¡Muy buenas tardes! Ya volví para traerles un capítulo un pelín dramático…y quizás hasta macabro. Sin embargo, todo forma parte del desarrollo de esta historia y de cada uno de los personajes. Así que, ¡disfruten! Los leemos en la próxima actualización.
Fragility
Kuramochi controló sus impulsos. Esa noche no arrojaría violentamente una almohada a la cara de su capitán; guardaría ese impulso para otro día. Pero a cambio no tuvo consideración con el ruido que causó la mesa al ser arrastrada hasta una esquina cercana.
Extendió el colchón. Colocó su mochila deportiva en medio y puso el otro futón.
—¿Piensas dormir aquí también?
—¿Te molesta?
—No. ¿Por qué debería? —Se acostó aliviada—. He dormido con chicos prácticamente toda mi vida.
Yōichi tosió hasta que se raspó la garganta.
—¡¿Con cuántos hombres has dormido?!
—Se llaman pijamadas, alarmista —corrigió su torcida percepción—. A veces mis amigos se quedaban a dormir en mi casa o yo iba a las suyas. Menos a la de Ki-chan, su madre nos odia.
Respiró más tranquilo, menos sobresaltado.
—No lo digas de esa forma o van a malpensar.
—Siempre lo hacen. —Sus manos se asomaron al borde superior de su colcha, apretándola—. Ante los ojos de la mayoría he sido la pareja de mis tres amigos más cercanos.
—¿Y tus amigas qué?
—También salía con ellas en solitario o en grupo. Sin embargo, eso no evitaba que siguieran pensando lo otro.
—Ignóralos. Son unos idiotas.
—Tal vez deberíamos bajar la voz. Kazuya tiene el sueño ligero.
—No merece que te preocupes por su descanso. —Miró el techo y después a la persona que estaba separada de él por una mochila—. Por cierto, ¿por qué me pediste que pusiera esto en medio?
—Ah... Eso es porque duermo abrazada a una almohada de Pompompurin. Y si no la tengo, me muevo mucho. —Ocultó la mitad de su rostro. No iba a dejarlo ver sus mejillas sonrojadas—. Bastará con la mochila que has puesto.
—Qué manías tan extrañas tienes.
—Lo sé.
La puerta corrediza se azotó. Su charla despertó al tercer inquilino.
Sus labios planos y sus cejas contraídas exponían rápidamente su malhumor.
—Yo la invité. —Se enderezó para competir en intensidad con aquella mirada escasamente acogedora—. No está en el mismo cuarto que tú, por lo que debería estar bien.
Miyuki arrastró pesadamente su mano por su cabellera. Su cuello estaba tenso. Y sus ojos buscaron rápidamente a la persona que había provocado todo ese caos.
—No te molestes con Yōichi. Me iré.
—No te estoy corriendo —habló finalmente—. Sólo dejen de ser tan ruidosos.
Con la puerta corrediza nuevamente en su sitio ese par se sintieron aliviados.
—¿Se pelearon o algo? ¿Por qué está tan sensible? —Ella negó—. No creo que se haya puesto así porque te encontró en el cuarto o porque estemos aquí haciendo ruido.
—Pienso lo mismo. Él solamente nos ignoraría y dormiría.
—Y no nos lo dirá tampoco.
—No tenemos más remedio que esperar a que en unas horas esté de mejor humor.
Dormirse rápidamente en cuanto pusiera su cabeza sobre la almohada era un regalo con el que fue bendecida. No obstante, venía con una cláusula en contra: un sueño liviano. Únicamente cuando estaba muy cansada o trasnochada, nada la despertaba.
Los pasos de Kazuya llegando hasta la esquinada mesa no fueron lo único que la hicieron abrir sus ojos.
—Vine por agua —indicó con la botella plástica sujeta de su mano—. Vuelve a dormir.
—¿Todo está bien?
—Claro que lo está. —Bebió un profundo trago. Estaba bastante sediento—. ¿Por qué lo preguntas?
—Te escuché dando vueltas alrededor del futón hasta que te paraste por agua.
—Eso es muy acosador de tu parte, Sora-chan.
La vio levantarse y tirar de su brazo para que ambos se sentaran sobre el único colchón libre.
Miyuki no era capaz de entender lo que ella pretendía, pero su nariz se embriagaba entre la tenue dulzura de su piel y la explosión floral de su cabello; un perfume guardado en su memoria.
Su cabeza, inclinada para descansar concienzudamente sobre su hombro, sentía sus delgados y cálidos dedos abriéndose paso entre aquella selva de cabellos castaños claros y oscuros. Caricias suaves, afectuosas, reconfortantes… acompañadas de un discreto tarareo; una especie de nana que él era incapaz de reconocer.
—¿Piensas dormirme acariciando mi cabeza como si fuera un animalito domesticado?
—Mi madre hacía esto conmigo cuando era pequeña —relataba con una sonrisa floreciendo entre tonos alegres y añorantes—. Y si lo pienso detenidamente, nunca fue necesario. En cuanto me recuesto sobre algo cómodo me quedó dormida inmediatamente.
—Hasta un almacén es un lugar perfecto para ti.
Su risilla la tranquilizó más que enfadarla.
—No ha sido el lugar más raro en el que me he quedado dormida —confesaba, apartando su mano de su cabeza.
—Ah, ¿no? —Enderezó su cuerpo, masajeando brevemente su cuello—. ¿Qué podría ser más extraño que eso?
—El hueco de un árbol —Le obsequió una mirada vanidosa.
Kazuya parpadeó. Esa imagen mental se estampó violentamente en su cabeza junto con un puñado de dudas.
—¿Cómo rayos acabaste en el hueco de un árbol?
—Mi padre dice que fue durante unas vacaciones de primavera, cuando tenía unos cinco años… Estaba jugando a las escondidas en casa de mis tíos con mis hermanos y mis primos, y no me encontraban. Me buscaron por varias horas hasta que me hallaron dentro del hueco de un árbol, dormida.
Otra carcajada descarada y unos ojos avispados que le insinuaban que era material que no iba a desperdiciar. A ella no le importaba.
—Mi padre tiene una foto de ese día en el álbum familiar. Y claramente no voy a mostrártela.
—Si se lo pido me la enseñará.
¿Si la molestaba un poco más olvidaría momentáneamente lo que perturbó su humor?
—Pues no te dejaré que te encuentres con él —estipuló—. Y si lo haces, le escribiré a tu abuela para pedirle fotos tuyas cuando aún eras puro y adorable.
—¿Insinúas que ya no lo soy? ¿Y cómo es que tienes el número telefónico de mi abuela?
—Tú quizás seas un anciano tecnológico, pero Honoka-san tiene un celular inteligente que utiliza ágilmente como cualquier adolescente de nuestra edad. ¡Hasta tiene Line! —decía orgullosa—. Intercambiamos nuestro ID antes de despedirnos. Y ocasionalmente me escribe para preguntarme sobre mis avances en la cocina.
Su abuela era una mujer alegre y amable que siempre saludaba a todos con una enorme sonrisa. Si la gente no caía ante su magnética personalidad, lo hacían con su gran sazón. Y su novia debió ser cautivada por esos dos aspectos.
Lo que él no se esperaba es que su abuela simpatizara tanto con ella como para seguir en contacto.
¿Qué fue lo que hizo para ganarse a su abuela en un manojo de días?
—Los cuales son nulos.
—En esta época moderna se puede prescindir de la comida casera. Tenemos muchos restaurantes a la mano y si el bolsillo es pequeño, están las tiendas de conveniencia.
Ni siquiera tenía que decirlo con seriedad para que Miyuki le creyera. Sin embargo, el tema en cuestión de hizo recordar su comida caliente cuando estuvo enfermo.
—Podrías empezar con las gachas de arroz. Son fáciles.
Sora intentó mostrarse ecuánime, mas su cuerpo se agitó levemente ante la mención de aquel platillo en particular.
—Yo creo que me ahorraré la experiencia... Y le pediré a mi padre que me las prepare.
Nunca admitiría frente a él que pasó largas horas en la cocina preparando congee hasta estar satisfecha con el sabor y sus ingredientes. Porque el hacerlo la convertiría en el centro de su diversión.
—De modo que ha sido tu padre el que te echó a perder.
—Podría decirse que mi abuelo también —murmuraba—. Quizás Ki-chan y Rei-chan aportaron a la causa. Sae no cocina tanto, pero me compraba comida...
—Malcriada.
—Solamente en ese aspecto —refunfuñó—. Además, la comida no se le niega a nadie.
La desfachatez de Sora superaba con creces a la suya.
—Ahora que mencioné lo del hueco... recordé cuando mi padre me dijo que si era capaz de escalar el viejo árbol de la casa de la abuela me permitiría ir sola al festival de verano —contaba orgullosa—. Lo conseguí, pero después no pude bajarme... Y mi madre se enfureció y lo castigó.
—Estoy seguro de que solamente estaba bromeando. Y tú te lo tomaste en serio —soltó burlón—. No fuiste una niña nada fácil de manejar.
—Los festivales de verano eran muy divertidos...—El sueño empezaba a dominarla, mas no quería cerrar los ojos aún. No antes de que él lo hiciera—. Sobre todo, cuando realizaban la prueba de coraje. ¿Alguna vez participaste en una?
—En verano entrenaba también.
El último festival de verano al que asistió fue antes de que sus padres se divorciaran. Era demasiado pequeño para recordar en detalle todo lo que hacían, decían y comían en aquellas noches calurosas de festival.
—Y en este verano tampoco existirá la posibilidad. —Su mente aún carburante, pensó rápidamente en una solución—. Podríamos hacer nuestro propio festival de verano en Seidō...
Miyuki seguía escuchando sus planes sobre el festival de verano en Seidō. Hablaba de la decoración, de la comida, de algunos juegos que podrían instalarse, los premios, las luces de bengala... Todo lo que convertiría a aquel evento en algo memorable; en una bocanada de aire fresco y esperanzador ante la tempestad enfurecida del torneo de verano.
Poco a poco su voz perdía claror. Y con ese mismo ritmo, el telón se cerró frente a sus ojos.
—Finalmente —musitó al verlo profundamente dormido sobre su hombro—. Esto va a ser muy incómodo para mí.
Su respiración acompasada provocaba un cosquilleo. Y la calidez que trasmitía su cuerpo pagado al suyo, disipaba la frialdad de la madrugada.
—Como te quedes así mañana amanecerás con una contractura muscular.
Era el pánico lo que la obligó a convencerse de que también estaba dormida, de que no estaba escuchando a Kuramochi.
—Estoy despierto desde que se paró a tomar agua.
Su voz disfrazaba lo mucho que se deleitó de lo que vio y escuchó.
—Estabas tan centrada en Miyuki y hacerlo dormir que no te diste cuenta que estuve viéndolos todo este tiempo.
—Yōichi, eso es muy acosador de tu parte. ¿Debo preocuparme? ¿También espías a Eijun-kun cuando duerme?
—¿Qué tanto quieres a ese idiota como para arruinar tu descanso?
La miró.
Labios entreabiertos negándose a hablar descuidadamente. Mirada temblorosa, dubitativa, perdida en una oscuridad ilimitada. Y mejillas bañadas en jarabe de fresa.
—Mañana hay partido. Debe estar en condiciones.
—Entonces le hubieras dado una pastilla para dormir. —Sonreía lentamente ante la verdad que quería escuchar—. Y no acurrucarlo junto a ti mientras le cuentas anécdotas de tu niñez.
—Duérmete mejor.
—¿Por qué te conflictúa tanto admitir que te preocupa lo suficiente para mantenerte en vela?
Quizás su nula experiencia en noviazgos distorsionaba la idea de cómo debían expresar sus sentimientos las parejas.
—Sí, me preocupo por él... Y quizás lo q-quiera un poco.
Aceptar que lo quería hace unos meses atrás no la escandalizó tanto como otorgarle voz a los sentimientos que poseía hacia Miyuki. Y así, los ecos que rebotaban contra su pecho no se aquietaron.
—No se lo digas o no dejará de molestarme.
—Tíralo al suelo y duérmete.
Mitigó su escandalosa risa al imaginarse a su capitán tirado como un costal de papas.
—Lo voy a recostar a tu lado para que duerman abrazados.
—Eres asquerosamente vengativa.
Odió la blanca luz filtrándose a través de las delgadas persianas porque era un recordatorio latente de que tenía que dejar la cama y darse prisa para arreglarse y desayunar.
Rascó su nuca. Encontró la mochila deportiva que lo mantuvo separado de Sora. Y conforme sus ojos escanearon la zona, encontró la recompensa a su mala noche.
Se tapó la boca para no gritar y reírse como un idiota que ha encontrado el mejor chiste de la historia.
La calma interior le permitió analizar cuidadosamente el sobrecogedor momento que vivía aquella pareja que continuaba dormida.
Los gruesos lentes tirados cerca de la pata de la mesa. La colcha torcida entre sus piernas, cubriéndolos penosamente hasta la cintura. La amalgama de dos personas discordantes que escondieron sus diferencias por una noche para acompañarse.
—Idiota, ¿esto es lo que necesitabas para dormir plácidamente?
Oscuras pestañas besando tímidamente esas aventureras hebras, cabellos sedosos que se fundían entre sus mejillas y nariz. Sus brazos, cruzados como un moño a medio hacer, lo abrigaban cuidadosamente desde el cuello, recelosa de que lo alejaran de su protector cobijo. Y él, con su rostro cerca de su corazón, se preservaba inmóvil con las manos desordenadas entre la franela y su cintura.
Eran una mezcla de respiraciones rítmicas y latidos lentos e insonoros. Otro lenguaje para la cercanía.
—Todavía queda tiempo. Pueden estar otro rato de esa forma, tortolitos… Antes de eso, una fotografía.
El sonido del obturador cesó y esos ojos marrones se abrieron, descifrando lentamente lo que estaba contra su rostro.
La somnolencia residual se derramó sobre su inmóvil cuerpo; le gritaba que escapara antes de que la bomba de adrenalina estallara dentro de su tembloroso pecho, transformándolo en alguien torpe e inconsistente. Pero con una mente aturdida y las vías respiratorias dilatadas, sólo podía divisar la catástrofe cerniéndose sobre él.
—Ni se te ocurra hacer movimientos bruscos o la despertarás —susurró Yōichi una vez agachado del lado del atrapado cácher—. Me vas a deber una muy grande.
Ya era humillante por sí mismo el acabar acurrucado en los brazos de Sora como para tener testigos que jamás dejarían de recordarle aquel día en que su insomnio lo llevó a su perdición.
—Mantente así mientras encuentro algo que te reemplace.
«No es como si pudiera irme de aquí, idiota», razonaba Miyuki sintiendo cómo su novia estaba tan cómoda a su alrededor.
—Esta almohada será perfecta porque es más larga que las demás.
Trabajo en equipo y manos rápidas y diestras fue todo lo que ese par requirió para entregarle a Sora un nuevo objeto que abrazar. Asimismo, su sueño pesado los ayudó a que no se despertara con las maniobras escapistas de Kuramochi.
—Mi silencio te saldrá muy caro, Miyuki. —Estaba tan agradecido de lo que había sido testigo que le compraría una lata de café a su amiga—. Descuida, seré un rey generoso.
Inclusive si tuviera el argumento más válido y brillante a su alcance, se desmoronaría frente al momento vergonzoso captado por la cámara de su celular.
Lo tenía en sus manos. Cualquier lucha sería improductiva.
—Ya hablaremos de esto después. Por ahora apresurémonos que tenemos un partido en un par de horas —indicaba un Yōichi sonriente.
Las aguas termales relajaban su cuerpo, la hacían añorar una habitación oscura y una cama suave y cómoda. Necesitaba dormir unas horas extras tanto como recordar lo ocurrido después de que Kazuya se durmiera sobre su hombro.
Despertó abrazando una almohada que no estaba previamente en su cama. Entonces, ¿de dónde salió? No tenía registro de que fuera una sonámbula, por lo que tuvo que llegar ahí a través de alguien.
Pensó en Kuramochi. Mas la mochila deportiva bastó para que ella no se desplazara hasta él y lo usara como su almohada personal, obligándolo a usar algo para que lo soltara. Y Kazuya debió despertarse en algún punto ante la incómoda posición en la que se durmió porque lo encontró durmiendo plácidamente en su futón.
«¿Y si soy sonámbula y no lo sabía? ¿Es consecuencia de no dormir bien?», pensaba Sora.
Prefirió no seguir maquinando hipótesis y disfrutar de su último día en la posada. No se visitaban aguas termales todos los días.
Y ya con mejor actitud puso atención a lo que decían sus dos amigas.
—Menos mal que ni el entrenador ni Takashima-san se dieron cuenta del desorden que hubo en cada cuarto. —Sachiko se hundió en el agua caliente hasta el cuello—. Si nos hubieran descubierto estaríamos en graves problemas.
—Los chicos salieron corriendo cuando nos vieron salir. —Reía Yui al recordar la escena tan graciosa—. Los pobres no sabían en dónde meterse por la vergüenza que tenían.
—Furuya-kun estaba colapsando. —Umemoto rio descaradamente—. Es la primera vez que noto emociones en esa cara estoica.
—Por cierto, Sora. ¿Tú dónde pasaste la noche?
Si ellas hablaron abiertamente sobre haber tenido dos muchachos en su habitación por una noche entera, ella podía decirles la verdad.
—En el cuarto de Eijun-kun. Él me dio permiso de quedarme —contestaba para esas dos curiosas—. Dormí en la sala para no generarle problemas ni a Kazuya ni a Yōichi.
—Y nosotras que pensábamos que habías dormido junto a Miyuki para reforzar sus lazos de pareja.
—Sacchin, harás que Sora se sonroje. Además, estamos en preparatoria. Somos muy jóvenes para hacer ciertas cosas.
—Justamente porque somos jóvenes es que deberíamos disfrutar de las experiencias que la vida nos da. Sé que Sora piensa igual que yo. ¿Verdad?
Sus mejillas tenían que estar rojas por algo más que el vapor caliente o esas dos no sonreirían con doble intención.
—Dinos hasta dónde has llegado con Miyuki.
—¡Sacchin!
—Un abrazo y una tomada de mano en público —tanteó.
Las dos ocasiones en que estuvieron a solas con sus manos explorando el cuerpo contrario, permanecerían como un secreto inconfesable; un momento íntimo que no sabía si los había logrado unir un poco más como pareja.
—Con lo descarado que es y siendo tan soso —espetó Sachiko con decepción—. Bueno, ya sabes quién también luce como ese típico muchacho que no haría nada hasta llegar al matrimonio.
—Sacchin, respeta.
—Yo también comparto esa misma idea con respecto a él. Aunque a mí me parece algo lindo...
—¡El primer amor siempre es tan puro e inocente! ¡Un mar de emociones desconocidas que te aturden y te hacen volar alto!
—Nunca me has contado sobre tu primer amor, Sacchin.
—Cuéntanos cómo fue, quién era él —pedía animadamente Sora.
—¡Yo no dije que me había enamorado! Solamente comenté algo que leí en un libro.
—Y yo que creía que hablabas de Kawakami-kun.
—¡¿Qué?! ¡Yui! ¡Claro que no!
—Es con quien más hablas. Y muchas de las veces por las que te has ido tarde es porque estás charlando con él, ya sea de béisbol o la vida cotidiana.
—¡¿Tú también, Sora?!
—Kawakami-kun es un buen chico —aseguraba Yūki—. Es tranquilo y siempre está dispuesto a ayudar a otros. Y creo que le gusta un grupo de música coreano... Lo escuché de Shirasu-kun.
—Stray Kids es el nombre del grupo.
—¿Y su comida favorita cuál es?
—El sushi y el pollo frito.
—Lo conoces bastante bien. —Sora picaba su mejilla con suavidad—. Voy a ponerles más atención de ahora en adelante.
—¡No, no lo hagas!
Las risas divertidas de aquel par que disfrutaban del nuevo descubrimiento se escuchaban fuertes y claras del otro lado; justo donde se ubicaban las termas de uso exclusivo para hombres.
Kawakami quería esconderse bajo la primera piedra que encontrara, fingir que nunca escuchó la conversación de esas tres chicas ni la insinuación que arrojaron sobre Umemoto.
Lamentablemente no pudo escapar. No con esas miradas que le exigían que contara su propia versión de la historia.
—No sé de qué se sorprenden cuando es bastante obvio. —Kuramochi estiró los brazos antes de apoyar su mano sobre el hombro de Miyuki—. Deberían ser más discretos, ¿no crees? Como tú y Sora.
Kazuya se había mentalizado para que su día estuviera plagado de insinuaciones descaradas de su parte. No movería su piso tan fácilmente.
—Y dime, ¿dormiste bien anoche? ¿Tu nueva almohada te relajó hasta quitarte el insomnio?
Maldijo al corredor cuando hizo esas preguntas tan alto como para que los chicos lo escucharan.
—¿Una almohada que quita el insomnio?
—¿Existe algo como eso?
—Sí. Existe. Miyuki la usó durante toda la noche porque no podía dormir —contaba alegremente Yōichi—. Gracias a eso está completamente relajado.
—Miyuki-senpai, ¿dónde adquirió esa almohada milagrosa? ¡Necesito una! Últimamente me ha costado conciliar el sueño.
—La compró en internet desde noviembre del año pasado. Pero recién la usó y está muy satisfecho con su textura y suavidad.
Kazuya tampoco pudo escapar. Esa mano fue puesta intencionalmente para tenerlo quieto en su posición, soportando las pedradas que le lanzaban.
—Miyuki-senpai, ¡préstenos su almohada durante la semana de parciales! Eso me ayudará a dormir sin preocupaciones.
—Yo también quiero probar —hablaba Furuya.
Si explicaba lo que aconteció quedaría como el pervertido más grande de Seidō. Un idiota con insomnio que se acurrucó descaradamente en los brazos de su novia como si su cama no lo satisficiera, como si el calor y fragancia de su cuerpo calmaran su estrés.
Él ya era consciente de que era un adolescente susceptible al capricho de sus hormonas. Mas no por eso iba a exponerse a sí mismo y contarles lo que hizo a puerta cerrada con su novia. Debía mantenerse sereno, inmutable, como si nada lo perturbara.
—No.
Su contestación fue seca, contundente. Quizás con un tono demasiado fuerte para denegar el préstamo de una simple almohada.
—¿Por qué no? ¡No seas envidioso! —Sawamura frunció el entrecejo—. ¡Somos compañeros de equipo y debemos ser compartidos!
Se zafó del grillete que lo ataba a las termas. Y con un pie fuera, miró por encima de su hombro al molesto muchacho.
Sonrió mostrando sus perfectos y blancos dientes. Había arrogancia cosiéndose en sus ojos.
—Lo siento, no sé me da muy bien eso de ser compartido. Tendrás que buscarte una por tu cuenta.
Eijun lanzó pestes ante el egoísmo de su capitán. Kuramochi rio ante ese enunciado que revelaba más cosas de Miyuki de lo que todos esos chicos se imaginaron.
Y Kazuya se sintió aliviado de librarse de todos sus compañeros de equipo.
Miyuki fue el primero en abordar el autobús. Él era quien, en apariencia, ansiaba llegar cuanto antes al estadio y enfrentar a Akae. Sin embargo, no era esa expectativa por el partido lo que lo llevó a no esperar al resto del equipo, sino la llamada que recibió a media noche mientras dormía.
Era de su abuela. Quien le escribía ocasionalmente para saber sobre él y cómo llevaba la vida en Seidō.
—En tantos años y no deja de ser tan terco.
La cordial introducción terminó. Y la indeseable noticia lo golpeó con pensamientos negativos, intrusivos; visiones que auguraban una catástrofe.
Lo llamó para que estuviera al tanto de lo que le pasó a su padre, mas no para encerrarlo en un estado de locura y desgaste mental. Las palabras de aliento de su abuela lo salvaron de su propia angustia.
Que no fuera nada grave lo apaciguó. Empero, su mente le mostró que sólo era una tranquilidad superficial; un grito de que debía asegurarse por sí mismo que todo estaba bien. Y ese conflicto interno entre no llamarlo directamente y aguardar por una actualización de su estado de salud lo condujeron al insomnio. Insomnio que lo arrastró a estar con Sora.
Su plática casual lo distrajo. Y las caricias sobre su cabello relajaron su cuerpo; tan afables que las extrañó cuando ella recuperó su espacio.
Finalmente sucumbió. Y en la búsqueda de su comodidad sus cuerpos se amoldaron con descarada perfección.
El rítmico sonido de su corazón cantándole al oído. La calidez que entibiaba su cuerpo por la íntima cercanía. El sentido de protección que le trasmitía mientras dormía enganchada a él. Todo ese conjunto de nuevas impresiones lo llevaron a reinterpretarse, a aceptar que estaba cómodo a su lado platicando de cualquier nimiedad; a consentir y desear ser tocado por ella más allá de una connotación carnal.
Era un desastre.
—El primero en subir siempre, ¿eh? Por eso el puesto junto a la ventana es tuyo cada vez que salimos.
La vio apoderarse del asiento colindante y destapar su lata de café frío. Un sorbo profundo, un suspiro de satisfacción. Cuánto amaba el café.
—Después de enfrentar a Akae y Kadowaki volveremos a Kokubunji…
—Te oyes como si quisieras quedarte más días.
—Quería disfrutar de las aguas termales por más tiempo… —Se ladeó precipitadamente hacia él. Sus narices casi se rozaron—. Kazuya, ¿aún es válido el premio que ganamos en el rally del año pasado?
—¿El premio de las aguas termales?
—Sí. Justamente.
—Expiró a inicio de este año.
Sora de dejó caer sobre el respaldo de su asiento como un globo desinflado.
—Solamente es agua caliente. Ponle sales de baño a tu bañera y será prácticamente lo mismo.
—Kazuya, ¡las aguas termales tienen muchos beneficios para el cuerpo humano! Estimulan el sistema inmunitario, facilitan la digestión de todo tipo de alimentos, disminuyen los dolores musculares, ¡entre muchas cosas más!
Miyuki rio. Ella continuaba lamentándose su mala suerte.
—Kazuya, cuando termine el torneo de verano y tengamos menos ocupaciones, vayamos a disfrutar de unas aguas termales. ¿Qué te parece?
—Lo pensaré —soltó con vileza y chanza—. Ya sabes que mi tiempo es valioso.
—Tacaño. —Entrecerró sus ojos y sonrió con astucia—. Te convenceré. Me acompañarás a esas termas.
—Eso quiero verlo.
Él aceptó su desafío con su sonrisa más insolente.
La noche los recibió al descender del autobús. Su pequeña travesía finalizó con resultados favorables. Mas nadie regresó a Seidō creyendo que el torneo de verano sería tan benevolente con ellos. En aquellos juegos de práctica tropezaron con sus debilidades, abrazando su torpeza e ingenuidad; todo con el fin de seguir la senda que les permitiera mejorar y volverse dignos de portar un dorsal.
Después de la reunión con el entrenador se fue directamente a la entrada de los dormitorios. Ese fue el punto de encuentro convenido. A partir de ahí se desplazaron por la periferia. Y envueltos por las luminarias, eran sostenidos por una banca de concreto y madera.
—Tu padre siempre ha sido una persona muy obstinada. Y la edad solamente lo ha empeorado.
—¿Cómo sigue? ¿Está tomando sus medicamentos?
—Las enfermeras han hecho un grandioso trabajo para que cumpla con su tratamiento —contaba animadamente—. Mañana temprano el médico lo evaluará. Si todo sale bien, lo darán de alta.
—Siempre se exige demasiado. Ve el descanso como una paria. —Su último gramo de preocupación abandonó su cuerpo en forma de suspiro—. Irremediablemente este día llegaría.
—Lo criticas y eres igual… Kazuya, has heredado de él algo más que sus deficiencias visuales —Acarició amorosamente su cabeza para que levantara la mirada. Estaba demasiado taciturno—. Se recuperará pronto.
Desvanecimiento por agotamiento físico. Ese fue el diagnóstico del urgenciólogo después de realizar los estudios y laboratoriales pertinentes.
—Y mientras recobra sus fuerzas y su obsesión hacia el trabajo, estaré con él. Bajo mis cuidados comerá saludablemente y descansará lo suficiente.
—Todavía no me has dicho cómo fue que te enteraste.
—En el taller de tu padre hay una pizarra. Ahí están puestos los números telefónicos de familiares para llamar en caso de emergencia. Supongo que recurrieron a esa medida por si alguien llegara a sentirse mal —informó—. En el caso de Toku está tu número, el de tu abuelo y el mío.
—Gracias por venir a cuidarlo.
—No iba a dejar solos a mis dos hombrecitos.
Ella lo abrazó cariñosamente de costado. Hacía tanto tiempo que no apapachaba a su nieto que disfrutaría de aquel pequeño regalo que le otorgaba la vida. Kazuya sonrió dichoso. Siempre fue así con él desde que era un niño pequeño: afectuosa y comprensiva.
—Tu padre no quería que te enteraras porque sabía que te preocuparías por él, que no te concentrarías en la escuela y en el club de beisbol. No deseaba tenerte en vela por algo que pasaría en unos días.
Su padre no había cambiado ni un poco. Todavía seguía minimizando sus malestares, su propio sufrimiento. Y en eso ambos se parecían mucho.
—Lo regañé por ser tan obtuso. Y le advertí que te informaría sobre lo que le había ocurrido, que yo manejaría la situación.
No objetó por el actuar egoísta de su padre porque él también había pecado. Persuadió a Rei y al entrenador para que no contactaran a su padre para informarle sobre su lesión. Ese incidente nunca fue conocido ni por su padre ni sus abuelos.
No quiso preocuparlos ni interrumpir el ritmo de sus vidas. Justo lo que su padre intentó fallidamente.
—Permaneceré en la ciudad hasta que tu padre se recupere completamente —prometía—. Y te escribiré para informarte su mejoría.
—Te lo agradecería.
—Y ya que hemos tratado el asunto más delicado, pasaré al segundo motivo por el que vine a buscarte. —Se apartó de su nieto para rebuscar en su gran bolsa de mano—. Es tu regalo de cumpleaños atrasado.
Bajo el papel azul encontró una compacta caja. Era un teléfono inteligente.
—Sabes que no es necesario. Yo estoy bien con mi celular.
Intentó devolver el presente, pero falló.
—Tienes ese teléfono desde secundaria. Es un milagro que todavía funcione.
De vez en cuando se trababa alguna tecla o dejaba de reproducir el sonido repentinamente, pero no eran motivos de peso para jubilar a su teléfono. Le gustaba su sencillez y cómo se plegaba.
—Todavía funciona bien.
Y se lo hubiera demostrado si la pantalla no se hubiera trabado.
—No pasa siempre…
—Vamos, ve abriendo esa caja para que familiarices con tu nuevo celular —proponía—. Y no te preocupes, cuenta con un instructivo muy detallado.
—Ni como hacerte cambiar de opinión, ¿cierto?
—No pierdas tu tiempo con guerras perdidas, Kazuya —soltó cínica—. Ahora encendámoslo.
Sora sostuvo firmemente la regadera de mano, pasándola meticulosamente desde su cabeza hasta la punta de sus pies. Necesitaba deshacerse del polvo y la suciedad que estropearon su ropa y su cabello.
Su piel perdió rápidamente su natural calidez. Su cuerpo, insensible a la frialdad del agua, procesó lentamente el dolor físico que se concentró fuertemente en dos zonas de su anatomía: sus antebrazos y el costado izquierdo del tórax.
Con el cuerpo sumergido en el agua caliente de la bañera divagaba en los rincones más recónditos de su memoria. Ignoraba las risas de sus padres en el piso de abajo y los pasos de sus hermanos sobre el pasillo de la segunda planta.
—Fue en la zona centro… Después de que volvimos y dejé el campus.
El ese festín de sonidos diversos únicamente escuchó con claridad los fuertes pasos que creyó parte de la multitud hasta que se detuvieron detrás de ella.
Ensimismada, husmeando el contenido de su bolsa, no dimensionó ni el escenario en el que estaba parada ni la persona que la sujetó bruscamente desde atrás.
Apoyarse de un contenedor de basura la salvó del suelo. Pero también la confinó a la oscuridad y estrechez del callejón al que fue empujada violentamente.
Instintivamente cubrió su rostro con sus antebrazos. Impidió una posible nariz rota. Mas eso no disminuyó la potencia con la que aquella patada frontal la estampó contra un contenedor metálico.
Se paró solamente para comprobar que sus reflejos ya no eran tan agudos como hace años atrás. De haber reaccionado antes no estuviera en el suelo resintiendo el impacto de una patada lateral ejecutada con destreza y mucha potencia.
Se puso de pie, tragándose el dolor y la humillación. Marcó su distancia, encerrándose en una postura defensiva. No podía atacar precipitadamente después de que le demostró que no sólo tenía fuerza bruta sino también habilidades para causarle más daño.
—¿Quién demonios eres y qué es lo que quieres?
La gorra que llevaba oscurecía la zona de sus ojos. Y el cubre bocas distorsionaba sus rasgos faciales. Únicamente tenía su altura, su complexión física y los dos zarcillos de oro en su oreja derecha.
—No lo tomes personal. Es trabajo.
Su voz grave se escalonaba entre la burla pasiva y el goce.
—¿Un trabajo? ¡¿Quién te ha mandado?!
—Sorprende cómo una chica tan joven como tú ha hecho tantas cosas malas.
No analizaba sus palabras porque estaba buscando una apertura que le permitiera escabullirse de su agresor.
En un espacio tan cerrado y con un rival de quien desconocía el alcance real de sus técnicas de combate, un encuentro cara a cara la mandaría muy probablemente al hospital.
—Responde mi pregunta.
—Estoy sorprendido. Te golpeé con la suficiente fuerza para dejarte tendida contra el piso y estás ahí de pie, como si no sintieras dolor.
—No necesito tus malditas adulaciones.
—Qué boquita tan sucia tienes.
Relajó su cuerpo. Evaluó sus posibilidades. Un golpe contundente a la rodilla era imposible, tendría que bastarle una patada rápida y sin tanto brío para que él se centrara en su malestar momentáneo y pudiera escapar.
Su plan quedó en resguardo. Su reunión privada fue expuesta ante el hombre mayor que salió hacia el callejón.
—¿Podrías dejar de hacer tanto ruido, muchacho?
La autoridad con la que habló los hizo voltear. El adulto de barba de candado tenía el brazo derecho descubierto plagado de tatuajes coloridos. Y su mano izquierda se aferraba a una barra de metal.
—Estás molestando a mis clientes, mocoso.
Su agresor maldijo la interrupción y se marchó.
—¿Te encuentras bien?
Era más imponente de cerca.
—Sí.
No conllevó molestias mayores el caminar. Sin embargo, cuando se agachó a recoger su bolso tentó la posibilidad de un desgarro muscular.
—Gracias por lo que hizo.
Giró sobre sus pasos hacia el hombre que la salvó inesperadamente, obsequiándole una reverencia. Una dolorosa reverencia.
—Pasa un rato a mi establecimiento —indicó una vez parado frente a la puerta que permanecía entreabierta—. Solamente lo asusté. Probablemente esperará a que salgas de este callejón para continuar con lo que dejó pendiente.
Un razonamiento que ella no podía ignorar.
—Esos ojos de desconfianza son buenos, chiquilla.
—Mi abuelo me enseñó a no irme con desconocidos.
—Ese anciano te crio bien —espetó—. Saldremos de este callejón y te acompañaré mientras tomas un taxi.
—A eso sí puedo acceder.
Era la hora en que muchos salían del trabajo. El tráfico bullía entre automóviles y personas. Y los taxis pasaban frente a ellos cargados de pasajeros.
Su estómago gruñó ante el delicioso olor que llegó hasta su nariz. No había comido nada desde que regresaron de Saitama. Era natural que su cuerpo exigiera algo que contentara a su barriga.
A sus espaldas se erigía un restaurante de fachada tradicional. Se especializaba en el monjayaki y el okonomiyaki.
—Oheji. —Leyó.
—Es mi restaurante. Ofrecemos platillos de gran calidad con ingredientes frescos.
—Podría pasar un rato y corroborar sus palabras...—murmuró.
No perdía de vista los diestros movimientos de manos del cocinero. Tenía la destreza para girar las tres enormes pizzas japonesas una tras otra con su juego de espátulas.
Los ingredientes frescos explotaron en una nube de olores que sedujeron con eficiencia los estómagos de los comensales que contemplaron desde primera fila cómo fue preparada su comida.
El primer mordisco le supo a gloria.
—¡Esto es increíblemente delicioso!
No paró hasta que su plato estuvo vacío. Y por su gran amor profesado al okonomiyaki pidió dos más.
—Creo que he comido demasiado rápido. —Se resistió a un futuro hipo insistente—. Mas no pude contenerme... Las verduras, el alga seca, las escamas de bonito, la mayonesa, la salsa... ¡Todo es calidad premium! Además, la salsa sabía un tanto diferente, pero no por ello era menos deliciosa.
—Tienes un paladar muy sensible, muchacha. Has acertado.
El hombre que la salvó salió de la cocina limpiando sus manos con un paño.
—La modificamos un poco para darle nuestro toque personal.
—¡Crearon arte! —Se abstuvo de pedir otro más o estallaría—. Sería la mujer más feliz si pudiera comer esto a diario.
—Para eso tendrías que casarte con el cocinero.
—No me molestaría casarme con él si mis días están llenos de okonomiyaki.
—Ya la escuchaste —soltó para el muchacho que continuaba frente a la plancha cocinando—. Y tú que siempre te estás quejando de que no hay chicas que valoren tus esfuerzos.
Sora no notó el tenue sonrojo en las mejillas del adolescente, pero sí el marrón claro cerca de la pupila y las trazas verdes en la periferia.
Ojos avellana.
—Te pido de favor que ignores las palabras de mi viejo. Ya está en esa edad en que divaga.
—Sin problemas. —Terminó su bebida y sacó su cartera—. Este tipo de malentendidos los he tenido durante toda mi vida. Un mal añadido por estar rodeada de chicos... En este punto de mi vida tengo dos suegras esperando a que forma parte de su familia y otra que quisiera que desapareciera de la vida de su hijo.
—Igualmente te pido disculpas en su nombre. Mi padre es muy impertinente.
—Eso no le quita lo buena persona que es. —Puso el dinero sobre la barra y miró al hombre curtido en años—. Me salvó de aquel idiota. Estoy en deuda con usted.
Extendió hacia el joven cuatro cupones dorados.
—No traigo demasiado efectivo, así que por el momento deje agradecerle dándole estos cupones... Son para el restaurante que tenemos mi familia y yo. Funcionan para cualquier día de la semana y para cualquiera de nuestros platillos.
—Es el establecimiento que está a cargo de Takuma Yūki, ¿no?
—Exactamente. Él es mi padre… ¿Has visitado nuestro restaurante familiar?
—He ido solamente un par de veces. La comida es muy buena —habló el muchacho—. Gracias por los cupones.
—De nada.
Se inclinó suavemente antes de despedirse y salir. Afortunadamente tomó un taxi. Tenía el trayecto de vuelta a casa para controlar el dolor de su cuerpo y no ser descubierta por su familia.
—¿Qué es lo que va a pasar?
El vapor empañaba el espejo sobre el lavabo. Ni su cuerpo ni sus ánimos estaban preparados para abandonar la bañera. El agua caliente le reconfortaba el cuerpo y la mente.
—Soy una idiota... De haber prestado más atención a mi entorno no hubiera sido tomada por sorpresa.
Aún pensaba en el desconocido que la agredió y en las palabras que le dirigió. Fueron demasiado específicas para dejar su encuentro en manos del azar.
Tenía las piezas, mas se negaba a armar el rompecabezas.
¿Qué la detenía de relacionar a aquella mujer con el violento extraño y los mensajes que han estado enviándole?
La inverosimilitud.
—¿Piensa hacerme pagar por lo que ocurrió con Tajima?
Sumergió la cabeza. En ese mundo acuático donde cualquier sonido externo se distorsionaba, su mente detuvo el afluente de caóticos pensamientos que descarrilarían su cordura.
Consciente de su participación en aquel juicio moral, aceptó y cargó con la culpa por confiar y señalar. El autocastigo impuesto durante el primer mes a la tragedia la llevó al insomnio, al llanto silencioso que ahogaba abrazando su almohada, a la amargura de perder a quien más necesitaba a su lado, a sobrellevar un corazón roto por una amistad que nunca creyó la abandonaría... El segundo mes también se sintió como el infierno en la Tierra. Y para el tercero ya se encontraba lejos de Sendai, desconectada de todas esas dañinas emociones.
No era a ella a quien tenía que arrastrar a su venganza.
Aspiró aire violentamente. Demasiado tiempo bajo el agua. Demasiado tiempo escarbando dentro de su moralidad y la aceptación de las consecuencias de sus actos.
—¿Cómo puedo hacerme cargo de esto?
Tanteó mordiendo su labio inferior. El estrés ya se manifestaba en su cuerpo sin que ella misma lo percibiera.
—Decirles a mis padres no resolverá nada. Si es que creen en mis conjeturas.
Años atrás, siendo una niña, se acercó a ellos para quejarse de las duras palabras y maltratos que recibía por parte de su abuela por no ser y comportarse como la nieta perfecta nacida de su preciado niño dorado. Mas no creyeron en ella ni en la otra cara que poseía la elegante y letrada anciana. ¿Con qué confianza se acercaría a contarles que era asediada por aquella mujer desdichada y hambrienta de retribución?
—Si se lo cuento a Sae y Rei-chan querrán estar conmigo en todo momento. Y uno de ellos buscará al idiota del barbijo para darle una paliza. No puedo arrastrarlos nuevamente al mismo tormento.
No necesitaba preocuparlos más por el mismo tema que debió resolverse la primavera de hace un año atrás.
—Tampoco puedo mencionárselo a mis hermanos. No soportaría que salieran lesionados por mi culpa.
Se puso su bata y enrolló su cabellera con una toalla blanca. Sus antebrazos ardían, pero su costado derecho pronto reduciría su movilidad.
—Tomaré un antiinflamatorio y otras medidas previsoras o mañana todos descubrirán la tunda que me dieron por no defenderme apropiadamente.
