Notas: Por fin llegó el día! Hoy os subiré los capítulos finales de esta historia. Estoy un poco nerviosa por la acogida que pueda tener, pero espero que os guste tanto como a mí al imaginármelo...

Le he tomado mucho cariño a los personajes a lo largo de este camino de más de... ¿2 años? Llevo tanto tiempo planeando y escribiendo esta historia que se me hace extraño soltarla de una vez por todas.

En fin, sin nada más que añadir de momento... Que lo disfrutéis :)

Ayumi no daba señales de vida. Momoka tampoco sabía nada de ella, a pesar de haberse presentado en persona frente a la agencia donde la idol trabajaba. Tomoki no paraba de actualizarnos sobre cada nueva actualización que se publicaba sobre el tema en redes sociales.

Y yo seguía hecha un amasijo de nervios, conectada con impotencia al vial junto a mi camilla de hospital. Desesperada, y a pesar de que estaba bastante segura de que debía de encontrarse en mitad de su labor docente, decidí llamar a Sesshomaru.

Sonó el primer tono, el segundo... Y justo antes de que terminar el tercero, la llamada fue atendida desde el otro lado de la línea.

- Sesshomaru. – Pronuncié su nombre, antes de dejarle decir nada más. - ¿Has leído ese artículo sobre Ayumi? Sé que no sale tu nombre, pero...

- Sí, sí... Estoy al tanto. - Me confirmó él, en tono tranquilizador. – He estado notando los cuchicheos de los estudiantes, y hay todo un equipo mediático esperándome fuera. – Añadió con fastidio. - De modo que me he enclaustrado en mi despacho hasta que decidan marcharse.

El hecho de que no pareciera nada sorprendido por aquella situación me resultó desconcertante.

- Esas fotografías... ¿son reales? – Musité contra la pantalla de mi teléfono móvil.

- Por desgracia, así es. – Reconoció el demonio. – Tendría que haber sospechado al notar cómo alguien merodeaba a nuestro alrededor aquel día... - Suspiró. – Pero no estoy nada acostumbrado a ser acosado por los medios, y me quedé tranquilo al no percibir ningún comportamiento hostil hacia nosotros.

Asentí, envolviéndome el cuerpo con la sábana.

- Bueno... Habrá que esperar a que pase, supongo... - El monitor que mostraba mis pulsaciones comenzó a mostrar signos de ralentizarse finalmente. Hablar con Sesshomaru del tema me ayudaba a disminuir la ansiedad. – Dime... ¿Ayumi ha contactado contigo después de que haya salido el escándalo? ¿O su agencia, o su mánager...?

Sesshomaru permaneció callado unos instantes al otro lado de la línea.

- Por desgracia, no. – Respondió finalmente. – Acabo de revisarlo, y... Nadie se ha puesto en contacto conmigo.

Fruncí los labios, sintiendo cómo mi corazón se me encogía en el pecho.

- Ya veo...

- ¿Qué consecuencias crees que puede tener este escándalo para ella?

Las lágrimas acudieron a mis ojos sin que pudiera reprimirlas un solo segundo más.

- Por lo general, las idols no suelen hacer públicas sus relaciones privadas, dado que sus admiradores casi las consideran de su propiedad, como si tuvieran derecho a exigirle celibato o algo así... Sobre todo, con una carrera recién iniciada, y especialmente siendo una mujer... No se me ocurre cómo Ayumi podría salir de todo esto sin perder su carrera. – Gimoteé.

- Esa onmyoji es una mujer dura de pelar. – Me recordó Sesshomaru, sus palabras cálidas como un abrazo en mitad de la noche. – Estoy convencido que podrá aguantar todo lo que le echen y más. Y nosotros estamos aquí esperando por si acudiera a pedirnos ayuda, ¿está bien?

Alargué el brazo para tomar un paquete de pañuelos oculto bajo mi almohada. Saqué un pedazo de papel y me soné sonoramente los mocos con él.

- ... Gracias. – Dije, con voz gangosa. - ¿Te importa hacerme compañía por teléfono un rato más? Me tranquiliza mucho hablar contigo.

- El tiempo que necesites, pajarillo.

Mi corazón dio un vuelco al escuchar el apodo cariñoso que Sesshomaru acababa de usar conmigo. Nunca antes había recurrido a llamarme de aquel modo, pero me encontré con que no me molestaba en absoluto.

Contrariamente, su voz había destilado una ternura y un cariño tan profundo que no podía esperar a que volviese a referirse a mi como un pequeño animal del bosque.

Tres días más tarde, finalmente fui dada de alta gracias a los informes favorables de mi fisioterapeuta. Aún me veía obligada a llevar las piernas vendadas y el brazo derecho en un cabestrillo, pero me alegraba de poder despedirme de mi nada favorecedor pijama de hospital.

Firmé los papeles que autorizaban mi salida voluntaria del hospital frente a mi médico, sentada sobre una silla de ruedas. Aún tardaría un tiempo en poder caminar con normalidad, me temía. Pero sabía que contaba con la fuerza para ponerme en pie puntualmente, si era necesario.

En ese momento entraron los Taisho, por última vez, a la mortecina habitación de hospital en la que me había tirado casi un mes ingresada.

- ¡Oh, Towa! – Exclamé al ver a la hija de Sesshomaru. - ¡Estás preciosa!

La medio demonio llevaba el conjunto que le había propuesto meses atrás, cuando la había acompañado a comprarse ropa. Se había puesto el vestido de cuadros rojos y negros sobre unas mallas de cuero, las cuales se enfundaban en sus largas piernas hasta esconderse bajo sus botas de suela gruesa. Mechones de su cabello alborotado salían de debajo de su gorro de lana oscura, y una larga gabardina escondía su figura, dándole un aspecto completamente andrógino.

- Me alegro de que finalmente pudieras verme con el vestido. – Admitió la joven, rascándose la nuca. – No sabes lo empapado que estaba de sangre del día de Nochebuena...

- Oh... No me había dado cuenta de que lo llevases ese día.

Towa dejó escapar una risotada.

- Más que comprensible.

Fue entonces cuando Sesshomaru se acercó a mi y me tendió la mano, servicial.

- ¿Lo tienes todo recogido, Kaori? ¿Estás lista para marcharnos?

- Sí, no sabes cuánto. Necesito llegar a casa y darme una buena ducha en MI cuarto de baño.

Sesshomaru fue quien se colocó a mis espaldas, empujando mi silla de ruedas mientras Towa insistía en cargas mis dos bolsas de equipaje por sí misma. Según me había comentado su padre en algún que otro mensaje privado, parecía que Towa había hecho finalmente una amiga en el instituto, y desde entonces había recuperado mucha energía.

Se la veía radiante. Incluso podría jurar que llevaba una ligera base de maquillaje sobre su piel.

Es más, durante todo el camino en el coche hasta mi apartamento, la joven no separó sus ojos de la pantalla de su smartphone, probablemente chateando con la chica en cuestión. Una sonrisa asomó a mis labios, recordando con amargura que aún no habíamos sabido nada de Ayumi, quien seguía completamente aislada de los medios e incomunicada.

Su agencia tampoco había dado ninguna declaración oficial.

En cuanto a Sesshomaru, el demonio había optado por no decir palabra cuando un periodista lo había interceptado de camino a la universidad con un camarógrafo pisándole los talones. Se había mostrado indiferente hasta tal punto que muchos medios y usuarios en redes parecían confundidos, era como si el profesor jamás hubiese oído escuchar de la joven idol. La calidad borrosa de las imágenes y los píxeles aplicados por privacidad al rostro de Sesshomaru habían ayudado a sembrar la duda, permitiendo que las conjeturas respecto a él fueran muriendo poco a poco, al menos.

Los Taisho me ayudaron a salir del coche y me transportaron hasta la planta donde se encontraba mi apartamento en el ascensor en el que yo apenas me subía. Por lo que fuera, el chirrido metálico que emitía al arrancar no me generaba confianza. Aunque aquel día me dio tal subidón de serotonina escucharlo que me juré no volver a juzgar tan duramente aquel pedazo de chatarra.

- Hogar dulce hogar... - Murmuré para mí misma, introduciendo las llaves en la puerta.

Y allí estaba mi apartamento, ordenado por las manos expertas de mi madre, quien había ido con las llaves de repuesto para traerme ropa interior y otros utensilios para mi estadía en el hospital. El olor a polvo hacía que el lugar se sintiese abandonado, a pesar de albergar mis escasas pertenencias.

Towa avanzó para dejar mis bolsas en el salón.

- ¿Queréis salir a comer algo las dos? Yo invito. – Se ofreció Sesshomaru, cerrando la puerta tras nosotros.

- ¡Yo me apunto! – Exclamó Towa desde la otra punta del apartamento. - ¡Propongo ir a por pizza!

Yo me reí, tapándome la boca con el dorso de la mano.

- Por mí bien. Aunque de verdad que necesito darme una ducha primero.

El profesor Taisho me dedicó una cálida mirada.

- Claro, lo que necesites.

Dado que mi apartamento era demasiado estrecho para desplazarme cómodamente en la silla de ruedas, el demonio me tomó entre sus brazos, haciéndome sentir como una princesa, y me cargó hasta el cuarto de baño.

- ¿Quieres que me quede para ayudarte? – Se ofreció el demonio al depositarme en el borde de la bañera.

- Puedo yo sola, no te preocupes.

- ¿Estás segura?

- Tengo un taburete, estaré bien.

Al salir del agua caliente, envuelta en una toalla, tomé mi teléfono móvil, cuya pantalla no paraba de brillar debido a las notificaciones.

Había un mensaje de Kirinmaru, felicitándome por mi alta en el hospital. Aún tenía pendiente responderle a otro mensaje anterior, donde me había dicho que "esperaba que pudiera sentirme más segura" de ahora en adelante. Seguramente hacía referencia al asesinato de Inukimi, y no había sabido como abordarlo...

Por otro lado, el grupo que compartía con mis amigos de la infancia no paraba de parpadear furiosamente.

"¿Y ESE COMUNICADO, PEDAZO DE LERDA?", rezaba el último mensaje de Tomoki, seguido de varios emojis de caritas enfadadas.

Y por encima de todos ellos, se iluminaban dos sencillos mensajes de texto de Ayumi.

"Me marcho hoy mismo de Tokyo, Kaori, siento no poder despedirme."

"Esta vez prometo no desaparecer de forma indefinida."

Dos meses más tarde, con el solsticio de primera, los árboles de cerezo se encontraban en un punto de máximo esplendor. Caminando con mis zapatillas deportivas, aún notaba mi tobillo izquierdo tensarse cuando le echaba demasiado peso. Pero podía andar sin ayuda, y eso era más de lo que podía haber deseado en el mismo momento en que el desperté en una camilla de hospital.

Habían pasado muchas cosas desde que me habían dado el alta, desde luego.

Lo primero y simultáneo a ese día era que Ayumi había anunciado que se retiraba formalmente de su grupo idol. En su comunicado, también había decidido aclarar los rumores respecto a ella y el profesor Taisho. Con completa sinceridad, había explicado que se encontraba en el hospital visitando a su amiga de la infancia, y que él se encontraba allí por el mismo motivo. Y, además, había asegurado que no podían mantener ninguna relación de tipo romántica dado que ella no sentía ese tipo de atracción por los hombres.

Dijo en público, alto y claro, que era homosexual.

Ante el revuelo que causó aquella noticia, la empresa canceló el contrato de exclusividad que Ayumi había firmado con ellos. Ella se vio obligada a regresar al pueblo, a vivir de nuevo en casa de sus padres. Había aceptado encargarse por un tiempo del negocio familiar, pero no pensaba darse por vencida con su sueño. Había decidido que volvería a los escenarios, como una cantante independiente, y que daría voces a las miles de muchachas que habían sufrido por lo mismo que ella: no poder decir en voz alta que amaba a una mujer.

Aunque era un proyecto ambicioso y que llevaría tiempo, si alguien podía conseguirlo era Ayumi. Yo me había ofrecido a ser su estilista personal, dado el momento. Ambas sabíamos que no había nadie que conociese sus gustos y que pudiera sacar su belleza a relucir tanto como yo.

Apenas una semana después de que Ayumi hubiera abandonado Tokyo, los noticiarios revelaron al público el extraño caso de la mansión Miyanishi. Decían que se había encontrado el cuerpo sin vida de la propietaria en estado de descomposición, pero que aun así la autopsia revelaba con claridad que la mujer mostraba amplias perforaciones que no parecían hechas con un arma blanca, sino que se correspondían más con las marcas de las fauces de un animal salvaje. Uno de dimensiones desproporcionadas, y que se desconocía cómo podría haber accedido a la vivienda, la cual se encontraba cerrada a cal y canto. Las mujeres al servicio de la señora Miyanishi habían dado testimonio de que no tenían ni idea de quién había podido guardarle tanto rencor a su Señora, dado que era una mujer solitaria y educada que no tenía por costumbre buscarse enemigos...

Al ver las imágenes de la escena de crimen retransmitidas por la televisión, no supe decir si Kirinmaru había sido muy cuidadoso al no dejar pruebas de su autoría, o si, por el contrario, no le había importado en lo más absoluto disimular las extrañas circunstancias de la muerte de Inukimi. Los foros y comunidades online dedicadas al mundo paranormal se volvieron mucho más populares, forzando a los yokais que vivían entre los humanos a ser aún más cuidadosos que de costumbre. De hecho, Kirinmaru decidió cerrar su clínica y mantener un perfil bajo por un tiempo. Aunque no se arrepentía lo más mínimo de lo que había hecho.

Por fortuna, la policía no había informado del ataque que yo había sufrido a la prensa, de modo que pude mantenerme al margen de todo aquel escándalo mediático, aunque estaba convencida de que la inspectora Walter no descansaría hasta conocer la verdad de lo que había sucedido.

Mis sospechas no tardaron en verse corroboradas cuando, a mediados de febrero, Ayumi volvió a ponerse en contacto conmigo. Al ponernos al día, me confesó que la detective había llegado hasta el taller de su familia, buscando información sobre criaturas sobrenaturales. Al reconocerla de la visita al hospital, mi amiga esta vez no pudo escapar de su arduo interrogatorio.

Aunque muy mal no debía de haber ido, dado que me había llamado para preguntarme qué tipos de bombones sería mejor regalarle por San Valentín a la inspectora. Y, por lo que supe más adelante, ambas terminaron obsequiándose con la misma marca de chocolate, por lo que no debían de ser tan distintas como parecía a primera vista. Estaba segura de que les iría bien.

Por otro lado, Towa había terminado de adaptarse a su vida escolar. Aunque tenía una amiga más cercana que el resto, ya se relacionaba con normalidad con el resto de sus compañeros. Se había apuntado al club de fútbol, y destacaba por sus destrezas atléticas, aunque sus notas aún dejaban bastante que desear. Resultaba todo un dolor de cabeza para los profesores que trataban de ayudarla en su rendimiento académico.

Pero, al menos, la joven parecía feliz por primera vez desde que había perdido a su hermana. Y no había vuelto a meterse en problemas, por lo que se podía decir que tenía una vida normal. Seguramente, tal y como su madre habría deseado para ella al traerla a este mundo como una medio demonio.

En cuanto a mi situación laboral, bueno... No era que tuviera muchas perspectivas antes de mis lesiones físicas, pero estas no habían hecho más que complicar las cosas. A pesar de la insistencia por parte de la señora Takahashi de que no volviese a la floristería hasta recuperarme, yo me empeñé en pasarme al menos unas horas los días que había que hacer inventario. Y, sin embargo, la muy imprudente anciana se obligó a sí misma a cargar con las cajas que consideraba demasiado pesadas para mí hasta que tuvo una caída que la llevó al quirófano.

Con el estado tan deteriorado de sus huesos, estaba más que claro que no podía seguir trabajando en la floristería, por lo que la mujer no tuvo más remedio que cerrar su amado negocio. Aunque ella comentó con una sonrisa que se sentía satisfecha por haber podido trabajar allí conmigo hasta el límite de sus capacidades.

Ante los incidentes de mi inevitable despido y las condiciones físicas en las que me había dejado atender a la señora Takahashi, Mai no tardó en llamarme por teléfono. Su madre le había puesto al tanto de todo y se había sentido tremendamente culpable por mi situación, de modo que había puesto patas arribas la oficina hasta que conseguirme un puesto en la marcaNadeshiko, como analista de tendencias. No era el puesto de mis sueños, pero dado que no tenían previsto fundar su línea más moderna y juvenil en breve, al menos me serviría para acumular experiencia en el sector.

Y me había salvado el culo, para qué mentir. Aquello era mucho mejor que quedarme sin empleo y con severas limitaciones físicas, aunque fuesen temporales. Eso me habría obligado a perder parte de mi autonomía, y pedir prestado dinero a mis padres, o... Incluso puede que a Sesshomaru.

Ah, sí, el profesor Taisho.

Su vida era la que menos había cambiado en los últimos meses, sin duda. Una vez desmentidos los rumores de su presunta relación con la exidol Ayumi, los reporteros pronto se aburrieron de acosarlo. Había seguido impartiendo sus clases en la universidad, y había estado a mi completa disposición cada vez que había necesitado asistencia con mi movilidad reducida.

Sin embargo, ninguno de los dos se había atrevido a tocar el delicado asunto que aún teníamos pendiente... ¿Y ahora qué?

Le dije que podría decidir si quería tener una relación más íntima con él o no una vez conociese su pasado en profundidad... Y ya lo sabía todo. Lo aceptaba, era una parte más de mi vida, y aún así, no terminaba de encontrar una etiqueta que nos definiese. Quizás estaba bien quedarnos así de forma indefinida, pero no dejaba de tener la sensación de que ambos no parábamos de danzar de forma cuidadosa y controlada con cuidado de no hacer saltar por los aires esa tensión entre nosotros que no tenía nombre.

Y por eso... Aquella tarde habíamos quedado para almorzar en su apartamento, y después marcharnos a ver los cerezos en flor, juntos. Para ayudarnos a reconectar, hablar ningún otro asunto en mente que no fuéramos nosotros, y deshacernos de esa especie de guerra fría que ninguno de los dos había decidido empezar.

Sí. Ese día se acababa el ambiente extraño entre nosotros.

Entré en el complejo de apartamentos donde residía el profesor Taisho y, como siempre, el demonio me recibió apoyado en el marco de su puerta apenas salí por el ascensor. Llevaba las gafas sobre el puente de la nariz, como si acabase de salir de la universidad, y su cabello recogido en una coleta a la altura de la nuca. Había insistido en dejarse la melena crecer de nuevo desde que había sabido cuánto me gustaba, aunque aún no le llegaba siquiera a los hombros.

Lo que me hizo abrir la boca en asombro era el precioso conjunto de pantalones blancos y chaleco violeta que abrazaba el torso de Sesshomaru. Aquellas piezas estaban confeccionadas a medida, de eso no me cabía duda.

Me miré desde la punta de mis zapatillas deportivas hasta la sudadera dos tallas más grandes que me pendía de los hombros y no pude evitar sonrojarme, sintiéndome claramente fuera de lugar.

- ¿M-me he perdido algo...? – Le pregunté a Sesshomaru, confundida. - ¿Acaso estamos celebrando alguna ocasión especial?

El demonio me respondió con una media sonrisa, curvando únicamente una de las comisuras de sus labios.

- Hacía mucho que no nos reuníamos de esta forma tan romántica, y me pareció correcto vestirme para la ocasión. – Explicó con un deje de diversión en los ojos.

Su extrema confianza hizo que me el corazón me diese un vuelco. Cada vez se volvía una costumbre más habitual para ese hombre el burlarse de mí para su propio entretenimiento.

Crucé los brazos a la altura del pecho, lanzándole una mirada de reproche.

- Podrías haberme avisado al menos para no presentarme con estas pintas.

Los ojos dorados del demonio recorrieron mis piernas de arriba abajo, enfundando en unos pantalones vaqueros con rotos a la altura de las rodillas y los bajos deshilachados de forma intencional. Había elegido una estética de lo más desaliñada en un intento de aligerar el ambiente de nuestra reunión, aunque de poco había servido.

El demonio me invitó a pasar a su casa con una expresión más tierna en esta ocasión.

- He preparado un atuendo para ti también, en caso de que quisieras cambiarte. – Me dijo, tendiéndome la mano con delicadeza. - ¿Me concederías el honor de llevarlo puesto para la velada de hoy?

Sesshomaru estaba actuando extraño. No era un hombre al que le faltara clase ni mucho menos, pero aquel tipo de actitud servicial era... Atípica en él. No porque no fuese amable de forma habitual, sino porque...

Sus palabras y gestos eran mucho más exuberantes de lo que a aquel introvertido cascarrabias solía mostrar.

Aún así, decidí no cuestionarle y me adentré hasta la habitación que había pertenecido a Towa. Allí, Sesshomaru me concedió unos minutos de privacidad para que pudiera cambiarme a gusto. Me desvestí y me puse un hermoso vestido de satén blanco con escote de barco, a juego con la camisa y los pantalones de Sesshomaru. La tela caía sobre las curvas de mi cuerpo, arropándolas como si hubiera sido creado para mí, aunque no tenía ni idea de cómo había obtenido el profesor Taisho mis medidas.

Me anudé una gargantilla violeta con una flor alrededor del cuello y me apreté el lazo del mismo color a la espalda como buenamente pude. Aprovechando el tocador del cuarto, me repasé el maquillaje de los ojos y me peiné el cabello tanto como mis aún delicados brazos me permitieron. Entonces, notando cómo la parte del pecho se seguía escurriendo hacia abajo, me di cuenta de que necesitaba anudarme un cordón alrededor del cuello para mantenerlo en su sitio.

Al alzar los brazos, me di cuenta de que mi maltrecho codo derecho se quejaba en silencio al intentar doblarlo en aquel ángulo. Chasqueé la lengua con fastidio y me volteé hacia la puerta, permaneciendo sentada frente al tocador.

- Sesshomaru. – Le llamé, sabiendo que no necesitaba alzar la voz para que él me oyese. - ¿Puedes ayudarme un momento?

Seguido de un breve silencio, se abrió la puerta frente a mí con un leve chasquido. Entonces apareció el profesor Taisho, esta vez sin sus gafas, y se acercó a mi con el rostro impertérrito.

- ¿Qué necesitas, Kaori?

Le mostré el cordón que debía de atar a la altura de mi nuca.

- No quiero forzar el brazo malo. ¿Me ayudas a atarme el cordón?

- Por supuesto que sí.

El demonio me colocó frente al espejo del tocador, sus dedos acariciando los sensibles cabellos de mi nuca.

- Sabía que ese vestido te quedaría perfecto. – Murmuró él, mirándome con completa adoración. – Estás preciosa.

Un rubor natural adornó mis mejillas en ese momento.

- Yo siento que estoy a medio hacer. – Le reproché, jugueteando con la flor de mi gargantilla de tela. – Tendrías que haberme avisado, así podría haberme traído unos pendientes a juego o algo...

Sesshomaru terminó de anudar el cordón en la nuca y giró la silla del tocador para dejar mi rostro a centímetros del suyo. Sus dedos recogieron un mechón de mi cabello para recogerlo por detrás de mi oreja, en un tierno que gesto que repetía como muestra de afecto.

- Te ves perfecta, Kaori.

Sus ojos se clavaban en los míos con tanta intensidad que juraría que iban a absorberme por un momento. Antes de poder reaccionar, el demonio se volvió para sacar una caja de zapatos del armario.

- ¿Puedes llevar unos tacones que no sean muy altos? – Me preguntó.

- S-si tienen el tacón grueso... - Respondí de forma automática, recordando las recomendaciones del fisioterapeuta de cara a la recuperación de mi tobillo. – U-un momento, Sesshomaru... ¿Qué es todo esto? ¿Vamos a algún sitio elegante?

El demonio se arrodilló frente a mí y tomó mi pie izquierdo, retirando el calcetín que aún llevaba puesto para deslizar un hermoso zapato a juego con los accesorios del vestido.

- En principio, no. – Musitó él, como si no hubiese nada raro en su comportamiento. – Hoy solo somos tú y yo.

Un escalofrío me recorrió la columna. Con un tirón, le retiré la pierna derecha antes de que pudiera calzarla, y le miré con dureza.

- ¿Podrías decirme de una vez qué es lo que estás tramando? – Le exigí, comenzando a sentirme molesta.

No me gustaba no saber qué era lo que estaba sucediendo a mi alrededor, y él sabía mejor que nadie el por qué. De modo que dejó escapar un suspiro, resignado.

- Está bien. – Concedió, alzando las palmas de sus manos en signo de rendición. – Quería que fuera una sorpresa, pero dado que alguien está impaciente... Te lo diré ahora.

El demonio rebuscó en el bolsillo de su chaleco y chasqueó la lengua, claramente molesto. Sin extraer nada del compartimento, Sesshomaru acunó una de mis manos entre las suyas y tragó saliva, mostrando un nerviosismo tan humano que jamás hubiera creído propio de él.

Para mayor intimidad del momento, el profesor Taisho liberó sus rasgos demoníacos, dejándolos a la vista. La media luna sobre su frente, las líneas paralelas sobre sus pómulos, sus garras afiladas en punta...

- Yo... - Murmuró, acariciando mis nudillos con los pulgares. – Quería pedirte que fueras mi esposa. – Carraspeó. - ¿Quieres casarte conmigo, Kaori...?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros, creando una tensión en el ambiente muy distinta a la que esperaba. Una ola de calor ascendió desde mi pecho, coloreando desde mi mentón hasta la punta de mis orejas.

En estado de shock, mis manos temblaron entre las garras del demonio antes de ponerla en alto, mostrándole las palmas en señal de "stop".

- ¡Un momento, un momento, un momento...! – Exclamé, al borde de un ataque al corazón. - ¿N-no crees que te estás saltando muchos pasos, Sesshomaru? Ni siquiera estamos saliendo oficialmente, y me vienes con esto...

Una sonrisa curvó las comisuras de mis labios, delatando la felicidad que me provocaba su genuino compromiso conmigo. Sin embargo, no mentían al decir que pasar de ser más que amigas a marido y mujer era... Demasiado precipitado.

El demonio ladeó la cabeza, confundido por los mensajes contradictorios que lanzaban mis palabras y la expresión de mi rostro.

- ¿Me has... dicho que no...? – El demonio, más que ofendido, se mostró asombrado, llevándose una mano al mentón. – Esto no entraba en mis cálculos...

- ¡Sesshomaru! – Le llamé, trayéndolo de vuelta a nuestra conversación. – P-podemos ser pareja... Es decir... Novios, ¿entiendes? Pero es muy pronto para algo como el matrimonio.

Sus ojos dorados refulgieron con júbilo. Su expresión se dulcificó mientras dejaba escapar una débil risa.

- Ah, eso es, claro... A veces se me olvida que los tiempos han cambiado, que hay otras fases en las relaciones, y que las mujeres pueden negarse a comprometerse, claro...

Le atravesé con la mirada ante aquel último comentario.

- ¿Qué quieres decir? – Inquirí, levantando una ceja.

- Me crie en una época en la que el matrimonio era la única forma de formar un vínculo romántico de forma duradera, entre los humanos, por supuesto. – Me explicó mientras sus garras acariciaban las telas del vestido, dibujando círculos alrededor de mis rodillas. – Era la única forma de que las mujeres humanas preservase su dignidad y su valor, de modo que suponía todo un honor al que no podían negarse cuando se presentaba la oportunidad.

Sus ojos parecían perdidos en el pasado, sin observarme a mí directamente. Preocupada, deposité mis palmas sobre sus manos.

- ¿Por qué me cuentas todo esto ahora, Sesshomaru...?

El profesor Taisho sacudió la cabeza débilmente.

- Quería hacerlo bien esta vez. – Dijo, clavando sus ojos en mí esta vez. – Quería pedirte matrimonio como se espera de mí en los tiempos que corren. – Explicó, señalando nuestros atuendos de boda al estilo occidental. – Yo...

Quizás esto estropea la magia del momento, pero lo cierto que es que Rin no tuvo más remedio que casarse conmigo para salvar la vida. Quería que esta vez fuese una proposición en condiciones.

- Alto ahí, alto ahí... Punto número uno: ¿creías que yo estaba esperando a que me pidieses matrimonio?

- Bueno... ¿Sí...? Teniendo en cuenta que has seguido conmigo después de todo... Aunque quizás me he adelantado a los acontecimientos.

- Un poco. – Respondí, acariciándole la mejilla con ternura. – Y segundo... Está bien que seas sincero. Ahora que lo pienso, nunca me has contado cómo conociste a Rin ni vuestra historia de amor...

El demonio sonrió con cierta picardía. Se puso en pie, y atrapando mis manos entre las suyas, me ayudó a ponerme en pie. Mi cabeza chocó contra su pecho antes de que pudiera recuperar el equilibrio. Tenía un pie descalzo y en el otro calzaba un zapato de tacón.

- Eso puede esperar. – Dijo él, sosteniendo mi mentón entre sus dedos. – Primero me gustaría contarte cómo conocí a mi novia...

- A-aún no he dicho que sí...

- ¿Quieres ser mi pareja, Kaori? Mi novia, mi amada, el sol que me hace despertar cada mañana...

- Sí, sí... Ya deja de decir esas cosas tan vergonzosas.

Sesshomaru dejó escapar una carcajada burlona contra mi boca.

- Perfecto, entonces...

Sus labios presionaron contra los míos mientras sus garras me hacían cosquillas en el rostro. Su abrazo me mantenía aislada del mundo exterior, ajena a los sonidos, la temperatura y la sensación dispareja entre mis pies.

Todo lo que siempre había soñado se encontraba allí, en esa boca que me devorada con necesidad contenida y esas manos que me atesoraban como la joya más preciada. Como si nunca hubiera habido ni fuera a haber nada más preciado para él.

A pesar de la niebla de dudas que me había acechado durante el último año... Yo había elegido a Sesshomaru. Y él me elegía a mí. En realidad, siempre había sido tan sencillo como eso.

Y con eso era más que suficiente para los dos.