I

Satoru Gojo sabía perfectamente que con más de cuatro horas de viaje ya era un día perdido. El vuelo desde Tokyo le habría tomado poco más de una hora, pero conscientemente trataba de evitar el arribo a aquel pequeño pueblo perdido entre las montañas del norte. Ahora se arrepentía de su decisión, pero si lo comentaba estaba seguro de que Mei Mei se burlaría.

Cuando le preguntara por qué lo enviaba precisamente a él, la mujer había respondido con indiferencia y esa sonrisa que le ponía los nervios de punta. «Te gustan estas cosas ¿no?». Y con ello había dado por cerrada la discusión. El sólo recuerdo lo ponía de mal humor.

Sin embargo, la mujer tenía razón: Desapariciones, asesinatos, descripciones grotescas que bastarían para ponerle malo el estómago a cualquier persona de bien se habían vuelto su pan de cada día, despertando en él una curiosidad que rayaba en lo obsesivo.

Dicho interés no nacía del morbo. Tampoco lo había tenido toda su vida. Era una obsesión malsana generada en su adolescencia a pocos meses de cumplir los dieciocho años. Incluso recordaba la fecha exacta: 19 de septiembre de 2007. Aunque en su caso se había enterado de todo un par de días después. No porque las malas noticias no corrieran rápido, si no porque en aquel entonces su mundo giraba sólo alrededor de su único y mejor amigo: Suguru Geto.

Fue precisamente la ausencia de éste lo que le había hecho enterarse.

Sintió el nudo en la boca de su estómago tan tenso como ese día en el que el rostro de Shoko se cubriera de angustia. Satoru juraría que las ojeras que ahora eran tan características de ella habían aparecido en aquel entonces.

«Mataron a sus padres». Las palabras susurradas por su amiga una década atrás aun resonaban en su cabeza y revivían el terror de esa noticia.

Lo único que supo fue que el crimen nunca se resolvió y que Suguru se había visto forzado a vivir con unos familiares lejos de la ciudad. Satoru le había dado vueltas un millón de veces, de ser honesto más por la ausencia de su compañero que por el macabro hecho. Necesitaba saber el porqué, asumiendo —ingenuamente— que con ello podría dar marcha atrás y resolverlo. Volver todo a su estado natural.

Ahora con veintisiete años mantenía presente en su recuerdo las noches enteras buscando cuanto pudiera del caso sin encontrar respuestas. En algún momento, la facilidad con que la noticia se había perdido entre miles más le había tentado a volverse policía, pero pronto desechó la idea y, con la inquietud de búsqueda ya despierta en él, tras algunas vueltas del destino y para el descontento de su familia había terminado trabajando como periodista.

Y así de fácil, aun entonces sus decisiones giraban alrededor de Suguru.

Almas gemelas, pensó y eso solo logró sumirlo más en su malestar. Si por él fuera, Suguru Geto se podía ir al diablo. Desafortunadamente, eso no quedaba en sus manos.

Incómodo con sus pensamientos sacó de su mochila el expediente que le diera Mei Mei un par de semanas atrás y comenzó a hojearlo por enésima vez: Tres desapariciones en menos de diez meses, todos ellos hombres entre sus veinte y veinticinco años. Cuando lo leyera por primera ocasión no le había dado importancia del mismo modo que al parecer hacían las autoridades locales.

Johātsu. Tan grave era la situación de desaparecidos en Japón que tenían un nombre para la desgracia. Personas que se evaporaban y de las cuales no se volvía a saber de ellas. Esos hombres podían ser una cifra más de la gente que decidía huir de su propia vida.

Además, con un lago tan profundo en las cercanías de la villa y hectáreas de bosque insondable que se extendían por las montañas aquello no era de extrañarse.

Lo curioso llegaba cuando uno leía quién había hecho las denuncias. Siempre eran los dueños de los hospedajes cercanos quienes llamaban a la policía cuando aquellos hombres no volvían más por sus cosas, ¿alguien además de ellos? No. Parecía que no le preocupaban a nadie. Ni padres, parejas, amigos.

Incluso a los "evaporados" alguien los buscaba, pero estos eran hombres cuya desaparición no podía importarle menos al mundo.

Quizás se trataba de una simple coincidencia, un infortunio. O, por otro lado, podían ser la víctima perfecta.

Una mecánica voz salió del altavoz anunciando la llegada a su destino.

Los pocos locales que rodeaban el sitio anunciaban ya la escasa población del lugar y el sólo ver un par de taxis estacionados bajo las luces de la entrada a la estación se lo confirmaron. La oscuridad se tragaba casi por completo los alrededores a lo que maldijo su desfachatez de no involucrarse en la planeación del viaje. En ocasiones como esa dudaba de su propia inteligencia.

Con fastidio se acomodó la mochila al hombro mientras sacaba su teléfono móvil, necesitaba encontrar pronto un hospedaje cuando menos para esa noche, lo demás lo resolvería sobre la marcha. El viento helado le golpeó el rostro, justo lo que menos necesitaba. Impaciente revisó sus correos, con la esperanza de encontrar alguna reservación que Ijichi hubiera hecho para él, pero nada.

Ya lo atormentaría al volver a Tokio por ese descuido. Peor aún, se encargaría de que le quedara claro que tenía que haberlo acompañado. Resultaba injusto que sufriera solo.

—¿Satoru? —La peculiar suavidad con que esa voz decía su nombre provocó que su corazón diera un vuelco y por poco el aire le faltara.

Definitivamente no era alguien que se sobresaltara fácilmente, pero esa voz era mucho más de lo que podía soportar.

Suguru

En diez años la gente olvida muchas cosas. Es un tiempo más que suficiente para dejar atrás rostros, aromas, voces, más aún se olvida el tacto de una piel contra los dedos, el sonido de las risas. Pero ese no era su caso, al contrario, parecía que el tiempo se había encargado de intensificar todos los recuerdos que se relacionaban con Suguru Geto.

Satoru sabía lo ridículo que resultaba. No habían convivido más allá de la preparatoria y la presencia del muchacho en su vida se había limitado a ser una amistad transformada en un amor adolescente. Un amor unilateral como si no le bastara para sentirse ya lo bastante ridículo.

—No me jodas… —susurró haciendo una mueca de desagrado para ocultar su sorpresa.

De todos los sitios no era posible que justo ahí ocurriera el milagro que había esperado toda su vida. Apartó la mirada del móvil solo para encontrarse con el fantasma que lo había atormentado desde que desapareciera en aquel septiembre de dos mil siete.

—¿Qué haces aquí? —¿Cómo me encontraste? O eso parecía gritar la mirada de Suguru. Ese semblante preocupado que pocas veces le había visto. No iba a negarlo, el tono en su voz y esa expresión parecían más cargadas de reclamo que de sorpresa y eso dolía.

Dolía mucho más que su ausencia.

—Vine por trabajo —Suguru arqueó una ceja dudando evidentemente de su respuesta. Tenía que arreglar eso lo más pronto posible por lo que alzó la carpeta que llevaba en su mano. La mirada del otro pareció relajarse o quizá se estaba haciendo ilusiones —¿Tú qué…?

—¡Señor Geto! —La voz de una chiquilla de alrededor de quince años de claros cabellos interrumpió su pregunta—. ¡Ya casi nos vamos! —anunció desde la entrada de la estación, a su lado una jovencita castaña asentía con un movimiento de cabeza, reafirmando las palabras de la otra.

—¡Ya voy, un momento! Sólo —Suguru regresó su atención a él—… No se te ocurra irte, ya vuelvo.

Si pensaba reclamar no fue capaz de hacerlo así que sólo lo siguió con la mirada, dispuesto a obedecerlo como lo hacía con escasas personas. Parecía que a pesar de la distancia y el tiempo sobrevivían esas manías que lo unían al otro. Un instinto contra el cual no podía, ni deseaba defenderse.

Como siempre terminaba siendo la excepción a todo.

Un pequeño restaurante a pocos pasos de la estación había sido el lugar que Suguru escogiera de último momento. La luz era suave y apenas había una mesa más ocupada por un hombre solo que parecía no interesarse por los asuntos de otros así que resultaba la opción correcta para ese incómodo reencuentro.

Suguru se veía bien, más de lo que hubiera imaginado, quizá en el fondo esperaba encontrar aún los restos de la tragedia en él, pero eso era lo peor de los duelos, tarde o temprano la gente terminaba asumiéndolos como parte de su vida.

Su cabello negro seguía tan pulcro como antaño pero mucho más largo, también mantenía ese afán de usar prendas holgadas, pero las que llevaba en ese momento parecían exagerar en un intento de cubrirse del frío. Satoru rio por dentro, siempre le había sido un problema mantener su temperatura corporal. Recordó las veces que tomara sus manos bajo el pretexto de que las tenía demasiado frías.

Tantas preguntas lo habían atormentado, sin embargo, ahora que lo tenía de frente no encontraba cómo darle prioridad a tan siquiera una de ellas. El silencio se había instalado como un invitado incómodo entre los dos que solo se rompió por la joven mesera que se acercó a dejar lo que habían ordenado. No podían posponer la conversación por más tiempo.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Cuatro años. Antes estuve en Morioka con unos familiares de mi madre —El desapego con que se expresaba de quienes lo cuidaron no fue sorpresa, siempre parecía ajeno a todos a pesar de su actuar amable y educado—. ¿Por qué estás aquí?

—Ya te dije —Hizo un puchero, molesto por la insistencia—. Trabajo —Había olvidado lo terco que podía ser Suguru cuando algo se le metía en la cabeza.

—No te creo.

—No estoy aquí por gusto, tampoco por ti.

Si se arrepintió de haber soltado esas palabras, pronto se le olvidó al ver como la seriedad de Suguru pasaba de sorpresa a una sutil sonrisa que lograba sonrojarlo. Ese sencillo gesto fue una bocanada de aire fresco. Había soñado tantas veces con volver a causar esa expresión que juraba estaba limitada sólo a él. Sí, tal vez exageraba, pero le gustaba creerlo.

—Nunca dije eso, pero como siempre estás a la defensiva.

—¡¿Qué?! —El volumen de su queja hizo que los demás les pusieran atención—. Yo no soy el que está con el interrogatorio.

—Baja la voz, Satoru ¿Cuántas veces te he dicho que te controles?

El gesto burlón de Suguru tapándose los oídos le hizo sentir de nuevo con dieciséis años cuando las peleas de ese tipo eran sustituidas por algún comentario estúpido o por el regaño de Shoko. No se equivocaba, lo que había entre ellos era una complicidad que el tiempo no podía romper. Satoru se cubrió el rostro con ambas manos y rio suavemente, no sin cierta nostalgia.

—Nunca llamaste —El reclamo que se había guardado.

—Podrías haberlo hecho tú.

Cierto, pero siendo un adolescente no sabía qué decir ante un suceso como aquel, todos sus pensamientos estaban enfocados en esa "traición", o por lo menos así había catalogado la ausencia del otro. Había sido demasiado egoísta, mejor dicho, todavía lo era.

—Te extrañé… —No le importó que Suguru se riera de su vulnerabilidad.

—Pareces un viejo abandonado por su esposa —El otro señaló su plato en un mal intento de desviar la atención de su confesión—. Come eso, se te va a enfriar.

Terminaron su cena con comentarios banales que poco develaban de su tiempo separados, a Satoru no le sorprendió enterarse que Suguru se había vuelto profesor, parecía algo hecho para él, pues siempre había sido paciente con los alumnos de menores grados a pesar de ambos compartir la misma imprudencia.

El resto de la conversación se enfocó más en su juventud y las tonterías que compartieran en ese entonces seguidos de las preguntas obligatorias sobre Shoko. Satoru notó cierto alivio en el rostro ajeno al escuchar que aún se mantenían en contacto.

En medio del encuentro había incluso olvidado su premura por encontrar alojamiento, simplemente quería que esa reunión no terminara a pesar del difícil inicio.

Vino después la discusión infantil por quién cubriría la cuenta, misma que Suguru terminó ganando bajo el pretexto de que ya pagaría él la siguiente. Esa promesa vacía le daba ciertas esperanzas de futuros encuentros.

Al salir del restaurante el pelinegro caminó rumbo a un modesto automóvil. El mayor se detuvo, dudando en seguirlo o no. Aún tenía que buscar dónde pasar la noche.

—Satoru —Podía volverse adicto a la suavidad con la cual lo llamaba—… también te extrañé.

Maldito Suguru con su facilidad para desarmarlo.

—Idiota —El insulto no tuvo el efecto deseado pues el otro sólo le sonrió como en los viejos tiempos.

—¿Nos vamos?

Y maldita su estúpida disposición para seguirlo sin pensarlo.

La casa de Suguru lo reflejaba tan bien que parecía una broma. Varios árboles enmarcaban la entrada a la misma, como si buscaran resguardarla del exterior, de las miradas indiscretas al mismo tiempo que le brindaban un aire solemne, pero al parecer era algo normal en la zona.

Se trataba de una amplia casa tradicional, que parecía solo albergar a su amigo aunque se podían ver rastros de una visita, quizá las chiquillas que había visto en la estación. A pesar de la soledad del recinto se mostraba acogedor, tanto que le pareció natural tumbarse en la silla más cercana mientras observaba como su anfitrión se movía por el reducido espacio preparando la cama. Sonrió burlón ante la hogareña escena. No le molestaría vivirla diariamente aunque eso conllevaba formarse ilusiones de más.

Un sentimiento de inquieta familiaridad lo abordó, pero prefirió ignorarlo para no arruinar el momento.

—Entonces eres periodista, ya me imagino a tus padres cuando se enteraron —El mayor soltó un bufido de sólo recordar el drama de esos años.

—Nada que no esperara.

—Aun así no entiendo por qué estás aquí. No es como que pase gran cosa.

—Han desaparecido tres personas en menos de un año — Suguru dejó lo que estaba haciendo y le puso atención. Notó de inmediato la alerta en su mirada—. Sé que no es tan raro como debería pero, hay algo que no termina de encajar…

—¿No habrán huido? Mucha gente hace eso —Sí, lo sabía perfectamente—. O pudieron perderse, el bosque es inmenso por aquí y si dejas el camino…

El sonido de una notificación hizo que Suguru dejara la conversación para observar su teléfono a lo que pronto su rostro pareció recuperar cierta calma. De nueva cuenta las jovenes de la estación volvieron a su memoria causándole incomodidad al saber cómo había personas nuevas en la vida del otro, personas de las cuales no tenía idea.

—Nadie los ha reportado —continuó tratando de recuperar su atención.

—Quizá volvieron a sus casas. Suelen venir muchos turistas. Además, las noticias no dicen nada.

—Suguru… —No iba a decir más al respecto.

Cierto, había sido él quien comenzara con la conversación, algo bastante imprudente de su parte, sin embargo, había un límite de lo que pensaba compartir. Suguru giró los ojos y se dejó caer en la cama que ya estaba lista para el invitado inesperado. Cuando menos no había señales de que se hubiera molestado.

—Está bien, está bien. No te imaginaba tan juicioso con tu trabajo.

—Sólo quiero terminar pronto.

—¿Eh? ¿Tanto te molesta que nos hayamos encontrado?

—¿No ves que lo digo para pasar más tiempo juntos? —respondió siguiendo su sarcasmo.

—¿En serio? Que romántico —Suguru le tiró una patada en forma de juego. Se sentía bien volver a estar juntos.

Un fuerte estruendo a las afueras de la casa alertó a Satoru, confundido miró al menor quien simplemente giró los ojos molesto, como si estuviera acostumbrado a que sus noches se vieran interrumpidas por esa clase de ruidos.

—¿Querías un loco? Ahí tienes lo más cercano —le dijo mientras se ponía de pie y con un movimiento de cabeza le pedía que lo siguiera pronto.

La casa era amplia por lo que caminaron rápidamente por los pasillos, al parecer más preocupado Suguru porque supiera lo que acababa de ocurrir, sin embargo cuando llegaron a la puerta principal el causante de aquel ruido ya comenzaba a perderse entre la oscura calle. Satoru sólo alcanzó a ver la delgada y desgarbada silueta de quien parecía ser un hombre joven que corría a toda prisa gritando tonterías.

—¿Eso era todo? ¿Un borracho? —No podía creer que por eso Suguru lo hubiera obligado a salir.

Sus quejas se aplacaron cuando notó que el joven observaba con molestia la puerta antes de acercarse a retirar lo que parecía ser una muñeca de paja apenas mal sujeta por un clavo contra la madera. Una Wara ningyou. Sabía que estar en el campo conllevaría encontrarse con viejas supersticiones, pero ver eso justo ahí le provocó un escalofrío, sobre todo conociendo la historia de su familia.

—¿Pasa seguido? —Suguru se encogió de hombros confirmando así su pregunta mientras lo tomaba sin demasiada importancia y lo juntaba con el basurero que al parecer había causado el estruendo inicial—. ¿Has hablado con la policía?

—¿Y decirles qué? ¿Que están tratando de maldecirme?

—Puede ser peligroso —Lo sabes mejor que nadie, acalló esa idea justo a tiempo. Lo último que necesitaba era agregar un tema sensible a la bizarra escena.

—Oye, Satoru —Su sonrisa burlona y la pausa que parecía meditar lo que vendría después lo puso nervioso—. ¿Quieres oír una historia de fantasmas?


Gracias por llegar hasta aquí, espero la historia esté siendo de tu agrado y te puedas tomar el momento de dejar un comentario ya que estos me animan a continuar. De nuevo gracias por darle una oportunidad a esta historia.

Á bientôt~