Lo que queda de mí
Capítulo 11
Por Lu de Andrew
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—¡Ya basta Karen! Estoy cansado de ti, y de tu actitud caprichosa que has estado mostrada todo este tiempo. ¿Cómo se te ocurre que puedes correr a uno de mis empleados?
—No sé de qué actitud estás hablando. Y perdóname, pero, hasta donde tengo entendido, esta también es mi propiedad y puedo hacer…
—Sí, también es tu propiedad, pero no sabes nada del manejo del rancho y no puedes tomar decisiones sobre mis empleados. Y especialmente cuando ese empleado lo único que hizo fue decirte que tuvieras cuidado al internarte en el bosque con este clima y en tu estado. No puedes correr a Tom para tratar de ayudarte.
—¡O porque mejor no admite que no se le puede despedir porque es tu protegido!
Tom se quedó helado al escuchar lo que la esposa de Albert pensaba de él. Estaba en la cocina, escuchando abiertamente detrás de la puerta. Ahí le dijo Albert que lo esperara, cuando su esposa armó un gran lío solo por decirle que tuviera cuidado si pensaba ir sola a lo profundo del bosque. Cuando terminó de decirle esas palabras, supo que había cometido un error. Karen lo miró como si hubiera cometido un asesinato y regresó a su casa enfurecida. Le dijo que la siguiera y se quedó en la cocina recriminándole, hasta que finalmente lo despidió. Fue ahí donde los encontraron Albert, tomó a su esposa del brazo y salió hacia el comedor, no sin antes decirle a Tom que se quedara ahí y lo esperara. Volteó a ver a su compañera de crimen que también estaba escuchando la pelea. Era la esposa de Neal, una joven morena y bonita, la mujer que prefirió quedarse como ayudante en la cocina del rancho, que seguir al perdedor de su marido.
—Crees que sea necesario que me quede aquí? — susurró hacia ella.
—Yo pienso que, si él señor viene y no te encuentra aquí, así como está de humor, ahora sí te despedirá — contestó ella de la misma forma.
—Es que me siento mal que están peleando por mi culpa.
—Tom, somos honestos. Sabe bien que desde que ellos regresaron de su viaje, la señora se comporta cada vez más insoportable. La verdad es que de no ser porque yo le estoy muy agradecida a ambos por haberme permitido quedarme y darme trabajo, yo misma le hubiera dicho que ya te dejara en paz. No estuvo bien la manera en que te habló, y mucho menos cómo te trató. No conozco a tu mamá, pero no creo que se encuentre muy contenta por lo que sucedió hace un momento.
—Pues no se va a enterar, porque no le pienso decir.
—¿Pero no crees que…?
—…Es que desde que regresamos de visitar a tus padres, no he tenido un minuto de descanso — la voz alta de Albert, hizo que prestaran atención otra vez a lo que decían en la otra habitación.
—¡Pues sabes muy bien que mi mamá desea estar conmigo en los últimos días de mi embarazo! Y quiere conocer a su nieto recién nacido.
—Y lo puedo hacer. Solo dile que venga a quedarse aquí con nosotros, no tengo problema en que venga y se queda hasta medio año si así quiere.
—¡No, Alberto! ¿Es que no entiendes? ¿Crees que va a querer venir, así como están las cosas? Las lluvias están provocando inundaciones y siguen los problemas con los indios. Por eso es mejor que seamos nosotros los que viajemos para allá.
—Es imposible para mí salir del rancho en estos momentos. Bien acabas de decir lo de las lluvias, necesito estar aquí para supervisar el lugar. Lo de los indios es un problema que solo tú ves, eso no llegará hasta aquí, ya te lo dije — La verdad era que, desde hace mucho tiempo atrás, los habitantes del pueblo a cambio de que los dejaran en paz las tribus de la zona, les proporcionaban alimento y medicamentos, entre otras cosas. Lo hacían a escondidas del gobierno, quien solo provocaba más problemas, y preferían hacerlo para poder vivir con tranquilidad. Pero eso no se lo pensaba decir a su esposa nunca, y menos por la forma en que estaban las cosas entre ellos últimamente.
—Entonces me iré yo.
-No. Quiero estar presente cuando mi hijo o hija nazca, y eso no lo lograré si están en otra ciudad. Además, tu embarazo ya está muy avanzado, no es algo seguro un viaje en tu estado, mucho menos si vas sola.
—Pues entonces ven con nosotros.
—No lo haré, Karen. ¿Crees que no me di cuenta de tus intenciones con este viaje de cinco meses que hicimos? Deseabas convencerme de quedarme a vivir en alguna ciudad de las que visitamos, o con tus padres. Pero desde una vez te digo que eso nunca sucederá, y menos vivir en la misma ciudad que tus padres, mucho menos en la misma casa. ¡Ah! Y te aclaro que mi problema no es con tu papá.
—Ya sé que no soportas a mi mamá, aunque no entiendo por qué.
—Como si no fuera evidente que desde que ella empezó a medir ideas en la cabeza, comenzamos a tener problemas. No hace falta ser adivino para darme cuenta que lo único que desea es tenerte con ella, y tu solo vive para tratar de hacer lo que ella quiere. Pero se topó con pared. No irás a ningún lado mientras no haya nacido el bebé, si después deseas irte, no tendrás ningún problema, pero sin mi hijo.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir lo que entendiste, y ya no pienso seguir con esta discusión, cuando llegue el momento hablaremos largo y tendido. Pero ahora quiero que me digas a dónde vas cuando te adentrarás en el bosque. No es la primera vez que lo haces, y desde ya te digo que no permitiré que te expongas de esa forma. De ahora en adelante siempre tendrás a alguien que te acompañe a donde quiera que quieras ir.
—¡Esto es indignante! ¡No soy tu prisionera!
—Pues ahora ya tendrás qué agregar a tu larga lista de quejas que tienes de mí y del lugar donde vivo y amo. Solo que ahora sí serán verídicas.
—¡¿El lugar que amas, oa quien en verdad amas?!
—Vete a descansar, Karen, esta discusión se está haciendo vieja. Y una última cosa. Con mis empleados no te metas.
Se escuchóon pasos, y Tom saltó asustado. Él y su compañera, corrieron hasta el lugar más alejado para disimular que no habían oído nada. Hicieron como si todo el tiempo hubieran estado pelando papas.
-Tomás. Acompáñame — le dijo Albert al entrar a la cocina. No prestó atención a su alrededor, solo se dirigió a la puerta trasera, esperando que el chico lo siguiera. Y así lo hizo.
Lo siguió hasta los establos y pidió que ensillaran sus caballos. No había dicho ni una sola palabra, pero sus movimientos rígidos y la tensión en todo su cuerpo demostraban que estaba tratando de controlar su enojo.
—Vamos al pueblo — por fin le dijo montando su caballo. Tom así lo hizo y salieron sin prisa, algo que sorprendió al chico, viendo su temperamento, pensó que saldría corriendo como loco. Pero se limitó a cabalgar, casi con lentitud.
—¿Qué pasó exactamente con mi esposa, Tom? —le preguntó Albert después de unos minutos.
—Bueno, yo estaba arreglando la cerca de los pastos al norte, y de pronto vi que tu esposa caminaba hasta adentrarse al bosque. La verdad no quise seguirla, otras veces ya la habíamos visto algunos hombres y yo y no habíamos hecho nada, pero con el clima tan inestable como ha estado, me dio temor que algo le sucediera. En esa parte en específico, ha habido algunos desgajamientos de tierra, así que solo le hablé para decirle que si deseaba yo la acompañaría y le ayudaría a llegar a donde se dirigió por un camino más seguro. Fue ahí cuando se puso... bueno, se puso mal y comenzó a regresar a toda prisa a la casa.
—Y ahí fue cuando te gritó y despidió.
-Si.
—Te dijo adónde se dirigía?
—No, solo dijo que iba a dar un paseo. Cuando me ofrecí a acompañarla, fue cuando se puso fúrica — el chico se debatió entre hablarle de la visita de Karen a Candy. Finalmente, después de unos minutos, se decidió hacerlo así —. Hace unos meses fue a hablar con mamá.
—¿Qué? ¿Para qué fue a verla?
Tom le contó todo lo que sabía, incluyendo lo que Karen había dicho de Elisa, cosa que desagradó más a Albert. El chico se preguntaba qué estaba pasando por la mente de la esposa del hombre al que había llegado a considerar un amigo y ejemplo a seguir, le daba todo lo que quería, la había llevado de ciudad en ciudad para comprar todo lo necesario para su embarazo, fueron a visitar a los padres de ella, la cuidaba con todo lo que estaba a su alcance, y hasta se veía que la quería.
Cuando terminaron, partieron para el pueblo. Albert decidió hablar con Candy de lo que le había dicho Karen, y muy dentro de él, también ansiaba verla para que le trasmitiera esa tranquilidad a su corazón que solo sentía en su presencia.
Una vez que llegaron, Tom los dejó a solas para que platicaran con tranquilidad, y él fue a visitar a un amigo que trabajaba en la estación de trenes. Cuando llegó al lugar, no pudo localizarlo, pero como si lo hubiera invocado con la plástica sobre Elisa y su hermano, pudo reconocer a un hombre que se alejaba de la parte más alejada de la estación. Era un hombre que cojeaba de manera muy particular, y aunque iba cubierto de pies a cabeza, reconoció el bastón que utilizaba Neal Leagan.
Lo siguió en silencio viendo a lo lejos como el viejo, a pesar de su torpeza al caminar, se agazapaba e iba escondiéndose en las partes traseras de los negocios y casas, tratando de pasar inadvertido. Y al parecer así lo hacía, pues nadie lo veía, y los que le echaban un ojo, no daban mucho por él. En ese momento comprendió por qué todos aseguraban no haberlo visto. Nadie le prestaba atención.
Y así siguió hasta la profundidad del bosque. El tipo era descuidado, ni estaba al pendiente de sus alrededores, llegó hasta una vieja cabaña de la que estaba seguro que si soplaba un fuerte viento la tiraría. No sabía cómo se mantenía en pie con las fuertes lluvias que habían azotado el pueblo. El tipo entró a la cabaña y Tom aprovechó para acercarse a lo que se le podía llamar "ventana". Afortunadamente, se podía escuchar todo lo que estaba hablando con quien supuso era su hermana.
—Nadie te reconoció? —preguntó Elisa.
—No, todos son una bola de pueblerinos que no distinguen nada más allá de sus vacas y su nariz. ¿Ya vino la mujer de Albert a traernos de comer?
-No. Supongo que con lo enorme que está, ya ni siquiera puede moverse. La muy idiota me dijo que vería la manera de hacernos llegar las cosas, pero supongo que ni para eso tiene inteligencia. Si Albert supiera que está viviendo con una traidora y su peor enemiga, seguramente se infartaría, no sabes cómo quisiera ver su cara cuando se entere.
—No seas tonta, Elisa, si se llega a enterar que es ella la que nos está ayudando, cortará los suministros y lo peor es que no sé qué hará con nosotros. No sé por qué nos está buscando con tanto ahínco, ¿hasta para dar recompensa por algún informe? Es increíble, ¿no crees?
—Lo pensó. Lo cierto es que me estoy volviendo paranoico, Neal. Deberíamos empezar a ver cómo salir de este mugrero, tal vez podamos sacar algo de dinero a la ilusa esa y largarnos. Albert está muy insistente en encontrar nuestro desfile, ¿y si ya se enteró de lo que pasó con Candice hace años?
—¡Ja! ¿Y quién iba a decirle? ¿Ella? ¿Le va a decir que la noche antes de casarse perdió su virtud conmigo? ¡Ya quisiera verlo!
—¡Por supuesto que no, estúpido! ¡No solo le dirá que "perdió su virtud", sino la manera en que lo hizo! ¿Ya no recuerdas la forma en que la dejaste? Pensé que había muerto.
¡¿Qué?! Se preguntó Tom horrorizado de escuchar a ese par de sabandijas, ¿de qué estaban hablando? ¡Ese inmundo animal había abusado de su mamá! ¡Y lo platicaban como si estuvieran hablando del clima!
No podía ni respirar, sentía que algo le oprimía el pecho solo de pensar en ello, su mente corría a mil por hora, imaginándose la manera en que había abusado de ella, como para pensar que había muerto. Pero cuando recuperó un poco el control de sus pensamientos, puso los hechos en orden. Su madre le dijo que antes de casarse había sucedido algo que la hizo irse del pueblo y dejar a Albert, conoció a su padre y quedó embarazada. Hace dieciséis años. Por otro lado, Albert al principio la odiaba, ¡hasta lo despidió! Y, al parecer, después de hablar con ella, no solo cambió su actitud para con ella, sino que también empezó a buscar hasta con desespero a ese par de ratas. Tal vez Elisa no estaba tan perdida.
Las lágrimas corrieron por su rostro al comprender el horror por el que había pasado su madre. Se sentó sobre sus pies, tratando de asimilar lo que pasaba por su cabeza. Pero de pronto, todo raciocinio se esfumó de él y se puso de pie con violencia.
El par que se encontraba dentro de la cabaña se puso alerta al escuchar mucho ruido afuera, y se quedaron estáticos cuando la puerta se abrió de golpe, estrellándose contra los troncos viejos del lugar.
Tom secó las lágrimas de los ojos y fue directamente contra el hombre detestable que estaba frente a él. Lo derribó de un fuerte golpe en la mandíbula dejándole inconsciente inmediatamente, dejando a Tom, un tanto frustrado al ver que el deseo de hombre que estaba tirado en el suelo, era solo un guiñapo estropeado, débil e inmundo.
—¡¿Qué le has hecho?! ¡Eres un bruto! —gritó Elisa corriendo junto a su hermano, tratando de reanimarlo. Pero se encogió de miedo al ver los ojos del chico, solo había odio en ellos. Dio un grito ahogado al pensar que él le golpearía —. ¡No te atrevas a acercarte más o…o…
—¿O qué? ¿Llamarás al alguacil? ¿O esperarás a que ese infeliz debilucho se despierte para defenderte? Son un par de sabandijas y piltrafas humanas. Y agradece la buena educación que me dio mi madre, ya que eres mujer, de que no te doy tu merecido por haber participado en lo que esa... "cosa" que llamas hermano, le hizo a ella hace tantos años — ella quiso desaparecer ante sus duras palabras.
—¡Nosotros no le hicimos nada a tu madre! Si ella te dijo algo parecido, fueron mentiras.
—¡¿Eres estúpida?! ¡Los acabo de escuchar alardeando de ello! Pero diez por seguro de que, de una forma u otra, pagarán lo que le hicieron.
Y aguantando las ganas que tenía de seguir golpeando al hombre en el suelo, solo le dio una patada y decidió salir de aquel cuchitril. Si no lo hacía, iba a olvidarse de todo y podría desquitarse con Elisa. Y él nunca golpearía a una mujer, aunque esta se lo mereciera.
Echó a correr con mil pensamientos en mente. No tenían ni pies ni cabeza, le daba vueltas a lo mismo y llegaba a la misma conclusión, pero hubo una cosa que hizo que se le revolviera el estómago… el hecho de que Candy nunca había hablado con detalle de su padre. Solo le daba información básica, a tal punto que en algún momento pensó que Albert era su padre, y ahora… Neal Leagan no podría serlo, ¿o sí?
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Mientras tanto en la cabaña, Elisa reconoce con desesperación sus pertenencias. Estaba seguro que en cuanto llegara al pueblo, el estúpido hijo de Candy iría con el chisme y diría en dónde se encontraban. Y si Albert se enteraba de su desfile no quería ni imaginarse lo que haría con ellos.
Escuchó a su hermano despertarse desde el rincón donde lo dejó inconsciente el chico.
—Deja de quejarte, Neal — le dijo cuando él comenzó a quejarse —. Ponte de pie y ayúdame a recoger todo para irnos, este lugar ya no es seguro para nosotros.
—Yo no me voy a ningún lado — contestó el otro, sentándose en la silla y tocándose el lugar donde recibió el golpe —. Ese niño estúpido me las va a pagar, no voy a dejar pasar esto.
—¿Ah no? ¿Y qué harás? ¿Ir a buscarlo para que te vuelva a noquear con un simple golpe? ¿O esperarás a que llegue con Albert, con quien seguramente ya está diciéndole nuestro desfile en estos momentos? Y ellos ya saben lo que pasó con Candy esa noche.
—¿Ya lo sabes?
—¿Por qué crees que él llegó a golpearte? Nos escuchó hablando, y si no hubieras sido tan enclenque que te dejó inconsciente con el primer golpe, te hubiera dejado irreconocible —pero su hermano solo la observó sin intención de nada —. ¡Que agarres tus cosas ahora! ¡Albert nos está buscando, y yo no estoy aquí para verlo! Yo me iré, contigo o sin ti…
—Chicos? —una voz conocida interrumpió el discurso de Elisa—. Siento llegar tarde, pero uno de los empleados de Albert me vio y… ¿qué hacen? ¿Se furgoneta?
—Sí Karen, es necesario. Albert ya no tarda en descubrir nuestro paradero y saldremos del estado. Tal vez volvamos a San Francisco — contestó Neal poniéndose de pie por fin.
—¿A San Francisco? ¿Están seguros?
—Sí — dijo Elisa sin dejar de moverse por el lugar. Se preguntaba cómo se habían aferrado a seguir en ese lugar, escondiéndose y viviendo como forajidos. Al principio se divirtieron con la idea de jugar con la esposa de Albert, pero ya no tenía que soportarla.
—¡Llévenme con ustedes! Albert no me deja regresar con mis padres y no podré hacerlo si dejo que mi embarazo, el clima y los problemas con los indios avanzan más — se apresuró a explicar ante la mirada atónita de los hermanos.
— ¿Estás consciente de que no podremos viajar con comodidad? Tendremos que viajar por los caminos secundarios, ¿segura que aguantarás?
—Soy muy fuerte. Y estoy seguro de que puedo darles el dinero suficiente para que consigan lo necesario para preparar el viaje. Y aparte, cuando lleguemos con mis padres, les aseguro que les darán una recompensa para que puedan comenzar una buena vida.
—¿Tanto odias a Albert? —le preguntó Neal con una sonrisa maliciosa.
—No es odio, es solo que últimamente no llegamos a ningún acuerdo.
—En otras palabras, no te cumple tus caprichos de niña rica, ¿no es así? — le dijo Elisa que ya estaba cansada de escuchar sus absurdas quejas.
—¡Elisa! - le dijo Neal. Ante la mirada atónita de Karen.
—¿Qué? Es la verdad. Y si decide viajar con nosotros, de una vez te advierto que no voy a soportar quejas de tu parte. Porque tienes que comprender que somos nosotros los que estaremos haciendo un favor al cargar contigo, si Albert se llega a enterar que has huido con Neal y conmigo nos despelleja.
Neal y Karen la vieron como si le hubiera crecido otra cabeza. Se suponía que tenía que fingir ser amiga de la esposa de Albert, y Karen pensaba que era su gran amiga.
—No me vean así. En esta vida uno no se puede andar con medias tintas, y tiempos desesperados, requieren medidas desesperadas, y ya me cansé de aguantar tus continuas quejas de niña rica, ¿me oyes? Y ahora será mejor que te vayas, Albert seguramente ya sabe nuestro paradero y no tardará en venir a buscarnos, y si te descubre aquí te mantendrá vigilada y no podrás irte. Nosotros nos comunicaremos contigo para que nos des dinero y preparar todo.
Sin decir más, salieron del lugar, dejando a una muy confundida Karen. Hasta donde ella sabía, Elisa era su amiga, ¿qué hizo para que cambiara de opinión? Confundida y un poco triste, regresó a su casa, dudando seriamente si estaba haciendo lo correcto. Y más en esos momentos que se había dado cuenta que tal vez Elisa no había sido tan sincera con ella como siempre lo había creído.
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Tom no supo cómo regresó a su casa. Su cabeza daba vueltas. Sus pensamientos eran tan caóticos, ¿qué hacía la esposa de Albert con ese par? Todo ese tiempo habían andado en el pueblo, bajo sus narices y, ¿no se dieron cuenta de nada? Y lo peor de todo, y lo que le oprimía el corazón hasta llegar a las lágrimas, ¿en realidad ese maldito había abusado de su mamá?
Había entrado al pueblo corriendo, los vecinos lo saludaban, pero el apenas y los tomaba en cuenta. Entró a toda prisa a su casa, pero un pensamiento intrusivo le hizo detener sus pasos y tambalearse un poco.
¿Quién era su padre? Nunca pude comprender la historia que contaba su mamá respecto al hombre que le diera la vida, todo era muy confuso y complicado. Y ahora entendía un poco mejor el orden de los acontecimientos y no pudo evitar atar cabos…
Neal dijo que la noche antes de la boda entre Albert y Candy, había…abusado de ella.
Fue justo la noche antes en que su vida había dado un giro de 180 pues incluso tuvo que abandonar el pueblo…no se necesita ser muy inteligente que si se suman dos más dos…
Pero de pronto la bilis subió hasta su boca, causándole arcadas al darse cuenta de que él podría ser hijo de ese despojo de hombre… ¿qué haría si esa realidad fuera posible?
-¿Tomás? Hijo, ¿te sientes mal, quieres que mande llamar al doctor Martín? — los pensamientos caóticos abandonan a Tom un instante al ver a su madre frente a él. Lo observaba con preocupación, y no era para menos, el pobre estaba pálido y Candy había sido testigo de las náuseas que habían invadido a su hijo. Ella lo abrazó y él por un momento olvidó todas sus preocupaciones.
—Estoy bien —dijo entre dientes.
—No lo estás, voy por el doctor Martín. Albert, ¿me puedes esperar un momento?
Cuando Tom reaccionó completamente vio que Albert seguía en su casa, al parecer estaban muy animados platicando, pues estaba todo servido para tomar el té. Solo que él no dio tiempo a que Albert contestara oa que su mamá hiciera lo que había dicho.
—¿Quién es mi padre? —preguntó de pronto con lágrimas en los ojos.
—¿Qué? ¿Qué clase de pregunta es esa? —replicó Candy con nerviosismo—. Ya sabes quién es tu padre, no veo la razón por la que…
—Escuche a los hermanos Leagan hablar sobre lo que sucedió la noche antes de su boda — interrumpió a su madre señalando a ambos. Comenzó a hablar con tanta calma que Candy sintió que cada palabra llegaba a ella como si fueran dagas. Sobre todo, por la forma en que la miraba, vulnerabilidad, tristeza y enojo, lágrimas acumuladas que no quería derramar —. Y dijeron algo acerca de que…prácticamente…ellos dijeron que…
—Tom, no puedes creer nada de lo que ellos dicen. Son mentirosos y manipuladores por naturaleza, seguramente sabían que diciéndote todo eso… — intervino Albert muy preocupado. Candy se había sentado y estaba tan pálida que le daba miedo que se desmayara. Ni siquiera le importó saber que los Leagan por fin habían aparecido.
—El punto es, Albert, que ellos no me lo dijeron a mí. Yo vi al bueno para nada ese, agazapándose entre los callejones del pueblo y lo seguí hasta la cabaña abandonada que hay en el bosque. Cuando llegué, ellos estaban hablando del por qué con tanto ahínco los estabas buscando, entonces Elisa dijo que tal vez ya te habías enterado lo que sucedió la noche antes de su boda. Al parecer, Neal Leagan, él, él… ¿abusó de ti? — señalo a su mamá —. Ella habló de que por la forma en que te dejó ese bruto pensó que habías…mu-muerto. Entonces, mamá, siempre que me hablas de mi supuesto padre, es algo superficial, según tu te desenamoraste de Albert, te enamoraste nuevamente, te casaste, te embarazaste y mi "padre" murió antes de que yo naciera y eso es todo. Así que diez centavos, por favor, ¿cuál exactamente es la verdad?
El pobre chico ya estaba temblando y derramando lágrimas silenciosas. Candy estaba más pálida y unas terribles náuseas se habían hecho presentes, al recordar todo lo que le había sucedido, pero más porque su hijo estaba sospechando de su nacimiento, y Albert simplemente se había quedado sin palabras. Es que simplemente, ¿qué decías ante los hechos por demás evidentes?
—Albert, ¿nos puedes dejar un momento a solas por favor? — pidió Candy después de varios minutos, ya no veía el caso tratar de esconder lo obvio.
—Estaré afuera — le dijo acercándose a ella, la miró a los ojos —. No me iré hasta saber que ambos están bien.
—Gracias — hizo una mueca que deseó pareciera una sonrisa, para tranquilizarlo.
Albert salió, no sin antes mirar al joven que ahora sí parecía un chiquillo de su edad. Quiso abrazarlo y consolarlo, pues en el poco tiempo que había convivido con él le había tomado cariño, y al verlo tan lastimado, deseó que fuera su hijo y que ahora lo que tuvieran que confesarle fuera esa verdad.
—Te voy a decir todo, pero por favor no me odies — por fin habló Candy, cuando Albert salió. Tenía ganas de llorar incontrolablemente y hacerse bolita en su cama, o despertarse de este mal sueño. Sabía y era consciente que debía decirle la verdad a su hijo, pero deseaba que fuera cuando madurara más o… en realidad no decirle nunca.
—Quiero saber la verdad, pero no quiero saber que lo que escuché es esa verdad. Eso sería…sórdido, lamentable. ¿Diste a luz al hijo de tu agresor y te quedaste con él? ¿Eso me convierte en el hijo de un violador?
—¡Basta! ¡Eso te convierte en mi hijo, no en el de ese monstruo! —gritó Candy finalmente, saliendo de su estupor —. ¡Tú eres mío, no de él, ni de nadie más! ¿Quieres saber la verdad? Te diré la verdad— dijo ella más calmada, no supo de dónde provenía la tranquilidad que la invadió en ese preciso momento, pero no iba a permitir que su hijo pensara eso de sí mismo —. Él me dejó todo, esa horrible noche, ¿lo oyes? ¡Mi virginidad, mi dignidad, al amor de mi vida, el futuro feliz y prometedor que tenía por delante! Casi me quitó la vida, y gracias a la familia de Annie pude ser atendida por el doctor Martin y salir del pueblo sin que nadie se enterara de lo que me había sucedido, me arruinó por completa la vida. En algún momento pensé en que no valía la pena seguir con vida —confesó abiertamente por primera vez—, pero irónicamente, en ese momento fue justo cuando me enteré de que estaba embarazada. Y aunque al principio me costó trabajo similar la noticia, me acostumbré tan rápido a la idea de que sería madre de una criatura inocente, que te convertiste en mi motivo de vivir. Comencé a amarte tanto, que fuiste lo primordial para mí, todo lo que había sucedido era nada, en comparación con la idea de que llegaría el momento de que te tendría entre mis brazos. Yo luché por ti desde el día que me enteré de tu existencia, cuando naciste y creciste y venías a mí con lágrimas en los ojos porque te habías caído y te habías lastimado. Cuando enfermabas y te cuidaba toda la noche, cuando… cuando…— no soportó más y comenzó a llorar sonoramente, cubriendo su rostro intentando calmarse —. ¡Eres mi hijo!
Tom corrió hacia su madre y la abrazó con fuerzas. Se daba cuenta que se había comportado de manera egoísta, solo pensando en él, y en su dolor por ser hijo de quien era. Y se dio cuenta que el horror que sufrió su mamá era mil veces peor que cualquier otra cosa. ¿Estuvo a punto de morir a manos de ese degenerado?
—Perdóname, mami — ambos ahora lloraban, y el jovencito que al principio sintió coraje por saber su origen, ahora estaba dolido por el dolor por el había pasado su mamá, además de los recuerdos que seguramente estaban presentes en su mente. ¿Cuánto le había costado recuperarse, si es que lo había hecho? Seguramente le costó mucho, tal vez tuvo pesadillas. ¿Aún las tenía?
—No hay nada que perdonar mi amor, perdóname tu, por no decirte ante, pero no sabía cómo hacerlo. Aunque en realidad hubiera preferido no decírtelo nunca.
—Es que sufriste mucho. ¿Por qué lo hizo mamá, por qué abusó de esa manera de ti?
Finalmente, ambos estaban más calmados y Candy comenzó a contarle todo a su hijo. Cómo conoció a Albert, sus planos, la forma de ser de sus padres, que trabajaban para los Leagan y que siempre envidiaron lo que Albert y ella tenían. Cómo Elisa la había engañado esa noche y todo lo que sucedió después, sin darle muchos detalles. Le habló del buen doctor que le otorgó su apellido, pues evidentemente nunca estuvo casada, y de todo lo demás. Incluso le dijo que Albert ya estaba al tanto de todo y que por eso podía más ahínco por encontrarlos. Hablaron de muchas más cosas, cosas de las que ahora podían hablar abiertamente.
—Y quiero que entiendas una cosa — le dijo ella finalmente a su hijo tomándolo del rostro con ambas manos —, esa persona solo ayudó en tu procreación. Eres Thomas Stevens White, hijo de Candice Stevens. Mi hijo, y de nadie más.
—Lo sé, pero no puedo olvidar todo el sufrimiento que pasaste.
—Estoy consciente de ello, pero tampoco olvides que, a pesar de todo, si hubiera sido por…eso, no te tendría aquí conmigo.
—Mamá, no digas eso.
—Es la verdad, y yo soy la mamá, así que yo soy la que sé lo que está diciendo.
—Pero…
—Tom, sé que es difícil, hijo, pero quiero que trates de hacer de cuenta que no sabes quién es tu padre. A la vista de todos eres hijo del doctor Stevens, y así seguirá siendo. Para ellos, para mi y para ti — Tom la miraba dudoso, no sabía exactamente qué pensar o qué decir, ya no sentía tanta impotencia, pero aún estaba en shock —. Escúchame Thomas, sé que tienes que asimilar todo lo que acabas de escuchar, y que es muy pronto para que lo dejes ir, para que lo dejes de pensar, pero te suplico que no lo sobre pienses, no carcomas tu mente, porque no vale la pena.
—Está bien, pero lo trataré.
—Ahora, creo que debemos dejar que Albert entre, bueno, si es que no se ha marchado.
—¿Bromeas? Estoy seguro que se quedaría ahí toda la noche si no lo llamas antes.
—¿Por qué dices eso? Albert tiene mejores cosas qué hacer que esperar que yo lo llame.
—¿Estás segura?
Y con esa pregunta salió presuroso. La verdad era que quería escapar de la presencia de su madre, le dolía demasiado pensar en todo lo que había detrás de su nacimiento. Suspiré cansado cuando vio a lo lejos a Albert, se acercó a él y sonriendo de lado.
—Todo bien? — preguntó Albert al ver tan decaído al chico.
-Si. No. tal vez con el tiempo.
—¿Peleaste con tu mamá?
—No, ella me explicó todo lo que pasó hace años y la verdad acerca de mi papá. Me dijo que no importa cómo quedó embarazada, pero, ¿cómo puedo olvidarlo, Albert?
—No creo que tu madre quiera que olvides el hecho de saber quién es tu padre, Tom —pudo ver que Candy salía a buscar a su hijo, pero le hizo una seña para que les permitiera seguir conversando—. Creo que eso sería algo impensable pedirte algo así. Más bien creo que lo te pide es que no permitas que eso guía tu vida de ahora en adelante, que te convertirás en un ser amargado y resentido por el hecho de saber la verdad. Tu madre no lo hizo y no lo hará.
—Eso lo sé, pero, ¿cómo puedo olvidar lo que le sucedió a ella y así salió embarazada? Abusó de ella, casi la mata, y… no creo poder olvidarlo. Me siento culpable.
—Es difícil olvidarlo, créeme. En realidad, el único culpable fui yo. Debí hacer algo para adelantar la boda y así quitarle la posibilidad a Neal de hacer lo que hizo. Fui un estúpido al pensar que se quedaría tranquilo sin hacer nada, cuando ella rechazó sus insinuaciones. Nos hubiéramos ido del pueblo y nada hubiera pasado.
—Mi mamá dice que "el hubiera" no existe. No fue tu culpa lo que pasó, tu mismo lo dijiste, pensaste que no iba a pasar nada, no podías ver el futuro, Albert.
—Entonces, si yo no tuve la culpa, ¿por qué la tendrías tú? — le preguntó Albert agradeciendo que el chico hubiera comprendido su punto. Aunque en realidad, sí se sentía culpable de todo el sufrimiento por el que había pasado Candy.
—Pues, supongo que soy culpable de nada, ¿no es así? — reconoció Tom. Se quedaron un momento ahí, de pie recargados en la cerca que dividía la propiedad, mirando a la nada sumidos en sus pensamientos. El chico seguía sintiendo esa impotencia al no poder hacer nada, amaba a su madre más que a cualquier cosa y sentía que de alguna manera tenía que remunerarle todo lo que había hecho por él, y al mismo tiempo sentía deseos de encontrar a esa excusa de ser humano de Neal Leagan y molestarlo a golpes, olvidando que era su progenitor.
—No te dejes llevar por el coraje — le advirtió Albert al ver su expresión molesta y sus manos apretadas en puños, no era difícil saber en qué estaba pensando —. Intenta llevar tu vida con normalidad, a mi déjame a esos dos.
—Y ¿por qué yo no puedo…?
—¿Le quieres causar un dolor innecesario a tu madre? Porque te aseguro que, si intentas de alguna manera vengarte de él, eso es lo que pasará.
—Y vivo mi vida como si nada?
—Y ¿qué estarías haciendo si no te hubieras enterado?
—Pero me enteré.
—Y eso ¿en qué cambia tu vida? ¿Tu mamá te despreció? ¿Te corrieron de tu trabajo? ¿Alguien se ha enterado? Más importante aún, ¿Neal y Elisa sospecharon de tu parentesco con ellos?
-No.
—¿Entonces?
— ¿De verdad puedo seguir adelante?
—Puedes y lo harás, aunque no te digo que sea fácil, pues ya sabes quién es tu padre, y lo recordarás, pero él ya no les hará daño, Tom, de eso me encargo yo.
En ese momento el chico que hasta el momento evitaba su mirada, lo miró con sus ojos llenos de lágrimas, sin pensarlo demasiado se refugio en los brazos del hombre frente a él como si se tratara de su padre. Albert lo recibió con los brazos abiertos y sintió el dolor del niño que tenía en sus brazos, deseó que pudiera ser su hijo y así ahorrarle ese sufrimiento por el que estaba pasando.
—Será mejor que regrese a casa o mamá se preocupará — dijo ya más repuesto limpiando las lágrimas y separándose de Albert apenado por su repentino desliz. El rubio irritante.
—Por supuesto. Ve a tranquilizarla. Y trata de ser feliz, Tom.
—Gracias por todo, Albert — comenzó a caminar y se detuvo al recordar algo muy importante —. Por cierto, cuando seguí a Leagan hasta esa choza, escuché que tu esposa es la que los ha estado ayudando todo este tiempo.
Albert hizo una mueca, no sabía por qué no le extrañaba esa noticia. Tenía un tumulto de problemas qué resolver en su casa, pero no se iría hasta saber que Candy se encontraba con bien y más tranquila.
—Gracias por decírmelo, Tom. Supongo que ya sabemos la razón de sus extrañas escapadas al bosque, ¿eh?
—Lo siento, Albert.
—No lo sientas, al contrario, tenía que saberlo. Ahora vamos a ver a tu madre, tengo que despedirme de ella.
Se despidió de Candy deseando no hacerlo, pero sabiendo que no podía quedarse más tiempo en su casa. Quiso prometerle que regresaría pronto a ver cómo estaban ella y su hijo, pero sabía que no podía hacerlo, ya no. Ya había tomado una decisión respecto a su matrimonio y lamentablemente eso incluía irse del pueblo para siempre.
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CONTINUARÁ...
Uy! Por fin volví...
Espero les guste.
Hasta la próxima...
