N/A: Antes que nada, hago la advertencia, este no es un romance de oficina ordinario. En esta dimensión son todos mitad humano mitad bestia, entiéndase a que tienen cuerpo humano pero guardan características de su antepasado salvaje. Segundo, los personajes no me pertenecen, solo la autoría del contenido. Es una historia corta de tres capítulos, por San Valentín. Y como soy anormal está aquí en forma de zoológico y categoría M. Mi inocencia ya está muy pérdida, no consigo escribir un K. Solo a manera de comentario Estro/celo.
Horas extras
I
SAKURA.
Mientras el resto de personas de mi edad estaban preparándose para iniciar las clases en la universidad, yo decidí dedicarme a encontrar un trabajo. Todos los días revisaba las aplicaciones de empleo y enviaba mis datos sin discriminar el cargo.
Tampoco es que tuviese muchas opciones, ya que solo tenía diecinueve años y mis estudios de secundaria recién acabados. Durante la escuela trabajé como cajera y mesera de forma aleatoria en los turnos nocturnos. A consecuencia de ello me quedaba dormida en clases y nunca destaqué demasiado con mis calificaciones.
De todos modos, tomé conciencia de mi nada brillante destino a una edad temprana, cuando en el jardín de infantes se burlaron de mí por ser una descendiente conejo.
La casta Lepórida, que incluía a las liebres y a los conejos, éramos algo así como la escoria de la sociedad. Nos encasillaron como criaturas flojas y libertinas porque nuestro período de celo no se detenía una vez que comenzaba.
Y era la misma razón por la que buscaba trabajo tan desesperadamente. Yo era la hermana mayor de mi madriguera, fruto del primer celo de mamá, mis hermanos y hermanas nacieron débiles y fui la única sobreviviente.
Cuando cumplí diez años ella volvió a casarse con Fujitaka Kinomoto, el amable hombre que me adoptó como su hija legal, éramos una familia con varias limitaciones pero felices al fin y al cabo.
O lo fuimos por un buen tiempo.
Mi padre murió de forma súbita el año pasado, dejando atrás a mis ocho hermanitos y a una esposa muy deprimida.
El embarazo de una mujer conejo se caracteriza por ser corto, es por eso que las crías muchas veces no llegan a formarse bien, podemos tener de cuatro a cinco hijos por parto y somos capaces de dar a luz al menos cuatro veces al año.
Ese era el principal obstáculo de una mujer conejo a la hora de encontrar trabajo, nadie quería emplearnos formalmente por las continúas licencias que implicaba la maternidad y dado que era prohibido el uso de reguladores de la natalidad como política empresarial, los dueños de negocios decidieron no aceptar en sus filas a mujeres de la casta Lepórida.
Y así fuimos abandonados en el último lugar del estrato social. Justo cuando el dinero nos escaseaba —porque la pensión de papá era críticamente menor a su salario mensual en vida—, llegó a mi correo la oportunidad que se convertiría en mi salvación.
De: Eventos Dinámicos.
Para: Kinomoto Sakura.
Saludos cordiales,
Hemos evaluado su hoja de vida y creemos que hay un lugar para usted en nuestro equipo, la ronda de entrevistas se celebrará el día xx a partir de las 9:00 horas, favor presentarse a las instalaciones 30 minutos antes para asignarle su número de participante. Además, como norma de seguridad, se solicita aplicar una loción bloqueadora de feromonas antes acceder al edificio.
—Plaza fija sujeta a prestaciones, salario a convenir, modalidad mensual.
De antemano, agradecemos su asistencia.
Traté de localizar la plaza a la que había aplicado en esa empresa, sin embargo el anuncio había sido dado de baja. No me importaba. Aceptaría cualquier cosa. Eventos Dinámicos según la información de redes sociales, se dedicaba a la organización de eventos, por tanto supuse que era una convocatoria para edecanes o animadores.
La loción bloqueadora de feromonas funcionaba como el desodorante para los extintos seres humanos, minimizaba la expresión de sustancias químicas sexuales, ya que era difícil determinar el momento exacto de la aparición del celo.
En condiciones normales, la mayoría aprendíamos a dominar la expresión de feromonas, pero en situaciones de estrés o nerviosismo se nos escapaba de las manos. No importaba si todos en la sala éramos de castas diferentes, mis feromonas eran capaces de afectar a un lobo o a un rinoceronte por igual.
En el ambiente laboral o educativo, interferían con la concentración de los demás o bien podían desencadenar el celo de otros y convertir la situación en una verdadera catástrofe.
Las habitaciones de aislamiento en caso de emergencia, eran tan necesarias como los baños públicos, si el estro te tomaba desprevenido y te encontrabas en una situación de peligro siendo perseguido por una hembra o macho indeseable, en ese sitio encontrabas repelentes, bloqueadores y un botón de pánico en caso que se necesitase ayuda de las autoridades.
Eran las consecuencias de nuestro genoma de bestias, aumentaba las perversidades de ciertas criaturas.
—Buenos días, tengo una cita para la entrevista —me presenté en la recepción sintiendo que el rostro se me calentaba.
Una mujer de casta Cánida me escrutó de abajo hacia arriba, por el color cobrizo de su cabello y la cola gruesa que sobresalía de su espalda, deduje que era una zorra —no en el mal sentido, literalmente, era una mujer zorro—, su especie era una de las principales depredadores de los conejos, eso me hizo poner nerviosa.
Mis orejas pasaron de estar erguidas a caerse de golpe y la chica dejó escapar una risita burlona.
—¿Nombre? —preguntó, desviando su mirada a la pantalla del monitor.
—Kinomoto Sakura —intenté no tartamudear.
—Estás en la lista, el departamento de recursos humanos está en el doceavo piso, el elevador está al fondo del pasillo a tu izquierda —me indicó, extendiéndome un gafete de visitante.
No sé por qué, pero desde que lo colgué en mi pecho, comencé a sentirme importante. Me fui brincando a los elevadores abriendo la boca por la amplitud del edificio, era tan elegante como los hoteles de las películas, el piso pulido me devolvía mi reflejo, era impresionante.
Una manada de gente me empujó a un lado al abrirse las puertas del primer ascensor, impidiéndome abordarlo. Me pasó lo mismo con el siguiente y otra vez y otra vez. Me cansé de ser arrollada por las múltiples estampidas, quedándome aislada en la esquina del pasillo, supuse que era la hora de entrada establecida para los empleados fijos.
Entonces me percaté que a mi lado se encontraba otro elevador de puertas doradas, me pregunté si estaba fuera de servicio y por ello nadie se atrevía a usarlo, pulsé el botón aplacando mi curiosidad, el medidor indicó que estaba ascendiendo desde el sótano 3.
Salté adentro cuando las hojas se separaron, una música suave amenizaba el interior. Para mi sorpresa, solo una persona viajaba ahí, era un hombre alto exageradamente cubierto, un gorro con orejeras, una gruesa bufanda y guantes complementaban su atuendo de invierno.
Su nariz iba cubierta por la tela y sus ojos por unas gafas oscuras, carraspeó un poco, incómodo por mi presencia. Quizás yo estaba estudiándolo sin ninguna reserva, con tanta ropa no lograba determinar de qué casta provenía.
—La semana pasada, tuve un resfriado terrible —comenté, hurgando en mi mochila hasta encontrar unos caramelos mentolados y unas bolsitas de té medicinal—. Tómelos después de cada comida, verá que el día de mañana se sentirá como un hombre nuevo.
Tal vez exageré un poco con mi propuesta, él observó un largo momento los artículos que estaba entregándole antes de sostenerlos.
—¿Eres una vendedora o algo así? —espetó, el frío de sus guantes me erizó la piel. No se escuchaba resfriado.
—N-no, estoy aquí por una entrevista.
—Ah, eso lo explica. Gracias por tu amabilidad, señorita —me soltó la mano, conservando el pequeño botiquín, luchando por disimular su amplia sonrisa. Sus dientes eran por completo normales, y me tranquilizó el hecho de no encontrarme encerrada con un carnívoro.
—Uh, no es nada —di un paso a la derecha, alejándome de él. ¿Por qué el tiempo ahí adentro parecía eterno?
—¿A qué plaza aplicaste? Te ves bastante joven.
Me llamó la atención que lo mencionara, a juzgar por la textura de su piel visible y su voz varonil, parecía alguien a mediados de sus veinte.
¡Ni yo misma lo sabía! ¿Auxiliar de limpieza? ¿Edecán? ¿Cocinera? Balbuceé redundando en el asunto, afortunadamente, las puertas se abrieron. No dudé en bajar.
—Espero que tu salud mejore —me despedí del hombre misterioso con una discreta reverencia.
Él volvió a sonreír, dejando en claro lo atractivo que era. En un ágil movimiento pulsó el botón para que la compuerta se mantuviese abierta.
—Suerte en tu entrevista, señorita. Estoy seguro de que clasificarás y por eso, te daré un consejo para el futuro —su tono se redujo, provocando que me inclinara hacia adelante para prestarle atención a su secreto—. No vuelvas a usar este ascensor, está reservado para los ejecutivos.
—¿Q-Qué…?
No pude disculparme, él me dejó atrás solo con un recuerdo de su expresión malvada.
Por todos los cielos. ¡Estúpida, Sakura!
¡Fracasé en la entrevista antes de tiempo!
Me llevé las manos a la cabeza, tirándome las orejas, autocastigándome por la imprudencia que acababa de cometer. Si él era un ejecutivo importante, solo tenía que levantar el teléfono y dar mi descripción para que me echaran a patadas por faltarle al respeto.
Corrí al sitio asignado con la esperanza de que hubiesen otras mujeres conejo de ojos verdes y cabello castaño.
¡Fallé!
Era la única de casta Lepórida.
Los labios se me resecaron y las puntas de los dedos se me congelaron, mamá se decepcionaría de mí. Acababa de arruinar mi única oportunidad de ser una empleada a tiempo completo en una empresa formal. Cuando estaba a punto de desmayarme, una mujer gato se me acercó, su cola delgada y larga se meneaba de un lado a otro.
—¿Nombre?
—Kinomoto Sakura —susurré, notando por primera vez la interminable fila de aspirantes.
—Oh, vienes por la plaza de auxiliar de piso —reveló. Le besé los pies en mi mente por sacarme de la duda. Me entregó una tela con ganchos en la que estaba marcado el número cuarenta y cinco—. Eres la última aspirante, tu entrevista será en el salón seis, irán pasando de uno en uno en orden ascendente, no habrá segundas oportunidades si pierdes tu turno por distraerte en el baño o en la cafetería. Te aconsejo que no te muevas de tu lugar, no importa lo que te digan las demás chicas.
Bueno, esto me dejaba en desventaja. Era la última de cuarenta y cinco aspirantes. Mi avance en el pasillo fue como asistir a un desfile de castas, supuse que nadie de los presentes tenía los estudios terminados, así que no me sentí inferior por ese lado.
El trabajo de un asistente de piso, era básicamente ser la chica de los mandados, había que atender cada petición absurda de los superiores, pero no me importaba, esto incluía las prestaciones de cobertura médica familiar que necesitábamos y un ingreso fijo.
—Para mi presentación, preparé un truco con aros de fuego —Mis orejas vibraron captando la conversación de las chicas que iban delante de mí.
—Es la ventaja de ser un dragón, puedes hacer cualquier cosa en un espacio cerrado —se quejó la otra, una chica antílope—. Aunque cualquiera que vea mis piernas, sabrá lo ágil que soy. Entonces, preparé un número de baile.
¿Baile? ¿Aros de fuego? ¿Fuimos convocadas para la misma entrevista?
Me aclaré la voz, balanceándome para llamar su atención.
—¿También están aquí para el puesto de auxiliar?
Me dedicaron una mueca desdeñosa a raíz de la pregunta, sin embargo mi curiosidad era más fuerte.
—Pues sí, es una empresa de entretenimiento. Tal vez no lo sepas porque es tu primera entrevista, pero los seniors dicen que siempre hay un momento del interrogatorio, en el que te piden demostrar algún talento, es por eso que la mayoría, planea una presentación con anticipación.
Me rasqué la cabeza fijándome en mi vestimenta, un traje de sastre negro prestado de mamá, solo lo usó para el funeral de papá, así que podía considerarlo como nuevo. Mis medias negras no dejaban ver mucha piel, a diferencia del resto de chicas que venían con faldas cortas y escotes pronunciados.
Mi mamá me dijo que la presentación personal era importante, que entre más bonita eras, más posibilidades existían. Así que lo remedié quitándome el abrigo y soltando los botones del cuello de mi camisa.
La semana pasada en el circo, vi a una mujer conejo contorsionista, esperaba que yo pudiese hacer lo mismo, porque mis dotes para el baile y el canto dejaban mucho qué desear. Le di la espalda a mi grupo de rivales y saqué mi teléfono para estudiar a fondo el fragmento del espectáculo que grabé. Parecía fácil.
Estábamos en los últimos días de invierno pero cuando solo quedábamos aquellas chicas y yo en el pasillo, comencé a sudar. Me retoqué la loción bloqueadora de feromonas y me senté en el piso abrazándome las piernas mientras tomaba respiraciones profundas.
Necesitaba esto y lo lograría.
—Kinomoto Sakura, adelante.
Me incorporé de un brinco al escuchar mi nombre, cuatro personas ocupaban la mesa de evaluadores, pertenecientes a las castas más importantes, mis piernas perdieron fuerza al descubrir que el hombre del ascensor se encontraba entre ellos.
Me dio una sonrisa socarrona mirándome acomodar en la única silla solitaria en medio del gran salón. Su piel bronceada y su cabello castaño oscuro no me decían mucho, todavía llevaba puestas sus gafas de sol.
—Danos una breve descripción de ti, Sakura —habló la mujer pantera, su piel era oscura y sus ojos amarillos intimidantes, otra depredadora, genial.
—Tengo diecinueve años, me gradué hace dos meses de la secundaria y estoy aquí porque mi padre murió hace un año y quiero ayudar a mamá con dinero para mis hermanos menores…
—¿No tienes hijos? —Un hombre alce con su imponente cornamenta me interrumpió—. Si la respuesta es no, ¿por qué? ¿Tu celo aun no despierta?
Las dos mujeres presentes voltearon a verlo con sus ojos sobresaliendo de sus orbitas, era una interrogante discriminatoria. Me mordí los labios conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir, abrí la boca para responder, sin embargo, el otro miembro masculino se opuso.
—Superior Yashiro, es de pésima educación preguntarle a una hembra joven por su primer celo —lo dijo con tanta tranquilidad, que su sola voz consiguió relajarme. Él apoyó los codos sobre la mesa, recargando su apuesto rostro entre sus manos—. Y es irrelevante para el cargo de la aspirante. Superiora Yamamoto, ¿tienes algo más interesante qué preguntar?
La mujer jirafa espabiló, ordenando una pila de carpetas. Era más delgada y alta que el promedio, los osiconos sobresaliendo de su cabeza, le daban un aspecto adorable.
—Sí, bueno, ¿cuáles son tus talentos?
Las orejas se me pusieron rígidas, ¿este era el momento que las otras chicas mencionaron?
—Mis talentos… —murmuré—, puedo demostrarlos.
Me catapulté de la silla, quitándome los zapatos con rapidez, al igual que la chaqueta de mi traje. Evité el contacto visual con los miembros de jurado y reproduje una canción desde mi celular, el cual dejé en mi anterior asiento.
Exhalé, comenzando a brincar de un lado a otro, lo más alto que mis músculos me permitieron, traté de aterrizar de manera grácil, abriendo mis piernas en perpendicular contra el suelo. Una fuerte carcajada espantó el dolor que el movimiento me causó en las ingles, el hombre de lentes se reía sin descaro de mi presentación, mientras que el resto de jueces mantenía una ilegible cara de póquer.
—Señorita Kinomoto, nos queda muy claro lo flexible que eres —la mujer pantera me llamó—. Sin embargo, creo que la superiora Yamamoto se refería a las cualidades que tendrías como empleada, ya sabes, honestidad, puntualidad…
Apreté los dientes, caí en la sucia trampa de las otras aspirantes. Maldición. El rostro se me calentó como agua en su punto de ebullición, y lo peor del caso era que, las condenadas piernas se me habían acalambrado.
—Superior Li, guarde la compostura, por favor —regañó la pantera—. La entrevista aun no acaba.
El aludido siguió carcajeándose en su puesto, quitándose las gafas para limpiarse los ojos. Él también estaba al punto de las lágrimas por un motivo muy diferente al mío.
Después de un incesante minuto, se puso de pie, acercándose a mí con elegancia, me sostuvo por debajo de los brazos, levantándome de un tirón. Los labios me temblaron al fijarme que los irises de sus ojos eran de un atrayente color ámbar y me hubiese quedado pegada en ellos de no ser porque sus pupilas eran elípticas.
Era de casta Serpenta, dicho de otra manera, un hombre serpiente.
—Estás contratada.
Juro que cuando me susurró aquello al oído, pude sentir su lengua bífida rozarse con mi oreja, una cosa que me dejó sin aliento.
La casta Serpenta acarreaba controversia. A las demás especies no les gustaba juntarse con ellos, desconfiaban de sus colmillos retractiles o del veneno que podían inyectarte con una lamida y tenían mala fama por ser despiadados y demandantes. Pero desde mi primer día como trabajadora oficial de la empresa, descarté la idea de que Shaoran Li fuese ese tipo de persona.
—Buenos días, superior Li —saludé, haciendo una reverencia frente a su escritorio. En esta ocasión, él llevaba puestas unas gafas comunes, puesto que las serpientes se caracterizaban por tener mala visión.
Él se puso de pie, aplaudiendo en el aire para llamar la atención del resto de personas a su cargo, era una oficina contable así que, haber demostrado mis talentos en cuestión de entretenimiento fue por completo inútil.
Estaba tan avergonzada que, tuve la intención de pedirle a los monjes siameses del templo que me expiaran de tal pecado a punta de latigazos.
Mi amiga Tomoyo me persuadió de hacerlo.
—Equipo, les presento a Sakura Kinomoto, es la nueva auxiliar. Enséñenle bien antes de exigirle cualquier cosa, Sakura está en la disposición de ayudar. Sus predecesoras se quejaron de sus novatadas, si llego a enterarme que algo de eso ha vuelto a ocurrir, serán ustedes los despedidos.
Su presentación me conmovió, eran palabras demasiado consideradas para venir de un hombre serpiente. Él intentaba protegerme, eso me obligó a darle una mirada soñadora.
—Bienvenida, Sakura —Una tigre alzó la mano para saludar, sus colmillos sobresalían de sus labios. El piso estaba lleno de carnívoros, era la única herbívora entre ellos—. Soy Nakuru Akizuki, resolveré cualquier duda que tengas, estoy bien enterada de los chismes de la empresa.
—Nakuru —reprendió Li.
La chica se encogió amortiguando una risita. El resto del equipo guardó silencio.
—Es un placer colaborar con ustedes —finalicé mi presentación y el resto del mundo volvió a sus tareas habituales.
—Veamos —Shaoran vaciló peinándose el cabello con la mano—. Aquí, ven.
El departamento contaba con tres hileras de cubículos uno junto a otro, era una habitación bastante amplia y alfombrada, con vitrales polarizados que no permitían el paso excesivo de luz natural. A la cabeza de las mesas de trabajo, se encontraba el escritorio de Shaoran, era un lugar estratégico para mantener el buen ritmo de actividades.
Apartó el perchero del que colgaba su abrigo y quitó una pila de carpetas polvorientas de una silla giratoria, continuó removiendo cajas hasta que una mesa más pequeña emergió a la vista.
—Disculpa el desorden —tosió sacudiéndose las manos—. El último auxiliar que tuvimos no era demasiado eficiente. Si quieres, puedes ocupar este espacio aunque…
—Es perfecto —brinqué tocándome las mejillas para profundizar mi entusiasmo. Me estaba ofreciendo compartir un rincón de su propia oficina—. Te lo agradezco, superior Li.
—De nada —parpadeó con una expresión perpleja.
Abrí la boca totalmente admiraba, nunca estuve tan cerca de un Serpenta, ¡creí que no parpadeaban! Eso lo hacía menos escalofriante. Sacudí la cabeza asimilando que él era mi jefe inmediato y que estaba incomodándolo con mi escrutinio.
Estiré los brazos y me remangué el suéter, poniendo manos a la obra. Después de convertir mi sitio en un lugar decente, desempolvé un portalápices para adornar la superficie. Aun no tenía demasiado claras mis funciones pero estaba dispuesta a aprender.
—Sakura, ¿puedes venir? —Nakuru agitó la mano estirando la cabeza para localizarme, corrí a su lado de inmediato.
—¿Qué necesita, señorita Akizuki?
—Llámame por mi nombre, ve al final del pasillo a la sala de impresiones, necesito diez juegos iguales —ordenó, colocando en mis manos una gruesa resma de hojas.
—De acuerdo, volveré enseguida.
Nakuru desestimó mi premura con un gesto despreocupado.
—Tómate el tiempo que necesites, son los primeros días del año, no hay mucho qué hacer —sacó unas monedas de su bolso y me las entregó—. Al regreso, tráeme unas croquetas de atún de la maquina expendedora, compra algo para ti también.
Asentí.
Sacar copias no distaba de mis actividades de estudiante, así que, puse las tres máquinas a trabajar para acelerar mis labores. Todo marchaba de maravilla hasta que las tres arrojaron una alarma de mantenimiento, el toner estaba agotado.
Revisé el modelo de la máquina y busqué tutoriales en internet sobre cómo debía hacer el cambio, sonreí al descubrir que era la cosa más sencilla del mundo. Revolví en los cajones hasta dar con los repuestos y seguí cada uno de los pasos al pie de la letra: retirar la tapa frontal, girar la perilla de seguridad, quitar el cilindro vacío del toner, agitar el nuevo antes de abrirlo y después desenroscar…
Todo mal.
Agité el frasco nuevo con demasiado vigor y al retirar la tapa, ejercí presión con mis dedos, ocasionando que el polvo se dispersara por mi rostro y la ropa.
Escupí el hollín que se filtró en mi boca, incluso mi saliva era negra. Me asusté por el desastre que ocasioné, tenía que limpiar todo antes de que alguien se percatara de mi ineptitud. Volé al cuarto de limpieza arrastrando el carrito auxiliar por el pasillo como si atravesara una sala de emergencias con un desfibrilador automático.
Limpié la sala lo mejor que pude, sin embargo no hubo manera de rescatar mi vestimenta. Armé los juegos que Nakuru solicitó sin el valor de regresar a la oficina para entregárselos.
—Sakura, ¿estás bien?
Me agaché ocultándome atrás de una copiadora al reconocer la voz del superior Li, estiré mis orejas hacia abajo para ocultar mi presencia y cerré los ojos suplicándole a los dioses que desapareciera. No obstante, mi instinto primitivo de huida, me apremió a abrirlos, Shaoran Li estaba acuclillado enfrente de mí.
—Sí sabes que puedo olerte, ¿no es así? —A diferencia del día de la entrevista, su sonrisa era amable, borró con su dedo el rastro de hollín que salpicó mi nariz—. Cuando tengas dificultades, pídeme ayuda.
Me quitó el teléfono de la mano y anotó su número en mi agenda, no como jefe o superior, sino como Shaoran. Eso solo complicó mi timidez.
—Superior, lo lamento.
—El negro te queda bien —opinó ayudándome a levantar—. Aunque el color blanco de tu cola es adorable.
Un rabo corto adornaba el inicio de la hendidura de mis glúteos, no era esa cola pomposa que se popularizó en las caricaturas, era solo peluda y pequeña, y se mantenía bien erguida a pesar de mis ánimos derrocados.
—Trata de limpiarte un poco —dijo, entregándome un pañuelo—. Te conseguiré un cambio de ropa antes del almuerzo.
Asentí.
Él se llevó la pila de informes consigo y yo me quedé como tonta embelesada con su perfil. Era un hombre delgado que gozaba de una buena definición muscular, su andar era elegante y su voz encantadora, en un episodio delirante pensé, que no me importaría ser apresada y engullida por él.
—Buenos días —saludé, en mi segundo día, fui la primera en llegar al piso.
Limpié lo mejor que pude y coloqué un frasco de yogurt en cada uno de los cubículos.
Si bien éramos de diversas especies y teníamos dietas opuestas, había un listado de alimentos en común que la mayoría tolerábamos, entre ellos el yogurt, no había nadie que odiara ese líquido dulce y viscoso.
—Sakura, ¿tú pusiste esto aquí? —Yukito, un hombre conejo, levantó el frasco.
—Sí, es solo un detalle, todos son muy amables conmigo, se los agradezco —admito que me sonrojé un poco, Yukito fue tan paciente como Nakuro y además no podía evitar sentir simpatía por él dado que proveníamos de la misma casta.
—Sakura —El molesto gruñido del superior Li me atravesó como una daga, cuando me acerqué me hizo un gesto con los dedos para que me agachara, no quería que los demás se enteraran de lo que tenía que decir—. ¿Qué significa esto?
Empujó al borde las dos botellas de yogurt que dejé sobre su escritorio. Sus pupilas se estrecharon más de lo usual, parecía enojado y eso me asustó. Recordé que él pudo haber sido mi depredador siglos atrás. Tragué saliva con dificultad.
—¿No le gusta? Puedo cambiarlo por otra cosa —susurré avergonzada, apretando mis dedos entrelazados.
—No es que no me agrade —musitó, echando un vistazo a su alrededor. Mis compañeros saboreaban sus bebidas con una sonrisa—. No necesitas gastar tu dinero para quedar bien con los demás. Estás aquí porque necesitas ahorrar cada centavo, ¿no es así?
—Bueno, sí, pero no fue demasiado. En realidad los tomé prestados de la despensa de mi casa, tengo ocho hermanitos, ya sabe, comen como si no hubiera un mañana. Ni siquiera notarán que hacen falta —me reí en solitario.
El superior Li suspiró, colocándose sus gafas de montura negra.
—¿Trajiste almuerzo?
La pregunta me agarró desprevenida, salí tan temprano de casa que olvidé preparar mi lonchera.
—Pues no, pero puedo…
—Ya está, almorzaremos juntos.
—No es necesario, superior…
—Lo es, pienso devolver cada detalle que tengas conmigo —sentenció.
Eso me descolocó, con un enorme aturdimiento fui a sentarme en mi silla. Ningún hombre me había tratado así de bien en el pasado y aunque nos conocimos de una manera bastante peculiar, el superior Li me cautivaba con sus concesiones.
Los restaurantes estaban divididos en tres zonas, los que consumían productos cárnicos de un lado y los que nos alimentábamos de cualquier cosa que no fuese un ser vivo por otro. Y la tercera zona era neutral, parejas de novios interraciales, amistades o comités empresariales se reunían aquí.
Era mi primera vez en un sitio elegante por lo que me encontraba nerviosa, analicé el menú, escandalizándome por los precios, mis orejas se tensaban porque cada valor sobrepasaba al anterior.
—Sakura, deja de fijarte en los precios —demandó el superior, riéndose como la fatídica mañana en la que nos conocimos—. Pide todo lo que se te antoje.
Me decidí por una ensalada mixta y un frozen de sandía. El plato del superior era carne cruda, y si se lo preguntan, pues si, también en este mundo criamos animales que sirven como fuente de alimento para nuestras razas super desarrolladas. Aunque es un pecado probar carnes o productos de tu propia especie, se considera algo así como canibalismo.
—Entonces, háblame un poco más de ti, ¿tienes pareja o algo así? —Shaoran Li lanzó el cuestionamiento sin mirarme, jugaba con los trozos de carne rebosados de salsa de soja en su plato.
Quise ser sincera con él, le debía mi felicidad más reciente. Gracias a él conseguí un trabajo estable, después me enteré que Eventos Dinámicos era propiedad de la familia Li, Shaoran influyó para que yo obtuviese el cargo.
—Tuve mi primer celo hace un año, asistí a una escuela Lepórida y fui la primera del salón en manifestarse —relaté pinchando un trozo de pepino—. Todos los chicos se fueron sobre mí, me cortejaron sin tregua hasta que terminé por escoger al chico que fue mi amor platónico desde la primaria.
La habilidad de apareamiento no era exclusiva del periodo del estro, en realidad, podíamos hacerlo siempre que quisiéramos, era solo que el celo te descontrolaba, era casi imposible eludir las necesidades sexuales en esa época.
—Mi mamá me preparó desde antes —me desnudé el brazo, mostrándole mi implante anticonceptivo—. Creí que tener el control de la natalidad concedía inmunidad sobre todo, pero me equivoqué. Cuando las otras hembras de mi grupo comenzaron a manifestarse, el chico con el que salía, me abandonó y es por eso que decidí iniciar con los inhibidores.
Shaoran alzó las cejas.
Las píldoras inhibidoras del celo servían para saltarse ese molesto período. No niego que las experiencias que Tatsuya me dio fueron intensas, era imposible despegarnos el uno del otro, el sexo fue bueno, pero el corazón roto que eso me dejó, me caló lo suficiente para no querer repetirlo.
No quería un macho solo para copular, yo necesitaba un verdadero hombre a mi lado, alguien así como papá.
—No busco pareja, estoy enfocada en mi trabajo. Mamá ya no es tan joven y la pensión de papá es insuficiente.
—¿Qué edades tienen tus hermanos?
—Nueve y siete —sonreí trayendo los rostros de esos diablillos a mi mente.
—Y si tuvieras la oportunidad de estudiar, ¿qué elegirías?
—Enfermera escolar —contesté sin titubeos.
Las pupilas verticales del superior me apuntaron, si quitaba ese detalle, era un hombre guapísimo. Las mujeres de otras castas lo miraban al pasar junto a ellas, la mayoría tenía curiosidad por los hábitos sexuales de los Serpenta, pero pocos eran los que podían confirmar o desmentir los rumores, ya que ellos rara vez se cruzaban con otra especie.
—Eres una chica divertida —Shaoran se llevó un trozo de comida a la boca—. Cuando cumplas un año en la empresa, te prometo que te ayudaré a gestionar una beca estudiantil, creo que mereces cumplir tu sueño, Sakura.
—Superior…
—Afuera de la oficina, solo usa mi nombre —exigió.
No pude contener mi emoción y lo abracé por encima de la mesa. Estaba confiando en mí, era la primera persona que no dudaba de mis capacidades por ser una Lepórida.
—Gracias, Shaoran. No te fallaré, lo prometo.
SHAORAN.
Cada especie caía en un estigma diferente, así como la sociedad tachaba de holgazanes y lujuriosos a los Lepóridos, se decía que los Serpentas éramos criaturas desvergonzadas, siniestras y narcisistas.
En la naturaleza las serpientes usaban sus colores brillantes o el sigilo para capturar a sus presas, pero yo era la excepción a esa astucia. Era el único de mi estirpe que se caracterizaba por ser reservado, era un geniecillo que prefería los números antes que a las mujeres o la diversión.
Me impactó saber que alguien tan joven como Sakura hubiese optado por los inhibidores del celo. Hubo una época en la que yo también los consumía, y estuve seguro de no necesitarlos para controlarme hasta que la conocí a ella.
Este año celebraría mis veintiséis y siempre estudié en una escuela mixta. Los Serpentas éramos acosados por las distintas razas por la particularidad de nuestros genitales, eso me asqueaba, cada una de las mujeres que se me acercaba intentaba tratarme como un objeto y yo me rehusaba a satisfacer a alguien solo porque sí.
Crecí con la ideología de encontrar una pareja para toda la vida, y justo cuando perdía las esperanzas de encontrarla, Sakura Kinomoto se coló a la fuerza en mi elevador, ofreciéndome remedios caseros porque pensó que estaba resfriado.
Encontrarla en la entrevista para mi departamento fue algo más allá de una casualidad, era el destino.
—Superior Li —Di un respingo viendo a Nakuru con los brazos cruzados frente a mi escritorio—. ¿Revisó el informe que le envié?
¿Informe?
Maldita sea.
La adorable colita de Sakura se agitaba en el aire mientras aspiraba el piso, tarareando una canción que solo sonaba en su cabeza.
—Sigue trabajando, Akizuki —ordené, volviendo la vista al monitor. Los correos con marca urgente llenaban mi pantalla.
En el mes que Sakura llevaba trabajando con nosotros, no podía concentrarme, si ella salía por un recado y tardaba, me inquietaba, si algún macho le hablaba de manera amistosa hervía de celos y descubrí que la calidad de su bloqueador de feromonas no era infalible.
Cada vez que se sonrojaba, su aroma me golpeaba tan duro que mi nervio olfativo dolía. Los Serpentas usábamos la lengua para saborear las señales químicas del ambiente, por eso la lamí el día de la entrevista, no pude contenerme. Necesitaba saborearla.
Era una chiquilla inocente que bloqueaba su propio estro con la meta de ayudar a su familia. Me encantaba que tuviese sus prioridades bien definidas.
Un apagón se produjo en el edificio, dejándonos a oscuras varios minutos, los chicos a mi cargo encendieron las lámparas de sus teléfonos entre susurros y risas.
—Superior Li, ¿se encuentra bien?
Sakura corrió a acurrucarse a mi lado.
—El calefactor se apagó, aunque enciendan la planta para que funcionen las luces de emergencia, no habrá suficiente potencia para eso —susurró, tirando una manta encima de mis piernas—. Esto lo mantendrá un rato.
El corazón se me agitó como nunca. Esta chica tan tierna estaba preocupada por mí. Los Serpentas no podíamos sobrevivir en climas fríos ni regular nuestra temperatura como los mamíferos, por eso siempre íbamos bien abrigados y cargando compresas calientes en los bolsillos.
Tenía todo un arsenal de ello en mi escritorio, pero no pensaba rechazar la amabilidad de Sakura, las luces seguían apagadas y los empleados habían comenzado a reunirse para contar historias de terror.
Típico.
Sakura se quedó acurrucada a mi lado, la pequeña presa pretendía proteger a su depredador.
—Comienzo a enfriarme —mentí, su cercanía y su aroma me calentaban más de la cuenta.
—Tome mis manos —se apresuró a decir Sakura. Le obedecí, eran suaves y tibias, ideales para ejecutar caricias—, ¿se siente mejor así?
Me contuve de suspirar. A estas alturas me la imaginaba sentada en mi regazo, besándola mientras le acariciaba el rabo.
—Han sido días agitados —opiné acariciando los nudillos de Sakura—, supongo que es bueno que sucedan este tipo de cosas.
—Tienes razón, se siente bien, conversar un rato contigo, Shaoran.
Mi nombre salía de su boca con tanta naturalidad que parecía creado para ser repetido solo por ella.
—Lo único malo es que ahora tendremos que quedarnos después de la hora de salida para analizar la información.
—¿Horas extras?
Asentí.
—Son remuneradas, no te preocupes.
Las orejas de Sakura decayeron, doblándose por la mitad.
—No es eso lo que me preocupa, no alcanzaré el autobús que llega cerca de mi casa, tendré que caminar…
—Ni lo digas, yo te llevaré.
—Pero… —comenzaba a quejarse, la silencié, acariciando la punta de su oreja.
—Avísale a tu mamá que llegarás tarde, y que tu jefe va a acercarte a casa.
—Esta bien —sus incisivos centrales eran ligeramente más largos que el resto. Era un rasgo que la hacía hermosa.
Creo que nunca había leído tanto sobre animales como para escribir esto jajaj. Cuéntenme qué les pareció, la próxima semana vuelvo con mis actualizaciones habituales, deseaba mucho publicar algo por san Valentín.
