17 años antes
Akasha tenía los ojos cerrados mientras se sumía en sus pensamientos. Nunca había cuidado un bebé antes; no tenía experiencia. Pensó en pedirle ayuda a Velgrynd y Velzard, pero ellas no querían ver a Milim.
Estaban molestos al saber que su hermano había perdido sus poderes y se había vuelto humano por un bebé que murió a manos de una humana común y corriente. El enojo era tanto que se convirtió en un tabú para los dragones verdaderos restantes tener hijos.
Después de varias horas, Akasha abrió los ojos al escuchar el llanto de Milim. — Velda... me has dejado un gran trabajo — suspiró Akasha con pesadez, aunque una pequeña sonrisa colgaba de sus labios.
Tomando una decisión, se levantó y caminó hacia su habitación. Abrió la puerta y se dirigió a una cuna rosada. Dentro de ella estaba Milim, llorando mientras se movía.
Akasha se agachó y la tomó en sus brazos, haciendo que Milim dejara de llorar, la mirara tontamente y comenzara a jugar con su cabello, babeándolo en el proceso. Akasha decidió ignorarlo sabiamente y la llevó afuera para preparar su comida.
Mezcló el biberón y se sentó en el sofá, acomodando a Milim en su brazo izquierdo. — Ahora, vas a comer y te irás a dormir. ¿Entiendes? — le preguntó Akasha mientras la miraba.
La pequeña Milim parpadeó, mirando el biberón en la mano de Akasha, y asintió, sorprendiendo a Akasha. — Tú... olvídalo, toma — dijo, dándole el biberón mientras comenzaba a beber.
Media hora después, Milim se había quedado dormida tomando su leche. Akasha la llevó a su cuna y la arropó antes de salir y cerrar la puerta detrás de él.
Llegó a la sala y se sentó en el sofá, cerró los ojos mientras eliminaba todo pensamiento de su mente. Pronto apareció en otro lugar.
Vacío absoluto. Eso sentía al volver a este lugar. Un espacio que no albergaba nada, pero tenía el potencial de todo. Los significados y conceptos no tenían cabida; llamarlo «nada» sería degradarlo.
Pero Akasha era esto; todo esto era Akasha, y se sentía en paz. Se relajó y buscó lo que quería. La encontró al instante, y su vida pasó ante sus ojos en un segundo. Encontrando lo que quería, Akasha asintió con una sonrisa.
— Iniciando manifestación de existencia... creando recipiente de la existencia... alma creada.
Akasha abrió los ojos, regresando a la sala de su casa. Con un gesto de su mano, una bola de luz morada apareció frente a él. Miró el alma con una sonrisa.
— Voz del Mundo, construye un cuerpo para esta alma — le dijo Akasha al vacío. Inmediatamente se escuchó a la Voz del Mundo.
«Petición concedida. En breve se iniciará la creación del cuerpo y evolución del individuo: Scáthach.»
«Iniciando proceso... proceso fallido, energía insuficiente.»
Akasha no se inmutó y en su mano apareció otra bola blanca deslumbrante. — Usa esta alma; debería ser suficiente — dijo Akasha.
«Analizando... Núcleo Divino. Se puede usar como sustituto de energía.»
— Úsalo — declaró Akasha. Dicho esto, el núcleo blanco se dispersó en partículas y fluyó hacia el alma morada.
«Confirmado. Iniciando proceso... se ha detectado que el individuo: Scáthach, posee atributos que no se corresponden con ninguna clasificación racial existente.
Analizando... análisis de datos concluido. Se ha identificado una nueva forma de vida que no se clasifica dentro de las existentes. Se recomienda la creación de una nueva clasificación racial: Espíritu Divino.»
«Iniciando obtención de habilidades intrínsecas; Inmortalidad, Manipulación Mágica, Barrera Multicapa, Detección Universal, Movimiento Espacial. Adquiriendo resistencias... completado. Anulación de dolor, Anulación de Ataques Físicos, Resistencia a Ataques Espirituales, adquiridos.»
«Adaptando habilidades. La habilidad Asesino de Dioses evolucionó hacia la habilidad unica [Asesino de Dioses]. La habilidad Sabiduría de Dún Scáith evolucionó hacia la habilidad unica [Autoridad de Dún Scáith].»
Cuando la evolución terminó, ante Akasha quedó una hermosa mujer con un traje de batalla morado y largo cabello morado cayendo sobre su espalda. Akasha la agarró antes de que cayera al suelo y la llevó a una de las habitaciones; esperaría a que despertara.
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Al día siguiente.
Scáthach abrió los ojos. Inmediatamente, en su mano apareció una lanza roja como la sangre, mientras desaparecía y reaparecía en el centro de la habitación. La escaneó y, a pesar de no sentir peligro, no bajó la guardia.
Salió por la puerta y caminó por el pasillo, sus pasos ligeros pero firmes, su rostro sereno a pesar de que en su mente corrían diferentes maneras de matar a la persona que la había enviado aquí.
Después de caminar unos metros, llegó a lo que suponía era la sala de este lugar, donde una niña de no más de 4 meses se reía mientras veía dibujos animados.
Ignorando a la bebé, Scáthach miró al lugar de donde provenía el olor a comida. Ahí estaba un hombre de apariencia algo andrógina, de al menos veinticinco años, con cabello blanco atado en una cola alta y una sencilla túnica negra sobre su cuerpo, viéndola con unos ojos azules sin emociones.
— Al fin despertaste. Bien, coloca los vasos en la mesa — dijo el hombre mientras quitaba su mirada de ella y se disponía a servir la comida.
Scáthach no supo cómo reaccionar durante un tiempo; se quedó mirando al hombre que se atrevió a hablarle así, a ella, que durante su vida mató hombres y dioses por igual. Pero su curiosidad le ganó, e hizo lo que el hombre le pidió.
Cuando el hombre sirvió la comida, fue hasta donde la bebé de antes y la sentó en su pierna mientras un vaso de leche aparecía en su mano y se lo daba.
Scáthach vio cómo la bebé tomaba felizmente la leche, cuando escuchó el ritmo de los dedos del hombre.
— Siéntate, por favor. Pregúntame y yo te responderé — dijo el hombre, mientras juntaba sus manos frente a su pecho.
Scáthach lo miró, sintiéndose insegura por la confianza que emanaba del hombre, pero aun así se sentó de una manera que solo una reina haría.
— ¿Quién eres? ¿Dónde estoy y por qué me trajiste del Reino de las Sombras? — le preguntó Scáthach mientras miraba fijamente los ojos del hombre, buscando algún atisbo de algo.
El hombre no respondió mientras tomaba un poco de su café. Cuando el café bajó por su garganta, sonrió. — Bueno, bueno. Empecemos por el final.
— Decir que te saqué del Reino de las Sombras no es del todo incorrecto — dijo lentamente. — Sigues en la Tierra de las Sombras, o al menos así lo es otra versión tuya — explicó el hombre, para confusión de Scáthach.
— ¿A qué te refieres exactamente con eso? — preguntó Scáthach confundida.
El hombre no dijo nada por un momento mientras organizaba sus palabras.
— La Raíz registra todo, no como una biblioteca donde guardas datos o información. Registra tu existencia. No distingue entre tu yo del futuro o pasado, de la línea de tiempo 1 o 560; no existes como alma, solo estás «tú» en tu forma más pura.
El hombre se detuvo un momento y siguió. — Simplemente te manifesté y te coloqué en un recipiente, lo que llaman alma; luego te traje a este mundo — terminó de hablar el hombre mientras tomaba de su café.
Scáthach no dijo nada, pero sabía de lo que hablaba el hombre frente a ella. Sabía lo que era la Raíz; estaba conectada a ella como todos los dioses en la Era de los Dioses. Pero aún estaba sorprendida por lo último que dijo.
'¿En serio me sacó de la Raíz?' Ese pensamiento fue lo único que realmente sorprendió a Scáthach.
Finalmente, sin otra opción que aceptar su explicación, asintió, sintiéndose algo más relajada. — Está bien, pero dime, ¿qué mundo es este? La densidad mágica aquí es igual a la de la Era de los Dioses.
El hombre sonrió y entre sus dedos se formó una luz dorada que salió disparada hacia la frente de Scáthach a una velocidad que no pudo reaccionar.
Inmediatamente, Scáthach sintió cómo recuerdos le eran implantados en su memoria, desde la estructura del mundo hasta los reinos y cultura. Aunque la cantidad de información no era nada para su cerebro, aun así miró molesta al hombre.
El hombre en cuestión se encogió de hombros. — Eso me ahorra una hora de explicación. Por último, llámame Akasha, así me dicen todos — terminó el hombre de manera casual, mientras tomaba a la bebé que se había dormido mientras comía.
Se paró y comenzó a caminar cuando escuchó la voz de Scáthach detrás suyo.
— ¿Akasha?... tú... tú... eres la Raíz... — su voz, no más que un mero susurro, llegó a los oídos de Akasha, haciendo que suspirara y retomara sus pasos.
