CAPITULO 22
POV - TERRY
Sin darnos cuenta, todo se volvió espontáneo desde aquel momento, y a ninguno de los dos se nos hizo raro que de pronto nos volviéramos cercanos, pasando poco a poco aquella invisible y maldita línea de distancia.
En aquella noche, la esperaba sentado en la sala de espera del hospital. Su demora me estaba comenzando a inquietar, pero verla a lo lejos, al contrario de molestarme, me hizo feliz.
- Lo siento, ¿te hice esperar? - fue el saludo de Candy cuando llegó hasta mí con un vestido color verde que hacía una combinación seductora junto a sus ojos esmeralda.
- No tanto, pecosa - no entendía cómo pude hablar tan suavemente cuando hace un instante estaba decidido a darle unas cuantas clases de puntualidad.
- Es que mis compañeras llegaron de pronto y me preguntaron por ti.
- ¿Tus compañeras preguntaron por mí? - repetí para estar seguro, y Candy asintió con la cabeza.
- Te reconocieron y me preguntaron si podía pedirte tu autógrafo para ellas - dijo Candy extendiendo un papel.
- No entiendo por qué te pidieron esto - murmuré tomando aquel papel que me parecía insignificante hasta que la yemas de mis dedos, pudieron tocar las manos de Candy.
Mi corazón brinco con ese simple buscando sus ojos en ella que seguía de pie frente a mi como si nada.
- Es que ellas tienen mucho trabajo, no pueden ir al teatro y, además... - la palabras de Candy se detuvieron cuando soltó una suave risa pícara.
- ¿De qué te ríes? - pregunté desconfiado, pensando en qué ocurrencia podía causarle tanta gracia.
- Pues es que me preguntaron que de dónde te conocía - comenzó a decir Candy, tratando de no reír - Y casi les da un paro cardíaco cuando les dije que te había conocido hace mucho tiempo en el colegio.
- ¿Eso es lo gracioso? - seguí preguntando, aunque la sonrisa de Candy después de mi pregunta me hizo saber que había algo más.
Creí que no me diría nada, pero a diferencia de otras veces, en aquella noche Candy no dudó en responder a mi pregunta con detalle, hasta decirme exactamente qué le causaba gracia.
- Me preguntaron cómo eras en el colegio, y les dije que eras muy popular - dijo Candy antes de soltarse a reír nuevamente.
- Yo no era popular.
- Admítelo, ¿ya olvidaste que todos te conocían como el hijo engreído del duque? El mismo que tenía buenas calificaciones aunque nunca asistía a las clases - me recordó sin dejar de burlarse.
- Claro, pero no me digas que ya olvidaste cuando tú pasabas de árbol en árbol y no ibas a clase por estar en la colina de Pony. Eso, si es que no estabas castigada o en el zoológico - Fue mi turno de reírme cuando vi a Candy sonrojarse como nunca antes - ¿Por qué te sonrojas? - le pregunté de inmediato, sin dejar de burlarme abiertamente.
- No te rías... ¡Eres, eres un…! ¡Eres terrible!
- ¿Por qué? Solo te pregunté por qué te sonrojas.
- ¡No es cierto! Deja de burlarte de mí - Candy desvió la mirada, avergonzada. Para mí, era una fortuna ser el responsable.
- No me río de ti - le aclaré, dejando de reír, mientras admiraba cada detalle de ella como si pudiera tratarlo en mis huesos y recordarla hasta mi último suspiro.
- ¿Y entonces?
- Me rio por qué soy feliz contigo - Fue hasta este preciso instante que los ojos de Candy se encontraron con los míos, parecieron brillar, totalmente conmovidos por un segundo que deseé fuera eterno.
- Se hace tarde, salgamos de aquí antes de que se haga más tarde - dijo Candy tomando mi mano entre la suya sacando lo que sentía de la oscuridad más profundidad.
No me importaba si deseaba sentir su mano más que un instante.
No me importaba cuánto deseaba que fuera ella la única que pudiera verme y respondiera a mis atenciones en aquella noche y en las siguientes.
No me importaba si ella seguía a mi lado, pareciendo como no existiera esos pequeños momentos donde se perdía entre los pensamientos que tanto deseaba escuchar.
No me importaba la resistencia que ponía por mis deseos desesperantes
Estaba conforme por luchar contra el tiempo que debía esperar por ella, mientras ella estuviera a mi lado, cualquier condena sería un privilegio.
- Hola - fue mi saludo cuando llegue a la salida del hospital.
- Hola - respondió Candy con una sonrisa que me hizo olvidar los últimos cinco minutos de mi vida : torturantes y asfixiantes.
- ¿Qué haces aquí?, ¿Me estabas esperando? - pregunté, sonando como un completo idiota perdido en el encanto de su belleza.
- Si - respondió Candy con un ligero sonrojo en sus mejillas que dejaba fácilmente expuesta su timidez.
Y solo eso fue suficiente para que los latidos de mi corazón reaccionaran fuertemente, cautivados por saber que aquella hermosa mujer había estado esperando por mí todo este tiempo.
Casi que inconscientemente, le sonreí mientras le extendí el brazo para juntos comenzar a caminar hacia la salida del hospital. Sentirla cerca me hizo sentir completo mientras aquella sensación de felicidad crecía sin control en mi pecho, hasta que llegaba el momento de despedirme.
- ¿Segura que estarás bien? - callar lo que sentía y disfrazarlo en preocupación era muy fácil cuando ocultaba que quería protegerla porque perderla sería como caminar por la vida sin lograr perdonarme si algo malo le llegara a pasar en mi ausencia.
- No te preocupes, el auto azul desapareció y no lo he visto desde hace unos días.
- ¿En serio? - Candy asintió con la cabeza.
- Puede ser que me equivoque, creyendo que alguien me seguía en ese auto azul.
- Será mejor que no te confíes y si alguien se acerca, tienes permiso para ser Tarzán con pecas.
- ¡Terry! - me reclamó, dando un golpe seco en mi brazo.
- No te enojes, pecosa, era solo una opción - respondí, frotando mi brazo varias veces para aliviar el dolor que sentía.
- Sigues celoso, ¿verdad? - murmuró Candy, fingiendo enojo.
- No, ¿por qué dices que estoy celoso? - pregunté, algo aturdido.
- Lo entenderás cuando lo recuerdes - respondió Candy, cruzando los brazos y pareciendo no estar dispuesta a decirme algo más - Gracias por acompañarme. Regresa con cuidado, mocoso atrevido. - fue lo que dijo Candy como despedida, pero fueron las últimas palabras que me hicieron sonreir cuando recordé ese momento.
La primera vez que la vi en ese barco, cuando ella se acercó creyendo que estaba triste. Y tenía razón, aunque en ese entonces me negué a admitirlo. Mi corazón herido, lleno de cicatrices invisibles, se negaba a abrirse, haciéndome incapaz de aceptar su calidez, preferí mentir y construir un muro, pensando que esa era la única forma de proteger lo que quedaba de mí.
Si tan solo hubiera sido diferente... Si tan solo hubiera tenido la valentía de mostrarme como realmente era, de dejarla ver más allá de la fachada que construí. Candy habría entrado en mi vida desde aquella vez y, quizá, con el tiempo, habría conquistado su corazón.
Pero esto solo un tormento mientras pensaba en todas las formas en las que pude haber luchado por ella. Si el tiempo pudiera retroceder, habría buscado la manera de tenerla conmigo, dejando de lado el deber, los juicios o las normas que nos separaban. Hubiera enfrentado cualquier destino si eso significaba que estaríamos juntos y que no habría una despedida en aquella fría noche de invierno.
Sin embargo, la certeza de que el tiempo no retrocede es un peso que aplasta el alma.
Es un recordatorio cruel de que no puedo cambiar el pasado, de que estoy condenado a vivir imaginando lo diferente que sería mi vida si hubiera hecho lo que no hice, si hubiera dicho lo que nunca me atreví a decir. Si pudiera volver atrás, lo haría todo diferente, la miraría a los ojos con la honestidad que nunca tuve el valor de mostrarle. Le diría lo mucho que significó para mí desde el primer instante, lo mucho que me salvó sin siquiera intentarlo. No me habría permitido construir muros entre nosotros; habría tomado su mano y enfrentado al mundo con ella.
Pero no puedo retroceder.
El pasado es una verdad inquebrantable, tan profunda como este deseo ardiente de tener a Candy a mi lado. Es un deseo que arde con tanta fuerza que a veces creo que podría consumirme. Es un fuego que crece más sin darme tregua, mientras consume cada rincón de mi cordura con una intensidad voraz. El silencio no es un refugio eterno. Es una celda, un espacio donde el amor que siento por ella no entiende de barreras, de tiempos, de límites, ni de un silencio que se quiebra un poco más cada día que paso fingiendo que puedo ser feliz sin ella.
