Hola espero que disfruten este nuevo capítulo tanto como yo el episodio de patinaje de esta semana.


Los pasos de Ayane se detuvieron paulatinamente, el camino de regreso al salón de banquetes parecía lejano aunque su andar pareciera avanzar. El corazón de la joven peliazul latía desbocadamente, su mente se sentía confusa. Con temblor sus dedos viajaron hasta posarse sobre sus labios, aún humedos del arrebatador encuentro con su prometido.

"Él… él me besó" su mente aún parecía tratar de procesarlo.

Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

Ayane respiró hondo, tratando de recuperar el control, pero las lágrimas no se detenían. La intensidad del beso, la pasión con la que Ryoma la había mirado, todo estaba grabado en su piel como un fuego que se negaba a extinguirse.

"¿Por qué… por qué tiene que ser así?", pensó mientras su pecho se oprimía con una mezcla de frustración y anhelo. Le había rechazado, pero lo cierto era que, aún cuando lo hizo sin su consentimiento no le resultó desagradable, incluso lamentó cuando dejó de sentir la calidez de sus labios. No podía negar lo que había sentido: un torbellino de emociones que la había hecho flaquear, un deseo que nunca había admitido, ni siquiera para sí misma.

La puerta del salón de banquetes apareció ante ella, y con un suspiro entrecortado, se limpió las lágrimas rápidamente, intentando recomponer su expresión. Al entrar, cada invitado seguía inmerso en sus asuntos, parecía que todos habían olvidado la escena de hace solo unos minutos.

—Ayane, ¿te encuentras bien? —

Hana, quien no pasó por alto lo sucedido, permaneció cerca de la puerta por donde su hermana se había retirado, estaba esperando, pues intuía que algo no estaba bien.

—Sí, estoy bien —respondió Ayane con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Su voz sonó tensa, como si el nudo en su garganta aún la ahogara.

Hana frunció el ceño, sin convencerla la respuesta de su hermana. Su mirada se posó en la ligera palidez de Ayane, en sus ojos enrojecidos que, aunque disimulados, delataban el rastro de lágrimas recientes.

—¿Estás segura? —insistió, acercándose un paso más y bajando la voz—. Puedo pedir que te lleven a casa si necesitas descansar.

Ayane negó rápidamente con la cabeza, más para ella misma que para Hana.

—No, no. Debo quedarme. No quiero causar más rumores ni desviar la atención —dijo, sus palabras empapadas de una resolución que sonaba forzada.

Hana suspiró, sintiendo un malestar que no podía ignorar. Sabía que algo había pasado entre Ayane y Ryoma, y no solo lo que todos habían presenciado en el salón.

— Creo que iré con Sai. Hermana, no te preocupes, disfruta la fiesta, creo que el doctor Takeda espera bailar la siguiente pieza contigo. — sonrió dulcemente la menor de las Tendo. — No lo hagas esperar.—

Hana no estaba cómoda con dejar sola a su pequeña hermana, pero esta le insistió tanto que terminó accediendo.

— Ayane, no te ves bien. ¿Discutiste con lord Saotome por culpa del atrevido de Kuno?— preguntó la castaña una vez que su amiga se acercó. — Es un tonto, ¿cómo se atreve a hacer algo así en la fiesta de compromiso del comandante imperial? La gente no dejó de murmurar.

— No tiene importancia — dijo aunque su voz parecía quebrarse levemente al final. Ayane evitó la mirada inquisitiva de Sai, concentrándose en mantener la compostura que se esperaba de ella.

Sai frunció el ceño, visiblemente preocupada. Conocía a Ayane lo suficiente como para saber que algo más profundo se escondía tras su aparente tranquilidad. Observó cómo sus dedos temblaban levemente al acomodar un mechón de su cabello azul.

—¿No tiene importancia? —repitió Sai con incredulidad, cruzándose de brazos—. Te conozco, Ayane. No me engañas. Dime, ¿qué sucedió realmente? ¿Ryoma te dijo algo? ¿Tiene que ver con el compromiso?

Ayane asintió, quería contarle a Sai todo lo ocurrido, pero también sentía que hablarlo en voz alta solo haría que su confusión creciera. Confiaba en su amiga, pero esto no era algo que debiera saber alguien más.

—Es... complicado —admitió finalmente Ayane, sintiendo un nudo formarse en su garganta de nuevo—. No quiero hablar de ello aquí, con tantas miradas sobre nosotras.

— Ayane debes decírmelo. ¿Es porque su honor se sintió insultado?

Ayane apretó los labios y desvió la mirada, su pecho subía y bajaba con la tensión acumulada. Las palabras de Sai eran como una daga que removía la herida aún abierta de su encuentro con Ryoma.

—No... —dijo al fin, con un susurro tan bajo que Sai apenas lo escuchó—. No se trata del honor de Ryoma ni de lo que Kuno hizo. Es más complejo que eso.

"Aunque realmente… eso fue lo que inició todo. Su estúpido orgullo herido y la arrogancia y osadía del otro." pensó con ira la peliazul.

Sai la observó, tratando de leer en su expresión algo que le diera más claridad. Pero lo que encontró fue una mezcla de dolor, anhelo y una batalla interna que no comprendía del todo.

La castaña suspiró, — De acuerdo, no hablemos más del asunto.— dijo, sin querer presionar más.

Ayane asintió con una pequeña sonrisa en agradecimiento.

La música del salón seguía envolviéndolas, una melodía que ahora le parecía distante y ajena. Mientras las parejas giraban por el salón. Sai se había propuesto distraer a su amiga de lo que le preocupaba, pero de pronto del otro lado de la pista, la castaña pudo percibir que estaban siendo observadas.

Los ojos de Sai se entrecerraron al notar la figura imponente de Ryoma, que permanecía inmóvil, con la mirada clavada en Ayane. Su expresión era indescifrable, pero la tensión que emanaba su cuerpo delataba la tormenta que aún rugía en su interior. Ayane, siguiendo la dirección de la mirada de su amiga, lo vio y sintió que el aire se volvía más pesado a su alrededor. El latido en su pecho se aceleró, como si quisiera salir corriendo de su cuerpo.

—Parece que la conversación no ha terminado —susurró Sai, más para sí misma que para Ayane.

Ayane sintió un escalofrío recorrer su columna. Ryoma la observaba como si cada segundo que pasaba sin acercarse a ella fuera una tortura. Por un momento, sus miradas se encontraron, y el mundo a su alrededor se desvaneció.

Los pasos del Comandante, quien había regresado al salón por otra entrada, se dirigían en dirección de su prometida. Ryoma avanzó con una determinación que no dejaba lugar a dudas. Sin apartar la mirada de Ayane, llegó hasta donde ella estaba de pie, con la respiración contenida y las emociones a flor de piel. Sin esperar una respuesta, extendió una mano hacia ella, haciendo una pequeña inclinación.

—Señorita Ayane —dijo, extendiendo su mano hacia ella—. ¿Me harías el honor de concederme esta pieza? —Su tono era suave pero firme, y aunque podía haberlo formulado como una pregunta, Ayane sabía que no le estaba dando opción alguna.

Por un momento, Ayane dudó. La idea de tomar su mano después de lo ocurrido le resultaba insoportable, pero, consciente de las miradas de todos, asintió con una leve inclinación de cabeza. Colocó su mano temblorosa en la de él, y sintió un escalofrío al contacto de su piel. La llevó con cuidado al centro de la pista, y al rodearla con un brazo, la acercó más de lo que Ayane habría esperado.

—Lo lamento pero, debemos mantener las apariencias —murmuró Ryoma, como si intentara calmar cualquier objeción que ella pudiera tener. La joven de cabellera azul solo pudo asentir en comprensión.

Ayane, aunque reacia, permitió que Ryoma la guiara a través de la pista. Sus pasos eran perfectos, como si sus cuerpos estuvieran sincronizados, pero en su interior la tensión era casi insoportable.

—Ayane, yo… lo lamento—

Las pupilas de la peliazul temblaron al momento de oírlo. ¿Qué lamentaba? ¿La ferocidad de su trato? ¿Las palabras que le había dicho antes? ¿o… aquel acto que le había arrebatado el aliento? Esa última idea la asustó.

"Y si todo aquello lo hizo en un arranque de orgullo masculino… él realmente no…" no quería terminar esa idea en su cabeza.

— No deberíamos hablar de eso ahora.— se apresuró a interrumpirlo ella.

Ryoma tensó la mandíbula, frustrado por la evasiva de Ayane, pero respetó su decisión. Sus pasos continuaron guiándola a través de la pista, y aunque sus cuerpos se movían con gracia, la tormenta que rugía entre ellos era palpable. Ayane mantenía la mirada baja, enfocada en algún punto indefinido de la chaqueta de Ryoma, intentando ignorar el peso de su cercanía.

—Entiendo —dijo finalmente Ryoma, su voz baja pero cargada de emoción contenida—. Pero en algún momento, Ayane, tendremos que enfrentarlo.

Ella no respondió de inmediato. Las palabras de Ryoma se quedaron flotando en el aire, como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Sabía que tenía razón, pero la idea de tener esa conversación la aterrorizaba más que cualquier cosa. No confiaba en su capacidad de controlar sus emociones frente a él, no después de lo que había sucedido.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Ayane de repente, en un susurro casi inaudible. Sus ojos se alzaron apenas, encontrando los de Ryoma por un breve instante antes de volver a desviarse.

Ryoma no respondió de inmediato. Parecía debatirse internamente, su mirada se oscureció mientras la tensión en su mandíbula se acentuaba. Finalmente, inclinó su cabeza hacia ella, lo suficiente como para que solo ella pudiera escuchar.

—Porque no pude evitarlo —confesó, con un tono áspero pero sincero—. Y porque, por un instante, olvidé todo lo que debía ser y me permití sentir lo que realmente quería.

Las palabras de Ryoma resonaron en la mente de Ayane como un eco persistente, desdibujando la música y las risas a su alrededor. Su pecho se tensó, y por un momento, sus pasos vacilaron, pero Ryoma la sostuvo con firmeza, como si anticipara su reacción.

—No deberías decir cosas como esa —respondió Ayane, con un hilo de voz que apenas pudo sostener. Su mirada permanecía fija en la pista, evitando el contacto con los ojos del hombre que ahora la tenía tan cerca.

Ryoma exhaló lentamente, como si tratara de controlar un impulso que lo carcomía. La mano en la cintura de Ayane la apretó levemente, un gesto que podría haber pasado desapercibido para cualquiera, pero que para ella fue como una chispa que encendió aún más el caos en su interior.

—Tal vez no debería, pero es la verdad —contestó él, sin apartar la mirada de su rostro—. Y creo que ambos sabemos que pretender lo contrario no cambiará nada.

Ayane quiso replicar, pero sus palabras se atascaron en su garganta. Él no estaba equivocado, y eso la aterraba más que cualquier cosa. ¿Cuánto tiempo podía seguir ignorando lo evidente?

La música comenzó a desvanecerse mientras el final de la pieza se acercaba. Ayane sintió una mezcla de alivio y vacío ante la inminente separación. Sin embargo, Ryoma no parecía dispuesto a dejar que ese momento terminara sin más. Cuando la última nota resonó, Ryoma la guió hacia un rincón más apartado, lejos de las miradas indiscretas.

—Ryoma… —comenzó Ayane, con una advertencia en su tono, pero él la interrumpió.

—Escúchame, Ayane. Solo un momento, por favor —dijo, su voz ahora cargada de una mezcla de urgencia y vulnerabilidad.

Ella lo miró, finalmente enfrentando su intensidad. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, ahora estaban llenos de algo que la hizo tambalearse. ¿Arrepentimiento? ¿Deseo? ¿Ambos?

—No tenía derecho a hacer lo que hice —continuó él, sus palabras firmes pero quebradas por una honestidad que parecía costarle—. Fue egoísta, impulsivo… pero no voy a mentir y decir que lo lamento. Porque fue real, Ayane. Más real de lo que he sentido en mucho tiempo.

—¿Real? —repitió, su voz temblorosa mientras sus ojos buscaban una salida en el vacío—. Lo que hiciste… no fue más que un acto de arrogancia. De creer que podías tomar lo que quisieras sin consecuencias.

Ryoma no se inmutó. En cambio, dio un paso más cerca, reduciendo aún más la distancia entre ellos. Su presencia parecía envolverla, robándole el aire y cualquier posibilidad de escapar.

—¿De verdad crees eso? —preguntó, su tono suave pero desafiante—. Porque yo no lo creo, y tú tampoco.

—¿Y qué crees, Ryoma? —respondió Ayane, su voz ganando firmeza mientras lo miraba directamente, enfrentando el torbellino en sus ojos—. ¿Que puedes decir estas cosas y esperar que todo cambie? ¿Que no cumplirás tu palabra porque tú decidiste sentir algo por un momento?

El rostro de Ryoma se endureció, pero sus ojos permanecieron fijos en ella, intensos y llenos de algo que Ayane no quería nombrar.

—No espero nada de ti, Ayane —dijo, finalmente—. Lo que siento, lo que hice… no es una excusa. Pero tampoco puedo ignorarlo. He pasado mi vida controlando cada aspecto de quién soy, de lo que debo ser. Y contigo… todo eso desaparece.

Ayane sintió que su corazón daba un vuelco. Sus palabras eran peligrosas, cargadas de promesas y posibilidades que no podía permitirse considerar. Ella negó con la cabeza, dando un paso atrás, pero Ryoma la alcanzó, tomando su mano con cuidado, como si temiera que se rompiera.

—No puedo ser lo que esperas de mí —confesó ella, su voz quebrada por la emoción que había contenido durante tanto tiempo

—¿Por qué?

Ayane se quedó en silencio, incapaz de responder. Su mirada se llenó de lágrimas que se negó a dejar caer. Quería gritar, no sabía qué sentía, pero lo que sea era aquello, la estaba consumiendo.

Finalmente, apartó su mano de la de Ryoma, aunque el frío de esa pérdida la golpeó de inmediato.

—Porque no puedo permitírmelo —susurró, antes de dar un paso atrás y girar, alejándose de él.

Ryoma no la siguió. Permaneció allí, observándola mientras se perdía entre la multitud.

En su habitación, luego de que todo hubo terminado, Ayane seguía pensando en todo lo que había ocurrido esa noche. Las palabras de Ryoma seguían haciendo eco en su cabeza,sus dedos, no dejaban de tocar sus labios, casi podía decir que la calidez del ojiazul seguían impregnados en ellos.

Él dijo que sentía algo... pero ¿qué? Podría ser algo que solo surgió del momento, superficial, o incluso si es algo más profundo podría ser simplemente pasajero.

Ayane cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera disipar las preguntas que la acosaban. Pero las palabras de Ryoma no dejaban de resonar, ni la intensidad de su mirada. Había algo en su voz, en la forma en que había dicho "real", que no podía ignorar. ¿Qué significaba realmente para él? ¿Y por qué había hecho que algo en su interior se tambaleara?

Se levantó de la cama, incapaz de quedarse quieta. Caminó hacia el gran ventanal de su habitación y apartó las cortinas, dejando que la fría luz de la luna iluminara el espacio. Afuera, la noche era tranquila, en marcado contraste con la tormenta que rugía dentro de ella.

"Esto no debería afectarme así", pensó, mordiéndose el labio inferior mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.

—¿Por qué tú? —murmuró al viento, como si esperar una respuesta de la noche pudiera calmarla. Su pecho se apretó con la misma mezcla de emociones que había sentido en la pista de baile: rabia, confusión, y algo más. Algo que no quería nombrar.

Regresó a la cama y se dejó caer sobre el colchón, sus ojos clavados en el techo. Recordó la forma en que la había mirado, como si nada más existiera en el mundo. ¿Era eso lo que llamaba "real"? ¿Era posible que él, el implacable Comandante, alguien que parecía siempre tan calculador, realmente hubiera bajado sus defensas?

Una risa amarga escapó de sus labios.

—No puede ser... Además, él es siempre tan camaleónico con sus gestos, con el carácter que refleja a otros. Podría solo pretenderlo. —dijo en voz baja,—como si al decirlo pudiera convencer a su corazón de que no estaba latiendo más rápido de lo normal.

— Pero sin importar aquello, ¿qué hay de mi? Cuando todas esas chicas lo rodearon… yo… no sé por qué me molestó, y luego su gentileza con Kyo.

Ayane recordaba cómo la molestia la incomodó en aquel momento en el baile. No tenía porqué, él solo es su falso prometido, y sin embargo…

Ayane suspiró y se giró hacia el lado, abrazando su almohada como si eso pudiera contener el caos en su pecho. Decidió que, al menos por esa noche, no iba a buscar respuestas. Pero sabía que no importaba cuánto intentara ignorarlo, aquello volvería a atormentarla al día siguiente… y todos los días después de ese.

A la mañana siguiente, Ayane terminaba de ajustar la cita que sujetaba su cabello cuando el sonido de cascos y ruedas al detenerse frente a la entrada de la residencia llamó su atención. Caminó hacia la ventana de su habitación y, al apartar ligeramente las cortinas, su corazón dio un vuelco al ver a Ryoma descender de un elegante carruaje.

"¿Qué hace aquí?", pensó, su pecho tensándose por el recuerdo de la noche anterior. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para pensar. Apenas unos minutos después, una criada llamó suavemente a la puerta de su habitación para informarle que el Comandante la esperaba en la entrada.

Ayane tomó aire profundamente y salió con paso firme, decidida a mantener la compostura. Al llegar al vestíbulo, lo encontró de pie, esperándola con una serenidad que casi parecía calculada. Llevaba un atuendo formal, aunque sin pretensiones, y sus ojos azules brillaban con la intensidad que ella ya había llegado a asociar con él.

—Señorita Ayane —dijo, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto cortés—. Su padre mencionó que hoy viajaría a su hacienda. Pensé que sería conveniente acompañarla, considerando que el trayecto puede ser algo… tedioso.

Ayane parpadeó, sorprendida por su tono cordial y la falta de cualquier referencia al baile. Había esperado algo diferente, una confrontación tal vez, pero él parecía completamente sereno, como si lo ocurrido no lo afectara.

"Tal como imaginaba, otra máscara" pensó.

—Eso es… muy considerado de su parte, Comandante —respondió finalmente, con un tono neutral mientras bajaba la mirada para ajustar un pliegue inexistente de su vestido—. Aunque no quisiera incomodarlo.

Ryoma sonrió ligeramente, su expresión tan controlada como siempre.

—Es un honor, no una incomodidad —aseguró, extendiendo su brazo para escoltarla hacia el carruaje—. Además, no estaría tranquilo sabiendo que viaja sola.

Ayane aceptó su brazo con una leve inclinación de cabeza, pero mientras lo hacía, no pudo evitar preguntarse qué pretendía. ¿Era simplemente caballerosidad, o estaba evitando intencionalmente el tema del baile? Esa última posibilidad la inquietó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El trayecto comenzó en un silencio casi cómodo. El carruaje avanzaba a un ritmo constante por el camino bordeado de campos verdes y árboles que dejaban pasar rayos de sol entre sus ramas. Ryoma rompió el silencio primero, su tono ligero.

—Siempre he escuchado que la hacienda de su familia es una de las más hermosas de la región. Supongo que han sabido preservarla bien con los años.

Ayane lo miró de reojo, notando cómo sus ojos parecían interesados genuinamente en la conversación trivial.

—Mi padre siempre ha sido muy cuidadoso con los detalles —respondió ella, relajándose apenas—. Dice que la tierra refleja el esfuerzo de quienes la trabajan, y que debemos tratarla como un legado.

Ryoma asintió, su expresión más reflexiva ahora.

—Una filosofía admirable. Aunque debo confesar que mi experiencia con el manejo de tierras es prácticamente nula. Mi vida ha estado más… enfocada en otros aspectos.

—Estrategias militares, supongo —respondió Ayane, no podía ser de otra forma, era extraño pensar en alguien como Ryoma fuera del ámbito de su rol como Comandante.

Él dejó escapar una risa suave, aunque sin dejar de lado su compostura.

De repente unas voces fuera del carrruaje y que el mismo coche se detuviera, hicieron que la pareja interrumpiera su charla, Ryoma se adelantó a bajar para saber qué era lo que estaba pasando.

— ¿Qué ocurre? — preguntó el comandante al cochero.

— Mi lord, sucede que…

— ¡Oh comandante Saotome! Qué alegría que usted esté por aquí. No sabe lo afortunada que soy.

Ryoma levantó la mirada, siguiendo la aguda voz que lo llamaba con tanta familiaridad y se sorprendió al descubrir que se trataba de la señorita Kounji.

— Señorita Kyo, ¿qué le ha ocurrido?— preguntó viéndola apoyada en su dama de compañía.

— Verá usted, he salido con mi dama a dar un paseo en coche, antes de ir a la ciudad, pero parece ser que una de las ruedas se ha dañado. Cuando bajé para saber qué estaba ocurriendo tropecé con el barro y me lastimé el tobillo. No creo que sea algo grave pero sin duda, no es una situación cómoda. Estábamos varados en el camino esperando que alguien pudiese auxiliarnos, pero ha pasado casi una hora y solo se ha presentado usted.

El Comandante dio un paso hacia la joven dama con un leve asentimiento de cabeza, su expresión neutral aunque con un toque de prudencia.

—Lamento el inconveniente, señorita Kyo. Parece que la situación ha sido más desafortunada de lo esperado —comentó, manteniendo la formalidad. Miró hacia el coche averiado y observó que realmente la rueda estaba dañada.

Ayane se extrañó que Ryoma tardara en volver, la curiosidad por lo que podría estar pasando fuera le ganó y pronto salió ella también.

—Señorita Kounji— su tono fue de suma sorpresa al ver a la joven castaña en medio del camino.

—¡Oh, vaya! Señorita Ayane, estaba usted también aquí. — Kyo miró de pies a cabeza a Ayane no pudiendo evitar notar el atuendo poco formal que esta usaba considerando que estaba en un paseo con su prometido. Ella conocía los rumores alrededor de Ayane, pero siempre creyó que eran exagerados.

"Aunque definitivamente hoy no luce como una dama, y menos como la prometida de un comandante"

— Lamento tanto interrumpir su paseo, pero como le comentaba al comandante Saotome, tuve un percance con mi carruaje. Y no sé cómo podría volver a casa.

Ayane observó a Kyo con una mirada medida, sin dejar que la sorpresa se filtrara demasiado en su expresión. Había algo en la actitud de la joven que le resultaba un tanto incómodo, como si estuviera evaluando cada detalle de su presencia, de su atuendo, como si fuera más una inspección que una simple interacción casual.

Ryoma, al parecer ajeno al análisis de Kyo sobre Ayane, mantuvo su compostura y habló de nuevo, cortando la creciente incomodidad.

—No hay problema, señorita Kyo. Lo importante es que ahora está en buena compañía. —dijo con tono calmado, casi distante.

Kyo sonrió ampliamente, agradecida por la atención de Ryoma, pero sus ojos seguían clavados en Ayane, evaluándola con algo que podría ser simplemente curiosidad o quizás un toque de superioridad.

—No quisiera ser atrevida pero, ¿cree usted comandante que podría ayudarme a escoltarme a casa? Reparar la rueda tomará mucho tiempo. Creo que podríamos hacer uso de mis caballos, no soy tan mala jinete. —dijo Kyo.

Ayane, por su parte, sintió un nudo en el estómago. No era celos, pero sí había algo en la forma en que Kyo se comportaba que la hacía sentirse desconcertada. ¿Por qué esa actitud tan efusiva hacia Ryoma? Ayane había estado tan centrada en sus propios pensamientos que no había considerado cuán frecuentemente los demás podían acercarse al Comandante, sin que ella tuviera control sobre esos encuentros.

—No tiene que preocuparse, señorita Kyo —dijo Ayane finalmente, con una sonrisa moderada—. El Comandante es de lo más servicial. Seguro encontrará una solución pronto.

Ryoma miró a Kyo por un momento, su expresión neutral, pero su mente ya había comenzado a evaluar la situación. Ayane, por su parte, se mantenía quieta, observando con una mezcla de sorpresa y curiosidad, sin comprender del todo por qué Kyo parecía tan confiada de que Ryoma accediera a ayudarla. La propuesta de la joven dama no era descabellada; como caballero, Ryoma no podía dejar a alguien en una situación tan incómoda, especialmente si Kyo había sufrido una caída. Pero algo en el tono de Kyo, en su actitud casi calculada, seguía sin convencerla.

Ryoma respiró hondo y, finalmente, respondió:

—Entiendo la situación, señorita Kyo. No es apropiado que alguien se quede varado aquí sin ayuda. —Dijo con voz calmada, aunque su tono no mostraba entusiasmo.

Ayane observó en silencio, sin querer interrumpir, aunque una sensación incómoda comenzaba a asentarse en su pecho. "¿Realmente tiene que hacerlo?" pensó.

Kyo sonrió aliviada, sus ojos brillaron de gratitud, pero Ayane no pudo evitar notar algo sutil en su mirada, algo que no estaba dispuesto a compartir con ella.

—Comandante, no sabe lo mucho que aprecio su ayuda. Estoy segura de que su amabilidad no será olvidada —dijo Kyo con una ligera reverencia, como si tratara de mostrar una gratitud excesiva, casi teatral.

Ayane notó como los ojos de la castaña brillaban en presencia de su prometido. Eso le molestó, y seguramente estaría así todo el camino a su casa.

— Pero señorita Kounji, su residencia aún queda muy lejos. Y el viaje a caballo le resultará incómodo. Nosotros nos dirigíamos a mi hacienda, ya no queda mucho para llegar, tal vez unos veinte minutos. Podríamos ir en nuestro carruaje, le será más cómodo, y será atendida una vez lleguemos allá, y luego podrá usar alguno de los coches para ir a su casa.— sugirió ingeniosamente la peliazul.

Ryoma, que había estado a punto de dar la respuesta, se detuvo al escuchar la sugerencia de Ayane. Miró a la joven castaña con una leve inclinación de cabeza, como si estuviera esperando la reacción de Kyo.

—Eso podría ser conveniente —dijo Kyo con una sonrisa ligera, aunque su tono se sentía más medido ahora—. Agradezco su ofrecimiento, señorita Ayane. Es muy generoso de su parte.

Ayane le devolvió la sonrisa, aunque sus pensamientos no se alineaban con su gesto. Sabía que su propuesta era razonable, y aunque quería evitar una situación poco apropiada, algo en su interior no dejaba de retumbar. No dijo nada, pero algo en la actitud de Kyo seguía incomodándola. "¿Era realmente gratitud lo que veía en esos ojos, o simplemente una jugada calculada?"

—Entonces, si les parece bien, acepto su oferta, señorita Ayane. —Kyo, tras un breve silencio, dio su consentimiento, aunque su tono parecía estar envuelto en una mezcla de cortesía y algo más.

Ayane, al ver que la situación quedaba resuelta, hizo un gesto con la mano, como invitando a Kyo a acercarse al carruaje.

—Bien, entonces, por favor, acompáñenos —dijo Ayane, con una cordialidad que no logró disimular la ligera incomodidad que aún sentía.

Kyo tomando asiento rápidamente, acompañada de su sirvienta y Ryoma y Ayane subiendo después.

El carruaje comenzó a moverse suavemente, y mientras avanzaban por el camino, Kyo aprovechó la ocasión para iniciar una conversación con Ryoma, como si ya fueran viejos conocidos.

—Comandante Saotome, siempre he escuchado historias sobre su valentía y su dedicación a la causa. Debo admitir que la admiración por su figura crece cada vez más. — Su voz, suave y cargada de un toque admirativo, se coló en el espacio entre los tres, mientras sus ojos se posaban en Ryoma, como si lo estuviera estudiando con cuidado.

Ayane, que al principio había observado en silencio, no pudo evitar sentir cómo un hormigueo incómodo recorría su pecho. ¿Por qué Kyo hablaba con tanta familiaridad con él? Sus palabras, llenas de respeto pero también de una especie de fascinación, hicieron que la peliazul se sintiera extraña, como si algo estuviera en juego en esa conversación que no lograba comprender del todo.

—La guerra… —continuó Kyo, casi como si estuviera buscando más detalles en la mirada de Ryoma—... siempre he pensado que una persona como usted tiene mucho por compartir. Me encantaría saber más sobre sus estrategias y cómo logró superar tantas adversidades.

Ayane observó a Ryoma, quien había respondido con una sonrisa algo distante, su tono controlado y profesional.

—La estrategia, señorita Kyo, es solo un aspecto. En la guerra, lo importante no es solo ganar, sino sobrevivir con los menos daños posibles para nuestro pueblo. Mi enfoque siempre ha sido ese.

Kyo asintió, aparentemente complacida con la respuesta, pero Ayane notó que sus ojos seguían brillando con una intensidad que parecía ir más allá de la simple curiosidad.

—Eso es admirable, comandante. —dijo Kyo suavemente, sus palabras cargadas de admiración—. Creo que esas cualidades son las que realmente definen a un líder. Y, si me permite decirlo, su sabiduría en este aspecto es aún más impresionante cuando uno considera todo lo que ha logrado hasta ahora.

Ayane frunció ligeramente el ceño, aunque trató de mantener la calma. La forma en que Kyo hablaba de Ryoma, tan cercana y personal, le resultaba cada vez más incómoda. ¿Por qué lo observaba de esa manera? Pensó Ayane, sus ojos fijos en Kyo sin poder evitar sentirse cada vez más desconectada de la conversación. Algo no encajaba en la forma en que Kyo se dirigía a Ryoma, como si quisiera profundizar en algo más que una simple charla.

Ryoma, al parecer ajeno a las sensaciones de Ayane, asintió con una ligera sonrisa.

—Me honra que lo vea de esa manera, pero realmente todo lo que hago es por el bienestar de aquellos que están bajo mi mando. Mi enfoque es siempre el de proteger a los demás, esa es mi verdadera misión.

Ayane observó cómo Kyo inclinaba la cabeza con una sonrisa, como si realmente estuviera impresionada, y el gesto le pareció más que adecuado, pero a la vez algo calculado. ¿Estaba realmente interesada en conocer la vida de Ryoma o había algo más detrás de sus palabras?

—¡Qué noble! —exclamó Kyo, su tono tan efusivo que sorprendió a Ayane—. De hecho, comandante, le he estado observando desde que lo conocí en aquella cita que organizó la vizcondesa, y realmente, tiene algo en su presencia que inspira respeto. Y no es solo su valentía, sino su integridad, esa fuerza tranquila que parece tener siempre, — luego la joven percatándose de que pareció decir algo fuera de lugar se detuvo— ¡Oh, me disculpo! Señorita Ayane, disculpe mi falta de propiedad al mencionar la cita que la vizcondesa organizó para mi y el comandante, ahora ustedes son prometidos y ese hecho es privado, ajeno al compromiso que mantiene hoy. Le ruego perdone mi desliz.

Ayane sintió como un nudo se formaba en su garganta al escuchar la palabra cita salir de los labios de Kyo. La referencia a ese encuentro, una cita que había sido organizada con tantas expectativas y con una atmósfera que aún resonaba en su mente, la hizo sentir como si el aire en el carruaje se volviera denso y espeso. La risa y las miradas furtivas de Kyo se habían vuelto más pesadas en ese momento, y Ayane no pudo evitar tensarse al escuchar sus disculpas. ¿Por qué mencionaba eso ahora? pensó, casi sin poder articular sus propios pensamientos.

Kyo, notando su error, rápidamente desvió la mirada hacia el paisaje fuera de la ventana, como si intentara deshacer el daño de sus palabras. Su rostro, usualmente confiado, ahora mostraba una ligera preocupación, pero Ayane no podía dejar de sentir que había algo en ese desliz que no era tan accidental. Kyo había hecho esa referencia intencionada, o al menos eso sentía Ayane, como una manera de recalcar el vínculo que existía entre Ryoma y ella antes de que se comprometiera con él.

—No es necesario disculparse, señorita Kyo —dijo Ayane, su voz fría, a pesar de sus esfuerzos por sonar cordial—. Entiendo lo que quiso decir. No es un tema que me incomode en absoluto.

Ayane se forzó a mantener la compostura, sin querer dejar que sus emociones se desbordaran en ese instante. Pero algo dentro de ella no dejaba de molestarla. ¿Por qué Kyo insistía en mencionar ese encuentro? La imagen de ella misma compartiendo un momento cercano con Ryoma, con la misma mirada admirativa que Kyo le dedicaba ahora, la incomodaba profundamente. La idea de que Kyo podría haber compartido algo con él en esa cita que ella aún no entendía bien, la hizo sentirse fuera de lugar, como una intrusa en algo que aún no había terminado de comprender.

Ryoma, aparentemente ajeno a la tensión que se acumulaba en el aire entre las dos mujeres, se aclaró la garganta y, con su tono profesional, continuó la conversación para aliviar la incomodidad que comenzaba a sentirse.

—No hay nada de qué disculparse,señorita Kyo. En su momento, esa reunión fue solo una oportunidad para conocernos, pero las circunstancias han cambiado.

—Gracias, comandante. Me tranquiliza saber que no ha sido inconveniente. A veces las palabras pueden escapar sin quererlo.

Tal como había dicho Ayane, en poco tiempo llegaron a la hacienda de los Tendo. Ryoma ayudó a bajar a Kyo junto a su dama de compañía y la llevaron al interior de la casa administrativa. Ayane los siguió de cerca y ordenó que les trajesen compresas para atenderla.

— Señorita Kounji, no soy tan buena como las maestras en la escuela, pero espero al menos serle de ayuda.

Ayane no estaba ni un poco motivada a cuidar el pie de Kyo, pero no era una persona que pudiera dejar a su suerte a alguien lastimado. Efectivamente no era la mejor de la clase de cuidados de enfermería pero trataría de hacer lo mejor posible, además había una mujer en la hacienda que conocía algo de esto, podría serle de ayuda.

— Oh no, señorita Ayane, ¿cómo podría hacer algo como eso? Déjelo, mi dama lo hará.

— Le he preguntado, pero parece que no tiene mucho conocimiento de esto. No se preocupe, alguien más me ayudará.

Kyo se sintió avergonzada, pero no discutió más y se dejó atender por la peliazul.

— Comandante mientras tanto, podría pedir que cambien los caballos del carruaje, de esa forma cuando termine y la señorita Kyo se sienta dispuesta mi cochero podrá llevarla a su casa.

Los ojos de Kyo se abrieron con asombro, se suponía que Ryoma la acompañaría, pero con todo lo sucedido, en verdad no había excusa para que lo haga. La castaña hubiera querido alegar algo, pero no estaba en posición de hacerlo y tampoco tenía qué argumentar.

Ayane observó cómo Kyo parecía vacilar por un momento, pero la mirada de Ryoma, siempre tan seria, la disuadió de decir algo más. Ayane, por su parte, no podía evitar sentirse satisfecha por la manera en que las cosas estaban tomando forma. Pronto este salió.

—Aquí están las compresas, señorita Kyo. Si me permite, las colocaré en su pie para aliviar el dolor. —dijo Ayane, su tono más frío de lo que le gustaría.

Kyo asintió sin protestar, y Ayane se acercó con cuidado, colocando las compresas sobre el tobillo de la joven. Mientras lo hacía, no pudo evitar notar la tensión en el rostro de Kyo, como si estuviera conteniendo algo más bajo su fachada.

Al terminar, Ayane se retiró un paso atrás, sus ojos se encontraron con los de Kyo, que la observaban con una mezcla de gratitud y algo más, algo que Ayane no logró identificar.

—Gracias, señorita Ayane. —dijo Kyo suavemente—. No esperaba que fuera tan atenta conmigo.

Ayane desvió la mirada, ya no queriendo mantener la conversación por más tiempo. Sabía que no debía seguir pensando en lo que Kyo pudiera estar ocultando.

—Solo estoy cumpliendo con mi deber —respondió, con un tono que buscaba poner fin al tema.

Kyo asintió y, al ver que Ayane comenzaba a moverse hacia la puerta, añadió:

—El Comandante Saotome tiene una gran suerte de tener a alguien tan leal y capaz como usted a su lado, señorita Ayane. Me imagino que su relación debe ser fuerte.

Ayane se detuvo en seco al escuchar esas palabras. ¿Una relación fuerte? Un escalofrío recorrió su espalda al escuchar el comentario, pero mantuvo su postura firme.

—El Comandante Saotome es un hombre digno de respeto —respondió con voz seria, sin permitir que su incomodidad se hiciera evidente—. Pero no tengo intención de hablar sobre nuestras relaciones personales.

Kyo la miró con una sonrisa leve, pero sus ojos brillaban con una intensidad que Ayane no pudo descifrar.

—Lo entiendo perfectamente. No quiero presionar, pero supongo que todos tenemos nuestras propias… maneras de ver las cosas.

A Kyo le pareció que ambos no eran tan cercarnos como todos creyeron en el baile de compromiso. Eso la alegraba de alguna forma.

Ayane, con una ligera sensación de inquietud que crecía en su interior, se giró hacia la puerta.

—Voy a ver que se cambien los caballos, señorita Kyo. Pronto podrá irse a su casa. —dijo, y salió rápidamente de la habitación, buscando escapar de la tensión que comenzaba a ahogarla.

Mientras caminaba por los pasillos de la hacienda, Ayane no podía dejar de preguntarse qué quería realmente Kyo de Ryoma, o incluso de ella. ¿Qué significaba realmente todo esto?

Sin decir una palabra más, Ayane se giró hacia la puerta y salió, cerrándola suavemente tras de sí. Un respiro hondo y profundo fue lo único que pudo hacer para calmarse. Mientras caminaba por los pasillos de la hacienda, no pudo dejar de pensar en la escena que acababa de dejar atrás.

Cuando llegó al patio, donde Ryoma ya se encontraba supervisando el cambio de los caballos, no pudo evitar sentir que la situación entre ellos había cambiado. ¿Realmente Ryoma no veía nada raro en Kyo? Ayane lo observó durante unos segundos, notando cómo él se movía con su habitual seriedad, manejando la situación con calma, como siempre. Pero algo dentro de ella le decía que debía estar más atenta, que la simple cortesía de la situación no era todo lo que se estaba desarrollando bajo la superficie.

Ryoma levantó la vista cuando la vio acercarse.

—¿Te encuentras bien? —preguntó, con un toque de suavidad en su voz que sorprendió a Ayane. Era un contraste con la fría fachada que siempre mantenía.

Ella lo miró fijamente, buscando algo en sus ojos, algo que le diera una pista sobre lo que pensaba de todo esto. ¿Realmente él no veía lo que Kyo estaba haciendo?

— No parece que te agrade la señorita Kounji.— continuo el joven de la trenza.

— Creo que tiene un trato demasiado familiar.

— ¿Y eso te molesta?

— No es que me moleste, exactamente... —comenzó, eludiendo la respuesta directa. Ayane no estaba segura de cómo expresar lo que sentía. — Solo... no me parece apropiado el modo en que se comporta, considerando que ante la sociedad estamos comprometidos. Su actuar puede dar origen a comentarios malintencionados.

Ryoma observó atentamente cada palabra que Ayane decía, como si estuviera analizando cuidadosamente su reacción. Por un momento, su rostro se tornó pensativo.

— Podría decirse lo mismo de Kuno.

— No estamos hablando de eso. Pero si ignoras lo que te digo, es tu problema entonces.— La joven giró la cara con notoria molestia.

— Creo que me estás diciendo algo más. —dijo, con una sonrisa que Ayane no supo cómo interpretar—. ¿Es posible que estés celosa, Ayane?

El comentario lo hizo a propósito, sabiendo que podría ser una provocación, pero sin querer realmente presionar demasiado. La forma en que lo dijo, sin malicia, le hizo pensar que tal vez quería ver cómo reaccionaba.

Ayane levantó la vista rápidamente, sus mejillas ligeramente sonrojadas por la pregunta inesperada. ¿Celosa? No podía ser, ¿verdad? ¿Cómo podía él pensar eso?

— ¡No! —respondió más rápido de lo que pretendía, antes de suavizar su tono—. Solo... solo estoy siendo cautelosa, eso es todo.

Ryoma la observó con atención, un destello de diversión cruzando sus ojos al ver la rapidez con la que había respondido. Era obvio que la pregunta la había desconcertado, pero no dejó de notar cómo su rostro se sonrojaba ligeramente, algo que no pasó desapercibido para él.

— Hmm, ¿cautelosa? —repitió, la palabra flotando entre ambos. Su tono no era burlón, pero sí había una cierta ligereza en su voz que sugería que estaba disfrutando un poco de la situación. Ayane, al darse cuenta de esto, desvió la mirada, incómoda con la dirección que había tomado la conversación.

— No es de tu incumbencia, Ryoma. —dijo, tratando de recuperar su compostura, aunque su voz sonaba un tanto tensa. — Será mejor que vayas a ver a la señorita Kounji, ya podrá irse.

Cuando Ryoma regresó con la joven de su brazo y la dama de compañía al otro lado de la joven, Ayane solo podía desear que Kyo subiera ya al coche. Le pareció tortuoso todo el paso que aún quedaba por verlos.

—Agradezco su hospitalidad señorita Ayane, nunca olvidaré su amabilidad. Mi padre sabrá de su gran gesto.

— Le deseo buen viaje y una pronta mejoría.— respondió sencillamente la peliazul.

— Señorita Kounji, espero que llegue bien, ha sido grato verla aunque lamentablemente fuera en terribles circunstancias.

— Es usted todo un caballero, mi lord, no tengo palabras para agradecerle.

Ryoma, quien estaba frente a Kyo, no estaba prestando realmente atención a la joven delante de él, pues de reojo, trabaja de fijarse en los gestos de su prometida. El sabía que la cercanía de la joven Kounji despertaba sentimientos en ella que le daban esperanza de que no era tan indiferente. Debía comprobarlo una vez más.

— Por favor, hágame saber que llegó bien y que se está recuperando, con algún criado. Buen viaje— dicho esto besó la mano, de la joven antes de cerrar la puerta.

Estaba ansioso por percibir la reacción de su prometida.

Ayane, estaba furiosa luego de lo que presenció.

"¡Besó su mano! ¿Cómo ha podido? ¿No le ha importado lo que le he dicho?" su mente era una furia.

Ayane apretó los puños mientras veía el carruaje alejarse por el camino. Su respiración era pesada, y aunque intentaba mantener la compostura, la ira y la frustración la estaban consumiendo. ¿Cómo podía Ryoma actuar con tanta indiferencia? No solo había ignorado su advertencia, sino que parecía haberla desafiado a propósito.

Giró sobre sus talones, decidida a marcharse antes de que la tensión explotara frente a él. Sin embargo, no llegó muy lejos. La voz tranquila, pero firme de Ryoma la detuvo en seco.

— Espera un momento, Ayane.

Ella se volvió lentamente, intentando no dejar que su molestia fuera evidente, aunque la rigidez de su postura y el brillo en sus ojos la delataban. Ryoma, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y la diversión, la observaba con atención.

— ¿Qué quieres ahora, Ryoma? —preguntó ella, su tono seco y distante.

Él dio un paso hacia ella, sin romper el contacto visual.

— No he podido evitar notar tu reacción. —dijo con una calma calculada—. Parecías... molesta.

Ayane lo fulminó con la mirada, su enojo apenas contenido.

— ¿Molesta? —repitió, con una risa sarcástica—. No tienes idea, Ryoma. Pero claro, ¿por qué debería sorprenderme? Al parecer, no importa lo que diga, siempre harás lo que te plazca.

Ryoma arqueó una ceja, intrigado por su respuesta. No estaba acostumbrado a ver a Ayane tan alterada, y, aunque sabía que estaba jugando con fuego, no podía evitar sentirse complacido al verla mostrar algo más que su habitual control.

— Si esto es sobre lo de Kyo... —comenzó, su tono más ligero de lo necesario, lo que solo sirvió para irritarla más—. Fue solo un gesto de cortesía.

Ayane dio un paso hacia él, sus ojos chispeando de indignación.

— ¡¿Cortesía?! —exclamó, olvidándose por completo de mantener las apariencias—. ¿Crees que besar la mano de una mujer que claramente busca más que cortesía es adecuado, considerando nuestra situación?

Ryoma la miró en silencio, dejando que sus palabras resonaran entre ellos. Cuando finalmente habló, su voz era suave, pero había un matiz de desafío en ella.

— ¿Y por qué te importa tanto, Ayane?

Esa simple pregunta la tomó por sorpresa. Ayane abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras. ¿Por qué le importaba tanto? ¿Era solo por las apariencias, como había dicho antes, o había algo más detrás de su reacción? La duda la invadió, y, al ver la intensidad en los ojos de Ryoma, supo que él estaba esperando algo más que una excusa superficial.

Finalmente, respiró hondo, tratando de calmar el torbellino de emociones dentro de ella.

— Me importa porque nuestra relación, aunque sea falsa, tiene una implicación social. —dijo con firmeza, aunque su voz traicionaba un leve temblor—. No quiero que nadie cuestione nuestra unión... o lo que somos.

Ryoma la miró con una mezcla de ternura y satisfacción. Había algo en su declaración que le daba esperanza, un indicio de que Ayane, aunque no lo admitiera abiertamente, sentía algo más que simple deber hacia él.

— Entendido. —respondió finalmente, su tono más serio—. No volveré a hacer algo que pueda incomodarte, Ayane.

Ella lo miró sorprendida por su respuesta, pero antes de que pudiera decir algo, Ryoma dio un paso hacia ella, inclinándose ligeramente para mirarla directamente a los ojos.

— Pero quiero que recuerdes esto: si alguna vez algo te molesta, prefiero que me lo digas claramente. No quiero interpretaciones o suposiciones. ¿Entendido?

Ayane asintió, aún desconcertada por el cambio en su actitud. Sin embargo, antes de que pudiera responder, él se inclinó ligeramente, lo suficiente para susurrarle al oído.

— Y, Ayane... —murmuró, su voz baja y cargada de intención—. Me agrada saber que no eres tan indiferente como quieres aparentar.

Antes de que ella pudiera reaccionar, Ryoma se apartó con una leve sonrisa y se dirigió hacia los establos, dejándola sola en el patio. Ayane lo observó marcharse, su mente llena de preguntas y su corazón latiendo con fuerza.

"¿Qué acaba de pasar?" pensó, llevándose una mano al pecho, donde el calor de su cercanía aún resonaba.


La tarde era fresca, y el carruaje avanzaba por un camino rodeado de campos y colinas. Ayane miraba por la ventana, observando el paisaje que cambiaba a medida que se acercaban a la guarnición militar de Ryoma.

Ryoma permanecía sentado frente a ella, revisando unos documentos que había traído consigo. De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia Ayane, quien parecía absorta en el paisaje. Había algo en su semblante que lo inquietaba, una mezcla de curiosidad y descontento que no lograba descifrar del todo.

El guerrero había tratado de llevar la fiesta en paz, luego de lo del baile de compromiso, y el encuentro con la señorita Kyo. No deseaba presionar a Ayane, pero al ser oficialmente prometidos se esperaba verlos más seguido públicamente, y en el fondo, también deseaba que el reunirse más amenudo, pudiera ayudarlo a ganar su confianza y que se sintiera cada vez más cómoda a su alrededor. Ryoma era conciente de que aún tenían una charla pendiente, le debía una disculpa como ella se merecía. Pero también sabía que esa conversación los llevaría a hablar de algo que Ayane no quería tocar. Por ahora, esperaría una mejor oportunidad para hacerlo.

—Llegaremos en unos minutos —anunció finalmente, rompiendo el silencio.

Ayane asintió sin apartar la vista de la ventana. No era la primera vez que visitaba una guarnición militar, pero sabía que esta era diferente. Era la comandancia de su prometido, e iría en una visita formal como su prometida. Había oído hablar de su eficiencia, de cómo sus hombres lo respetaban casi hasta la devoción. Ahora tendría la oportunidad de verlo con sus propios ojos.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada principal, un grupo de soldados ya los esperaba, alineados y listos para recibir a su comandante. Ryoma bajó primero, ofreciéndole la mano a Ayane para ayudarla a descender. Ella aceptó el gesto con gracia, pero no pudo evitar notar las miradas que rápidamente se posaron en ella.

Mientras caminaban hacia el interior de la guarnición, los murmullos eran inevitables. Los soldados, aunque disciplinados, no podían disimular su asombro. Los ojos de algunos se iluminaban al ver a Ayane, admirando su porte elegante, su cabello que brillaba bajo el sol y la serenidad que irradiaba a pesar del entorno austero. Era evidente que su presencia era un contraste con la rutina de los hombres.

Ryoma mantenía su postura habitual, caminando junto a ella con la cabeza alta. Sin embargo, Ayane no tardó en notar una leve tensión en sus movimientos, un apretón en la mandíbula que no estaba allí antes.

—Este es el patio principal —dijo, deteniéndose frente a un espacio amplio donde los soldados realizaban entrenamientos. Sus palabras eran formales, pero había una dureza en su tono que no pasaba desapercibida—. Aquí se llevan a cabo las prácticas de combate y las formaciones matutinas.

—Es impresionante —respondió Ayane con sinceridad, recorriendo el lugar con la mirada. Aunque intentaba concentrarse en lo que él decía, podía sentir las miradas sobre ella, lo que la hacía sentir un poco incómoda.

— Es una dama realmente hermosa, ¿no creen? —murmuró uno de los soldados a su compañero.

— Más que hermosa. Elegante. No me extraña que sea la prometida del comandante. Aunque… debe ser difícil concentrarse con alguien como ella cerca.

— ¿Crees que el comandante está acostumbrado a eso? —rió otro, con un tono más atrevido.

— Seguramente no, se supone que rechazó a todas las damas que le presentó la vizcondesa.

—Tal vez no eran tan bellas como la señorita Tendo. El comandante seguramente no pudo resistirse.

Después de un rato, Ryoma se detuvo abruptamente, su expresión severa.

— ¿Tienen algo más importante que hacer que murmurar como viejas en un mercado? —su voz resonó, helada como un filo de acero. Los hombres se enderezaron de inmediato, las risas desapareciendo de sus rostros.

— N-no, mi lord. —respondió uno de ellos rápidamente, bajando la mirada.

— Entonces, sigan adelante en silencio.

Los soldados asintieron apresuradamente y, con murmullos de disculpa, retomaron el paso. Ayane lo observó con atención, notando la tensión en la línea de su mandíbula.

— Eso fue un poco duro, ¿no crees? —dijo finalmente, rompiendo el silencio mientras avanzaban.

Ryoma no la miró de inmediato, pero su respuesta llegó con un toque de irritación.

—Parece que mis hombres no encuentran su disciplina hoy —añadió Ryoma en voz baja, lo suficiente para que Ayane lo escuchara, pero sin mirar directamente a los soldados.

Ayane le dirigió una mirada rápida, notando el leve fruncimiento en su ceño. ¿Estaba molesto? La idea la sorprendió, aunque no del todo. Sabía lo importante que era para Ryoma el respeto y el orden entre sus hombres, pero no esperaba que reaccionara de esa manera ante algo tan trivial.

—No creo que sea para tanto —comentó, intentando suavizar la situación—. Estoy segura de que es solo curiosidad. Es natural, considerando que no están acostumbrados a recibir visitas.

—Puede que tengas razón —concedió, aunque su tono seguía siendo frío—. Pero aún así, espero más de ellos. Este no es un lugar para distracciones.

Ayane sonrió ligeramente, sin poder evitar encontrar algo divertido en su actitud. Era obvio que, aunque intentara ocultarlo, la atención que ella estaba recibiendo lo estaba incomodando más de lo que quería admitir.

—¿Qué estás insinuando, Ryoma? —preguntó con un toque de ironía en su voz, cruzando los brazos—. ¿Que soy una distracción?

Él no respondió de inmediato, pero el leve sonrojo en sus mejillas fue suficiente para que Ayane supiera la respuesta. Con un suspiro, Ryoma se pasó una mano por el cabello, claramente frustrado.

—Solo estoy diciendo que esta guarnición tiene estándares —respondió finalmente, su tono un poco más relajado, aunque todavía serio—. Y espero que mis hombres se adhieran a ellos, sin importar las circunstancias.

—Por supuesto, comandante —respondió Ayane con un tono juguetón, haciendo una ligera reverencia como si estuviera burlándose de su formalidad.

La reacción inesperada hizo que Ryoma la mirara sorprendido, pero la pequeña sonrisa que apareció en sus labios delató que, al menos por un momento, su irritación había disminuido.

— No olvides que aquí eres una invitada, Ayane. —le dijo en un tono bajo, pero firme—. No les hagas pensar que pueden acercarse demasiado.

Ayane alzó una ceja, divertida.

— ¿Eso es una advertencia o una petición?

Ryoma no respondió de inmediato, pero su mirada fue suficiente para dejar claro que no estaba dispuesto a negociar ese punto. Sin embargo, Ayane, lejos de sentirse intimidada, disfrutaba del hecho de que, por primera vez, parecía que ella estaba un paso adelante en este juego.

—Será mejor que continúe mostrando el lugar —dijo, recuperando su compostura—. Espero que encuentres algo más interesante que las miradas indiscretas de mis hombres.

Ayane lo siguió, aún con una sonrisa en el rostro, preguntándose si alguna vez dejaría de encontrar nuevas facetas en el complicado carácter de Ryoma.

—Este es el arsenal principal —dijo Ryoma, abriendo las grandes puertas de madera que llevaban a una sala amplia, llena de estanterías con armas perfectamente organizadas. El lugar olía a metal y madera pulida, y Ayane se detuvo un momento para admirar la precisión con la que todo estaba dispuesto.

—Es impresionante —comentó ella, acercándose a una hilera de espadas decoradas con grabados intrincados—. Cada detalle refleja la dedicación de tus hombres.

—Debería ser así —respondió Ryoma, cruzándose de brazos mientras la observaba inspeccionar el lugar.

Ayane asintió, pero antes de que pudiera responder, un par de soldados que estaban revisando las armas en un rincón cercano dejaron escapar un comentario en voz baja, aunque no lo suficiente como para que Ryoma no lo escuchara.

—Es como si una diosa hubiera descendido a inspeccionarnos. No puedo creer que esté aquí.

El otro soldado rió por lo bajo.

—Diosa o no, no me importaría cambiar de lugar con el comandante. ¿Quién no querría tener una prometida así?

Ryoma giró la cabeza hacia donde provenía el comentario. Ayane notó cómo los hombros de Ryoma se endurecían.

—¿Qué es esa falta de respeto a su comandante y su prometida? — Una voz grave llamó la atención de todos los presentes. Entre las sombras apareció un pelinegro con una mirada fiera.

—¡Capitán Hibiki!— exclamarón al unísono, asustados.

— Si tienen tiempo para murmurar, entonces claramente no están ocupados con lo que se les ha asignado. ¿Debo asumir que han terminado con sus tareas?

—N-no —respondieron inclinando la cabeza.

—Entonces asegúrense de que estén completas antes del próximo reporte. Y háganlo en silencio.

— Lo lamentamos, mi lord, mi lady.— continuaron ahora dirigiéndose a su otro superior. No podrían dejar el lugar hasta que el comandante lo ordenada. Esperaban que fuera indulgente.

Ryoma les ordenó desaparecer, y así lo hicieron.

El joven de los colmillos pronunciados que había intervenido antes se inclinó a modo de disculpa.

— Comandante, es mi culpa el descuido y desorden de los subordinados. Le ofrezco una disculpa.

Ryoma, estaba a punto de decirle a su amigo que olvidara la formalidad pero fue adelantado por su prometida.

— Capitán no debe disculparse por la insensatez de aquellos soldados.— le dijo con una pequeña sonrisa Ayane, — Es más, le agradezco su intervención.

Ayane le dirigió al capitán Hibiki una mirada amable, que contrastaba con el tono firme de sus palabras. El joven pelinegro, que parecía estar acostumbrado a enfrentarse a situaciones tensas, se mostró visiblemente sorprendido por la respuesta de Ayane. Se enderezó lentamente, y aunque intentó mantener su expresión neutral, una ligera sonrisa curvó sus labios.

—Me honra su agradecimiento, mi lady. —Hibiki hizo una ligera reverencia, sus ojos brillando con respeto—. Espero que no permita que las palabras insensatas de algunos empañen la impresión que tenga de esta guarnición.

—En absoluto —respondió Ayane con sinceridad, echando un vistazo a las estanterías llenas de armas—. Si algo, esto refleja lo humanos que son los hombres bajo el mando del comandante. Después de todo, no todos los días se recibe a alguien ajeno al entorno militar.

Hibiki soltó una breve carcajada, una que parecía genuina y contagiosa, pero que se detuvo al instante al sentir la mirada de Ryoma sobre él.

—Hibiki, ¿no tienes asuntos más urgentes que atender? —preguntó Ryoma con un tono seco.

Hibiki arqueó una ceja, claramente reconociendo el subtexto, pero decidió ignorarlo.

—Por supuesto, comandante. Sin embargo, no podía dejar pasar la oportunidad de presentarme formalmente ante su prometida. Soy el capitán Ryu Hibiki, es un placer conocerla, he oído mucho sobre usted, lady Ayane. Debo decir que los rumores sobre su gracia y belleza se quedan cortos en comparación con la realidad.

Ayane no pudo evitar sonrojarse ante el halago, aunque respondió con diplomacia.

—Es usted demasiado amable, capitán Hibiki. Espero que no todos los rumores sean tan exagerados.

—En absoluto, mi lady —respondió él con una sonrisa ladina.

Antes de que Ayane pudiera responder, Ryoma dio un paso adelante, interponiéndose ligeramente entre ambos.

—Capitán, —intervino Ryoma con voz controlada, aunque sus ojos permanecían fijos en Hibiki— Acompáñanos en el recorrido.

El tono no dejaba lugar a discusión. Hibiki asintió, recuperando su compostura.

—Por supuesto, comandante. —Se colocó a un lado, manteniendo la distancia justa.

Mientras seguían recorriendo el arsenal, Ayane no pudo evitar fijarse en la interacción entre los dos hombres. Aunque Hibiki parecía ser alguien cercano a Ryoma, su respeto por la autoridad era evidente. No obstante, también percibió algo más: una camaradería que, aunque sutil, hablaba de una historia compartida.

—¿Lleva mucho tiempo sirviendo bajo el mando de Ryoma? —preguntó con curiosidad genuina.

Hibiki asintió, esbozando una pequeña sonrisa.

—Desde que ambos éramos cadetes, mi lady. El comandante es un líder excepcional, aunque bastante exigente.

Ayane soltó una pequeña risa, lo que hizo que Hibiki relajara aún más su postura.

—Eso no me sorprende en absoluto. Parece que la exigencia es una de sus características principales.

Ryoma, que había estado observando el intercambio con una creciente incomodidad, finalmente decidió intervenir.

—Ayane, hay otras áreas que aún no hemos visitado —dijo, su voz más firme de lo necesario—. El capitán tiene asuntos que atender.

—Por supuesto, comandante. Mi lady, ha sido un honor conocerla. Espero que disfrute de su recorrido por nuestra guarnición.

—Gracias, capitán Hibiki. Fue un placer hablar con usted —respondió Ayane con cortesía.

Mientras Ryoma y Ayane salían del arsenal, el silencio entre ellos se sentía más pesado de lo habitual. Ayane, siempre perceptiva, notó cómo los labios de Ryoma se tensaban ligeramente, y su andar era más rígido.

—Es un hombre interesante, tu capitán —comentó Ayane, rompiendo el silencio con un tono casual—. Parece muy leal a ti.

— Hibiki es un buen capitán, pero tiene un talento especial para entrometerse donde no lo llaman.

Ayane levantó una ceja, divertida por el comentario de Ryoma.

—¿Entrometerse? No lo parece. Diría que solo intentaba ser amable.

—Amable o no, debería recordar su lugar —replicó Ryoma, manteniendo su mirada al frente—. Y medir sus palabras con más cuidado.

—¿Sus palabras o sus halagos? —preguntó Ayane, sin poder resistirse a provocar un poco más. La reacción de Ryoma, aunque sutil, no pasó desapercibida: su mandíbula se tensó aún más, y su mirada se volvió más severa.

—Ambos —respondió él, cortante.

Ayane dejó escapar una risa suave, una que hizo eco en el pasillo que atravesaban. Ryoma detuvo su paso y giró hacia ella, su ceño fruncido.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y frustración.

—Oh, nada —respondió Ayane, agitando una mano como si el asunto no tuviera importancia.

El joven de la trenza giró los ojos y siguió su camino.

El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. Las calles empedradas de la ciudad, todavía animadas por el bullicio del día, parecían más tranquilas bajo la cálida luz del atardecer. Ayane caminaba al lado de Ryoma, su paso tranquilo mientras sus ojos recorrían los detalles de los alrededores. Habían decidido dar un paseo tras la visita a la guarnición, y aunque el ambiente entre ellos era menos tenso que antes, aún quedaban palabras sin decir.

De pronto, Ayane se detuvo frente a un estrecho callejón empedrado. Ryoma, al notar su pausa, giró hacia ella.

—¿Sucede algo? —preguntó.

Ella señaló el callejón con una leve sonrisa melancólica.

—Es aquí. El lugar donde nos conocimos por primera vez.

Ryoma alzó una ceja, sorprendido. El día lluvioso, los charcos que cubrían las calles, y esa figura que había tropezado justo frente a él. La imagen de Ayane, empapada, con una falda que se arrastraba en el barro, apareció clara en su mente.

—Tenías un aspecto lamentable ese día —comentó, cruzándose de brazos, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y nostalgia.

Ayane le lanzó una mirada entre divertida y ofendida.

—¿Lamentable? Eso es algo grosero de decir. Pero es cierto, supongo. Salí de casa hecha un desastre, y terminé aún peor.

—¿Grosero? Creo que olvidas cómo me llamaste y lo que hiciste con el pañuelo que te di. Todo por ser un caballero. —recordó Ryoma, una sonrisa curva en sus labios—. Si no te hubiera atrapado, habrías terminado empapada hasta el cuello.

—Y en lugar de darte las gracias, lo que hice fue reprocharte —continuó Ayane, sus ojos brillando con una mezcla de culpa, sus mejillas se sonrojaron por la verguenza, realmente había reaccioando mal —. Lo siento por eso, por cierto. No sabía quién eras y… bueno, estaba furiosa.

—Lo noté. No fue difícil darse cuenta. —Ryoma la miró de reojo, con una expresión que parecía disfrutar recordarlo—. Aunque, para ser justos, eras bastante insoportable.

Ayane se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.

—¡Qué halago! ¿Siempre eres tan encantador?

—Solo cuando la situación lo amerita —respondió él, encogiéndose de hombros, aunque su tono era lo suficientemente ligero como para que ella supiera que estaba bromeando.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, dejando que los recuerdos llenaran el espacio entre ellos. Ryoma fue el primero en romperlo.

—Es curioso, ¿no? —dijo, su tono más reflexivo ahora—. Ese día fue solo un encuentro fortuito, y aun así, aquí estamos. Es como si el destino hubiera decidido cruzar nuestros caminos, incluso si ninguno de los dos lo quería.

Ayane lo miró de reojo.

—Supongo que el destino tiene un extraño sentido del humor. Después de todo, yo había salido furiosa porque mi padre acababa de decirme que había arreglado mi compromiso… contigo. Aunque claro, en el momento que chocamos, no sabía que tú eras lord Saotome.

Ryoma se quedó en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Finalmente, soltó un leve suspiro.

—¿Así que ese fue el motivo de tu mal humor? Eso explica mucho.

—¿Qué hay de ti? —preguntó Ayane, con genuina curiosidad—. ¿Qué pensaste cuando descubriste que tu prometida era la misma chica que casi termina en un charco?

—La verdad, no sabía si debía reírme o sentirme resignado —admitió Ryoma—. Era evidente que ninguno de los dos estaba contento con la situación. Aunque, debo decir, la coincidencia fue… interesante.

Ayane asintió lentamente, mirando el suelo empedrado.

—Lo fue. Y para ser sincera, creo que fui demasiado dura contigo al principio. Aun cuando no sabíamos quién era el otro, no fui justa.

Ryoma inclinó ligeramente la cabeza, observándola.

—Lo fuiste. Aunque, debo admitir, también lo encontré algo divertido. Irritante, pero divertido.

Ayane dejó escapar una pequeña risa.

— Ese día dejaste olvidado tu paraguas en la calle. Yo aún lo conservo, te lo devolveré cuando llegue a casa.

— Está bien, no hace falta.

De nuevo un silencio los embargó.

— Ayane… sé que hemos evitado hablar de esto, pero lo que pasó la noche del baile… fui un idiota.

La peliazul sintió su piel erizarse a la mención de aquello.

—Estaba realmente furioso por el actuar de Kuno, que me dejé llevar por ello. Reitero lo que te dije esa noche. Me comporté como un bruto, abusé de ti, dejándome llevar por mis emociones. Lamento haberte besado de forma tan brusca y sin tu consentimiento.

Las mejillas de la joven Tendo se tiñeron de rojo al recuerdo de ese acto. Ayane apartó la mirada, su rostro encendido tanto por la vergüenza como por la intensidad del recuerdo. El beso de Ryoma había sido inesperado, un torbellino de emociones que la había dejado atónita aquella noche. Ahora, al escuchar sus disculpas sinceras, sentía una mezcla de alivio y algo que no lograba identificar del todo.

— Entonces, tú realmente no querías…

¿Por qué le dolía pensar que realmente él no tuvo intensión de besarla, sino que lo hizo por el impulso del momento?

— No, lo único por lo que me estoy disculpando es por la ferocidad con la que hice las cosas sin consideración a ti. Pero no seré hipócrita disculpándome por besarte, porque no es algo que lamento.

Ayane alzó la mirada de golpe. Sus ojos se encontraron, y en ese momento, parecía que el mundo se había detenido. La intensidad de sus palabras había borrado cualquier distancia entre ellos, dejando expuestas emociones que ambos habían intentado ocultar.

—¿No lo lamentas? —preguntó, su voz apenas un susurro, aunque cargada de incredulidad.

Ryoma sostuvo su mirada con firmeza, sus facciones serias pero suaves.

—No, no lo lamento. Fue impulsivo, sí, y admito que lo hice por enojo y frustración. Pero también porque... —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Porque quería hacerlo. Porque en ese momento no pude resistirlo más.

—Eso no lo hace correcto —murmuró, su tono más para recordárselo a sí misma que para reprenderlo.

—Lo sé —admitió él, dando un paso más cerca de ella—. Pero tampoco puedo mentir sobre lo que siento. Ayane, sé que este compromiso no es lo que querías, ni lo que yo esperaba. Pero desde el momento en que te conocí, incluso cuando estabas siendo insoportablemente grosera, algo en ti me llamó la atención.

La peliazul lo miró, sus labios entreabiertos, pero sin encontrar palabras. ¿Cómo debía responder a eso?

—¿Por qué me dices esto? —preguntó finalmente, su voz quebrándose apenas.

—Porque quiero que sepas que, aunque cometí un error esa noche, mis sentimientos no lo fueron.

El silencio que siguió fue pesado, lleno de preguntas sin responder y emociones que flotaban en el aire. Ayane sentía que su pecho estaba a punto de estallar.

—No sé qué decir —confesó, su mirada fija en el suelo.

—No tienes que decir nada —respondió él, dando un paso atrás, como si entendiera que había dicho suficiente por ahora—. Solo quería que lo supieras.

— No sé cuál es la naturaleza o la magnitud de estos sentimientos.— En honor a la verdad, Ryoma sabía que lo que sentía por la joven Tendo era algo que no había experimentado antes, y por lo tanto no comprendía del todo lo que era. No podía engañarse a él y mucho menos a ella diciendo algo que desconocía, pero tampoco podía ignorarlo.— Pero sé que no quiero que te alejes de mi, y me hacen considerar, como nunca antes, que mantener este compromiso, de forma real, no es algo tan malo y tal vez podríamos darle una oportunidad.

Las palabras de Ryoma cayeron como un peso sobre Ayane. ¿Una oportunidad? ¿Estaba realmente considerando transformar lo que para ambos había comenzado como una imposición en algo… verdadero? Su corazón latía con fuerza mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar.

—No sé si puedo hacerlo —admitió finalmente, su voz apenas un susurro—. Ryoma, toda mi vida he luchado contra lo que los demás esperaban de mí. Este compromiso fue solo una prueba más de que no tenía control sobre mi propio destino. ¿Y ahora me estás pidiendo que acepte algo que va en contra de todo lo que he querido para mí misma?

Ryoma la escuchó en silencio, dejando que sus palabras llenaran el aire. Cuando finalmente respondió, su voz era calmada, casi gentil.

—No te estoy pidiendo que renuncies a ti misma, Ayane. Tampoco te estoy pidiendo que decidas ahora. Solo quiero que consideres la posibilidad. Si al final decides que esto no es lo que quieres, entonces lo aceptaré.

La charla y sus pasos los habían llevado de vuelta a la residencia Tendo.

— Mi tía tiene en mente empezar a hablar de la fecha de la boda antes de que me vaya a la expedición a Rusia la siguiente semana.

La mención de la expedición revolvió el interior de Ayane, ese era el momento que originalmente habían acordado marcaría el fin de su trato secreto. Y estaban a una semana.

"Pero, ¿cómo? él me ha pedido que piense en no terminar el compromiso, pero solo una semana, yo…"

— No creas que he olvidado nuestro acuerdo. No te pediría que pienses en algo con una fecha límite tan corta. Le diré a mi tía que hablaremos de ello a mi regreso.

— Ryoma, no creo que cambie de opinión.

Ryoma se detuvo al escuchar sus palabras, girándose lentamente para mirarla.

—Lo entiendo —respondió él, su voz suave pero firme

Ayane lo observó en silencio, sintiendo la tensión en su pecho.

— No es solo el compromiso lo que me molesta, Ryoma. Es todo lo que ha implicado. El hecho de que siempre sentí que no tenía una opción, que no podía decidir por mí misma. Y ahora, me pides que... ¿que lo vea como algo que podría tener sentido? —su voz se quebró al final, la frustración y la confusión claramente visibles en sus ojos. — Yo... yo no sé si puedo ver el compromiso como algo positivo. No sé si puedo darle una oportunidad.

Antes de que pudiera decir algo más, Ryoma dio un paso atrás, su expresión mostrando respeto por el espacio que necesitaba.

—Ya veo. Te prometo que no te presionaré más, Ayane.

Ayane levantó la mirada hacia él, viendo la determinación en sus ojos. Algo en su interior se quebró, como si una pequeña rendija se abriera, permitiendo que una fracción de esperanza se filtrara en su corazón. Pero, a la vez, la incertidumbre seguía allí, palpable.

Sin decir más, Ryoma dio un último vistazo a la joven, antes de retirarse.

Ayane se quedó en la puerta por un momento, escuchando sus pasos alejarse, antes de dar un paso atrás y cerrar la puerta suavemente. La quietud que siguió era solo un reflejo de la agitación que aún reinaba en su mente y su corazón.


- ¿Has visto al Comandante? ¡Es aún más guapo de lo que recordaba!- comentó una joven aristócrata, mirando con admiración al militar que estaba conversando con algunos oficiales cercanos.

Ayane apretó las manos sobre su falda, mientras trataba de no mostrar su incomodidad. No podía evitar escuchar cada palabra.

- Es una pena que no se quede mucho tiempo. Lo que hace por el país es admirable. Si yo fuera su prometida, estaría tan orgullosa, pero le pediría que no me dejara- dijo otra joven, tomando un sorbo de su copa. -Es tan valiente. Ojalá tuviera alguien tan comprometido con su deber.-

Ayane intentó mantener su sonrisa en su lugar, pero su mente comenzaba a entrar en un torbellino de pensamientos. ¿Cómo podían hablar de él así, con tanta ligereza? La frustración se apoderaba de ella, cada elogio hacia Ryoma calándola hondo.

-Me pregunto si algún día cambiará de actitud hacia las mujeres, es tan distante a todas- comentó una joven más, con una mirada curiosa. -Aunque, con lo enfocado que está en su trabajo, parece que nunca tendrá tiempo para pensar en otra cosa. Bueno, a pesar de que ya tiene una prometida-

La mención de las mujeres la hizo sentirse aún más atrapada. ¿Cómo iba a competir con esas miradas y palabras admirativas? ¿Era tan fácil para ellas? Ayane apenas pudo evitar que su ira estallara.

Sin embargo, no era el momento para confrontaciones. Trató de calmarse mientras las conversaciones a su alrededor continuaban. El tiempo pasaba rápidamente, y de alguna forma, la idea de que Ryoma partiera al día siguiente comenzaba a consumirla. No solo por su misión, sino también por la forma en que él parecía alejarse de ella desde la última vez que hablaron.

No lo había visto desde hacía dos días, cuando fue a saludar a su familia antes de concentrarse en su preparación para la misión. Aunque habían intercambiado algunas palabras, la distancia entre ellos se había vuelto más palpable. Ayane comprendió, con algo de angustia, lo mucho que había comenzado a extrañarlo. Las charlas, aunque breves, se habían convertido en algo que le faltaba. El espacio entre ellos se estaba alargando más de lo que había esperado.

Esa noche, mientras observaba a las otras señoritas, un pensamiento que no había dejado de rondar su mente comenzaba a cobrar más fuerza. La propuesta de Ryoma, de darle una oportunidad al compromiso, a lo que podría ser algo real, ya no le parecía tan lejana. Pero al mismo tiempo, el temor y la incertidumbre le nublaban el juicio, y la presión de su propio corazón era más difícil de soportar que nunca.

De repente, un sirviente se acercó a ella, ofreciendo una copa de vino. "Señorita, ¿le gustaría un poco de vino?"

Sin pensarlo demasiado, aceptó, necesitaba relajarse. La copa de cristal se veía brillante en la luz cálida de la habitación, y, sin más, Ayane la levantó y bebió un sorbo. El vino resbaló suavemente por su garganta, pero en seguida sintió un mareo ligero que rápidamente se convirtió en algo más. A medida que las risas y las voces se mezclaban, el sonido se desdibujaba y el mundo parecía girar. Antes de darse cuenta, todo se volvió borroso, y la oscuridad la envolvió.

Cuando Ayane despertó, la confusión la embargó. Se encontraba en una habitación diferente, no en el salón donde el banquete se celebraba. El mareo persistía, pero la visión que se le presentó la paralizó. A su lado, recostado en la cama, estaba Kenshi Kuno. ¿Qué está pasando? Pensó. El horror se instaló en su pecho.

Trató de incorporarse, pero el cansancio y el mareo la hicieron caer de nuevo sobre la almohada. En ese instante, la puerta se abrió con brusquedad. La figura de Hana apareció en el umbral, su rostro reflejando horror al ver la escena.

—¡Ayane!— exclamó, mirando a su hermana y luego a Kenshi, como si la situación la dejara sin palabras.

Pero no solo Hana estaba allí. Misaki Kuno entró con paso lento, observando la escena con una sonrisa apenas contenida.

— Oh, parece que alguien ha tenido una noche interesante,—dijo en tono suave, pero con una clara intención de intriga.

Ayane intentó encontrar palabras, pero la ansiedad la ahogaba.

— Esto… no es lo que parece,— murmuró, su voz quebrada por el miedo y la confusión.

Hana, furiosa, se acercó rápidamente, su mirada fija en Kenshi.

—¿Qué ha hecho, joven Kenshi?— preguntó con voz temblorosa, su tono denotando la furia contenida.

Kenshi se levantó con lentitud, sus ojos evitaban los de Ayane. — Nada que no haya sido evidente—, respondió con calma, pero sin lograr ocultar el malestar en su rostro.

Misaki observaba, su expresión como una máscara, casi divertida. — Señorita Ayane, siempre tan… impredecible. ¿Pero cómo pudiste hacerle esto al comandante?—

Ayane levantó la mirada, confundida, incapaz de comprender las implicaciones de lo que Misaki estaba sugiriendo.

Misaki continuó, disfrutando del sufrimiento de Ayane. — Has arruinado su honor y su imagen, ¿Cómo crees que reaccionará lord Ryoma cuando lo sepa? —Preguntó con un rostro falsamente compungido. — ¿Lo imaginas? Su prometida, en una situación como esta.

La presión era insoportable. Ayane cerró los ojos, tratando de encontrar algo de claridad en medio de la tormenta que se había desatado. Pero cuando los abrió de nuevo, vio a su hermana, y la decepción en su rostro la hirió más que cualquier palabra.

— Ayane, esto no puede ser verdad, ¿cierto? —Hana susurró, con una mezcla de ira y tristeza en su voz. — Hermana, debes explicarme. Tú no le harías esto a Ryoma A ti misma... a toda la familia.

Ayane sintió el peso de la mirada de su hermana, y la vergüenza la envolvió por completo. La sensación de fracaso, de haber defraudado a todos, la asfixiaba.

— Hermana, te juro que jamás…

— Pero señorita Tendo, no puede tratar de defender lo indefendible.— la interrumpió Misaki.

Ayane sintió un nudo formarse en su garganta mientras Misaki hablaba con ese tono dulce en apariencia, pero lleno de veneno. Intentó levantarse de nuevo, aferrándose al borde de la cama para sostenerse, pero sus piernas no respondían. Cada palabra que salía de los labios de Misaki era como un golpe directo a su ya tambaleante cordura.

— Señorita Ayane, ¿qué cree que pensará lord Ryoma cuando escuche lo sucedido? —continuó Misaki, inclinándose ligeramente hacia ella, como una serpiente que susurra al oído de su presa. — Un hombre tan noble, tan dedicado al honor y al deber… ¿Cómo podrá mirarlo a los ojos después de esto? ¿Cómo podrá enfrentar su decepción?

— ¡Basta, señorita Misaki! —exclamó Hana, aunque su voz tembló con una mezcla de enojo y desconcierto. — Esto… tiene que tener una explicación. Ayane no haría algo así. ¿Verdad, Ayane?

Los ojos de Hana, llenos de dolor y desesperación, buscaron a los de su hermana, pero Ayane no pudo sostenerle la mirada. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, nublándole la visión. Se sentía atrapada, devastada. Todo su mundo se desmoronaba frente a ella, y lo peor de todo era imaginar la reacción de Ryoma.

Ryoma… El simple pensamiento de su nombre le partió el alma. ¿Qué pensaría al enterarse de esto? La imagen de su rostro serio, endurecido por la desconfianza, apareció en su mente. No soportaría que la odiara. No podría vivir sabiendo que pensaba lo peor de ella.

— Ryoma… —su voz apenas fue un susurro, pero Hana lo escuchó.

— Ayane, por favor, habla. Dime que esto es un malentendido. —Hana se arrodilló junto a la cama, sus manos temblorosas tomando las de Ayane. — Debes explicarte, o esto… esto destruirá todo.

— Oh, querida señorita Hana, ¿realmente cree que algo de lo que diga Ayane cambiará lo que está frente a nuestros ojos? —se giró hacia Kenshi, quien había permanecido callado pero con una expresión de incomodidad evidente. — Mi hermano solo quiso consolar a una joven que parecía necesitar compañía. ¿O me equivoco, Kenshi?

— Yo… —Kenshi empezó a hablar, pero el peso de la situación parecía aplastarlo también. No dijo más, y Misaki retomó su discurso.

— La verdad es que no importa lo que diga ahora. Lo que importa es lo que se verá y se escuchará. Y cuando el comandante se entere… —La sonrisa de Misaki se ensanchó, aunque la ocultó rapidamente y volvió a fruncir su ceño con una falsa preocupación — Mucho me temo que no podrá proteger su honor. Lo más propable es que la repudie, no puede dejar que manche el nombre de su familia.

Las palabras golpearon como un mazo, y Ayane sintió cómo la fuerza la abandonaba. Se llevó las manos al rostro, cubriéndolo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. La imagen de Ryoma, mirándola con frialdad, con desprecio, la desgarraba por dentro. No quería que él pensara que era capaz de traicionarlo. No quería perder la poca conexión que había comenzado a construir con él.

— Yo… yo no sé qué pasó… —logró balbucear entre sollozos. — ¡No quiero que Ryoma piense que…! No quiero que me odie…

— Oh, querida, ya no es cuestión de lo que tú quieras —dijo Misaki con una dulzura falsa que hacía que sus palabras dolieran aún más. — Es cuestión de lo que el comandante hará. Y, sinceramente, no lo culparía si rompiera el compromiso de inmediato. Después de todo, es una mancha a su reputación lo que ha pasado hoy, y un hombre de su calibre merece algo mejor, ¿no crees?

El aire parecía volverse más pesado con cada palabra de Misaki. Ayane no podía responder. No podía pensar. Todo lo que sentía era un dolor profundo, un vacío que parecía consumirla desde dentro. La decepción de Hana, la crueldad de Misaki y la presencia de Kenshi como testigo silencioso de su desgracia la hundían aún más en la desesperación.

No podía soportar la idea de enfrentar a Ryoma. No podía soportar la idea de que él pensara lo peor de ella, de que la despreciara, de que la olvidara. Y, en ese momento, mientras el peso de la humillación la aplastaba, Ayane supo que su mundo jamás volvería a ser el mismo.

Fuera de la ventana, la figura de dos furiosos espíritus golpeaban el vidrio como si estos pudieran romperlos.

- ¡Mi señora, esa mujer es una víbora! ¡Está loca! ¿Cómo ha podido ser tan malvada?

- La señorita Ayane no merece esto.

Reclamaron dos kamaitachis enardecidos.

- Esto podría arruinar el destino de esos dos, y entonces la promesa...

- Shimo, sabes bien que no debemos intervenir. Los obstáculos son parte del destino.

La diosa de cabellera nívea se volteó mirando hacia la habitación central donde el orgulloso comandante seguía ajeno a todo lo que estaba a punto de avecinársele.

- ¿Qué harás Ryoma Saotome?


y bien ¿Qué les ha parecido?

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