Bruce estaba en Gotham, o lo que quedaba de ella: un cementerio de edificios rotos y calles sembradas de sombras. Frente a él, el Joker reía, su rostro pálido y desencajado brillando bajo una luz que no existía. Llevaba su traje púrpura raído, pero impecable, como si el caos del mundo no lo hubiera tocado.
—¿Por qué no estás contento, Batsy? —dijo, extendiendo los brazos como un showman en su gran final—. ¡Mira esto! Oscuro, deprimente, perfecto para ti. El mundo que siempre quisiste, ¿no?
Bruce apretó los puños, la voz saliendo como un gruñido grave. —No. Esto no es lo que quería.
—¡Vamos, vamos! —El Joker dio un salto exagerado, aterrizando a centímetros de él—. ¡Has acabado con la injusticia de una vez por todas! Deberías estar dando volteretas, ¡riendo como yo por fin! —Se inclinó, su sonrisa cortante como una navaja—. No más crimen, no más sufrimiento. Todo bien muerto y enterrado. ¿Ves? Siempre tuve razón. La muerte era la solución. Si me hubieras escuchado antes, si hubieras apretado el gatillo como te rogué tantas veces, habríamos llegado aquí mucho más rápido.
—¡Yo no quería esto! —estalló Bruce, su voz resonando en el vacío—. Tú… tú eres el que siempre ha querido destruir todo.
El Joker ladeó la cabeza, fingiendo ofensa con un puchero teatral. —¿Compararme con ese imitador barato? —Soltó una carcajada chirriante—. ¡El Nuevo Joker! Por favor, Batsy, no me insultes. Ese payaso de segunda no tiene mi estilo. ¿Dónde está la diversión en esto? —Señaló el horizonte desierto, los edificios colapsados y el cielo rojo—. Él solo rompió el juguete. Yo… yo lo habría hecho cantar antes de apagarlo.
—Tú siempre dejabas un rastro de cadáveres —replicó Bruce, sus ojos fijos en esa sonrisa eterna—. No finjas que esto no es tu obra.
—¡Oh, Batsy, Batsy, Batsy! —El Joker dio una pirueta, aterrizando con un golpe seco—. Qué poca visión. No se trata del final, ¿sabes? ¡Es el camino! Los gritos, el terror… ¡las risas! —Sus ojos brillaron con un deleite enfermizo—. Los cuerpos eran sólo confeti, las consecuencias de la fiesta. A nadie le gusta limpiar después, pero como dicen… no puedes hacer una tortilla sin romper unos huevos, ¿verdad?
—Estás loco —dijo Bruce, la palabra cayendo pesada entre ellos.
—¡Jajajaja! —El Joker se dobló de la risa, sosteniéndose el estómago—. ¡Ese es un buen chiste, Brucy! ¿Y sabes qué es lo mejor? —Se enderezó, acercándose tanto que Bruce pudo oler el hedor a pintura y podredumbre—. Que te estás hablando a ti mismo. Yo no soy más que un eco en esa cabecita tuya. Un reflejo en el espejo roto de tu conciencia.
—Entonces desaparece —ordenó Bruce, su voz cortante como acero.
—¿Desaparecer? —El Joker retrocedió, llevándose una mano al pecho como si estuviera herido—. ¡Oh, no, no, no! Estaré aquí… siempre aquí. Porque en el fondo, tú y yo somos lo mismo. Dos payasos con disfraces distintos, corriendo tras nuestros egos. La única diferencia es que tú te reprimes, Batsy. Ese trauma infantil tirando de tus cadenas, llevándote en dirección contraria. —Se inclinó de nuevo, susurrando con veneno—. Vamos, Bruce… déjate llevar. Sé que disfrutas golpeando, descargando toda esa rabia. ¿Cuántas veces me machacaste con esos puños? No era necesario, y lo sabemos. Era esa parte mía que vive en ti. ¡Ríe, Brucy! ¡Ríe conmigo!
—¡Déjame en paz! —gritó Bruce, dando un paso atrás—. ¡Estás muerto!
—¿Muerto? —El Joker inclinó la cabeza, y su voz cambió, volviéndose grave y rasposa—. Quizás… o quizás no. —Su cuerpo comenzó a temblar, la piel pálida agrietándose como porcelana rota—. ¡Zombi! —aulló, y entonces ocurrió.
Bruce reconoció los signos al instante: el virus, ese maldito virus que había arrasado su mundo. La carne del Joker se hinchó, sus músculos se retorcieron como si la fórmula Titan corriera por sus venas. Su mandíbula se desencajó, dejando escapar un alarido gutural, inhumano, mientras sus ojos se volvían blancos y vidriosos. Se lanzó hacia él, las garras extendidas, la risa transformada en un rugido de ultratumba.
Bruce se despertó de golpe, el corazón martilleándole en el pecho. El sudor empapaba su frente, corriendo en gotas frías por sus sienes. La habitación de la posada volvió a enfocarse: las paredes de madera, la ventana abierta dejando entrar una brisa helada, el silencio roto sólo por su propia respiración agitada. Se llevó una mano al rostro, frotándose los ojos como si pudiera borrar la imagen del Joker zombificado.
Bruce se levantó de la cama, el colchón crujiendo bajo su peso. Caminó hacia la ventana, el suelo de madera fría contra sus pies descalzos. Afuera, la oscuridad era absoluta, una noche sin luna que devoraba la plaza. Las pocas luces de los edificios cercanos apenas alcanzaban a iluminar sus propias fachadas, y la iglesia abandonada en el centro se había desvanecido, tragada por la penumbra como si nunca hubiera existido.
La pesadilla aún resonaba en su mente, fresca y punzante como una herida abierta. Combinada con sus patrones de sueño —forjados tras años de patrullas nocturnas en Gotham—, volver a dormir era una batalla perdida.
Su cuerpo pedía descanso, pero estaba acostumbrado a ignorarlo. Había sobrevivido con menos.
Sacó la pizarra de su mochila, deslizó la capa de pizarra y activó la tablet oculta con un toque de su pulgar. La pantalla cobró vida con un brillo tenue, suficiente para sus ojos pero invisible para cualquiera que mirara desde fuera.
Conectó con los sistemas de la Batcueva, revisando el estado de su mundo. No había grandes cambios. Aunque para él, inmerso en la novedad de Orario, el día transcurrido parecía una semana, los mapas de evacuación mostraban lo esperado: un progreso lento pero constante. Incidentes menores —un puente colapsado, un grupo perdido— habían sido resueltos por la inteligencia artificial que él mismo había programado. Todo estaba bajo control, o lo más cerca que podía estarlo un mundo en ruinas.
Entonces, un ícono parpadeó en la esquina: un correo electrónico. Bruce frunció el ceño. No esperaba mensajes. Lo abrió.
Asunto: ¡Hola desde el campo!
¡Hola, Bruce!
Me alegro de la decisión que has tomado. Incluso si te vas tan lejos, me alegro de que migres a un lugar con gente y vivas como una persona normal.
¡Oye! No digo que no fueras normal antes… pero… ya sabes…
Ah, ¿que si me parece bien que hayas tomado el portal para ti? ¿Te puedes creer que ya me había olvidado de ese chisme? ¡Me alegro que esté en manos competentes! Así que sin problema. Gracias por explicarme cómo localizarte.
¡Espero noticias tuyas!
Por cierto… ¡me he llevado una sorpresa con Nuevo Krypton! O "Nuevo, nuevo Krypton" como lo llaman por aquí cuando llevan unas copas de más. Por lo de Kandor y eso.
Pues como la ciudad, me imaginaba un entorno futurista, con tecnologías increíbles y eso.
¡Es una comunidad agrícola!
En serio… ¡es como regresar a Smallville! Pero sin tractores. Y sin los poderes, por este sol diferente… ¡me duele todo de tanto trabajar!
Espero que reconstruyan rápido en la Tierra… ¡no pienso vivir permanentemente en una granja sin tractores!
X-D
Ya te iré contando. Espero que tú también me escribas regularmente.
¡Un abrazo!
Kara
Por un instante, Bruce se sorprendió, hasta que recordó: había programado la IA para enviarle a Kara un mensaje automático con su destino. Lo había olvidado en el torbellino de los últimos días. La voz desenfadada de Supergirl, incluso a través de texto, le arrancó una sonrisa rara, una que suavizó las líneas duras de su rostro. Decidió responder, manteniéndolo breve pero con un toque de su humor seco.
Asunto: Llegué bien
Kara
Ya estoy en destino.
Sí, en una ciudad. Lo creas o no, estoy socializando sin estar involucrado en una misión.
Este lugar parece sacado de un anime japonés. Hay aventureros, elfos, enanos y hombres-bestia.
Si te aburres de "Nuevo Smallville" —sabes a qué me refiero—, puedes venir aquí. Siempre y cuando no vistas tu traje kryptoniano, creo que podrías pasar desapercibida fácilmente. Dicen que hay gente muy fuerte, no a tu nivel, creo, pero mucho, así que nadie se extrañaría.
No sé cuánto podré responder, pero quiero que sepas que estoy bien y estoy asentándome.
Intentaré escribirte a menudo y contarte un poco de este sitio.
Cordialmente
Bruce
Cerró el correo y se quedó mirando la pantalla apagada por un momento. ¿Debería salir a explorar la noche de Orario? La idea lo tentaba, un eco de sus noches como Batman, pero se contuvo.
No estaba listo, no aún. Le faltaba preparación: equipo, conocimiento del terreno, una estrategia sólida. Pero si regresaba a la Batcueva…
Dudó. Abrir el portal aquí, en una posada habitada, era un riesgo. ¿Y si algo salía mal? Quizás sería más prudente usarlo en un lugar aislado, fuera de la ciudad, aunque eso traía otro problema: ser visto. Confió en la tecnología del artefacto —hasta ahora no le había fallado— y activó el portal. Un círculo de luz tenue se abrió en la habitación, silencioso y estable.
Cruzó sin mirar atrás.
El aire frío y estéril de la Batcueva lo recibió como un viejo amigo. Fue directo al laboratorio, sacando el carburador oxidado que había comprado en el mercado. Lo colocó bajo el escáner multiespectral, y los resultados confirmaron sus sospechas: era exactamente lo que parecía, un componente de un motor de combustión. Más sorprendente fue su edad: más de mil años. La aleación, resistente a la oxidación, había soportado el tiempo, pero no lo suficiente para ocultar las marcas de su antigüedad. Bruce frunció el ceño, procesando. Este mundo había conocido tecnología avanzada en el pasado, una civilización perdida que dejaba preguntas colgando en el aire.
Satisfecho con el análisis, pasó a su siguiente tarea: el equipo. Las ropas que llevaba estaban bien para un mercader discreto, pero una incursión nocturna exigía más. Revisó su arsenal y eligió un atuendo de ninja completo, uno de sus diseños tempranos. Negro como la medianoche, con capucha y un recubrimiento que dejaba sólo sus ojos expuestos, era perfecto para fundirse en las sombras. Sin embargo, moverse sin su sistema de anclaje lo hacía sentir limitado. Buscó entre las reliquias de su "museo" y encontró una versión primitiva: puramente mecánica, salvo una batería y un motor pequeño para retraer el cable. Nada de electrónica sofisticada, sólo lo esencial. Si caía en manos equivocadas, no desentonaría demasiado con un mundo que ya había conocido carburadores.
Agregó también un par de granadas de humo. Bruce poseía múltiples tipos. Era uno de sus equipos más utilizados a fin de cuentas. Estas usaban un mecanismo mecánico de tiempo, lo que eran apropiadas para Orario.
Por último, tomó un lingote de oro de tamaño considerable. Sus cálculos mentales eran claros: los fondos que había conseguido en Orario se agotarían pronto, quizás antes de que la esmeralda se vendiera. El oro sería un colchón temporal, fácil de negociar sin levantar sospechas excesivas.
Reabrió el portal y regresó a la habitación. Guardó la tablet, ajustó su nuevo atuendo y abrió la ventana con cuidado. La dejó entreabierta tras salir, ajustándola lo suficiente para que, desde fuera, pareciera cerrada a simple vista. Descendió por la pared con la agilidad de siempre, sus movimientos silenciosos como los de un espectro. Al tocar el suelo, se fundió en las sombras de la plaza, avanzando entre callejones donde la luz no llegaba. La noche de Orario lo recibió, desconocida y llena de promesas.
Las sombras de Orario eran un terreno familiar para Bruce, un lienzo donde sus instintos podían desplegarse sin esfuerzo. Su primera reacción fue buscar las tapas de alcantarilla, un reflejo grabado en años de patrullas por Gotham. Se acercó a una, agachándose en la penumbra, y apoyó una mano enguantada sobre el metal frío.
Desde abajo, un murmullo claro de agua resonaba, un río subterráneo que fluía sin pausa. No sabía cómo eran las alcantarillas de esta ciudad —si eran túneles estrechos o vastas catacumbas como las de su hogar—, pero su potencial era innegable. Un medio para desaparecer, para moverse sin dejar rastro, un atajo entre puntos distantes. También un nido probable para los indeseables, como siempre lo habían sido.
Sin embargo, no era el momento. El hedor que impregnaría su traje sería un problema difícil de justificar en una posada compartida.
En Gotham, Alfred había lidiado con eso, protestando con su habitual diplomacia británica —"Master Bruce, podría al menos avisarme antes de traer el aroma de las cloacas a casa"—, pero aquí no tenía esa red de apoyo.
Una vivienda propia, con una lavadora y sin preguntas incómodas, sería ideal. Por ahora, esa solución estaba fuera de su alcance.
Se enderezó, dejando las alcantarillas como un plan futuro, y su mente recurrió al mapa que había dejado en la habitación. No lo necesitaba en mano; su memoria fotográfica ya había capturado lo esencial: las arterias principales de Orario, los puntos de interés, las zonas que prometían caos o calma. Uno destacaba por encima de los demás: Daedalus Street. Según Al, era lo más parecido a los bajos fondos de Gotham que esta ciudad ofrecía, un imán irresistible para alguien como él. La decisión estaba tomada.
Se movió con precisión quirúrgica, buscando siempre la sombra permanente. A veces escalaba a los tejados, sus dedos encontrando agarre entre tejas sueltas y cornisas desgastadas; otras, se deslizaba por callejones tan estrechos que las paredes rozaban sus hombros; y en ocasiones, cruzaba espacios abiertos en un borrón silencioso, demasiado rápido para ser percibido. Cuando las fachadas no ofrecían adecuados puntos de apoyo, su sistema de anclaje proporcionaba la solución. Cada paso lo acercaba más a su destino.
Daedalus Street no era una calle en el sentido clásico, a pesar de su nombre. Era un laberinto, una serpiente de piedra enroscada sobre sí misma en nudos imposibles.
Quien lo diseñó —genio o lunático— había creado una obra destinada a desorientar. Las calles se retorcían en ángulos ilógicos, algunos tramos duplicaban a otros como espejos engañosos, mientras las pendientes jugaban con la percepción.
Bajabas y, sin darte cuenta, estabas subiendo. Las ilusiones ópticas estaban tejidas en la arquitectura misma, un rompecabezas tridimensional que desafiaba la lógica. Bajo el sol, la luz podía ofrecer una brújula natural, pero en una noche sin luna como esta, el efecto era devastador. Cualquier novato podía perderse en minutos, atrapado en un ciclo de confusión.
Al había mencionado una anécdota que resonaba en su mente: algunos lo llamaban irónicamente el "atrapasueños", un juego de palabras con un trasfondo sombrío.
No era sólo un filtro de sueños rotos; era un lugar donde los incautos podían quedar varados, vulnerables a asaltos o peor si no escapaban antes del anochecer. Con el tiempo, esa naturaleza laberíntica había atraído a los marginados de Orario: los pobres, los criminales, los que buscaban refugio en un lugar que nadie con opciones elegiría. Para Bruce, era como un eco de casa.
No se limitaba a moverse en silencio; dominaba algo más profundo, una habilidad perfeccionada a lo largo de años. La "fuerza de la presencia", como la habían llamado sus maestros en la Liga de Asesinos, aunque cada cultura tenía su propio nombre. Era un arte dual. Por un lado, podía apagarla por completo, volviéndose un vacío en la percepción ajena. En un mar de ruido y movimiento, la mente humana buscaba señales destacadas; al eliminarlas, Bruce se convertía en un fantasma, invisible incluso a plena vista, siempre que su objetivo no estuviera ya en alerta. Por otro, podía proyectarla como una amenaza intangible, una sombra que helaba la sangre sin revelar su forma. Sentir el peligro sin poder localizarlo era suficiente para quebrar a los más fuertes.
Esta noche, eligió la invisibilidad. Se perdió deliberadamente en las calles de Daedalus, dejando que el azar guiara sus pasos, y pronto encontró lo que esperaba. Intercambios furtivos iluminados por el brillo tenue de lámparas de aceite: manos rápidas pasando bolsas de polvo o hierbas —drogas, sin duda—, otras entregando objetos envueltos que gritaban "robado" por la urgencia con que se ocultaban. Grupos pequeños se reunían en esquinas, susurros conspiratorios flotando en el aire. Era un microcosmos de crimen, predecible y caótico a la vez.
Bruce sintió la ausencia de su tecnología como un peso en el pecho. El amplificador auditivo de su antiguo traje habría sido invaluable aquí. Recordó con una punzada de humor seco sus primeros días como Batman, cuando escuchar conversaciones requería un armatoste direccional, pesado e impráctico. Lucius Fox había cambiado eso, integrando placas en el traje que actuaban como una oreja gigante, capturando sonidos y reconstruyéndolos digitalmente. Con el visor, las voces lejanas llegaban claras a sus oídos, marcadas por ondas visuales que señalaban al hablante. Ahora, sin eso, los murmullos a su alrededor eran un galimatías indistinto, fragmentos de palabras tragados por la distancia y el viento.
Aún así, no actuó. Esta no era su ciudad, no todavía. No conocía las leyes, los límites, ni a los responsables de hacerlas cumplir. ¿Eran esos intercambios ilegales aquí?
¿Qué tan graves eran? ¿A quién dañaban? Ignoraba demasiado para intervenir. Él era un aliado de la justicia, no un vigilante ciego que impartía castigos sin contexto.
Por ahora, se limitó a observar, grabando cada detalle en su mente: las rutas, las caras borrosas bajo capuchas, los patrones de movimiento. Era un depredador estudiando un nuevo coto de caza, paciente y meticuloso.
El tiempo se deslizaba en Daedalus Street, minutos que se estiraban en horas mientras Bruce observaba desde las sombras. Los presuntos delitos —intercambios de drogas, mercancías sospechosas, reuniones clandestinas— se repetían en un ciclo monótono que pronto perdió su novedad. Sin embargo, el lugar mismo seguía fascinándolo.
Cada rincón revelaba una nueva trampa visual, un juego de ilusiones digno de un maestro. En un momento, avanzó por una calle estrecha y, al girarse, un muro pareció materializarse detrás de él. No era real, sólo una ilusión óptica visible desde un ángulo preciso, pero el efecto era desconcertante. Imaginó a un incauto atrapado en ese engaño, convencido de haber emergido de un callejón sin salida.
El cansancio comenzaba a pesar en sus hombros, un recordatorio de la pesadilla y las pocas horas de sueño. La oscuridad aún dominaba el cielo, pero su cuerpo acusaba el esfuerzo. "Quizás, si regreso, pueda dormir una hora más antes de que llegue Al", pensó. El paseo, al menos, había logrado su propósito: el eco del Joker zombificado se desvanecía, ahogado por el latido de esta ciudad extraña.
Ascendió al tejado del edificio frente a él con un movimiento fluido, sus dedos encontrando agarre en la piedra desgastada. Para un novato, el laberinto de Daedalus podía ser una prisión, pero había una salida simple: trepar. Desde lo alto, la imponente torre de Orario se alzaba como un faro, una brújula infalible en la noche. Sólo hacía falta un edificio accesible —con escaleras o paredes escalables— para escapar de la trampa. Caminó por los tejados, saltando entre ellos con pasos silenciosos, cuando unas voces cortaron el aire, más altas y agresivas de lo habitual.
—Vamos, Coco. Suéltalo. Sé que sabes dónde está Lili.
Bruce se detuvo, agazapándose tras una chimenea rota. Abajo, en un callejón, un hombre con rasgos de mapache golpeaba a una chica menuda. Dos figuras más, cómplices probablemente, observaban desde atrás con sonrisas torcidas, disfrutando el espectáculo.
—¡No sé nada! ¡Te lo juro, Canoe! ¡No la he visto en dos semanas! —La voz de la chica, Coco, temblaba de miedo y dolor.
—¿Crees que no sé lo de la taberna de medianos? —replicó el mapache, Canoe, descargando otro golpe.
Bruce entrecerró los ojos. Medianos. Al los había mencionado: una raza de apariencia juvenil, como esa chica, "Lili", que supuestamente era el objetivo de esta búsqueda. Pero incluso si la chica golpeada podía tener más años de los que aparentaba, eso no cambiaba los hechos: estaba siendo atacada.
—¡No la he visto, lo juro! ¡Ya me has robado el dinero! ¡Déjame en paz! —suplicó Coco, llevándose las manos a la cara.
—¡Dime lo que quiero saber! —gruñó Canoe, levantando el puño de nuevo.
—¡No puedo decirte lo que no sé!
—Entonces sufre y recuerda. Así la próxima vez estarás atenta.
Las risas de los cómplices resonaron en el callejón, un sonido que encendió algo en Bruce. Podía ignorar tratos turbios de mercancías, pero esto —una paliza a alguien indefenso, niña o no— cruzaba una línea que no toleraba. Su instinto de Batman tomó el control.
Mientras los dos secuaces reían, una sombra se deslizó desde el tejado, rápida como un relámpago. Un grito ahogado cortó el aire, y uno de ellos cayó al suelo, inconsciente antes de tocar la piedra.
—¡Canoe! —gritó el otro, dando un paso atrás.
—¡No me molestes! —ladró el mapache, sin girarse.
—¡Mira!
Canoe se volvió, y su rostro se torció al ver a su compañero desplomado en el suelo. —¿Qué demonios?
—¿Nos han atacado? —balbuceó el segundo, sus ojos buscando frenéticamente en la oscuridad.
—¿Quién? —gruñó Canoe, escudriñando las sombras con los dientes apretados.
—¡No sé! ¡Apenas vi una sombra! —respondió el otro, su voz temblando.
—¡Muéstrate, cobarde! —rugió Canoe, desenvainando un cuchillo corto con un movimiento brusco.
Un silbido cortó el aire, seguido de un golpe seco contra una pared cercana. Bruce había lanzado una shuriken, no contra ellos —podía ser letal—, sino como distracción. Ambos giraron hacia el sonido, armas en mano, y Canoe avanzó con cautela hacia el rincón oscuro, sus ojos adaptados a la penumbra esforzándose por distinguir algo en la negrura.
Era el momento. Bruce descendió sobre el segundo cómplice como un espectro, un golpe preciso al cuello lo dejó fuera de combate en un instante. Coco, desde su posición, vio todo con claridad —el ángulo le permitía distinguir la figura encapuchada—, pero el terror la mantuvo muda, los ojos muy abiertos, brillantes de lágrimas contenidas.
Canoe se giró. —Creo que se ha ido —dijo, su voz tensa, sólo para encontrar a su otro hombre desplomado—. ¡Mierda! ¿Quién? ¡Muéstrate, maldito!
Giraba sobre sí mismo como un animal acorralado, el cuchillo temblando en su mano, convencido de que así podría anticipar el próximo ataque desde cualquier dirección.
Estaba equivocado. Bruce cayó desde el tejado como un halcón, un impacto limpio en la nuca lo derribó al instante. El silencio volvió al callejón, roto sólo por la respiración entrecortada de Coco.
Por primera vez, la chica vio los ojos de la sombra: fríos, penetrantes, enmarcados en un rostro cubierto de negro. Era humano, pero exudaba la precisión letal de un asesino. Canoe tenía enemigos, lo sabía —demasiados tratos sucios, demasiadas traiciones—, pero los asesinos no dejaban testigos. Sus miradas se cruzaron, y el pánico la paralizó. ¿Era ella la siguiente?
Bruce se movió con calma deliberada. Revisó los cuerpos —respiraban, sólo estaban inconscientes—, luego caminó hacia el rincón donde había lanzado la shuriken. La extrajo de la pared con un giro rápido: una estrella metálica, afilada y mortal en otras circunstancias. Volvió a Canoe, buscó en sus bolsillos y sacó una bolsa de monedas, el botín robado a Coco.
La chica lo vio manipular el cuerpo y temió lo peor, imaginando que aseguraba sus muertes.
Entonces, él se volvió hacia ella. Con pasos lentos, avanzó, y Coco tapó su boca con las manos, sofocando un grito. Negó con la cabeza, suplicando en silencio mientras lágrimas corrían por sus mejillas.
Bruce maldijo internamente la ausencia de su distorsionador de voz; un simple "no te haré daño" habría bastado. Podía improvisar algo con trucos básicos de ventriloquia, pero no era perfecto, y el riesgo de delatarse era alto. En lugar de hablar, dejó la bolsa de monedas frente a ella, un gesto claro.
Antes de que Coco pudiera reaccionar, él se movió con agilidad imposible, corriendo hacia un callejón sin salida. Allí, entre las sombras, simplemente… desapareció.
Bruce se fundió en las sombras, fuera del alcance de la percepción de la chica, y la observó mientras se alejaba del callejón tambaleándose, la bolsa de monedas apretada contra su pecho. El silencio volvió a Daedalus Street, roto sólo por el eco lejano de un grito ahogado en otra parte del laberinto. Pero en su mente, la calma era un lujo que no podía permitirse.
Maldecía en silencio su impulsividad, esa chispa justiciera que lo había definido durante años.
Las palabras que tantas veces había dicho a Robin —a Dick, a Jason, a Tim, a cualquiera de ellos— resonaron como un eco acusador: "Tienes que pensar más allá del futuro inmediato. Sé que tu intención es buena, pero puedes acabar causando un problema mayor."
Se sintió hipócrita. Había actuado por instinto, como siempre, deteniendo un crimen flagrante con la precisión de un reloj suizo. Pero esta no era Gotham. Aquí no había un Gordon esperando para esposar al culpable, ni una celda en Arkham o Blackgate lista para contenerlo. ¿Y ahora qué?
El mapache —Canoe, lo había llamado la chica— despertaría pronto. Y cuando lo hiciera, ¿con quién descargaría su furia sino con ella?
Si descubría que había recuperado el dinero —algo que él, sin duda, consideraría un robo, aunque lo hubiera tomado primero—, la represalia podía ser peor que la paliza inicial. Bruce apretó los puños bajo las sombras de su capucha. Su intervención había sido un alivio a corto plazo, pero las consecuencias podían volverse devastadoras.
Su mente estratégica se puso en marcha, buscando planes, descartándolos casi al instante. ¿Despertarlo y amenazarlo? Podía proyectar esa presencia intimidatoria que había perfeccionado, helarle la sangre con una mirada y un gruñido. Pero ¿qué tan efectivo sería?
No conocía las capacidades de esta gente. ¿Y si tenía aliados con habilidades que aún no entendía? Podía dejar un rastro, exponerse. Demasiado arriesgado.
¿Investigar al día siguiente, identificar al tipo y dejar un mensaje en su puerta? Eso desviaría su atención de la chica, pero requería tiempo y conocimiento que no tenía. Entrar en una guarida desconocida, en un mundo donde los "dioses" otorgaban poderes, era un salto al vacío que no podía permitirse tan pronto.
¿Buscar a la chica y advertirle que se escondiera? Imposible. No sabía quién era, dónde iría, y acercarse sólo la aterrorizaría más. No había garantías de que estuviera a salvo.
Necesitaba información —nombres, motivaciones, leyes—, pero eso tomaría días, quizás semanas. Y el tiempo no estaba de su lado.
Entonces, una idea tomó forma, tan simple como astuta. Un farol.
Un tipo como ese, hundido en los bajos fondos, probablemente tenía deudas. La probabilidad era alta: deudas con prestamistas, con otros criminales, quizás con su propia familia.
Bruce se agachó junto al cuerpo inconsciente del mapache, su respiración lenta y pesada confirmando que aún estaba fuera de combate. Sacó un trozo de tela de su cinturón rústico y, con la punta de una shuriken, rasgó unas palabras rápidas: "Esto no es suficiente. Aún nos debes dinero. Paga o volverá a ocurrir."
Arrugó la tela deliberadamente, dándole el aspecto de una nota escrita con prisa por un acreedor furioso, la empapó en un charco cercano y la deslizó dentro del bolsillo de la chaqueta de Canoe.
La humedad haría que la notara de inmediato al despertar, asegurando que el mensaje no pasara desapercibido.
Era un farol calculado. Si acertaba, la ambigüedad golpearía el nervio correcto. Canoe despertaría con el corazón en la garganta, buscando en su memoria a quién debía qué, paranoico ante la idea de un enemigo invisible que ya lo había derribado una vez.
Su ira se desviaría de la chica, enfocándose en un perseguidor fantasma. Incluso si, por alguna casualidad, no tenía deudas, podía asumirlo como un error —un ataque equivocado de alguien que lo confundió con otro—. El miedo a lo desconocido haría el resto, ganando tiempo.
Bruce se enderezó, evaluando su decisión en silencio. No era perfecto. Quería más: saber quiénes eran esas personas, qué los movía, qué leyes los regían. La próxima vez que actuara, quería que el agresor enfrentara un castigo real, no sólo un tropiezo en la oscuridad. Pero por ahora, esto tendría que bastar. Recabar información sería su prioridad: nombres, jerarquías, límites. Hasta entonces, operaría desde las sombras, como siempre había hecho.
Pero tendría que esperar. Por el momento, regresaría a la posada. Había sido suficiente noche por hoy.
Regresando sobre sus pasos, escaló hasta la ventana con sigilo y la cerró. Comprobó que el cielo ya no estaba completamente negro. Un azul oscuro anunciaba el lento avance de la luz diurna. No quedaba mucho tiempo para el amanecer.
Recogiendo sus cosas y preparando sus ropas para el día siguiente, se volvió a sentar en la cama.
Sabía que no tenía suficiente tiempo para dormir.
Con el cansancio acumulado, si lograba iniciar el sueño, era posible que acabara siendo despertado vergonzosamente por Al en su propia habitación.
Así que usó un truco ganado con la fuerza de la experiencia y los diferentes maestros que había tenido. En posición de loto, entró en trance. Un estado mental en el que su mente podía recuperar fuerzas e incluso vencer el cansancio, siendo casi equivalente a un sueño reparador, pero sin abandonarse por completo. En ese estado de meditación, dejó pasar el tiempo hasta que se acercó demasiado el momento acordado.
Sólo entonces se preparó y bajó. Saludando al propietario, esperó en la calle, justo a la entrada del callejón que daba paso a la posada.
Allí, los primeros rayos de sol directo calentando su piel hicieron un efecto despertador definitivo.
