DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.


Insidia —

XI —


Las nubes se habían alejado paulatinamente, por lo que ese día el cielo ya se encontraba despejado, aunque la temperatura ambiente seguía sin ser demasiado elevada, parecía una tarde de primavera. El grupo no había vuelto a hablar sobre las acciones de Sango ni su causa, así que tampoco habían tratado qué harían después.

La taijiya soltó un suspiro, mirando su reflejo en la superficie del río con melancolía, mientras acariciaba el lomo de Kirara. El día que despertó, después de la primera impresión de Kagome, la anciana Kaede había evaluado su estado, comentando que las lesiones físicas habían sanado casi en su totalidad durante el tiempo que estuvo inconsciente, y sólo debían esperar a que la herida en su pecho se cerrara por completo para que estuviese en condiciones de retomar sus actividades habituales. De eso ya habían pasado tres días, y mientras esperaban su recuperación, el resto del grupo había intentado mantener una convivencia normal con ella, a pesar de que seguía sintiendo la atenta mirada de InuYasha sobre ella, vigilando cada una de sus acciones en caso de que aún pudiera hacer algo contra ellos. Kagome, en cambio, había intentado reintegrarla lo mejor posible, volviendo a compartir con ella como era habitual; Shippō no rechazaba estar cerca suyo, aunque si parecía reacio a que compartieran mucho, y ella no lo juzgaba por ser precavido después de lo que le había hecho. Miroku, por su parte, se había dedicado a cuidarla, estando pendiente de preparar las medicinas que debía tomar y ayudándola con la atención de sus heridas, pero ella finalmente le había pedido que dejara de hacerlo porque no se sentía cómoda recibiendo tanta consideración de su parte y, de cierta forma, compartir con él le dolía.

Esa era la razón por la que había decidido salir a caminar sólo con su compañera felina, ya que en el interior de la cabaña podía llegar a sentirse abrumada, deseando desaparecer para no sentir la constante culpa oprimiéndole el pecho sin descanso. Cerró los ojos, pensando que habría sido mejor morir que enfrentar esa situación, porque consideraba que sus acciones no tenían perdón, sin importar la justificación que tuvieran. Aunque quizá ese era el castigo que debía enfrentar por su traición.

Negó con un gesto, mirándose las manos y recordando la frialdad con la que había decidido envenenar la comida y el agua de sus amigos, sin vacilar ni un instante; o la sangre manchando su piel al enfrentarse a ellos, dejando grabado el dolor y la decepción que habían acompañado esas heridas. Terminó abrazándose las rodillas y aguantando las lágrimas, sin saber cuánto más podría soportar esa situación.

—Sango, ¿estás bien?

La voz de Kagome le llegó desde atrás, hablándole de forma cautelosa como si no quisiera interrumpirla. La castaña levantó la vista e hizo una mueca, porque "bien" no era precisamente cómo estaba ahora.

—No usaría esa palabra, en realidad —respondió, sin dejar de mirar el agua del río que corría a sus pies —. Pero supongo que tampoco estoy mal

—Lo lamento, debe ser difícil… —Kagome soltó un suspiro, mirándola con inquietud. —¿Puedo sentarme contigo un momento?

Sango se encogió de hombros, incluso si le decía que no, conocía bastante a la azabache como para saber que lo haría de todos modos, porque estaba preocupada por ella y de alguna forma, necesitaba recuperar el lazo que se había perdido. Sólo que no estaba segura de que pudiese reconstruirse, y jamás volvería a ser lo mismo.

—De todas formas no te irás, incluso si te lo pidiera…

Kagome soltó un suspiro y se sentó a su lado, observándola de reojo unos instantes, tratando de descifrar lo que pasaba por la mente de su amiga, porque los últimos días ya no podía saberlo con certeza. Tras unos segundos, decidió volver a hablar.

—Sango, entiendo que te sientas sobrepasada con todo lo que ocurrió, la culpa seguramente no te deja tranquila y por eso, prefieres alejarte… —Trató de empatizar con ella, observando con atención su semblante buscando alguna señal que no encontró. —Pero somos tus amigos, seguimos siendo los mismos y comprendemos que lo que pasó no fue tu responsabilidad…

—En eso te equivocas, Kagome —la castaña sonrió de medio lado, más como un gesto de abatimiento mientras seguía mirando el río —. Ustedes no lo entienden, no son los que casi acaban con la vida de quienes se hubiesen sacrificado por su bienestar. Y ninguno seguirá siendo igual, algunos incluso cargaremos con un recuerdo físico de lo que pasó… —Bajó la mirada, aguantando las lágrimas mientras pensaba en la cicatriz que su ataque debió dejar en el pecho del monje. —Así que no intentes decirme que lo entiendes, porque no es así.

—Sango… —La azabache se atrevió a apoyar su mano en el hombro de su compañera, logrando que ella finalmente la mirada, la confusión y angustia atravesándola fuertemente. —Es cierto, no puedo imaginarlo, y sí, no vamos a olvidar lo que ocurrió… pero podríamos volver a acercarnos, hablar sobre lo que nos ocurre y así, ir superándolo…

—No es tan simple —hizo una mueca, volviendo a desviar la mirada —. Incluso si tomamos en cuenta la influencia de ese veneno, esos pensamientos estaban ahí, Kagome, muy en lo profundo, casi olvidados, pero existían; y no tuve la voluntad ni determinación suficiente como para ver el error que estaba cometiendo. ¿Y si el día de mañana vuelve a pasar algo así? No es justo que vivan con el miedo a que los traicione de nuevo… tampoco quiero vivir yo con el temor de hacerles daño. Y sabes que no sólo es el tema del veneno, quizá fui tan vulnerable porque me aferro a la idea de salvar a Kohaku y esa siempre será mi debilidad… Y mientras él esté bajo el control de Naraku, existe la posibilidad de que vuelva a manipularme…

—Pero si seguimos juntos, encontraremos la forma de enfrentar esas situaciones —Kagome volvió a suspirar, sentía el decaimiento de su amiga tan intenso que podía palparlo —. Sólo nos tienes que dejar ayudarte…

—Por favor, Kagome, no quiero ponerlos en peligro de nuevo… quizá sea más fácil si creen que realmente los traicioné y nunca quise formar lazos, que no era su amiga de verdad…

—No puedo creer eso —la interrumpió, presionando su puño con impotencia —. Es imposible, no después de todo lo que hemos vivido. ¡Hemos llorado juntas, Sango, por Kohaku, por InuYasha, hasta por Miroku-sama! ¿Y ahora tengo que pretender que todo eso era mentira? No puedo, eres más que mi amiga, eres parte de la familia que tengo aquí.

—Kagome… —Sango suspiró, sintiéndose aún más abatida por las palabras de la azabache, porque sabía que eran ciertas y ella también anhelaba aferrarse a su unión, pero no podía simplemente hacerlo. Negó con un leve movimiento, tomando la mano que Kagome tenía en su hombro y presionándola con cariño. —Perdóname. Me gustaría poder ver las cosas de la misma forma que tú y seguir adelante, pero no puedo… por lo menos no ahora. Espero que lo entiendas. Si me disculpas, seguiré caminando.

Se puso de pie, haciéndole un gesto a Kirara para que la acompañara y dándole la espalda a la azabache, que la observó alejarse sintiendo un nudo en la garganta y el pecho apretado, porque acababa de comprender que la situación era mucho más compleja de lo que pensaba para Sango, y eso significaba que no podrían solucionarla, por lo menos no de la forma que ella pensó que ocurriría.

Por su lado, la taijiya soltó las lágrimas que habían amenazado con salir de sus ojos desde que esa conversación había iniciado, porque aún si sabía que anhelaba con todo su corazón recuperar lo que había perdido en el momento en el que decidió atacar a sus compañeros, era consciente de que eso no era posible y asumía que era el precio que tendría que pagar por sus acciones. No podría hacer nada más.


—Bien, la herida ya sanó… y te ves en mejores condiciones que cuando llegaste, incluso recuperaste el color —la anciana Kaede asintió, observando a Sango por un instante antes de acomodar de vuelta en su lugar el kosode rosa —. Si desean retomar su viaje, no tengo objeciones. Sólo recomiendo que siga ingiriendo las medicinas y mantenga la dieta que le sugerí.

—De acuerdo, muchas gracias, Kaede-sama —la castaña hizo una leve reverencia como agradecimiento, esbozando una sonrisa —. Seguiré sus consejos.

—Me alegro —la anciana le devolvió el gesto y se puso de pie para marcharse —. Ahora, si me disculpan, debo volver a mis labores.

Se despidió de ellos y abandonó la cabaña, momento en el que todos fijaron su atención en Sango, quien sabía que ahora tendría que afrontar el asunto de manera directa porque ya no había excusas para retrasar esa charla y la decisión sobre lo que harían ahora. Ella frunció los labios, intentando encontrar las palabras adecuadas para hacerles entender su elección.

—¿Y bien, qué harás?

Levantó la vista al escuchar la severidad en la voz de InuYasha, que la observaba fijamente con los ojos cargados de profundidad, aunque no supo interpretar el gesto. Los demás también la observaban, esperando su respuesta, aunque notó que Kagome estaba ansiosa. Inhaló profundo antes de hablar.

—Reanudaré mi viaje, pero no iré con ustedes —reveló, sus palabras no parecieron causar extrañeza en el ambarino ni en la azabache, pero sí en Miroku, que mantuvo su vista fija en ella, estupefacto.

—¿Como que no vendrás con nosotros? —Preguntó el monje, frunciendo el ceño. —¿Por qué?

—Ya se los dije, no soy confiable —les recordó, presionando los puños con impotencia —. No quiero que se arriesguen a que vuelva a traicionarlos, o que constantemente estén en alerta, con la incertidumbre de si podré traicionarlos otra vez… —Negó con un gesto, sintiéndose abatida. —Ustedes deben enfocarse en derrotar a Naraku, y yo puedo ser un obstáculo. Por eso, lo mejor es que siga mi camino sola.

—¿Estás segura? —La interrogante del hanyō fue hecha con algo de cautela, como si estuviese evaluando toda la situación.

—Sí —respondió con firmeza, tensando la mandíbula —. Lo he pensado todos estos días, y es la única opción. Espero que lo entiendan, sólo estoy asumiendo las consecuencias de mis acciones.

—De acuerdo, si es lo que quieres…

—¿De acuerdo? —Miroku parecía aún más confundido con la actitud de InuYasha. Podía entender a Sango, pero no a su amigo. —¿Ni siquiera lo discutiremos?

—Ya la escuchaste, lo ha pensado bastante y es su decisión —no suavizó el gesto, mirando ahora al monje —. No volveré a obligarla a nada, ya cometí ese error antes y no salió bien.

—P-Pero… —El ojiazul sintió el arrepentimiento en la voz de su amigo, pero él no podía resignarse a ver partir nuevamente a Sango sin hacer nada. Buscó la mirada de la azabache como apoyo. —Kagome-sama, ¿cree que está bien que viaje sola?

—Lo siento, Miroku-sama, pero si Sango ha tomado esa decisión, debe tener sus motivos —ella hizo una mueca, no quería que volvieran a separarse, pero sabía que no podía hacer mucho al respecto —. Me gustaría que fuese de otra forma, sólo que no depende de mí.

—Por favor, hōshi-sama —la castaña se dirigió a él, logrando que la observara atentamente —. No haga esto más difícil. Es lo mejor para todos, entiéndalo. Sé que el temor a una nueva traición no desaparecerá tan fácilmente, y no quiero que pasen por eso.

—Sango… —Miroku se encontró con su mirada y negó con un gesto, él lo entendía pero era difícil que lo aceptara. —Comprendo todo eso, pero no me gustaría separarme de ti, podría ser peligroso…

—Estaré bien —trató de tranquilizarlo, aunque su sonrisa fue triste —. Puedo defenderme y Kirara vendrá conmigo, así que no debería preocuparse. Sólo quiero que ustedes estén seguros.

El ojiazul agachó la mirada, había sentido el dolor en los ojos castaños y lo compartió, él sabía que la culpa y el remordimiento estaban calando demasiado profundo en Sango. Hizo una mueca, pese a todo sus amigos tenían razón y no podían obligar a la taijiya a seguir junto a ellos.

—Bien, hay que prepararnos. Lo mejor será partir mañana —comentó InuYasha, dando el tema por finalizado —. Hemos perdido bastante tiempo.

Kagome asintió levemente a las palabras del ambarino, para luego hacerle un gesto a la taijiya, entregándole las medicinas y resto de insumos, e indicándole cómo debía seguir con los cuidados que había indicado la anciana Kaede. La castaña escuchó atenta y en silencio, para luego agradecerle con una sonrisa, tras lo cual la azabache indicó que iría a la aldea para buscar provisiones junto a Shippō, e InuYasha también abandonó la cabaña, porque no soportaría mucho más el ambiente que se había generado en el interior. De esta forma, Miroku y Sango quedaron solos, algo que el monje agradeció, porque necesitaba hablar sin interrupciones con ella, pese a que notó en su semblante que hubiese preferido evitar ese momento, porque se había enfocado en revisar sus pertenencias y fingía ignorarlo.

—Sango, ¿podemos hablar? —Preguntó, observándola con profundidad, ella le devolvió el gesto con duda.

—¿De qué quiere hablar? Creo que dije todo lo que tenía que decir.

—Quizá, pero yo no —aclaró, sin separar sus ojos de los castaños —. Por favor, sólo pido que me escuches.

La taijiya soltó un suspiro y asintió, fijando ahora su completa atención en él.

—De acuerdo.

Él sonrió levemente y se sentó a su lado, pensando con cuidado lo que diría, porque no quería incomodar a su compañera ni hacerla sentir peor; por el contrario, buscaba aliviar un poco su pesar, porque ya había cometido demasiados errores, algunos de los que habían contribuido a que la situación terminara de esa forma.

—Aunque no lo creas, entiendo que esto es muy difícil para ti —comenzó, y notó la mueca de desánimo en el rostro femenino ante sus palabras —. Sé que no puedo ni siquiera imaginar lo que estás sintiendo ahora, así que no lo intentaré. Sin embargo, quiero que sepas que no eres la única que carga con culpa y remordimiento, porque nosotros también cometimos errores y a causa de eso, estuviste a punto de morir.

—Lo dice como si usted no…

—No lo puedo negar, pero eso no va a evitar que nos arrepintamos de las decisiones que tomamos —aclaró, haciendo un ademán que parecía una sonrisa triste —. Es por eso por lo que no puedo aceptar tan fácilmente que te vuelvas a alejar. Yo… no quiero volver a perderte.

Hōshi-sama, por favor, ¿no comprende que puedo ser un peligro para ustedes? —Sango presionó con fuerza sus puños, bajando la mirada con indignación. —¿Qué cree que va a pasar en ese caso? Prefiero prevenir esa situación.

—Lo sé, de verdad comprendo que es muy complicado —se atrevió a tomar las manos femeninas, presionándolas con cariño —. No obstante, estoy dispuesto a arriesgarme con tal de no alejarme, incluso si nuevamente ocurre algo así… aún si debo ser yo quien se enfrente a ti para proteger a los demás…

—¿Por qué se arriesgaría de esa forma? No vale la pena que lo haga, menos por mí…

—Sango, te sentí morir en mis brazos —volvió a sentir el pecho apretado, la angustia y desesperación de ese momento aparecieron nuevamente con fuerza en su interior —. Creí que te había perdido para siempre, y en ese momento todo dejó de tener sentido para mí. No veo un futuro sin ti, por eso… no puedo obligarte a seguir viajando con nosotros, pero puedo pedirte que me dejes acompañarte.

Ella dejó caer un par de lágrimas, sintiéndose conmovida por los sentimientos que le transmitía el profundo azul de la mirada del monje, porque su determinación era alimentada por un amor más intenso de lo que hubiese sentido antes, y la súplica se mezclaba con tal esperanza que llegó a tocarla.

—Supongo que tampoco puedo obligarlo a desistir de su idea —admitió, sonriendo con resignación —. Sólo quiero que tenga claro que, si llego a lastimarlo, jamás me lo perdonaría y también sería el final para mí. Así que, por favor, si en algún momento lo pongo en peligro, no dude en hacer lo necesario para salvarse… Por favor, prométamelo…

Miroku esbozó una ligera sonrisa, soltando las manos de la castaña para acunar su rostro, limpiando con sus pulgares las lágrimas que habían abandonado sus ojos.

—De acuerdo, Sango —respondió, mirándola fijamente por unos instantes —. Lo haré.

Terminó besándole la frente antes de refugiarla en su pecho, porque después de haber contenido en su interior la tormenta que causaban sus sentimientos durante días, finalmente había cedido a la presión, soltando las lágrimas junto con la angustia que parecía que jamás la abandonarían. Ella, al igual que él, no veía un futuro si no era a su lado, y había perdido la esperanza, creyendo que él no confiaría nunca más en ella. Por lo menos ahora ambos sabían que, incluso si ese camino los llevaba a lo más oscuro, lo recorrerían juntos.


—Bien, ya es hora de partir.

La voz de InuYasha interrumpió el silencio matinal, ya que habían acordado retomar su viaje con el amanecer para evitar perder más tiempo. Kagome sonrió algo desanimada, sintiéndose abatida con la idea de dejar atrás a Sango, pero sin argumentos que sintiera lo suficientemente válidos como para convencerla de lo contrario. Tomó su mochila para colocársela y asintió levemente.

—Estoy lista.

—Entonces, vamos —InuYasha se dirigió hasta la entrada para levantar la esterilla y abrirle paso a Kagome y Shippō, que dormitaba en su hombro; sin embargo, el monje no se movió de su sitio, llamando la atención del hanyō —. ¿A qué esperas, Miroku?

—Tampoco iré con ustedes —anunció, causando sorpresa en todos —. Acompañaré a Sango.

—¿Qué?

La extrañeza en la voz del otro varón fue acompañada por miradas aún más perplejas por parte del resto del grupo, excepto de la taijiya, que agachó la cabeza cuando sintió los ojos dorados en ella

—Lo que escuchaste, iré con Sango.

InuYasha entrecerró las cejas, observándolos con atención y notando por sus expresiones, que eso ya estaba decidido. Soltó un bufido, no estaba seguro de cómo tomar esa situación.

—Tal parece que ya lo hablaron —espetó, cruzándose de brazos —. ¿Están seguros?

La castaña frunció los labios, sin saber cómo responder porque ella seguía sintiendo que la decisión del monje era demasiado peligrosa, pero consciente de que no iba a convencerlo de lo contrario y, a final de cuentas, era su elección.

—Conozco los riesgos y sé lo que puede pasar —aclaró el ojiazul, su expresión determinada reflejando la veracidad de sus palabras —. Pero prefiero arriesgarme, que dejarla por su cuenta.

—¿En serio? ¿Y ella está de acuerdo? —Observó con detenimiento a Sango, que mantenía el gesto contraído. —Quizá necesite encontrar su propio camino y lo mejor es que lo haga sola —agregó, sin dejar de mirar a la castaña —. La culpa muchas veces es mejor superarla por uno mismo.

—Entiendo que no estés de acuerdo, yo también tengo mis reparos —admitió ella, haciendo una mueca —. Pero creemos que es lo mejor.

—No te preocupes, InuYasha —Miroku intentó sonreírle, aunque el gesto no fue devuelto —. Hablamos sobre lo que podía ocurrir, incluso si todo resulta lo peor posible, y de cualquier forma, aún prefiriendo seguir a su lado. Por favor, sólo te pido que lo comprendas.

El hanyō negó con un movimiento de su cabeza antes de encogerse de hombros, sabiendo que no lo haría cambiar de opinión incluso si encontraba razones para rebatirle. Por su lado, Kagome soltó un suspiro, comprendiendo sus sentimientos mejor de lo que ellos creerían. Les sonrió con timidez, acercándose con los ojos cristalinos por las lágrimas que estaban a punto de abandonarlos.

—Supongo que no hay mucho por decir —comentó, mirándolos con cariño —. Los extrañaremos. Por favor, cuídense mucho.

—Por supuesto, Kagome-sama —Miroku le devolvió el gesto, inclinando levemente la cabeza —. Muchas gracias por todo.

—No es nada, Miroku-sama —le dedicó una cálida sonrisa antes de dirigirse a su amiga —. Espero que logres salvar a Kohaku. Sé que podrás hacerlo.

—Gracias, Kagome —Sango también le sonrió con calidez, tomándole las manos y presionándoselas con cariño —. Yo espero que, cuando todo esto termine, podamos recuperar la confianza y nuestra amistad.

La azabache no pudo evitar abrazar a su compañera, gesto que logró sorprenderla por un instante, pero que devolvió con sinceridad, porque ambas sabían cuánto se extrañarían y lo difícil que sería el camino de ahora en adelante con el grupo separado.

—Como sea, deberíamos movernos pronto —InuYasha bufó, mirándolos con seriedad —. Así aprovechamos el día.

—Es verdad… lo siento —la colegiala se separó de la castaña, limpiándose el rostro de las lágrimas que inevitablemente habían abandonado sus ojos —. Les deseo lo mejor.

—Sí, suerte en todo —el ambarino les dedicó una mirada cargada de preocupación, porque él sabía cuánto podían sacrificar ambos por el otro —. Y no vayan a cometer ninguna estupidez, ¿de acuerdo? Sólo… manténganse a salvo hasta que derrotemos a Naraku.

—Por supuesto, InuYasha —el monje le respondió con una sonrisa tranquila, aunque tenía claro que el hanyō no era ajeno a sus sentimientos, y esa advertencia también era una petición —. No te preocupes, nos volveremos a ver.

—Más les vale.

Hizo una mueca antes de abandonar el interior de la cabaña, seguido por Kagome y un dormido Shippō, dejando atrás a los otros dos, aunque más resignados que realmente de acuerdo con la decisión del ojiazul. Caminaron hacia las afueras de la aldea en silencio, hasta que se alejaron varios metros y la azabache decidió romperlo, sintiéndose intranquila con la situación.

—¿Crees que está bien dejarlos por su cuenta? —Preguntó, mirando de reojo hacia atrás mientras se mordía el labio con algo de ansiedad mal disimulada.

—No, esto me da muy mala espina —respondió, aunque no miró en la misma dirección que ella —. Pero no podemos hacer nada si tomaron su decisión.

—Quizá podríamos seguirlos… estar cerca en caso de que algo ocurra…

Él guardó silencio unos segundos, pensando en esa opción. Podrían hacerlo y mantenerse a una distancia prudente, no le parecía una mala idea; no obstante, era probable que no resultara, ya que a la distancia a la que él podía percibir qué ocurría, era la misma a la que Kirara podía detectarlo con su olfato. Además, era probable que decidieran que ella los llevara volando durante algún tramo, y en ese caso, no podría seguirlos. Terminó soltando un suspiro, sintiéndose frustrado.

—No creo que lo logremos, de seguro Kirara nos descubre —hizo la observación con una mueca —. Y dudo que le parezca buena idea, estoy seguro de que aún me tiene resentimiento por todo lo que pasó.

"Y no la culpo" pensó, porque así como él tomo todas esas malas decisiones para proteger a sus amigos, la felina sólo había hecho lo mismo con Sango, y era consciente de que sería muy difícil que ella volviera a confiar en él, por lo menos.

—Tienes razón… —Kagome también soltó un suspiro, sintiéndose abatida. —Entonces, ¿no podemos hacer nada más?

—Al parecer, por el momento no —admitió él, con pesar —. Pero quizá sea lo mejor… es decir, todo esto está ocurriendo por las malas decisiones que tomé, por haberme apresurado sin tomarme el tiempo de analizar la situación… quizá Miroku tenga razón, y no vi las señales, me precipité demasiado…

Su compañera negó con un gesto, tomándole la mano para que la mirara directo a los ojos, sonriéndole con calma y comprensión. Le acarició el rostro, tratando de transmitirle algo de tranquilidad.

—Es verdad, tuviste que tomar decisiones en contra del tiempo, sin la posibilidad de pensarlo mucho —presionó su mano antes de seguir, asegurándose de tener su atención —. Y el enfado e impotencia de Miroku-sama es comprensible, pero todas las decisiones que tomaste, todo lo que hiciste, nos mantuvo vivos. Lo salvaste a él cuando Sango le atravesó el pecho, e incluso actuaste lo bastante rápido para evitar que ella muriera, aún después de lo ocurrido…

—Kagome…

—Quizá cometiste errores, como todos, y puede que te hayas dejado llevar por la decepción y el enfado en algún momento —agregó, mirándolo con una profunda sinceridad —. Sin embargo, de no ser por ti, es probable que todo hubiese terminado mucho peor. Gracias, InuYasha.

Él aceptó ese gesto, porque realmente la culpa estaba calando demasiado profundo, dejándolo con una inseguridad a la que no estaba acostumbrando, porque el miedo a perderlo todo había sido más grande de lo que recordaba, y sentir que se había dejado cegar por la situación era bastante abrumador. Pero las palabras de Kagome y la confianza que ella le entregaba con cada gesto, eran suficientes para que volviera a sentir algo de seguridad.

—Gracias a ti, Kagome.

La terminó abrazando, porque necesitaba sentir esa calidez cerca suyo, era lo que lo mantenía en el camino correcto, o por lo menos así lo sentía. La azabache terminó sonrojándose por el repentino gesto, pero lo correspondió ya que entendía lo sobrepasado que había estado el último tiempo y que probablemente su acción le ayudaba a calmarse. Tras unos segundos, se separaron para seguir su camino, porque ahora más que antes, estaban decididos a cumplir con su objetivo lo antes posible.


¡Hola, nuevamente! Aquí estamos con el capítulo de hoy, en donde podemos sentir lo rotos que están todos con la situación, con la culpa y el arrepentimiento a flor de piel, la tristeza e impotencia por la confianza perdida y los lazos que se perdieron y que tardarán en reconstruirse... vamos a necesitar terapia. Por lo menos pudieron hablar las cosas, considero que estas charlas son necesarias para ir sanando el corazón, aunque puedan significar separaciones.

En fin, mucho blá blá, vamos a lo importante... ¡El fic ya superó los 50 reviews! Me siento tan feliz, es una emoción que hace mucho no sentía. Por eso, desde lo profundo de mi oscuro corazón, les agradezco a todos los que dejan su comentario con tanto cariño: Rosa . Taisho, Lis-sama, DAIKRA y, por supuesto, mi querida Caratomate (por favor, aléjate de las armas, son peligrosas... además, ¿tienes licencia para eso?). También agradezco a todos los que se pasan o se pasaran, la musa se alimenta de sus lecturas (?)

Bien, por ahora me retiro, esperando poder escribir pronto el siguiente. Les envío un café a la distancia (helado si viven en el cono sur, caliente si son del norte). Nos leemos prontito~

Yumi~ (AKA Doña Angustias)