Sábado, 5 de Marzo.
Chelsea se acomodaba el atuendo de noche con el cuello pronunciado, miraba cuidadosamente cada detalle en el espejo empotrado en la puerta de su armario. La chica acomodaba el plisado de la larga falda varias veces, mordiéndose las mejillas por la ansiedad. ¿Era demasiado? ¿Desentonaría a la ocasión?
«Ningún puto vestido que Emily le haya dado el visto bueno puede ir mal.» Si su madre, quien jamás le dio cumplidos, decía que "era bonito", la prenda era perfecta y punto.
Claramente ya no era el momento de arrepentirse: Dennis llegaría pronto. Además, era lo único presentable a mano para cuando fue invitada a la cena de gala de los Atkins.
Para la familia era una ocasión especia, por ende, su deber era transformar su cuerpo en una obra de arte. Casi que podía oír a Dennis decir que era "mejor que un pantalón de algodón salpicado por lejía y una sudadera dos tallas tú tamaño".
Colocó cuidadosamente el labial en borgoña; frotó sus labios y suspiró en un vano intento por calmarse.
¿Cuándo fue la última vez que se vistió así? Si era honesta consigo misma, ya no lo recordaba.
Echó un vistazo al reloj sobre la mesita de luz: Dex informó que iba a caer a las siete veinte, y para eso faltaban aproximadamente diez minutos. Antes de eso se perfumó, calzó los zapatos cerrados y guardó maquillaje en su pequeño bolso de correa.
Quizá esa noche entre ellos sería mucho mejor que la anterior. El par en soledad, sin interrupciones desagradables o…
«Bueno, la otra vez no fue mi culpa. Yo no invité a que el imbécil de Joe apareciera como si nada, y tampoco le dije a Dennis que amenazara con partirle la cara. Menos que menos llamé a la policía.» Un escalofrío la recorrió al recordar.
Sí: sin dudas fue una "velada mágica". Al menos Dex se quedó y la abrazó contra el pecho, acunándola mientras ella dejó escapar la frustración de la noche.
Le prometió protegerla contra Joe o cualquiera que quisiera hacerle daño. Desde entonces algo había cambiado en su dinámica. Siempre fueron cercanos (salvo por el periodo de meses en el cual no hablaron ni se vieron por cuestiones relacionadas a su ex) pero desde que se separó de Joe …
Apagó el velador de noche. Recorrió el corto tramo entre su habitación y la sala de estar, suspirando embelesada ante la imagen presente.
Observó a sus perros dormir en cómoda posición sobre el sillón de tres cuerpos, la gastada tela cubierta por almohadones sucios y olor a mascota. Acarició la cabeza de su perra Polly-Sue y la atigrada Bóxer meneó la cola. El par de caniches ni siquiera se inmutó al escucharle.
Se echó encima su abrigo y aguardó unos instantes. En el momento en que decidió echarle una miradita a su celular oyó un claxon. El atenuado sonido de la música rap de su amigo se dejó escuchar hasta con las ventanas cerradas.
«Este idiota se va a quedar sordo tarde o temprano.»
Dio besos al aire a sus tres peludos (ninguno levantó la cabeza para responderle), colocó el sistema de alarma y avisó a sus padres. Cerró la puerta y echó a correr torpemente hacia la brillante SUV negra.
Su amigo acalló un poco los fuertes sonidos cuando bajó la ventanilla. Una radiante sonrisa le recibió, su grave voz optó por burlarse.
—¡Pensar que en la clase de gimnasia siempre fuiste la mejor! —Se rio con ganas; Chelsea subió con una mueca de fastidio en sus facciones—. Si la señora Thompson viese esto te quitaría todas las medallas que te dio el año pasado.
Él la saludó con un beso en la mano. Cuando la liberó, Chelsea picó su pierna con fuerza.
—¿Tengo que recordarte que llevo putos tacones? Además: me correrán si voy en leggins y zapatillas de deportes al club ese de clase alta al que van tus padres.
El muchacho agitó la cabeza, apartando del rostro un mechón de lacio cabello cenizo; el mismo le llegaba hasta la nuca. A la castaña siempre le pareció brillante y suave como la mismísima seda. ¿Por qué los hombres eran bendecidos con semejante pelo?
—Claro. Ahora son los zapatos el problema. El lunes mismo hablaré con el señor Mathews para que te los quiten.
—Siempre la mascota del director, ¿no? Si no fueras mi mejor amigo, diría que me das asco.
Él rio y puso el vehículo en movimiento. El interior olía a cítricos y limpieza profesional.
Recorrió su cuerpo discretamente: vestía un saco negro con pantalón a juego y camisa blanca, ajustada a su atlética figura, con el cuello ligeramente abierto. Un collar con dije de oro colgaba del mismo, regalo de su abuelo paterno antes de fallecer. Iba descalzo, con los pies sobre los pedales y los zapatos de vestir en el asiento trasero.
Afeitó los cinco vellos perdidos de su juvenil rostro, con los pómulos brillantes y suaves al tacto. El agradable aroma de su costoso perfume llegó a su nariz, inhaló discretamente la embriagadora fragancia.
—Estás muy guapa. —Sus mejillas se encendieron como brasas; desvió la mirada, contemplando sin ver la ciudad—. ¿No es lindo salir por un rato? ¿En vez de estar como monja en casa, acariciando a tu babosa perra y comiendo Doritos?
Lo encaró, con una sonrisa malévola en su rostro. El chico esperó el contraataque con la mirada puesta al frente, elevando el dedo medio derecho.
—Como diría mi tía Lisa: "escúchame un momento, maldito pusilánime". Me aprietan los dedos del pie, me pica la etiqueta del vestido y creo que en una hora se correrá el maquillaje porque sudo como cerda. Tú dime qué plan suena mejor para un viernes.
—¿Tu tía dice eso?
—No todo, pero si usa el pusilánime. En especial con mi tío Dominique. —Chasqueó los dedos cerca de su oído—. Además: ¿hay algo aún más malo que rodearse de putos políticos?
—¿Realmente vas a escuchar lo que tienen para decir? —Desvió la vista un segundo y le dedicó una mueca de asco—. Tienes diecisiete, y por más que papá sea el orador principal, yo prefiero estar mirando Instagram o Twitter.
—Eres un puto básico, Dennis. El país se puede estar prendiendo fuego y tú vas a decir "¡Oh! ¡Mira a Lindsey Graham! ¿No te parece que está buenísima?"
—¿Cuál es el problema? Esta buenísima, y más ahora que es agente del gobierno. No es pecado decir la verdad y tampoco puedes negarlo, señora-de-ochenta-años-en-el-cuerpo-de-una-chica-de-diecisiete. — Chelsea rio con ganas para después darle un ligero pellizco en su brazo—. ¡Ey! Haz eso de nuevo y chocaré la camioneta.
—Douglas se enojará si le haces un rasguño a la decimoquinta camioneta que tiene.
—Papá puede tomarse un Clonazepam y dejarme en paz. Tú también, por si acaso.
El viaje transcurrió al ritmo de una tranquila charla sobre música y deportes. A lo único que no hicieron referencia fue a un espinoso asunto entre ellos, aún pendiente de resolución. Además de su permanente ansiedad, aquello la trajo desde hacía semanas con mal rollo. ¿Y si...?
El muchacho la condujo con tranquilidad hasta llegar al bello "Club de Golf y Campo Weston" en las afueras de DC. La fachada principal estaba bien iluminada con todos los lujosos faroles encendidos; arbustos bien podados, flores preciosamente abiertas e inquietantes estatuas los recibieron.
Dennis entregó las llaves a un joven valet encargado de acomodar los coches. Giró el rostro hacia su cita y le tendió el brazo, a la muchacha le sacaba al menos dos cabezas y media. Ella intentó no caerse sobre el suelo de gravilla.
—¡Torpe!
—¡Cierra la puta boca y llévame dentro! No quiero lesionarme el tobillo. Ya bastante tuve con la rodilla el año pasado.
—Encima de torpe, débil de articulaciones.
Dejaron atrás la elegante entrada. Esquivaron el enorme número de agentes pertenecientes a la seguridad privada y asistentes personales de los políticos; el amplio salón de fiestas los recibió con música junto al típico palabrerío de las multitudes.
La estancia constaba en un amplio espacio con capacidad para cuarenta mesas de ocho comensales cada una. Las mesas decoradas con manteles blancos, cintas de color beis y adornos florales exquisitos; los camareros corriendo de un lado al otro ofreciendo deliciosos bocadillos tipo canapés junto a largas copas de costosa champaña.
A los costados, enormes ventanales de dos hojas cada uno cubiertos por vaporosas cortinas blancas. El techo tenía una enorme araña de cristal principal y pequeñas luces led acompañando. Las cilíndricas columnas entre los ventanales fueron estratégicamente iluminadas por sets individuales, que elegantemente irradiaron una gama de colores cálidos sobre ellas.
A la castaña se le antojó bien decorado, imaginándose que todo eso costaría mil veces más que su salario mensual. Al fondo del amplio salón vio un escenario con un atril de madera oscura, micrófono y un par de sillas a cada lado. El enorme cortinado detrás fue iluminado con un reflector, el mismo diseñado para que la inscripción "¡Defendiendo el mundo! ¡Defendiendo Estados Unidos! ¡Atkins al Congreso!" se ilustrase.
Chelsea no pudo dar crédito a los rostros que vio en ese momento. ¡Pensar que a muchos los vio durante años por la tele! Si tan solo les cayese bien el puñado de sanguijuelas chupasangre del Estado norteamericano…
La pareja encontró y saludó a los señores Atkins con cariño y afecto; Eleanor elogió el atuendo de la joven y se mostró encantada con su presencia. Douglas, por el contrario, la saludó escuetamente entre repaso de sus tarjetas ayuda memoria.
Los jóvenes conversaron con la mujer de mediana edad y cabellos dorados unos minutos hasta que un senador le llamó la atención, se disculpó con educación y los dejó por su cuenta.
—¿Y Devin? —inquirió la muchacha—. ¿Se salvó de la tortura y te dejó a ti a cargo?
—Eh, no tengo idea… —Escribió un rápido mensaje al susodicho—. Seguro que está conversando con sus veinte novias.
¡Ah, Devin! Un Don Juan nato, con mucho carisma para conquistar mujeres, pero poca suerte para cubrir sus fechorías.
—¿Trae visitas esta vez?
—Por la salud física y mental de mi papá, espero que no. Tu aprovecha a comer cuanto puedas, ¿trajiste el cuenco de plástico? —dijo el sonriente muchacho, guiñándole un ojo—. Así tienes para llenarte mañana y pasado.
—¡Ash! Me lo olvidé sobre la mesa, ¡que idiota! ¿Tendrán uno para prestarme los amigos ricachones de tu papá?
El rubio dejó escapar una risita al tiempo en que meneaba la cabeza.
—Creo que mejor te alejo de los ejecutivos de Fox y de los demás Representantes.
Ella le dio un codazo, su amigo fingió doblarse de dolor.
—Puedo detestarlos a muerte, pero se comportarme. Que Chris sea mi padrino no quiere decir que sea anarquista.
Su mentor, figura paterna y casi que confidente le inculcó muchas cosas, entre ellas su peculiar modo de ver el mundo.
—Tu violencia hacia mí dice lo contrario.
—Qué puedo decir, a veces necesitas un correctivo.
Se divirtieron en base a recorrer el lugar hasta la hora de la cena; compartieron la mesa con los padres del jovencito. El menú le pareció pobre y demasiado elaborado para tener buena vista. Un trocito del tamaño de su palma de salmón, con finas hierbas haciendo equilibrio sobre la rosada carne y algunas verduras grilladas…
Lindo para las redes sociales, pero no para llenar un hambriento estómago. ¿Por qué los ricos comían así? ¿Cuál era el atractivo?
Douglas dio un discurso para agradecer a los presentes por su presencia y apoyo incondicional en la campaña, especialmente al círculo de padrinos políticos. Otra ronda de aplausos, sonrisa elegante y el alto caballero de anchos hombros prosiguió.
Comprendió dos cosas: lo primero era que su amigo nadaría en dinero el resto de su vida, con una gran actividad social con gente poderosa; segundo, la política era falsa como billete de tres dólares, capaz de mover masas gracias a un discurso bastante aburrido y mentiroso. «Todo porque Douglas fue un jodido veterano de los laboratorios del Cáucaso. Qué chiste.»
Ambos aplaudieron con cierta ironía. Describió en los ojos de su amigo un brillo distinto, como si supiera que su vida a partir de aquello cambiaría para siempre. Ya no sería un chico anónimo de diecisiete, sino el hijo de un Representante con voraz apetito político. Y esa vida no hacía más que empezar.
Una vez terminaba el discurso de otros dos asistentes, encontraron el momento perfecto para escabullirse lejos del gentío. Llevaron consigo algunas copas de champaña, a sabiendas que Eleanor y Douglas los reprenderían si los descubriesen.
Chelsea temblaba al sentir la fría brisa. La fragancia primaveral era fuerte aún en la noche. Descendieron rápidamente por las dos elegantes terrazas hasta llegar a un apartado lugar en donde beber sin problemas.
Ambos miraban en derredor. Cada plataforma tenía una altura distinta, lo que dio una sensación de intimidad y exclusividad en cada nivel. Un lugar encantador, el tercer nivel inferior daba hacia el césped del campo de golf. Los muebles de madera en tonos oscuros, cuidadosamente dispuestos ofrecían comodidad y estilo. Reposeras, sillas y mesas se mezclaban perfectamente con la decoración de plantas artificiales y naturales.
Una enorme fuente central caía suavemente por los niveles, llenaba el ambiente con su tranquilizador ruido. La misma decoración tenía luces sumergidas y pequeñas ranas de material que lanzaban chorros por la boca.
La iluminación le pareció uno de los elementos más cautivadores de la terraza. Luces colgantes de tonalidades cálidas y suaves se entrelazaban con la madera de las barandillas y los pilares, creando una mágica atmósfera. Estas luces danzaban por la brisa y bañaban el lugar tenuemente.
Los chicos eran capaces de disfrutar de una vista panorámica del exuberante verde y los árboles del campo. Sin dudas un sitio perfecto para relajarse y admirar la belleza de la naturaleza.
La muchacha de ojos avellanados lanzaba una suave exclamación ante la serenidad de la vista. Su cuerpo poco a poco se relajó ante la paz de aquel sitio. Sujetó la barandilla con suavidad e inhaló lentamente un par de veces.
Mediante una suave sacudida de su brazo izquierdo llamó su atención; señaló a la distancia la veintena de carros de golf estacionados en un aparcamiento interno.
—Me encantaría ir a dar una vuelta en esos, ¿no te parece? —comentó, acomodándose el cabello hacia atrás—. Como la vez en que vinimos con los chicos e hicimos desastres.
—¿Y que nos vuelva a detener la seguridad del lugar? ¿Quieres que a tu mamá le dé un infarto y a la mía seis? —la vio reír por lo bajo—. Eso es lo único en que no te daré tiempo para pensarlo.
Sacó a relucir el tema. Un escalofrío recorría su ansioso cuerpo.
Chelsea caminó hacia la fuente y se sentó en el blanco banco delante de la misma; la luz iluminó su figura dándole una apariencia angelical. Mordisqueó sus labios mientras estrujaba sus dedos, ojos perdidos en el suelo. Su mejor amigo leyó el sutil lenguaje de su cuerpo, se aproximó para quedar a un metro de distancia.
Lo vio poner sus manos dentro de los bolsillos del pantalón. Dennis entonces levantó la vista hacia el estrellado cielo como un niño buscando consuelo. Chelsea lentamente recorrió sus facciones elegantes, su alto y musculoso cuerpo.
La duda y el miedo la invadió, él tomó asiento a su lado con la calma de un monje. Colocó una mano sobre su rodilla cubierta y le sonrió tímidamente.
—Es un tema algo inquietante de hablar, pero no te lo hubiera propuesto de no ser que confío en que podremos hacerlo sin muchos problemas.
—Ya sé, no me como los jodidos mocos.
—Igualmente no tienes porqué aceptarlo si no te gusta la idea, solo estaba como una cuba en la fiesta de Oliver.
—¿Borracho nada más? —Él soltó una risita—. Borracho, drogado y fingiendo que no te dolió esa B+ en el examen de química.
—No traigamos eso a la mesa, gracias. Mi perfecto promedio completamente arruinado porque no vi el último ejercicio.
—Tu al menos aprobaste, no te quejes.
—Cuando eres un chico como yo esas cosas te pueden quitar el sueño, Chels. —El muchacho rascó su afeitada barbilla—. Mi reputación como una cara bonita súper inteligente no se mantiene si mi promedio baja.
Ella enarcó una ceja en su dirección.
—Bueno, dejémoslo ahí. —Él palmeó su rodilla en asentimiento—. Lo pensé bastante. Creo que me gustaría probar porque confío en ti, pero… Tengo algo de miedo. No me expuse nunca frente a nadie así, salvo el puto infeliz hijo de puta de Joe, y me incomoda un poco mostrarme contigo.
—Lo sé, no es fácil y lo entiendo. No me voy a ofender o encabronar como un tonto, lo que decidas me parece bien.
—Confío en ti, no es ese el problema. No dudo en que eres un chico inteligente y que no presionaría si se le dice que no.
—Por supuesto, me enorgullezco de ser un caballero cuando me lo planteo.
La castaña soltó una estridente carcajada. Posó su diestra sobre la zurda masculino.
—Eres todo un puto caballero. Pero me da un poco de cosita… ¿Y si arruina nuestra amistad? ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si… no te gusta lo que ves? No tengo el cuerpo de una maldita modelo, y tengo cicatrices de todo lo que pasó en Spring Valley. También estoy fofa y soy fea y…
Él le cogió las manos y las apretó con cariño, sonriéndole comprensivo. Dentro de la castaña las defensas comenzaron a resquebrajarse.
—Acostarnos no es como ir por un helado o jugar con la Xbox, necesita de dos personas que estén seguras sobre hacerlo y que deseen hacerlo. También sé que desde que Joe se fue no te sientes bien contigo misma.
—Es que… —carraspeo la garganta— Ya estamos creciditos, y el sexo es lo más natural del mundo.
Se calló sin poder decir nada más. Él pasó su brazo sobre sus hombros, atrayéndola contra su cuerpo.
—Ya, eso ya lo sé. Tengo algo de experiencia en el tema, y mis hormonas dicen que es casi como un trámite.
Una sonrisa divertida se dibujó obligatoriamente en su rostro.
—Es que me da terror que me veas desnuda. Como que me da mucho miedo no ser lo suficiente para ti ni para nadie, y si te decepciona o te echas atrás voy a darme una idea porqué puede ser.
Dennis elevó despacio su barbilla con el índice izquierdo. Ella apartó la mirada bruscamente, lentamente se formaron lágrimas en sus ojos.
—Mírame, Chels. Él está hablando por ti, no le des la oportunidad de que te siga controlando. Lograste sacarlo de tu casa, ahora tienes que echarlo de tu alma. —En los orbes femeninos veía un brillo triste y gris—. Tú no eres fea, gorda, inútil o estúpida. Lo dijo para hacerte daño, para que no vivas tu vida como lo mereces o vieses a nadie más que no sea él.
—Si, pero…
—No, sigue siendo mi turno. Te quiere triste y atrapada para que vuelvas arrastrándote a pedirle perdón.
—Es que lo siento en mi cabeza, lo escucho cada vez que me veo al cambiarme o al arreglarme. No sé porqué estuvo conmigo si no le gustaba nada de mí.
—Porque es un hijo de perra posesivo y agresivo. Diciéndote eso sabía que no te escaparías con el primero que te tratase mejor.
—Lo conozco desde que éramos pequeños, Dex. No era así cuando comenzamos a salir. Yo lo quería muchísimo, nunca imaginé que iba a hacer la mitad de las cosas que hizo. Fui una tonta.
—A veces no sabemos de lo que es capaz la otra persona, Chels. Lo importante es que te lo sacaste de encima como la persona inteligentísima que sé que eres.
Chelsea lo abrazó con fuerza y reposó su oreja en el pecho. Dennis correspondió rodeándole con los brazos.
—Quiero que sepas que te quiero muchísimo estoy orgulloso de que lo hayas dejado.
—Gracias, Dex. Gracias por siempre estar ahí para mí.
—De nada. A pesar de todo lo que pasó entre nosotros, volvimos a ser mejores amigos. Lo que realmente importa de aquí en adelante somos nosotros y cómo nos cuidamos mutuamente.
—Por siempre y para siempre. ¿Crees que saldrá todo bien? Digo, es un paso muy grande para nosotros.
—Sip, estoy seguro. Quiero ver que sale de estar contigo porque compartimos todo: desastres, risas, secretos y momentos inolvidables. Creo que esto va a ser una cosa más que compartir.
Chelsea limpiaba las comisuras de sus ojos y a continuación lo miró con franqueza.
—Quiero compartir esto contigo. Me intriga saber cómo será.
—Te prometo que iré despacio y te cuidaré en todo momento. Y si la propuesta se cae, no habrá rencor ni problemas entre nosotros.
Ella asintió, un poco más tranquila y segura con él.
—Te tomo la palabra, siempre fuiste de fiar.
—Bien, ahora que zanjamos el tema: ¿qué te parece si nos robamos otra bebida?
—Es un trato, vamos por más champaña.
Dennis se puso de pie y le tendió una mano; Chelsea se levantó e impulsó con su agarre. Sin avisarle, el muchacho la levantó en el aire haciéndola girar entre risas.
Jugaron entre ellas a los empujones hasta que apareció Devin con el teléfono en la mano. Extrañado enarcó una ceja, sopesando que su hermano menor pasaba más tiempo con su amiga que con su propia familia.
Comunicó que servirían el postre y los anfitriones no los aguantarían fuera mucho más tiempo. Entraron tranquilos e ignoraron las miradas curiosas del hermano mayor Atkins.
Dennis pasó un brazo por su cintura al tiempo en que aisló a su amiga de las indiscretas miradas o él intento de su hermano por averiguar más. A la chica le resultó muy reconfortante su presencia, sonrió tímidamente al tomar asiento. El calor de sus mejillas se reflejó en su rostro, dándole un vivaz color rosado a la pálida piel.
