Hoy esta historia cumple 20 años así que la reescribí, cosa que llevaba tiempo queriendo hacer. ¡Feliz 20 aniversario a mi primer fic! La antigua versión pasó a mejor vida ya. Gracias a todos los que la leyeron y la disfrutaron, pero había cosas con las que ya no estaba nada contenta.
Roy Mustang pensó que estando de vacaciones podría relajarse al fin del ajetreo y las responsabilidades cotidianas, pero se equivocó.
Ya ni se acordaba cuándo fue la última vez que estuvo de permiso. Los primeros dos días los pasó limpiando la casa, quitando polvo y arreglando la gotera en el calentador. Después investigó la mancha de humedad en la pared y sacó la brocha y la pintura para taparla. No fue hasta el tercer día en que no pudo sentarse sin nada que hacer y comenzar la novela que llevaba tiempo queriendo leer.
Al cuarto día notó que su despensa estaba vaciándose y decidió salir a comprar. Pero al abrir su armario, descubrió con horror que no tenía ropa limpia. Absolutamente nada.
En el cuartel, el personal se encargaba de lavar sus uniformes impecables y, de paso, su ropa de civil. Pero hacía meses que no había vuelto a casa y todo lo que colgaba en el armario tenía un notable olor a cerrado. Todo, excepto una prenda: una camisa amarilla chillona que le había regalado Havoc en el último amigo invisible que celebraron en el cuartel. Mágicamente, la camisa había resistido impregnarse de ese mustio olor a humedad. Roy la había guardado en el fondo del armario con la intención de nunca usarla, pero ahora no tenía opción.
El Coronel del Ejército vestido de amarillo. Cualquiera que lo viese le perdería todo el respeto que alguna vez le tuvo.
Se dijo a sí mismo, mientras se abrochaba la camisa, que solo sería un rato. Ir a la tienda de ropa y comprar algo decente antes de que alguien lo viese y después ir a hacer la compra.
Con un sombrero de ala ancha para intentar pasar desapercibido y unas gafas de sol, Roy salió a la calle. La gente se volvía a mirarlo con extrañeza, muy diferente a las miradas de respeto que suele obtener cuando viste de uniforme en el cuartel. Con esa camisa, era como una bola de luz andante y atraía cada mirada como si fuera un imán. Roy apretó el paso, con las manos en los bolsillos, rezando por no cruzarse con nadie conocido.
Mientras tanto, a unas calles de distancia, Riza Hawkeye paseaba tranquilamente con un té en la mano, tomando el sol en su día libre. Llevaba un sencillo vestido beige y una chaqueta ligera, el tipo de atuendo que rara vez se permitía usar. Estaba a punto de girar en una esquina cuando un destello amarillo imposible de ignorar llamó su atención.
—¿Qué es eso...? —murmuró, entrecerrando los ojos. Entonces lo notó. Era Roy Mustang, el Coronel Roy Mustang, tenso de hombros, caminando como si intentara escapar de su propia sombra, vestido con una camisa que parecía sacada de un carnaval.
Riza parpadeó, pensando que estaba imaginando cosas. Roy Mustang, el hombre que siempre lucía impecable en su uniforme, ahora vestía… una camisa del amarillo más nuclear que vio nunca. Como si una bandada de canarios, pollitos y patitos bebé se hubiera posado en una montaña de limones y bananas. Por un momento, pensó en fingir que no lo había visto, pero entonces Roy miró en su dirección y notó que estaba ahí. Lo vio cambiar bruscamente de dirección, buscando refugio tras un puesto de flores, pero el amarillo era tan brillante que parecía eclipsar hasta las mismas flores. Riza intentó contener una risa, pero un pequeño sonido se le escapó, y fue entonces cuando Roy echó un furtivo vistazo tras el puesto de flores y la descubrió riendo.
Sus ojos se encontraron y ambos se congelaron en el acto. Roy, aún medio escondido tras las flores, supo que ya no había escapatoria. Lentamente, Riza se acercó, alzando el té en señal de saludo y observándolo con esa expresión tan suya que parecía decir "explícate".
—Teniente —dijo Roy, enderezándose como si estuviera en una inspección militar y no en medio de la calle con una camisa ridícula—. Qué... sorpresa verla por aquí.
—Coronel —respondió Riza, con un tono peligrosamente neutro—. Esa es... una elección interesante de vestimenta.
Roy se ajustó las gafas de sol, tratando de mantener algo de dignidad.
—Es temporal. Un imprevisto. No esperaba encontrarme con nadie.
—Ya veo —dijo ella, y aunque su rostro seguía serio, sus ojos brillaban con una diversión que no podía ocultar del todo—. ¿Y el sombrero? ¿También es parte del imprevisto?
Él se aclaró la garganta, notando como comenzaba a sudar.
—Es para el sol. Protección. Muy práctica.
Riza dio un sorbo a su té, observándolo por encima del borde del vaso.
—No se preocupe, Coronel. Si alguien hace algún comentario burlón, puedo dispararle una mirada mortal para defenderlo.
Roy abrió la boca para protestar, pero no encontró palabras. En lugar de eso, se cruzó de brazos y suspiró. Unos segundos más tarde, se echó a reír.
—Agradezco la honestidad. Lo pillo. Me veo ridículo.
Ella sonrió, una de esas sonrisas, leves y escasas que solo él lograba sacarle.
—Cuente con mi discreción. Pero solo si promete quemar esa camisa en cuanto llegue a casa.
—Trato hecho —respondió él, y no pudo evitar añadir—: Aunque debo decir que no me veo así de radiante muy a menudo. ¿No cree?
Riza puso los ojos en blanco y dio media vuelta, pero no antes de que él viera cómo sus hombros temblaban ligeramente por una risa contenida.
—Radiante como el sol, coronel Mustang.
Roy la siguió con la mirada, sacudiendo la cabeza. Al menos, la persona que lo había reconocido había sido la teniente Hawkeye y no alguno de sus otros subordinados. Estaba a punto de seguir su camino cuando un grito agudo y familiar lo paralizó en el sitio.
—¡Tío Roy! ¡Tío Roy! —Elysia Hughes corrió hacia él con los brazos abiertos, su vestido blanco ondeando mientras su padre, Maes Hughes, la seguía riendo a carcajadas. Roy apenas tuvo tiempo de quitarse las gafas de sol antes de que la pequeña se abrazara a sus piernas.
—Vaya, hola, pequeña —dijo Roy, agachándose para saludarla, aunque su mirada se desvió rápidamente hacia Maes, quien se detenía frente al puesto de flores con una expresión que prometía problemas.
—Roy Mustang —dijo Maes, ajustándose las gafas con un brillo divertido en su mirada—. ¿Qué tenemos aquí? Una camisa amarilla que parece gritar "¡mírenme!" y... ¿parado frente a un puesto de flores? ¿Para quién son, eh? —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si fuera un secreto—. ¿Una dama especial, tal vez?
Roy se enderezó, cruzándose de brazos.
—No pensaba comprar flores. Solo pasaba por aquí.
—Ajá, claro —respondió Maes, guiñándole un ojo a Elysia, que reía sin entender del todo—. ¿Sabes qué? Es una buena idea. ¡Las flores son imprescindibles en una cita! Eso es lo que necesitas. Y con esa camisa, seguro que dejas una impresión inolvidable.
—Hughes, no empieces —gruñó Roy, pero el tono no tenía verdadera fuerza. Maes tenía esa habilidad irritante de sacarle una sonrisa en cualquier situación.
—¡Papá dice que las flores son para las chicas bonitas! —dijo Elysia, tirando de la manga de Roy—. ¿Vas a ver a una chica bonita, Tío Roy?
Roy suspiró, incapaz de luchar contra la combinación letal de la inocencia de Elysia y las burlas de Maes. Mejor cambiar de estrategia.
—¿Qué tal si en lugar de estar aquí parados no vamos por un helado? —propuso, mirando a la niña. Con un poco de suerte, se mancharía de helado esa camisa y tendría una excusa para cambiársela—. ¿Chocolate o fresa, Elysia?
—¡Fresa! —chilló ella, saltando de emoción.
Maes dio una palmada en la espalda a Roy.
—Buen desvío, Mustang. Pero no creas que me olvidaré de esto. Me enteraré de qué es lo que está pasando aquí tarde o temprano. Sólo tendré que investigar más a fondo.
—Vamos, vamos. No hay nada que investigar—dijo Roy, arrastrándolos a ambos, Elysia de la mano, y Maes del brazo, lejos del puesto de flores.
Aunque, Roy debía admitirse, quizá la idea de comprarle unas flores a la teniente Hawkeye no fuera tan mala.
La tarde había caído cuando Roy se despidió por fin de Maes y Elysia. Al final, había hecho de todo menos lo que salió a la calle a hacer. La tienda de ropa estaría por cerrar y no pensaba ir a hacer la compra vestido así.
El puesto de flores ya estaba cerrando cuando se acercó y compró un ramo de margaritas blancas. De camino a su casa, se preguntaba a sí mismo por qué lo había comprado. No solía ser impulsivo al gastar dinero, pero la imagen de Riza, parada ese mismo puesto con esa sonrisa contenida junto a las flores, no lo dejaba en paz.
Pasó por su casa y metió toda su ropa de civil en un saco. Después buscó en la guía de teléfonos donde estaba el laundromat más cercano y apuntó la dirección en un pedazo de papel. Como no pasaba mucho tiempo al año en su casa, no se había molestado en comprar una lavadora.
Con el ramo en una mano, el saco de ropa sucia en la otra, y la camisa amarilla aún puesta por falta de alternativas, Roy salió de su casa.
No había ningún otro cliente allí cuando llegó, y le tomó un rato averiguar por sí mismo como hacer funcionar las enormes lavadoras. Tras lograrlo, un contador le indicó que iba a tardar una hora en terminar, así que se sentó en una de las sillas y sacó el libro que estaba leyendo.
No llevaba ni cinco minutos enfrascado en la lectura, cuando la puerta de entrada se abrió.
—Coronel.
Roy se giró sorprendido al escuchar la voz de Riza Hawkeye, que se acercaba a él con una bolsa en la mano.
—Teniente —dijo él, levantándose y dejando el libro en el asiento.
—Sabía que lo encontraría aquí —dijo, con su usual tono profesional, pero Roy pudo notar una sonrisa curvando, casi imperceptiblemente, sus labios hacia arriba.
—¿Cómo lo sabía? —respondió.
—No fue difícil —dijo ella, y sus ojos se desviaron hacia el ramo de flores sobre la mesa—. No lo encontré en casa, y sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a la realidad de su ropa sucia. Este era el siguiente lugar lógico.
Roy sonrió a medias, tomando y ofreciéndole el ramo con un gesto casi tímido.
—Y yo deduje que usted vendría aquí después de no encontrarme. Así que... traje esto.
Riza miró las margaritas, sorprendida, desconcertada.
—¿Flores? ¿Para mí?
—No se burle —dijo él, aunque su tono era ligero—. Es una muestra de agradecimiento por guardarme el secreto.
Ella tomó el ramo con cuidado y se lo acercó para olerlo.
—Gracias —dijo. Entonces, sacó de la bolsa una reluciente camisa azul oscuro como el cielo del anochecer y se la tendió.
—Y yo pensé que merecía algo mejor que esa... cosa amarilla. Considérelo un regalo de cumpleaños adelantado.
Roy tomó la camisa, y sus ojos se humedecieron con lágrimas de agradecimiento.
—Teniente, ¿cómo voy a sobrevivir sin usted?
—No lo haría —respondió ella como si no le cupiese ninguna duda, y miró el contador en la lavadora—. Pero por ahora, parece que va a tener que esperar un buen rato. Podemos ir a dar una vuelta.
Roy asintió.
—Me parece perfecto. Y si tiene hambre también podremos cenar algo.
—Bien. Pero antes... —dijo Riza, mirándolo de la cabeza a los pies varias veces—. Cámbiese de ropa.
Soltando una carcajada, Roy se miró a sí mismo. Había olvidado que aún llevaba eso puesto.
—Así que no le gusta mi nuevo estilo —dice, con la mano en su mentón—. Y yo que pensaba que mi sentido de la moda iba a atraer miradas de admiración.
Riza tomó la camisa nueva sobre la mesa y la puso en las manos de Roy.
—Va a atraer miradas, eso es seguro —dijo ella—. Pero ahora cámbiese. Es una orden.
Él sonrió, al sentir los dedos de la teniente rozar sus manos, que por una vez, no estaban enguantadas.
—Nunca desobedecería una orden suya, Teniente. Deme un minuto.
Momentos después, con la camisa amarilla hecha una bola en la papelera del baño de caballeros y la azul ajustándose perfectamente a su figura, Roy salió del laundromat junto a Riza. Ella llevaba las margaritas en una mano y con la otra, se agarraba al brazo de Roy.
