Capítulo 6: El Gran Engaño

Furia y decepción, era lo que embargaba el corazón de Ryoma en esos momentos.

Su estudio estaba hecho un desastre, papeles tirados por todos lados, cristales roto que cubrian el piso. Parecía que un torbellino hubiese irrumpido en aquella habitación destruyendo todo a su paso.

¿Qué había hecho Ayane con él? Lo había convertido en un hombre que olvidaba su rigor militar cuando se trataba de ella. Todo autocontrol, toda disciplina se desvaneció en el aire cuando su tía entró en su estudio junto a aquella odiosa señorita Kuno con el anuncio mas infame que pudo oir alguna vez.

— Comandante Saotome, necesito que me conceda una audiencia en este momento, es de suma urgencia.

— Lo lamento, señorita Kuno, pero como sabe voy de partida.

— Mi lord, creame que esto es muy urgente y que necesita oirlo hoy antes de su partida.

— Señorita, no quiero ser grosero, pero…

— Hijo— intervino la vizcondesa, — debes oir esto.

La joven Kuno sonrió apenas, como si disfrutara del momento, pero su expresión estaba medida, fingiendo pesar.

— Mi lord… es una noticia difícil de transmitir, pero temo que su compromiso con la señorita Ayane Tendo… debe ser reconsiderado.

El aire pareció volverse denso en la habitación. Ryoma se irguió con la espalda rígida, cada músculo de su cuerpo tensándose ante la implicación de esas palabras.

— Explícate —ordenó con una voz que parecía filosa como una cuchilla.

Misaki bajó la mirada con fingida pena, pero el brillo en sus ojos la delataba.

— Anoche… la señorita Tendo fue encontrada en una situación comprometedora —prosiguió, modulando la voz con cuidado—. En la misma habitación que mi hermano, el joven Kenshi Kuno.

El estómago de Ryoma se contrajo de inmediato.

El rostro de lady Saotome palideció, aunque ya habia oído lahistoria antes.

Ryoma sintió como si un golpe invisible lo derribara. No. No era posible. Ayane no haría algo así.

— ¿De qué estás hablando? —su voz sonaba controlada, pero su mandíbula estaba tan tensa que un dolor punzante se extendió hasta su sien.

— Tal como lo escuchó, mi lord. Esta misma mañana, mi hermano fue encontrado en la misma cama que la señorita Ayane. —Misaki hizo una pausa calculada, como si le doliera pronunciar las palabras, pero Ryoma vio el destello de satisfacción en su mirada. — Imagínese el escándalo… lo que dirán las familias nobles… lo que su propio ejército pensará de usted si mantiene un compromiso con una mujer que… ha comprometido su propio honor.

Las palabras cayeron sobre él como una cuchilla afilada.

No. No.

Era absurdo. Era un engaño. Debía serlo.

Pero la imagen se instaló en su mente con brutalidad. Ayane, con su piel de porcelana, en los brazos de otro hombre. Ayane, enredada en sábanas que no eran las suyas. Ayane, con otra mirada que no fuese la suya sobre ella.

El cristal del vaso que tenía en la mano estalló en pedazos, su sangre resbaló por sus nudillos mientras los fragmentos se clavaban en su piel.

— Ryoma… —su tía dio un paso adelante, preocupada, pero él apenas la vio.

Misaki dio otro golpe mortal.

— La única solución honorable sería romper el compromiso, mi lord. Es lo que cualquier hombre en su posición haría.

Ryoma respiraba con dificultad. Sus pensamientos eran un caos. Su ira, una tempestad imparable.

Si esto era verdad…

Si Ayane realmente lo había traicionado…

-¿ Como te enteraste de esto?

Ryoma sintió un escalofrío recorrer su espalda.

— Hana Tendo también estaba presente —añadió Misaki, con una ligera inclinación de cabeza—. Ella lo vio con sus propios ojos.

El golpe fue certero.

Si Hana lo había visto… si Hana, la hermana de Ayane, había presenciado semejante escena, entonces debía ser verdad.

Su mandíbula se tensó aún más. Sus puños, ensangrentados por los cristales rotos, temblaban de furia.

— Hana… ¿qué dijo? —murmuró, con la voz ronca y peligrosa.

Misaki bajó la mirada con fingida tristeza.

— Estaba devastada. Dijo que no podía creer lo que veía… que deseaba que todo fuese un mal sueño. Pero, mi lord… los hechos hablan por sí solos.

El silencio que cayó sobre la habitación era opresivo, sofocante.

Ryoma sintió que el aire se volvía pesado, irrespirable. Su corazón latía con fuerza, un ritmo errático entre la furia y la incredulidad.

— ¿Dónde está Ayane ahora?

Misaki entrelazó las manos con delicadeza.

— Regresó a la residencia Tendo cuando fue descubierta. Supongo que… espera su juicio, mi lord.

Ryoma sintió cómo su rabia amenazaba con desbordarse. Un torbellino de emociones lo azotaba con fuerza: ira, decepción, dolor… y algo más peligroso aún. Duda.

— ¡Salgan! —rugió, y tanto su tía como Misaki dieron un respingo.

— Pero, comandante…

— ¡Fuera!

La puerta se cerró tras ellas y Ryoma quedó solo en la destrucción de su estudio, con el eco de las palabras de Misaki resonando en su mente como un tambor de guerra.

Ayane.

¿Qué demonios has hecho? Necesitaba oír una respuesta de ella.


Ryoma cruzó el umbral de la mansión con pasos pesados, su cuerpo rígido por la tensión que lo carcomía por dentro. Aún no sabía qué sentir. Ira. Dolor. Duda. Todo se mezclaba en su interior en un caos insoportable.

No quería creerlo. No podía.

Ayane… ella no era así. ¿Verdad?

Cada fibra de su ser le exigía marcharse antes de enfrentarla, evitar escuchar lo que ella tuviera que decir, pero él no era un cobarde. No lo había sido en el campo de batalla, y no lo sería ahora.

Un sirviente lo condujo a una habitación apartada. "La señorita Ayane vendrá en seguida, mi lord." Ryoma asintió sin decir palabra.

El silencio del lugar lo sofocaba. Todo allí le recordaba a ella.

Y entonces, la puerta se abrió.

Ayane entró con paso cauteloso, su rostro pálido, pero sus ojos bien abiertos, fijos en él. No lucía como alguien que ocultaba un pecado. Pero las apariencias podían engañar.

— Ryoma…

Su voz era suave, vacilante. Ryoma sintió un escalofrío recorrer su espalda. No. No debía dejarse llevar. No debía ceder.

— Dime que todo esto es mentira. —Las palabras salieron con un peso que lo dejó sin aire—. Dime que todo esto es un malentendido, Ayane.

Ayane parpadeó, sorprendida. ¿No la estaba acusando de inmediato? ¿No la estaba condenando sin escucharla?

— Lo es… —susurró—. No sé cómo ha ocurrido esto, pero te juro que no es verdad.

Ryoma cerró los ojos un instante. Su pecho se contrajo. Quería creerle.

Pero la imagen de Misaki, con su tono cuidadosamente modulado, y la confirmación de Hana… le impedían hacerlo.

— Misaki y Hana lo vieron —susurró con voz áspera—. Dicen que estabas en la cama con Kenshi Kuno.

Ayane se quedó sin aliento.

— ¡No! —Negó con desesperación—. Ryoma, yo jamás… jamás haría algo así.

Él apretó la mandíbula.

¿Por qué habrían de mentir, entonces?

— No...no —su voz se quebró—. Las cosas no pasaron como parecen.

Conveniente.

El desprecio en su voz la golpeó con más fuerza que cualquier grito.

— Te juro que es la verdad —insistió, dando un paso hacia él—. Lo último que recuerdo es haber bebido vino… luego todo se volvió confuso.

Ryoma la miró fijamente. Quería analizar cada una de sus palabras, medirlas, encontrar en ellas un atisbo de mentira.

Pero lo que encontró fue desesperación.

Ayane tenía miedo.

No miedo de él, sino de lo que estaba pasando.

— ¿Pretendes hacerme creer que fue un accidente? —murmuró él, su voz apenas un hilo—. Que, de alguna forma inexplicable, simplemente apareciste en la cama con Kenshi Kuno…

Ayane apretó los labios con fuerza.

No lo sé.

— ¡Por Dios, Ayane! —golpeó la mesa con el puño cerrado, el sonido resonando como un trueno en la habitación—. Sabía que no estabas de acuerdo con nuestro compromiso… pero jamás pensé que serías capaz de hacer algo tan bajo y nefasto como esto para conseguir tu propósito.

Las palabras cayeron sobre ella como una daga clavándose directo en su corazón.

— ¿Eso es lo que piensas? —su voz se quebró—. ¿Que planeé esto para que rompieras nuestro compromiso?

Ryoma se giró, pasándose una mano por el rostro.

— ¡Dime qué otra explicación hay! —espetó, su furia brotando con fuerza—. Porque lo único que veo es que la mujer con la que se suponía que iba a casarme fue hallada en la cama de otro hombre.

Las lágrimas ardieron en los ojos de Ayane.

— Si realmente crees eso de mí… entonces ya no queda nada más que decir.

Él se congeló.

¿Eso es todo?

Ayane respiró hondo, intentando calmar el temblor de su voz.

— Me estás condenando sin pruebas, Ryoma.

Él frunció el ceño.

— Hana te vio.

Ella tragó saliva.

— Lo sé… y aún así, te digo que no sé cómo ocurrió.

Ryoma no respondió.

El silencio se extendió entre ellos, cargado de todo lo que no se atrevían a decir.

Ryoma cerró los ojos por un breve instante, como si luchara consigo mismo, antes de dar un paso adelante.

Con ambas manos, sostuvo el rostro de Ayane entre sus palmas, con una suavidad que contrastaba con la tormenta en su interior. Sus pulgares acariciaron de forma involuntaria la piel de sus mejillas, tibia y suave bajo sus dedos.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos, húmedos por las lágrimas que luchaban por no caer.

Y en ese momento, Ryoma sintió que el suelo bajo sus pies se tambaleaba.

Esa mirada… No era la de una mujer que mentía.

Era la de alguien que estaba sufriendo.

Que estaba desesperada porque él creyera en ella.

Su corazón latió con fuerza, traicionando su furia.

Quiero creer en ti, Ayane… —murmuró, su voz apenas un susurro.

Ella parpadeó, como si sus palabras fueran una pequeña esperanza a la que pudiera aferrarse.

Ryoma inclinó ligeramente la cabeza, acercándose más a ella. No podía apartar la vista de sus ojos, aquellos ojos que tantas veces lo habían mirado con ternura, con desafío, con fuego. Ahora solo reflejaban angustia.

Y él quería creerle.

Dios sabe que quería hacerlo.

Pero la duda era una sombra cruel que lo mantenía encadenado.

Pero no puedo.

Su voz se quebró apenas, y cuando las palabras se deslizaron entre ellos, Ayane sintió cómo algo dentro de su pecho se rompía.

Los dedos de Ryoma se aflojaron sobre su piel, como si lo doliera soltarla. Como si, al hacerlo, también estuviera dejando ir algo más que solo su contacto.

Algo más profundo. Algo que nunca quiso perder.

Ayane sintió cómo el aire se volvía pesado en sus pulmones. Miró a Ryoma con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar las palabras que acababan de salir de sus labios.

"Pero no puedo."

Le dolió. Más de lo que jamás habría imaginado.

Antes… antes, todo esto habría sido más sencillo. Habría podido aceptar su desconfianza, habría podido pensar que era mejor así, que un compromiso con él nunca fue lo que ella deseó.

Pero ahora…

Ahora todo era distinto.

Porque en el momento en que vio la furia y el dolor en sus ojos, en el momento en que sintió la calidez de sus manos temblando sobre su piel, comprendió algo aterrador.

No quería perderlo.

No a él.

No a Ryoma.

Y su voz se quebró al hablar.

— Tú… —su labio inferior tembló, su orgullo luchando contra el torrente de emociones que la ahogaban—. Tú crees que yo haría algo así.

Ryoma apartó la mirada, su mandíbula tensa.

— No quiero hacerlo.

— Pero lo haces.

El silencio se extendió entre ellos, y fue el peor de los castigos.

Ayane sintió un nudo en la garganta. Nunca había sido frágil, nunca se había permitido verse derrotada ante nadie. Pero ahora, frente a él, no podía contener el dolor que la atravesaba.

— Ryoma, por favor…

Él volvió a mirarla, y su expresión era un torbellino de emociones contenidas.

— No querías este compromiso. —Su voz tenía un filo amargo—. Nunca lo quisiste. Me lo dejaste claro más veces de las que puedo contar.

Ayane tragó saliva.

— Eso no significa que haría algo tan bajo y despiadado para romperlo.

Ryoma apretó los puños.

— ¿Entonces qué significa, Ayane? —Su voz se alzó, su temperamento cediendo al dolor—. ¡Dime cómo se supone que debo ignorar lo que escuché! Misaki y tu hermana estaban allí. No era solo un rumor, no era una mentira tejida por cualquiera.

Ayane sintió su corazón latir desbocado.

Su voz se apagó. Si Hana realmente había sido testigo de aquello, si su propia hermana lo creía, ¿qué podía hacer ella?

— No sé cómo ocurrió. —Su voz se volvió apenas un susurro—. Pero te juro que no es cierto.

Ryoma la observó con intensidad, buscando algo en su mirada. Algo en lo que pudiera aferrarse.

Y por un momento, pareció hallarlo.

— Quisiera poder creerte… —dijo, más bajo esta vez—. Porque lo que siento por ti… no me permite odiarte como debería hacerlo.

El aliento de Ayane se quedó atrapado en su garganta.

— ¿Lo que sientes por mí?

Ryoma no respondió de inmediato. Desvió la mirada, como si odiara admitirlo.

— No importa.

Ayane sintió la desesperación apoderarse de su pecho.

No. No podía acabar así.

Porque ahora entendía que no solo quería probar su inocencia.

Quería demostrarle a Ryoma que lo que había entre ellos iba más allá de un simple compromiso arreglado.

Que ella…

Que ella había comenzado a amarlo.

— Señorita Tendo,como sabe hoy parto para la misión de exploración. —Sus ojos no se encontraron con los de ella, pero pudo ver que su cuerpo se tensaba, como si cada palabra que decía fuera un golpe para ambos. — Y con mi partida, nuestro compromiso se termina. Es lo que hemos acordado desde el principio.

El corazón de Ayane latió con fuerza, pero no era por enojo, sino por una profunda tristeza que la invadía. El trato impersonal y distante de Ryoma la destrozaba de una manera que no había anticipado.

— Este compromiso nunca fue más que una formalidad. Ninguno de los dos quería esto, y ahora… —Hizo una pausa, como si le costara decirlo—. Ahora es el momento de terminarlo, de forma discreta, tal como lo planeamos al principio.

Sus palabras la atravesaron, pero lo peor fue el tono de su voz, frío, controlado. No había un atisbo de emoción en sus ojos.

— Nadie sabrá la verdad. Diré que fui yo quien decidió romperlo. —La frialdad en su voz hizo que Ayane sintiera un nudo en el estómago. La había dejado atrás, ya no quedaba ni una pizca del hombre que había mostrado cariño, de aquel Ryoma que parecía comprenderla.

Ahí estaba. La resolución que tanto había esperado. El final que había deseado desde el principio.

Y, sin embargo…

No era así como quería que terminara.

No de esta forma.

No con él mirándola con ese dolor contenido, con esa amarga decepción en su voz.

Ryoma… —Su propia voz sonaba rota, y por primera vez en su vida, se sintió indefensa.

Él inhaló profundamente, apartando la vista como si no soportara verla.

No hay nada más que decir.

Ayane sintió un nudo en la garganta, uno que amenazaba con quebrarla en cualquier momento.

Cada uno obtenía lo que quería.

El compromiso terminaba hoy.

Ella quedaría libre.

Él también.

-Espero que logre lo que desee, le deseo una buena vida, señorita Tendo.

Fueran las últimas palabras que escucho Ayane antes de oír la puerta cerrarse.


Ayane sentada en su habitación, sostenía una carta en las manos, los dedos temblorosos al leer nuevamente sus palabras. Había intentado escribir con sinceridad, pidiendo disculpas y, en medio de la vergüenza, preguntando por noticias de Ryoma. Pero el peso de la culpa la ahogaba, y sabía que la respuesta a esa carta nunca llegaría como con la primera que sí envió.

La puerta se abrió de golpe, y Shun Tendo, su padre, entró sin previo aviso. Ayane levantó la vista, sabiendo que este momento era inevitable.

—Ayane —dijo él con voz grave y seria, caminando hacia el centro de la habitación—, tenemos que hablar.

Ayane tragó saliva, su corazón palpitando fuerte en su pecho. Era el momento que temía. Sabía lo que su padre le diría.

Su padre la miró fijamente, y por un momento el silencio llenó la habitación. Finalmente, Shun habló con frialdad.

—Lo que sucedió no debe salir de las tres familias. Nadie más debe enterarse. Pero eso no cambia lo que está por venir, Ayane. El compromiso con los Kuno debe cumplirse.

El corazón de Ayane dio un vuelco. No solo el escándalo había quedado oculto, sino que su futuro estaba decidido, sin posibilidad de cambio.

—No quiero casarme con los Kuno —dijo Ayane con desesperación, tratando de buscar alguna salida. —No puedo. No lo soporto.

Shun no cedió. Su mirada fue de hielo.

—No tienes opción. El matrimonio con los Kuno es lo único que te queda. Es lo mejor para nuestra familia, y es lo que debes hacer. Ya es suficiente con las excusas.

Ayane sintió como el aire se le escapaba del pecho. ¿Cómo había llegado a este punto? Todo lo que había intentado, toda su lucha, ahora parecía en vano.

Flash Back

Una semana después de la partida de Ryoma, cuando Kenshi Kuno había venido a pedir su mano en matrimonio Ayane había sentido una mezcla de resignación y desesperanza. Sabía que su destino estaba sellado.

Kenshi, con una postura impecable, había llegado con su propuesta formal en una tarde de clima frío. Su actitud era la de alguien que ya tenía todo resuelto, sin dejar espacio para la duda. En ese entonces, Ayane lo había mirado desde la distancia, la ira y el odio la recorria.

— Señorita Tendo, he venido en nombre de mi familia para formalizar nuestra propuesta de matrimonio —dijo Kenshi con sonrisa triunfante.

— Sé que es una situación difícil para ti, señorita Tendo. Se que lo que paso entre nosotros en su fiesta de compromiso con el comandante, fue un arrebato, pero soy un hombre de honor y no significa que no sea sincero con mi sentir hacia ti, por eso seré responsable de mis acciones. Este matrimonio beneficiará a ambas familias. Nuestra unión es un paso hacia un futuro más estable para todos nosotros.

de la familia Saotome con lo ocurrido! Debería intentar descubrir qué pasó aquella noche, limpiar nuestros nombres, ¡y no proponer una tontería como esta! — La peliazul explotó de enojo luego de escuchar toda la sarta de bobadas que Kenshi decía.

Su corazón palpitaba con fuerza, y la rabia invadía cada rincón de su ser. Había sido testigo de cómo él se escudaba detrás de una fachada de honor para ocultar lo que realmente pensaba. ¿Cómo podía esperar que ella aceptara un matrimonio basado en mentiras y omisiones? La sensación de traición era más profunda que nunca.

Kenshi la miró fijamente, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que Ayane no podía comprender. Sin embargo, no mostró señales de arrepentimiento.

— No entiendo por qué te niegas, Ayane —dijo él, la arrogancia apenas disimulada en su tono. — Este matrimonio solo puede traer bienestar a todos. El asunto con el comandante Ryoma ya está zanjado, y aunque te duela, debemos seguir adelante.

Ayane dio un paso atrás, temblando de la furia. Se sentía atrapada, como si las palabras de Kenshi fueran un cerco apretándose a su alrededor.

— Mi respuesta sigue siendo no, no me casaré con usted.

Kenshi la miró con una leve inclinación de cabeza, su expresión inmutable.

— Señorita Tendo, entiendo que aún se encuentra afectada por su pronta separación con la familia Saotome, pero con el tiempo verá que lo más sensato es aceptar la propuesta que le hago. Es el único camino que le queda.

Ayane apretó los puños, luchando por mantener la calma, pero su voz temblaba con cada palabra.

— ¿El único camino? — replicó, la incredulidad palpable en su tono. — ¿Cómo puedes decir eso con tanta facilidad? Yo no soy un objeto que se pueda cambiar por otro. Y mi familia no es algo que se pueda usar como moneda de cambio. ¿De verdad crees que voy a aceptar un matrimonio solo porque sea conveniente para todos, sin importar lo que yo quiera?

Kenshi, al no recibir la respuesta que esperaba, frunció el ceño ligeramente, pero su postura siguió siendo imponente. Se acercó un paso más, sin ceder.

— Ayane, no entiendes lo que está en juego. Este matrimonio no es solo una cuestión de sentimientos. Es una necesidad para estabilizar la situación de ambas familias. No es algo que se haga por capricho. Y sé que con el tiempo, las emociones se calmarán, y comprenderás que lo mejor es seguir adelante.

— Si mi vida va a ser solo una cuestión de necesidades y conveniencias, entonces prefiero quedarme sola —respondió con firmeza, aunque una punzada de tristeza atravesó su pecho al decirlo.

Fin de Flash back

— Padre, no me casaré con Kenshi Kuno, lo que pasó…

— ¿Lo que pasó? — la interrumpió con un golpe seco sobre la mesa, su voz grave y cargada de frustración. — ¡Hija! ¿Crees que algo puede explicar lo que ocurrió esa noche? ¡Era tu fiesta de compromiso con el lord comandante! ¡Ryoma, ese muchacho era todo lo que deseaba para ti! ¿Cómo pudiste hacerle esto?

Ayane sintió que su garganta se cerraba. La decepción en los ojos de su padre la hería más de lo que quería admitir. No importaba cuántas veces repitiera su verdad, nadie parecía dispuesto a escucharla.

— Padre, te dije que no hice nada… yo solo recuerdo tomar una copa de vino y luego… nada más. — Su voz se quebró al final, y se obligó a mantener la mirada firme.

— ¿Y pretendes que crea eso? — Shun cruzó los brazos, observándola con una dureza implacable. — ¿Que simplemente despertaste en una situación comprometida por azar? ¿Qué coincidencia tan conveniente, Ayane?

Shun deseaba creer en su hija, sabía que su pequeña no era una mujer vana. Pero todo lo acontecido estaba en su contra.

Ella apretó los puños.

— No fue coincidencia. Alguien planeó esto… No sé quién ni por qué, pero no fui yo quien traicionó su compromiso.

Shun suspiró con exasperación y se dejó caer pesadamente en su silla.

— Lo hecho, hecho está. — Su tono se volvió más frío. — Nos queda limpiar lo que se pueda de este desastre. Si aún tienes un poco de sensatez, aceptarás el matrimonio con Kenshi Kuno. Es la única manera de preservar lo que queda de nuestro honor.

— Hace tiempo, antes del compromiso con lord Saotome, dijiste que si me negaba a casarme me enviarías como doncella al palacio imperial. Tomaré ese camino padre, prefiero eso a un matrimonio con los Kuno.

— ¿Como doncella? ¿Y que pasa si se llega a saber tu asunto en palacio? ¿Has considerado la degradación de nuestro nombre? Tu hermana está próxima a su matrimonio, ¿quieres que esta situación la alcance a ella también?

Shun estaba exasperado, no deseaba ser tan severo con su hija más pequeña, pero todo aquel problema lo sobrepasaba. Debía pensar en Hana también; por otra parte, conocía el profundo interés del joven Kuno en Ayane, si permitía que su hija fuera como doncella a palacio, haría que se supiera su penosa situación para forzar la situación. Tal vez Ayane era muy joven para verlo, pero él podía percibir que aquel muchacho sería capaz de ese tipo de cosas.

— Entonces… ¿me condenarás a este matrimonio solo para evitar un escándalo? — Su voz tembló, pero no de miedo, sino de rabia contenida.

— No es condena, Ayane. — Shun se frotó el puente de la nariz, como si su paciencia estuviera al límite. — Es la única salida digna que te queda. No solo para ti, sino para toda la familia. Hana tiene su futuro en juego. Y yo… — Se detuvo un instante, con una sombra de cansancio en su expresión. — Yo solo quiero asegurarme de que estés protegida.

Ayane apretó los labios. Sus pensamientos eran un torbellino de frustración, impotencia y una tristeza que se aferraba a su pecho como un peso insoportable.

— Yo no necesito la protección de los Kuno — susurró con amargura. — Lo que necesito es que alguien me crea.

— ¡¿Y qué quieres que haga, Ayane?! — Su padre alzó la voz, golpeando la mesa una vez más. — ¡Dame una sola prueba de que lo que dices es verdad! ¡Algo que pueda presentar ante la familia Saotome!

Ella bajó la mirada. No tenía pruebas. No tenía testigos. Solo tenía su palabra, y su palabra, al parecer, no valía nada.

— Hija, reflexiona por favor. Incluso si lo que dices es verdad, nada puede cambiar lo ocurrido. — El mayor de los Tendo dio un suave apretón en el hombo de la peliazul. — Sé que eres una mujer honorable, yo tampoco puedo terminar de comprender esta historia inverosímil, pero las cosas están de esta forma.

— Padre…

— Mañana vendrá el joven Kuno, por favor, no actúes con necedad y acepta el compromiso.

Dicho esto el jefe de la casa salió de la habitación, y las lágrimas de la peliazul comenzaron a fluir libremente. La joven volvió a leer la nueva carta que no logró enviar a Ryoma.

Ryoma,

No sé si esta carta llegará a tus manos, y si lo hace, no sé si la leerás hasta el final. Tal vez la ignores, tal vez la destruyas sin siquiera dignarte a abrirla. Y, aun así, escribo. No porque tenga la esperanza de cambiar lo que piensas de mí, sino porque no soportaría quedarme en silencio, porque hay cosas que necesito decirte, aunque jamás reciban respuesta.

¿Llegaste bien a Rusia? ¿Está saliendo todo como esperabas? ¿Estás a salvo? Sé que estas preguntas tal vez no signifiquen nada viniendo de mí, que después de lo que ocurrió, mi preocupación te parezca una burla. Pero es sincera, Ryoma. Lo ha sido siempre.

He escrito a los vizcondes, pero no han respondido. No los culpo. Si hasta tú crees que soy culpable, ¿por qué ellos habrían de pensar diferente? Me duele más de lo que puedo expresar. La vizcondesa fue siempre tan amable, tan cariñosa conmigo… No soporto la idea de que ahora solo sienta decepción y vergüenza al escuchar mi nombre.

Pero más que el silencio, más que la falta de respuestas, lo que más me duele es saber que tú, de entre todas las personas, creíste en lo peor de mí. ¿Fue tan fácil para ti dudar de mí? ¿Todo lo que vivimos, todo lo que compartimos… no significó nada?

No quería que todo terminara así. No quería que mi nombre quedara manchado de esta manera, que me arrebataran incluso la posibilidad de defenderme. No sé si importa decirlo, si mis palabras tienen algún peso en tu corazón después de lo ocurrido, pero lo diré de todos modos: soy inocente. Lo juro por lo más sagrado, Ryoma. No sé cómo ocurrió ni por qué, pero juro que jamás haría algo que mancillara mi honor, ni el tuyo.

Traté de averiguar la verdad. No quiero que esta humillación me persiga el resto de mi vida. Pero no ha sido fácil y desgraciadamente no he tenido éxito. Me pregunto si tiene algún sentido que siga luchando contra esto.

No soy fuerte. No tanto como quisiera. Cada día que pasa, siento cómo la presión crece sobre mí, cómo todo se alinea para empujarme a una decisión que no quiero tomar. Kuno ha pedido mi mano. Parece que es la única forma de salvar lo poco que me queda, la única manera de reparar un daño que yo no causé. Todo el mundo espera que acepte. Pero yo lo detesto. No puedo soportar la idea de atarme a él, de vivir el resto de mi vida con alguien a quien desprecio. Y sin embargo… ¿qué otra opción me queda?

Ojalá estuvieras aquí. Ojalá todo fuera diferente. Ojalá pudiera mirarte a los ojos y pedirte que me creas.

Sé que no lo harás. Que en tu mente ya está decidido, pesa más que cualquier palabra que pueda escribirte. Pero si alguna vez te importé, si alguna vez sentiste algo por mí… entonces escucha esto, al menos esta única vez:

Kenshi nunca significó nada para mí. Nunca. Sé que alguna vez creíste que lo hacía, que tal vez en algún rincón de tu corazón pensaste que había algo entre nosotros. Pero lo único que sentí por él fue desprecio, asco.

Si pudiera retroceder el tiempo, lo haría. Volvería a aquella noche y haría lo imposible por cambiar lo que ocurrió. Pero el tiempo no vuelve atrás, y yo solo puedo seguir adelante con el peso de una culpa que no me pertenece y el dolor de saber que, para ti, soy la peor mujer con la que pudiste relacionarte.

Lo que me destruye es saber que la única persona cuya confianza desearía recuperar… eres tú. Que, aunque todo se derrumbe a mi alrededor, aunque mi honor esté en entredicho y mi futuro ya no me pertenezca, sigo deseando, como una tonta, que al menos tú me creas.

Pero los deseos no cambian la realidad. Y la realidad es que estoy sola, ya lo he comprendido y comienzo a aceptarlo.

A pesar de todo ello, deseo que seas feliz,

Ayane

— Realmente quiero que seas feliz.— suspiró la joven de ojos castaños mientras sus húmedos ojos se cerraban por el agotamiento.


— Padre, de nuevo creo que estás siendo muy duro con Ayane

— Hana, ¡No puedes hablar en serio! ¿Cómo puedes defender a tu hermana? Tú mismo la encontraste aquella terrible noche. No hay excusa para lo que hizo.

— Padre, es cierto que la situación fue comprometedora…

—¿Comprometedora? ¡El honor de tu hermana quedó pisoteado!

— Tampoco me explico cómo pudo pasar todo eso. Ayane dice que bebió, pero ella siempre es discreta, un sorbo de vino no puede causar una pérdida del sentido tal como para que haya terminado en una habitación con el joven Kuno.

— ¿Cómo lo explicas entonces?

— No puedo hacerlo padre, pero mi hermana no es esa clase de mujer y lo sabe bien. Además ellos estaban vestidos, no pasó nada entre ellos.

— ¡Dos jóvenes en una cama, aunque estuviesen vestidos! ¿Cuál crees que habría sido el escándalo si el lord Comandante no hubiera decidido romper el compromiso discretamente sin exponer la razón?

— Padre esta situación solo benefició a los Kuno. Cuanto más lo pienso, más extraño es que casualmente la noche de la fiesta la señorita Misaki se sentiera mal y deseara descansar en esa habitación en particular, y al abrirla esa escena lamentable…

— Hija, puedes alegar eso, pero ¿tienes pruebas?

— No, pero padre, usted sabe que tanto le desagrada Ayane a la señorita Misaki.

— Y también cuánto odiaba tu hermana su compromiso arreglado.

— Padre, ¡no puede hablar en serio! Es verdad que Ayane es impetuosa, pero nunca haría algo como esto solo para llevarle la contraria o manchar de esa forma el nombre de la familia. Además, creo que mi hermana se entendía bien con lord Ryoma.

— Y que lo digas hija mía — el patriarca soltó un gran suspiro — Yo realmente vi en ese muchacho al hombre que podía entender genuinamente a tu hermana.

— Tenía una mirada especial cuando veía a Ayane — la dulce Hana también suspiró trayendo su memoria momentos en los que había notado que el serio comandante parecía embelezado por su rebelde hermana menor.

— Más que eso— el viejo Shun miró al estanque que estaba en el jardín principal perdido en sus recuerdos. — La tarde antes de la fiesta de despedida, cuando vino a visitarnos él habló conmigo.

—¿Qué le dijo?

— Pidió que dejara a Ayane seguir administrando nuestra hacienda.

—¿Cómo?

— Él dijo que comprendía que la tradición dictaba que una vez casados cualquier responsabilidad que ella tuviera como mi hija debía ser suspendida cuando asumiera su rol de esposa, pero que había visto la gran producción y cuidado que habían tenido nuestras tierras bajo su dirección y que sería una insensatez perder dicho progreso, además que eso la prepararía cuando administrara, si así lo quisiera, alguna de las fincas Saotome.

La cara de Hana no pudo ocultar un conmovedor gesto de sorpresa.

— Es ¿en serio padre?

— Nunca, un hombre por muy interesado que esté en una joven solicitaría algo como eso, y conociendo al comandante, no es alguien que se deje guiar por mero sentimentalismo. No solo fue considerado con los intereses de tu hermana, sino que evaluó justamente su trabajo, él realmente ha mirado lo que ella vale.

— ¡Oh papá!

Los ojos de la tierna Hana se empaparon, cómo el destino podía ser cruel de esta manera. La verdadera felicidad de su hermana se había esfumado y sin siquiera ella saberlo.

— No creas que esta situación me duele solo por el honor de nuestra casa, querida. Me duele pensar que todo lo que siempre quise para Ayane no podrá ser. Pero, Hana tu hermana no puede saber esto que te he dicho, solo la lastimaría más.

— Sí, comprendo. — la castaña limpió ráídamente su rostro.

— Tampoco me hace gracia que se case con Kuno, luego de haber conocido a lord Saotome, pero por desgracia es todo lo que puede hacerse. Si lo que pasó con Ayane fue orquestado o no, nada de eso importa si el rumor se escapa, tu hermana estaría arruinada. Al final la unión con los Kuno terminaría sucediendo, pero al menos podríamos evitarle la verguenza de que la gente sepa el por qué de su enlace. ¿Lo comprendes, verdad?

La joven solo asintió.

— Entonces, por favor ayúdame a que acepte mañana.

— Hablaré con ella.


Las luces del gran salón brillaban con intensidad, reflejándose en las copas de cristal y en la ornamentada vajilla sobre la mesa. Era una velada de diplomacia, de intercambios formales entre oficiales extranjeros y la élite militar rusa. Ryoma mantenía la compostura, atento a cada palabra que se pronunciaba en aquel lugar, pero su mente divagaba.

—Han reforzado las guarniciones en las fronteras occidentales —comentó Hibiki en voz baja, con su copa en mano—. No quieren levantar sospechas, pero hay movimiento en los bastiones cercanos a Prusia.

Ryoma asintió levemente, girando apenas el rostro hacia su amigo.

—Lo suponía —respondió, apretando los labios—. Quieren mantener la apariencia de estabilidad, pero en realidad se están preparando para algo mayor.

Hibiki lo observó por un momento, evaluando su expresión. Ryoma era siempre meticuloso, implacable en su análisis de la política internacional. Y, sin embargo, esta noche lo notaba diferente. Su mirada se perdía a ratos, sus respuestas eran medidas, pero no tenían la precisión quirúrgica de siempre.

—¿Qué más has notado? —preguntó Hibiki, entrecerrando los ojos.

Ryoma bebió un sorbo de su copa antes de responder.

—Están poniendo demasiado énfasis en las relaciones comerciales con nuestra nación. Los discursos que hemos oído esta noche son solo una distracción. Lo que realmente nos interesa es lo que no dicen. Los informantes en Mongolia y Manchuria hablan de una ocupación. Sabemos que su objetivo es Port Arthur en China y la península coreana.

Hibiki sonrió con ironía.

—Vaya, pensé que estabas demasiado distraído como para notarlo.

Ryoma frunció el ceño y giró la cabeza con molestia.

—¿A qué te refieres?

Hibiki apoyó un codo en la mesa y bajó la voz.

—Sabes exactamente a qué me refiero, Ryoma. Has estado fuera de tu centro desde que dejamos nuestra tierra. No eres el mismo. Y todos sabemos por qué.

Ryoma dejó la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. No necesitaba que le recordaran lo que llevaba intentando olvidar.

—No quiero hablar de eso, Hibiki.

—¿No? Pues quizás deberías. No puedes seguir fingiendo que todo está bien cuando claramente no lo está.

Ryoma se quedó en silencio, con la mandíbula tensa. Hibiki lo observó con paciencia, dándole tiempo. Finalmente, Ryoma exhaló un suspiro, su voz reducida a un murmullo.

—No tiene sentido pensar en ello. Lo que pasó, pasó.

Hibiki cruzó los brazos.

—Eso es lo que dices. Pero si realmente creyeras eso, no tendrías esa mirada cada vez que piensas en ella.

Ryoma no respondió. En su mente, una imagen fugaz de Ayane lo atormentó de nuevo: su expresión de incredulidad, de dolor, la última vez que la vio. Cerró los ojos un instante, maldiciéndose por su propia debilidad.

—Ryoma, si aún no puedes sacártela de la cabeza, es porque algo en todo esto no encaja para ti. Tal vez deberías preguntarte qué es lo que realmente crees.

Ryoma se mantuvo en silencio, mirando fijamente la copa entre sus manos. No tenía una respuesta. Y eso era lo que más lo irritaba.

Hibiki suspiró y le dio una palmada en el hombro antes de levantarse.

—Piensa bien en ello, Ryoma. A veces, el orgullo puede ser más letal que cualquier enemigo en el campo de batalla.

Ayane Tendo…

Dos semanas habían pasado desde la última vez que había visto a su ex prometida, y la imagen de Ayane lo seguía atormentando.

¿Qué había hecho con él? Esta misión era lo que había deseado desde hace mucho tiempo, había aceptado un compromiso que nunca quiso y luego urdió un plan para cancelarlo a su conveniencia solo para poder hacer este viaje. Y ahora que estaba aquí y necesitaba todos sus sentidos espías alerta, no podía ver todo con la frialdad que necesitaba.

—¿Qué hice para merecer este tormento? —se preguntaba internamente.

El sonido de los pasos y las conversaciones en el gran salón le recordaban la necesidad de mantenerse alerta, de ser frío y calculador, pero no podía evitar que su mente se llenara de recuerdos.

—No puedo dejar de pensar en ella —dijo Ryoma en voz baja mientras cerraba la puerta de su habitación. Había dado orden a sus hombres de seguirse mezclando y parecer casuales en la reunión, sin dejar de estar alerta a toda información que pudieran obtener.

Su mente no podía seguir concentrándose en comprender el poco ruso que manejaba, estaba agotado. Aquel idioma le costaba más que el chino.

Esa idea solo trajo a su mente el recuerdo de su voluntariosa ex prometida. Aquella tarde que le llevó esos libros para que siguiera aprendiendo ruso y que los había rechazado en primera instancia, así como la mañana que habían salido a tomar el té y le había comentado su progreso.

El viento helado se filtraba por la ventana entreabierta, moviendo levemente las cortinas y trayendo consigo el murmullo distante de la ciudad rusa. La luz de la luna se reflejaba en la copa entre sus manos, creando destellos sobre el líquido ámbar que no había tocado en los últimos minutos. Ryoma apenas se daba cuenta de su entorno. Todo parecía desvanecerse a su alrededor, salvo un solo pensamiento que se aferraba a su mente como un veneno imposible de extraer.

Ayane

Dos semanas desde que decidió que su futuro no tenía por qué entrelazarse más con el de ella. Dos semanas… y su nombre aún pesaba en su pecho.

La copa en su mano tembló apenas cuando su agarre se volvió más fuerte. No lo entendía. ¿Por qué ella seguía ahí, en su mente, en cada resquicio de su conciencia, impidiéndole pensar con claridad?

—Algo en ella me hace creerle…

Murmuró esas palabras como si estuviera confesando una falta.

Porque era un pecado.

Porque no tenía derecho a dudar.

Porque no debía dudar.

Ella le había provocado esa desgracia, era culpable.

Se decía a sí mismo que no mirara atrás, que siguiera adelante, que Ayane había traído este destino sobre sí misma con sus propias decisiones y lo había enlodado. Lo lógico era cortar de raíz cualquier emoción residual. Lo estratégico era enterrarlo todo y enfocarse en la misión.

—Ella misma se provocó esto con sus deseos…

Eso se repetía. Eso quería creer.

Pero entonces, su mente lo traicionaba con recuerdos que no deberían doler.

Ayane, en aquel jardín, con la luz de la tarde reflejándose en su cabello mientras le extendía un libro en ruso, insistiendo en que practicara.
Ayane, con los labios curvados en una sonrisa suave cuando él finalmente pronunció una oración sin errores.
Ayane, mirándolo con esa mezcla de orgullo y afecto que le hacía sentir…

Ryoma soltó un gruñido y cerró los ojos con fuerza. No debía recordar esas cosas

No cuando su mente también le traía imágenes de ella enredada en una situación qu, aunque no había visto y no podía explicar, sí había imaginado, una que lo ponía entre la espada y la pared. Una que hacía que su honor y su orgullo le exigieran darle la espalda sin remordimientos.

Ella lo engañó.

Eso decían.

Eso él mismo había dicho.

— Pero no ví engaño en su confesión… solo la verdad. — ¿Cómo podían eso profundos ojos chocolate fingir tal sinceridad?

Pero ¿cómo podía estar seguro?

¿Cómo podía confiar en sus propios ojos, en su propio juicio, cuando todo dentro de él estaba en conflicto?

Era como si dos voces en su mente estuvieran en guerra, desgarrándolo desde dentro.

"Ella lo planeó todo desde el principio. Te utilizó, te manipuló, y ahora espera que la perdones. Ella lo dijo, que haría lo que fuera para romper el compromiso."

"No… No había engaño en su mirada. Sus palabras no fueron mentira. Pude verlo, lo sé."

"No seas ingenuo, ¿ en serio pasarás por alto sus transgresiones? Te ha vuelto un tonto"

"No… Yo…"

Ryoma se incorporó de golpe y se alejó de la mesa con pasos pesados. Su respiración era irregular. Sentía el peso de la duda en cada fibra de su ser.

—Estoy completamente partido en dos… la mitad de mí le cree, mientras que la otra mitad necesita pruebas.

Pero no tenía pruebas.

Solo tenía las palabras de los demás.

Solo tenía su propia incertidumbre.

Y sin embargo, si todo lo que decían era cierto…

Si Ayane realmente había hecho lo impensable…

—Esto no fue un malentendido… solo el peor de los engaños. — susurró con desdén

La traición perfecta.

El dolor perfecto.

Pero si de verdad la odiaba por lo que había hecho…

¿Por qué la extrañaba con cada maldito respiro?

¿Por qué cada vez que cerraba los ojos, el deseo de volver a verla quemaba su pecho como si le arrancaran el alma?

Su mano tembló ligeramente, y el cristal de la copa reflejó su propio rostro, crispado en una expresión de tormento.

Había dedicado su vida entera a ver a través de las mentiras, a no dejarse manipular por nadie.

Y, sin embargo, ahora estaba aquí.

Sin poder olvidarla.

Sin poder perdonarla.

Sin poder decidir si todo lo que quería era destruirla… o correr a su lado.

No tenía respuestas.

Solo tenía su propio corazón, traidor e implacable, negándose a soltarla.


El ambiente en la residencia Kuno estaba cargado de una elegancia contenida, una mezcla de formalidad y expectativa. La reunión, aunque no declarada oficialmente como una celebración de compromiso, tenía un propósito claro: mostrar a Ayane y Kenshi juntos ante la sociedad.

—Así que al final, los Tendo emparentarán con los Kuno —murmuró una mujer mayor con un abanico en la mano—. ¿No estaban comprometidos con los Saotome hace solo dos meses?

—Dicen que el comandante Saotome simplemente decidió romper el compromiso —respondió otra con un tono intrigado—. Pero, ¿por qué? Nadie deja ir un partido como Ayane Tendo sin una razón de peso.

—Tal vez no era la dama que aparentaba ser —susurró una joven con una sonrisa apenas disimulada—. Siempre se dijo que tenía un carácter difícil, demasiado independiente para su propio bien.

—Eso explicaría por qué ningún otro pretendiente se interesó antes —agregó otra, con tono condescendiente—. ¿Acaso no es extraño que haya llegado a su edad sin un compromiso hasta ahora?

Las risitas ahogadas y las miradas furtivas no pasaban desapercibidas. Ayane, con su acostumbrada compostura, mantenía una expresión serena mientras sostenía la copa en sus manos. Su vestido, elegido cuidadosamente por su hermana Hana, realzaba su belleza con una elegancia discreta, pero nada en su porte indicaba alegría.

Desde otro rincón del salón, un grupo de jóvenes observaba con interés.

—Al menos ahora tenemos una oportunidad con el comandante Saotome —susurró una de ellas con ilusión—. Es un hombre honorable y apuesto.

—Sí, pero también implacable —añadió otra—. Si rompió el compromiso con Ayane Tendo, debe haber tenido sus motivos.

—¿Será que ella hizo algo inapropiado?

Los comentarios se esparcían como veneno en el aire, algunos con desprecio, otros con lástima.

—Es una pena —dijo un hombre mayor, con tono grave—. Hubiera sido una gran unión para su familia. Pero ahora… bueno, los Kuno son respetables, aunque no del mismo calibre.

En medio de las conversaciones, Kenshi Kuno mantenía su porte impecable, su expresión serena, como si los murmullos a su alrededor no existieran. Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en Ayane, hubo un destello de algo más. ¿Molestia? ¿Orgullo? Difícil de decir.

Hana se acercó discretamente a su hermana, fingiendo examinar la copa en su mano.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Ayane no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron la habitación, observando cada expresión, cada mirada que se posaba en ella con curiosidad o juicio. Inspiró suavemente y sonrió, una sonrisa perfectamente ensayada.

—Estoy bien —dijo, aunque su voz sonó más suave de lo habitual.

Sai, que también se encontraba cerca, frunció el ceño y murmuró con desdén.

—Una jauría de buitres, eso es lo que son.

Ayane exhaló con sutileza.

—Déjalos hablar —susurró—. No cambiará nada.

Y sin embargo, mientras los murmullos continuaban, sintió el peso de cada palabra en su pecho.

Sai, siempre más impulsiva que ella, apretó los labios con fastidio antes de tomar un sorbo de su bebida. Su mirada se deslizó por la habitación con el mismo desprecio con el que observaba a un insecto molesto.

—Todos aquí se dedican a diseccionarte como si fueras un espectáculo de feria —murmuró, manteniendo la compostura para no llamar la atención.

Ayane apenas desvió la mirada de su copa.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me levante y les pida que guarden silencio?

Sai chasqueó la lengua, visiblemente irritada.

—No estaría mal que les demostraras que no eres lo que dicen.

Ayane giró ligeramente el rostro hacia su amiga, con esa expresión serena que solo Sai, después de tantos años a su lado, sabía que ocultaba una tormenta.

—¿Y qué es lo que dicen exactamente?

Sai bufó con ironía.

—Algunas piensan que perdiste al comandante porque no eras lo suficientemente buena para él. Otras dicen que fuiste demasiado rebelde, y que al final él se cansó y te desechó.

— Bueno, lo de rebeldía no es una mentira.— rió sin ganas — Y siempre hemos sabido que no me destaco precisamente por mis dotes femeninos.

Ayane sintió un nudo en el estómago, pero su sonrisa no titubeó.

—No debería sorprendernos —dijo con calma—. Hace dos meses esas mismas personas me veían como una trepadora que había hecho algún ardid para conseguir el compromiso con los Saotome.

—La gente es mezquina y no sabe hacer otra cosa que ocuparse en asuntos que no les importa. —Sai hizo un ademán con la mano— A demás es la envidia la que habla, nadie que haya visto al comandante más de diez segundos cuando te miraba podría decir que…

— Sai, por favor…—

—No es la decisión lo que te pesa —dijo al fin—. Es lo que sientes por él.

Ayane se tensó, pero no desvió la mirada.

—Sai…

—Te diste cuenta demasiado tarde, ¿verdad?

El silencio que siguió fue tan elocuente como cualquier respuesta. Ayane sintió un nudo formarse en su garganta. Lo había sabido desde aquel día, desde el momento en que lo vio alejarse sin mirar atrás.

—Pero él no me creyó.

—Estoy segura que una parte de él quería hacerlo —reconoció Sai—, pero la otra ya había decidido lo que era verdad.

Ayane desvió la mirada hacia la multitud. Sus ojos vagaron por los rostros de quienes la observaban con curiosidad, con lástima o con superioridad. Todos parecían tener una versión diferente de lo que había pasado, y ninguna se acercaba a la verdad.

—No debería importar —susurró.

— Ayane, lamento si sueno tan dura, pero sabes que lo que él hizo no es algo que cualquiera haría. Pudo repudiarte públicamente, aunque haya sido una trampa, lo que pasó fue un insulto para la familia del comandante imperial, pero el prefirió que nadie supiese la "verdadera" razón. Estoy segura que él no podía creer que tu harías algo como eso, por eso actuó como actuó.

Ayane cerró los ojos un instante, dejando que las palabras de Sai se asentaran en su mente. Lo había pensado muchas veces, había intentado convencerse de que todo había sido inevitable, pero escuchar a su amiga decirlo en voz alta le provocó una punzada en el pecho.

— No es que no lo entienda, sabía que lo que pasó provocaría que se rompiera nuestro compromiso, pero… al menos deseaba que creyera en mi, no que dudara.

Sai exhaló con suavidad, observándola con una mezcla de lástima y resignación.

—Te entiendo —dijo, cruzándose de brazos—, pero dime, Ayane… si estuvieras en su lugar, ¿tú habrías creído?

Ayane abrió la boca para responder, pero la cerró de inmediato. Sus pensamientos se entrelazaban en una maraña de recuerdos y emociones contradictorias. Quería decir que sí, que ella habría confiado en él a pesar de todo, pero… ¿realmente lo habría hecho?

Sai arqueó una ceja con esa expresión que dejaba claro que ya conocía la respuesta.

—Exactamente —murmuró con ironía—. No se trata solo de lo que él creyó o dejó de creer, sino de que alguien se encargó de que no tuviera otra opción.

Ayane desvió la mirada, su pecho se comprimió con una sensación que no quería reconocer. Justo entonces, una voz femenina interrumpió su conversación.

—Ayane.

El tono era impecable, educado, pero con un matiz de calculada cortesía. Ayane y Sai giraron al mismo tiempo para encontrarse con la hermana de Kuno, quien se acercó con pasos elegantes, su sonrisa delicada y perfectamente medida.

—Mi hermano solicita tu presencia —anunció con una leve inclinación de cabeza—. Dentro de poco habrá una sorpresa, y le gustaría que estuvieras a su lado cuando llegue el momento.

Sai rodó los ojos con fastidio, pero Ayane mantuvo su expresión serena. Se puso de pie con la misma gracia entrenada de siempre y asintió.

—Por supuesto.

Sai no dijo nada, pero Ayane captó la mirada que le dirigió, como si le advirtiera que estuviera alerta. Se despidió de ella con un gesto breve antes de seguir a la hermana de Kuno a través del salón.

Mientras caminaban entre los invitados, la joven dejó escapar una ligera risa, como si recordara algo gracioso.

—Debo decir que me intriga cómo estás tomando todo esto —comentó con dulzura teñida de ironía—. Un nuevo prometido en tan poco tiempo… ha de ser una experiencia interesante.

Ayane ni siquiera parpadeó.

—He tenido poco tiempo para reflexionar sobre ello.

—Qué pragmática —respondió la otra, con evidente diversión—. Sé que mi hermano no es exactamente Lord Ryoma, pero… hay que admitir que es más apuesto que muchos otros. Además, te tiene un gran afecto y, por supuesto, es lo suficientemente honorable como para asumir su responsabilidad y casarse contigo después de lo ocurrido aquella noche.

Ayane sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero su expresión permaneció impasible.

—Es un gesto admirable de su parte —respondió con neutralidad.

—Oh, sin duda —la joven sonrió con malicia—. Al igual que lo fue la nobleza de Lord Ryoma… cualquiera en su lugar habría reaccionado de manera más drástica al descubrir que su prometida pasaba la noche en la habitación de otro hombre. Pero él… él simplemente decidió dar por terminado el compromiso sin hacer un escándalo. Qué caballero, ¿no crees?

Ayane sintió cómo su estómago se tensaba.

— Basta Misaki — se detuvo la peliazul haciendo detener a su interlocutora. — Tú y yo sabemos que eso fue una trampa y estoy segura que tú o tu hermano tuvieron que ver con ello.

— ¿Tienes pruebas? Explica como pudimos orquestar alguna cosa en una residencia que no es la nuestra.

Ayane sostuvo su mirada sin vacilar, aunque por dentro la rabia la quemaba lentamente.

—No necesito pruebas para saber que todo estaba demasiado bien calculado —dijo con voz firme—. Había algo en mi bebida, y que tu llegaras tan repentinamente a la habitación…

Misaki dejó escapar un suspiro teatral.

—Oh, querida, qué imaginación tan vívida tienes. Quizás deberías escribir historias en lugar de atormentarte con suposiciones.

Ayane no respondió de inmediato. Sabía que discutir con Misaki era como pelear con una serpiente: con cada palabra que decía, la otra encontraba una forma de enredarse aún más en su piel. Pero había una verdad que no podía ignorar.

—No me interesa convencerte de nada —dijo con frialdad—. Solo quiero que sepas que no soy ingenua.

Misaki parpadeó, sorprendida por la dureza en su tono. Luego sonrió con la misma calma cruel de siempre.

—Entonces, me alegra saberlo. Eso hará que todo sea más interesante.

Antes de que Ayane pudiera responder, Misaki volvió a caminar, obligándola a seguirla hasta donde Kenshi la esperaba.

Y aunque su rostro permaneció impasible, en su interior Ayane sintió una punzada de inquietud. Algo estaba por ocurrir… y no sería nada bueno.

Kenshi la esperaba con su porte impecable, vestido con elegancia y la confianza de un hombre que siempre obtenía lo que quería. Cuando Ayane se acercó, inclinó la cabeza levemente en señal de cortesía, aunque la sonrisa que esbozó no llegó a sus ojos.

—Querida Ayane —murmuró con suavidad, su tono cuidadosamente medido—, creo que podrías mostrarte un poco más sonriente.

Ayane se detuvo a su lado, pero no le concedió más que una mirada fría y distante.

—Ya acepté el compromiso, Kenshi. No esperes nada más de mí.

Él chasqueó la lengua con aire divertido.

—No seas tan rígida. Sabes tan bien como yo que la imagen es importante. La gente necesita ver que esta unión es motivo de celebración.

—La gente puede pensar lo que quiera —respondió ella con serenidad, sin perder la compostura—. Tú sabías desde el principio que no soy la esposa modelo ni el trofeo que esperan de una dama noble.

Kenshi inclinó la cabeza, como si analizara sus palabras con interés. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en la línea de su mandíbula tensa, en la manera en que sus manos permanecían firmemente apretadas en los pliegues de su ropa.

—Oh, lo sé —asintió con una media sonrisa—. Pero, ¿sabes qué es lo más fascinante, Ayane? Que justamente por eso quiero que seas mi esposa.

Ayane sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—No juegues conmigo, Kenshi —murmuró, su mirada afilada como una daga—. No finjas que esto es algo más que una estrategia conveniente para ti.

Kenshi soltó una suave risa, llevándose una mano al pecho como si ella lo hubiera acusado de algo ridículo.

—¿Jugar? —repitió con un tono falsamente ofendido—. Oh, Ayane, querida… esto ya no es un juego. Es la realidad. Y cuanto antes la aceptes, más fácil será para los dos.

El peso de sus palabras se deslizó sobre ella como una losa. Kenshi no estaba tratando de convencerla con dulzura ni de fingir afecto, no lo necesitaba. Él sabía que ella no tenía elección, que el curso de los acontecimientos ya estaba decidido y que, le gustara o no, ella estaba atrapada en él.

—No me interesa hacer esto más fácil —susurró Ayane, con una frialdad que apenas ocultaba la rabia contenida—. No te confundas, Kenshi. Me casaré contigo, sí, pero nunca te consideraré mi esposo.

Kenshi se inclinó un poco más hacia ella, su sonrisa apenas perceptible.

—Veremos —fue todo lo que dijo antes de girarse para tomar su brazo y guiarla hacia el centro del salón, donde aguardaba la sorpresa que había sido anunciada.

Ayane sintió la presión de su mano firme sobre la suya, como si quisiera recordarle quién tenía el control. Pero ella no era una mujer que se doblegara fácilmente. Si Kenshi creía que podía doblegar su espíritu con palabras bien calculadas y promesas envenenadas, estaba muy equivocado.

Ayane apenas había dado un par de pasos cuando sintió a Kenshi detenerse a su lado. Su agarre en su brazo se afianzó sutilmente, lo suficiente para que ella lo notara, pero sin llamar la atención.

—Parece que la sorpresa ha llegado —murmuró con una sonrisa enigmática, inclinándose levemente hacia ella.

Ayane frunció el ceño, desconfiada. Estuvo a punto de preguntarle a qué se refería, pero en ese momento, un murmullo recorrió la sala como una ola imparable.

Las conversaciones se interrumpieron, las miradas se giraron hacia la entrada y la tensión en el ambiente se volvió casi palpable. Ayane sintió un escalofrío recorrerle la espalda antes incluso de verlo.

Y entonces, ahí estaba.

Lord Ryoma acababa de cruzar las puertas del gran salón, su figura alta y firme destacando entre la multitud. Vestía su uniforme militar con impecable elegancia, la capa oscura cayendo sobre sus hombros con la solemnidad de quien había regresado de un largo viaje. Su expresión era serena, pero sus ojos, afilados como cuchillas, escanearon la sala con precisión.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Ayane sintió su respiración atrapar en su garganta. No lo había visto desde aquella noche, desde el instante en que todo se desmoronó. Y ahora, después de semanas de incertidumbre, de heridas abiertas y silencios ensordecedores, lo tenía frente a ella. Sin darse cuenta sus pies trataron de ir en su dirección hasta que una presión fuerte en su hombro la detuvo.

La mano de Kenshi la mantuvo en su sitio, firme pero discreta. Ayane sintió cómo su cuerpo se tensaba, obligándose a no reaccionar, a no permitir que el torbellino de emociones que se agitaba en su interior se reflejara en su rostro.

Ryoma también se había detenido.

Sus ojos grisáceos se fijaron en ella, atrapándola en un duelo silencioso en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder. No había ira en su mirada, ni siquiera sorpresa. Solo una calma impenetrable, como si todo lo que estaba viendo no le importara en lo absoluto.

Pero Ayane sabía que no era cierto.

Podía leerlo en la tensión de su mandíbula, en la manera en que su mano derecha se crispó levemente antes de relajarse. En el modo exacto en que su mirada bajó un fugaz segundo hasta donde Kenshi aún mantenía su agarre sobre su hombro.

Ayane sintió que la presión en su pecho se volvía insoportable.


El sonido de los cascos de los caballos disminuyó hasta detenerse por completo. Ryoma descendió, alisando la tela de su uniforme antes de cruzar las puertas de la residencia Saotome. Apenas puso un pie en el tatami de la entrada, una figura vestida con un kimono elegante se giró bruscamente hacia él.

—¡Ryoma! —La voz de su tía, Lady Saotome, resonó con incredulidad.

Un instante después, un sirviente partió apresurado para informar al general de su llegada. Su tía, sin embargo, se quedó allí, mirándolo fijamente como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.

—Tía —Ryoma inclinó la cabeza con respeto, pero no tuvo oportunidad de continuar, pues ella avanzó con rapidez, sujetándolo de los brazos.

—¿Por qué no enviaste aviso de tu regreso? ¡Todos creíamos que estarías en Rusia por tres semanas más! —exclamó ella, su tono oscilando entre el alivio y la reprimenda.

—Los eventos se precipitaron —respondió Ryoma con calma—. La situación en Rusia se volvió inestable antes de lo previsto. No podía quedarme más tiempo.

Los pasos firmes del general Saotome resonaron en el pasillo antes de que apareciera en la entrada del salón. Su expresión severa apenas se suavizó ante la inesperada aparición de su sobrino.

—Así que has vuelto —dijo el general con voz grave—. No esperaba verte de regreso tan pronto. Ven, infórmame de la situación.

Ryoma asintió y lo siguió hasta su estudio, donde mapas y documentos estratégicos se extendían sobre una mesa de madera pulida. Apenas se sentaron, el joven comenzó su informe.

—Los acuerdos diplomáticos con Rusia están en un punto delicado. Ambos países han mostrado interés en la península de Corea, pero sus movimientos sugieren que ninguno está dispuesto a ceder terreno. Lo que parecía ser un tratado de mutua cooperación podría romperse en cualquier momento.

El general entrecerró los ojos, procesando la información con la gravedad que ameritaba.

—Era de esperarse —murmuró—. Y las noticias no mejoran. Mientras estabas en Rusia, China ha hecho un movimiento inesperado. Sin autorización, han enviado tropas para apoyar las revueltas en Corea. Esto cambia por completo la situación geopolítica. La guerra podría estar a la vuelta de la esquina.

Ryoma mantuvo la compostura, pero su mandíbula se tensó levemente. Había esperado complicaciones, pero esto aceleraba los tiempos de forma peligrosa.

—Debemos prepararnos entonces —declaró—. Si China está dispuesta a intervenir directamente, no podemos descartar que Rusia haga lo mismo. Japón no puede permitirse quedarse rezagado, la península es una pieza clave, no la perderemos.

El general Saotome asintió con gravedad.

—Nos reuniremos con el consejo militar en los próximos días. Quiero que estés presente.

—Lo estaré —aseguró Ryoma.

Hubo un breve silencio antes de que Ryoma cambiara de tema.

—Quiero saber qué ocurrió después de mi partida… con Ayane.

Lady Saotome, que había entrado al estudio poco después, endureció su expresión ante la mención del nombre.

—No hay nada que decir —respondió con frialdad—. Lo que ocurrió aquella noche fue una completa deshonra. No quiero saber nada más de ella.

Ryoma la miró fijamente, no pudo evitar notar un el apagado brillo en sus ojos, sabía que su querida tía había llegado a estimar mucho a Ayane.

—¿Eso crees realmente, tía? ¿Que Ayane es capaz de algo así?

—No hay otra explicación —replicó ella con firmeza—. La encontraron en la habitación con otro hombre, aquí mismo, bajo nuestras narices. Fue vista por testigos. ¿Cómo puedes dudar de lo evidente?

Ryoma apretó los labios por un instante antes de responder.

—Porque la conozco —dijo finalmente—. He pensado mucho en esa noche y no puedo aceptarlo. Algo no encaja. Algo no está bien. No puedo seguir ignorándolo.

Lady Saotome cruzó los brazos, su mirada llena de desaprobación.

—Recibí una carta de ella —confesó de mala gana—. No la leí. No tenía sentido hacerlo.

El peso de esas palabras cayó sobre Ryoma como una piedra en el pecho. Ayane había intentado comunicarse. ¿Qué decía en esa carta? ¿Una explicación? ¿Una súplica?

—Quiero verla —declaró con firmeza—. Iré a la residencia de los Tendo esta misma noche.

—No están en casa —intervino su tía rápidamente—. Han asistido a una recepción en casa de los Kuno. Los Saotome también hemos sido invitados. ¡Con qué descaro lo han hecho!

Ryoma frunció levemente el ceño. No tenía idea de que los Kuno organizaban algo esa noche.

—¿Sabes cuál es el motivo de la reunión?

—No —admitió Lady Saotome—. Pero no veo qué podrías ganar con esto. ¿Qué esperas encontrar, Ryoma? ¿Una explicación que absuelva a Ayane? ¿Pruebas de que todo fue un malentendido? Es tarde para eso.

Ryoma se puso de pie con decisión.

—Nunca es tarde para la verdad —sentenció.

Sin esperar más, salió del estudio, dispuesto a dirigirse a la residencia Kuno. No sabía qué encontraría allí, pero sí sabía una cosa con certeza: no podía seguir adelante sin respuestas. Y esta vez, no dejaría que nadie decidiera por él.


La gran residencia Kuno estaba iluminada con cientos de faroles, y las risas y murmullos de los invitados flotaban en el aire como un eco lejano. Al desmontar de su caballo, Ryoma ajustó su capa y tomó una respiración profunda antes de cruzar las puertas.

El recibimiento fue inmediato. Criados y algunos nobles giraron la cabeza en su dirección, sorprendidos. No habían recibido noticias de su regreso. Aquello solo añadía peso a su presencia. Caminó con paso seguro, indiferente a las miradas que se posaban en él. Pero en su interior, su sangre hervía. No solo por la tensión política que pesaba sobre su nación, sino porque, en cualquier momento, la vería.

Ayane.

El recuerdo de su última conversación, de su último roce, aún persistía con una intensidad que lo atormentaba. Había prometido a su tía y a su tío que haría lo correcto, pero, ¿qué era lo correcto? La razón le dictaba que no debía buscarla, que debía dejar atrás todo lo ocurrido aquella noche funesta. Pero su instinto, su corazón, le decían otra cosa.

Apenas cruzó el umbral del salón principal, su mirada la encontró.

Ayane estaba allí.

Su cabello estaba recogido con precisión, dejando caer algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro con una perfección casi irreal. La línea de su cuello, la curvatura de sus hombros, todo en ella evocaba la misma intensidad que había tratado de sepultar en su ausencia.

Ryoma sintió un golpe en el pecho. Había pasado tanto tiempo imaginando este momento, tratando de recordar cada detalle de su piel, cada matiz de su mirada. Y ahora que la tenía frente a él, la necesidad de tocarla, de asegurarse de que era real, se volvió insoportable. Sus pies no vacilaron en ir a su dirección.

Pero no estaba sola.

Su expresión se endureció al notar la figura junto a ella. Kenshi Kuno.

El bastardo la sostenía por el brazo, un toque demasiado familiar, demasiado posesivo. Ryoma apenas pudo controlar el fuego que se encendió en su interior. Su mandíbula se tensó, su mano derecha se crispó levemente antes de relajarse. Su mirada descendió fugazmente hasta donde Kenshi aún mantenía su agarre.

Ayane sabía que él lo había visto. Que lo había entendido. Y que, detrás de esa expresión estoica, una tormenta se estaba gestando.

El murmullo del salón creció. Los invitados notaron la tensión en el aire, el enfrentamiento silencioso que se desarrollaba en medio del esplendor de la velada.

—Lord Ryoma —la voz de Kenshi se elevó, con una cortesía afilada—. Qué sorpresa verte aquí esta noche. No esperaba que regresaras tan pronto de tu misión en Rusia.

Ryoma se obligó a esbozar una sonrisa calculada, fría.

—La guerra no espera, Kuno. Y parece que las cosas tampoco se han detenido en mi ausencia.

El desafío en sus palabras era evidente. Kenshi lo entendió, pero en lugar de retroceder, su sonrisa se amplió con evidente provocación. Su agarre sobre Ayane se mantuvo firme, un acto deliberado para medir su reacción.

Ayane sintió que el aire se volvía insoportablemente denso. Su corazón latía con fuerza, no solo por la repentina aparición de Ryoma, sino por la intensidad con la que la observaba. Había algo en su mirada, más allá de la furia contenida, más allá del reclamo silencioso.

Había deseo. Anhelo.

Y eso era peligroso.

— Ayane, debo hablar contigo.

— Señorita Tendo — corrigió Kuno—, lord Ryoma, no debe dirigirse con tanta familiaridad a la señorita, usted ya no tiene un compromiso con ella.

Dirigirse a ella de esa manera podría prestarse a malentendidos.

Hubo un breve silencio, y aunque la expresión de Ryoma no cambió, el ambiente pareció volverse un poco más tenso. Ayane sintió el peso de ambas miradas sobre ella.

Podía sentir la expectativa en el aire, la sutil atención de algunos invitados que fingían desinterés mientras observaban de reojo la escena. Sabía que cualquier respuesta que diera podría interpretarse de muchas formas.

Inspiró con discreción antes de hablar.

—No creo que una conversación deba ser motivo de disputa, Lord Kuno —dijo finalmente, con voz serena—. Si Lord Ryoma desea hablar conmigo, no veo razón para negarlo.

Kenshi no replicó de inmediato. Su agarre se relajó levemente antes de soltar su brazo por completo.

—Por supuesto —concedió, aunque su tono se mantuvo neutral—. No hay razón para prohibirlo, pero querida señorita Ayane, dejar que suceda podría ser contraproducente para eventos que estan pronto a anunciarse.

El peso de las miradas sobre ellos hizo evidente que no podían hablar allí. La velada continuaba con su flujo de conversaciones y risas, pero en ese pequeño espacio donde Ayane y Ryoma se encontraban, la tensión era palpable.

Él no insistió, pero en el último instante, cuando Ayane giró para marcharse, su voz la detuvo.

—Los jardines son tranquilos a esta hora.

No dijo nada más. No lo necesitaba. Su mirada sostuvo la de ella por un momento antes de apartarse con aparente indiferencia. Ayane sintió su pulso acelerarse, pero se giró con la misma calma de siempre y se alejó.

Sai la encontró antes de que pudiera dar el primer paso.

—Si vas a hacer lo que creo que vas a hacer, al menos dime cómo ayudar —susurró con discreción, su tono más curioso que reprobatorio.

Ayane vaciló un instante, pero la complicidad en los ojos de su amiga fue suficiente.

—Cúbreme —murmuró.

Sai no preguntó más. Minutos después, Ayane atravesaba una de las puertas laterales que conectaban al jardín, asegurándose de no ser vista.

El jardín estaba sumido en sombras, apenas iluminado por la luna que se filtraba entre las ramas de los árboles. La brisa nocturna acariciaba la piel de Ayane, pero ella apenas lo notaba. Su corazón latía con fuerza cuando sus ojos se encontraron con los de Ryoma.

Él estaba allí.

Su figura parecía aún más imponente bajo la tenue luz, con la mirada clavada en ella como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro. Su expresión era compleja: una mezcla de alivio, duda, anhelo y algo más… algo que ella no se atrevía a descifrar.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

—Estás bien… —susurró Ayane, sintiendo un nudo en la garganta—. Regresaste.

Ryoma no respondió enseguida. Su rostro se suavizó por un breve instante, como si esas palabras hubieran sido un bálsamo para su tormento.

—Nunca dejé de pensar en ti.

El suspiro de Ryoma fue apenas audible, pero ella lo sintió como si le atravesara el pecho.

—Yo tampoco.

El silencio que se instaló entre ellos estaba cargado de emociones contenidas, de palabras no dichas que pugnaban por salir. Pero entonces, él dio un paso más cerca, su expresión tornándose más seria, más determinada.

—Estuve pensando… en todo lo que pasó —su voz era firme, pero había un matiz de vulnerabilidad en ella—. En lo que te acusaron, en lo que yo… creí.

Ayane sintió que el mundo se detenía.

—Ryoma…

—No lo hiciste —dijo con convicción—. Ahora lo sé.

El peso de esas palabras la golpeó con fuerza. Un escalofrío recorrió su espalda, y por un segundo, su corazón se llenó de alivio.

—¿Por qué ahora?

—Porque me dejé cegar por la rabia y el orgullo. Y porque cuando estuve lejos, cuando realmente me enfrenté a la idea de perderte para siempre, entendí que no podía creer en nada de lo que dijeron.

Las lágrimas amenazaron con brotar de los ojos de Ayane.

—Eso… eso significa mucho para mí, Ryoma.

—Entonces, volvamos a empezar —pidió él, con una intensidad palpable— yo no quiero quitarte tu libertad, lo sabes Ayane. Nuestro matrimonio no tiene que ser una cárcel para ti.

El ojiazul tomó con delicadeza en mentón de la joven

— No hay nada que cambiaría en ti. Me gust…

Ella cerró los ojos por un segundo, como si reunir fuerzas fuera la única manera de responder. Cuando los abrió, su mirada estaba teñida de tristeza.

— Ryoma, no…

— Diré que la cancelación del compromiso se debió a la importancia de la misión.

Ayane sintió que su pecho se comprimía.

—Ryoma… es demasiado tarde—su voz tembló.

Su respuesta cayó como una sentencia.

El cuerpo de Ryoma se tensó.

—¿Demasiado tarde? —repitió, su tono cambiando, como si esas palabras lo desconcertaran.

—Muy pronto me comprometeré con Kuno —murmuró ella, su voz apenas un susurro, pero lo suficientemente clara para destrozarlo.

Ryoma sintió cómo algo dentro de él se rompía.

Por un momento, no pudo reaccionar. Su mente se negaba a procesarlo, su corazón latía con dolor y furia contenida.

—No. —La palabra escapó de sus labios con incredulidad.

Ayane sintió su mandíbula apretarse.

—Lo sabes, Ryoma. Desde el momento en que cancelaste nuestro compromiso, era solo cuestión de tiempo antes de que mi familia tomara otra decisión.

Él negó con la cabeza, como si quisiera rechazar la realidad misma.

—No puedes estar diciéndolo en serio…

—Sí, lo estoy.

Hubo un segundo de silencio antes de que la tormenta estallara.

Ryoma retrocedió un paso, su mirada oscureciéndose, su respiración tornándose pesada.

—No puedo creerlo —susurró, con un dejo de amargura en su voz—. Apenas me marché… y fuiste corriendo a los brazos de otro.

El estómago de Ayane se hundió.

—¿Qué…?

—¡No mientas! —su voz explotó con una ira contenida—. ¡Lo vi, Ayane! Lo vi en el salón… ¡Cómo Kuno te tocaba con tanta familiaridad, como si ya fueras suya!

Ayane sintió que la indignación le quemaba el pecho.

—Me señalaron como una mujer sin honor… es verdad que gracias a ti, esto no salió a toda la sociedad… pero he estado recibiendo el juicio de mi familia, la tuya y la superioridad de los Kuno con la amenaza de que todo se sabrá si no acepto su compromiso.

—Ayane…

Ella negó con la cabeza, abrazándose a sí misma como si intentara protegerse de él, de sí misma, de todo.

—Ya no importa. Kuno es la única forma en la que puedo restaurar el nombre de mi familia.

Ryoma sintió que la rabia volvía a encenderse en su interior.

—Ayane…

Ella negó con la cabeza, abrazándose a sí misma como si intentara protegerse de él, de sí misma, de todo.

—Ya no importa. Kuno es la única forma en la que puedo restaurar mi nombre.

Ryoma sintió que la rabia volvía a encenderse en su interior.

— No es así, puedo cambiar eso… si tu ego no me odiara tanto, pero tal parece que Kuno ha sido la opción que escogiste.

—¡No sabes lo que dices! Yo no te odio, yo… yo…

—¡Entonces hazme entender cómo puedes entregarte a otro en tan poco tiempo!

Y entonces, sin pensarlo, su mano se alzó y lo abofeteó con toda la fuerza que tenía.

El sonido resonó en la quietud del jardín.

Ryoma giró el rostro ante el impacto, su mejilla ardiendo. Permaneció en silencio unos segundos, su respiración agitada, mientras la furia hervía en su interior. Cuando volvió a mirarla, sus ojos oscuros brillaban con rabia contenida.

—Eres despreciable… —susurró ella con voz rota.

Ryoma estaba furioso. Con el mundo. Con los Kuno. Con ella. Pero sobre todo, consigo mismo.

Porque a pesar de todo… la seguía queriendo. La seguía deseando.

Y lo odiaba.

Ryoma sintió que su pecho ardía, que la frustración lo consumía, que la rabia y el deseo se mezclaban en un solo torbellino incontrolable.

Y entonces la besó.

No con dulzura.

No con ternura.

Con furia.

Con desesperación.

Con una necesidad que lo estaba matando.

Ayane jadeó, sorprendida, cuando Ryoma la empujó contra el tronco de un árbol y atrapó su rostro entre sus manos, sus dedos temblando de ira y pasión contenida. Su beso no pedía permiso, no era un ruego ni una súplica. Era una batalla. Un reclamo.

Ayane luchó contra él, sus manos empujando su pecho, pero Ryoma no cedió. No podía. Su cuerpo ardía con todo lo que no podía decir, con la furia de perderla, con el miedo de saber que, si la dejaba ir ahora, tal vez nunca más la tendría entre sus brazos.

Pero entonces, Ayane se quebró.

Un sollozo ahogado escapó de su garganta, y su resistencia se desmoronó. Sus dedos, que antes lo rechazaban, ahora se aferraban a su ropa con desesperación. Su boca, que antes intentaba apartarse, ahora respondía al beso con la misma intensidad, con la misma rabia, con la misma necesidad.

Era doloroso. Era desgarrador.

Era real.

Ryoma la abrazó con más fuerza, como si quisiera fundirse con ella, como si eso pudiera borrar la distancia que él mismo había creado entre ambos. Sus labios se movieron con urgencia sobre los de ella, como si tratara de robarle el aliento, de arrancarle una verdad que ella se negaba a decir en voz alta.

Ryoma respiraba con dificultad, su frente apoyada en la de ella, sus manos todavía sosteniéndola como si temiera que desapareciera.

—Te detesto— dijo el ojiazul con rabia — pero no puedo odiarte, y eso me destroza y me consume.

Su voz se quebró en la última palabra, como si admitirlo lo destruyera desde dentro. Sus dedos se aferraron a su cintura, no con fuerza, sino con desesperación, con la urgencia de un hombre que se estaba ahogando en su propio tormento.

—Ryoma… —su voz fue un susurro, apenas audible.

Él cerró los ojos un instante, como si pronunciando su nombre, ella le concediera la absolución o lo condenara aún más.

—Eres mi perdición —continuó, su frente aún pegada a la de ella—. Eres mi herida y mi cura al mismo tiempo. No hay un solo día en el que no te odie por hacerme sentir así… y sin embargo, no quiero un solo día sin ti…. porque te amo.

Un sollozo escapó de los labios de Ayane.

Porque, en el fondo, ella sabía que sentía lo mismo. Su corazón ya no le pertenecería solo a ella, pero no podía ceder.

—No… —susurró, su voz temblando—. No puedes hacerme esto…

Ryoma respiraba con dificultad, su frente apoyada en la de ella, sus manos todavía sosteniéndola como si temiera que desapareciera.

—No es demasiado tarde —susurró con fiereza—. Dímelo, Ayane. Dime que no me amas.

Ella apretó los labios, su garganta cerrándose.

No podía.

Pero tampoco podía permitirse ceder.

Así que, con cada fragmento de fuerza que le quedaba, lo empujó lejos de ella.

—Esto no cambia nada, Ryoma.

Él la miró, con el alma en ruinas.

—Lo cambia todo.

Ayane negó con la cabeza, su cuerpo temblando.

—No me busques más.

Y con esas palabras, se dio la vuelta y corrió.

Ryoma no la detuvo. No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía, si la tocaba una vez más, ya no podría dejarla ir.

Mientras la veía desaparecer en la noche, juró que esto no había terminado.

No iba a permitir que Kuno la tuviera.

Pero primero debía doblegar a su principal rival, debía hacer entender a esa obstinada rebelde a quién pertenecía su corazón.


Hola! (Feliz año - muy atrasado!) Espero que disfruten este capítulo que libremente se inspiró en la canción The Ultimate Deception.

Si les ha gustado, no olviden dejar sus comentarios.

XOXO, anímame a seguir escribiendo!