme.
Mimi observaba en silencio desde un rincón de la habitación, sonriendo con una mezcla de orgullo y alivio al ver cómo Kiriha, tan distante siempre, había decidido acercarse a Nene de esa manera. Era un pequeño paso, pero significativo.
Nene se encontraba de pie junto a una de las mesas, mirando por la ventana con la vista perdida, mientras el suave murmullo de la brisa se colaba por las rendijas. Los ecos de la conversación con su padre, Yamato, aún resonaban en su mente, llenándola de una sensación de incomodidad que no lograba disipar. El enojo de su padre, la tensión que había sentido en el aire cuando Kiriha había llegado a verla… todo eso la había dejado descolocada.
Un paso suave la sacó de su ensimismamiento. Se giró rápidamente y vio a Kiriha, que entraba en la sala con una expresión seria, pero sus ojos reflejaban una preocupación que solo él sabía ocultar. Él no dijo nada, solo la observó, esperando a que Nene diera el primer paso, como siempre había sido entre ellos.
Nene suspiró y, antes de que pudiera decir algo, fue ella quien rompió el silencio.
—Kiriha, lo siento mucho —dijo con una voz suave, cargada de arrepentimiento—. Lo siento por lo que hizo mi padre. Yo no quería que las cosas fueran así, no quería que vinieras aquí y que… todo esto se complicara aún más.
Kiriha levantó la mano, haciendo un gesto de calma.
—No tienes que disculparte por eso, Nene —respondió con su tono tranquilo, pero firme—. Yo no me siento ofendido. Lo que realmente me importa es cómo estás tú. Después de todo lo que ha sucedido.
La clínica estaba silenciosa, el pasillo apenas iluminado por la tenue luz de la tarde que se colaba por las ventanas. Mimi estaba sentada en una pequeña sala de espera, con las manos cruzadas sobre su regazo y la mirada fija en el suelo. Su semblante reflejaba cansancio, pero también algo más profundo, una mezcla de emociones que parecía estar luchando por controlar.
La puerta se abrió lentamente, y al levantar la vista, Mimi encontró a Koushiro entrando. Él llevaba una expresión serena, pero sus ojos reflejaban preocupación.
—Mimi —dijo en voz baja al acercarse—. Vine tan pronto como pude.
Mimi asintió con un ligero movimiento de cabeza y le indicó que se sentara a su lado. Por un momento, ninguno de los dos habló. Koushiro observó su rostro, buscando las palabras adecuadas y Mimi sin decir palabras abrazó al pelirrojo.
—Por favor, abrázame.—Rogó la castaña.
Koushiro rápidamente lo hizo.
Mimi cerró los ojos y se dejó consolar.
—No sabes lo difícil que es para mi ver esto —respondió en un tono bajo, casi un susurro—Es difícil ver a Izumi y Nene así... tan rotas.
Koushiro la observó detenidamente, captando el trasfondo de sus palabras. Sabía la verdad, un secreto que Mimi llevaba guardado celosamente. Izumi y Nene eran sus hijas, aunque nadie más lo sabía. Solo él conocía la verdadera conexión entre ellas.
—No es para menos —murmuró Koushiro—. Es una situación difícil para todos, lo que pasó con Rika fue... devastador.
Mimi asintió con lentitud, pero sus ojos se desviaron hacia un punto distante, como si su mente estuviera en otro lugar.
—Ryo está triste. Mis hijas también lo están...—Comentó—Eso es demasiado para mí...—dijo finalmente, su voz temblando ligeramente—. Por mis hijas. Verlas sufrir así es... es insoportable.
—¿Y Yamato con Sora?—Preguntó el pelirrojo— Ellos también deben estar mal.
—No me nombres a esos dos, por favor.—Rogó la castaña.
Koushiro alzó una ceja: —¿Por qué no?
—Porque no quiero hablar de ellos.—Comentó Mimi— Después de todo, no supieron criar a su hija.
—¡Hey! No digas eso.
—¡Es la verdad!— Exclamó la castaña—Por su culpa Rika es como es...—Declaró— No han sabido ser buenos padres. Ni con ella ni con Nene o Izumi. Y por su culpa están sufriendo.
—Mimi, tú misma has visto como Yamato y Sora están al pendiente de Rika, tacharlos de malos padres no creo que sea lo correcto.
Mimi movió la cabeza: —¿Los vas a defender?
—No los defiendo, simplemente creo que, no es justo que los enjuicies a ellos considerando la situación.
—¿Sabes?—Musitó la castaña— Algunas veces pienso que esto es el destino.
—¿Destino?
Mimi asintió: —Justicia divina.
—Mimi... —dijo con cautela—. ¿Qué estás diciendo? Esto no es algo con lo que se deba jugar.
Ella lo miró directamente, sus ojos oscuros reflejaban una mezcla de dolor y determinación.
—No estoy jugando, Koushiro —respondió con firmeza—. Es el destino. La justicia divina.
—¿Justicia divina? —repitió él, claramente desconcertado—. Mimi, esto no es justicia. Estamos hablando de una tragedia, de vidas destrozadas.
—¿Y qué hay de mi vida? —lo interrumpió ella, su voz se alzó ligeramente, aunque sin perder el control—. Ellos me la quitaron, Koushiro. Yamato y Sora me arrebataron todo. No me creyeron cuando más lo necesitaba, me humillaron y me alejaron de mis propias hijas.
Koushiro inclinó la cabeza, su expresión se suavizó ligeramente al ver el dolor que se reflejaba en el rostro de Mimi.
—Entiendo que estés herida, Mimi. Pero esto... esto no puede ser el camino.
Mimi dejó escapar una risa amarga, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿El camino? —dijo, su voz cargada de ironía—. No estoy buscando caminos, Koushiro. Solo estoy viendo cómo el destino se encarga de devolverle a cada uno lo que merece.
Koushiro permaneció en silencio por unos instantes, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Finalmente, extendió una mano y la colocó suavemente sobre la de Mimi.
—Lo único que puedo decirte es que guardes rencor no hará que las cosas sean más fáciles para ti... ni para ellas. Izumi y Nene necesitan a una madre que las apoye, no a alguien consumida por el odio.
Mimi lo miró fijamente, y por un momento, pareció dudar. Pero luego apartó la mano con delicadeza y se levantó.
—Tal vez tengas razón —dijo en voz baja—. Pero eso no cambia nada. Lo único que me queda ahora es asegurarme de que mis hijas estén bien. Y eso incluye protegerlas de aquellos que me hicieron daño.
—Entonces tendrás que proteger a Rika también.
¿Qué?
Este comentario sorprendió a Koushiro.
—Hay una posibilidad de que...—Hizo una mueca— Rika sea la hija que supuestamente perdiste.
¿Qué?
BethANDCourt: ¡Hola! Toshiko es MALA ¡Muy mala! Todos tenemos rabia. Rika no merecía lo que le está haciendo. Falta un tiempo para que la verdad de los padres de Rika salga a la luz. Pero no se lo esperan. Sora y Yamato borraron todo porque no quieren que Rika sepa quienes son sus padres. Akari es importante, tiene un papel importante al estar siempre con Mimi, quizás no sea ¡tan grande! pero si es importante. No diré nada de Kouji...los dejaré con la intriga...¿villano o victima? ¡Pronto sabremos!...Con respecto a los hermanos Ishida, Yamato ama a su hermano y ahora que sabe de lo que es capaz su padre ¡con más razón lo va a cuidar! Sí, es triste que lo tenga que cuidar de Hiroaki. Pero debe ser así. Es difícil que Sora le coloque un alto. Toshiko sabe mover sus piezas. Si, Mimi se arriesga demasiado, pero es inevitable Mimi quiere recuperar tiempo con su hermano e hijas pero eso significa dar pistas de su identidad. ¡Sí! La conversación entre Takeru e Izumi fue genial. Takeru le dio en el clavo. Ojalá Izumi pronto se dé cuenta. Con respecto al cajón...Hikari no le da importancia jajaja al menos por el momento...es un simple cajón y tiene que limpiar el ropero y demás. Pero ya veremos que ocurrirá cuando lo abra jsjsjs ¡Gracias por tu comentario! Espero que sigas leyendo y comentando. Te mando un gran abrazo.
