Un amor bonito
Kagome
Solté el aire que tenía contenido al escuchar como cerraba la puerta detrás de si. Limpié mis ojos y me quedé ahí, en silencio y completamente inmóvil, quizás esperando los minutos prudentes para que se marcharan o ingresaran a la oficina de Rin.
Cuando me sentí mejor, volteé y salí de la oficina, caminando dubitativamente hacía la entrada, en donde mi alma regresó a mi cuerpo al ver a Sango sola, sentada en su escritorio.
- ¿Dónde están? - pregunté.
- Se marcharon. - respondió sin mirarme y de inmediato noté que estaba molesta.
- ¿Qué sucede?
- ¿Qué sucede? - sus ojos se fijaron en mi y mentiría si dijera que no sentí un poco de miedo.
- Estoy harta de los Taisho, eso sucede.
- ¿Inuyasha te dijo algo?
- No, ese imbécil se mantiene tranquilo, pero... ¡Aisg! - se puso de pie, acercándose a mi rostro. - Su maldito hermano es quien me está irritando.
Y eso me confirmaba que, efectivamente, algo malo había sucedido en el momento en el que se quedaron solos.
- Pero, ¿Qué pasó?
Inicio del flashback.
Kagome y los demás se retiraron a sus oficinas mientras que, el peliplata y la castaña, se quedaron ahí, observándolos desaparecer detrás de la puerta.
- ¿Qué es lo que quieres? - preguntó Sango, cruzando sus brazos de manera desafiante.
- Bueno, como habrás notado, mi padre está de regreso y eso significa que él se encargará de todo de ahora en más.
- ¿Disculpa?
- Lo que escuchaste, Saoto, ya no eres necesaria en esto. - sonrió, mostrando el poder de aquellos que pueden remover a cualquiera de cualquier cargo, sin remordimiento. - Asique, te sugiero, que entregues los documentos y las listas que posees, sin quejarte.
- Escúchame una cosa, Sesshomaru Taisho. - hizo énfasis en su apellido. - ¿Tú crees que a mi me interesa lo que tú vengas a decirme? Si tu padre tiene ese pensamiento, que venga él mismo y me lo diga en la cara. No necesito que mande a sus mulas de carga para hablar conmigo.
- Bien, parece que no nos estamos entendiendo. - se cruzó de brazos. - No te lo estoy comunicando para que tengas opciones, te lo estoy ordenando.
- Y yo te ordeno, que te guardes tu orden en el lugar que prefieras.
- Hm. - sonrió. - ¿Sabes una cosa? - caminó hacía ella al mismo tiempo en que ella comenzaba a retroceder. - Me agradan las mujeres con carácter. - los muslos de Sango chocaron contra su escritorio. - Sobre todo cuando se trata de someterlas.
- Eres un infeliz. - elevó su mano con la intención de abofetearlo, sin embargo, él la retuvo. Su nariz se posó sobre su dorso, aspirando levemente su aroma.
- No hueles tan mal como parece, Saoto. - fijó sus ojos dorados en los de ella, quien, involuntariamente, se sonrojó.
- No te atrevas a tocarme. - respondió con firmeza, sintiendo como su cuerpo se acercaba al suyo lentamente. - O no responderé de mi. No creas que por ser un Taisho harás lo que quieras conmigo.
- No haré lo que quiera. - acercó su rostro al suyo. - Puedo hacer lo que tú quieras
- ¿Ah si? - sonrió, fijando sus ojos en sus labios. - Bueno, en ese caso... muérete. - lo empujó. - No vuelvas a acercarte a mi, tampoco hables en nombre de tu padre
- No te vi incómoda con esto.
- Yo tampoco. - Sango volteó, encontrándose con la mirada de Rin, la cual no se veía muy contenta. - Por favor, que mi presencia no los detenga. - pasó por su lado, ingresando en la oficina sin más.
- Supongo que estarás contento ahora, ¿verdad? - pronunció ácidamente, observando al peliplata, quién sólo le regaló una pequeña sonrisa antes de ingresar a la oficina de la joven.
Fin del flashback.
Estaba completamente anonadada, realmente no podía creer lo que Sango acababa de decirme.
- Sesshomaru, ¿coqueteó contigo?
- Kag, ¿acaso te golpeaste la cabeza?
- ¿He?
- Algo se trae entre manos, ¡Y es con Rin!
- ¿Sesshomaru y Rin? - traté de hacerme la desentendida, después de todo, yo ya sabía lo que había sucedido entre ellos.
- Mira, no lo sabes, pero en la fiesta de antifaces de la otra vez, los encontré en una situación bastante comprometedora y... ¡luego ella me dijo que habían tenido sexo antes de que iniciara su relación con Kohaku!
- Bueno, no sabía lo de la fiesta, pero si lo otro. - desvié mis ojos, sabiendo que aquello la enfadaría aún más.
- ¡¿Lo sabias?! - gritó por lo bajo. - ¡¿Y por qué no me lo dijiste?!
- Por lo mismo que hago cuando tú me pides que no le diga nada a nadie.
- Bien, eso no viene al caso ahora. - suspiró. - Mi problema es... ¿Y si Rin hace algo indebido con Sesshomaru? ¿Quién crees que se verá afectado?
- Sango. - intenté calmarla. - Sabes que entiendo a la perfección tu preocupación.
- Y te agradezco eso, pero he estado pensando seriamente en decirle a Kohaku que termine con Rin.
Okey, aquello si me sorprendió.
- Oye, entiendo lo que dices pero... ¿no crees que es una decisión que él debería tomar? Dudo mucho que se sienta incómodo con ella.
- Ya no se si puedo confiar en ella.
- Sango, no. - respondí con firmeza. - Estas hablando de Rin, nuestra amiga desde la secundaria, ¿Recuerdas el porqué la buscamos para formar esta empresa? Si, porque es la persona más confiable que ambas conocemos.
- Kagome, te juro... - elevó un dedo. - Si Rin engaña a mi hermano, no volveré a dirigirle la palabra jamás.
- No lo hará, estoy segura. - miré la puerta de su oficina, recordando la manera en la que hablaba de Sesshomaru aquella tarde.
Por favor, sólo no caigas en sus encantos, Rin. Los Taisho no son buenos para nadie.
- ¿Qué crees que estén haciendo?
- Trabajando, y ya cálmate, ¿bien?
Un suspiro fue su respuesta, por lo que sonreí y regresé a mi oficina, en donde me adentré en mi trabajo la siguiente hora, sin embargo, un portazo de la nada, provocó que saliera despedida nuevamente hacia el pasillo.
- ¿Qué sucedió? - pregunté al ver a Sango mirando el pasillo, completamente impactada.
- No lo se. - volvimos nuestros ojos a la oficina de Rin. - Sesshomaru salió furioso de allí.
- ¿Crees que...? - me acerqué rápidamente e ingresé, encontrándome con Rin sentada en su escritorio y sus ojos fijos en el. - Rin. - murmuré. - ¿Estas bien?
- Si. - sonrió levemente, elevando su mirada, la cual estaba cristalizada. - No se preocupes.
- Rin. - ambas miramos a Sango. - La forma en la que Sesshomaru salió, no fue agradable, ¿Qué sucedió?
- De verdad no fue nada. - su tensa calma sólo estaba incrementando mis nervios. - Pero, ¿Puedo pedirles un favor? - asentimos.- ¿Hay alguna manera de que tú te encargues de este proyecto, Kag?
- ¿Qué?
- Lo siento, pero no quiero trabajar con Sesshomaru.
- Rin...
Definitivamente, algo muy malo debió de haber ocurrido.
- Discúlpenme. - se puso de pie y salió de la oficina, en dirección al baño.
- Yo me encargo. - murmuró Sango, siguiéndola.
- Por dios. - pase las yemas de mis dedos por mis sienes, masajeándolas lentamente. - Desde que los Taisho llegaron aquí, todo se volvió una locura.
Desearía que hubiese una manera de borrarlos de una vez y para siempre.
Suspiré, buscando aliviar todo el estrés que me atravesaba y supe que ya no podía mantenerme en la oficina. Regresé sobre mis pasos, tomé mis cosas y salí, ya les enviaría un mensaje a las chicas después.
Comencé a caminar sin un rumbo fijo, con mis ojos puestos en la nada y mi mente llena de cientos de pensamientos aleatorios. El tiempo se me fue volando, sin embargo, regresé a la realidad al sentir la vibración de mi celular.
- ¿Dónde te metiste?
Sango.
Comencé a tipear mi respuesta y, en ese instante, un mensaje de texto llegó. Y, por supuesto, que su número no era visible, por lo que, antes de enviar mi respuesta a mi amiga, lo abrí.
Tuve que mantener la firmeza de mi mano, ya que el celular estuvo al borde de caer. No hizo falta emitir sonido, simplemente no había nada que pudiese explicar lo que sentí en ese instante. Las lágrimas salieron sin más, ni siquiera me dieron tiempo de intentar controlarlas. ¿Por qué me sorprendía? si era obvio que esto era lo que iba a pasar.
Inuyasha y Kahori se estaban besando tranquilamente, frente a la entrada de una cafetería. Él sostenía su cuello y ella su cintura. Sus expresiones se veían tan tranquilas, tan confortantes...
Tan enamorados.
- Ay, tan predecible como siempre, mi hermosa Kagome. - elevé mis ojos, encontrándome con el dueño de aquella repugnante voz. - Sabía que ibas a ponerte a llorar al ver que alguien más se quedó con tu preciado Taisho.
- Bankotsu. - mis lagrimas se secaron al instante. - ¿Tú me enviaste esto?
- ¿Necesitas un dibujo acaso? - se cruzó de brazos, sonriendo altaneramente. - Te vi hace un par de calles y no quería perder la oportunidad de ver tu preciosa carita, sufriendo por un hombre.
- ¿Con tan poco te sientes feliz?
- Mmm, no, en realidad no. De hecho, me da un poco de envidia el saber que no estas llorando por mi.
- Es bueno saberlo, me sigues confirmando que eres un maldito bastardo. - intenté pasar por su lado, pero me sostuvo por la cintura, provocando que lo empujara de inmediato.
- Vaya, en otro momento ya hubiese tenido a ese idiota de Taisho sobre mi. - miró a su alrededor, burlándose. - Al parecer, esta demasiado ocupado con esa mujer. - volvió sus ojos a mi, sonriendo. - ¿Estarán teniendo sexo en este momento? - comenzó a reír mientras yo sólo me limitaba a observarlo. - ¿Cómo pudiste ser tan ingenua? ¿Creíste que él iba darte ese amor bonito que tanto buscaste? Sólo te usó, como la puta que eres.
El sonido de mi palma, estrellándose en su rostro, retumbo en toda la calle, provocando que algunos transeúntes voltearan a vernos. Sólo después de que mi acción inconsciente finalizará, fue que me di cuenta de lo que verdaderamente acababa de hacer. Intenté alejarme, sin embargo, su mano se enroscó en mi cuello como si de una serpiente se tratara.
- Si gritas, te arrancaré el corazón del pecho. - murmuró, colocando mi rostro frente al suyo. - ¿Te atreves a ser valiente aún sabiendo que Taisho ya no te protege?
- Tú... no me das miedo. - murmuré, sintiendo como me costaba tragar saliva.
Sentí sus garras clavándose en mi abdomen, abriendo varias capas de piel a su paso. Cerré mis ojos con fuerza al sentir aquel dolor punzante, el cual, poco a poco, se convirtió en ardor, uno casi tan caliente como el líquido que salía de mi herida y que había inundado su mano.
- Tienes suerte de que aún tengo compasión por ti. - miró disimuladamente a su alrededor, asegurándose de que ya no nos prestaban atención. - Aún te veo como a mi pequeña diablilla.
Mi estómago se revolvió al escuchar ese nombre, ya que era la forma más cariñosa y erótica que él tenía de llamarme en aquellos días en los que aún quería un futuro a su lado.
- Me das asco.
- Nunca me importó lo que pensaras. - sonrió, acercándose sin soltarme y besando levemente mis labios. - Tan hermosa como siempre. - volví a cerrar mis ojos al sentir como él quitaba sus garras y me soltaba bruscamente del cuello. - Me encanta cuando acatas mis órdenes. - estaba enojada, completamente molesta, pero me quedé ahí, inmóvil. - Ten. - se quitó la chaqueta, entregándomela. - Cúbrete esa herida hasta que puedas limpiarla. Te veré luego, diablilla.
Finalmente se marchó, dejándome ahí, completamente adolorida y humillada, una vez más.
Me sentía impotente frente al hecho de no haber podido hacer nada. Nuevamente había hecho lo que quería con mi cuerpo, lastimándolo y besándome sin mi consentimiento. Nuevamente se había aprovechado de mi vulnerabilidad, incluso calando en lo profundo de mi inseguridad al mostrarme la imagen de Inuyasha.
Inuyasha.
¿Creíste que iba a darte ese amor bonito que tanto buscaste?
Las palabras que había pronunciado, dolían más que las mismas heridas físicas. Ese amor bonito que tanto busqué, esa relación que tanto quise encontrar con Bankotsu y que, por un momento, me ilusioné con la idea de que, quizás, Inuyasha iba a ser el indicado para vivirlo, pero la vida me volvía a demostrar que no, que nuevamente me había equivocado.
Quiero protegerte para siempre.
- Para siempre. - murmuré, sintiendo las primeras lágrimas cristalizar mis ojos. - Supongo que tenemos conceptos diferentes de esa palabra, Taisho.
Pasé rápidamente mi dedo por mi ojo, dándome cuenta de que ya llevaba demasiados minutos ahí, en el mismo lugar, quedando como una loca. Envolví mi abdomen con aquella chaqueta e intenté caminar.
Maldición.
Realicé una mueca de dolor frente a aquella punzada aguda que me atravesó, sin embargo, debía alejarme de ese sitio. Estaba a unas diez calles del centro de la ciudad, por lo que, si seguía avanzando en la dirección en la que iba al inicio, sería peor.
Tengo que volver a la oficina.
Volteé, regresando sobre mis pasos como podía, preguntándome el momento en el que todo se había vuelto una pesadilla. Preguntándome el momento en el que había dejado de ser aquella arquitecta que quería centrarse en su trabajo, y me había visto envuelta en un mundo de humanos, yokais, y gente que regresa de la muerte. Emití un pequeño suspiro, fijando mi mirada en el suelo, demasiado avergonzada como para mirar al frente. Sin embargo, me vi obligada a hacerlo.
- Kag.
- ¿Qué? - elevé mi rostro, sorprendiéndome demasiado. - ¿Koga?
- ¿Qué te sucede? ¿Estas bien?
- ¿He? ¿Cómo sabes...?
Se quedó en silencio, mirándome fijamente y pude notar como se tensaba levemente.
- Yo... pasaba por aquí y te vi caminar con dificultad. - desvió su mirada. - ¿Te pasó algo?
- Es una historia demasiado larga. - suspiré. - ¿Puedes acompañarme a la oficina?
- No, mejor vamos a mi departamento.
- Pero...
- Sin peros, Kag.
La forma en la que respondió, y la firmeza en sus palabras, me hacía pensar que sabía lo que estaba sucediendo y elegía callar. Detuvo un taxi y me abrazó, ayudándome a subir.
- Gracias. - pronuncié, acurrucándome en su hombro y cerrando mis ojos, dejándome envolver por sus brazos.
La proporcionó la dirección de su casa y emprendimos el viaje.
- ¿Estas bien? - preguntó, acariciando mi cabello.
- Si, no te preocupes. - murmuré, relajándome un poco.
Que ironía... hace unos días estaba diciéndole a Koga que no podíamos ir más allá, pero... ahora él me estaba rescatando y, si debía ser honesta, no se sentía mal el sentir su calor.
Llegamos a su casa y, nuevamente, me ayudó a descender e ingresar. Una vez dentro, me ayudó a recostarme en el sillón, sentándose a mi lado y acariciando mi mejilla.
- Bien, ahora puedes decirme lo que te sucedió.
- ¿Tienes tiempo? Es una historia muy larga.
- Para ti, tengo todo el tiempo del mundo.
- Ven. - susurré, sonriendo y acariciando su mejilla, pidiéndole que se inclinara sobre mi.
- ¿Qué sucede? - se acercó, quedando a centímetros de mi rostro.
- Gracias, por salvarme. - murmuré, besando sus labios con suavidad, un beso que él correspondió, a pesar de verse sorprendido.
¿Acaso es Koga el amor bonito que tanto deseo?
