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CRÓNICAS DE LAS ALMAS PERDIDAS
Una historia basada en RANMA 1/2 de Rumiko Takahashi
Escrita por ZETAGÉ
Comentario del autor:
Hola. Como siempre, gracias por leer mi historia. Creo que FFnet está teniendo muchos problemas con los servidores al momento de actualizar los archivos. Ante esto, me permito recordarles que también estoy publicando en otros sitios como AO3 y, si es que ese sitio deja de ser tan problemático, Wattpad. Mi nombre de usuario de esas y otras plaformas en las que publico cosas las pueden encontrar en mi perfil.
CAPÍTULO II - LA ALDEA DE LAS ALMAS PERDIDAS
Escuchó un zambullido y, antes de darse cuenta, estaba sumergida en aguas profundas. Sobre ella, un sol lejano reflejándose en la superficie; debajo, las sombras de un fondo que no parecía llegar nunca. El agua la envolvía como un cálido abrazo que la tranquilizaba, dejándola en un estado que le hacía dudar si lo que estaba experimentando era real o parte de un extraño sueño.
Flotaba, inmóvil y ligera en aquel lugar, mientras a su lado, como si hubieran caído junto a ella, una gran cantidad de siluetas la acompañaban hacia las profundidades. Las figuras eran difusas, sin rasgos distinguibles, pero una en particular captó su atención. De hecho, parecieron llamarse mutuamente.
Se giró sobre sí misma bajo el agua y comenzó a avanzar hacia esta sombra. Para su sorpresa, la figura lejana imitó su movimiento a la perfección. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, pudo distinguir algo en ella: la sombra de un hombre joven. Nada más que una silueta, pero una que la observaba y anhelaba tal como ella lo observaba y anhelaba a él. Sintió en su pecho un deseo incontrolable por tocarlo, por confirmar que existía.
Alzó la mano, con un gesto inseguro aunque firme. Para su sorpresa, como si compartiera el mismo impulso, la figura del hombre nuevamente la imitó a la perfección, como el reflejo en un espejo. Y cuando sus dedos se rozaron, vio al hombre joven gritar, como si quisiera advertirle de algo.
Entonces, el agua comenzó a bullar. Burbujas viscosas la rodearon con furia, cegándola. El líquido se volvió espeso y abrasador. Intentó gritar, pero su garganta estaba bloqueada. Se golpeó el pecho con desesperación mientras el agua hervía a su alrededor, sofocándola, hasta que lo que trababa su garganta cedió.
El aire seco entró a sus pulmones con violencia. Tosiendo sin control, se giró sobre sí misma y sintió arena saliendo de su boca. Tragó más aire, pero este le raspó la garganta como si fuera la primera vez que respiraba. Jadeó y abrió los ojos, pero el sol la cegó de inmediato y volvió a cerrarlos con un gemido de dolor, incapaz de soportar la intensidad de la luz. Luego llegó un dolor de cabeza, un martilleo constante que amplificaba cada sonido y movimiento. Se llevó las manos a las sienes, intentando calmarlo, pero su cuerpo no respondía como esperaba. Se inclinó torpemente hacia un lado y cayó al suelo, golpeándose contra una superficie áspera y caliente.
—Agh… —se quejó, llevándose una mano a la frente.
Intentó abrir los ojos nuevamente, con lentitud y cuidado esta vez, y permitió que la luz volviera a cegarla hasta que su visión se acostumbrara. Al comienzo solo vio manchas borrosas de luz, pero poco a poco ante ella comenzaron a definirse formas. Un techo de lona raída colgaba sobre ella, y a su alrededor había un espacio reducido y desordenado: cajas apiladas sin cuidado, mantas tiradas en el suelo, y una pequeña mesa con utensilios que parecían improvisados. Todo era tosco y sencillo, pero suficiente para protegerla del sol abrasador que se filtraba por las grietas.
Se apoyó con los codos y, tras un esfuerzo considerable, logró ponerse de pie. Sus piernas temblaron, como si no estuvieran acostumbradas a cargar su propio peso. Mareada y tambaleante, se dirigió hacia lo que supuso era una salida: un trozo de tela que colgaba, ondeando ligeramente con la brisa cálida que entraba desde afuera. La apartó con una mano temblorosa, y el sol la golpeó de lleno.
—¡Ah! —jadeó, cerrando los ojos con fuerza mientras un nuevo dolor atravesaba su cabeza.
Cuando finalmente logró entreabrir los párpados, lo primero que vio fue el horizonte: un vasto desierto que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Dunas rojizas se alzaban y descendían como olas petrificadas, y el cielo despejado era un lienzo de azul infinito que parecía intensificar el calor.
Más cerca, justo al borde del desierto, había un asentamiento que rompía la monotonía del paisaje. Tiendas y chozas precarias formaban un conjunto caótico, conectadas por senderos de arena compactada y oscurecida por el uso. Pero lo más extraño no era la disposición del lugar, sino sus habitantes: a lo largo de las calles improvisadas, humanos y animales trabajaban lado a lado en una extraña armonía. Aún preguntándose si estaba soñando, vio a un hombre de rostro curtido por el sol martillando metal, mientras un perro a su lado cargaba pequeños cubos con herramientas. Más allá, un pato empujaba un barril con agua, y una mujer lo seguía con un cántaro en las manos. Sobre uno de los techos, una rana rechoncha usaba su larga lengua para ayudar a una mujer a elevar una cesta de comida hacia una ventana donde unas aves esperaban para recogerla.
—¿Qué… Qué demonios es este lugar? —murmuró, frotándose los ojos sin saber si todavía estaba soñando.
Avanzó unos pasos hacia el asentamiento, pero una mano pesada y regordeta se posó en su hombro, deteniéndola. Giró la cabeza y se encontró con una mujer robusta de rostro redondo, que la miraba con una mezcla de indignación y exasperación.
—Ni zài gàn shénme?! —exclamó la mujer con brusquedad, cruzándose de brazos mientras espetaba palabras que le parecían gerigoncio.
—¿Qué…?
La mujer, arqueando la boca y juntando las cejas con indignación, chasqueó la lengua antes de continuar con tono exasperado:
—Ni wèishéme guāngzhe ziu zài jiē shàng?! —La muchacha se hundió de hombros y negó con la cabeza, sin entender palabra—. Wǒ tǎoyàn xīnshēng de línghún! —exclamó entonces la mujer, con exasperación.
Con claros deseos de no continuar lidiando con alguien que no entendía una palabra de lo que le decían, la mujer soltó un bufido y giró la cabeza, gritando hacia la calle más cercana:
—Bǎomù! Lái bâng tâ!
Siguiendo la dirección hacia la que la mujer se había girado, la muchacha notó que un pequeño grupo de habitantes de aquel extraño lugar había comenzado a reunirse para chismear lo que ocurría ahí. Al volver a verlo, le resultaba desconcertarte contemplar la mezcla de animales y personas interactuando como si aquello fuera lo más normal del mundo. Sin embargo, sus sentimientos de extrañeza se esfumaron al instante y sus emociones dieron otro vuelco cuando, atendiendo al llamado de la mujer, una figura emergió de entre la multitud, capturando su atención de inmediato. Se trataba de una mujer joven, acaso de su edad, aunque un poco más alta que ella. Tenía el pelo oscuro y largo, recogido con una coleta alta. Tenía la piel clara y sus ojos marrones miraban con una mezcla de severidad con algo que la muchacha no pudo identificar. Con solo verla sintió que los colores se le subían al rostro. Por instinto, desvió el rostro para que ella no viera su sonrojo ni notara los sentimientos confusos que le había provocado, pues sentía algo muy extraño que no lograba distinguir.
Ignorante del dilema interno que le había provocado, la muchacha que atendió el llamado de la mujer regordeta se acercó a ella sin pronunciar palabra, evaluándola con un vistazo rápido con el ceño fruncido. Entonces, señaló hacia la tienda desde donde había salido, pronunciando más palabras en ese idioma extraño que la muchacha no lograba identificar. Dejando escapar un bufido agotado, se golpeteó entre las holgadas ropas que vestía, y pronto una criaturita oscura emanó perezosamente de entre ellas, dejándose caer al suelo con un suave plop.
—¿Esto es en serio? —preguntó a la muchacha mientras señalaba a la criaturita—. ¿Un cerdito?
Justamente, la criatura que había salido de las ropas de la chica se trataba de un cerdito negro que la miraba con dos enormes ojos enjuiciadores. A su cuello llevaba un collar amarillo con un colgante en el que había dibujado un carácter chino y sobre su cabeza llevaba puesto un gorrito ridículo, también de color amarillo, que se ajustaba a duras penas entre sus dos largas orejitas negras. De no ser por lo surrealista de la situación, su aspecto le habría hecho reír.
—¿Tienes un problema conmigo? —le respondió el cerdito de pronto, en un perfecto japonés.
La muchacha abrió los ojos de par en par:
—¡El cerdo habla!
—¿Es en serio? —resopló el cerdito, divertido—. ¿Eso es lo que te sorprende de todo esto? A mí lo que más me sorprende es que estés desnuda frente a todo el mundo, pervertida.
—¿Eh?
Solo entonces la muchacha se observó y cayó en cuenta de que no llevaba nada puesto. ¡Había estado todo ese tiempo sin ropa! Entendió, entonces, por qué se había formado la multitud que se estaba reuniendo. Sintió que le ardía hasta la coronilla, y no por el calor del sol exactamente, y con un grito ahogado, se giró y corrió hacia la tienda cubriéndose como pudiera con las manos. Ni siquiera se molestó por detenerse cuando tropezó con unos utensilios en su carrera y dio tumbos en círculos en el camino junto a baldes, cucharas y azadones de madera que al final terminaron desperdigados en la calle cuando ella desapareció tras la tela de su tienda.
La muchacha que había atendido al llamado se llevó una mano a la frente ante tal escena y la mujer regordeta al final se alejó, maldiciendo en su idioma extraño. Pero el cerdito estaba muy divertido con lo que había visto, y con una amplia sonrisa de dientes blancos en su oscuro rostro, sentenció:
—Definitivamente un alma recién nacida. Siempre me divierten.
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El interior de la tienda era sofocante. Las paredes de lona parecían absorber el calor del sol y el aire olía a una mezcla de hierbas secas, madera quemada y ungüento. Estaba sentada en una esquina, envuelta en unas mantas que la otra chica le había pasado sin decir palabra. Pero incluso si hubiera hablado, la barrera del idioma habría impedido que entendiera. A pesar del alivio que le proporcionaba cubrirse el cuerpo, su mente seguía dando vueltas, intentando asimilar, sin éxito, lo que estaba ocurriendo.
Ante ella, la chica que la acompañaba en la tienda —la misma que había respondido al llamado de la mujer regordeta allá afuera— se movía con eficiencia de un lado a otro, concentrada en lo que fuera esa cocción en la que trabajaba. Vestía unas prendas azuladas que danzaban con ella a cada movimiento, a pesar de que sus gestos eran bruscos y poco femeninos. Su cabello, largo y oscuro, se agitaba con cada paso, recogido en la corona de su cabeza por una cinta roja. Su melena descendía hasta la mitad de su espalda, sujeta en un segundo amarre con otra cinta roja, dejando un mechón que seguía cada uno de sus movimientos.
De pronto, la muchacha se dio cuenta de que se la había quedado mirando fijo, siguiéndole el movimiento sin pestañear. En cuanto se percató, sintió una punzada de incomodidad en el pecho y desvió la vista rápidamente. Como muchas cosas ese día, aquella sensación también le confundía.
—Balm —escuchó una voz irritante hablándole. Alzó la vista y encontró al cerdito negro, cómodamente recostado sobre una pila de mantas, mirándola con una mezcla de picardía y pura diversión.
—¿Qué? —respondió ella, tratando de aguantarse el desagrado de mirar al cerdo que hablaba.
—Balm —repitió la criaturita—. Así se llama. Te quedaste mirándola tan embobada que pensé que te gustaría saber su nombre.
—¡Un momento! ¡Yo no…! —Se trabó en seco al notar la mirada cada vez más inquisitiva del cerdito. Lo peor era que se estaba divirtiendo.
—De verdad que eres rara —continuó él, rascándose la mejilla con una de sus pezuñitas rosadas—. Llevas recién unas horas de nacida y ya te encaprichaste con una de las doncellas de la aldea. ¡Y además, ambas son chicas! ¡Rara y pervertida!
—¡Cerdo idiota! —la muchacha exclamó, tratando de cubrir su sonrojo con una actitud airada—. ¡Si hay algo raro acá eres tú! ¿Qué eres, un peluche maldito o algo así?
—¿Idiota yo? ¿Te has mirado en un espejo? —respondió el cerdito, estirando el cuerpo como si aquella discusión le resultara agotadora—. A diferencia de ti, soy un alma especial a la que el señor Shui-Feng otorgó dones como el habla y una inteligencia muy superior a la tuya —la miró de soslayo—, así que te recomiendo que me tengas más respeto.
—¡Agh! —La muchacha se puso de pie de un salto, haciendo rodar lejos el taburete de madera en el que estaba sentada—. ¡Eres un peluche exasperante! ¡Vuelve a insultarme y…!
Pero cualesquiera fueran las amenazas que iba a lanzarle al cerdito, la muchacha se las tuvo que guardar, pues de pronto la otra chica, a quien el cerdito había llamado Balm, dijo algo en voz alta y se acercó hacia ella, indicándole con un dedo que regresara al taburete. La muchacha soltó un bufido y, desviando la mirada hacia cualquier parte donde no se encontrara con los ojos de ella, cogió el taburete y volvió a sentarse, en silencio. El cerdito soltó una risa victoriosa ante esto, pero aquello pareció no gustarle a Balm, quien intercambió con él algunas palabras en ese idioma extraño que hablaban. Aunque no entendía nada, el tono de la conversación le permitió saber que el cerdito se estaba quejando con Balm por algo que ella le había pedido que hiciese. Claramente, él no quería cooperar, pero Balm se lo quedó mirando fijo con el ceño fruncido y el cerdito, a pesar de sí mismo, acabó aceptando.
—Por si te lo preguntas —le dijo tras tumbarse molesto sobre las mantas, volviendo a hablar en el idioma que la muchacha podía entender—, Balm me está pidiendo que tenga compasión de un alma tan vulnerable como tú y te ayude a comprender tu situación actual, así que si tienes preguntas, dispara.
—¿Es en serio? —resopló ella—. Me siento ridícula hablando con un peluche de…
Pero no alcanzó a terminar la frase. Balm, murmurando algo en su idioma, se dejó caer con firmeza sobre otro taburete que había puesto delante de ella y, sin previo aviso, le sujetó la cara con ambas manos, girándola de golpe. Al tenerla frente a frente, y tan cerca, a la muchacha le fue imposible resistir sus emociones. Su rostro ardió mientras la miraba directo a los ojos. Eran marrones, profundos y absorbentes. No entendía por qué, pero se sintió atrapada. Entonces, llegó a su nariz el aroma proveniente de ella y sintió que, increíblemente, su sonrojo se intensificaba. No entendía el motivo, pero su pecho se apretó con una sensación extraña. Inquietante. Familiar. Le dificultaba pensar con claridad.
—Pervertida —la voz del cerdito cortó el momento, burlándose de ella.
—¡Cállate! —le gritó, pero se le atascó la garganta cuando Balm puso sobre su rostro un paño con la cocción que había estado preparando y comenzó a frotársela en el rostro. Acto seguido, volvió a espetar una sola palabra y el cerdito masculló ante la nueva orden que había recibido.
—De acuerdo —dijo, con evidente desagrado—. En vistas de que eres una ignorante que ni siquiera es capaz de preguntar, te explicaré tu situación según a mí me parezca conveniente. Si me crees o no, es problema tuyo —La muchacha quiso insultarlo, pero Balm le apretaba los cachetes con tanta brusquedad que ni siquiera podía abrir la boca—. Te encuentras en tu nuevo hogar: la gloriosa y maravillosa Aldea de las Almas Perdidas, bajo los generosos dominios del gran y misericordioso señor Shui-Feng. Aquí habitamos las almas a las que Él, de infinita bondad, ha dado una nueva oportunidad para redimirse.
—No entiendo nada… ¿Quién es ese…? —masculló ella, abriendo muy poco la boca antes de que Balm volviera a apretarle para pasar el paño, limpiándola con tanta delicadeza como una luchadora tratando de coser con los puños. Sentía que cada zona por la que pasaba el bendito paño le raspaba, dejando tras de sí un ardor que se mezclaba con el calor del ambiente.
—Con tu nivel de inteligencia, no me extraña —molestó el cerdito—, así que te explicaré con tanto detalle que hasta un alma idiota como tú pueda entenderlo —se limpió la garganta y se arregló el gorrito de la cabeza para darse importancia, ignorando el bufido de la muchacha, y continuó hablando—: Asumo que recordarás un lugar llamado «Zhouquanxiang». Ah, espera, te estoy dando demasiado crédito. Se me olvida que un alma tan insignificante como tú no entiende una palabra de chino, así que asumiré que lo conoces por su nombre mal pronunciado en tu feo idioma: Jusenkyo.
La muchacha, por instinto, ahogó una exclamación ante la mención del nombre, pero Balm no le permitió moverse.
—¿Segura que aguantarás que te siga contando? —rió el cerdito, con sorna ante la reacción de la muchacha— A mí me divierte, pero…
Al parecer, Balm comprendió lo que decía el cerdito y lo miró de reojo con una expresión que no permitía doble lecturas. La criaturita negra carraspeó para quitárse los ojos de Balm de encima y siguió hablando:
—Jusenkyo, el lugar donde desde hace miles de años se encuentran las posas malditas. Cae en alguna de ellas y ¡plaf!, sales convertido en cualquier otra cosa. Te suena, ¿cierto?
—¿Puedes hablar claro? —dijo la muchacha con dificultad, resistiendo el paño que Balm le pasaba ahora por la nuca con brusquedad. Parecía una lija pasándole por la piel, y la manera en que Balm la aplicaba hacía que se sintiera como una tortura.
—Mira, si quieres un curso de sentido común, ve con otro. Yo solo estoy aquí porque me obligaron —dejó escapar un suspiro agotado—. En fin, acá te va: cuando un ser vivo cae en alguna de las posas, no solo se transforma en lo que fuera que se haya ahogado ahí, sino que su alma se divide entre la persona que originalmente fue y lo que se hubiera ahogado en las aguas, provocando que...
—Espera… un poco —lo interrumpió la muchacha con brusquedad—. No entiendo… ¡nada!
Lo intentaba, pero no podía concentrarse en lo que el cerdo negro estaba diciendo. El paño le irritaba tanto que ya solo podía pensar en eso. Tanto le molestaba que las emociones que había sentido antes habían sido reemplazadas por su enojo. Sin pensarlo demasiado, levantó los ojos a Balm y la miró duramente, sorprendiéndola:
—¿Se puede saber para qué es esta cosa que me estás echando?
Pero Balm no se detuvo. Frunciendo su propio entrecejo, y con una mueca de indignación, volvió a tomar a la muchacha y le giró el rostro hacia un lado para aplicarle el ungüento detrás de la oreja.
—¡Arg, me duele! —se quejó esta, sin aguantar más—. Eres muy torpe, ¿sabes?
Se dio cuenta de que la había insultado cuando escuchó sus propias palabras saliendo de su boca. Se arrepintió en el acto y esperó, con la esperanza de que Balm no hubiera entendido sus palabras. Pero esta detuvo su labor y la miró con una expresión que no necesitaba traducción. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Eh, espera. No quise…
Pero fue inútil. Balm le tiró el paño a la cara con una fuerza innecesaria y se puso de pie con brusquedad. Su mirada era filosa, y aunque no entendía las palabras, el mensaje era claro: "Pues hazlo tú misma". Luego, sin más, salió de la tienda con pasos firmes, sin mirar atrás.
—Eso fue un error —murmuró el cerdito, sacudiendo la cabeza—. Balm no es precisamente alguien fácil de tratar.
—No quise insultarla…
—Claro que no, pero lo hiciste —el cerdito dio un pequeño salto para colocarse frente a ella en el taburete que Balm había abandonado y volvió a acomodarse el gorrito; parecía ser su hábito—. Mira, será mejor que salgas. Como eres torpe, creo que podré explicarte mejor las cosas si las ves con tus propios ojos. Quizás hasta consigas entender un poco.
Ella frunció el ceño.
—¿Salir a pasear contigo así como si nada? —levantó el género que le cubría el cuerpo— ¿Y vestida con una manta?
Como si la hubiera invocado, la mano de Balm apareció en la entrada y le lanzó un puñado de ropas con tanta brusquedad que no tuvo tiempo de esquivarlas.
—Bueno —dijo el cerdito—, al menos ese asunto queda arreglado. Termina de aplicarte el ungüento si no quieres que el sol carcoma esa piel de recién nacida que tienes y vístete. Te estaré esperando afuera.
La muchacha tomó las prendas que Balm le había tirado y solo vio género y cintas de tonos blancos y rojos. No sabía qué hacer con ellas.
—Espera un momento —se quejó—. ¿Cómo se supone que me ponga esto? ¡Es ropa de mujer!
El cerdito se la quedó mirando extrañado tras bajar del taburete.
—Ajá, y tú eres una mujer. ¿O es que recién te diste cuenta? No me digas que prefieres andar desnuda otra vez. ¿Tienes idea de lo difícil que es cuidar de un alma pervertida como tú?
Pero el cerdito calló y salió disparado de la tienda justo a tiempo para esquivar el taburete que la muchacha le había lanzado con furia. Lo escuchó reír tras la puerta de lona y entrecerró los ojos. Algún día lo convertiría en estofado. Pero por ahora lo más importante era descifrar cómo ponerse esas cosas que tenía entre las manos. Tampoco le gustaba la idea de andar en cueros por la calle.
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La muchacha caminaba junto al cerdito a través de las calles de arena compacta de la Aldea. Aunque le tomó un mundo descifrar cómo ponérselas, al final logró vestirse con las ropas que le había lanzado Balm. Se trataba de una túnica larga y sencilla de color cremoso que se afirmaba a la cintura mediante una cinta roja que, a su vez, iba amarrada a la altura de la cadera. Aunque la ropa le daba espacio para moverse, le resultaba áspera al tacto. Le tomaría tiempo acostumbrarse a ella, pero era mucho mejor que andar desnuda o envuelta en una sábana. Además, el tejido, pese a su rudeza, ayudaba a mantener el cuerpo fresco bajo el calor abrasador del desierto, lo cual agradecía. Según le había explicado el cerdito, ese traje se llamaba hanfu y era tradicional del lugar. Prestando atención mientras caminaba, notó que casi todos los habitantes de la Aldea vestían ropas similares, aunque la suya era claramente femenina.
—Entonces —lo interrumpió el cerdito desde su hombro mientras se ajustaba nuevamente el gorro. Sin siquiera pedirle permiso, se había instalado a un costado de su cabeza mientras caminaba—, ¿vas entendiendo lo que estoy diciendo o quieres que te lo dibuje en la arena?
La muchacha le lanzó una mirada de pocos amigos.
—Entiendo que eres un pedazo de tocino bastante molesto, por si eso cuenta.
—Eres un encanto —se burló la criatura—. Ahora respóndeme, porque no pienso repetirlo: ¿de verdad vas entendiendo tu situación?
La muchacha dejó escapar un largo suspiro exasperado mientras hacía un ademán exagerado con una mano hacia las tiendas y chosas que se levantaban a su alrededor.
—Nos encontramos en la "Aldea de las Almas Perdidas", donde vienen a parar las almas que se crean cuando un ser vivo cae en alguna de las posas malditas de Jusenkyo. Al caer en una posa, el alma de lo que sea que se ahogó ahí comienza a habitar en ese cuerpo junto al alma original. Pero cuando ese ser vivo muere, el alma de la posa se libera y viene a dar aquí. Por ejemplo, tú eres un Alma del Cerdito Ahogado cuya persona murió y llegaste aquí. ¿Lo dije bien?
—Sí —indicó el cerdito con una pezuña en alto—, aunque te olvidaste de la parte en la que debemos agradecer al Señor Shui-Feng por permitirnos despertar aquí. Lo normal es que cuando un maldito de Jusenkyo muere, nosotros nos vamos al garete junto a él. No todas las almas llegan acá de forma automática, ¿lo entiendes?
—Ah, sí. Lo olvidé —respondió la muchacha sin darle importancia—. Lo que no entiendo es esto: se supone que uno viene acá después de morir, ¿no es así? Como si este fuera el Paraíso, o algo por el estilo.
—Ajá —dijo el cerdito, mirándola con sospecha.
—Pero si es así, ¿por qué no recuerdo nada de mi vida anterior? Ni siquiera sé qué tipo de Alma sería yo. Siento la cabeza vacía, como si no hubiera nada antes de despertar aquí.
—Eso es lógico. Después de todo, eres una cabeza hueca —concluyó el cerdito con cierto orgullo.
La muchacha se lo quedó mirando con cara de pocos amigos, pero no dijo nada, concediendo que su pregunta había dejado la puerta abierta para que el cerdito le devolviera una broma pesada. Sonriéndose satisfecho, la criatura negra continuó hablando:
—Es normal que no recuerdes nada. Ninguno de nosotros lo hace. Cuando apareces en la Aldea es como si volvieras a nacer, y ningún recién nacido recuerda cuando estuvo dentro del cuerpo de su madre, ¿o sí?
—Entiendo —la muchacha miró a su alrededor, donde los habitantes de la Aldea, personas y animales por igual, realizaban sus quehaceres diarios sin prestarles atención—. Entonces, ¿todos acá son almas de malditos de Jusenkyo que han muerto?
—'Somos' —la corrigió el cerdito—, eso también te incluye a ti.
La muchacha sintió un nudo en el estómago. Pensar en que ella era, al final, el alma de alguien que ya había muerto le resultaba espeluznante y le volaba la cabeza. Se miró las manos y las abrió y cerró repetidamente, sintiendo los músculos moviéndose.
—Cuesta creerlo. Siento que estoy viva.
—En cierto sentido, lo estás —respondió nuevamente el cerdito—. Y ya sabes a quién agradecérselo.
Dichas palabras las pronunció mientras con su hociquito señalaba hacia un gran edificio que se alzaba a la distancia. Aunque la Aldea estaba formada por tiendas de lona o construcciones bajas, aquella edificación rompía con todo: una fortaleza de varios pisos erguida sobre una meseta rocosa, dominando el paisaje como un vigia silencioso. Las paredes, blancas y desgastadas por el sol, contrastaban con las tejas oscuras que coronaban cada nivel. Los techos se curvaban hacia arriba, rematados con adornos que semejaban garras aferradas al aire. Pequeñas campanillas de bronce colgaban de los aleros, tintineando suavemente con la brisa caliente del desierto. Alrededor de la base, un muro bajo de piedra estaba salpicado por estandartes que se agitaban perezosamente al viento. En el centro, una gran puerta doble de madera oscura permanecía cerrada, flanqueada por dos figuras inmóviles que, desde la distancia, no parecían del todo humanas.
—Ese es el palacio del señor Shui-Feng —dijo el cerdito, y la muchacha escuchó en su tono una admiración que no era para nada fingida.
La muchacha dejó escapar un silbido, cubriéndose los ojos con una mano para que el sol no le impidiera ver a lo lejos.
—Con todo lo que lo mencionas, se nota que el tipo es importante. ¿Qué es? ¿El alcalde de la Aldea o algo por el estilo?
El cerdito tensó todo el cuerpo, como si le hubieran lanzado un cubo de agua helada. Se quedó inmóvil un segundo, como si procesara las palabras, y luego giró lentamente la cabeza hacia ella, con los ojos entrecerrados y las orejas temblando de indignación.
—¿Alcalde? —repitió, como si la palabra le supiera amarga—. ¿Alcalde? —soltó una risa incrédula—. Claro, y supongo que Jusenkyo es solo un charco un poco grande, ¿no? ¡Estamos hablando del señor Shui-Feng! ¡El amo y señor de la Aldea, el guardián de las almas malditas, el gran benefactor sin el cual tú no existirías! Compararlo con… ¡con…! —el cerdito se atragantó de lo enojado que estaba.
La muchacha arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
—¿Ya terminaste? Porque si querías impresionarme, deberías haber empezado por algo que no sonara a panfleto de una secta.
—¡Eres una ignorante sin remedio! —bufó el cerdito, parándose en sus cuatro patitas sobre su hombro—. No entiendo cómo alguien tan estúpidamente cabezadura como tú logró siquiera respirar por primera vez. Si tuviera un espejo te obligaría a mirarte y… ¡Ouch!
La muchacha le había dado un manotazo en la cabeza, sin mucha fuerza, pero lo suficiente para que el cerdito trastabillara y cayera sobre su brazo. Indignado, sin pensarlo dos veces, este abrió la boca y la mordió con la furia de un animal diminuto, pero vengativo.
—¡Oye! ¡Duele! —exclamó ella, sacudiendo el brazo.
—Xīnshēng de línghún wūēnán dà chīdàn dà bái chī dà biàntài! —gruñó el cerdito, mordiéndola con más ahínco.
—¡Deja de hablar incoherencias y suéltame de una vez, condenado tocino andante!
Aun en medio de su forcejeo, ambos se extrañaron cuando un murmullo de voces creció a su alrededor y muchos aldeanos comenzaron a correr en dirección contraria a la fortaleza, apartándose de las callejuelas para congregarse en lo que parecía una plaza improvisada.
—¿Ahora qué? —resopló la muchacha, sobándose el brazo enrojecido mientras observaba el movimiento.
Uno de los aldeanos, un hombre mayor de aspecto curtido y barba entrecana, detuvo su carrera al notar al cerdito negro sobre el hombro de la muchacha y, con urgencia, comenzó a hablarle en chino. El cerdito, rodó los ojos al escuchar lo que el hombre le decía.
—¿Se puede saber qué está pasando? —le preguntó la muchacha cuando el anciano reanudó la carrera.
—Balm y Basin están peleándose nuevamente —el cerdito se rascó se ajustó el gorrito sobre la cabeza—. ¿Es que esos dos no se van a cansar nunca? ¡Oye!
El cerdito tuvo que afirmarse con fuerza a las sedas del hanfu para no salir volando, pues la muchacha al escuchar el nombre de Balm había decidido imitar a los aldeanos y correr a toda prisa hacia la plaza, la que ya estaba atestada de gente. Ignorando las protestas del cerdito, se abrió paso entre la multitud dando codazos y empujones, hasta llegar al borde de la multitud, donde se detuvo en seco.
Frente a ella, en medio de la plaza improvisada, Balm estaba plantada como un muro, con los puños apretados y el ceño fruncido, enfrentando a un hombre alto y robusto. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta baja, la mandíbula marcada y unos ojos oscuros que fulminaban con la misma intensidad de un depredador irritado. Su hanfu era de tonos terrosos y estaba desordenado, como si se lo hubiera puesto a la carrera o, más probablemente, después de una pelea anterior. Si no fuera por la expresión de pocos amigos y la postura arrogante, podría haber pasado por alguien atractivo.
—Ese es Basin —murmuró el cerdito, todavía aferrado al hombro de la muchacha—. Un alma del Hombre Ahogado. Cree que porque tiene músculos puede ir por la vida como un señor feudal.
—Y por lo visto, no sabe cuándo detenerse —respondió la muchacha, apretando la mandíbula.
—Ni que lo digas —concedió el cerdito—. Tiene un pésimo carácter y se la pasan peleando con Balm. Todavía no entiendo qué vio el señor Shui-Feng en ambos para prometerlos en matrimonio.
Esto último pilló a la muchacha completamente por sorpresa. Giró el rostro para ver directamente al cerdito y quizás qué cara había puesto, porque este se la quedó mirando extrañado.
—¿Balm está prometida con ese tipo?
Pero justo cuando terminó esa pregunta, el murmullo de los presentes aumentó, tal como si fuera una olla a presión a punto de estallar. Basin se acercó varios pasos a Balm, lanzándole una frase cortante en chino que hizo que Balm levantara aún más el mentón, sin retroceder ni un paso ni siquiera cuando Basin la tomó del brazo. La discusión subía de tono rápidamente cuando Balm, con un movimiento brusco, se deshizo del agarre de su prometido y este, sin más advertencia, levantó la otra mano y le propinó un bofetón que resonó en el aire caliente como un latigazo. La muchacha sintió que algo estallaba dentro de ella al ver a Balm tambalearse y llevarse la mano a la mejilla, con los ojos desorbitados por la sorpresa y la humillación.
—¡Solo un cobarde golpea a una mujer! —rugió, lanzándose hacia adelante sin pensar.
Antes de que el cerdito pudiera detenerla, ya estaba en el aire, con una patada voladora perfectamente dirigida a la mandíbula de Basin. El impacto fue tan certero que el hombre retrocedió varios pasos, tropezando con un barril y cayendo de espaldas en la arena.
La plaza entera contuvo el aliento.
—¡Te mato si vuelves a tocarla! —amenazó con un grito, poniéndose en guardia como una luchadora experta—. ¡¿Entendiste?!
—Estás usando ese feo idioma tuyo —dijo el cerdito, que había logrado afirmarse quién sabía cómo para no caerse ante la maniobra—. Está claro que no te va a entender una palabra.
La muchacha no le respondió, sino que lo tomó del collar que llevaba alrededor del cuello y se lo lanzó a Balm, quien la miraba con incredulidad.
—Cuida de ella, cerdito. Esto es asunto entre hombres.
—¡Pero si eres mujer!
La muchacha ignoró sus protestas, pues ante ella Basin volvía a levantarse. Aunque se tambaleaba por el golpe, la muchacha sabía que un ataque como ese no era suficiente para dejar fuera de combate a un hombre como él.
Un momento, se preguntó de pronto. ¿Cuándo fue que aprendí a pelear así?
Basin la miró enseñando los dientes, con el hanfu y el cabello completamente desordenados y, por lo que la muchacha veía, con su orgullo masculino completamente humillado. Señaló a la muchacha con un puño en alto y gritó algo, pero esta claramente no le entendió.
—Te está preguntando quién eres, con varios insultos incluidos —le señaló el cerdito a la distancia—. ¿Qué le digo?
La muchacha se lo pensó un momento.
—¡Traduce esto! —gritó al cerdito, sin despegar los ojos de su contrincante—. Dile que podemos dejar esto hasta aquí si decide irse y promete no acercarse más a Balm.
—¡Pero es su…!
—¡Tú solo hazlo!
Con un suspiro ofuscado, el cerdito pareció obedecer y se dirigió a Basin con un tono más o menos casual, aunque con una sospechosa sonrisa que se le dibujaba en su carita negra:
—Rúguò nǐ zhèngzài fānyì zhège, xièxiè nǐ de guānzhù. Bùyào wàngjì liúxià yìjiàn!
Los ojos de Basin se abrieron como platos y su rostro enrojeció como una tetera a punto de estallar. Sin mediar más palabras, avanzó hacia la muchacha con la furia de un toro desbocado.
—¡Oye! —exclamó la muchacha, sin apartar la vista de su oponente—. ¡¿Qué diablos le dijiste?!
—Exactamente lo que pediste —respondió el cerdito, encogiéndose de hombros—. Ah, y también insinué que tú eras más hombre que él y que quizás hasta la tenías más larga.
—¡Maldito cerdo idiota! —gritó la muchacha justo cuando Basin se lanzaba sobre ella.
La pelea fue breve, pero intensa. Aunque Basin era fuerte —algo que hasta ella podía notar por una experiencia que no sabía que tenía— su enojo lo volvía torpe y fácil de esquivar. Sin saber por qué lo hacía, guiándose simplemente por su instinto, la muchacha aprovechó que Basin se abalanzó nuevamente hacia ella para apoyarse en el cuerpo de su oponente con la palma de la mano, haciendo uso de la inercia del movimiento de este para impulsarse y dibujar un arco en el aire sobre él. Sin resistirse a la tentación, en medio de su pirueta, aprovechó de estirar una mano y golpear de lleno a Basin en la coronilla de la cabeza con el dedo índice. Cuando volvió a tocar tierra con ambos pies juntos y bien plantados en el piso, la muchacha se giró nuevamente hacia él en posición de guardia, sonriéndose abiertamente. La multitud rugió, impresionada.
El golpe en sí no provocó ningún daño físico, pero por la expresión en el rostro de Basin, estaba claro que había hecho mella grande en su orgullo. Este se reincorporó con todo el cuerpo temblando. Dirigió unos ojos llenos de odio hacia ella y luego, con la misma expresión, miró a Balm, que ya estaba de pie con el cerdito negro entre sus brazos. Esta se sorprendió por la intensidad con la que su prometido la miraba, pero no desvió sus ojos de él, enfrentándolo con el ceño fruncido. La muchacha se sonrió al verla reaccionar así, aunque de nuevo sintió una punzada extraña en el pecho.
De un momento a otro, un nuevo murmullo comenzó a emerger de entre los aldeanos congregados en la plaza, llamando la atención de la muchacha.
—No puede ser… —escuchó decir al cerdito de pronto, y en esta ocasión su voz parecía genuinamente emocionada.
Los aldeanos, tanto humanos como animales, comenzaron a abrir espacio e inclinarse ante dos figuras que se abrían paso entre ellos mientras recibían sus loas. La muchacha dudó acerca de desviar los ojos del oponente ante ella, pero finalmente cedió a la tentación y observó a los recién llegados. Le llamó inmediatamente la atención la figura humana que caminaba hacia ella con la despreocupación de quien sabe que el mundo gira a su favor. Vestía un hanfu blanco impecable con detalles dorados y llevaba el cabello largo, negro como la medianoche, recogido en una coleta alta que caía a su espalda. Su rostro era perfecto, de una belleza casi irreal, y su sonrisa amplia irradiaba calidez y confianza. A unos pasos detrás de él, una figura imponente avanzaba en silencio reverencial: un panda enorme, con un sombrero cónico de paja y una expresión inexpresiva, como si la situación no fuera de su incumbencia, quien levantaba una gran sombrilla para proteger a su señor del calor del sol del desierto. Era un Alma del Panda Ahogado y, a todas luces, su sirviente. Algo de esto último le pareció extremadamente familiar.
El cerdito se liberó del abrazo de Balm y se inclinó profundamente apenas tocó tierra, diciendo unas palabras que la muchacha no entendió al hombre que se acercaba. Balm, por su parte, hizo lo propio y cayó de rodillas junto al cerdito, inclinando el rostro ante el recién llegado. Incluso Basin, que se acercó a ellos emanando un espíritu lleno de hostilidad, se arrodilló dócilmente cuando el hombre estuvo solo a unos pasos de ellos. Sin entender el motivo de tanta formalidad, la muchacha se los quedó mirando a todos, sintiéndose absolutamente fuera de lugar.
—Idiota, muestra respeto —murmuró el cerdito entre dientes y sin levantarse—. ¿Es que de verdad eres tan tonta para no entender lo que está pasando?
—Pero…
Sin embargo, su respuesta se ahogó en la risa cándida del hombre que había llegado y se había plantado frente a ella. Ahora que lo tenía cerca, la muchacha se sorprendió de lo alto que era y de cómo la miraba. Le llamó mucho la atención el color de sus ojo, de un dorado profundo e intenso.
—Pero qué tenemos aquí —dijo él en un perfecto japonés con una voz melódica y suave, mientras llevaba una mano al cabello de la muchacha, el que tomó entre los dedos para deslizarlos en toda su longitud—. Cabello rosáceo y largo, aunque en otras almas lo he visto rojo como el fuego. Por sus ondulaciones puedo imaginar que los tuviste atados en una trenza en tu vida anterior —La muchacha sintió un escalofrío cuando las manos del hombre le acariciaron el rostro blanco con una delicadeza pasmante—. Ojos igual de rosáceos, aunque en otras los he visto azulados; siempre varía, pero su fortaleza no cambia —El hombre se sonrió, complacido mientras observaba el resto de su figura sin siquiera intentar ocultar cómo la estudiaba de pies a cabeza, haciéndola sentir frágil y expuesta, una sensación a la que no estaba para nada acostumbrada—. Y tu estatura no es tanta. Han pasado siglos desde que vi a una como tú, un Alma de la Joven Ahogada. Bienvenida a mi Aldea.
—Tú eres…
El hombre se sonrió abiertamente, mostrando los dientes blancos y perfectos.
—Mi nombre es Shui-Feng, Señor de las Aguas de Jusenkyo. Y no, no soy ningún alcalde, por si te lo preguntas. Sin embargo, me alegro de verte tan despierta y llena de energía —se sonrió más todavía—. Espero que disfrutes de la eternidad que te espera aquí… con dicha y alegría.
La muchacha, el Alma de la Joven Ahogada, parpadeó varias veces.
—¿Eh? —murmuró sin comprender.
Shui-Feng inclinó levemente la cabeza, como si estuviera disfrutando de su confusión.
—No te preocupes —le dijo, acercando mucho el rostro a ella. El Alma de la Joven Ahogada podía sentir el calor de su aliento mientras hablaba—, el tiempo vuela cuando estás en buena compañía.
Dicho esto y tras otra carcajada, Shui-Feng se volvió y comenzó a desandar el camino por el que había venido, seguido de cerca por el Alma del Panda Ahogado, perdiéndose entre la multitud que volvía a llenarlo de halagos.
El Alma de la Joven Ahogada se había quedado boquiabierta, sin encontrar palabras. Hasta que de pronto algo pareció calzar dentro de su cabeza. Dirigió la vista hacia el cerdito negro que estaba a sus pies y preguntó:
—¿Eternidad? —Se llevó una mano al cabello rosáceo, sintiéndose abrumada—. Espera… ¿Es que esto no es un sueño?
El cerdito negro se cubrió la cara con una patita.
—Esto va a ser largo… —maldijo entre dientes.
Ranma 1/2 © Rumiko Takahashi
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