Habiendo consumido todas las perlas arcoíris en mi poder, volví a vagar sin rumbo por los bosques del archipiélago, ocultándome en una sombra cada vez más escasa. Los árboles eran podados de forma masiva por los humanos, y muchas colinas eran aplanadas para construir nuevas vías ferroviarias o carreteras.

El mundo no paraba de cambiar a mi alrededor, y yo no hacía más que querer huir de él. Mi único deseo era esperar en paz hasta exhalar mi último aliento, si es que eso era posible. Ansioso, cada día buscaba en el dedo meñique de mi mano izquierda, en busca de la manifestación que yo mismo había impuesto sobre mi ser.

Se sucedieron tormentas, sequías y tsunamis a mi alrededor mientras esperaba. Hasta que una tarde de primavera, contemplé cómo el hilo rojo del destino se enroscaba alrededor del dedo más corto en mi mano izquierda.

Mi corazón me dio un vuelco dentro del pecho.

El alma de Rin había regresado a la vida.

Recostado en la rama de un árbol de cerezo salvaje, alcé la vista hacia el cielo. Entre los pétalos de color rosado se filtraban los potentes rayos de luz que luchaban por alcanzar mi rostro.

Di una amplia bocanada de aire, dejando que el aroma de las flores se colase en mis fosas nasales. Cerré los ojos, dejando que la suave brisa primaveral me llevase de vuelta a los preciados recuerdos junto a Rin, quien adoraba las flores.

Perdido como estaba en mi ensoñación, para cuando me digné a abrir los ojos, la noche había oscurecido el cielo, envolviendo el mundo en las tinieblas. Me puse en pie sobre la rama y di un salto para emerger por encima del cerezo.

Con mi estola flotando a mi alrededor, me mantuve suspendido en el aire unos segundos, observando el horizonte. Núcleos de luces brillantes se extendían a lo lejos hasta converger en la ciudad más luminosa del país, la antigua Edo.

Ahora mejor conocida como Tokyo.

Lentamente, descendí en el aire hasta que mis pies tocaron la suave hierba frente al cerezo donde había estado descansando.

Las ciudades ya no dormían como antaño. Había demasiado ruido, demasiada polución, y demasiados seres humanos en torno a aquellos núcleos urbanos. Trabajando hasta caer exhaustos, ocupando sus mentes con preocupaciones banales...

Y aún así, no podía negarme a mí mismo que comenzaba a envidiar la vida que muchos de ellos llevaban.

Había perdido a los de mi especie, y con ellos mis raíces. Había perdido a mi familia, el hogar que había elegido por voluntad propia. También había perdido mi orgullo y mi vanidoso deseo de convertirme en una de las criaturas más poderosas y temibles.

¿Quién era yo ahora?

Nadie.

Nadie recordaba ya la amenaza de los yokai. Ni siquiera yo mismo. Me pregunté por un instante a dónde habrían ido todos, aunque la respuesta estaba más que clara.

Fruncí los labios y eché a caminar, sin prisa ninguna por alcanzar mi destino.

Sí, tenía los días contados... Pero eso no significaba que tuviera que pasarlos esperando sentado en un rincón del mundo.

El sistema educativo del Japón del siglo XX era cuanto menos interesante. Todos los ciudadanos, sin importar su sexo o poder adquisitivo podían, acceder a unos conocimientos básicos. Se les ofrecía la oportunidad de elegir cómo vivir sus vidas.

Esta inaudita libertad no significaba que los más desfavorecidos tuvieran garantizado salir de la pobreza, pero sí que facilitaba mucho más el ascenso social que antaño. Me resultaba agradable que el linaje de una persona cada vez fuera menos condicionante en su vida.

Me hubiera gustado nacer en un período así.

Esta nueva sociedad me inquietaba a la par que ponía a prueba mi paciencia. Las personas se habían vuelto extrañas, imitando los ropajes y repitiendo las palabras de Occidente. ¿Es que acaso se habían olvidado de dónde venían? ¿Quienes habían sido sus antepasados?

En mi primera visita a Tokyo, tomé una firme decisión: tendría como propósito transmitir todo el conocimiento que pudiera del tiempo que había vivido. Después de todo, tendría que darle algún tipo de uso a la inmortalidad que me había sido forzada.

Tras años de papeleos en las sombras, crearme una falsa identidad y abrirme una cuenta bancaria, empecé a trabajar en una librería como reponedor durante el día. Por las noches, me llevaba prestados (aunque sin permiso de mi gerente) manuales de distintas asignaturas y me marchaba al supermercado donde hacía el turno de noche. Aquellos dos eran los puestos más silenciosos y tranquilos que pude encontrar, por lo que eran un buen punto de partida para mí.

Cuando estos dos trabajos me permitieron ahorrar suficiente para un estudio de una única habitación, no dudé en asentarme en la gran ciudad de forma permanente. Al hacerme propietario, dejé mi trabajo en el supermercado, por lo que ahora seguía estudiando en la comodidad de mi casa, pequeña pero funcional.

Seguí estudiando hasta poder presentarme al examen que me convalidaría hasta el nivel de estudios de secundaria. Y sin perder más tiempo, me preparé el examen de ingreso a la Universidad de Tokyo.

En mi primer intento fui aceptado en el grado de Historia de Japón, cuyos horarios me obligaron a abandonar mi trabajo en la librería. Estudié diligentemente y participé en cuantos congresos y actividades fueran necesarias para obtener una beca que me permitiera abastecerme económicamente. En el proceso, comencé a cultivar un mínimo de don de gentes que no había tenido nunca. Seguían sin gustarme las multitudes, pero podía concentrarme en mis funciones de modo que mi comportamiento permaneciese funcional y orgánico.

Graduándome con una de las mejores notas de las últimas décadas, varios profesores me animaron a proseguir mis estudios de posgrado. Becado, por supuesto. De modo que accedí sin pensármelo mucho.

Mientras redactaba mi tesis doctoral, la rectora de la universidad me pidió que llevara a cabo una pequeña exploración de campo. Querían inaugurar un periódico escolar, y que éste incluyese algún artículo mío. A pesar de encontrarme ocupado como para aceptar su caprichosa petición, era ella quien firmaba mi beca universitaria, de modo que no me convenía ponerla en mi contra.

Refunfuñando, hice las maletas y me monté por primera vez en tren, mi predilecto enemigo. Montando en él, me dirigí al pueblo sobre el que debía escribir el artículo. Se trataba de una pequeña localidad al norte de Tokyo, donde aún se vivía como en el siglo pasado, rodeados de granjas y apegados a la vestimenta tradicional japonesa. La rectora quería que hablase de cómo las eras pasadas se encontraban mucho más cerca de lo que creíamos.

Un tema estúpido e infantil, pero bueno, teniendo en cuenta que el público objetivo eran los nuevos estudiantes, supuse que apropiado.

Durante el trayecto, una gran nevada comenzó a obstaculizar las vías, volviendo inútil aquel enorme armatoste metálico. Los grandes retrasos nos obligaron a hacer noche en la estación de una urbe no demasiado alejada del área metropolitana.

Mientras el resto de pasajeros refunfuñaba por tener que esperar hasta la mañana siguiente para reanudar la marcha, yo aproveché para salir a tomar el aire. Al contrario que en Tokyo, cuyas calles bullían de vida a cualquier hora, la noche en aquel barrio era tranquila y silenciosa.

Agradecido por aquel remanso de paz, decidí que recorrer aquellas calles era mucho más agradable que pasar la noche echado en el suelo de la estación. Aquella ciudad no tenía ningún encanto especial, salvo el manto de nieve que la cubría.

El sonido de una lejana risa me obligó a detenerme, clavando los talones en el suelo. Me volví en la dirección de la que provenía, y a pesar de mi desgastado olfato, alcancé a percibirlo.

El débil aroma del jazmín, nada propio de aquella época del año.

Me observé la mano izquierda, inquieto. Si solo la veía de lejos... No podía hacerle daño, ¿verdad?

Con cautela, me acerqué a la esquina de la calle para asomarme discretamente.

-Con lo guapa que estabas con un poco de nieve en la cara. – Decía una muchacha vestida en uniforme de secundaria.

-Claro que no. – Refunfuñó otra chica más bajita, de espaldas a mí. – Eres idiota, Ayumi.

La tal Ayumi se acercó a la otra joven, ayudándola con actitud servicial a recoger un paraguas color celeste del suelo.

-Perdona. – Se disculpó, ayudando a retirar los restos de nieve de la cara de la otra estudiante. – No pretendía burlarme de ti. Solo quería decir que te ves preciosa de cualquier modo, estés como estés...

Ayumi sostuvo el rostro de la otra joven entre sus manos y depositó un tierno beso sobre su rostro. Desde el ángulo en el que me encontraba no acerté a ver si lo hizo en la nariz o en los labios. Pero sabía que ese beso no tenía nada de fraternal o simplemente amistoso.

Lo podía ver en los ojos de la apasionada joven que había comenzado el íntimo contacto.

Les di la espalda, sabiendo que no estaba bien espiar una escena así. Aunque no le había visto el rostro, sabía que la más menuda de las dos jóvenes era la reencarnación de Rin.

Lo había notado en su voz, la forma de sus caderas que moldeaban la forma de su falda y la mata de cabello castaño que caía por su espalda.

Esbocé una amarga sonrisa, con las manos en los bolsillos del abrigo.

Esperaba que pudiera ser feliz con aquella mujer.

Yo esperaría pacientemente a que su vida terminase para poder unirme a ella en el más allá, si es que tenía suerte.

Odiaba la lluvia.

La humedad en el aire empañaba por completo mis fosas nasales, impidiéndome distinguir con claridad los diferentes aromas a mi alrededor, todos mancillados por aquel maldito aguacero. Aunque no esta cualidad no se resultaba útil mientras trabajaba en mi despacho de la universidad, no podía evitar que se me crispase el carácter en días así.

Observé la pantalla del ordenador a través de mis lentes de protección de luz azul. Aquella protección era la única que me evitaría regresar a casa sin acabar con los ojos enrojecidos tras una tarde entera de correcciones frente al monitor.

Si tan capaces e inteligentes eran los humanos, ya estaban tardando en crear una luz artificial que no fuese agresiva para la vista de hasta el más sensible de los yokai...

El sonido de unos nudillos contra la puerta de mi despacho me hizo apartar la mirada de escrito que estaba revisando. Extrañado, fruncí el ceño y me recoloqué las gafas en la más alto del puente de la nariz.

-Pase. – Dije alto y claro.

Ante el segundo de duda de la persona al otro lado, mi atención regresó a un más que evidente error que acababa de notar en el documento frente a mis ojos. Incapaz de ignorarlo sin que se me llevasen los demonios, comencé a teclear furiosamente mi corrección, sin prestar atención a quien entraba a mi despacho.

-Tenía una cita a las 5 de la tarde... - Dijo una voz gangosa, claramente afectada por la humedad en el ambiente.

Mis ojos descendieron hasta la esquina inferior derecha de la pantalla, donde el reloj marcaba las 17:08. Alcé una ceja, molesto por la impuntualidad, según su testimonio. Lo cierto era que no recordaba haber aceptado ninguna tutoría para un viernes por la tarde. Pero los alumnos así de desorganizados eran demasiado frecuentes como para que pudiera dejarme afectar por ello.

Suspiré, cansado y con ganas de regresar a mi apartamento para recluirme el resto del fin de semana.

-Creía que nadie se presentaría ya a estas horas. – Gruñí, abriendo con agilidad mi bandeja de correo electrónico, en caso de que la joven frente a mí sí que me hubiese mandado un mensaje de última hora para pedir tutoría. - ¿Clase? ¿Nombre? – Le pregunté de forma mecánica, buscando entre las diferentes bandejas de entrada, por si quedase algún correo sin leer.

La chica se cubrió la boca un instante antes de empezar a toser. Había pescado un buen resfriado, sin duda.

-N-no soy alumna suya, señor Taisho. Mi nombre el Kaori Hanazono. – La fulminé con la vista para increparle que abandonase mi despacho en ese mismo instante, pero cuando la vi, no pude hacer más que observarla completamente anonadado mientras ella me tendía una tarjeta con su nombre. – Vengo por recomendación de su antiguo alumno, Tomoki Yamaguchi. Me dijo que se había puesto en contacto con usted para ponerle sobre aviso sobre mi visita.

Contuve la respiración por un instante y me quité las gafas, las cuales dejé apoyadas con cuidado sobre el escritorio. El corazón comenzó a latirme a toda velocidad al reconocerla. Sus carnosos labios se encontraban agrietados por el frío, y su cabello se encontraba encrespado por la humedad, a pesar de habérselo recogido en una larga trenza.

Su mirada era suplicante y llena de arrepentimiento. Tan eficaz como lo había sido en un día la de mi esposa, Rin.

Aunque no era de extrañar que su presencia me hiciese sentir tan agitado... Se trataba de su reencarnación, después de todo.

Carraspeé tan discretamente como pude antes de abrir la boca:

-Disculpe mi rudeza, señorita, tiendo a ser demasiado estricto con mis alumnos. – Me puse en pie lentamente, inclinándome hacia ella para tomar su tarjeta con ambas manos. Lo único que ponía en aquel pedazo de papel eran un par de palabras en inglés que no reconocía. – Tome asiento, ¿me ha dicho que su nombre era...? – Le pregunté al darme cuenta de que esa información no figuraba por escrito, y que le había prestado tan poca atención que se me había olvidado por completo.

-Kaori. – Pronunció con una voz celestial. – Ah, bueno, seguramente Tomoki se habrá referido a mi como "Rin", ¿verdad?

Mis músculos se tensaron bajo mi ropa al escuchar el nombre de mi esposa. No era la primera vez que una reencarnación era llamada de la misma forma, por lo que no debería estar sorprendido...

Aunque no podía evitar sentirme intrigado por aquel hecho, dado lo diferente sonaba de "Kaori".

-Es posible. – Mentí, sin importarme lo más mínimo quién era ese tal "Tomoki" del que hablaba. Necesitaba volver a escuchar su melodiosa voz. - ¿Puedo saber a qué se debe el apodo?

El familiar olor a jazmín azotó mis fosas nasales por fin cuando ella se acercó para tomar asiento frente a mi escritorio. "Hanazono", recordé entonces repentinamente.

Había dicho que su nombre completo era Kaori Hanazono. "Kaori" como en fragancia, y "Hanazono" como "jardín de flores". Un nombre muy apropiado para el nuevo recipiente el alma de Rin.

-Con permiso. – Dijo la joven mientras depositaba sus pertenencias frente a ella. -Tenía una amiga en primaria que solía llamarme "Kaorin" de forma cariñosa. Con el tiempo, el apodo se terminó quedando en "Rin", a secas, y siempre me sentí cómoda con ello. Es extraño, ¿no?

Me obligué a mí mismo a reprimir una sonrisa. Su excesiva confianza se me antojaba adorablemente irresistible. Las mejillas de Kaori se tornaron de color carmín, tentándose a acariciarlas con el dolor de la mano para seguir el calor que se concentraba en aquel punto.

-En absoluto. – Respondí con deliberada calma. Regresé hasta mi silla para tomar asiento y apoyé mi barbilla sobre mis dedos entrelazadas. Kaori no tenía ni idea de lo encantado que estaba de atenderla. – Mi nombre es Sesshomaru Taisho, ¿en qué puedo ayudarle?

La joven comenzó a hablarme de su proyecto, y yo empleé todas mis energías y conocimientos en poder serle de ayuda. Yo mismo me había prometido que no volvería a ir detrás del alma de Rin, de modo que decidí disfrutar de aquel fortuito encuentro durante todo el tiempo que pudiera extenderlo.

Pero como todas las cosas buenas, la reunión acabó, para mi desgracia, con una expresión de amargura en su rostro. La decepción había sido patente en ella al darse cuenta de que el encargo realizado por su empresa no era compatible con el rigor histórico por el cual me había consultado. Todo el trabajo invertido en sus bocetos había caído en saco roto.

Con los hombros hundidos, la joven se puso en pie a la par que recogía sus documentos con torpeza de encima del escritorio.

-Ha sido muy esclarecedor hablar con usted, profesor Taisho, - Murmuró, sin mirarme a la cara. - muchas gracias por su tiempo.

Cuando Kaori me dio la espalda, me fijé en lo estrecha y delicada que era su complexión ósea. Aunque su torso, caderas y piernas se veían más rellenas que en épocas pasadas, seguramente debido a una mejor alimentación, mi humana se veía tan vulnerable como siempre.

Un irracional deseo de ocuparme de su seguridad se apoderó de mí.

-Eso ha sido rápido. ¿Va a rendirse así, sin más, señorita? – La provoqué, contrario a mis instintos más primitivos.

No podía dejarme llevar por mis deseos egoístas, pero si lograba que ella me pidiera ayuda...

Mi intento de manipulación era tan patético y egoísta que me dieron ganar de golpearme a mí mismo hasta dejarme sin consciencia en el suelo.

Mientras me mortificaba internamente, Kaori se volvió hacia mí, clavando los pies en el suelo con decisión. La imagen de la pequeña humana a la que rescatar se hizo añicos en el instante en el que ella abrió la boca.

-Si usted piensa que es inadmisible tendremos que reformular el proyecto, señor Taisho. Sin embargo, tenga claro que seguiré trabajando en ello. No pienso abandonar tan fácilmente.

Sus ojos refulgían con una fiereza y determinación que no se había hecho presente en ningún momento de la reunión. Mis labios finalmente no pudieron resistirse por más tiempo y se curvaron en una sonrisa. Nada me gustaba más que ver a mi mujer tan segura de sí misma.

No.

Mi mujer no. Claro que no.

No era más que otra desconocida con el rostro de Rin.

-Es usted bastante más ambiciosa de lo que pensaba. Siento haberla subestimado.

Los ojos de Kaori volvieron a convertirse en los de un cervatillo inseguro, como si dudase del cumplido que acababa de dedicarle. Como un lobo con piel de cordero, pensé, encandilado por su explosivo carácter.

-Si fuera posible, me gustaría pedirle que revise los diseños una vez los haya modificado. Facilíteme un presupuesto, me consta que su tiempo es valioso, le pagaré lo que me pida.

Mis dedos tamborilearon sobre el escritorio, inquietos. No me podía creer que estuviera proponiendo volver a vernos. Eso nunca había pasado antes.

Sin embargo, antes de procesar aquel hecho inaudito, mi corazón tomó las riendas de mi lengua para contestar de forma contundente.

-Puedes quedarte tu dinero. Vivo bien con lo que tengo y me gustan tus agallas. No todo el mundo siente tanto respeto por la historia como tú, así que sólo por eso estaré encantado de trabajar contigo.

Me serví una generosa copa de vino y me senté en el sillón junto a la ventana, observando la silenciosa ciudad empapada por la lluvia.

Al final resultaba que los datos de contacto de Kaori sí que estaban anotados en su tarjeta, escritos a mano con un lápiz de punta gruesa. De modo que me encontraba con el pedazo de cartón ardiéndome en un bolsillo, y el teléfono móvil en el otro.

No debía llamarla. Por lo más sagrado, ni siquiera debería haber conversado tan alegremente con ella.

Yo era peligroso. Y no tenía ni idea de cómo se las podría apañar el destino para degollarla si volvía a interponerme en su camino.

Pero una parte de mí no podía evitar pensar que había algo en ella que era diferente.

Al recordarlas a todas, a Airin, Himawari, la costurera, Rinako, Marin... O incluso Rin. Todas eran mujeres en situaciones vulnerables que me habían necesitado.

Y sí, no podía negar que Kaori había recurrido a mí en busca de ayuda, pero...

No era una mujer débil, ni mucho menos. Se valía por sí misma, y si bien yo podía asistirla en su proyecto, era evidente que podía seguir adelante sin mí. No necesitaba de mi protección, mis conocimientos, mis experiencias o mi fuerza física.

Por primera vez, sentía que la conocía sin que hubiese una brecha abismal entre nosotros. Ni de clase, ni de género... Ni de especie, dado que ya nadie creía en la existencia de los yokai.

¿Podría no ser una casualidad? ¿Podría ser que el destino había decidido permitir el pecado del amor entre una humana y un monstruo inmortal?

Giré la copa de vino entre mis dedos, pensativo.

Por supuesto que no. Solo estaba tratando de convencerme a mí mismo. Porque quería volver a ver su rostro, quería escuchar su voz... Y anhelaba más que nada en el mundo hacerla sonreír.

Sonreírme a mí.

Bebí un sorbo de alcohol, dejando que la bebida me quemase levemente la garganta.

Aquello sólo eran desvaríos de un ebrio loco.

Al día siguiente seguro que recuperaría la cordura, y se me pasaba el capricho de marcar su número de teléfono. Me metí la mano en el bolsillo y arrugué el pedazo de papel dentro de mi pantalón.

Así sería mejor para los dos.

Al día siguiente, ya completamente sobrio, me encontraba sentado en el sofá con el cuerpo inclinado sobre la mesita baja del salón. Frente a mí, se encontraba alisada la tarjeta que había estado intentando ignorar desde el día anterior y mi teléfono móvil.

Aún seguía pensando en llamarla, aunque me debatía entre lo que anhelaba y lo que estaba bien hacer. Suspiré, sintiendo el aire en mis pulmones pesado.

Una vez.

La llamaría una única vez, esperaría apenas dos tonos, y si no contestaba, fin de la historia.

Decidido, agarré el smartphone y marqué cada uno de los dígitos con deliberada pausa, replanteándome mi decisión con cada uno de ellos. Pulsé el icono verde y esperé, conteniendo la respiración.

Silencio.

Un tono.

Más silencio.

Y otro tono.

Colgué la llamada, con dedos temblosos. El destino había hablado, pues.

No tenía nada que hacer con Kaori Hanazono. Era mejor dejar las cosas tal y como estaban.

Toda mi resolución flaqueó cuando, minutos más tarde, su número de teléfono apareció iluminado en la pantalla de mi teléfono. Sí, había estado rumiando tanto tiempo con la tarjeta frente a mis ojos que me había aprendido el número de memoria.

La idea de ignorarla fue la primera en cruzar mi mente. La segundo fue la de pulsar el botón de rechazar la llamada.

Y, sin embargo, quien ganó la contienda fue la tercera voz que me suplicaba aferrarme a aquel último puente que me permitiría seguir conectado a ella.

- ¿Sí? Buenos días, Sesshomaru Taisho al habla. – Respondí con la voz rasposa, fingiendo desconocer la identidad de la persona al otro lado de la línea.

- ¡Buenos días, profesor Taisho! – Exclamó ella, expresando un alivio palpable. – Ya pensaba que me había olvidado de mí... – Musitó con tono tan lastimero que pude visualizar en mi mente cómo hacía un puchero.

Claro que no... Claro que jamás podría olvidarme de ella, de sus facciones, de su aroma, de su trino...

Me clavé las garras en la rodilla para obligarme a contener el temblor que comenzaba a sacudir mi cuerpo.

Decidí que apostaría mis últimas esperanzas en aquella joven. Nunca había sido tan fácil conocerla de forma sincera, de hablar con ella sin tapujos.

De modo que en ese momento decidí que se lo contaría todo. Le haría recordar quién era yo, y trataría de recuperar el corazón de Rin.

Si me rechazaba en cualquier momento, lo aceptaría sin rechistar, y esperaría a que el fin me llegase pacientemente.

Pero tenía que intentarlo, al menos.

Ella era mi última oportunidad de hacerla feliz.

Notas: Y con esto por fin se cierra el círculo. Para quienes hayáis comenzado a leerme en este fanfic, os recomiendo pasaros a mi otra historia "Casada con un demonio", si es que queréis conocer la historia de cómo Sesshomaru y Rin se conocieron 3

Dado que este es el final, me voy a explayar un poco más con mis comentarios esta vez...

Lo primero, si has llegado hasta aquí, muchas gracias por confiar en el proceso, cuando ha habido muchísimas veces en las que ni yo sabía si esto iba a funcionar. Tenía muy clara mi dirección, en que fuera una historia con un final acogedor, pero que no pecase de clichés como que fueron felices y comieron perdices tras una boda de ensueño. No creo que algo así hubiera tenido sentido con los personajes que he escrito. De hecho, admito que la escena en la que Sesshomaru le pide matrimonio a Kaori vistiéndolos a los dos de blanco es mi intento de hacer parodia o burlarme de ese final de cuento de hadas que se me suele hacer muy abrupto o anticlimático al final de muchas historias. Aún así, no pude evitar que se me hiciera tierno lo abiero que es respecto a su compromiso en la relación mientras que a Kaori se le hacen demasiado pomposas sus palabras, siendo una mujer más moderna. Amo ese contraste entre ambos, a quién quiero engañar.

Por otro lado, muchas veces me han preocupado los matices tan oscuros y desesperantes que atravesaba esta historia, y que eso pudiera desalentar o hacer sentir mal a algunas lectoras, de modo que he hecho mil balabares mentales para intentar mantener el equilibrio entre el drama y ciertas escenas cotidianas que permitiesen aligerar esa carga.

Como habéis podido notar, la salud mental es una de las parte fundamentales de la trama, en gran medida basada en mis experiencias personales y en las otras personas cercanas a mí, pero en ningún momento pretendo fingir que soy experta en esta materia. Me disculpo si he podido reflejar de forma poco exacta cualquier directriz médica o terapéutica.

Tengo que decir que todo el proceso de escritura ha sido muy sanador para mí y mis propias heridas, además de que me ha permitido construir una historia con todos los elementos que siempre que querido encontrarme en mis lecturas: crítica social, temas lgtbiq, feminismo, redención, personajes que tienen conversaciones complicadas para arreglar situaciones complejas, donde no hay villanos no héroes muy marcados... O al menos, todo eso he intentado. No sé si el abarcar tanto ha podido resultar muy denso para algunas personas.

En fin, como siempre, se me quedan algunas escenas en el tintero, porque no se puede abarcar todo, pero estoy muy satisfecha con el resultado, y creo que, aunque conecta muy bien con "Casada con un demonio", ambas historias se pueden disfrutar de forma completamente independiente, e incluso leerse en el orden que una prefiera.

Aclarar que mi época de escribir Sesshrin termina aquí, salvo quizás acabar mis publicaciones spicy y algún que otro especial de forma puntual, pero no tengo intención de empezar ningún otro fanfic largo como este.

Una vez más, mil millones de gracias por creer en mí y en la historia de Kaori, no habría sido lo mismo sin las interacciones que me he encontrado por el camino, tanto las que me alentaban a seguir como la que me han criticado o hecho cuestionarme a mí misma. Quiero hacer una mención especial a Viento, mi mejor amiga y lectora novel de toda esta locura. Gracias por tus comentarios, tu gran implicación con mis personajes y por aguantar mis llantos cuando no sabía por donde seguir. Nada de este proyecto hubiera sido posible si tu apoyo ni tus ganas de devorar hasta la última de mis palabras.

Sin nada más que añadir, os dedico un abrazo enorme a tody cuidaos mucho. ¡No os olvidéis de leer el epílogo a continuación!

Arezna