¡Gracias por seguir aquí! Antes de continuar les comento que aquí hay un enfoque de Isabela, así que prepárense para una perspectiva algo diferente e incómoda. Les recuerdo que el fic es meramente fictio con cronología del World Youth del torneo asiático, no va en torno al canon del manga o la serie (aunque ¿ya vieron la continuación del 2023? Amé que pusieran la confesión de Tsubasa a Sanae) y pues nada, aquí tenemos temas "M", están advertidos.

De una vez les comento que no me centré tanto en el vestuario de antro, así que se los dejo a su imaginación.

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Capítulo 10: Bad Romance

"Saudade" es una palabra portuguesa cuyo significado es más simbólico. No tiene una traducción exacta al español o al inglés, pero se refiere a una mezcla de sentimientos complejos: añoranza, nostalgia, melancolía y el deseo profundo de algo o alguien que está ausente. Es como un anhelo por lo que se ha perdido. A menudo se usa para describir una sensación que no es ni tristeza ni felicidad, sino una especie de vacío sentimental por algo que se echó de menos.

Saudade era lo que Tsubasa y Sanae sentían a la distancia: una mezcla de anhelo, nostalgia… insoportable. Pero, como sucede con los vacíos más profundos, cuando decides poner a alguien en ese espacio, la tristeza se disfraza, y lo que antes era una herida abierta se convierte en una ilusión temporal, tan fugaz como la sombra de un sueño olvidado.

Isabela tenía este perfil… Por mucho que quisiera olvidarlo o tomar el toro por los cuernos, sabía que el tiempo que Tsubasa pasó en Brasil la había marcado. Sobre todo por el parecido físico que tenía con la japonesa… ella… Sanae. Parpadeó varias veces mientras tomaba fotos del entrenamiento, tal como era su trabajo en marketing. Estaba allí para dar la nota correspondiente y enviarla rápido a Brasil, pero sus pensamientos no dejaban de regresar a lo que había presenciado, a esa conexión que parecía seguir presente, aunque estuvieran tan lejos.

Suspiró audible. Había pasado ya varios días desde que Tsubasa había sido más que claro: "Hasta aquí." Bastante molesto… no lo culpaba. Sabía que ella misma se había excedido al ir al campo a buscarlo para decirle lo que había descubierto.

¿En qué momento se convirtió todo tan… caótico con él? Se preguntaba muchas veces.

No siempre fue así. En sus primeros días juntos, ella era una persona bastante centrada. De hecho, fue justamente esa calma lo que les permitió conocerse. Como compañeros, compartieron risas y conversaciones ligeras. Mientras ella lo corregía con el portugués en la escuela, él le enseñaba japonés con lo mucho o poco que sabía de ser tutor. Esos momentos fueron sencillos, casi divertidos, y crearon un vínculo genuino entre ellos. Sin que lo notaran, esos intercambios se convirtieron en la base de algo más. Pero claro, todo cambió al convertirse en compañeros de cama. La dinámica se alteró, y lo que antes era una relación sencilla se convirtió en algo mucho más complicado de manejar.

Isabela siempre había sentido una fascinación especial por Japón, por su cultura, por su historia. Pero cuando conoció a Tsubasa, esa admiración por el país del sol naciente se transformó en algo más profundo, algo que nunca había anticipado. La alegría que él irradiaba, esa energía contagiante que lo hacía brillar, la cautivó completamente. Se propuso conquistarle, creyendo que podía ser la mujer que lograra atraparlo de manera definitiva.

Pero Tsubasa nunca dejó de mencionarla… "Sanae"…

Cada vez que pronunciaba ese nombre, algo en su pecho se apretaba. Era como una constante en su relación, un recordatorio cruel de que, por más que ella se esforzara, había alguien más en su vida. Y no era cualquier persona, sino la mujer que había conquistado su corazón mucho antes que ella.

¿Y a quién engañas? Él siempre la había preferido… siempre le hablaba de ella. Las primeras veces que escuchó el nombre de "Sanae", algo inquietante se despertó en su ser. Tsubasa tenía ese efecto en ella, algo que ningún otro hombre había logrado antes. Como si, al mencionar a Sanae, algo en su interior se encendiera. Un deseo de ser la elegida, una chispa que la hacía querer más de él. Y esa fascinación, esa atracción por lo que veía en él en el campo, fue lo que la hizo maravillarse de él.

Fue por eso que también lo hizo: mandarle el video a ella una vez que Tsubasa estaba pasado de copas. Y su actitud cambió. Sabía que había ocurrido algo entre ellos, porque antes Tsubasa parecía siempre tan alegre, tan lleno de energía… pero en cuanto esa chispa se apagó, él también lo hizo. Y con él, parte de su alma se desvaneció. Algo que Isabela sentía con total certeza.

En el fondo, no sabía si se había arrepentido o no de haber mandado ese video… Fue una travesía conseguir el teléfono de ella, sobre todo porque Tsubasa tenía su celular adaptado al idioma oriental. Pero al dar con él, fue como si una victoria extraña y abrumadora se apoderara de su pecho. ¿Se justificaba a sí misma?

No lo sabía… o tal vez, en el fondo, sí lo hacía. Dicen que si realmente quieres conseguir algo, haces lo que sea por hacerlo… aunque eso no siempre signifique hacerlo de manera limpia.

Pero había algo más. Algo dentro de ella, una necesidad de saber, de entender qué había detrás de la aparente indiferencia de Tsubasa. Quizás en su inconsciente, pensaba que, al menos por un momento, podría arrebatarle a Sanae lo que él siempre parecía guardar para ella: su atención total.

¿Qué pudiera ser diferente una de la otra? Se preguntó en silencio… Algo en su interior le susurraba que, de alguna manera, ambas compartían un aire de semejanza. Pero ella era ella, y Sanae era Sanae. La comparación era inevitable, y frustrante, y lo peor de todo, era que no podía evitar sentirse inferior cada vez que pensaba en ello. ¿Por qué le molestaba tanto?

Era más que un simple parecido físico… había algo en la forma en que Tsubasa hablaba de Sanae, como si ella fuera un alma perdida en su corazón, un vínculo que no podía romperse, no importara cuánto lo intentara. Y entonces, ¿qué quedaba para ella? ¿Era sólo una sombra, una sustituta temporal en la que él buscaba consuelo, o realmente podría algún día ser la mujer que él eligiera por sí misma?

Recordó la última discusión previa a lo que fuera su "final", lo que fuera que hubiese sido entre ellos. Lo cierto era que el papel de víctima de Tsubasa era innecesario. Después de todo, él había accedido a esos encuentros, una y otra vez. Fue ese hecho el que la hizo pensar que tal vez, solo tal vez, tendría alguna oportunidad con él. Ambos eran adultos, ¿no? Y si a ella la ponías en la ecuación… bueno, entonces las cosas quedaban claras.

Chasqueó la lengua mientras revisaba los titulares. Cuando estaba a punto de enviar el correo, el Internet se cayó. Perdió la concentración por completo.

¿Y ahora qué? Tsubasa la había bloqueado, así que no había forma de hablar con él. Y para colmo, estaba furiosa. ¿No veía que Sanae ahora estaba con el capitán alemán, Schneider? Era como si todo fuera una ironía cruel.

En otras circunstancias, lo habría dejado todo atrás. Lo habría mandado al demonio y se habría concentrado en ella misma, pero en esta ocasión, simplemente no podía. No cuando ya había dado tanto, cuando tantas veces había revivido en su mente aquellos momentos juntos. No. No estaba dispuesta a dar un paso atrás.

Tal vez por eso no se tragaba la historia de que la otra Aoba Yayoi —¿así se presentó, verdad?— ahora fuera "su novia"… una influencer con miles de seguidores, asediada en redes sociales por su vlog y sus videos sobre fútbol.

Isabela no se conformó con lo que veía. Se dedicó a buscar, como si fuera el FBI, cada pista sobre ella, cada detalle. ¿De dónde salió? ¿Quién era esta mujer que había aparecido de la nada y ahora parecía estar acaparando la atención de Tsubasa? Su mente recorría un sinfín de posibilidades, todas con esa incómoda sensación en el pecho que no la dejaba tranquila. No podía dejarlo ir tan fácil.

Lo que descubrió la hizo entrecerrar los ojos: Aoba Yayoi no era una simple chica. Entendió que ella había sido manager en el Musashi FC, que había tenido algo con Jun Misugi y, por si fuera poco, con Oikawa, un jugador de voleibol famoso. Y ahí estaba, con su canal atiborrado de marcas de maquillaje, moda y una sección llamativa de fútbol llamada "Medio Tiempo", en la que hacía reportajes sobre partidos locales. Todo parecía encajar en su mundo perfecto… pero algo seguía sin cuadrar.

Isabela no tenía claro cómo lo haría, pero algo en su interior la empujaba a buscar respuestas. No podía quedarse con las manos vacías, no cuando había tantas preguntas sin resolver. Esa mujer, Aoba Yayoi, había llegado a su vida como un torbellino, y ahora no podía ignorarla. Tal vez no fuera solo por Tsubasa, sino por todo lo que representaba esta nueva pieza en su rompecabezas.

"Voy a buscar respuestas", se dijo una vez más, sin saber cómo ni cuándo, pero decidida a no dejarlo ir. Quizás todo lo que necesitaba era una pista, algo que la guiara, y tal vez, el día de hoy, ese algo podría llegar de la manera más inesperada.

Estaba en la cafetería de la Federación, como muchas veces antes. El ruido habitual de la gente y el aroma del café llenaban el aire. Se había distraído unos segundos con su teléfono cuando algo la hizo mirar hacia la puerta. Y ahí estaba ella: Sanae.

De manera casi accidental, Isabela la vio entrar, sin previo aviso, como si fuera solo una casualidad. Pero en cuanto sus miradas se cruzaron, Isabela sintió ese impulso, ese deseo de entender más. No fue necesario planear nada, no había necesidad de preguntar nada aún. El simple hecho de que se encontraran así, por azar, le dio la sensación de que las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar, aunque todavía faltaba mucho por descubrir.

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Sanae se levantó temprano para ir a la Federación, decidida a aprovechar al máximo su mañana antes del entrenamiento de Japón. Aunque el equipo no practicaría hasta la tarde, ella sabía que tendría tiempo para continuar con la investigación junto a Manabu. Aquella mañana sentía una paz extraña, como si todo estuviera finalmente en su lugar, como si nada pudiera alterarla.

Se dirigió a la cafetería, su rincón habitual en la Federación. Era el lugar donde podía pensar con claridad, donde los minutos parecían detenerse mientras resolvía los detalles de su día. Estaba absorta en revisar unos documentos cuando levantó la vista y, de repente, la vio.

Isabela. Frente a ella. Sentada tranquilamente con una taza de café, vestida con un conjunto casual de jeans y una blusa deportiva que parecía resaltar su porte elegante, con su cabello suelto cayendo en ondas perfectas. Pero lo que realmente hizo que Sanae se quedara helada fue su mirada. Esos ojos verdes, tan intensos, que parecían atravesarla directamente, como si pudieran leer su alma. Fue como si todo se hubiera detenido por un segundo, el aire se volvió espeso, y la sensación de que algo no estaba bien se apoderó de ella.

Sanae se quedó mirando a Isabela sin poder apartar la vista. La mujer parecía tan tranquila, tan natural en su presencia, que lo que menos esperaba era encontrarla ahí, en ese momento y en ese lugar.

El choque fue inmediato. La sangre de Sanae se heló, su mente comenzó a trabajar a mil por hora, buscando respuestas, tratando de entender qué estaba pasando. ¿Cómo era posible que ella estuviera en la misma cafetería? ¿Qué quería de ella? Isabela, con esa mirada desafiante, sin prisa, como si todo estuviera perfectamente calculado.

Sanae no podía ignorar que, de alguna manera, el destino las había vuelto a reunir. Pero ¿por qué? ¿Qué significaba eso? Hizo un esfuerzo por concentrarse en su café, con las manos firmemente sujetando la taza como si intentara absorber toda la calma que pudiera. Miró el reloj, hizo un esfuerzo consciente por no girar la cabeza en dirección a la mujer que, inevitablemente, sabía que la observaba. El sonido del ambiente a su alrededor se apagó, la cafetería pareció desvanecerse, y solo quedaban ellas dos.

Intentó ignorar esa sensación extraña, como si el aire se volviera más denso cada vez que respiraba. En su mente, las estrategias y tareas del día seguían su curso, pero una parte de ella sabía que no podía escapar de esa mirada fija y acusadora. Cada vez que sus ojos se alzaban, los de Isabela la atravesaban con una intensidad que la ponía nerviosa, le hacía cuestionar su lugar en todo ese caos que se había formado en su vida.

No debía ser así. No podía dejar que esa presencia la distrajera. Sanae respiró hondo y, con un movimiento rápido, apartó la mirada de la mujer, decidida a no perder el control. Pero el vacío de la cafetería era ensordecedor, y sentía que, de alguna manera, toda la sala estaba alineada en torno a ellas, como un escenario donde lo inevitable estaba por suceder.

Sanae sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando la vio levantarse. Cada uno de sus sentidos le gritaba que no se moviera, que se mantuviera en su sitio y fingiera que no pasaba nada. Pero el sonido de los pasos de Isabela, pausados y seguros, hicieron imposible esa idea.

Cuando alzó la vista, ahí estaba.

De pie frente a ella, con los brazos cruzados, el peso de su mirada cayendo sobre ella como una carga imposible de ignorar. No había enojo en sus ojos, ni siquiera una expresión clara que delatara sus intenciones. Isabela la analizaba con la misma calma de quien descifra un enigma, como si intentara leer cada uno de sus movimientos, cada respiro contenido, cada microexpresión que pudiera delatarla.

Sanae, en cambio, sintió que el corazón le martilleaba el pecho, traicionándola. No quería moverse, no quería darle la satisfacción de verla alterada, pero era como si el aire en la cafetería se volviera más espeso con cada segundo que pasaba.

Fue entonces cuando la escuchó hablar.

.- El otro día en el entrenamiento de Japón, me quedó claro que no tengo lugar aquí. No porque no tenga talento, sino porque Tsubasa le tembló la voz cuando me dijo que me fuera. Y encima ahora con "novia" nueva…. ¿Sabes? No vengo a pelear contigo. No me interesa el drama. Pero sí quiero entender….y sé que tú también has estado en mi lugar…Tú más que nadie deberías saber lo que se siente. ¿No? —

.- ¿Entender? ¿Qué cosa? —

.- Ser la segunda opción de alguien—

Sanae parpadeó, apenas un instante, pero el peso de esas palabras se le quedó grabado en la piel.

Un silencio afilado se instaló entre ellas. Sanae sintió que su estómago se contraía, pero se obligó a mantener la compostura. Deslizó lentamente las manos sobre su taza de café, como si buscara anclarse a algo tangible, a algo real que la mantuviera en el presente.

Pero la sensación no desapareció.

Sin darse cuenta, su pulgar frotó el borde de la taza, un gesto automático, casi nervioso. Apenas un roce, un movimiento mínimo, pero suficiente para delatar la tensión que hervía bajo la superficie.

Tragó saliva con disimulo y reajustó sutilmente su postura, enderezando la espalda y cruzando las piernas en un intento por aparentar seguridad. Sin embargo, el peso de la mirada de Isabela hacía que cada pequeño movimiento se sintiera calculado, casi ensayado.

El leve temblor en sus dedos fue imperceptible, pero ella lo notó.

Apretó los labios, obligándose a no ceder. No apartó la mirada. No dijo nada. Solo esperó.

Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente entendida.

Isabela se inclinó ligeramente hacia adelante, buscando algo verdadero en los ojos de Sanae.

.- No vine a culparte, Sanae. Solo quiero entender, como te dije… Si hubiera estado en tu lugar, ¿también habría huido? ¿Habría encontrado en otro alguien que me hiciera olvidar? Porque yo acepté ser la segunda opción, pero… ¿tú elegiste a Schneider, cierto?—Su mirada se intensificó—Si lo elegiste a él, ¿por qué Tsubasa se aferra tanto a ti?—

Sanae sintió una oleada de incomodidad, pero trató de mantener su postura, sin dejar que la inseguridad tomara control.

.- Claro que lo elegí—respondió, con una firmeza que no sonaba del todo convincente, ni para ella misma—Es lo que nos hace distintas. Yo elijo ser feliz. —

Isabela, sin perder la calma, la miró sin parpadear.

.- Elegir algo, o alguien, no es lo mismo que elegir lo que realmente quieres—dijo, con la voz tranquila, pero cargada de algo más—Lo que sí te digo es que no pienso rendirme… yo no dejé a Tsubasa, yo estuve ahí para él—

Sanae sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras, como si una parte de ella estuviera siendo confrontada por su propia verdad.

Isabela se reacomodo en su postura con los brazos cruzados, como si se estuviera liberando de una carga invisible

.- Lo que hicimos…ambas…fue lo que necesitábamos. No puedes juzgarme por eso tampoco… pero parece que estoy vista como la villana aquí. Si lo fuera, créeme, me tendría mucho miedo—

Sanae parpadeó, sorprendida por la respuesta. Aunque intentó mantenerse firme, algo dentro de ella comenzó a tambalear.

Las palabras de Isabela seguían retumbando en su mente: "Elegir algo, o alguien, no es lo mismo que elegir lo que realmente quieres." Esa frase, sencilla pero cargada, se repetía una y otra vez. La ansiedad comenzó a hacer mella en su pecho, un nudo en su estómago, como si todo lo que había construido hasta ese momento estuviera a punto de desmoronarse.

Isabela se quedó en silencio, observándola. No había ira, ni rencor en su mirada, solo una calma inquietante que hacía que Sanae se sintiera como si estuviera a punto de ser descifrada. Pero lo peor era que, en lo más profundo de su ser, sabía que Isabela tenía razón. Era una verdad que Sanae no quería enfrentar. Había huido de algo, había tomado decisiones por comodidad, no por lo que realmente quería. Y ahora, con Tsubasa aferrándose a ella, con Schneider ocupando el lugar que parecía haber dejado vacío, todo se sentía… confuso. Y todo parecía estar en el mismo ciclo.

Sanae levantó la taza con manos temblorosas, intentando parecer calmada, pero la calidez del café se sentía como una contradicción contra el frío que comenzaba a apoderarse de su cuerpo. La mirada de Isabela no la dejaba en paz. No podía escapar de ella.

.- Nos vemos pronto, Sanae—dijo Isabela, sin perder su aplomo, antes de retirarse con la misma tranquilidad con la que había llegado.

Sanae se quedó sentada, incapaz de moverse. El vacío que había quedado en la conversación la invadió como un peso pesado. No podía entender cómo, en tan pocos minutos, todo lo que había construido en su vida comenzaba a desmoronarse. Y sin querer, el miedo a perderlo todo comenzó a desbordarse, apoderándose de su mente.

Miró su reflejo en el cristal de la ventana frente a ella. Su rostro se veía cansado, confuso, como si no pudiera reconocerse a sí misma. Se abrazó a la idea de que todo tenía sentido, pero algo en su interior le decía que, tal vez, no era así. Y la ansiedad, esa vieja amiga, comenzó a asomarse de nuevo.

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El pulso le latía con fuerza en los oídos mientras caminaba apresurada hasta su consultorio. El pasillo se extendía ante ella, silencioso, pero cada paso resonaba como un eco, como si alguien la siguiera de cerca. No volteó. No tenía por qué hacerlo. Pero, aun así, al llegar, cerró la puerta con llave con un chasquido seco, como si de esa manera pudiera contener todo lo que sentía.

Soltó el aire en un suspiro tembloroso y se dejó caer en la primera silla que encontró. Sus manos torpes dejaron el café sobre la mesa, derramando un poco sobre la superficie de madera. Ni siquiera lo notó. No tenía hambre. No tenía sed. Solo ese nudo en la garganta que se hacía cada vez más difícil de tragar.

Por primera vez, no solo había enfrentado a esa mujer… sino también la posibilidad de que pudiera tener razón.

¿Tan obvia sería?

Todo este tiempo creyó que estaba haciendo lo correcto. Que su vida, sus decisiones, su amor por Tsubasa, todo tenía sentido. Pero ahora, una sombra de duda se colaba en su mente. No solo sobre él… sino también sobre Isabela.

Su vista se perdió en un punto indefinido del escritorio, pero no veía nada. Sintió los ojos humedecerse y maldijo en silencio. No. No iba a llorar. Se frotó la cara con las manos, intentando recuperar el control, pero ahí estaba ese vacío, esa sensación de enojo y soledad que le calaba hasta los huesos.

Inspiró hondo, tratando de calmarse, pero su pecho se sentía comprimido, como si un puño invisible le oprimiera las costillas. En cuestión de minutos, su mundo entero había cambiado de forma, y ella ya no sabía dónde encajaba.

Se repitió una y otra vez que esto era lo mejor para ella. Que todo lo que había vivido con Schneider en Alemania, todo lo que estaban construyendo ahora en Japón, tenía sentido. Su relación crecía, avanzaba, y no debía haber espacio para la duda.

Pero entonces, ¿por qué las palabras de Isabela le dolieron tanto?

Quiso justificarlas, decirse que eran solo celos, resentimiento. Pero ¿cómo hacerlo cuando algo dentro de ella se retorcía con cada recuerdo?

La imagen de Tsubasa volvió con una claridad casi cruel. Las largas llamadas, las horas de planificación para estar juntos en Brasil… y el golpe que fue no poder coincidir. Todo se sintió como un fracaso.

Y cuando lo encontró en el hospital, en ese estado, algo dentro de ella cambió.

Fue ahí cuando tomó la decisión. Terminó con él.

Lo hizo porque debía hacerlo. Porque no podía quedarse atrapada en una historia que parecía destinada a romperse una y otra vez. Y sí, le dolió. En el alma. Pero le permitió seguir adelante.

O al menos eso creyó.

Porque también le lloró en Alemania. Porque cuando volvió a Japón, cada encuentro con Tsubasa removía algo en ella. Y porque ese beso que compartieron—tan intenso, tan vivo—confirmaba que aún la tenía en un ala.

Justo ayer dijo adiós. Se convenció de ello. Se lo dijo a sí misma, a Schneider, al universo.

Pero entonces, ¿por qué sentía que no era así?

El teléfono vibró sobre la mesa, sacándola de su ensimismamiento. Lo tomó con manos frías y vio los mensajes de Yukari y Kumi. Estaban emocionadas por la fiesta de esa noche. Sanae intentó sonreír, dejándose contagiar por su entusiasmo, pero el peso en su pecho seguía ahí.

Pasó los dedos por la pantalla distraídamente, y entonces, como un balde de agua fría, lo entendió.

Kumi estaba pasando por lo mismo que ella pasó.

El peso de esa realización la dejó inmóvil. No pudo evitar pensar en su amiga, en lo que debía estar sintiendo, en lo difícil que era soltar cuando el corazón aún se aferraba a algo que ya no le pertenecía.

Quiso abrazarla. Decirle que entendía cada parte de ese dolor. Pero, ¿con qué cara? ¿Cómo darle consejos sobre el desamor cuando ella misma estaba sumida en el mismo caos?

El sonido de otra notificación la hizo parpadear. Un mensaje de Schneider.

"Buenos días, mein Liebe fraülein! Espero que hayas descansado bien. Anoche fue un momento increíble. Gracias por compartirlo conmigo."

Sanae leyó las palabras varias veces. Sintió un leve calor en el pecho al recordar la noche anterior. Habían cenado cerca de la Torre de Tokio, con la ciudad iluminada a su alrededor, creando una atmósfera cálida y romántica. Schneider había sido atento, como siempre, asegurándose de que todo fuera perfecto para ella.

Debería sentirse feliz.

Y sin embargo, el nudo en su estómago seguía ahí.

Dejó el teléfono a un lado y se frotó las sienes, cerrando los ojos con cansancio.

¿Qué sentía por él?

Era una pregunta que había evitado formularse con seriedad. Se decía a sí misma que lo quería, que su relación tenía sentido, que juntos tenían un futuro prometedor. Él la adoraba, la cuidaba, la hacía sentir especial. Y lo más importante: con él, no había incertidumbre. No había heridas abiertas, no había promesas rotas.

Y sin embargo, ¿por qué sentía ese vacío?

Apretó el teléfono en su mano. No era justo. No para él.

Schneider había estado ahí cuando ella se sintió perdida. Fue su refugio cuando todo lo demás se derrumbaba. La ayudó a reconstruirse, a encontrar de nuevo estabilidad. Y ella, en agradecimiento, decidió quererlo.

Pero… ¿era amor?

La idea le golpeó con fuerza, dejándola helada.

No quería dudar de su relación. No quería lastimar a Schneider, ni lastimarse a sí misma.

Pero las palabras de Isabela, el beso con Tsubasa, el eco de los sentimientos que intentó enterrar… todo se acumulaba dentro de ella como una presión insoportable.

Tomó su café sin pensar, dando un sorbo automático. Estaba tibio, casi frío. Ni siquiera se había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado ahí, encerrada en su propio torbellino de pensamientos.

Se obligó a recordar la noche anterior. Schneider sujetando su mano con calidez, la forma en que la miró con ternura bajo las luces de Tokio, la seguridad de estar con alguien que la quería.

Y aun así…

El nudo en su estómago no desaparecía.

Porque si realmente había dejado a Tsubasa atrás… si realmente había dicho adiós…

Entonces, ¿por qué dolía tanto?

El silencio del consultorio se volvió insoportable. El zumbido de la lámpara y el tic-tac del reloj parecían burlarse de su indecisión. Sanae pasó las manos por su rostro con frustración, sintiendo la tensión acumulada en cada músculo de su cuerpo.

No quería pensarlo más. No quería aceptar lo que su corazón le estaba gritando.

Pero en lo más profundo de su ser, lo sabía.

El problema no era Isabela.

No era Tsubasa.

No era Schneider.

El problema era ella.

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Gamo observaba a los chicos con una mirada seria desde la línea de banda. No había espacio para distracciones. El torneo asiático estaba a la vuelta de la esquina, y este entrenamiento no iba a ser fácil. Sus ojos se movían de un jugador a otro mientras los veía ejecutar una serie de jugadas.

.- ¡No se queden atrás! Cada pase, cada movimiento tiene que ser preciso. Este no es un juego amistoso. Están entrenando para un torneo que definirá todo. ¡Piensen en eso!—decía el entrenador Gamo desde la banca dirigiendo el equipo.

Tsubasa y los demás se movían rápidamente, combinando jugadas con Misaki y otros miembros del equipo. Gamo no mostraba ninguna sonrisa, pero su concentración era evidente.

.- ¡Tsubasa! ¡Más velocidad! Si haces un pase, no esperes que el compañero lo reciba sin moverse. Hazlo a su ritmo, no al tuyo—le indicó corrigiendo el hecho.

Tsubasa, sintiendo la presión, ajustó su velocidad y lanzó un pase más rápido a Misaki, quien lo controló perfectamente y pasó de inmediato a otro jugador. Gamo asintió, pero no mostró satisfacción. Solo quería ver más, y mejor.

.- Esas son las jugadas que necesitamos. Pero no se olviden, el partido no se juega solo con velocidad. La resistencia es clave. No pueden desmoronarse a mitad de camino. Vamos, sigan corriendo, ¡quiero ver esos músculos trabajando!—

Los chicos seguían su ritmo, sin descanso, concentrados en mejorar. Sanae también estaba en el campo, observando el entrenamiento. A pesar de las tensiones previas, se sentía extraña viendo a Tsubasa en su elemento, con la adrenalina y la competitividad marcando cada movimiento.

.- ¡Aún no estamos cerca de lo que podemos lograr! ¡Recuerden, la estrategia es lo que va a definir quién ganará! Piensen en cómo van a defender, cómo van a atacar. La selección rival no es débil, pero tampoco somos nosotros—Gamo no daba tregua por cada momento que pasaba en el entrenamiento.

Misaki, un poco agotado pero determinado, tomó una ligera pausa pero nuevamente el entrenador habló fuerte, casi como sentencia al número 11

.- ¡La comunicación, Misaki! No pueden simplemente correr sin saber qué hará el compañero. Necesitan saber lo que el otro va a hacer antes de hacerlo. Esto no es solo habilidad individual, es trabajo en equipo—

Tsubasa, escuchando, asintió y se giró para hablar con sus compañeros.

.- Escuchen, tenemos que estar más sincronizados. No solo en los pases, sino también en las decisiones. Vamos a dejar que fluya, pero con control. ¡Ahora, todos en posición para la última jugada!—

El equipo se reorganizó, todos con una clara intención en sus movimientos. La tensión era palpable, pero también lo era la disposición de cada jugador para mejorar.

.- Así se hace. Ahora, denme una última jugada con todo lo que tienen— gritó una vez más Gamo

Sanae observaba el entrenamiento desde la línea lateral, su mirada fija en el campo mientras los chicos corrían, esquivaban, y pasaban el balón con precisión. Ella, como parte del cuerpo médico del equipo, debía estar atenta a cualquier posible lesión, pero en ese momento, algo más capturaba su atención. Los músculos de Tsubasa se movían con cada sprint, cada giro, cada salto, y su cuerpo parecía estar completamente sincronizado con la pelota. La vista de él en acción, tan centrado y tan enérgico, provocaba que Sanae lo mirara con más intensidad de la que pretendía.

Otra vez lo miraba lo mucho que había cambiado.

No podía evitarlo.

Solo que esta ocasión no sintió un calor en su estómago ni en la parte baja de su vientre. Una parte de ella se sentía extraña, casi como si estuviera observando algo prohibido. Su mente se deslizaba a lugares que no debía, preguntándose si algún día, cuando el juego terminara, las cosas entre ellos habrían sido diferentes.

Isabela había sembrado esa semilla de duda en su mente. Había insinuado algo que, por alguna razón, no podía dejar de pensar. ¿Tsubasa y ella, en el fondo, merecían esa historia, juntos que nunca pudieron vivir por la distancia, por el destino, por los malditos momentos perdidos?

Era inevitable. Los recuerdos de sus momentos juntos en Brasil, aunque haya sido breve, la despedida, los silencios, el beso que aún tenía guardado en su pecho… todo eso, una vez más, la golpeaba. Pero había algo más. Algo que no se podía resolver solo con el recuerdo de las palabras de Tsubasa.

¿Y si todo este tiempo lejos, todo este espacio entre ellos, había sido como una condena impuesta? ¿Una oportunidad que se les había negado, pero que ahora, al volver a estar cerca, no sabían si podrían recuperar?

La tensión en su pecho aumentaba mientras observaba cada movimiento de Tsubasa. Era como si la relación que ahora tenía con él, tan cercana pero a la vez tan distante, fuera injusta para ambos. No había tiempo para lo que realmente importaba. No había tiempo para vivir juntos, para disfrutar lo que un día compartieron.
Sanae tragó saliva, sus ojos recorriendo su cuerpo mientras corría, su mente luchando por centrarse. Era un conflicto interno. Sabía que su lugar en la vida de Tsubasa era el que era, y que no podía cambiar lo que había pasado. Sin embargo, una pequeña chispa de resentimiento crecía en su interior al pensar en Isabela, en cómo Tsubasa había tenido la oportunidad de estar con ella cuando a Sanae solo le quedaba una sombra de lo que pudo haber sido.
"¿Y si simplemente fue demasiado tarde?", pensó, mientras sus dedos se apretaban alrededor de la botella de agua que sostenía. Las dudas, el miedo y la tristeza se filtraban en su mente, y el fútbol, el entrenamiento, ya no parecían tan importantes. Todo se resumía en esa pregunta que rondaba insistentemente en su mente, como un eco que no dejaba de repetirse.

Gamo le llamó en ese momento para ver el avance del equipo, a lo que ella se precipitó dándole la ablet con los datos. Todo estaba en orden, incluso ya no se mostraba el error de Tsubasa con su antigua herida de brazo, así que, por lo pronto, eso fueron buenas noticias.
El entrenamiento había concluido, y si bien ella estaba trabajando en lo suyo, hubo momentos donde Tsubasa le dirigía una que otra mirada. No porque hubiese una expresión o sentimiento de por medio… era como… inevitable verse en ese estado.

Sanae, al ver que todo estaba en orden y el entrenamiento había concluido, miró a Tsubasa. La mirada de él encontró la suya, y aunque no había palabras, algo en el aire cambió, algo que la impulsó a sonreír. No fue una sonrisa planeada, sino más bien una respuesta natural, como si buscara confirmación. ¿Confirmación de qué? De que, a pesar de la distancia, del tiempo perdido, todavía quedaba algo entre ellos.

Fue pequeña, casi imperceptible, pero suficiente para que él lo notara. No era solo una sonrisa, sino una afirmación de que, a pesar de todo lo que había sucedido, algo seguía ahí, bajo la superficie, esperando ser descubierto.

Tsubasa, por su parte, respondió con una sonrisa sutil, pero cálida, que reflejaba el mismo entendimiento. No dijo nada, pero sus ojos parecían transmitir lo que las palabras no podían. La distancia entre ellos seguía presente, pero en ese momento, en esa breve sonrisa, todo parecía estar en su lugar.

El ambiente volvió a la normalidad, como si el breve intercambio de sonrisas nunca hubiera ocurrido. El ruido del entrenamiento ya era historia, y los chicos comenzaban a dispersarse, rumbo a los vestuarios. Sanae se quedó unos segundos más, observando a Tsubasa mientras él se alejaba, sintiendo una mezcla de emociones que no lograba ordenar.

Tsubasa no dijo nada, pero su presencia aún flotaba en el aire. Sanae miró la ablet una vez más, tratando de centrarse, pero las preguntas seguían en su mente. Sin un propósito claro, comenzó a caminar hacia su propio destino, dirigiéndose a su espacio en el campo médico.

Aunque los vestuarios estaban cerca, una pequeña parte de ella deseaba no separarse de él aún. Pero en el fondo sabía que ese era el camino que ambos debían seguir, al menos por ahora. La distancia entre ellos, aunque breve, se sentía como una condena invisible.

Sin mirarse nuevamente, cada uno siguió su camino, sin saber si el siguiente encuentro los llevaría más cerca de lo que realmente deseaban.

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Los chicos entraron al vestidor, aún con el sudor pegado a la piel, pero con una energía distinta, una mezcla entre la satisfacción del esfuerzo y la necesidad de relajarse. Algunos iban directo a las duchas, otros se dejaban caer en los bancos, disfrutando del sonido de la conversación que comenzaba a llenar el espacio.

Fue Ryo Ishizaki quien rompió el silencio, siempre tan directo y con una sonrisa burlona:

— ¡Oigan, oigan! ¡Parece que la fiesta se ha corrido por toda la ciudad! ¡Ahora va a ser una locura internacional! ¿Quién se apunta? ¿Eh? ¡Vamos, seguro será más divertido que un partido antes del torneo de mañana!

La mayoría de los chicos lo miraron con curiosidad, algunos soltaron una risa ante el entusiasmo de Ishizaki, mientras otros, más tranquilos, intercambiaban miradas entre ellos, como si ya estuvieran acostumbrados a sus bromas.

Tsubasa, que había estado quieto mientras se cambiaba, levantó la mirada al escuchar la palabra "fiesta". No dijo nada, pero la pregunta directa lo hizo volver la cabeza.

— ¿Tsubasa? ¿Te apuntas o qué? —dijo Ishizaki, guiñándole el ojo mientras se secaba la cara con la toalla.

Tsubasa soltó una ligera sonrisa, pensando en la idea de la fiesta. No era que estuviera muy entusiasmado, pero pensó que podría ser un buen descanso antes del torneo. Sin contar que Yayoi le había mencionado algo al respecto, así que no estaría mal.

— Sí, voy —respondió, guardando su teléfono en la mochila sin mucha emoción, pero con una ligera curiosidad.

En ese momento, Misaki, ya cambiado, se acercó a Genzo con su característico entusiasmo.

— Oye, Genzo, ¿qué tal si vamos con las chicas a la fiesta? Yo llevaré a Azumi, ¿te apuntas? —comentó Misaki, con una sonrisa cómplice.

Genzo lo miró con una ceja levantada, ligeramente sorprendido.

— ¿Azumi? ¿La invitaste a ella también? —preguntó con una pequeña sonrisa, como si estuviera acostumbrado a que Misaki siempre tuviera algo planeado.

Misaki asintió, sin perder su energía.

.- ¡Claro! Y Megumi también va a ir, ya le dije que será una fiesta épica. Un poco de diversión antes del torneo nunca está de más, ¿no? —dijo, mientras lanzaba una mirada rápida hacia Genzo.

Genzo se encogió de hombros, sonriendo.

.- Bueno, ya que insistes… me apunto —dijo finalmente, aunque se podía ver que su entusiasmo era más tranquilo que el de Misaki.

Tsubasa, que había estado observando la conversación desde un rincón, pensó en lo que había escuchado. Misaki y Genzo haciendo planes mientras él solo observaba. Estaba claro que la fiesta estaba en la mente de todos, pero algo dentro de él le hizo pensar en algo más.

La sonrisa que Sanae le había ofrecido durante el entrenamiento seguía dando vueltas en su cabeza. "¿Habrá sido algo más o solo el cansancio me está jugando una mala pasada?" Pensó Tsubasa, como si quisiera convencerse a sí mismo de que no había nada raro en el gesto. Pero, por alguna razón, esa sonrisa se sentía… diferente. Como si le hubiera dicho algo sin palabras.

De repente, Genzo, que parecía haber notado que Tsubasa estaba algo distraído, se acercó con su tono habitual, un poco más suave.

.- Oye, Tsubasa… ¿todo bien? Te noto pensativo —comentó con una ligera sonrisa, sin ser intrusivo.

Tsubasa lo miró y asintió lentamente, entendiendo la preocupación de su amigo. Sin embargo, ya había hablado de su deseo de luchar por Sanae, aunque las cosas se complicaron.

.- Sí, todo bien —respondió Tsubasa, pero su tono era más pensativo que confiado.

Genzo, conociendo bien a su amigo, no insistió, pero no pudo evitar comentar con tono tranquilo:

.-A veces las cosas no son tan fáciles, ¿verdad? —

Tsubasa se quedó en silencio por un momento, asintiendo levemente. En su mente, todo estaba revuelto: su decisión de luchar por Sanae, lo de Yayoi y cómo las cosas se complicaban cada vez más con Schneider en escena. Pero, por ahora, la fiesta parecía una buena distracción.

.-"Mejor me concentro en el torneo"—pensó mientras se alejaba hacia la puerta.

De repente, no pudo evitar hacer una pregunta que le rondaba la cabeza.

.-Oye, Misaki… —dijo Tsubasa mientras se acercaba un poco a él, con una mirada curiosa. — ¿Qué onda con Sagara? ¿Por qué estás tan insistente con Genzo? —

Misaki levantó las cejas, sorprendido por la pregunta directa de Tsubasa.

.- ¿Sagara? —repitió Misaki, con tono divertido. — Pues yo no sé, pero Azumi me dijo que le da pena mandarle mensajes. Es todo un lío, ¿no?—

Tsubasa asintió, pensando que la situación era aún más confusa de lo que imaginaba.

.- No lo entiendo…la chica Disney….todo un misterio…—dijo Tsubasa, rascándose la cabeza. — ¿o lo dices para que él vaya a la fiesta y se vean? —

Misaki soltó una risa, dándole un golpecito a Tsubasa en el hombro.

.- Jajaja, No sé, pero Genzo es difícil, ¿sabes? Si Megumi realmente va a ir, va a estar todo bien. Lo bueno es que la fiesta va a estar relajada, nadie tiene que forzar nada.

Tsubasa frunció el ceño, mientras seguía pensando en la dinámica entre Genzo y Megumi.

.- Ya, capto —dijo, sin realmente saber qué pensar. Misaki le dio una palmada en la espalda. — Relájate, Tsubasa. Va a estar bien. Todos necesitamos un respiro antes del torneo, ¿no? —

Tsubasa, mientras pensaba en todo lo que había hablado con Misaki, sacó su teléfono del bolsillo y, antes de salir del vestidor, mandó un mensaje corto a Yayoi: "Nos vemos en la fiesta esta noche, ¿verdad?"

.- "Claro amore mío"-

No esperaba una gran respuesta, pero la confirmación de que ella iría le dio una pequeña sensación de alivio, aunque también algo de incertidumbre seguía rondando su cabeza.

-0-

Sanae estaba parada frente al espejo, sacando ropa del armario y mirándose con una ceja levantada. Yukari y Kumi estaban tiradas en la cama, casi sin prestarle atención, pero de vez en cuando intercambiaban miradas y sonrisas.

.- ¡Vamos, Sanae! —dijo Yukari, medio bostezando pero con una sonrisa—. No me digas que estás dudando de tu outfit para esta fiesta épica—

Sanae suspiró, sacando otro conjunto del armario y poniéndolo sobre la cama. "¿Realmente estoy tan indecisa?" pensó, pero no quería que sus amigas lo notaran.

.- Es que… no sé, no quiero ir sobrepensando todo —respondió mientras se miraba al espejo, evaluando su reflejo.

Kumi se giró hacia ella y, entre risas, le dio un empujón en el brazo.

.- ¡Ay, ya sé! ¡Tsubasa va a estar ahí, ¿verdad?! ¿Y con Yayoi? —dijo Kumi, levantando las cejas con picardía—. Seguro se quedará mudo al verte! ¡CLARO! —

Sanae frunció el ceño, ligeramente sorprendida por la mención de Tsubasa. Las palabras de Kumi la hicieron pensar, pero no quería que sus amigas se dieran cuenta de lo que estaba sintiendo.

.- Pues… ya no soy la misma chica que lo miraba como un crush, ¿eh? —respondió Sanae, buscando restarle importancia. — Ya tengo novio—

Yukari se sentó, cruzando las piernas mientras sonreía con malicia.

.- Ah, claro, ¡Schneider! La "gran conquista" de todas. Pero aun así, no puedo dejar de pensar en lo que pasaría si Tsubasa viera lo increíble que te ves ahora… —dijo Yukari, mientras guiñaba un ojo.

Sanae se rió, levantando las manos en señal de rendición.

.- Ya, ya… ¡sé que lo piensan! Pero, en serio, ahora soy feliz. Aunque… no voy a mentir, la fiesta me está poniendo nerviosa—

Kumi la miró y soltó una risa de complicidad.

.- Mira, si Tsubasa la cagó, que se aguante. Ahora, vamos a disfrutar la fiesta y hacer que nos vean, ¿no? —dijo Kumi, levantándose y dándole un empujón a Yukari. — Nosotras somos las estrellas de la noche—

Sanae se miró por última vez en el espejo, decidiendo que este sería el look que usaría: un vestido corto, negro, con detalles de encaje. No era lo que pensó usar, pero lo sentía adecuado para la ocasión.

.- Este es el bueno—dijo Sanae mientras se giraba hacia sus amigas, ya más decidida. — Este es el look, chicas—

Yukari y Kumi gritaron al mismo tiempo:

.- ¡Te vas a ver increíble! —

Sanae sonrió al ver la emoción en sus caras. Aunque aún tenía algunas dudas, la idea de disfrutar la fiesta con ellas y dejar todo atrás la hizo sentir más tranquila.

Sanae lleva un vestido de satín negro con un corte halter que realza su figura. La falda en forma de A le da un toque juguetón y fresco, mientras que la tela de satín aporta un aire elegante y sofisticado. Para complementar el vestido, ella opta por unos botines blancos, un contraste moderno y audaz que le da un giro interesante a su look. Los botines, con un diseño ligeramente llamativo y una suela gruesa, añaden un toque de actitud.

Su maquillaje está perfectamente elaborado, con un delineado dramático y sombras en tonos oscuros que intensifican su mirada. Sus labios, de un tono nude o quizás un rojo intenso, equilibran la sofisticación del vestido con un toque de audacia.

Los accesorios elegidos son llamativos pero sutiles: unos pendientes largos que aportan elegancia, y una pulsera fina que resalta su muñeca. El conjunto completo transmite una sensación de sofisticación y actitud moderna, haciendo que Sanae se sienta empoderada y lista para brillar en la fiesta.

"Esto es algo diferente para mí", pensó mientras se giraba una vez más para observarse, apreciando el contraste entre lo delicado del vestido y lo atrevido de los accesorios. Decidió combinarlo con unos zapatos a juego, de tacón alto, también con detalles metálicos que aportaban ese toque de elegancia audaz.

Sanae respiró hondo, sintiendo que por fin todo se alineaba. El vestido, los zapatos, los accesorios… todo estaba listo para la fiesta. "Esta noche, pienso comprobar lo de Tsubasa, necesito sacarlo de mi sistema." Pensó mientras se daba una última mirada al espejo, lista para enfrentarse a lo que fuera que le trajera la noche. Estaba observándose en el espejo una última vez, cuando Kumi, con una sonrisa traviesa, dijo:

.- Oye, si Tsubasa no te nota con este look, ya mejor le pides que se cambie de equipo, ¿eh? —

Yukari se unió al tono, levantando una ceja.

.- Oye, Sanae, si Tsubasa no se fija en ti esta noche, ¡ya mejor te pasas al equipo de Schneider de una vez! —dijo Yukari, sonriendo con picardía.

Sanae soltó una risa nerviosa, mirando a sus amigas a través del espejo.

.- Chicas, ¡por favor! No sé si estar feliz de que me estén animando o si me están presionando aún más —respondió, mientras se ajustaba el vestido.

Kumi, con cara de inocente, puso las manos en jarra.

.- Pues ya sabes… estamos preparando el terreno. Si te fijas bien, la competencia está muy dura. ¡A lo mejor hasta Yayoi se atreve a hacerle sombra a tu look! —bromeó, mientras ambas se reían.

Sanae se rió con ellas, pero también sintió una mezcla de emoción y nerviosismo. A pesar de las bromas, algo en su interior le decía que esta noche sería especial, pase lo que pase.

.-¡Ya basta! —exclamó Sanae, sonriendo con complicidad—. Solo vamos a disfrutar la fiesta— aunque ella sabía que en el fondo no estaba tan segura de su plan ahora.

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El WOMB en Shibuya estaba en su máxima capacidad esa noche. La voz había corrido como pólvora entre los asistentes: la fiesta de la temporada estaba a punto de comenzar, y nadie quería perdérsela. Al entrar, la vibración del lugar te envolvía al instante. Las luces láser cortaban el aire, creando una atmósfera futurista y casi surreal, mientras las paredes pulsaban con el ritmo de la música electrónica. La mezcla de colores neón y la oscuridad de la pista formaban un contraste hipnótico que mantenía a todos en un estado de éxtasis constante.

La multitud era una mezcla de rostros conocidos y otros que llegaron por pura curiosidad. Había una clara presencia de jugadores de alto perfil, pero también muchos desconocidos que, quizás por el simple rumor, se unían a la energía vibrante del lugar. Las risas y las voces se perdían entre los beats, pero se sentía una tensión palpable, como si el lugar fuera más que solo un club, sino un espacio donde todo podía pasar.

Algunos se movían como sombras entre las luces, disfrutando de la música y de los tragos, mientras otros se agrupaban en las barras o en las zonas más oscuras, charlando entre sí. Había algo innegablemente magnético en la atmósfera, como si el lugar mismo estuviera esperando algo importante, algo que solo los más conectados sabían que ocurriría esa noche. La pista de baile, abarrotada pero nunca agobiante, se movía como un organismo vivo, todos al unísono, pero con la sensación de que cada uno estaba perdido en su propio mundo, con la música como único punto de unión.

El aire estaba cargado de una mezcla de perfumes, sudor y adrenalina, mientras el DJ seguía marcando el pulso del lugar con transiciones impecables, haciendo que el ambiente nunca dejara de moverse. Había una sensación de anticipación flotando entre las personas: se sabía que esa noche sería un punto de inflexión, pero nadie sabía exactamente en qué sentido.

El WOMB estaba, como siempre, lleno de energía desbordante, pero esta vez, algo en el aire lo hacía aún más impredecible. Tiene un diseño amplio, con varias áreas que permiten a los asistentes elegir entre diferentes ambientes, por lo que sí, tiene un segundo piso y una terraza. En el segundo piso, la vista general del club es impresionante, una especie de balcón que da a la pista de baile, ideal para ver el caos vibrante desde arriba. En la terraza, se siente la brisa fresca de la noche de Tokio, mientras que la música se mezcla suavemente con los murmullos de las conversaciones.

Cuando Tsubasa llega, vestido con una camisa de botones azul y jeans oscuros, la multitud parece casi un océano de personas moviéndose al ritmo de la música, un mar de rostros desconocidos y luces estroboscópicas. No es que no haya estado en el WOMB antes, pero la atmósfera está tan cargada de energía que, aunque se siente como en casa, la intensidad de la noche tiene algo diferente.

Con su mirada escaneando la pista, se mueve a través del gentío con la intención de encontrar a sus amigos. De repente, al pasar cerca de un grupo de personas, algo lo detiene: su mirada se cruza con la de Sanae, que está parada cerca de una de las columnas. Su silueta destaca bajo las luces de neón, y el contraste entre las sombras y los destellos de color la hacen ver casi irreal. Está disfrutando del ambiente, pero también parece atenta, como si estuviera esperando algo… o a alguien.

El tiempo no se detiene, pero para ellos, sí parece ralentizarse. Sus ojos se encuentran, y en ese instante, hay algo más que una simple coincidencia. Sanae no desvía la mirada de inmediato, y Tsubasa tampoco. Es como si ambos intentaran descifrar qué es lo que realmente está pasando en ese cruce de miradas.

Para él, la sensación es desconcertante. Es diferente a otras veces, más intensa. No puede evitar preguntarse si está alucinando, si es la música, el ambiente… o si realmente hay algo en su expresión, en la forma en que lo mira, que nunca había visto antes.

Sanae, por su parte, siente un nudo en el estómago. Lo ha visto de todas las maneras posibles: con el uniforme del Nankatsu, con el de la selección, cansado después de los entrenamientos, eufórico después de un partido… pero nunca así. Algo en la forma en la que la camisa se ajusta a su torso, en la manera relajada pero firme en la que se mueve por el lugar, en su presencia misma, le hace admitir para sí misma algo que nunca se había permitido pensar: se ve terriblemente sexy.

Sus amigas siguen hablando a su alrededor, pero sus palabras le llegan como un ruido lejano. Sanae parpadea, tratando de volver al presente, y es entonces cuando Tsubasa se mueve, como si el hechizo se rompiera. Su expresión vuelve a la normalidad, su mente le dice que siga buscando a sus amigos, que no piense demasiado en lo que acaba de pasar… pero la sensación se queda con él, latiendo bajo su piel.

Sanae exhala lentamente y desvía la mirada, fingiendo que no acaba de sentir lo que acaba de sentir. No es el momento, se dice, y deja que la música la absorba mientras sus amigas la rodean, riéndose y disfrutando de la noche.

Pero lo sabe. Lo sabe porque lo sintió.

Y Tsubasa también.

Tsubasa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era el aire acondicionado ni el sudor enfriándose en su piel; era ella. Sanae estaba a solo unos pasos, iluminada por los destellos neón, su silueta destacando entre la multitud como si el mundo entero se difuminara a su alrededor.

Su primer instinto fue acercarse. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, un paso inconsciente hacia ella, pero su conciencia lo detuvo de golpe. Tiene novio. La idea lo golpeó como un cubo de agua helada, pero no sirvió de mucho. Porque él no estaba ahí. Y porque ella tampoco apartaba la mirada.

Sanae sintió cómo su respiración se volvía errática, como si la música le retumbara en el pecho más de lo normal. No tenía razón para sentirse así. No tenía razón para que la piel se le erizara bajo la luz de neón ni para que su estómago se contrajera con esa extraña mezcla de adrenalina y culpa. Pero ahí estaba, con el pulso acelerado y la sensación de estar al borde de algo que no podía nombrar.

Tsubasa apretó los puños, resistiendo la urgencia de cerrar la distancia entre ellos. No podía. No debía. Pero en ese instante, el perfume de ella le llegó en un destello, entremezclado con el calor del club y el sudor de la pista de baile. Y supo que, sin importar cuánto lo negara, esa noche no iba a olvidarla.

Yayoi seguía grabando algunos videos, capturando la energía del lugar, cuando algo llamó su atención. Giró ligeramente la cabeza y se encontró con la mirada de Misugi. O mejor dicho, con la dirección de su mirada.

Él estaba en la barra con Matsuyama y Yoshiko, pero no parecía del todo presente en la conversación. Su sonrisa distraída y la forma en que sus ojos volvían una y otra vez al centro de la pista la hicieron fruncir el ceño. Siguiendo su línea de visión, encontró a una chica moviéndose con total libertad al ritmo de la música, su vestido negro ligero destacando entre las luces.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

No supo bien por qué, pero algo en la escena le incomodó. Misugi rara vez se distraía de ese modo.

Tsubasa, que se acercaba a donde estaban Misaki y Azumi, captó el leve cambio en la expresión de Yayoi. Su postura se había vuelto más rígida, su atención ya no estaba en la pantalla del teléfono, sino en algo más.

Sin decir nada, él siguió su mirada.

Pero antes de que pudiera decir algo, llegaron hasta Misaki, quien estaba junto a Azumi, entretenido en la conversación. Genzo, por otro lado, bebía tranquilamente sin mucho qué hacer.

Fue entonces que Tsubasa, con una sonrisa curiosa, preguntó a Misaki tocándole el hombro saludándolo:

.- ¿No iba a venir Sagara?—

Misaki levantó una ceja y desvió la mirada hacia la pista. Luego sonrió con cierta diversión y señaló con la cabeza hacia la chica que bailaba.

.- Ah… es que esa…es Sagara—

Tsubasa alzó una ceja sin comprender, pero era evidente que eso solo estaba llamando más la atención de todos a su alrededor. Sin embargo, Sagara, quien aún era una desconocida para él, parecía completamente ajena a las miradas. Estaba en su mundo, en su escenario.

No era en absoluto lo que sus amigos le habían descrito.

Por un momento, pensó que todo se trataba de una broma o que simplemente la había imaginado diferente cuando le dijeron que trabajaba en Disney y que era muy reservada.

Pero esto… esto no tenía nada de reservado.

Tampoco era vulgar.

Solo alguien disfrutando del momento.

Por un instante, la imagen le recordó a Isabela.

-0-

Cuando Sagara terminó su baile, con la gracia de alguien que se encuentra completamente inmerso en el ritmo, se dirigió hacia la barra. Se acercó a Misugi, que estaba conversando con Matsuyama y Yoshiko, y se detuvo justo a su lado. Con un movimiento rápido y fluido, pidió una bebida. Misugi, que había estado distraído con la conversación, aprovechó la ocasión para volverse hacia ella, desviando su atención de inmediato. Una chispa de interés brilló en sus ojos mientras su postura se relajaba, como si la chica acabara de despertar algo en él. Yayoi, que observaba todo en silencio desde su posición, sintió cómo un nudo crecía en su estómago al ver esa reacción.

Yayoi no pudo evitar el sentimiento de que algo dentro de ella se rompía. Una parte de ella deseaba ser la que tuviera esa atención, esa mirada fija. Se giró abruptamente, evitando seguir observando, como si al no ver, pudiera detener lo que estaba ocurriendo en su mente. Pero la pregunta de Tsubasa la alcanzó justo en ese momento.

.- ¿Todo bien? —le preguntó él, y su voz era suave, pero cargada de una preocupación silenciosa.

Yayoi no pudo contener un suspiro, antes de girarse hacia Misugi, que ahora conversaba animadamente con Sagara.

.- ¿Tú cómo crees?—replicó, encogiéndose de hombros con una mueca amarga en el rostro. —Era obvio—

Tsubasa no supo qué responder. Se quedó observando a su amiga, que ahora parecía excusarse para ir al baño. En ese instante, Sagara se acercó con una energía casi eléctrica. Con su cabello largo, lacio y oscuro, y sus ojos azules que brillaban con una curiosidad indiscutible, parecía un imán de atención. Pero lo que realmente sorprendió a todos fue la sonrisa que llevaba puesta, una sonrisa tan abierta y genuina que parecía capaz de iluminar toda la barra.

.- ¡Hola, No-Misaki! — dijo con una energía que contrastaba profundamente con la atmósfera del lugar, mientras Genzo, sorprendido por la llegada repentina, escupió su bebida.

Genzo tosió ligeramente, y Tsubasa lo miró con una ceja levantada.

.- ¿No-Misaki? —preguntó, divertido.

Sagara soltó una risita, mientras Genzo levantaba las manos a modo de disculpa.

.- ¡Él tiene la culpa! —dijo señalando a Taro quien se reía. —El día que fui a buscarla al aeropuerto, solo me tiró el cartel con el nombre, ni me dio tiempo de explicarle nada. Y ella pensó que estaba hablando a Misaki. Ni siquiera me preguntó, me decía 'Misaki, Misaki' todo el camino, hasta que se dio cuenta. Y ahora, pues… soy No-Misaki

Sagara rió suavemente, disfrutando de la anécdota. Tsubasa soltó una pequeña carcajada.

.-¿Y no lo corregiste? —preguntó, curioso.

.- ¿Para qué? ¡Le quedó bien el apodo! —Sagara sonrió traviesa—Mucho gusto… Sagara Megumi—dijo ella, haciendo una ligera reverencia hacia Tsubasa. Su tono era suave, pero su presencia, decidida.

.- Ozora… Tsubasa—respondió él con una sonrisa, ligeramente intrigado.

.- Ah… ya, el famoso Tsubasa —comentó Megumi con una sonrisa ligera, como si su nombre ya le fuera familiar.

Tsubasa la miró con cierta curiosidad, sin saber exactamente cómo interpretar su tono. Antes de que pudiera responder, el ambiente cambió con la llegada de Yayoi.

Sin embargo, Megumi, lejos de notar la tensión, le dedicó una sonrisa cálida.

.- Creo que te he visto en algún lugar. ¿Eres Yayoi Aoba, verdad? ¡Tienes Instagram! ¡Soy tu fan! —dijo con entusiasmo, su energía tan vibrante que parecía llenar el espacio.

La mención de Instagram, sorprendentemente, pareció deshacer la incomodidad que colgaba en el aire. Yayoi, aunque aún algo tensa, dejó escapar una sonrisa algo forzada y asintió, aliviada por el cambio de tono.

Tsubasa observaba la escena, un tanto incrédulo. No era la primera vez que veía a alguien manejar situaciones tensas, pero había algo en Megumi, algo en su manera despreocupada, que parecía calmar la atmósfera con facilidad.

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Sanae sentía los latidos de su corazón martilleándole el pecho. Desde que vio a Tsubasa entrar, algo en su interior se contrajo de golpe, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. No supo explicarlo. No quería explicarlo. Pero la sensación estaba ahí, helándole la sangre y encendiéndole la piel al mismo tiempo.

Yukari y Kumi seguían conversando, riendo, bailando, pidiendo bebidas, pero sus voces le llegaban distantes, como un eco lejano. Se forzó a asentir cuando una de ellas le preguntó algo, aunque ni siquiera escuchó qué. Su mente estaba en otro lado.

En él.

No quería admitirlo, pero lo había estado buscando con la mirada desde que lo vio llegar. Lo había seguido con los ojos sin pensar, observando cada movimiento sin darse cuenta de cuánto tiempo llevaba haciéndolo. Y cada vez que su mirada se posaba en él, la pregunta volvía a latirle en la cabeza.

"Si yo hubiera estado en Brasil… como lo habíamos planeado… ¿qué habría pasado entre nosotros, Tsubasa?"

El aire del club le pesó de repente. Necesitaba un respiro.

Con pasos rápidos, se dirigió hacia los baños, esquivando a la multitud como podía. La música vibraba en su pecho, el murmullo de la gente se mezclaba con sus propios pensamientos.

No lo vio venir.

De pronto, lo tuvo frente a ella.

Un choque de miradas.

Un golpe seco en el estómago, como si la gravedad la halara de golpe.

Tsubasa.

La multitud seguía empujándolos, acercándolos más de lo que debía ser permitido. El aire entre ellos se volvió pesado, como si algo invisible los atrapara en ese instante. Su respiración se aceleró. Su piel ardía.

Él no dijo nada. Ni siquiera se movió.

Pero en su mirada, en esa mirada que tantas veces había visto antes, había algo distinto. Algo que le hizo sentir que el suelo bajo sus pies temblaba.

Una presión en su espalda, un empujón.

Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera procesarlo.

Sus manos se posaron en su pecho.

Sintió el calor de su piel a través de la tela de su camisa, el latido firme de su corazón contra sus palmas.

Y entonces, el mundo dejó de existir.

Tsubasa no había planeado esto.

Ni siquiera recordaba en qué momento había dejado a Genzo y Taro para caminar hacia otro lado, pero ahora eso no importaba. Porque ahí estaba ella.

Sanae.

Sin su novio.

Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a través de la escasa distancia que los separaba.

Su perfume, dulce y familiar, lo envolvió como una ráfaga que trajo consigo un torbellino de recuerdos. El entrenamiento. Las risas compartidas. La forma en que se habían mirado antes de despedirse aquel día…

Su corazón latía con fuerza, con más fuerza de lo que debía.

No podía apartar la vista de ella.

Sanae tenía los labios entreabiertos, como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras. Sus manos, temblorosas, descansaban sobre su pecho, y la sensación de su contacto quemaba más de lo que debería.

Tsubasa tragó saliva, intentando mantener la compostura, pero su propio cuerpo lo traicionaba.

No tenía derecho a pensar en ella de esa manera.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, ella estaba ahí. Frente a él. Sin ataduras.

Y la pregunta que había evitado durante años golpeó su mente con una claridad aterradora.

"Si las cosas hubieran sido distintas… ¿habría tenido una oportunidad?"

La multitud seguía empujándolos, cada vez más cerca, hasta que la distancia entre ellos se volvió prácticamente inexistente.

.- Hola… —murmuró con un hilo de voz, más para romper la tensión que por otra cosa.

Pero Sanae no respondió.

Porque en ese momento, en esa burbuja que el tiempo había creado entre ellos, las palabras sobraban.

Sanae sintió su propia respiración volverse errática. La ansiedad la carcomía por dentro, pero también esa confusión que la envolvía cada vez que Tsubasa estaba cerca.

Tenía que decir algo. Cualquier cosa. Buscar un impulso, una salida, una razón para no caer en el abismo de sus pensamientos.

Sanae sintió su propia respiración volverse errática. La ansiedad la carcomía por dentro, pero también esa confusión que la envolvía cada vez que Tsubasa estaba cerca. Tenía que decir algo. Cualquier cosa. Buscar un impulso, una salida, una razón para no caer en el abismo de sus pensamientos. Abrió la boca, su voz lista para romper el silencio.

.- Tsuba…—

Pero en ese instante, él se movió.

No hacia ella.

No para acortar la distancia.

Sino para sacar su celular del bolsillo y mirar la pantalla, como si de repente el aire entre ellos no hubiera cambiado. Como si el mundo no se hubiera detenido por unos segundos.

Sanae parpadeó, aturdida. Un segundo antes, su atención parecía completamente en ella… y ahora, de pronto, actuaba como si nada hubiera pasado.

Él tragó saliva y, sin mirarla, murmuró:

.- Lo siento, voy a…—

Su tono era bajo, contenido. Pero para Sanae, sonó como el eco de algo que se quebraba dentro de ella. Quiso moverse, hacer algo, pero sus pies se sentían anclados al suelo. Y entonces, como si la realidad misma decidiera darle una bofetada, la multitud se abrió de golpe.

Yayoi apareció.

Su expresión era pura determinación, su ceño fruncido hablaba de urgencia. Caminaba con paso firme, apartando a la gente sin importarle nada. El corazón de Sanae se encogió en un reflejo instintivo. Yayoi no se detuvo. No preguntó. No dudó. Con un movimiento certero, tomó a Tsubasa por el cuello y lo atrajo hacia sí.

Lo besó.

Justo ahí.

Frente a Sanae.

El impacto fue un golpe seco en el estómago, una sacudida en el pecho que la dejó sin aire. Su cuerpo se tensó. Sintió cómo la sangre se le iba del rostro mientras veía la escena desarrollarse frente a sus ojos.

Tsubasa, sorprendido, tardó en reaccionar, pero no se apartó.

Yayoi, por su parte, se aferraba a él como si estuviera marcando territorio. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. La música, la multitud, el calor del lugar… todo desapareció. Sanae sintió que el aire se volvía pesado, irrespirable. Y en ese instante, lo entendió.

Fuera lo que fuera que había sentido en esos segundos con Tsubasa, lo que había imaginado… ya no importaba.

Porque en la realidad, lo de Yayoi siempre había sido una incógnita.

¿Era una fachada? ¿Era real? ¿Era solo un acto desesperado, o algo que siempre estuvo ahí y ella simplemente se negó a ver?

Entonces, lo vio. Más allá de Yayoi, de la multitud, de todo lo que acababa de ocurrir, Misugi estaba ahí. De pie, observando en silencio. Y justo después de que los labios de Yayoi se despegaron de los de Tsubasa, él desvió la mirada y se dio la vuelta, mirándola sin saber qué decir exactamente, Yayoi a este punto solo observó lo que había hecho frente a Sanae, algo nerviosa, se retiró hacia el baño.

El estómago de Sanae se contrajo. ¿Por qué justo ahora? El peso de esa imagen se le quedó grabado en la mente con persistencia, uno que no terminaba de descifrar, pero que, en el fondo, intuía que significaba algo.

Y ella…Ella solo era una espectadora más en aquella historia. Y peor aún. Todo lo que había pensado, todo lo que había sentido, no valía la pena. Porque desde el primer momento en que había dudado de lo ocurrido con Isabela, desde que se había permitido cuestionar lo que sentía por Tsubasa, la respuesta ya estaba ahí.

Ellos simplemente no estaban destinados. Todo lo que había pensado, todo lo que había sentido, no valía la pena. Porque desde el primer momento en que había dudado de lo ocurrido con Isabela, desde que se había permitido cuestionar lo que sentía por Tsubasa, la respuesta ya estaba ahí.

Ellos simplemente no estaban destinados.

Sanae se iba a retirar, ya no podía soportar más la tensión, pero antes de que pudiera dar un paso, Tsubasa la tomó del brazo con firmeza, deteniéndola en seco. La joven sintió como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo, un estremecimiento que no sabía si era enojo, frustración o una mezcla de ambas. La sensación se desbordó dentro de ella, como si la estuvieran quemando en aceite caliente, pero lo que realmente la consumía era el intento desesperado de esconder la tristeza que amenazaba con desbordarse.

.- ¡Espera, Sanae! No es así, ¡Sanae!—su voz era baja, casi suplicante.

Pero ella, entre dientes y con el corazón acelerado, le contestó sin siquiera mirarlo:

.- No me tienes que explicar nada sobre ti y tu novia, Tsubasa—le dijo, la voz cargada de molestia, pero al mismo tiempo de una tristeza que le costaba reconocer.

Tsubasa, sin soltarla, la miró fijamente a los ojos, tratando de encontrar la manera de hacerla entender, de calmar la tormenta que él mismo había provocado, aunque no estuviera seguro de cómo había llegado hasta allí.

.- Sanae, yo…—pero sus palabras se desvanecieron, ya no sabía qué decir, solo la miraba, intentando transmitir con sus ojos lo que las palabras no lograban, aunque también sabía que ya hasta sonaba ridículo intentar decir algo…

Ella, al sentir su contacto, lo apartó bruscamente, pero él no se movió. Al contrario, la tomó más fuerte, esta vez por los brazos, como si quisiera que no se fuera.

.- Déjame ir—dijo ella, apretando los dientes.

Lo único que quería era escapar de la mirada de todos, de la confusión, de la tormenta interna que ya la ahogaba. Pero Tsubasa, en su intento por detenerla, la mantuvo ahí, en ese espacio donde el aire ya no era suficiente.

Sanae cerró los ojos por un segundo, y en su mente una voz susurraba que todo esto no valía la pena. Que no importaba cuán cerca se sintiera de Tsubasa, no importaba lo que en ese instante ella pensara que podía ser… lo único que siempre quedaría entre ellos sería la incertidumbre.

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Minutos antes, mientras Misugi conversaba despreocupado con Matsuyama, Yoshiko y otros miembros ex Furano, Yayoi se acercó a la barra, pidiendo un gin tonic. El sonido del líquido sirviéndose resonó en su mente como un eco lejano, mientras sentía la mirada de Misugi clavada en ella, pesada, como un yugo invisible que la arrastraba hacia su realidad.

.- Hey… – la voz de Misugi rompió el bullicio del bar, un tono bajo que sin embargo cargaba una emoción que Yayoi ya conocía, pero que ahora le resultaba indescifrable.

Yayoi lo miró de reojo, su saludo automático acompañado de una mirada dura, incapaz de ocultar la molestia que hervía en su interior. La imagen de él charlando relajadamente con Sagara seguía punzándole, como un alfiler clavado en su pecho.

.- ¿Tan rápido ya me cambias? – su voz salió cortante, como una daga afilada que, aunque contenía ira, también llevaba el peso de años de desilusión.

Misugi la observó un instante, como si la provocación de su tono le resultara extraña, pero lo suficiente para hacerle sonreír. La sonrisa, como siempre, le resultó a Yayoi una burla, no una muestra de paz.

.- ¿De qué hablas? Tú me cambiaste por Tsubasa… No entiendo por qué no puedo hablar con otras mujeres – dijo, con su tono relajado, ese que siempre usaba cuando lo que más le importaba era no comprometerse con nada. Era la misma actitud que había marcado su relación: algo constante, pero nunca satisfactorio.

Las palabras de Misugi fueron un golpe directo, insensibles como siempre. La música, los murmullos de las conversaciones, el sonido de los vasos chocando… todo desapareció. Solo quedaban ellos dos, atrapados en una burbuja de resentimiento.

.- Se me olvida lo cuán presumido llegas a ser de vez en cuando… – murmuró Yayoi, pero lo suficientemente fuerte como para que Misugi la escuchara, con rabia contenida que ni ella misma quería admitir.

Sin embargo, Misugi no reaccionó como esperaba. En lugar de disculparse o mostrar siquiera una pizca de arrepentimiento, se acercó más, como si todo lo que ella sentía no tuviera la más mínima importancia.

.- Siempre te gustó, ¿ahora lo niegas? – sus palabras salieron como un susurro, casi como si intentara recordarle algo que ya había olvidado. Pero para Yayoi, lo que realmente estaba haciendo era recordarle una relación que nunca le dio lo que esperaba. La mano de Misugi tocó su brazo, pero no era un gesto de cercanía, sino un roce frío y calculado que no hizo más que intensificar el vacío que ella sentía.

Yayoi lo miró, sus ojos llenos de incredulidad. Había sido testigo tantas veces de esos gestos, de esa cercanía vacía, que ya no sentía nada más que frustración.

.- No me toques, Jun. – La frase salió tajante, definitiva. Esa fue la última vez que lo llamaría por su nombre, la última vez que permitiría que él tuviera algún control sobre ella.

El nombre de Misugi cayó de sus labios con el peso de todo lo que había guardado durante años: ocho años siendo la opción, la que siempre esperaba una señal que nunca llegaba. El remordimiento de ser la que siempre estaba ahí, pero nunca lo suficiente como para ser la elegida, la prioridad.

.- ¿Que te cambié por Tsubasa? – Repitió Yayoi, con veneno en cada palabra. Había algo de verdad en lo que decía. Después de todo, su relación con Jun no había sido más que una mentira, una farsa en la que ella se había convertido en su consuelo temporal. – ¿Recuerdas cuántas veces te pregunté qué querías de mí? Y tú nunca respondías. Yo me cansé de esperar. ¿Sabes lo difícil que fue estar ahí, sin saber si alguna vez ibas a darme algo más que tu indiferencia? —

Misugi la miró sin remordimiento. La escuchaba, pero en su mirada no había una chispa de arrepentimiento, solo una quietud indiferente. Yayoi respiró hondo, pero las palabras seguían saliendo más fuertes, más duras.

.- Hace unos meses me dijiste que no podíamos estar juntos, y te creí. Pero ahora, cada vez que intento seguir adelante, apareces… – la frialdad de sus palabras contrastaba con la calidez de la habitación llena de gente. – Y ahora te veo mirando otras mujeres…—

Esperaba algo, alguna respuesta, cualquier cosa que al menos le diera sentido a la frustración que sentía. Pero lo que salió de la boca de Misugi no hizo más que aumentar su enojo.

.- ¿Sabes qué? – dijo Misugi, respirando hondo como si estuviera buscando calma. – Yo también estoy cansado. Cansado de no saber si lo que quiero es suficiente para ti. Y sí, ahora me estoy viendo con otras personas, pero, ¿qué esperabas? Si me trataste con tanta indiferencia, ¿cómo esperas que actúe? Nunca supe si lo que quería realmente valía la pena. Y ahora, tú estás con Tsubasa. —

Misugi bebió de su gin tonic sin añadir nada más, su mirada fija en la bebida, como si nada de lo que ella le decía tuviera el poder de tocarlo. Pero Yayoi ya no podía callarse más. El dolor de años sin respuestas, de ser siempre la opción, la que nunca valió lo suficiente para él, la hizo explotar.

.- Creo que merezco una oportunidad con alguien que realmente valga la pena. Tú también, a lo mejor con ella… – dijo, las palabras saliendo sin pensarlo, como si el simple hecho de mencionar a Tsubasa la pusiera en marcha.

Misugi la miró, la tensión palpable entre ellos. Algo en su expresión cambió, pero no fue suficiente para que Yayoi se detuviera.

.- Yo ya tengo una mujer así. – La firmeza en su voz la tomó por sorpresa. – Está frente a mí—

Las palabras flotaron entre ellos, y Yayoi lo miró, confundida, como si acabara de recibir un golpe. ¿En serio? ¿En este momento? Pero algo dentro de ella no dejaba de retumbar, como si, por primera vez, Misugi estuviera hablando con algo más que su acostumbrada indiferencia.

Yayoi tragó saliva, intentando procesar lo que acababa de escuchar. No sabía si estaba bromeando o si finalmente hablaba con sinceridad.

.- No te burles de mí, Jun. – Su voz se quebró levemente, pero no iba a dejar que lo viera vulnerable. – Si de verdad creyeras en eso, ¿por qué no luchaste antes?

Misugi permaneció en silencio por un momento, sus ojos fijos en ella, como si sus palabras le hubieran dado un golpe que no esperaba. Finalmente, su mirada dejó de ser la de siempre, tan distante y fría.

Yayoi, con el celular en mano, apenas alcanzó a teclear "Te necesito AHORA" antes de que algo cerca de los baños llamara su atención. Su corazón dio un vuelco cuando vio a Jun acercándose, siguiéndola. Su respiración se aceleró, no quería enfrentarlo. Estaba demasiado herida, demasiado furiosa para dejar que se acercara más.

En un impulso, sin pensarlo, buscó con la mirada a Tsubasa. No podía permitir que Jun la alcanzara. Necesitaba escapar, sentir algo diferente, algo que no estuviera marcado por las sombras de su relación rota con él.

Cuando vio a Tsubasa, no lo pensó dos veces. Se acercó, el mundo a su alrededor desvaneciéndose. Sin una palabra, sin previo aviso, lo besó. El beso no fue suave ni cálido, sino una explosión de emociones reprimidas, una forma de romper con todo lo que había sufrido. La necesidad de alejarse de Jun era tan fuerte que no pudo contenerse.

Tsubasa, sorprendido, no se movió al principio, pero algo cambió en el aire, y respondió al beso, como si el gesto de Yayoi le hubiera dado la respuesta que tanto había esperado.

Desde la esquina, Jun los observaba. Algo en su estómago se retorció. No esperaba ver esto. No esperaba ver a Yayoi tan decidida, tan ajena a él. Algo dentro de él se rompió. Algo que no sabía si podría arreglar.

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Tsubasa se apartó lentamente de Sanae, como si cada paso lo separara también de la última esperanza que había tenido de arreglar las cosas. Se dirigió hacia el grupo de Misaki y Genzo, sintiendo el peso de su confesión aun colgando sobre él. Mientras se acercaba, ambos amigos lo miraron con una mezcla de preocupación y algo de incomodidad, ya que la atmósfera entre ellos había cambiado de golpe.

Misaki fue la primera en romper el silencio, sus ojos buscando entender lo que había pasado.

.- ¿Qué sucedió, Tsubasa? —preguntó con suavidad, pero su tono denotaba una inquietud que no pasaba desapercibida.

Tsubasa se dejó caer en una silla cerca de ellos, su mirada perdida en el vacío, como si tratara de ordenar sus pensamientos. Sabía que no podía esconder la tormenta que sentía dentro.

.- La cagué… —dijo en un susurro, casi como si no se atreviera a levantar la mirada—. Lo único que quiero es que sea feliz, aunque me duele que no sea conmigo. Pero no sé qué más hacer, siento que la estoy empujando más lejos… y yo no quiero perderla… pero parece que ya lo he hecho—

Genzo, quien generalmente mantenía una actitud más relajada, se cruzó de brazos, mirando a Tsubasa con seriedad.

.- A veces, hacer lo correcto no significa que todo vaya a salir bien, Tsubasa —dijo con un tono bajo, pero cargado de comprensión—. ¿Sabes? A veces tienes que dejar ir lo que amas para que eso tenga la oportunidad de sanar, incluso si te duele… Sobre todo si te duele. —

.- No es fácil, pero…Pero forzarla solo lo empeora— Misaki asintió, también con una expresión grave.

Tsubasa respiró hondo, asimilando las palabras de sus amigos. Estaba claro que no podía hacer nada más por el momento. Todo lo que había hecho hasta ese momento solo había complicado más las cosas.

.- Lo sé… —murmuró, su voz quebrada por la frustración—. Lo único que quería era que ella supiera lo que siento, pero me temo que ya es demasiado tarde. No sé ni qué quiero para mí… solo sé que verla irse me destroza—

Tsubasa permaneció en silencio, asimilando las palabras de sus amigos, cuando de repente Megumi intervino con su tono característico, ya sin paciencia.

.- Ay, por favor… eso ni tú te la crees, ¿cierto? —Dijo, con una sonrisa ligera pero sin un atisbo de compasión—. Aquí hay un problema de responsabilidad efectiva, y en vez de hacer algo al respecto, estás atorado en tu propio drama. Pero claro, eso lo hace más fácil que mirarlo en perspectiva—

Tsubasa levantó la cabeza, confundido por la dureza de sus palabras.

.- ¿Qué quieres decir con "responsabilidad efectiva"? —preguntó, tratando de entender. La frustración comenzaba a mezclarse con la incomodidad. ¿Era tan obvio que él estaba haciendo mal las cosas?

Megumi resopló, viendo cómo Tsubasa intentaba encontrar alguna salida a su confusión.

.- Lo que quiero decir es que ya basta de lamentarte. ¿Te das cuenta de que lo único que estás haciendo es meterte más y más en tu propio lío? Le estás presionando tanto a ella, que lo que necesita ahora es justamente lo que no le das: espacio. No todo es un "por qué no me quiere". —Megumi miró a Azumi, que había estado en silencio todo el tiempo—. Si sigues con este drama, no vas a hacerle bien ni a ti ni a ella, y da flojera.—

Azumi, observando la situación sin decir una palabra, se levantó, dispuesta a acompañar a Megumi.

.- Voy con ella, Tsubasa —dijo Azumi con suavidad, como si ya supiera que nada más podía hacerse en ese momento.

.- ¿Y qué hago ahora? —murmuró, más para sí mismo, su voz cargada de confusión.

Genzo suspiró, mirando a Tsubasa con un gesto que denotaba tanto frustración como comprensión.

.- Da un paso atrás. Deja que las cosas sigan su curso. Y tal vez, cuando ya no la estés presionando, encuentres una forma de ser lo que ella necesita—

.- ¡Oye, cabeza arriba!—Megumi le dijo. Su tono era firme, con una pizca de lo que podría interpretarse como frustración, pero también algo de orgullo. Sabía que el chico estaba atrapado en su propio drama, pero no iba a quedárselo mirando—Eres Tsubasa Ozora… ¡Todos saben lo que eso significa! —dijo con voz alta, sin darse vuelta, como si todo lo que acababa de pasar fuera solo un paso más.

Al ver cómo Megumi se apartaba del grupo, sin dar demasiadas explicaciones ni preocuparse por lo que los demás pudieran pensar, dejó una sensación de desafío en el aire. Le dio la sensación de que ella no era de esas personas que iban a estar ahí todo el tiempo para consolar, pero sí para recordar que, al final, Tsubasa no era cualquier tipo.

El recordatorio de su nombre resonó, y la mirada de Tsubasa se detuvo, atrapada en las palabras de Megumi. Sabía lo que ella quería decir. No importaba lo que estuviera pasando ahora, él tenía el talento, la capacidad y el peso de un nombre. No era alguien que pudiera rendirse tan fácilmente. Si algo había aprendido de ella era que nunca debía perder la perspectiva de su propio valor, por muy difícil que fuera la situación.

Sin esperar respuesta, Megumi se perdió entre la multitud, había ido tras Azumi.

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El baño del antro estaba oscuro, iluminado solo por algunas luces de neón parpadeantes que daban una sensación casi surrealista. La música del salón principal retumbaba a través de las paredes, pero dentro del baño todo parecía un pequeño refugio, un espacio alejado de la multitud. Sanae estaba sentada sobre el lavabo, las manos cubriéndole el rostro, los sollozos escapando con dificultad.

Azumi, al igual que las demás, había notado el estado de su amiga, pero fue la única que no se quedó atrás. Sin pensarlo demasiado, se acercó con calma, sabiendo que no necesitaba hacer grandes gestos, solo estar allí.

Se agachó junto a ella, tocándole el hombro suavemente. Sanae levantó la cabeza, y en sus ojos aún brillaban las lágrimas, pero algo en la presencia de Azumi parecía calmarla.

.- Sanae... —dijo Azumi con voz suave, pero firme, mirando a los ojos a su amiga. La música seguía haciendo vibrar las paredes, pero en ese baño el sonido se sentía lejano, como si ya no importara.

Sanae solo asintió, sus labios temblando, sin poder encontrar las palabras. Azumi, sin más, se acercó y la abrazó con fuerza, envolviéndola en un gesto que sabía que lo decía todo. Las lágrimas de Sanae continuaron cayendo, pero era un llanto más contenido, como si el simple acto de ser abrazada la ayudara a tomar una pequeña pausa en su tormenta interna. Azumi no dijo nada más, porque sabía que no hacían falta palabras. A veces, lo único que se necesita es saber que alguien está ahí para ti, sin expectativas, solo ofreciendo apoyo.

El sonido de la música seguía siendo fuerte, pero en ese pequeño rincón del baño parecía diluirse, dejando espacio solo para el consuelo y el entendimiento entre las dos.

Azumi permaneció en silencio, observando a Sanae, quien lentamente se iba tranquilizando en su abrazo. El baño seguía resonando con la música a lo lejos, pero dentro de ese pequeño espacio, todo parecía más tranquilo. Sanae dejó que el tiempo pasara en silencio, sus pensamientos flotando sin control.

Finalmente, sus ojos se alzaron, mirando al vacío mientras una idea comenzaba a formarse en su mente. "Isabela se equivoca... Tsubasa nunca fue mío como creí... solo me hace reforzar pensar que Karl es el indicado para mí" Fue un pensamiento breve, pero claro, un suspiro que parecía haber liberado un peso que llevaba mucho tiempo arrastrando. Tal vez, por fin, era hora de dejar ir lo que había sido.

Sin embargo, en ese momento, la puerta del baño se abrió con un golpe. Megumi, con su habitual aire despreocupado, entró sin mirar atrás, como si no le importara la atmósfera que acababa de interrumpir.

Sanae levantó una ceja, no reconociendo de inmediato a la chica que se acercaba hacia ellas. Megumi no parecía percatarse del ambiente tenso y caminó con paso firme hasta quedar frente a ellas.

.- Creo que lo que necesitas... —dijo Megumi, con una sonrisa traviesa, mirando a Sanae—... es un shot... un baile con amigas y luego nos vamos a casa—

Sanae la miró, desconcertada, pero algo en la actitud relajada de Megumi le hizo soltar una pequeña risa, a pesar de todo. Azumi también esbozó una leve sonrisa, sintiendo que la intervención de Megumi era justo lo que necesitaban para romper con el momento pesado.

La energía de Megumi, a pesar de ser tan distinta a la situación, no era agresiva ni forzada. Era más bien un contraste refrescante, como si su sola presencia pudiera hacer que las cosas no se sintieran tan graves.

Megumi, sin esperar más, tomó a Sanae de las manos con suavidad, pero con firmeza, y la arrastró hacia la barra. Yukari y Kumi las siguieron, pidiendo una ronda de shots de frutas. La música, llena de energía, comenzaba a invadir el ambiente cuando los primeros acordes de "Bad Romance" de Lady Gaga se hicieron sentir, reverberando en las paredes del antro.

La atmósfera, ya cargada con una electricidad casi palpable, empezó a tomar un giro más animado, y Megumi, al ver que Sanae aún estaba algo tensa, no dudó en llevarla directamente hacia la pista de baile. El ritmo frenético de la música parecía invadirlo todo, y la pista se llenó de cuerpos moviéndose al unísono con la canción. No había espacio para las preocupaciones, solo el latido de la música y la euforia del momento.

Sanae, al principio, estaba rígida, incómoda con la idea de soltarse en medio de todo el caos. Pero Megumi, sin insistir demasiado, simplemente la guiaba de forma natural. Cada vez que la mirada de Sanae se perdía, Megumi levantaba los brazos, invitándola a unirse al movimiento, sin presionar, sin sobrecargarla. La voz de Megumi se alzó por encima del estruendoso sonido de la música, cantando con todo su ser, moviendo su cabello de un lado a otro, contagiando la misma intensidad a todas las chicas.

A pesar del volumen ensordecedor, la escuchaba. Podía oír la letra a través de su risa, aunque el mundo a su alrededor se hubiera convertido en un borrón de luces y sombras. La tensión en el cuerpo de Sanae comenzaba a desvanecerse, como si la música estuviera borrando las huellas de sus pensamientos oscuros, abriéndola a un espacio nuevo, más ligero, lleno de un tipo diferente de liberación.

El tiempo parecía haberse detenido mientras Megumi seguía liderando el baile con su energía contagiosa, pero sin ser el centro de atención. Los movimientos de la pista eran una mezcla de libertad y caos, y aunque mañana era el primer partido, nada de eso importaba. Esa noche, solo había lugar para el ritmo, el baile, y la sensación de estar viva.

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La noche seguía su curso, la música aún resonaba desde el interior del antro, pero al salir al aire fresco, el contraste fue inmediato. Sanae, Kumi, Yukari y Megumi se agruparon fuera, alejándose del bullicio, mientras reían entre ellas, aliviadas por el respiro. La energía que traían era inconfundible, la sensación de haber dejado atrás algo pesado, al menos por un rato.

.- ¡Eso estuvo genial! —exclamó Kumi, ajustándose el cabello desordenado por el baile.

Sanae no pudo evitar reír, un sonido genuino que hacía tiempo no dejaba escapar. Sentía que algo en su interior se aligeraba.

.- Eso fue…divertido y…nunca lo había hecho —dijo Sanae, aún sorprendida por ella misma.

Megumi sonrió, como si nada de eso fuera una sorpresa para ella. Su energía era tan contagiante que a todas parecía arrastrarlas.

.- ¿Y ahora qué? —preguntó Yukari, mirando alrededor. La noche aún estaba joven, pero todas sabían que debían irse pronto.

Fue entonces cuando, a lo lejos, escucharon el sonido de un coche llegando. Genzo apareció al volante, con su usual actitud tranquila y serena. Miró hacia ellas y sonrió.

.- Hallo! —saludó mientras se acercaba al grupo.

Megumi lo observó de reojo y luego, sin más, se dirigió a Genzo con una sonrisa juguetona.

.- No-Misaki, ¿te importaría llevar a Sanae a casa esta noche? —preguntó Megumi, el tono de su voz era más cálido de lo que uno podría esperar, como si hubiera algo más detrás de la pregunta.

Sanae se giró hacia Megumi, un poco sorprendida, pero sonrió ante el gesto. Había algo reconfortante en la cercanía de todos, algo que la hacía sentir menos sola.

Genzo, con su usual calma, le devolvió la sonrisa y asintió.

.- Igual que en Hamburgo… —dijo Genzo, con un pequeño gesto de resignación, mientras rodeaba los ojos, como si aquello no le gustara del todo. Sanae entendió la referencia. Luego, mirando a las demás, añadió—: ¿Se quedan aquí o piden un carro? —

Yukari asintió y respondió rápidamente:

.- Pediremos un carro también, Wakabayashi-san. Muchas gracias.

.- Nos vemos mañana en el partido —dijo Kumi con una sonrisa cómplice, mirando a las otras chicas.

El aire fresco de la noche envolvía el momento. La despedida fue breve, pero cordial, con promesas de vernos nuevamente al día siguiente. Sanae, por fin, se sintió lista para regresar. Lo que sí es que Sanae siente una presión distinta, es como las noches en Hamburgo donde compartieron momentos muy agradables cuando estuvo en el intercambio...así que algo preocupada pero tenía qué preguntarlo

.- ¿Le dirás a Karl? —preguntó Sanae, con un atisbo de preocupación en su voz.

.- No, Sany... pero es algo que no se puede ocultar por mucho tiempo... ¿Lo sabes, cierto? —respondió Genzo, con una mirada que hablaba más que sus palabras.

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Yayoi estaba de pie fuera del WOMB, mirando el tráfico pasar mientras el ruido de la fiesta seguía resonando a lo lejos. El brillo y la energía de la noche ya no la alcanzaban, como si se hubiera quedado atrapada en una burbuja de silencio. Sus ojos, empañados por las lágrimas que no había dejado caer, reflejaban una tristeza profunda.

El dolor por descubrir que Jun estaba cansado de ella, que parecía mirarla como si fuera otra persona, le desgarraba el alma. Lo de Tsubasa, lo de Jun, todo se amalgamaba en una maraña de pensamientos y emociones que la aplastaban. No podía dejar de pensar en lo que había sucedido. No había visto a Tsubasa allí, ni había imaginado que se sentiría tan herida.

Fue entonces cuando sintió un brazo rodearla por los hombros. Se asustó al principio, pero rápidamente reconoció la cercanía de Tsubasa. Él la abrazó suavemente, como si pudiera calmar la tormenta interna que la arrasaba.

.- Ven aquí...—dijo Tsubasa, con la voz suave, casi imperceptible, mientras la apretaba con ternura. Yayoi comenzó a sollozar, su llanto acumulado finalmente encontrando salida.

.- Perdóname, Tsubasa... —sollozó entre lágrimas—No quería causarte ningún problema con Sanae... no me di cuenta de que estabas ahí, y lo de Jun... —

Las palabras se ahogaron en su garganta, pero el peso de su arrepentimiento era claro en su rostro, en su cuerpo tembloroso. Tsubasa la sostuvo con más firmeza, sin palabras al principio, solo el sonido de su respiración que intentaba transmitirle calma.

.- Tranquila—murmuró Tsubasa con voz baja, acariciándole el cabello.—No tienes nada de qué disculparte. Sabes que siempre estaré aquí para ti. Aunque... —hizo una pequeña pausa, y su tono se volvió un poco más serio—creo que no debe haber más besos entre nosotros... —

Yayoi se quedó en silencio por un momento, sintiendo el rubor subir a su rostro. No sabía cómo reaccionar a esas palabras.

.- Lo siento... —murmuró ella, mirando al suelo, pero luego levantó la vista, dudando—Aunque... creo que no vale la pena continuar con esto, ¿no crees? —

Tsubasa la miró por un segundo, como si estuviera midiendo la situación, luego levantó una ceja con una pequeña sonrisa.

.- ¿Tú dices, eso de ser novios falsos? — preguntó con algo de humor en su voz.

Yayoi asintió lentamente, sin poder evitar la sonrisa nerviosa que se dibujaba en sus labios. Tsubasa se echó a reír, su risa relajada y sin tensión.

.- Creí que te enojarías si te lo decía yo primero—bromeó Tsubasa, y la risa de su amiga pronto se unió a la suya, aliviando el aire—Entonces ¿amigos? —

Yayoi asintió, suspirando…

.- De todas formas, me gustaría que nos siguiéramos viendo—dijo Yayoi, sonriendo de nuevo. —Tengo trabajo con la Federación, así que seguiré viniendo... Y mañana, ¡tienes que ganar ese partido! —añadió, dándole un ligero golpe en el hombro.

Tsubasa la miró, sonriendo.

.-Tanto como me llaman Tsubasa Ozora... Y ya por último, Yayoi... —Su tono cambió ligeramente, más serio—Olvídalo... a Misugi. Vales mucho más, ¿ok? De verdad, eres de las mujeres más fuertes que conozco. No dejes que nadie te haga pensar lo contrario—

Yayoi asintió, algo conmovida, justo cuando su carro llegó. Tsubasa le abrió la puerta y la chica se retiró.

Con un suspiro, Tsubasa se quedó mirando cómo el coche se alejaba. Sentía como si un peso enorme se hubiera levantado de sus hombros, como si un elefante que había estado encima de él todo este tiempo finalmente se hubiera ido. No olvidó lo que le había dicho Megumi: "Deja de presionar". El problema, pensó para sí, era que a veces ni él mismo se hacía caso. Sacó su móvil y pidió un carro también para irse de vuelta al hotel. Mañana empezaba el torneo, y debía descansar lo suficiente para darlo todo.

OoOoOoOoOoO
Fin del Capítulo 10
Notas de la autora: Yey! Este capítulo estuvo varios días en mi cabeza. Espero que lo disfruten, creo que se merecían un capítulo más largo por todo el tiempo ausente. Ahora, creo que es importante mencionarles que estaré subiendo el otro capítulo tentativo en una semana o dos. Así que, por fis, apreciaría un review.
Y todavía falta mucha explicación, realmente ya estamos madurando mucho a nuestra Sanae y a Tsubasa. ¿Cómo creen que se desenvuelva todo esto ahora?
Ahora conocimos una perspectiva de Isabela, y la firme decisión de Sanae con Karl pero ¿será que está en lo correcto?
Jun y Yayoi, uffff otro cuento.
Creo que pondré algo de Azumi con Taro, aquí no los mencioné tanto pero supongo por tantas historias conectadas, les daré su spotlight…¿qué dicen?
Mhialove0: Sí! Volví! Gracias por seguir aquí, espero te guste la nueva entrega.