Capítulo 236. Reencuentro
Habían pasado ya doce horas desde que el Argo Navis Negro zarpara desde el archipiélago Fénix. Alrededor de treinta, Seika no estaba segura, desde que los protectores del mundo decidieron la forma en que la humanidad sería protegida.
A partir de esa reunión, el mundo iba a cambiar. Ya no era determinante, al menos para la gente de la Tierra, el resultado de la batalla a la que se dirigieron muchos santos y sombras. Ni Atenea había vuelto a la Tierra, ni ningún dios buscaba de momento causarle ningún mal. El género humano estaba a salvo del juicio divino, aplazado, no así los héroes que bajo el manto de la Historia protegían a todos. A Seika le rompía el corazón, pero años conviviendo con el lado oculto del mundo le habían enseñado que la mejor forma de honrar ese sacrificio era luchar por aquel otro, más luminoso y sencillo. Ese que había sido azotado por una nueva peste negra, más selectiva, metódica y cruel, porque no había peor enemigo para el hombre que el hombre. Quizá porque los dioses y la naturaleza eran fuerzas demasiado extrañas como para poder juzgarlas sin antes humanizarlas y privarlas de su verdadera esencia. Quizá porque ellos, los escogidos de Atenea, eran en verdad malvados y merecían ser castigados.
Fuera cual fuese el caso, se había cometido un crimen y se había acordado el perdón, en vistas al bien mayor. Seika, alcaldesa de la villa de Rodorio, quería formar parte de ese bien mayor. Quería luchar, así como lo hacían su hermano, Seiya, allá en el cielo, y Arthur y Rin, en el confín del universo. Primero veló por los suyos, lo que iba desde los habitantes del pueblo hasta los santos de Atenea que se habían quedado en la Tierra, a fin de cazar a los reductos de los demonios. Ofreció el ayuntamiento como base de operaciones para Nicole de Altar, siendo así partícipe de todas las reuniones y lecturas de informe. La Guardia de Acero pudo realizar el ritual de quema de armas en el archipiélago Fénix, tal cual era su deseo, lo que pareció traer un efecto positivo en todo el mundo. La capacidad diplomática de Piotr, por un lado, y el rumor de un masivo reclutamiento de nuevos miembros en Bluegrad, por otro, había animado a Rusia a hacer la paz con el Trono de Hielo. Al final, los caballeros negros habían decidido seguir luchando, unos como guerreros azules, otros como miembros de la Guardia de Acero, si bien todos ingresaron a la Ciudad Azul con el objetivo de crear presión a favor de la paz. Era previsible que China y el resto de naciones entrara en razón muy pronto, también, incluso el gobierno italiano estaba abierto a la posibilidad de permitir a la Guardia de Acero establecer una base en el monte Etna, bajo la tapadera de expertos en erupciones volcánicas. Era una petición singular de la institución, nacida de algunos informes de actividad sísmica inusual que tanto podía deberse a los demonios cuanto a otra cosa. En todo caso, parecía razonable que se mantuviera vigilancia sobre la tumba de los gigantes. Rin y sus compañeras se ofrecieron voluntarias para examinar el volcán. Ya entonces Seika sabía que su hija no regresaría a Rodorio, no porque esta le hubiese dicho nada, quizá ni siquiera lo había pensado; solo era intuición de madre.
Entre las buenas noticias sobre la situación política mundial y los informes de demonios derribados, Nicole de Altar se permitió ser optimista sobre los tiempos venideros. El líder en funciones del Santuario ansiaba el día en que los santos de Atenea pudieran dejar de ser soldados en guerra para volver a ser vigilantes. Guardianes de la paz, aunque fueran tomados por cobardes que se negaban a tomar partido en conflictos humanos, siendo guerreros muy por encima del resto de la humanidad. Resultaba evidente que no le gustaban ni los caballeros negros ni que se hubiesen librado de pagar por sus crímenes con tanta sencillez. Con todo, admitía que el viejo dilema entre luces y sombres era ya cosa del pasado, para bien o para mal. Hipólita y Adremmelech estaban muertos, Gestahl Noah había abandonado la Tierra como el Sumo Sacerdote, Oribarkon hizo otro tanto acompañando a Julian Solo. De la cúpula de Hybris, solo quedaba Munin, el poderoso telépata que al fin había tenido lo que quería: un mundo pacificado con violencia, una paz que no duraría a no ser que se siguiera empleando más violencia. Ya eso bastaba para que no les causara problemas, mucho menos con la posibilidad de convertirse en una parte de la maquinaria militar de Bluegrad.
Tras toda una tarde y noche de intenso trabajo, Nicole de Altar la animó a descansar. Tuvo que hacerlo, pues empezaba a preguntarse si hizo bien en no despedir a su hija cuando tomó el barco. El arrepentimiento emponzoñó su sueño, volviéndolo un reencuentro imposible. Los dos barcos aparecían en el muelle de Rodorio. Ella saltaba hacia la cubierta, abrazando a Arthur como una niña atolondrada mientras Rin apartaba el rostro, abochornada. Seika nunca había podido ser solo una niña tonta, ni Rin había sido nunca de las que se avergonzaban por esas cosas. Tenía claro su camino.
Quisieron los dioses que ese día hubiese dormido en el ayuntamiento. Así pudo ver a Kiki y Tomomi Asamori un poco pasados de copas. La chica, sobre todo. A cambio de que Seika permitiera a la joven descansar allí y no dejar su dignidad en entredicho, el maestro herrero de Jamir le concedió acompañarla en una pequeña aventura.
—Vale, seré tu taxi —dijo Kiki, a la vez que Tomomi babeaba su hombro murmurando el nombre de otro hombre—. Si le dejas quedarse.
Tuvo que advertir a Nicole de Altar, quien todavía trabajaba, insomne, que nadie debía subir al segundo piso. Como coste, este le encasquetó a Tyuule de Liebre, una santa de bronce que luchó en el frente de Naraka durante la guerra de vivos y muertos.
—Nada de riesgos —dijo Tyuule antes de que los tres se teletransportaran.
Lo cierto es que lo dijo muchas veces, porque la odisea de Seika empezó en Bluegrad. Fue, según le dijeron, la primera extranjera en entrevistarse con el rey Alexer desde que tuvo aquella tremenda batalla en los Días de Locura. También charló con Munin, actuando sin pensarlo mucho como una embajadora del Santuario. Tenía que saber hasta qué punto Hybris había sido desmantelada. Si miles de sombras iban a convertirse en guerreros azules, ¿existía el peligro de que Ciudad Azul se volviera un problema en el futuro? Ya era, de por sí, la mayor potencia militar del mundo, habiéndose apropiado, según la opinión despreocupada de Munin de un mayor número de caballeros negros de los que lucharon a favor de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el rey Alexer era leal, tanto a Rusia, que dio un lugar en el mundo a los suyos, como al Santuario. Mientras él viviera, no habría problema alguno, y el futuro era cosa de dioses, no de hombres. En cualquier caso, lo que Seika sacó en claro era que Hybris ya no existía, de verdad, y que varias sombras habían presentado informes al futuro director de la Oficina de Observación, Munin, para pasar a formar parte del sector civil.
El siguiente punto de partida fue la mansión de los Solo. Fue algo embarazoso, ya que Kiki calculó mal y en vez de teletransportarlos al exterior de la casa para aunque fuera llamar a la puerta. Aparecieron en el salón, donde Adrien Solo, de forma muy caballerosa, acababa de tapar con mantas a una muchacha que dormía bien a gusto en el sofá. A Seika por poco le dio un ataque. ¡Ese muchacho era el avatar de Poseidón, la mayor fuerza en la Tierra y la garantía de que de verdad no habría un fin del mundo! Entonces se fijó en que el chico tenía ojeras y las mejillas algo coloreadas. Era humano, a pesar de todo, un humano que salía de una agradable fiesta en la que bebió de más. En la que ambos bebieron más, según apuntilló Kiki, ganándose un buen coscorrón de parte de Seika. Después, roto el hielo, conversaron de forma animada en una sala para las visitas bien apartada de donde dormía la bella durmiente, quien quiera que fuese. La idea era transmitir a Adrien Solo preocupación por el tipo de intervenciones que podrían esperar de los marinos en el mundo actual, a lo que el joven empresario no tuvo problemas en decir que las fuerzas del océano actuarían acorde a la alianza con el Santuario y Bluegrad. Intervendrían para mantener la paz en el mundo, no por intereses de ningún país, incluyendo sus dominios bajo las aguas. Al final, de algún modo Seika acabó contándole lo que ella sentía que podía esperarse de la Ciudad Azul.
Un tanto confundida por el rumbo que tomó la conversación y por la educación con la que Adrien Solo había tratado a una completa intrusa que no tuvo la decencia de pedir cita —Kiki la acusó de ser el personaje jugador del videojuego de la vida—, la alcaldesa terminó la ruta tratando de actuar con más cabeza. Kiki la transportó al Egeón, donde se sentía una más, esperando poder encontrar un hueco para hablar con el alto mando y que estos le concertaran una cita con Ludwig von Seisser. Resultó que había escogido el momento perfecto, caída la tarde, para participar de una reunión entre el empresario y los comandantes Leda, Faetón y Helena, además del capitán de los Heraclidas, Garan. Fue una conversación bastante parecida a las otras dos, si lo pensaba bien, porque ahora que el ejército de los mares estaba de parte del Santuario, la Guardia de Acero parecía una inclusión anecdótica. Bluegrad, la ciudad de los mercenarios, tenía el mayor número de soldados en los últimos cien años, justo cuando la idea era crear un mundo sin guerras, a gran y pequeña escala. Lo que en la Ciudad Azul se descartaba, como enviar guerreros azules, antiguos caballeros negros, como refuerzos de la policía en las distintas naciones, bajo el riesgo de que fueran interpretados como espías rusos, en la Guardia de Acero fue bien recibido. Al alto mando le gustaban las sugerencias de Seika y les gustaba más que al parecer Adrien Solo, Alexer y Nicole estaban en sintonía.
—Este, ¿Seika? —dijo Kiki cuando salían a cubierta. La Unidad Themiscyra al completo formaba un puente de dos filas hacia ninguna parte, haciéndoles el saludo militar—. ¿Has pedido permiso para estar contándole estas cosas a la gente?
—Eh… —Seika sonreía a las amazonas mientras caminaban entre ellas. Podían teletransportarse ahí mismo, pero le parecía correcto corresponderles el gesto. La capitana Eco le enseñó el pulgar. Ella la había acompañado en persona a la reunión con el alto mando y debió oír alguna cosa vigilando la puerta—. ¿Creo? —Todos le habían contado la situación con normalidad, sin cortapisas, ni amenazas, vedadas o directas. Nunca le habían dicho, ni sugerido, que no pudiera hablar con alguien de uno u otro tema más allá de lo que dictaba el sentido común. Además, en realidad no estaba transmitiendo secretos de Estado. ¿Verdad?—. ¿He dicho algo malo?
—Sí —dijo Tyuule, dándoles un susto a los dos. Solían olvidar que estaba ahí.
—Has interrogado a los líderes de los ejércitos más poderosos del mundo, lo que incluye a un dios. Aparte de eso, nada. Buen trabajo.
Kiki le enseñó el pulgar a la vez que desaparecían.
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Al aparecer a la entrada de Rodorio, se separaron. Kiki tenía que comprobar si Tomomi Asamori estaba ya despierta. Tyuule de Liebre fue a reclamar a los vigilantes, Yukki de Zorro y Iolao de Serpiente Terrestre, que se estaban poniendo en evidencia al discutir como si fueran niños pequeños sobre la honorabilidad de los ataques ilusorios y a distancia. Seika pasó de largo esa discusión, pero no volvió al ayuntamiento, asumiendo que Kiki podría lidiar con lo que fuera que se necesitase allí por un rato.
Paseó por la villa siendo ya las seis de la tarde. Saludando, distraída, a los niños que jugaban aquí y allá. ¿De verdad habían pasado solo treinta horas? En parte le parecía que fue demasiado tiempo, en parte que todo había pasado muy rápido. Nunca había sido una mujer de relojes, acostumbrada a levantarse y acostarse a una hora fija por puro instinto. Pero el cuerpo, antes confiable, se le había revuelto entre tanta teletransportación. ¿Había servido para algo? ¿En realidad estaba ayudando a alguien, o solo daba palos de ciego, con tal de sentirse útil? ¿Apreciaría Nicole de Altar alguna clase de informe sobre Bluegrad, Solo y Seisser? ¿Podía ella redactarlo? Muchas preguntas que el santo de Altar respondería con una sola: «Descansa, muchacha.» Ella necesitaba paz, sin duda, pero una paz reflexiva, no inútil. Nada de dormirse.
Caminaba al ayuntamiento, decidiendo que el orgullo que arrastraba sí que era inútil y que como alcaldesa tendría muchas tareas pendientes, cuando Kiki se le apareció.
A ella no le preocupó tanto eso como que ni siquiera se sobresaltara.
—Hola, Kiki. ¿Está bien tu novia?
—¿De embajadora a casamentera? Menuda vida llevas —se quejó Kiki, con el pelo alborotado y el rostro empapado de sudor—. Te dije que estabas haciendo algo malo.
A Seika no le dejó tiempo de replicarle que le dijo todo lo contrario. Sujetándola por el brazo, Kiki llevó a la alcaldesa de Rodorio por las calles de la villa hasta llegar al árbol de hojas azules en que se había convertido Kushumai, la madre de Soma y Shaula.
Había una mujer apoyada en él. De pelo platinado, una sola oreja y hermoso cuerpo envuelto en un uniforme militar de color azul.
—Hola —saludó Katyusha, levantando un poco el gorro al hacer el gesto.
—¿Qué hace la capitana de los guerreros azules en territorio griego? —murmuró Seika mientras Kiki la arrastraba, meneando la cabeza. «Te lo dije.» Eso era todo lo que repetía, a través de la telepatía, para más señas.
En defensa del maestro herrero de Jamir, en cuanto las dos estuvieron frente a frente, se quedó cerca, con los brazos cruzados y muy, muy serio.
«Soy la hermana de Seiya —pensó la alcaldesa—. Querrá protegerme.»
Seika alzó el puño por instinto, queriendo aclararse la garganta primero. ¡No había dejado de hablar en todo el día! Sin embargo, Katyusha la tomó del brazo a medio camino y la arrastró hasta estar más cerca de lo que dictaba el decoro.
—Toca —pidió Katyusha.
—¿Eh? —La mano de Seika también estaba cerca de un lugar que el decoro no vería bien. Por suerte, la siberiana movió la cabeza de arriba abajo, indicándole que lo que debía tocar era el vientre. Así lo hizo—. No noto nada.
—¿Tampoco tú? —se quejó Katyusha—. Pensé que al ser madre, tendrías un noveno sentido para estas cosas. —Por un momento, la siberiana pareció decepcionada, soltando a la atribulada alcaldesa. Luego sonrió—. Sé que estoy preñada —dijo a viva voz. Una madre que pasaba cerca con dos hijos se los llevó a toda prisa—. Lo sé, lo noto. —Ahuecó las manos a la altura del vientre, como haciendo una especie de comunicador, y dijo—: ¿Me oyes, Frey? ¿O quizá eres Freya, eh? Una valkiria fuerte y vigorosa a la que pueda entrenar y que el abuelo y el tío puedan consentir —rio.
—¿Has venido a decirme que estás embarazada? —dijo Seika, parpadeando—. ¿No estás aquí para silenciarme? —Atrás, Kiki sonreía con nerviosismo.
—¿Silenciarte? Ni que fuera maga —respondió Katyusha, primero descartando esa idea como algo absurdo y luego adoptando una muy peligrosa pose pensativa—. Dicen por ahí que los santos de Atenea pueden bloquear sentidos mediante golpes precisos, ¿conoces a alguien que domine ese arte? —La alcaldesa negó con la cabeza, extrañada—. A mí no me sale. Si golpeo la garganta de un enemigo, aunque sea flojito, la destrozo. Y la cabeza. Y la montaña que haya detrás, si la hay. Así que lo siento, no puedo silenciarte, espero que no te hiciera mucha ilusión.
—¡Todo lo contrario!
—Genial.
—¿Entonces…? —preguntó Seika luego de un rato.
—Has estado haciendo muchas preguntas en muchos sitios diferentes —apuntó Katyusha, de algún modo sonando despreocupada y amenazante a la vez. La voz de Kiki resonó en la mente de la alcaldesa, animándola a tranquilizarse; al parecer, la siberiana tenía bajas las defensas y él podía dejarla inconsciente usando telepatía—. Mi tío, Adrien Solo, Ludwig von Seisser, el alto mando de la Guardia de Acero… ¡Hasta Munin, que finge estar en una posición ventajosa solo porque es indispensable, te escuchó sin cita previa! —La hermana de Seiya se guardó de aclarar que no le había pedido cita a nadie. Escuchaba en silencio, siendo mayor la vergüenza que sentía por su comportamiento que el miedo que le inspiraba la capitana de los guerreros azules—. ¿A qué ha venido eso? Mi abuelo apenas ha empezado a redactar una propuesta para que oficiales de Bluegrad, el Santuario y el Reino Submarino, formen un comité que dirija los asuntos militares. Le da muchas vueltas porque es solo el viejo líder de una ciudad rusa frente a los ejércitos de dos dioses. ¿Y vienes tú a inspeccionarnos sin más?
—Yo le dije que era una mala idea —mintió Kiki.
Seika no le dijo nada, porque estaba de acuerdo. ¿En qué estaba pensando?
—En mí —susurró, rememorando a cierta chica, una huérfana con nada más que un hermano en el mundo—. Pensé en otro tiempo, cuando lo poco que tenía me lo quisieron arrebatar. Fueron días crueles, pensaba que el mundo era injusto sin razón. Así que me animé a luchar contra él. Escapé de las comodidades que el señor Kido tenía deparadas para mí, una chica, viajé hasta Grecia como buenamente pude y… —Perdió la memoria. A lo largo de seis años, vivió como la nieta de un afable anciano en la villa de Rodorio, la frontera entre el mundo de los hombres comunes y el Santuario. Fracasó en la misión de rescatar a su hermano, mientras que este cumplió la suya, lo que demostraba que Mitsumasa Kido fue hasta cierto punto sabio al escogerlo a él y no a ella—. Aun así, entonces, siendo solo una niña, me atreví a luchar. Quise hacer algo.
—Así que de eso se trata —asintió Katyusha, relajando la expresión—. Quieres ser más de lo que eres. Está bien, eres insaciable, eso me gusta.
—Soy la hermana de Seiya —dijo Seika, desafiante—, ¿esperabas otra cosa? —Pronto recordó que estaba frente a una guerrera bastante capaz y se desinfló, si bien no bajó la cabeza—. Mi hija es igual, una luchadora. —Nicole de Altar, como el único santo de plata que se quedó en tierra, le había asegurado que los santos de bronce estaban exentos de marchar contra Caronte de Plutón, creía que así la tranquilizaría tras la última vez que se vieron. Se equivocaba—. Por eso sabía lo que iba a hacer incluso antes de que ella misma lo decidiera, por eso no me despedí, temía que de hacerlo le habría quitado la voluntad de hacer ese viaje. De hacer lo que yo no puedo hacer. —Empezó a sentir un vacío en el estómago. El vacío que había estado rehuyendo—. Estábamos los tres juntos, después de la batalla entre vivos y muertos. ¿No viene la paz después de la guerra? —Sintió quebrada la voz—. Estábamos juntos. Otros iban a ir a hacer un viaje, una embajada de paz, y después el Santuario desapareció. Desde entonces no he vuelto a ver a Arthur, puede que jamás vuelva a verlo. Ni a él, ni a Rin.
Empezaba a ser consciente de ese hecho. Como una premonición que hubiese tenido desde hacía tiempo delante de las narices y que apenas ahora le prestaba atención. Kiki abandonó el papel de guardaespaldas y se le acercó, tocándole el hombro. Parecía afligido, como si él hubiese podido haber cambiado algo.
—Si quieres ir a verlos, te puedo llevar en brazos —dijo Katyusha—. Soy rápida.
—Están en el otro lado del universo —replicó Seika. No parecía que eso convenciera a la siberiana, así que añadió—: Además, en tu estado, no creo que convenga moverte tan rápido. —A menos que Katyusha hubiese estado rondando por Grecia desde un principio, tendría que haber alcanzado una velocidad varias veces superior a la del sonido para viajar desde Siberia hasta Rodorio en tan pocas horas.
—De verdad que soy rápida —insistió Katyusha—. Incluso estando ebria tardaría una décima de segundo en darle la vuelta a la Tierra. Al bebé no le pasará nada.
—Yo evitaría moverme a la velocidad de la luz una temporada —sugirió Seika—. ¡Y nada de alcohol, por supuesto! —No era que ella fuera una experta en ese asunto. Solo era una de las tantas cosas que se sabía. Sabiduría popular.
—Ni amantes esporádicos, ni velocidad de la luz, ni vodka —repitió Katyusha con cara de espanto—. ¡En qué lío me he metido!
—Descuida, el amor lo compensa —aseguró Seika, que nunca había sido mujer de muchos amantes, ni de beber, ni desde luego de moverse a la velocidad de la luz para ir a salvar el mundo. Ella era más de convertir a Kiki en un taxi e ir de aquí para allá para molestar a la gente, que luego mandaban a soldados experimentados para no silenciarla—. ¿Por qué tú lo…? Oh, lo siento, ya me estoy inmiscuyendo otra vez.
Era lo que le faltaba. Si ya era raro que una alcaldesa se metiera en cuestiones militares de grupos que harían palidecer a las grandes potencias mundiales, no imaginaba dónde degeneraría todo si se metía además en asuntos del corazón. Pensó en Kiki y la borracha Asamori, en Adrien Solo velando por una joven… En ella misma, amando a un santo de oro, a sabiendas del tipo de vida que les esperaba a ambos.
Entretanto, Katyusha pensaba una respuesta. Durante demasiado tiempo, la verdad.
—Folkell es un encanto. En todos los sentidos —asintió Katyusha—. No le importa que solo tenga una oreja, eso tiene que ser amor. Si no, ¿qué otra cosa podría ser?
—¿Amor? —dijo Seika, a lo que la siberiana asintió de nuevo.
—Justo. Él me ama, así que yo lo amo. Simple.
—Sí, es así de sencillo.
Así fue para ella. No se lo pensó mucho al entablar una relación con Arthur, ya entonces uno de los discípulos del Sumo Sacerdote. Ocurrió, sin más, ya sabiendo dónde se estaba metiendo. ¿Se arrepentía ahora? En absoluto. Habían sido años felices.
—Eres la hermana de Seiya —observó Katyusha de repente.
—Eso he dicho —sonrió Seika.
—Eso significa que puedes hacer lo que quieras, nadie te va a mirar mal.
—No estoy segura de cómo me debo sentir al respecto.
En parte, orgullosa. Era la hermana de un gran hombre, de un gran héroe. Por otro lado, estaba la sensación de no poder aportar nada más que un lazo de sangre.
—Estás triste porque no puedes reencontrarte con tu familia —prosiguió Katyusha, al parecer muy dispuesta a contar obviedades ese día—. Por eso hiciste ese viaje, ¿eh? —Prefiriendo el silencio a meter la pata, Kiki sonrió con nerviosismo; él la había ayudado sin pensarlo mucho y ahora acaso hacía cábalas sobre si le esperaba algún castigo—. Quieres hacer grandes cosas, porque tu familia hace grandes cosas. Muy grandes.
Arthur de Libra, el más fuerte de los santos de oro. Rin de Caballo Menor, una promesa entre los santos de bronce. Seiya de Pegaso, quizá el mayor guerrero del Santuario.
¿Quería obrar milagros para estar a la altura de todas esas personas maravillosas?
«No. Nunca quise convertirme en santo de Atenea, después de todo.»
Siempre había interpretado mal las inquietudes de su corazón. Pensaba que quería ser parte de los asuntos de Estado porque allí estaba su familia, pero era algo más simple.
—Lo que yo quiero es luchar —dijo Seika—, por el mundo que ellos están protegiendo. —Ella escogía decidir que aún lo hacían, los tres. Combatiendo al mal que había asolado el mundo—. Quiero proteger este mundo. Puede que no posea la fuerza, ni la inteligencia, ni los recursos para ello, por eso he acudido a los que sí la tienen. Deseo asegurarme de que cumplirán lo que han comprometido. Deseo ver un mundo en paz. Un mundo en que los mares y la tierra no vuelvan a entrar en guerra, un mundo en el que las sombras no vuelvan a asesinar… Sé que ese mundo no os hace mucha gracia, no tendréis trabajo —sonrió Seika—, aun así, también sé que tu tío, el rey, lo desea. Lo desean Adrien Solo, Ludwig von Seisser, Leda, Faetón, Helena, Garan e incluso Munin.
—Descuida, el mundo es muy grande. Siempre habrá gente descontenta y donde haya quien necesite ayuda, habrá mercenarios, y donde haya mercenarios, habremos los mejores —aseguró Katyusha, sin una pizca de modestia—. Tú preocúpate de tu misión: hacer que todos cumplan lo prometido, so pena de unos buenos azotes en el culo.
A Kiki se le escapó la risa y Seika no pudo sino acompañarlo por un rato.
—Ya lo he hecho. Hablé con todos y parecen buenas personas.
—Folkell no recibió ninguna visita.
Katyusha parecía molesta con eso. Como si se estuviese insinuando que Lord Folkell no era tan importante como para que se debiera tener en cuenta su opinión.
—Hablaré con él —dijo Seika a modo de disculpa.
—Mejor habla con todos la semana que viene, de seguro estos días estarán muy ocupados y si ellos no pueden decirte que no, tú tienes que escoger cuándo importunarlos —señaló Katyusha.
La alcaldesa de Rodorio parpadeó. ¿A dónde iba a ir a parar la siberiana?
—Eres la hermana de Seiya —dijo Kiki, mediante telepatía—. Es lo que dijiste y es lo que ella dijo. Serías una embajadora perfecta para las tres potencias de la alianza.
—¿Embajadora? Solo soy la alcaldesa de Rodorio —dijo Seika en voz alta.
—Una villa muy bonita —aseguró Katyusha, aunque sobre todo veía el árbol, único en el mundo—. La única parte del Santuario que se relaciona con el resto del mundo. Me gusta. Es como mi ciudad. Y no es fácil dirigir la Ciudad Azul, ¿sabes?
—Podrías venir aquí a pasar tu embarazo —propuso Seika sin pensarlo mucho. La negativa de Kiki se repetía en su cabeza como un disco de música rayado.
—Preñada o no preñada, seguiré siendo la capitana de los guerreros azules hasta que mi Frey, o mi Freya, crezcan grandes o fuertes —aseguró Katyusha—. Justo Folkell me estaba proponiendo que Günther me reemplazara cuando se me ocurrió ir a visitarte, aunque él no dijo nada sobre el alcohol.
De nuevo, Seika rio, imaginando la escena. Los dos acurrucados, el hombre preocupándose por su mujer e hijo, ella huyendo, sin saber que lo hacía, dejándole con la palabra en la boca. ¿Cuánto tardaría Katyusha en decidir que sí necesitaba apartarse de la vida que había llevado hasta ahora? Quizá nunca lo haría. Incluso si la fama de locos únicos que tenían los militares rusos era solo otro cuento más, los de la Ciudad Azul harían que los ejércitos del pasado se enrojecieran. Eran los mejores mercenarios de la Tierra, en cierto sentido los únicos santos de Atenea que luchaban en la Tierra. No como sombras temerosas del juicio inevitable. A Seika se le empezó a antojar muy precisa la comparación con Rodorio. Y también entendía el deseo de muchos caballeros negros por formar parte de la Ciudad Azul, era la evolución natural de Hybris.
—Aun no sé si puedo ser embajadora, pero creo que ya he decidido que quiero —confesó Seika, entendiendo que la prioridad era dejar Rodorio en buenas manos.
—Cuentas con todo mi apoyo —dijo Katyusha—. Tú me rascas la espalda y yo te la rascaré a ti —añadió a viva voz, aunque a buen seguro era el tipo de comentarios que se hacían susurrando, como quien admite estar abierto a suculentos sobornos.
Con toda probabilidad, la siberiana esperaba que Seika convenciese a Folkell de que podía ser capitana, madre y amante, todo a la vez. Al final sí que tendría que inmiscuirse en los asuntos del corazón de gente muy poderosa. ¿Era un momento para echarse atrás? Tuvo que menear la cabeza de un lado a otro para ofrecer tranquilidad a Kiki, quien la miraba con fijeza, inseguro de si seguía haciendo falta.
—Me alegro de que todo haya salido bien —dijo el maestro herrero de Jamir, dando palmadas—. Voy a ver cómo está la bella durmiente. Como se caiga de la cama y se abra la cabeza, quedaré como un animal frente al animal de Spartan.
Tras despedirse de ambas —a Seika le dio un abrazo, con Katyusha prefirió mover la mano desde la distancia—, marchó al ayuntamiento silbando una cancioncilla.
Era un exagerado. Katyusha no era tan intimidante.
—Bueno, ¿te apetece un café? —dijo Seika.
—Un café —repitió Katyusha, con los ojos entornados—. Vale.
Se lo terminaron tomando en un local apartado, al que solo llegar era ya una odisea y que solía estar reservado para los más valientes. A Seika le pareció el mejor lugar para tener el tipo de conversaciones que le esperaban en el futuro inmediato.
Hablaron sobre el nuevo mundo que les esperaba. Los vacíos en el poder de más de cien democracias purgadas por Hybris. La propuesta de un comité que dirigiera los esfuerzos militares de la alianza. Incluso el nombre de Tomomi surgió más de una vez, pues esta era tanto parte del proceso de creación del equipo de la Guardia de Acero, cuanto quien oficiales de la antigua Hybris como Dorer, que no estaban de acuerdo con que alguien bajo la supervisión de las tres potencias fuera el mandamás de todos, sugirieron como contratista de los caballeros negros. No parecía esa una propuesta que gustase a la genio, pero considerando que no todas las sombras deseaban continuar en la vida militar, quizá podrían llevarla a buen puerto. Los del Centro de Investigación Asamori eran aliados de confianza de la Fundación Graad y por tanto amigos del Santuario, nadie mejor que Tomomi para ayudar a la redención de tantas almas descarriadas.
—Además —dijo Katyusha, tomando un café cargado de azúcar—, si ella y el maestro herrero de Jamir hacen buenas migas, tendremos quién la vigile por nosotros.
—Eres mala —rio Seika.
Llevaba una jornada de muchas sonrisas, pero por primera vez en muchas horas, no se sentía mal por ello. Había encontrado un camino a seguir. Algo que hacer. Seguiría esa senda hasta el final, porque era una Kido, como Seiya y los demás.
«Rin —rezó Seika en silencio—. Espero que puedas reencontrarte con tu padre, era lo que más querías. Tu madre estará bien, luchando a su manera. Y si me está concedido al menos soñar, entonces ruego… a los dioses… —Cuando las manos le temblaron, Katyusha las tomó, transmitiéndole fuerza y calidez. Podía ser empática, a veces—. Que un día nos reencontremos. Mientras tanto, lucha Rin, lucha por este mundo pacífico, sabiendo que nosotros tomaremos el testigo. ¡Lucha y vive, hija mía!»
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Tras las dos horas más intensas en la vida de Emil de Flecha, la batalla terminó.
No lo sabía porque el portal hubiese dejado de vomitar horrores, con tal cadencia que miles andaban sobre otros miles que caían a los mares olvidados, donde eran dispersados a través de todas las eras. Tampoco se lo indicaba que todos, incluido el circunspecto Orestes, se mostrasen aliviados, ni el hecho de que el portal, hasta hacía bien poco ampliado hasta cubrir todo el horizonte, volviese a adoptar un tamaño más o menos normal. La lucha había sido lo bastante frenética como para que todas esas señales pudieran ser engaños de la maldad que se había adueñado de la Senda de Oro. La abominable monstruosidad del espacio a la que el Juez desafió.
Lo que le permitía descansar los hombros, bajar el brazo agarrotado y sonreír, era justo que el santo de Libra yacía en cubierta, descansando. Si ese hombre, el más fuerte de todos, podía hacerlo, tenía que ser que hubían alcanzado la victoria. ¡Tenía que ser así!
—Buen trabajo, chicos —dijo Shaula.
—Gracias —replicó Emil, como hicieron también Orestes, Alcioneo, Mithos y Subaru. Con toda probabilidad se dirigía a estos dos últimos, pero la santa de Escorpio no le corrigió. Al fin y al cabo, todos eran camaradas.
Emil sabía bien desde siempre que la hija de Ban era muy fuerte. Era un santo femenino de oro, eso ya la ponía en la élite, de por sí. Sin embargo, durante la batalla había ido un paso más allá. Se hizo una con la naturaleza, con el universo, excediendo la fuerza de Alcioneo y Orestes, aproximándose a la del Juez, por lo menos hasta que el dorado manto de este se transformó en otra cosa. Ya para entonces el santo de Flecha se había planteado rendirse. Como el más débil en el barco, no podía aportar la misma capacidad defensiva que Mithos de Escudo, quien los protegía, ni que Subaru de Reloj, quien podía arreglar cualquier herida que Shaula pudiera recibir. Solo tenía la facultad de disparar flechas muy, muy rápidas si cargaba durante sesenta segundos, una aceleración que cualquier santo de oro alcanzaba en un visto y no visto. ¡Y luego estaban esos dos, Shaula y Arthur! Ella, un peldaño por encima, él distanciado de la élite en la misma proporción que los santos de oro se distanciaban de los santos de plata. Sentir aquel cosmos magnánimo, transparente, como un halo divino, fue como encarar al universo y comprender que era insignificante, que su universo interior no era nada en absoluto.
Pero la transformación de Arthur de Libra había atraído al mal que les enviaba horrores. El Juez no se había dirigido a ellos, necesitando centrar toda la concentración en mantener la Senda de Oro, pero Emil de Flecha había intuido, de algún modo, que al mismo tiempo mantenía una cierta lucha contra el enemigo. Lucha que se intensificó cuando el portal se amplió a lo largo de miles y miles de metros. Ese sí que fue el momento en que el universo, vasto, frío e indiferente, lo contempló a él y a los demás. Incontables asteroides giraban y chocaban entre sí, formando siluetas que recordaban a bocas sonrientes y ojos. En comparación con el más pequeño de esos cuerpos errantes, el barco en que estaban era nada más que un punto minúsculo atrapado entre el infinito y la eternidad. Alguien, Emil no estaba seguro de si Alcioneo u Orestes, señaló que en los asteroides había más horrores, millones de ellos. La segunda fase iba a comenzar.
Alcioneo asintió tanto a Orestes cuanto a Shaula, quienes saltaron hacia la vanguardia y empezaron a despedazar los asteroides que el enemigo usaba a modo de naves. Las Agujas Escarlata los hacían colapsar, mientras que el Resplandor de Luz de Orestes los atomizaba. Así los horrores, indestructibles y sin cabeza, quedaban varados en el espacio por millones. El problema era que entonces venían más y más rocas espaciales, algunas avanzando a través de intrincadas distorsiones espacio-temporales, lo que obligaba a la retaguardia a ir pensando en algo. Subaru de Reloj, sin quitar un ojo del santo de Libra, sabedor de que sin él estaban acabados, miró hacia Emil.
—Soy importante —decidió el santo de Flecha, por la razón más estúpida posible. Si alguien que veía el futuro lo miraba, tenía que ser importante, ¿no?
Al principio, no se le ocurría nada. Vio los restos que Shaula y Orestes no pudieron derribar a tiempo hundirse en los mares olvidados y a horrores de tres cuerpos unidos a una sola cabeza saltar en el vano intento de comerse el Rho Aias. Vio a Alcioneo saltar desde el barco hacia las rocas que los mares olvidados devoraban, partiéndolas desde la cima a la base con un buen golpe antes de saltar a la siguiente. Sopesó a quién podría ayudar y se le ocurrió que lo mejor era ayudar a todos. Elevando su cosmos, sintonizado con el de los demás, buscó el punto de origen del Rho Aias, el escudo de capa múltiple más eficiente del Santuario, lo encontró e hizo la locura que ya había pensado.
—¡Fortaleza de Luz! —gritó Emil entonces, contento de que pudiera funcionar.
Mithos de Escudo lo miró con extrañeza, como si Rho Aias fuera un nombre mejor, pero algo debió decirle Subaru de Reloj para que decidiera hacer el muy merecido gesto del pulgar. Unidos, la Fortaleza de Luz y Rho Aias, la naturaleza de la barrera que protegía el barco varió. De las veinticuatro mil capas, ocho mil se fortalecieron y dieciséis mil pasaron a ser portales de entrada y salida, solo que con una interesante variación: Subaru de Reloj controlaba hacia qué salida iba cada entrada y cuánto tiempo pasaban los proyectiles entre uno y otro punto de los túneles de gusano. Así, Emil de Flecha podía cargar el Arco Solar durante sesenta segundos, disparar, volver a cargar, disparar, volver a cargar, y ver cómo los tres tiros atacaban en el momento preciso, cuando el enemigo no podía esquivarlo, de modo que el trabajo de Shaula, Orestes y Alcioneo se aligeraba un poco. En aquel momento, Emil ni siquiera se detuvo a pensar en que estaba realizando una y otra vez la técnica que le dejó el brazo destrozado durante aquella misión en Bluegrad; no tenía tiempo, aunque sonaba a excusa cuando necesitaba cargar durante todo un minuto cada ataque. Él solo seguía y seguía disparando, apuntando solo en el sentido de que veía a qué objetivo buscaba acertar y se lo transmitía al santo de Reloj. Luchando sin pensar, de algún modo incrementó la velocidad de carga, hasta que era capaz de disparar hasta cien tiros a máxima potencia por minuto. Ningún asteroide volvió a caer en los mares olvidados y Alcioneo volvió al mascarón de proa.
—Ahora vienen las lunas —dijo Subaru.
En efecto, cuerpos lejanos se hicieron más y más visibles a una velocidad de vértigo. Mundos enteros que se desgajaron en millones y millones de enormes meteoritos habitados por otros tantos horrores. Shaula y Orestes debieron concentrarse en borrarlos todos del mapa, mientras que en medio de un millar de explosiones insonoras, Alcioneo distinguió un cuerpo celeste más pequeño que los tres anteriores, de unos ochocientos kilómetros de diámetro. Quizá no era lo bastante grande como para contar como una luna, pero si llegaba a atravesar el portal, la sola fuerza gravitatoria ya mandaría el barco al demonio. Quizás. Emil empezó a cargar un nuevo tiro mientras que esperaba que alguien, el que fuera, diese alguna sugerencia. Alcioneo ya no estaba cerca, saltaba entre los restos de mil meteoros que caían al agua fruto de los esfuerzos de Orestes y Shaula, quizá planteándose atravesar el portal y ponerse a reventar lunas a golpes.
—¿Sobreviviremos a esto? —preguntó Emil. Ni Mithos, ni Subaru le respondieron. Orestes y Shaula se habían unido al temerario gigante, de modo que eran solo tres santos de plata protegiendo a Arthur de Libra, quien no reaccionaba a nada.
A unos cien kilómetros del portal, la Cuarta Luna se abrió como una flor. O como una fruta a la que se arrancara la cáscara, revelando un mar de lava y fuego que latía como un ser viviente. Como un trillón de seres vivientes, en realidad, porque tanto en la superficie ondulada hacia atrás como pétalos, cuanto en el interior, los horrores se movían apretujados, devorándose a sí mismos y luego vomitándose unos a otros. Emil le estaba gritando a Subaru que se callara hasta que se dio cuenta de que el santo de Reloj no había dicho nada, él mismo estaba viendo el espectáculo. Meneó la cabeza, volviendo en sí. El portal era una tormenta de polvo estelar en la que los restos de las tres primeras lunas eran cubiertos por una cantidad imposible de masa primigenia, surgida de las cabezas de los incontables horrores destruidos e incinerados. Una vez cubierto todo, la masa, un necro, formaba una gran boca sonriente, a la vez que de ella surgían una serie de tentáculos que la unían a otras decenas y decenas de masas, hasta que la estructura completa poseía la fuerza suficiente para impedir que los poderosos ataques de Shaula, Orestes y Alcioneo destruyeran la luna más pequeña. El santo de Flecha pensó que entonces tendría que ser importante, pero al tratar de decirle a alguien, vio imágenes que no quería ver: Hugin de Cuervo cayendo por la barandilla, suicidándose, Azrael asesinando a Akasha apuñalándole en el corazón, Arthur de Libra asintiendo con satisfacción… Su mente ya no podía ocultar el sonido de deslizamiento que todos habían empezado a oír desde que empezó a aquella batalla endemoniada. Volvió a sacudir la cabeza, apartando a los demonios internos, decidido a concentrarse.
De algún modo, Mithos de Escudo estaba seguro de que Shaula y Alcioneo discutían sobre quién iba a asaltar el interior de la Cuarta Luna y que no iba a permitir que su amada muriera allí. El necro ardía por completo bajo el Resplandor de Luz, lo que no le impedía seguir riendo con unos dientes del tamaño de montañas que se derretían sobre encías ensangrentadas, auténticos mares de vida desperdiciada. No se suponía que debían oír eso, pero lo hacían, Emil vio que un barco idéntico al Argo Navis atravesaba esas cascadas carmesís, lleno de santos, sombras, guerreros azules y marinos. Todos venían muertos, todos venían a reencontrarse con ellos, porque también habían muerto. Por tercera vez, sacudió la cabeza, viendo el Arco Solar. ¿De verdad habían pasado solo sesenta segundos desde que empezó a cargar? Miró a la Cuarta Luna, al centro, hinchado como la pipa de una fruta, una pipa bulbosa de magma que se enfriaba y ardía todo el tiempo. Disparó hacia allí, aguantando el retroceso clavando los pies en el suelo. Al proyectil se le sumaron un millar de tiros a máxima potencia, todos los que Subaru de Reloj había reservado para ese momento clave, todos apuntando al corazón de la luna mientras que el necro terminaba de ser consumido por los fuegos celestiales.
Para cuando Alcioneo llegó hasta la Cuarta Luna, había un camino delineado hasta el centro, donde una joya desconocida de diez kilómetros de diámetro hacía las veces de corazón. Emil, que lo veía todo por el capricho del enemigo, comprendió la razón del conflicto entre el gigante y la santa de Escorpio: esa luna era el alma de un gigante, ahora un cuerpo celeste movilizado por lo que fuera que estaban enfrentando. Vio a Alcioneo reventar la joya a golpes antes de que Shaula de Escorpio, unida a la naturaleza, lo tironeara de las orejas. Vio al par volando a través del fuego, la lava, los horrores y un vapor tóxico que solo era natural a medias. Vio a Orestes ayudándoles con decenas y decenas de miles de haces de luz, ardientes como los soles que, más allá del destruido necro y la Cuarta Luna, en pleno proceso de colapso, venían hacia ellos.
—Ah, sí, ahora vienen los soles —rio Subaru, nervioso.
—Ojalá fueran solo estrellas —añadió Mithos.
El santo de Flecha no tuvo necesidad de preguntarles. Veía los puntos en la lejanía acercándose, como si el tiempo que tardaba la luz en viajar desde el espacio exterior hasta un lugar remoto hubiese dejado de importar. No era solo que el enemigo estuviese moviendo mundos y soles. Era uno con el espacio de la Senda de Oro en sí mismo. ¡Estaba tratando de usar el universo como una muralla para aplastarlo!
Empezó a cargar más flechas, sintiendo que el brazo le dolía una barbaridad. Sonrió a la vanguardia cuando regresaron al mascarón de proa y tensó el Arco Solar.
Luego, un gigante pálido vestido con el mar de mil mundos apareció en el lado derecho del portal. Eso sí que hizo que todos se detuvieran por un momento, justo lo que aquella criatura coronara de laurel tardó en guiñarles el ojo y soplar hacia el espacio.
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—¿Crees que tu Rho Aias habría podido resistirlo?
La barrera ya no protegía el barco, no había necesidad. La tempestad aguamarina que engulló el espacio corrupto de la Senda de Oro había barrido con todo, dejando solo una oscuridad aguijoneada por la luz crepuscular procedente del Jardín de las Hespérides. Pero Emil estaba convencido de que, en realidad, tampoco habría servido de mucho si esa tempestad los hubiese alcanzado también a ellos.
—Depende —dijo Mithos, aprovechando que Subaru no hacía ninguna predicción—. Rho Aias no es solo una barrera difícil de destruir, tiene muchas capas y todas se restauran muy rápido. El problema sería el tiempo que tardaría ese poder en destruir las veinticuatro mil. —Miró a Shaula, de pie en el mascarón de proa, viendo el portal. Orestes y Alcioneo estaban más interesados en el Jardín de las Hespérides, aunque el caballero mantenía cierta disciplina mientras que el gigante se había sentado a la sombra del mástil, exhausto—. Con l-lady Shaula, estoy seguro que podría, muy seguro.
—No tendrás que hacerlo —dijo Subaru—. Tritos de Neptuno ha derrotado a Aquel que se desliza en la oscuridad. No viviremos para ver a otro Rey Durmiente.
—¡Genial! —celebró Emil, chocando palmas, aunque el santo de Reloj no parecía muy contento al respecto—. No me digas que vamos a…
Antes de hacer la pregunta terrible, alguien más dio muestras de alegría.
—¡Un barco! —exclamó Shaula, señalando al portal—. ¡Un barco viene!
En ese mismo momento, el mascarón de proa de un barco inmenso hizo su aparición, causando que el estómago de Emil de Flecha diera un vuelco. ¿Había visto el futuro, como Subaru? ¿Todos iban a morir? La nave, desde luego, era una réplica del Argo Navis, aunque el pequeño ejército que transportaba estaba muy vivo, si bien a las claras salidos de muy duros combates. Encabezaban una hermosísima nereida que le sonaba mucho, tres santos de oro, un muchacho ciego, dos muchachos de ruinosa armadura platinada y belleza andrógina, Makoto y un hombre tuerto vistiendo la toga papal, lo que demostraba que en la Tierra ya estaban al tanto de la muerte de Akasha.
Miró hacia Arthur de Libra, quien recién despertaba y al que solo Subaru de Reloj se dignaba a ayudar. ¿Qué diría? ¿Echaría la culpa a Azrael, como hizo antes?
La imagen de Akasha siendo apuñalada por Azrael le vino a la mente.
«¡Él lo ordenó, ese hombre lo ordenó! —maldijo para sí Emil.»
Pero apretó los puños, porque ese era un momento feliz. Shaula había encontrado a su hermano entre los miembros del pequeño ejército, de más de cien soldados. También estaba Cristal por ahí, y Lesath, y Aerys. ¡Estaban casi todos!
—¿Papá? —dijo Rin de Caballo Menor, pasando a través de un grupo de guerreros que sí que no le sonaban a Emil de nada. Lesath nunca había estado tuerto, Marin no tenía el pelo largo y Subaru no tenía esa cara de mala persona. Emil tuvo que entrecerrar los ojos para asegurarse de que sí había distinguido a Lesath al principio, localizándolo de nuevo con un brazo abrazado al cuello de Aerys y el otro apuntándole justo a él—. ¿Papá, estás bien? —En la cubierta del Argo Navis original, Arthur de Libra se había adelantado al santo de Flecha, viendo a su hija en silencio, así como al nuevo Papa. No decía nada, el muy canalla, porque no tendría corazón para…
El espacio en torno a los dos barcos se curvó. De un momento para otro, Arthur de Libra apareció en el Argo Navis II, o como fuera que se llamase, abrazando a la santa de bronce, quien tal como en su niñez enterraba el rostro enmascarado en su peto.
Así fue como los rezos de Seika Kido fueron escuchados por los dioses. Los atentos, todopoderosos y despiadados amos del universo.
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Notas del autor:
Shadir. Aquí hemos vuelto, sin disculparme pese a que no publico nada desde el año pasado… ¡Pero con nuevo capítulo y nuevo volumen! Mercurio, nada menos. ¿Se puede tomar como regalo de Reyes, ya que justo cayó un lunes?
Quizá no me he apegado tanto a la figura de Atenea como se entiende en la franquicia de Saint Seiya como debería, pero confiemos en que sus planes sean algo positivo.
