Bienvenidos sean a la lectura del tercer capítulo de mi primera longfic. Lamento mucho el haberlos hecho esperar tanto por esta actualización. Espero de corazón que disfruten mucho este capítulo, y me disculpo de antemano por posibles errores en el texto (consecuencia de su extensión). Como tardé tanto en actualizar, la verdad es que me olvidé de la mayoría de los detalles de los capítulos anteriores, así que si notan algo raro con esta continuidad, pues me disculpo de nuevo.


Vegeta, totalmente incómodo, respirando pesado, ante tal escena, desgarradora —aunque esto sonara exagerado, puesto que acababa de flecharse—, inclinó el cuerpo hacia atrás en la silla.

Mai frunció el entrecejo. Se preguntó, por supuesto, de inmediato, qué le estaba pasando al muchacho. La emoción natural de buena amiga la embargó... ya que había algo en Yamcha que... no le agradaba para nada. La morena, sonriendo fuera del foco de la parejita abrazándose, rio divertida al tiempo que apretaba el vaso de su smoothie ya vacío. Definitivamente tendría que ayudar al joven Vegeta para apartar del rosado camino de Bulma al bobo de Yamcha... y sí que lo haría.

Yamcha y Bulma, acaramelados, se tocaban las mejillas en tanto se sonreían como tontos, enamorados. Los dedos de Yamcha, un tanto atrevidos —cosa que Bulma parecía ignorar—, acariciaban una y otra vez, de manera lasciva, los mechones sueltos de la preciosa peliazul. Vegeta reparó en esto, y cabreado bufó. El aire despedido fue notado por Raditz y Nappa, quienes, ya asustados, comenzaron a sudar. Vegeta era un rebelde, y no se andaba con cosas. Sabían perfectamente que si se apoderaban de él las ganas de darle un puñetazo al chico de la cicatriz... lo haría.

—¡Yamcha!... —exclamó Bulma encantada y enternecida— muchísimas gracias por venir a verme.

—¡Pero claro!... no iba a dejar a la chica más bonita de la escuela sin sus rosas...

Yamcha agitó el enorme ramo de rosas rojas, y Bulma, todavía sonriente, se les quedó viendo a las bellas flores como hipnotizada, y enseguida miró de la misma forma al muchacho de la cicatriz. —¡Pero dime!... ¿quién te avisó que estaba aquí?...

—Ese buen calvo lo hizo... —dijo Yamcha apuntando a Nappa desvergonzadamente.

Nappa, enojado por la falta de decoro —debido a que solo sus amigos podían llamarlo así—, le gritó en reclamo. —¡Óyeme!... —le reprochó a punto de alzarse de la silla.

Mai y Raditz, nerviosos, lo volvieron a sentar.

—¡No me pidan que me calme!... —gritaba el pelón.

Mai, entendiendo que su debilidad eran las mujeres, le sonrió sonrojada para hacerlo entrar en sí.

Nappa, al instante, se deshizo de la ira y coqueto le sonrió en correspondencia a la bonita morena, quien rápido se enserió con el fin de que no confundiera las cosas con ella, mas el pelón seguía atolondrado.

Vegeta, con cara de pocos amigos, se levantó. —Será mejor que nos vayamos, muchachos...

Sin más, el saiyano empezó a caminar hacia la puerta, y mientras lo llevaba a cabo, su mirada, de coraje y tristeza, recorría a los casi novios.

Bulma advirtió su ida, y presurosa intentó llamar su atención. —¡Vegeta!...

Vegeta apretó los puños.

No quería voltear. No tenía caso... No obstante, claro, pudo más que él el afecto recién descubierto.

—¿Mmm?

—Gracias por todo —manifestó Bulma con los ojos brillosos, mirándolo con cariño.

Vegeta, como herido, tragó saliva. —N-no fue nada... —pronunció nervioso, y salió deprisa del área médica.

La doctora Vomi, quien inspeccionaba nuevamente las radiografías de Bulma, se le quedó viendo al chico moreno de la huida, y a continuación meneó la cabeza y rio. En serio que todos los adolescentes eran una cosa loca...

Raditz y Nappa fueron tras el amigo a gran velocidad. Ni siquiera se despidieron de Bulma, quien los vio desconcertada.

Luego de algunos instantes, Nappa regresó nada más para agitar la mano en presencia de Mai y así decirle adiós con su insistente coqueteo.

Mai se dio la vuelta y se cruzó de brazos hastiada.

—¡Ash!... —expulsó cuando el pelón ya se había ido.

—¡¿Ah?!... ¿Por qué se fueron tan pronto? —interrogó Bulma confundida a la amiga.

—Sencillamente tenían prisa —mintió la morena, quien asintió varias veces con la cabeza durante la respuesta lanzada.

...

Vegeta avanzaba deprisa, como un energúmeno, frente al campo de béisbol, que a causa de las horas "naranja" se hallaba completamente solo. Raditz y Nappa intentaban alcanzarlo.

Los brazos del saiyano rebelde, precipitados, removían la camisa blanca, que se había desabotonado un poco hacía un momento. Ahora la camiseta negra que siempre portaba abajo era visible.

—¡Oye, ¿qué te pasa?!... —gritó Raditz manoteando.

Vegeta, furioso, paró de golpe.

—¡¿Que qué me pasa?!... ¡Tienes que estar bromeando para preguntarme eso! Más bien por qué no le preguntas al tonto este que qué me pasa —dijo el chico airado señalando con la mano abierta a Nappa—. Este pendejo que le tuvo que hablar al otro pendejo...

—¡Óyeme!... ¿Pero por qué me hablas así?... —cuestionó Nappa ofendido, empero aún manteniendo la calma —una calma envidiable, de hecho—. ¿Qué fue lo que hice?

—¡Avisarle al baboso de la cicatriz que Bulma estaba ahí!...

—Es verdad, Nappa. ¿Por qué hiciste eso?... —interrogó Raditz con las manos en la cintura—. La estábamos pasando genial antes de que llegara ese sujeto...

—Bueno, yo... —Nappa, nervioso por haberla cagado, miró a la tierra y se encogió de hombros—. Pasa que estaba comprando los smoothies... y me lo encontré ahí, y pues me sacó plática... y se me salió, ja... —el pelón finalizó entre risitas de ansiedad y con las manos juntas, pegadas al pecho —la pose de un chico tierno... y naturalmente imbécil—.

—¡Ash!... estoy más pendejo yo por enojarme contigo conociéndote —alegó Vegeta también con las manos en la cintura y agitando la cabeza, indignado.

De repente, Raditz y Nappa agarraron el rollo de la situación, y se miraron con asombro, sonrojados.

—¡¿Estás enamorado?! —preguntaron al unísono, con las manos adheridas a las mejillas.

Vegeta, abochornado, pegó tremendo salto, y se giró en dirección a ellos.

—¡¿D-de qué carajos están hablando, par de imbéciles?!

—¡No me lo puedo creer...! —manifestó Raditz, quien al punto, choqueado, se llevó los largos mechones que le caían sobre la frente hacia atrás.

—¡¿De verdad tú te enamoraste?!... —interpeló Nappa indicando con el índice derecho el pecho de Vegeta... al que consideraba amargo y hueco.

—¡No sé de qué carajos están hablando!... ¡Yo no me enamoré de nadie! —refutó Vegeta. Y dicho esto, bajó la cabeza y se cruzó de brazos. Sus mejillitas coloradas provocaron las carcajadas en los amigos, que sin perder el tiempo comenzaron a patalear de la risa, a apretarse el abdomen y a apuntarlo con el índice.

—¡Mira sus mejillitas rojas...! —explotó Nappa.

—¡Se ve tan curiosito...! ¡Sobre todo por esa frente enorme que tiene! —comentó Raditz muerto de risa.

—¡¿Te imaginas...?! ¡Cuando quiera besarla la va a matar de un cabezazo!... ¡Ja, ja, ja!...

—¡Sí! ¡No será nada comparado con la pelota que le tiraste hoy!...

Vegeta, rojo como una tetera a punto de ebullir, principió a temblar entero y a apretar el puño derecho. —¡Ah!... ¡mueran!

Un simple puñetazo asestado a la cara bastó para mandarlos al suelo.

—Y agradezcan que no se los di más fuerte.

El chico bajito observaba a los grandulones palpándose la faz echados en la tierra.

—¡Aaaah!... —se quejó Raditz—. ¡No era para tanto!

Nappa se levantó después del joven de impresionante melena negra, y se sacudió el trasero. —¡No puedo creer que alguien como tú haya sido flechado!... ¡Tú que no tienes corazón!...

—Ni estilo, jefe —interrumpió Raditz burlesco.

—Es verdad. Te ves como un skater sucio... y además nunca has tenido novia.

—¡¿Y de qué están ustedes hablando?! —expuso Vegeta de nuevo cruzado de brazos, irritado—. ¡Ustedes tampoco nunca han tenido novia... par de idiotas!...

—Sí, pero a diferencia de ti, nosotros sí tenemos un corazoncito —declaró Nappa formando un corazón con las dos manos y uniéndolo a su tórax—. La verdad es que hace tiempo Raditz y yo apostamos a que no llegarás a los cuarenta porque morirás de alcoholismo...

El silencio que guardó Nappa ahora le atribuyó más incordio a lo explicado.

Vegeta permaneció con el semblante seco.

—Y adivina por qué es ese alcoholismo... —dijo Raditz sonriendo como pendejo—. Porque cerca de los cuarenta no tendrás novia...

—Ni casa propia —añadió el calvo.

—Ni mascota —terminó Raditz.

—¡¿Y ustedes qué saben qué pasará conmigo si apenas tengo malditos dieciséis años?!...

Y en su locura breve Vegeta se haló los cabellos.

—Bueno... es verdad. Todavía puedes cambiar tu destino —dijo Raditz.

—Sí, con Bulma —expresó picarón Nappa.

—¡Aaaargh!... —soltó Vegeta.

El muchacho, en su pose más característica, les dio la espalda a los camaradas.

—Sí, pero... —calló entonces, pues las mejillas le estaban ardiendo—. Ese tipo... —les recordó fastidiado y ciertamente melancólico.

—¡Podemos matarlo! —sugirió Raditz asaz contento.

Vegeta se volvió hacia ellos asustado. —¡Nunca hemos matado a nadie, idiota!

—¿Y si simplemente se la robas?... —propuso Nappa con su inocencia.

—Lo dices como si fuera muy fácil... ¡¿Acaso ustedes lo han intentado?! Y para empezar... —Vegeta, apenado, se arrimó a ambos amigos y abrió bastante los ojos por causa del interés. En verdad que requería consejos...—. ¡A ver!... ¿a ustedes les gusta alguien siquiera? ¿Han intentado conquistar a alguna chica?...

Nappa, como el tonto que era, se tocó la calva en medio de las risitas.

—Pues, ah... A mí me han gustado muchísimas chicas, jefe...

—Las mamás de otros no cuentan —evocó Raditz sarcástico y molesto.

—Bueno... —pronunció Nappa mirando al cielo naranja de la tarde—. Creo que ahora mismo me gusta la tal Mai... es muy linda —dijo sonrojado.

—Olvídalo... está con el tal Granolah. Al parecer estás buscando otra paliza, ja, ja, ja... —dijo Raditz.

—Pero no dijo que fueran novios —argumentó el calvo—. Creo que solo le gusta y ya.

—Da igual... —respondió Raditz ahora asimismo cruzado de brazos—. Te van a madrear —concluyó el adolescente de la melena feliz.

—¿Y qué hay de ti, Raditz...? —se dirigió Vegeta a él, con su mal humor—. ¿Quién te gusta?

El adolescente de melena sedosa, abochornado, se meció sobre sus propias puntillas e igualmente empezó a jugar con sus manos, ansioso. —Aaaah... —dijo con la mirada esquiva— a mí me gusta mucho Selypar... —acabó con dicha.

Los ojos de Nappa y Vegeta se abrieron a más no poder.

—¡¿Qué?! — gritaron al mismo tiempo.

—¿Qué no es la chica que te robó y te dejó tirado en el suelo...?

—¡Y casi violado también! —expuso además Vegeta con miedo y el rostro nuevamente colorado.

—¡Ja!... y es por eso que me gusta —reveló Raditz risueño—. Me gustan las chicas guapas y fuertes.

—No pensé que fueras tan masoquista... —dijo Vegeta mirándolo con vergüenza.

—De ustedes soy el que tiene mejor gusto en mujeres. Así que no me digan nada —pidió el de la melena presumido.

—La belleza es subjetiva —comentó Nappa.

—Ahí vas con tus joterías... —se quejó Raditz.

—No cabe duda de que ustedes no pueden ayudarme... —dedujo Vegeta luego de mostrarles la espalda otra vez.

—No digas eso, buen amigo. Algo se nos ocurrirá... —declaró Nappa optimista.

El tonto, confiado por su propia bondad, aproximó la mano al hombro derecho de Vegeta.

—¡No!... —exclamó el chico bajito.

Antes de que fuera capaz de siquiera rozarlo, Vegeta pegó un salto fenomenal y lo volvió a derrumbar de un golpe y a Raditz también, y se echó a correr por la vía de arena.

—¡¿Por qué siempre tiene que hacer eso?!... —clamó el pobre de Nappa con la mirada apuntando al precioso cielo vespertino.

Raditz tosió. —El enanito tiene miedo de sus sentimientos —dijo burlón—. Pero... ya se le pasará.

...

Glorio terminó, al fin, de bajar la escalera. El desliz "rebelde" de sus brazos fuertes —pase a no poseer una musculatura increíble— mantenía hipnotizada enteramente a Panzy, quien lo seguía como un cachorrito fiel, con la boca abierta. Su corazón latía desbocado. Incluso se tocó el pecho. No podía pensar adecuadamente. No podía actuar adecuadamente. Las piernas, como huecas, débiles y temblorosas, nada más iban tras él. Ya no había voluntad... no frente a la belleza desmesurada de Glorio ni frente al misterio —sumamente atractivo— que lo envolvía como un velo negro, fúnebre.

¿Por qué era así?... ¿Por qué la apartaba?... ¿Por qué la apartaba primero y ahora la ayudaba? ¿Tenía miedo de hacer amigos? ¿Por qué había venido desde la majestuosa Capital a un pueblo nada próspero?... Y de nuevo... ¿por qué la ayudaba?... No podía sacarse esa pregunta de la cabeza.

La arena se alzaba a los pasos siempre furiosos del majin de piel azul.

Panzy se sentía tan pequeña a sus espaldas. No era que fuera excesivamente alto, pero... por algún motivo se sentía todavía más vulnerable delante de la figura de Glorio que de la de Goku.

La preciosa muchacha de coletas beige y resplandecientes ojos morados proseguía detrás del joven sombrío. Así lo miraba ella... sombrío. Era... hermosamente sombrío. ¿Como un vampiro?... Algo parecido. Algo parecido porque Glorio despedía algo a través de su belleza que la atraía de manera loca, vehemente.

¿Querría morderle el cuello? Y se imaginó tal escena, en blanco y negro, como un antiguo filme de época.

La chiquilla sacudió la cabeza. ¡¿En qué estaba pensando?!...

El camino amarillo se alargó.

No hacía más que verlo. No hacía más que verlo de pies a cabeza. Se encontraba boquiabierta ante la camisa blanca, ya arrugada por tener un día agotador. Ante los pantalones azules... demasiado limpios para tratarse del primer día. ¿Cómo sería su cuerpo... desnudo?

¡Aaaaaah!... ¡¿en qué estaba pensando?!

Con la cara roja, hirviéndole, frenó, y se despeinó a propósito como castigo. ¡¿Qué le estaba pasando?!...

No había... pensado casi en Goku. De pronto reparaba en eso. ¡¿Estaba perdiendo el sentimiento?! ¿Así de fácil?... ¿Así de rápido?... ¿Debido a un desconocido?...

¡Imposible!, negó.

Glorio, al ya no escuchar los pasos de la chiquilla, paró de igual manera y se volvió. Con el entrecejo arrugado miró a Panzy.

—¿Por qué paras, enana?... —la cuestionó adusto, desde luego, mas no en regaño. Si bien se la vivía amargado, rara vez levantaba mucho la voz.

Su voz ardió en el pecho de Panzy. Su voz... Por si fuera poco, tenía una voz linda de pecado... y lo que le seguía. El ángel sombrío era perfecto. Panzy, enamorada, volvió a llevarse las manos juntas al pecho. La chiquilla se movía ebria de amor. Glorio, confuso, la miró con extrañeza.

—¿Ahora qué tienes... enana? —preguntó esta vez con desprecio.

—¡Ah, ah, yo...!

Panzy volvió en sí y estabilizó su equilibrio.

—Yo... n-no tengo nada —contestó omitiendo la pesada mirada de Glorio.

—Mmm —soltó nada más.

Suponía más o menos lo que estaba ocurriendo... y no le gustaba nada. Lamentablemente... tenía ese efecto en las mujeres... desde siempre. Este maldito problema, como una marca de nacimiento, como una maldición, era lo que había ocasionado que...

Sin más, le dio la espalda para reanudar el trayecto a la dirección.

—Será mejor que continuemos. Necesitamos llegar a la dirección —dijo carente de emoción alguna.

¿Había sido evidente?... Percibió su mirada... era casi de asco.

¿Le había sucedido algo malo?... o... ¿había actuado muy sugerente?... Antes de la llegada de este día... solía creer que era bonita. Ahora solo podía concebirse como una enana ridícula con una percepción errada.

Decaída, se frotó el brazo izquierdo para no llorar.

Marchó únicamente dos pasos.

Glorio, de nueva cuenta al sentir interrumpido el andar de la chiquilla fastidiosa, se detuvo bruscamente, y raudo, enojado, volteó a verla.

Panzy, seria, determinada, con los puñitos apretados, le ganó la palabra. —¡¿Qué...?!

Desafortunadamente, una terrible ráfaga, veloz como el rayo, suspendió su consulta al levantar un montón de arena, que los hizo toser a Glorio y a ella. Panzy abrió un ojito y captó al corredor histérico. Estaba segura de que había visto al chico acelerado en alguna otra ocasión.

—¡¿Ah?!... ¡¿Qué le pasa?! —preguntó Glorio colérico al tiempo que avistaba al corredor.

Panzy no alcanzó a responder cuando otros dos chicos locos pasaron frente a ellos a la misma velocidad.

—¡Espéranos, Vegeta!... —gritó el calvo.

Glorio se les quedó viendo con pena. Enseguida guardó las manos en los bolsillos del pantalón y retornó a lo suyo.

Panzy, decidida, con coraje estrelló un pie contra la tierra, llamando así a Glorio.

—¿Ahora qué...? —interpeló de espaldas, empero una vez más le cortaron la oración.

—¿Por qué viniste a Sunset? —ya no se anduvo con rodeos—. ¿Por qué alguien proveniente de la Capital del Oeste vendría a este lugar?... —inquirió con el ceño fruncido y los ojos clavados en la espalda grande —colosal comparada con la suya—. Aquí no hay nada... excepto... lindos atardeceres y rica tarta de limón.

Glorio respiró, procurando mantener la calma. Volteó levemente, pero no lo suficiente para mirarla. El coraje se estaba apoderando de él, y para superarlo un poco apretó los puños aún dentro de los bolsillos. —Eso es algo que tendrías que preguntarles a mis padres... —dijo tranquilo.

—Dudo mucho que alguien pueda progresar demasiado económicamente aquí, así que sin duda no vinieron por asunto de negocios...

El viento, silbante, elevó las coletas beige. Las ganas locas de indagar, de dar con la verdad, insistían por poco lacerantes, ya que querían rasgarle la piel.

—Aquí en Sunset... abundan las tiendas de conveniencia... los salones arcade y... la paz... y —cuanto más se acercaba... más miedo tenía de decirlo—... y los buenos psiquiatras —finalizó con un nudo en la garganta.

¡¿Por qué le había dicho eso?! ¿Por la ira del momento?... Como fuera... eso no había estado bien de su parte.

Glorio estalló. Casualmente... Panzy había dado en el clavo, y la cruel daga de la verdad reabrió la herida y la atravesó, y el dolor resultó inefable.

Con el puño izquierdo sangrándole en el interior del bolsillo, se le acercó en un dos por tres. De pura rabia las uñas penetraron la carne de la misma mano.

—¡Ya basta!... ¡Deja de hacer tantas malditas preguntas y vayamos a la dirección! ¡¿No es suficiente con que te haga un favor?!...

El majin de piel azul se encorvó, y su linda faz quedó a la altura de la de Panzy. Por un momento, pareció que los apetitosos labios masculinos se pegarían a los suyos, y eso aceleró su corazón. Sonrojada, dobló mínimamente la columna hacia atrás, evadiendo de este modo el exceso de cercanía.

—A-ah, ah, yo...

La jovencita, muerta de nervios, alzó las manos, rogando con la exhibición de las palmas paz. —Lo siento —dijo de una—. Yo...

Y guardó silencio. Con el corazón en la boca —prácticamente—, miró hacia otro lado, puesto que el aliento de Glorio, caliente, le estaba dando contra los labios. El muchacho, luego de algunos segundos, ruborizado, notó su invasión a la privacidad de la jovencita, y mal se apartó, caminando con torpeza.

¿Qué le pasaba?... Quería tocarse la cabeza en la desesperación, pero con esto ella entendería que su apego lo afectaba en serio. ¿Por qué ella tenía que oler tan bien?... Olía también dulce... como a frutas. Como su Cherry.

Cherry olía todo el tiempo a cítricos. "¿Por qué hueles a naranjas?", le preguntó divertido en uno de sus tantos atardeceres sentados en la hierba frente al lago contiguo a la casa del majin azul. Él la miraba con amor... como lo más preciado de este mundo. Para él... Cherry era como un ángel. Un ángel que había aterrizado en la Tierra con un único propósito... y ese era el hacerlo feliz. El hacerlo feliz con su amor.

Ella le sonrió. Las manos albas se apoyaron en las rodillas desnudas, rosadas. —Porque... el patio de mi casa está repleto de naranjos.

—Mmm... de pronto se me antojó saborear un gajo.

Cherry, sonrojada, rio. Él la tomó de las mejillas y la besó apasionadamente. Porque Cherry era su ángel...

Tal vez Sunset no había sido la mejor de las ideas. El pueblo era pacífico, sí, sin embargo, esta mocosa lo estaba aniquilando con su sola presencia. Era hermosa, sus ojos le recordaban a los de Cherry... y el atardecer, con su naranja intenso, le acrecentaba la depresión y lo hacía sentir como el ser más solitario y miserable sobre la faz de la Tierra. ¿Era el atardecer?... No realmente. Era que los atardeceres nunca jamás los volvería a vivir al lado de su Cherry.

Quería... Y las ganas de quitarse la vida regresaron por una milésima de segundo. Sacudió la cabeza. No... No volvería a eso. No... por ellos. Nada más por ellos. Por sus pobres padres... que lo amaban sin comparación.

¿Era buena idea ayudarla?... ¿Era buena idea seguir con esto?... Y para empezar... ¿por qué la ayudó en un principio? No podía dejarla caer... No era ese tipo de hombre. Las dudas lo estaban matando. Con los dientes apretados, continuó avanzando como un cojo, arrastrando los pies por la tierra.

—¿Glorio? —lo llamó Panzy angustiada, con las manitas en el pecho.

El chico se dio la vuelta, deprisa, y furioso se dirigió a ella. —¡¿Qué quieres?! Debes saber una cosa...

Y retornó a la chiquilla preciosa de las coletas beige, cuyos ojos, acuosos, se hallaban centelleando.

—¡No me agradan las mujeres!... Son un maldito problema. Te estoy ayudando porque es mi deber moral. Porque fui testigo de que te empujaron. Una vez que reportemos esto, se habrá terminado, ¿lo entiendes?

Y con las manos recalcó lo del final.

—Entiendo —respondió seriecita.

Después del problema originado a la "solidez" emocional del muchacho, sí que no quería producirle otro. Había sido entrometida y grosera... todavía que él la salvó.

—Bien... entonces continuemos.

El chico se giró.

Panzy no se movió siquiera. Una gota de sudor resbaló por su sien izquierda.

—Oye, Glorio...

Harto, hasta tembló con los puños convertidos en acero. Se volvió hecho una fiera. —¡¿Ahora qué quieres?!

—Es que... no sé por qué salimos del edificio. Caminando por aquí no llegaremos a la dirección...

—Ah... —enunció ya calmo.

—¡Es verdad!... eres nuevo y te pierdes fácilmente... pero yo te guiaré —dijo Panzy con su alegría habitual.

El majin de piel azul perduró mirándola, aparentemente serio. ¿Cómo podía sonreír... después de que la había tratado así?... Después de que le había gritado... No se disculparía, pues ella lo confundiría con un intento de amistar de su parte... y no, no ansiaba eso. La quería bien lejos... Lo más lejos posible.

Panzy sonrió, y por consecuencia de esto sus bellos ojos se cerraron. Glorio, embelesado, entreabrió la boca y siguió la línea curva que se marcaba una vez que el límite de los párpados se tocaba.

Redibujó asimismo en su mente las largas pestañas abundantes, negras como el azabache. A continuación se fijó en los labios rosados, cremosos. ¿Se sentirían suaves al tacto?... ¿Sabrían bien?...

Esta vez no sacudió la cabeza... porque no se arrepentía de mirar. Panzy era... demasiado bonita. Y aunque debía sentirse torturado con su existencia y belleza... cierto era que... por un momento se sintió aliviado. ¿Por qué le transmitió... felicidad?

Ahora los ojos fueron a parar a las coletas beige. Su cabello también era bonito... y le daba risa el detalle de las coletas, una a cada lado de la cabeza. Un peinado infantil para una chiquilla infantil... evidentemente soñadora. Evidentemente llena de esperanza. De ilusiones. ¿Tendría él alguna luego?...

—¡Hay que ir! —dijo Panzy tras pegar un saltito—. ¡Vamos, Glorio!...

Glorio apretó los dientes y gruñó en silencio. —¿Te di permiso para que me llamaras por mi nombre?

—No creo que eso sea necesario... —dijo un tanto molesta y con las manos en las caderas—. Aquí en el pueblo las cosas son más relajadas. Sé que vienes de la Capital y que eres un sombrío... pero necesitas relajarte —lo invitó otra vez sonriente.

—¡¿Que soy un qué?! —cuestionó con los ojos bien abiertos.

—Un chico sombrío. Y es una lástima... porque eres muy lindo.

¡Esto era demasiado! Además de fastidiarlo... de distintas formas... ahora tenía el descaro de llamarlo "lindo", y de provocarle con esto un horroroso e insoportable bochorno. El joven, con las mejillas coloradas, se apuró a taparse la boca.

—¡Vayamos! —le exigió por medio de la palma que lo sofocaba y ya adentrándose en el edificio escolar de nuevo.

Panzy, perpleja, corrió hasta él. —¡Espérame, Glorio!...

El muchacho pisó el primer peldaño.

—¡Oh, sí!, haces bien... la dirección está en el piso más alto.

—Querrás decir el último... —la corrigió Glorio con ironía.

Panzy, igualmente, comenzó a subir la escalera. Glorio la vio de reojo, por supuesto, con el rostro impasible.

De repente, el brazo extenso y férreo la envolvió de la cintura. Panzy, atónita, miraba al suelo desde lo alto, con los piecitos muy lejos de él. Las manos rozaron la piel azul, y Glorio ni se inmutó... al menos no por fuera. El muchacho se mordió la carne adyacente a la boca con el fin de no exteriorizar las sensaciones, inclusive corporales, que lo estaban dominando y que, por desgracia, estaba disfrutando.

—¿A-ah?... ¿por qué me cargas? Puedo caminar perfectamente.

—Ni creas que volveré a pasar por eso... No confío en ti para subir y bajar esta escalera a salvo —comentó con el recorrido en pausa.

—¡¿Ah?!... pero no siempre estarás ahí, y tarde o temprano yo tendré que subir esta escalera sola... y también bajarla.

—Pues hasta entonces te cargaré...

Y el chico le sonrió con la mirada, y Panzy, incrédula de la situación, como salida de un bello manga shojo, se llevó las manos a las mejillas hirvientes. ¡¿De verdad esto estaba pasando?!... ¡¿Por qué este hermoso chico la estaba cargando?!

Sin fuerzas de tanta emoción, simplemente soltó el cuerpo. Ya no podía consigo misma.

—No olvides dirigirme —le recordó de pronto Glorio.

—Ajá —contestó débil, por poco sin aliento... a pesar de que era él el que cargaba con su peso.

La mirada, ida, parecía estar enfocada en los peldaños, no obstante, no pensaba claro. Los pensamientos, revueltos, iban y venían. ¿En serio ya no le interesaba Goku? ¡¿Lo olvidó en un santiamén?!...

Se peinaba y se maquillaba para verse linda... para sí misma y para él. ¡¿Y ahora?! Levantó la cabeza y miró al majin azul. Pasó de su cabello blanco a sus ojos amarillos —ya no tan vacíos como al mediodía— y de estos últimos a sus labios. ¡¿Y qué?! ¿Ahora se arreglaría para Glorio?... Para alguien a quien no comprendía en absoluto. Para alguien que... ¿la despreciaría? Pero... ahora él estaba actuando diferente. Mejor...

Glorio reemprendió la marcha. Principió a avanzar sin echarle un vistazo; tal acción no era necesaria. Sabía, a la perfección, que la chiquilla estaba a salvo en su brazo... y nada lo mantenía más tranquilo que eso. Respiró ante los pensamientos ansiosos. ¿Por qué tenía tanto miedo de que Panzy cayera por la escalera?... ¿Y si la volvían a empujar? ¿Y si la volvían a empujar cuando él ya no estuviera presente para retenerla una vez más de la cintura?... ¡¿Por qué le preocupaba tanto?!... Siempre había sido ese tipo de chico... y por eso había sufrido de tal manera. ¿Merecían las personas la lástima?... ¿Merecían las mujeres la lástima?... Aunque quisiese convertirse en un patán... le era un imposible. Cada individuo es lo que es, y punto. Tristemente... ni siquiera el despecho lo ayudaba a deshacerse de su humanidad.

El joven subía los peldaños blancos mientras su mano izquierda se deslizaba, duramente, por el barandal de acero.

Panzy se cubrió los ojos de la vergüenza. Estaba segura de que se semejaba a una muñequita de trapo en el brazo de Glorio.

¡¿Y si se le miraban las bragas?! ¡Cualquiera que avanzara tras ellos se las vería!

Desesperada, se agitó, otra vez, como un pez en la firme extremidad de Glorio al tiempo que intentaba bajarse la falda del trasero.

—¡¿Por qué te mueves tanto, enana?! —se quejó cabreado el majin azul.

—¡Porque...!

Las mejillitas se tornaron más rojas, así como los labios. ¡No podía decírselo!

Glorio volteó a verla. ¡Se miraba más bonita ahora!

Enojado, le volteó la cara.

—No te muevas tanto, enana. Vas a provocar que nos caigamos los dos.

—¡Me llamo Panzy! —lo regañó la joven de las coletas beige ahora con la cabeza recargada en su propia mano—. ¿Por qué te cuesta tanto decirlo?... ¿Te importaría llamarme por mi nombre?

—No lo haré. Eres "Enana", y punto.

—Cielos... —dijo Panzy harta. No quiso agregar nada más. No deseaba incordiarlo nuevamente.

Después de un silencio incómodo —en especial para Panzy, de espíritu vivaracho—, Glorio se decidió a romper el hielo.

—¿Una vez que suba adónde me dirigiré?

—¿Mmm?... Pensé que recordarías. ¿Qué no se pasa por la dirección durante la inscripción?

—Conmigo no fue así. En ningún momento puse un pie aquí en la escuela. Fue la asistente de mi padre la que se encargó del papeleo de la transferencia —explicó, claro, sin mirarla.

—¿Asistente? —preguntó Panzy. Si bien Glorio ni la oyó esta vez.

"¿Asistente... de su papá?... Esta gente debe ser importante. Tal vez tengan mucho dinero. Eso explicaría por qué se mudaron aquí. No tienen que emprender ni de qué preocuparse. Solo tienen que ocuparse de...", reflexionó Panzy en sus adentros.

Glorio, por fin, arribó al último piso. —Son muchos escalones —advirtió, mas no cansado—. Y bien... ¿adónde hay que ir? —cuestionó el majin mirando a todos lados. A cada puerta del pasillo ancho y aparentemente interminable.

Panzy lo vio. —¿Mmm?... ¿Te importaría?...

Glorio centró los ojos en ella, y atendió su petición. La bajó con sumo cuidado.

—Debería de cuidarte incluso aquí... Estás muy enana y podrían empujarte —comentó ahora sin prestarle atención.

—¡Óyeme!... —reclamó Panzy encabronada. Y, obviamente, Glorio prosiguió con la vista puesta en el fondo del pasillo... que en realidad no se lograba divisar.

—¿A cuál puerta debemos ir?

—A esa —señaló Panzy seria, con el índice derecho.

Los estudiantes empezaron a caminar con dirección a la única puerta en la que relucía una placa platinada.

Panzy frenó poco antes de tocar. Las coletas beige se elevaron con su característica magia. Los ojitos preocupados se clavaron en los de él, inexpresivos.

—¿Estás seguro de esto?... ¿Qué tal si viste mal y solo te metes en problemas... por mi culpa?... Esas chicas podrían llegar a odiarte y planear cosas horribles en tu contra —especificó llorosa.

—Tú misma te acabas de responder... —dijo cruzado de brazos—. Entonces ellas te molestan...

Panzy, apenada, inclinó la cabeza.

—Sé perfectamente lo que vi —confirmó, de nueva cuenta, con el rostro muy próximo al suyo. El rubor volvió. Panzy, encantada, entreabrió la boca—. Iré ahí mismo a contarle al director... y tú vendrás conmigo, enana.

¡¿Por qué...?!

En los ojos amarillos de Glorio brillaba la determinación. Determinación con la que la miraba fijamente, sin inhibirse en lo más mínimo.

¡¿Por qué la ayudaba?!... No solo ella se hacía esa pregunta. Ni él mismo lo entendía.

Glorio fue el que tocó la puerta... con algo de agresividad.

—¡Puede pasar! —invitaron desde el otro lado.

El majin azul giró la perilla.

Para ellos asomó la visión guapa y elegante del director Zarbon, quien aguardaba por los dos sentado a su escritorio caoba con los codos apoyados sobre el tablero y la famosa y amada trenza tendida cerca del hombro izquierdo.

El hombre de cabello verde y preciosa faz andrógina les sonrió, según él amigable.

Glorio, algo receptivo, alzó una ceja. Ni siquiera conocía al director pero había algo había en él que no le agradaba.

Zarbon, sin diluir su sonrisa, una vez más los invitó a pasar enseguida de entrelazar los dedos.—Pasen, jóvenes. ¿En qué los puedo ayudar?

Glorio, pese a todo siempre caballeroso, se repegó a la puerta, dejándole el camino libre a Panzy para que se introdujera en la oficina, y con la mano derecha abierta le indicó que entrara primero.

Panzy, agradecida, bajó la cabeza en su presencia.

Con la chica ya en el interior de la dirección, él también penetró.

—Estamos aquí para... —manifestó Panzy con algo de miedo.

—Una chica la empujó a propósito en la escalera, cerca del tercer piso —explicó Glorio rápido y sin tapujos, mirando a los ojos al director.

Zarbon se enserió con la confesión.

—¿Cómo sabes que fue a propósito?

—Escuché cuando la chica les ordenó a otras dos bajar rápido. Ella fue la última en descender, y mientras lo hacía se le quedaba mirando a Panzy...

La chiquilla de las coletas beige, emocionada y con el corazón acelerado, volteó aprisa a ver a Glorio en el momento en que este pronunció su nombre. ¡¿Había escuchado bien?! ¡¿En verdad dijo su nombre?!... Lo pronunció tan hermosamente... con su voz perfecta. ¡Ojalá lo dijera de nuevo!...

—Estaba sonriendo... —pensaba en añadirle a la oración "con maldad", empero sabía que eso le robaría credibilidad a su relato—, y pasó muy cerca de ella cuando la escalera estaba vacía. La empujó del hombro.

—Y si la empujó... ¿cómo es que la señorita Panzy se encuentra bien?

—¡Glorio me salvó!... —se adelantó a decir la bonita majin de piel verde menta con algo de pasión. Su corazón seguía latiendo precipitado. Glorio era ahora su héroe. ¡Hasta la había traído a la dirección a la fuerza para que contase la verdad... pero no sola! ¡Él estaba a su lado!—. ¡S-si no hubiera estado ahí me habría roto el cuello! —aseveró la muchacha con las manitas hechas puño.

—Esta acción es algo muy grave, y por supuesto que una institución como Blue Hal no tolerará ningún tipo de abuso...

—Intento de asesinato —lo corrigió Glorio adusto al extremo.

Zarbon, creyendo exagerado al joven, rio en voz baja. —Bueno... —pretendió el director argumentar en contra.

—Si empujamos a alguien por una escalera sabemos que podría morir —dijo Glorio cruzado de brazos, aún sin temor alguno y con los ojos fijos en los del director—. Sé que soy nuevo, y no quiero que piense que quiero provocar problemas durante mi primer día. Pienso que lo mejor sería revisar las cámaras. Así usted podrá corroborar lo que decimos.

Zarbon, como todo el tiempo fingiendo simpatía delante de los alumnos, volvió a sonreír, y al instante se reacomodó el cuello del saco turquesa sin levantarse de su silla.

—Me parece lo más adecuado —dijo al joven.

El director presionó uno de los botones del intercomunicador sobre el escritorio. —Profesor Gurdo, pídale por favor a Tights que venga de inmediato... ¡ah!, y que traiga con ella la portátil de la sala de transmisión.

Glorio y Panzy compartieron una mirada.

Sin casi nada de dilación, apareció Tights, con su bello pelo rubio ondeándose luego de la carrera por la que se vio obligada a pasar por varios corredores con el objetivo de llegar con Zarbon.

Lo que más resaltaba de ella era el brazalete que presumía su estatus dentro del consejo estudiantil. La joven, hermosa y demasiado inteligente, ostentaba, desde luego, el puesto de presidente.

Los ojos de Panzy, curiosos, fueron a dar a la computadora portátil en el brazo derecho de la rubia. —Buenas tardes —saludó sonriente.

—Buenas tardes, Tights —le respondió Zarbon—. Me alegra que hayas venido tan rápido. Lamento haber interrumpido tu clase favorita.

—Las novelas de ciencia ficción pueden esperar, director —dijo divertida. La rubia se distrajo con la asistencia de la mejor amiga de su prima Bulma—. ¡Oh, Panzy!... ¿qué haces aquí? —le preguntó alegre.

Panzy le sonrió al principio, sin embargo, se enserió de inmediato, y nerviosa empezó a jugar con sus dedos.

—P-pues...

—Tights... —cortó así Zarbon el momento incómodo para Panzy— te pedí la portátil porque necesito que revises las grabaciones de la escalera, la que lleva al tercer piso.

Tights se aproximó con la computadora al escritorio del director. —¿Las grabaciones de qué hora? —interrogó la rubia.

—De hace unos cuarenta minutos —informó Glorio.

La rubia lo miró, y a continuación puso la portátil encima del escritorio y principió a acceder a los archivos recientes de las cámaras. —¿Qué es lo que estamos buscando?

—Este muchacho...

—Glorio —pronunció el majin azul.

—Glorio —dijo ahora el director, si bien de mala gana—. Asegura que empujaron a la señorita Panzy por la escalera... a propósito.

Tights arrugó el entrecejo, preocupada.

—¿Quién fue? —preguntó a la chica bajita.

—Fue Milk —contestó ansiosa, aunque sin miramientos.

—Ya sé quién es... —dijo Tights concentrada en el monitor y con el dedo circulando sobre el panel táctil.

La rubia prosiguió con la búsqueda. Pronto se topó con las grabaciones de hacía una hora. La estudiante indagó hasta encontrarse con el cuadro en el que Milk, en efecto, empujó del hombro a Panzy. La rubia suspiró pesado. Su instinto mujerijl le decía que sí, la morena quiso acabar con la chiquilla de las coletas beige. Desdichadamente una grabación no sería suficiente para inculpar a Milk, no bajo el estatuto de la escuela.

—Ya encontré la grabación, señor director...

Tights giró la computadora portátil para que el director pudiese ver asimismo la escena.

Zarbon, sin ninguna emoción dibujada en el rostro, nada más asintió frente al monitor. —Muy bien... Por favor, Tights, ve por Milk y las otras señoritas que también aparecen en la grabación.

—Enseguida, señor.

La rubia salió de la oficina sin echarles ni un vistazo a Glorio y Panzy.

Zarbon cogió la computadora y revisó ahora él el video por su parte.

Panzy, demasiado nerviosa, apretó los dientes y se convirtió en víctima de un bruxismo incluso doloroso.

—Tranquila —le dijo Glorio mirando al frente y con las manos en la cintura—. Yo hablaré —finalizó de este modo el mensaje en voz baja.

Panzy, boquiabierta, se le quedó viendo. ¡¿Cómo le pagaría por tanto?!

Sus ojos morados refulgieron, y se llevó las manos juntas al pecho. Qué chico tan bueno, pensó con una alegría suprema, proveniente de su corazón.

Tights retornó con la joven morena no mucho después.

Antes de tocar actuar como la buena y despistada, Milk miró con burla y odio profundos a la chiquilla de las coletas beige.

Glorio, siempre atento, notó la mirada, e igualmente ojeó con fuerte desdén a la morena.

—Director Zarbon, ¿me mandó a llamar? —preguntó haciendo uso de su voz dulce y melosas expresiones faciales.

—Así es, señorita Ox-Satán —confirmó Zarbon a la vez que le sonreía—. Gracias por venir. Verá... El joven Glorio...

—Diyu —dio a conocer el majin su apellido.

—El joven Glorio Diyu —retomó Zarbon su discurso— asegura que usted empujó a la señorita Panzy —señaló el director a la chica bajita con la mano izquierda abierta— a propósito por la escalera. La señorita Tights y yo acabamos de revisar las grabaciones de las cámaras de seguridad, y ambos vimos que usted pasó demasiado cerca de la señorita Panzy cuando en la escalera no había obstáculos. Podía usted circular sin problemas sin la necesidad de aproximarse a su compañera. La señorita Panzy estuvo a punto de accidentarse. Esto pudo terminar muy mal... señorita Ox-Satán —dijo en un regaño leve.

—¡¿Que yo qué?!... —explotó la morena con las manos arriba, próximas a las sienes. Se había presentado con todas las ganas de fingir, mas ahora parte de su detonación había surgido auténtica. ¡¿Cómo habían dado con ella?! ¡¿Quién la descubrió?!

Respirando agitada vio de reojo al muchacho de orejas puntiagudas y piel azul. No debía voltear del todo adonde él... o ella sola terminaría de descubrirse.

—¡Yo...! —enunció temblando. Acudió deprisa al llanto para salir invicta de la situación—. ¡Le juro que no me di cuenta!... Bajé rápido la escalera con mis amigas porque teníamos prisa. Yo iba muy distraída... Ni siquiera me di cuenta de que había alguien más en la escalera...

¡Carajo!, dijo Tights para sí. La carta de la distracción era la mejor a emplearse en estos casos. En verdad no había manera de comprobar que Milk lo había hecho a propósito.

—¿Entonces no tiene motivos para intentar proceder en contra de la señorita Panzy?...

—¡Claro que no!... —Milk volteó a ver a la chica de las coletas beige.

Panzy se halló con sus ojos acuosos. ¿Qué era lo que le diría?...

—¡Panzy!... ¡sé que no somos amigas!... ¡pero jamás intentaría hacer algo en tu contra!... ¡tienes que creerme!...

La majin de piel color verde menta iba a responderle que se tranquilizara, pero la misma Milk encendió su odio.

La morena, triste —entre comillas—, agachó la cabeza. —Pasa que eres tan pequeñita... por eso no te vi.

La humillación que había sufrido hacía apenas unas horas a causa de las crueles palabras de la chica Ox-Satán se avivó en su mente. Se estaba burlando de ella nuevamente.

—Si se ha burlado de ti antes... tienes que decirlo —le susurró Glorio.

¡Quería, pero...! Panzy, apretando los dientes otra vez, se encogió de hombros. ¿Le harían caso si lo decía?... Probablemente... se disculparía, y ella quedaría como una tonta provoca-problemas. Tenía más las de perder...

—¿Por qué tienes que resaltar lo de su tamaño? —la encaró Glorio enojado, aunque sin dejarlo ver en su rostro—. Parece una burla sutil... No tiene el tamaño de una pulga... claro que la viste en la escalera. Yo lo vi todo —insistió.

Los ojos de Milk, rojos por el lagrimeo, se agrandaron. Glorio la había acorralado. —¡Yo...! ¡De verdad!... ¡no la vi!... ¡No tengo motivos para dañar a nadie!...

—Excepto el que es muy pequeña —añadió Glorio con ironía.

Y en el lapso del silencio tuvo lugar una miniguerra de miradas. Ninguno de los dos se dejó intimidar.

—Joven Glorio, no podemos basarnos en especulaciones. Señorita Milk... —se dirigió Zarbon ahora a la morena— no puedo comprobar que usted hubiera empujado a su compañera a propósito. El estatuto de la escuela me prohíbe enjuiciar sin pruebas suficientes... Lo que haré es...

Y entonces Lázuli y Videl, sudorosas y sofocadas, hicieron por fin acto de presencia. La rubia de ojos rasgados y la morena de ojos azules recorrían la habitación con miedo.

—Qué bueno que llegaron —pronunció el director con una sonrisa. Zarbon retornó la atención a Milk—. Como está prohibido correr por las escaleras... y ustedes lo saben perfectamente... las suspenderé por un día.

—Esto, en lugar de beneficiar, podría perjudicar —expresó Glorio, paralizando así el palabrerío del director—. Con lo que ha hecho ellas podrían volverse todavía más en contra de Panzy. Aquí no quedó nada manifiesto... No sabemos si ella lo hizo a propósito o no... aunque yo estoy seguro de que sí. Siendo así, su prioridad debería ser la seguridad de Panzy. ¿Qué hará con eso?

Glorio dejó sin habla por un momento al director. ¡Maldito cabrón, sí que fastidia...!, pensó el caballero andrógino. —¡Estoy de acuerdo!... A partir de ahora, durante todo un mes, tienen prohibido acercarse a la señorita Panzy. Terminado el mes las citaré a todas para que tengamos una breve charla... y podamos todos llegar a un acuerdo que nos favorezca a cada uno. En cuanto a los trabajos en equipo, no se preocupen, Tights, la presidente del consejo estudiantil, hablará con sus maestros para mantenerlos al tanto de esto. Joven Glorio, señorita Panzy... pueden retirarse —les informó aparentando júbilo.

Glorio y Panzy no dijeron nada. Con lentitud abandonaron la oficina... un tanto confundidos, sobre todo Panzy.

Glorio caminó apurado por el pasillo, ciertamente furioso.

Por el apremio del muchacho la chiquilla, aún aturdida en virtud de lo acontecido en la oficina del director, se quedó atrás paralizada, observando al majin azul. Observando, de nueva cuenta, sus brazos fuertes y los nudillos extremadamente tensos. Los brazos que se balanceaban en la caminata iracunda. Panzy no pudo más que abrir la boca.

Sacudió la cabeza para despertar, y prontamente fue tras el muchacho.

—¡Glorio!...

Estaba tan alterado que se había olvidado de ella.

El chico abrió mucho los ojos, como cuando se sale de un mal sueño, y volteó a verla. La voz de Panzy, como por arte de magia, lo aplacó al instante, y por suerte lo trajo de regreso a la realidad.

—Gracias por hacer... lo que hiciste.

El adolescente se vio hechizado por los fulgurantes ojos morados, mas, como siempre, no lo mostró.

—No tienes que agradecerme —le dijo más serio que nunca.

El chico se giró. Cuando la mano derecha se posó en el barandal y el pie en el primer peldaño, algo en su pecho lo llamó.

—¿Sabes qué?... Olvídalo. Será mejor que te lleve conmigo.

—¡¿Ah?!...

El estudiante, de nuevo, levantó a la jovencita de la cintura, y regresó adonde el barandal.

—¡¿Q-qué haces?! —lo cuestionó ruborizada y agitando los brazos.

—Por ahora no me siento nada seguro. Esas chicas podrían salir y atacarte —mencionó sin verla. Los ojos se encontraban fijos en los escalones.

El majin arrancó con el descenso.

—¡Pero...! ¡Como te dije... no siempre estarás para cuidarme cuando suba y baje la escalera!...

Glorio hizo como que no escuchó. El joven continuó bajando lento por el bien de ambos. Aun en su amargura le era importante mantenerse como un caballero, y no poner en peligro de ningún modo a Panzy.

Ya mero abajo colocó con delicadeza a Panzy en el suelo.

El muchacho suspiró aliviado. —Ya estás a salvo, enana —le dijo al instante de dejarla de pie en el piso.

Las miradas chocaron. Panzy lo contemplaba con admiración y Glorio con un dejo de melancolía y algo más... que resultaba indecible.

El adolescente no enunció nada, sencillamente empezó a alejarse para volver a clases.

—Glorio... —manifestó ella despacio, si bien Glorio alcanzó a oírla. El muchacho frenó, empero no se giró—. Gracias.

No contestó, y retomó su camino.

Algo debía hacer para pagárselo.

...

—Van a firmar estos reportes... y los llevarán a casa para que sus padres también los firmen —les esclarecía Zarbon a las tres delincuentes.

Milk, con la mano apretada, firmó la pequeña hoja. ¡¿Qué le diría su padre?!

—Y por supuesto... cuando vuelvan a clases tras su suspensión, me traerán las hojas. Sepan que sé reconocer una firma falsa... así que mejor no intenten engañarme, señoritas —expresó Zarbon burlón.

Milk, cabreada, le enseñó el reporte al director para que se asegurara de su firma.

Zarbon le echó un vistazo nada más. —Muy bien, señorita Ox-Satán... puede retirarse. Recuerde ir por sus cosas y abandonar la escuela cuanto antes. No tiene derecho a anotar la tarea. Es parte del castigo.

Milk le volteó la cara al director, y salió veloz de la oficina.

Videl y Lázuli se vieron entre ellas, temerosas. Terminaron de firmar el reporte, y con respeto, en silencio, le mostraron al director el papel.

—Muy bien, señoritas... lo mismo para ustedes —las despidió con una sonrisa.

Las chicas, aún calladas, partieron asimismo de la habitación.

—¡En un momento las alcanzo! —les gritó Tights de pie al lado del director.

La rubia fue a cerrar la puerta para permanecer un rato a solas con Zarbon.

Atesorando intimidad, miró al hermoso caballero andrógino un tantito decepcionada. —Sabes que esa chica es culpable —pronunció al tiempo que parecía asentir con la cabeza.

Zarbon, descarado, rio ante los preciosos ojos negros que lo juzgaban sin compasión. El director, bastante divertido, hasta aplaudió en su silla. A continuación, galante, se reacomodó el saco y le sonrió a su querida rubia mirándola coqueto. Zarbon, en su observación, ladeó un poco la cabeza. —Cariño... yo también sé que lo hizo a propósito... pero no quiero a los padres de esas tres trayendo a la policía y tras mi cuello. No me conviene. ¡El resto del equipo directivo ya me tiene en la mira! Si le ocasiono problemas a la escuela, ¡hasta podrían descubrir lo nuestro!...

El director sonrió una vez más, y así, risueño, se tocó los muslos, llamando de esta manera a su joven amante. Tights, siempre atrapada por los irresistibles encantos de su Zarbon, no tardó en ir a sentarse en sus piernas. El caballero andrógino la besó con arrebato. —Te quiero tanto, mi niña... —le dijo mirándola a los ojos y mientras le sostenía la cabeza del mentón.

Tights correspondió su sonrisa. —También te amo, mi querido Zarbon... —manifestó desde el fondo de su corazón.

...

—¡Milk!... —exclamaron Lázuli y Videl al unísono al divisar a su amiga —y jefa—.

Las jóvenes pararon agitadas detrás de la figura furiosa de su preciada Milk.

—¡Oye!... ¡¿en verdad intentaste matar a esa chica?! —preguntó Lázuli con asombro, palpándose el pecho—. ¡Así que por eso nos pediste que bajáramos tan rápido por la escalera!... —pronunció la rubia en reclamo—. Entiendo que te caiga mal, ¡pero hacer eso es...!

Videl miraba a Lázuli con preocupación. Temía que Milk fuera a golpearla por causa de su cuestionamiento.

—¡¿Qué no son mis amigas?!... —les recordó la morena de ojos negros después de voltear—. ¡Lázuli!... ¡¿tú qué harías si alguien intentara quitarte al chico que te gusta?!...

La linda rubia se sonrojó y miró al suelo.

—¡No te hagas!... ¡eres una peleaona como yo!... y sé que si intentaran quitarte a Tarble te comportarías peor que yo... Y tú, Videl, ¡no te hagas!... sé que siempre estás vigilando a Gohan, y que probablemente matarías a la tonta que se le acercara —aseveró Milk.

—¡Bueno... es que...! —pretendió alegar Videl, tan abochornada como la amiga rubia.

—No tienes que darme explicaciones. Sé perfectamente lo que sientes —declaró la de grandes ojos negros con las manos en la cintura—. No sé lo que pase a partir de ahora... excepto que el maldito tipo azul ese y la enana horrible me las van a pagar —prometió.

—¿Y acaso no te has puesto a pensar que quizá ese sujeto es novio de Panzy? —sugirió Videl—. No es normal que la defendiera tanto.

—¡Oye!... ¡eso es cierto! —apoyó Lázuli a la chica de ojos azules.

—Tal vez te has estado preocupando más de la pena... ¡y puede que Panzy haya tenido novio todo este tiempo!... —prosiguió Videl con la idea.

—Mi instinto no me falla... y sé bien que Panzy está enamorada de mi Goku. ¡Pero...! —Milk, sonriendo maliciosa, cerró los ojos un segundo—. Videl... tienes razón con lo que dices... Yo creo que el tal Glorio está enamorado de la enana horrenda.

Lázuli, alegre, pegó un saltito y cerró las manos. —¡Eso es genial!... ¡Date cuenta!... si Glorio está enamorado de Panzy... lo único que tenemos que hacer es juntarlos... ¡y tendrás el camino libre para estar con Goku!

Milk se cruzó de brazos y arqueó una ceja. —¿Y pensabas que se los iba a dejar tan fácil?... ¿Por qué yo debería hacer feliz a la enana después del dolor que me ha causado?

Videl, fastidiada, meneó la cabeza y suspiró. —¡Milk!... ¡la tienes muy fácil!... ¡Lázuli tiene razón!... ¡Hay que hacer lo que ella dice!

—¡¿Acaso somos Cupido o qué?!... ¡Ya les dije que no se lo dejaré tan fácil!... ¡La enana y el duende azul me las van a pagar!... —la morena de enormes ojos negros se medio giró y sonrió maléfica otra vez— y ya sé cómo hacerlo.

...

—¿Te puedo llamar esta noche?... —interpeló Yamcha nervioso por consecuencia de una emoción incalculable. Los dedos masculinos bajaban por los lacios mechones azules, de nuevo, con una pizca de lujuria.

—¡Ay!... ¡eso me encantaría! —respondió Bulma tras un saltito, que de inmediato la mareó un poco.

Yamcha, asustado, la agarró de los hombros.

Desde la distancia la guapa doctora Vomi se le quedó viendo a la peliazul con seriedad. —Ten cuidado. Aún no estás lista para saltar —le hizo saber.

—Sí, sí... claro —asintió Bulma entre risitas ansiosas, con la mano izquierda en la frente debido al mareo que la seguía molestando.

Mai rodó los ojos a las espaldas de Yamcha. Por la culpa del idiota ese la amiga se le mareaba, además... la tocaba asquerosamente. ¡¿Bulma no se daba cuenta?!... Desde luego, no podía asegurar nada sobre Yamcha, pero insistía en que algo había en él que le era asaz desagradable.

—Ya me tengo que ir. ¿Segura que no quieres que te acompañe a tu casa? —le preguntó mientras le frotaba los hombros una y otra vez.

Mai volvió a rodar los ojos.

—No. Estoy bien. Te puedes ir, en serio. Solo no olvides llamarme —le pidió la peliazul sonriente.

—Descuida. Claro que no lo haré —sostuvo dichoso.

Por último, el joven de la cicatriz besó ala peliazul en la frente, y esto fue como una caricia para su corazón enamorado.

—Me retiro. Te llamo más tarde.

El muchacho se condujo a la salida, y desde ella agitó la mano en un adiós dulce para su amada.

Luego de su partida, Bulma suspiró abrazando su ramo de rosas rojas.

—Ya es tarde —le avisó Mai a la camarada distraída por el amor—. Ya perdimos la mitad de las clases y falta poco para que anochezca. Será mejor que nos vayamos de una vez.

La bella morena se aproximó a la amiga para abandonar junto con ella el área médica.

El taconeo de Vomi resonó con su acercamiento a las muchachas. —Antes de que te vayas llévate estas pastillas contigo. Dentro de unas horas experimentarás un horrible dolor de cabeza. Toma dos en cuanto eso pase. Las tomarás cada ocho horas durante todo un día.

Bulma cogió el frasco amarillo y enseguida miró a la doctora Vomi. —Así lo haré. Muchas gracias.

—No es nada. Mantente alejada del campo de béisbol —le aconsejó burlesca.

Las chicas rieron, y sin más salieron del recinto.

Ambas señoritas hermosas contemplaron el sol en su fase de ocultamiento.

—Ya es muy tarde y no hemos visto a Panzy desde el almuerzo —evocó Bulma—. ¿Crees que se encuentre bien?

Mai, como la buena amiga que era, avanzaba muy lentamente y aferrada al brazo derecho de la peliazul, cuidándola así de una posible caída.

—Yo pienso que sí. Aunque me pregunto en dónde estará.

—Espero que nos la topemos pronto —dijo Bulma.

—Ojalá.

Del edificio escolar también partió el adolescente ceresiano. Mai, al reconocerlo, se tensó de todo el cuerpo, y ruborizada inclinó la cabeza.

Accidentalmente, cuando el muchacho le estaba pasando al lado, los dos la alzaron y las miradas colisionaron. Granolah, con su imagen, tragó saliva y al punto volvió a bajar la cabeza y siguió de largo con su camino.

—¡¿Qué demonios fue eso?!... —cuestionó Bulma emocionada ya con el joven fuera de su alcance y con la mano izquierda abierta—. ¡¿Viste eso?!... ¡Pienso que él siente lo mismo que tú!... ¡Es tan evidente el tonto!...

—¿Y-y qué tal si no es así? —preguntó Mai angustiada y con la vista centrada en la tierra y en la hierba verde.

—¡Ash!... ¡no seas tan pesimista! Pasa que los dos son unos tontos tímidos. Lo único que necesitan es un empujón.

Mai no contestó ya que se hallaba reflexionando acerca del asunto.

—¿Sabes?... —enunció Bulma mirando al cielo crepuscular— me dolió que se fuera Vegeta. Ese muchacho me cayó muy bien. Tiene cara de amargado... ¡pero es un chico tan dulce! —manifestó la peliazul con las mejillas levemente rosadas.

Mai sonrió contenta para su amiga. —También me cayó muy bien. Cualquiera que se preocupe por mis amigas tiene mi respeto.

Bulma volteó a verla y le sonrió ilusionada.

Y cuando menos se lo pensaban... se encontraron de frente con la amiga chaparrita.

Panzy, al verlas, escapó de su tortuoso trance. La chiquilla de coletas beige parpadeó diversas veces, perpleja.

—¡Panzy!... —gritaron Bulma y Mai contentas, y por su misma felicidad se olvidaron de la debilidad de la peliazul y se echaron a correr hacia la majin de piel verde menta, a quien abrazaron llorosas hasta sofocar—. ¡Te extrañamos tanto!... —le dijeron a la vez.

—¡¿Dónde te habías metido?! —la cuestionó Bulma como una madre, con las manos en las caderas.

Panzy, todavía en shock, levantó la mirada. —¡N-no me lo van a creer!...

—¡¿Ah?!... —despidió Bulma confundida.

...

—¡¿Cómo que él te salvó?!... ¡Entonces es un chico maravilloso!... —gritó Bulma con las manos pegadas a las mejillas, exaltada—. ¡Pensar que lo juzgamos mal!...

Del entusiasmo vigoroso, Bulma agitó de los hombros a Mai, quien la miraba asustada. —Fuiste tú quien lo juzgó más que nadie... —le rememoró Mai con una ceja arqueada.

—¡Ash!... ya cállate —le ordenó la peliazul mirando a otro lado. Rápido fijó la vista en Panzy nuevamente—. Deberías hacer algo para agradecerle —propuso cruzada de brazos—. Algo como un lindo detalle —acabó Bulma sonriente.

Panzy retiró el índice derecho de su mentón, asimismo sonriente. —¡Justo en eso estaba pensando!... ¿Qué creen que estaría bien? —cuestionó a las dos amigas.

—¿Qué tal algo... hecho a mano? —dijo Mai—. Cuando una persona es especial para una... se acostumbra a obsequiar algo hecho por nosotras mismas. Si el chico lo recibe con alegría, lo conservará para siempre —expresó la morena con un calor especial en el pecho.

—¡Mai... esa es una excelente idea!... —le aplaudió Bulma—. ¿Saben?... creo que aprovecharé la ocasión y haré algo para Vegeta y sus amigos.

Panzy arrugó el entrecejo y se llevó las manos a las caderas. —¿Y cómo está eso de que te impactó una pelota de béisbol en la cabeza?...

Bulma, apenada, permaneció un momentito con la boca abierta.

—¿Saben qué?... mejor voy por nuestras mochilas porque ya se está haciendo muy tarde... Será mejor que nos contemos todo durante el camino de regreso a casa —recomendó Mai.

La chica, a continuación, se dirigió al interior del edificio escolar.

...

El trío de muchachas bellas marchaba por la vía en extremo solitaria en tanto guiaban a sus bicicletas del manillar. Sus risas de juventud hacían eco en el vecindario.

—¿Cuánta mala suerte se requiere para que una pelota de béisbol te dé en la cabeza sin nadie más alrededor? —se burlaba Mai sin frenar sus pasos.

Bulma ladeó el rostro en desprecio e hizo puchero.

Panzy echó la carcajada.

—Bueno... a como lo contaron yo pienso que es más un golpe de suerte... porque hicieron nuevos amigos —dijo feliz—. Me gustaría conocer a esos chicos.

—Te van a caer muy bien —expresó Mai.

Las chicas pausaron su plática para cruzar la calle.

—Lo he estado pensando y creo que lo mejor sería hornear galletas para los chicos. ¿Qué me dicen? —expuso Panzy.

—¡Es una gran idea!... No soy muy buena con la cocina, pero sé que tú me ayudarás, Panzy —dijo Bulma.

—¡Claro que sí! —asintió la chica bajita también con la cabeza—. ¡Dalo por hecho! Te ayudaré para que te queden deliciosas.

Mai, con la ilusión, se tocó el pecho.

—Mai es la que sabe hornear muy bien —dijo Bulma para al instante voltear a ver a la morena.

—M-muchas gracias, Bulma. Prometo también ayudarte con tus galletas.

—¡Mmm!... entonces les daré a Vegeta y sus amigos las galletas más deliciosas —presumió la peliazul—. Aunque claro... ¡Granolah será el que reciba las mejores!... —dijo la peliazul traviesa, quien deprisa, entre risitas, se tapó la boca.

Panzy la acompañó en lo juguetona.

Mai, avergonzada, rabió. —¡Oigan!...

—Y ni qué decir de Glorio... él se llevará las ía mejores que las de Granolah —dijo Mai en venganza después de algunos instantes.

Panzy se detuvo de golpe, y cerró los ojos y apretó los puños para sonrojada gritar. —¡No digas eso!...

Y ahora Bulma se carcajeó de ella.

—¿Y entonces cuándo las prepararemos? —interrogó Mai con su típico semblante adusto.

—¡Esta noche! —exclamó Panzy inquieta.

—¡¿Qué?!... ¡Pero ya es muy tarde! Y yo soy la que vive más lejos —les recordó Mai—. No puedo regresar a casa tan noche.

—No te preocupes por eso. Mi papá te llevará en su coche —le dijo Panzy.

—¡Anda, Mai!... —Bulma estrelló el hombro contra el de la morena para animarla—. No seas aguafiestas como tu alma gemela —y rio.

—Espero no causarle molestias a tu papá, Panzy —dijo la muchacha de ojos añiles.

—¡Para nada!... Ambos amamos los paseos nocturnos. Con gusto te llevaremos de regreso a tu casa.

Mai le sonrió a la chica bajita.

—Bueno... entonces hay que ir a comprar el polvo para hornear antes de que cierren la tienda —advirtió la peliazul.

—Es una suerte que todas contemos con nuestra mesada —mencionó Mai sonriente.

—¡Así es!... —gritó Panzy con el puño derecho arriba.

—Bueno... ¡ya no perdamos más el tiempo y vayamos a la tienda!... —demandó Bulma, quien veloz se montó en su bicicleta y comenzó a pedalear con todo.

—¡Espera!... —gritaron Mai y Panzy, quienes, igualmente, se instalaron en sus vehículos y pedalearon con muchas ganas para no quedarse atrás.

—¡¿Qué no está mal que conduzcas así la bicicleta?!... —le preguntó Mai preocupada a la joven de cabello azul.

—¡Me siento muy bien!... ¡No te preocupes!...

Panzy, ahora nada más prestándole atención al crepúsculo, sonrió para el viento por poco frío que le daba de lleno en el rostro y que removía sus coletas. De pronto sintió... como si la vida hubiese dado un cambio. Una ilusión, especial, inundó su pecho... y ya no hubo espacio para nada más. ¿Ya no había espacio para Goku?... De pronto... hubo un objetivo. Su objetivo era Glorio.

La joven pedaleó con más velocidad.

...

Entre risas, ya bajo la noche, realizaron sus compras en latienda de conveniencia cercana al hogar de Panzy.

Cuando hubieron acabado, Panzy salió del local y admiró dichosa las estrellas. El cielo nocturno se miraba más bonito que nunca... o eso juraba la chaparrita.

Con unas sabrosas paletas de helado las tres se centraron en el maravilloso cielo estrellado de su amado Sunset.

Las chiquillas se sentaron un ratito en uno de los topes del aparcamiento.

—Qué bonito es nuestro cielo, ¿no les parece? —comentó Mai con una sonrisa.

—Pues a mí me gustaría admirar algún día el cielo desde la Capital del Oeste —dijo Bulma seria.

—¿Y tú, Panzy?... ¿También te quieres ir? —interrogó Mai a la adolescente bajita.

—Sinceramente no lo sé... —respondió aún mirando al cielo—. Si en este lugar llego a tener todo lo que necesito... pues me quedaré —Panzy volteó a ver a la morena—. ¿Tú sí te quieres quedar, verdad, Mai?

La muchacha, nerviosa, tiró de las agujetas de sus zapatillas deportivas. —S-sí que me gustaría. Este pueblo está lleno de paz... solo que quisiera mudarme, por supuesto. Vivir en un departamento que sea solo mío —dijo con la mirada bien puesta en sus tenis.

Bulma y Panzy, silenciosas, se voltearon a ver. Obviamente conocían la triste situación de Mai con sus padres... y la lamentaban.

—¡Claro que tendrás ese lindo departamento! —expresó la chaparrita animada—. Solo no te olvides de invitarme a comer en él de vez en cuando —finalizó con una sonrisa.

Mai exhaló. Sí que era lindo contar con el aliento de sus mejores amigas.

—E incluso si no lo consigues... —continuó Panzy, otra vez con la vista en las estrellas— recuerda que puedes venir a vivir con mi padre y conmigo cuando tú lo quieras.

Mai la abrazó, sentida. —Muchas gracias, Panzy.

Bulma sonrió por acuerdo tan bonito. Le era un alivio comprender que inclusive si se iba del pueblo, Mai no se quedaría sola.

—Bueno... —Bulma aplaudió para espabilar a las camaradas— vayamos a tu casa, Panzy... hay que preparar esas deliciosas galletas.

—Sí, ya es hora.

La morena y la chaparrita también se pusieron de pie, y al igual que la peliazul, fueron adonde sus bicicletas. Las tres las montaron entre risitas en medio de la noche que ya lo cubría todo como un manto negro.

...

Finalmente llegaron a la casa rosa. La cálida morada de Panzy estaba ubicada en uno de los vecindarios más sosegados. Las luces públicas, naranjas, iluminaban apenas la entrada.

Los atardeceres de Sunset eran intensos, pero, desgraciadamente, sus noches pecaban de tenebrosas.

Las jovencitas, risueñas, aparcaron sus bicicletas muy cerca de la puerta, contiguas a las lindas flores de distintos colores a las que Kadan les dedicaba tanto tiempo.

Panzy se adentró con las amigas y las pesadas bolsas de mercado con las que cargaban más que dichosas.

Las risas alertaron al señor Kadan, quien veía en la salita la televisión. El buen hombre, con el control remoto en la mano, volteó a verlas feliz. —¡Panzy!... ¡hasta que llegaste!... Comenzaba a preocuparme... ¿Es mi imaginación... o llegaste más tarde hoy? —preguntó algo serio.

—A-así es, papá... p-pasaron varias cosas que nos hicieron atrasarnos...

—¿Algo de lo que deba preocuparme?... —interrogó ahora con las manos sobre el respaldo del sofá.

—La verdad es que sí... —informó Bulma con las manos juntas luego de situar las bolsas de las compras en la barra de la cocina.

Panzy, apurada y angustiada, volteó a ver a la peliazul. ¡¿Era necesario que se lo dijera?!...

—Para empezar, señor Kadan... a mí me golpearon con una pelota de béisbol y eso me dejó inconsciente...

—¡Oh, Dios mío!... ¿estás bien, niña?

—Oh, sí, sí... —lo tranquilizó Bulma rápido con una de sus sonrisas—. Yo estoy bien... pero tiene que saber lo que pasó con Panzy...

El señor Kadan se tensó de inmediato, y esto se dejó ver en sus enormes manos estrujando el respaldo de su amado sofá. —¿Qué pasó?... —preguntó ya enojado.

—Una chica de nuestra clase la empujó en la escalera —relató Bulma sin titubear—... a propósito, por supuesto.

Panzy, lacrimosa, miró a Bulma. No quería que su papá lo supiera. No deseaba mortificarlo.

—¡Pero!... —Bulma alzó ambos índices como señal de que no era necesario alterarse— por suerte un chico muy apuesto, y majin —resaltó—, la salvó de una horrenda caída...

—¡¿Un majin?!... —cuestionó asombrado el señor.

—Y no solo eso, señor Kadan... —contaba Bulma con emoción—. Él la acompañó a la dirección como testigo del acto perverso del que fue víctima Panzy para que la tipa esa recibiera su castigo.

—¡¿Y qué pasó con ella?!... —interpeló el padre.

—Fue suspendida por un día junto con sus cómplices y todas ellas tienen prohibido acercarse a Panzy —la peliazul se cruzó de brazos—. Sinceramente me parece un castigo de lo más absurdo... Yo habría sido mucho más severa con ellas...

El señor Kadan se alzó del sofá, angustiado, y así se arrimó a su Panzy. El progenitor posó las manos en los hombritos.—Mi niña... no sabía que estabas siendo intimidada en la escuela...

—¡No, papá!... ¡no es así!... Esto solo pasó hoy... y no tengo idea de por qué.

—Esto me va a quitar el sueño quiera o no... Ya no me quedaré a gusto cada que te vayas... Iré a hablar con el director yo mismo el día de mañana...

—¡Pero...!

—Nada de peros... —la interrumpió Kadan posicionando el índice izquierdo sobre sus labios rosados—. Soy tu papá y te tengo que cuidar... y de paso conocer al majin que te salvó —finalizó contento.

Panzy se sonrojó en demasía.

—¡Eso suena perfecto!... —exclamó Bulma con los brazos en alto.

—¿Y qué fue lo que trajeron? —cuestionó

Kadan sonriente con los ojos fijos en las bolsas colocadas encima de la barra de la cocina.

—Vamos a hornear unas galletas —respondió Mai amablemente.

—¿Es algo para la escuela o para agradecerle a ese chico especial?... —preguntó Kadan pícaro esta vez mirando a su niña.

Panzy se tocó las mejillas hirvientes. —¡Papá!... —lo regañó.

—De hecho sí es algo para chicos muy guapos —reveló Bulma tras guiñar el ojo derecho.

—¡Bulma!... —la amonestaron las amigas.

—¡Ay!... ¡no se avergüencen!... Estamos en confianza, ¿verdad, señor Kadan?...

—¡Pero por supuesto que sí!... Saben que ustedes son como mis hijas también. Pero si quieren que no le revele el secreto a nadie... será mejor que me regalen algunas de esas galletas —advirtió divertido.

—Sabía que querrías... así que compré lo necesario para preparar muchas —le notificó Panzy.

El buen Kadan rio. —¡Ja, excelente! —expuso con las manos en las caderas.

—Oye, papá... cuando terminemos de hornear llevaremos a Mai a su casa. Recuerda que es la que vive más lejos.

—Pero claro que sí. Incluso puedes quedarte a dormir si así lo quieres, Mai. Esta también es tu casa —le recordó Kadan a la morena. Siendo una de las mejores amigas de su niña y conociendo muy bien las precarias circunstancias consecuencia de los problemáticos padres de la chica, procuraba siempre tenderle la mano.

—Es usted muy amable, señor Kadan... se lo agradezco mucho. Me quedaría si contara con mi segundo uniforme y mi pijama. Le tomaré la palabra la próxima vez.

—Entiendo —asintió el señor con la cabeza—. Entonces te llevaremos más tarde a tu casa. ¿Y tú, Bulma...? Sé que tus padres siguen todavía vacacionando en aquel crucero...

—¡Ash!... ¡ni me lo recuerde!... ¡Es increíble que no me llevaran!... y todo por culpa de mis clases...

Kadan rio. —Las clases son muy importantes... Recuerda que si te sientes sola en casa, también puedes venir a dormir con Panzy cuando quieras. Esta es tu casa.

—Muchas gracias, señor Kadan. Supongo que tendremos que organizar una pijamada las tres... —señaló la peliazul mirando a sus amigas.

—Bueno... vamos a hornear para que no se nos haga más tarde —dijo Mai.

—Sí, vamos —manifestó la peliazul, que ni tarda ni perezosa se guio a la cocina.

Kadan palmeó los hombros de su niña en apoyo, y Panzy lo miró con afecto.

El señor regresó a su sofá, y las chicas se fueron preparando con mandiles y cazuelas entre risas imparables.

—¡Mucha azúcar, mucha azúcar, mucha azúcar!... —gritaba Bulma mientras se paseaba frente a la harina y como un hada mágica rociaba azúcar en las cazuelas.

—¡No se usa tanta azúcar!... —renegaba Mai.

—¡Pero claro que sí porque es un producto hecho con mucho amor!... —alegó la peliazul.

Panzy soltó una risita.

Las manos femeninas, bien limpias, trabajaron arduamente en la concepción de unas ricas galletas en forma de corazón.

Bulma se esforzó bastante en la decoración de un envoltorio que se semejaba más a uno de San Valentín, mientras que los de Nappa y Raditz solo eran bonitos.

Por su parte, Mai, asimismo ornamentó la bolsita de galletas que habría de entregarle a su amado Granolah... para conquistar su frío corazón.

Y Panzy... ella le agregó a la bolsita transparente una pegatina de un corazón azul. Ese era el corazón de Glorio.

Panzy observó a Bulma en su tarea, y sonrió. ¿Acaso... se había enamorado del tal Vegeta?... ¡Ojalá así fuera!...

Con las galletas terminadas, y Kadan satisfecho, Bulma se marchó en su bicicleta después de un adiós gentil.

Kadan y su hija llevaron a Mai a casa en el auto, y la chica se los agradeció incontables veces.

El resplandor naranja de las luces públicas, y la noche, con su encanto lúgubre, le prometieron a Panzy... un día siguiente... maravilloso.

Nota de autor: Gracias por haber llegado hasta aquí. Espero que les haya gustado.

Esta historia está bastante "revuelta" XD, y no, no tengo idea de nada de lo que ha de ocurrir XD.

Postdata: Zarbon nos resultó un mañoso XD.

Nos leemos pronto :).