Capítulo 240. La tormenta antes de la calma
El sonido de una manzana al caer sacó a Caronte de aquel largo reposo sin sueños. Lo primero que vio fue aquel fruto dorado, fuente de la vida eterna, idéntico al que alguna vez, mucho tiempo atrás, Heracles debió robar para superar una de los doce trabajos por los que siempre sería recordado. Era el único que consiguió tal hazaña, en parte por haberse valido, según contaba la leyenda, de la ayuda del titán Atlas, pero también podría deberse a que nunca fue el objetivo del héroe dorio tener un cuerpo inmortal. La eternidad a la que aspiraban aquel y otros muchos héroes que le precedieron o vinieron después era la de permanecer en la historia como leyendas inolvidables.
Ni Caronte ni ninguno de los que habían formado parte de los Astra Planeta necesitaban de esa inmortalidad ilusoria. Reteniendo ese pensamiento, el regente de Plutón tomó la manzana y probó un bocado; no había terminado de hacerlo cuando el color dorado del fruto empezó a desvanecerse, tornándose gris. El astral hizo caso omiso de aquel fenómeno y siguió comiendo, convirtiendo toda la vitalidad del divino alimento en muerte, la misma que pensaba dar a todos los que estaban por llegar.
Como de costumbre, aunque se percató de la llegada de Tritos al preciado Jardín de las Hespérides, ni le dijo nada ni le dirigió la mirada. Esperó a que el atlante hablara.
—Sí que tienes hambre, ¿eh?
—Sabes que no —replicó Caronte, alzando la cabeza. El regente de Neptuno iba con la túnica hecha de mar oscuro, espumoso solo alrededor de las hombreras con forma de concha. Una corona de laurel le rodeaba la cabeza conteniendo el alba de los vivos—. Nosotros ya no estamos atados a esa clase de necesidades.
—Cuando me apetece comer algo digo que tengo hambre. Cuando estoy aburrido de tener los ojos bien abiertos, de oler, hablar y andar de aquí para ya, digo que tengo sueño. La sencillez me facilita las cosas.
—La mentira y la ilusión es tu dominio ahora —expuso Caronte.
Tritos se encogió de hombros. Resultaba toda una novedad que no sonriera.
—A Titania le vendría bien unas palabras de aliento.
—Cuando acabemos nuestra misión, conversaremos como antaño.
—Caronte…
—¿De verdad crees que ella, de todas las personas, querría ser consolada?
Aunque Tritos abrió la boca con gesto airado, calló. ¿Era porque no estaba seguro? Más allá de las aspiraciones de sus padres, Titania era humana, lo que tendría que hacer fácil adivinar qué quería y qué pensaba hacer. No era el caso, no con ella. Ser astral te cambiaba por completo, te apartaba del eje normal del espacio-tiempo.
—No se trata de la muerte de Ío —dijo Tritos—. Nuestros sentimientos, al igual que los de los santos de Atenea, han sido manipulados por Fobos.
—Poseidón derribó a Fobos —le recordó Caronte.
—¿Y qué? Seguimos la misma senda que iniciamos antes de eso. Destruimos el ejército del Hijo. Ya solo quedan rezagados inofensivos. ¿De verdad es necesario seguir corriendo tantos riesgos? Convence a Titania de lo contrario y vuelve al Tártaro.
—Si hubiésemos vencido, estarías en lo cierto. Sabes qué no así.
—Oh, sí, los cuatro santos de bronce que tú tendrías que haber matado hace trece años —se quejó Tritos—. ¿Dejarás que Titania haga tu trabajo mientras te quedas aquí?
—Sabes que sí —replicó Caronte—. Estoy exiliado, solo aquí puedo luchar.
—En primer lugar, para que quede bien claro, no estoy leyéndote la mente —aseguró Tritos—. En segundo lugar, hay un problema. —A través de la Lengua de Plata, le reveló la búsqueda infructuosa de ese cuarteto de problemáticos guerreros a través de la Torre de Babel, el estrambótico viaje de un variopinto grupo de guerreros sagrados terrestres a través del lado oscuro del universo y el conflicto que involucró a estos, los ángeles del Olimpo destinados a la galaxia Nabatea y Aquel que se desliza en la oscuridad. Estaba enterado de la mayor parte, incluyendo la intervención del regente de Neptuno, aunque era ahora que entendía por qué uno de los astrales que le ayudaban protegió el barco de quienes iban a por él. Todo era fruto de un acuerdo entre el Segundo Hombre y Titania, bastante desventajoso para los nuevos argonautas: a cambio de realizar un trabajo que los Astra Planeta tendrían que realizar tarde o temprano, desposeyeron a aquellos proyectos de peones del Hijo de su mejor arma—. Es un problema muy gordo, Caronte, muy, muy gordo.
Aunque lo era, sin duda, el regente de Plutón no pudo contener una sonrisa. ¿Era por eso que Tritos le sugería regresar al Abismo? No para sortear la probable manipulación de Fobos, sino para que estuviera a salvo. Tritos veía el Abismo como un refugio.
—No es la primera vez que los Astra Planeta luchan contra quienes pueden matarlos. ¿Están enterados Pegaso y los demás?
El regente de Neptuno se encogió de hombros.
—A saber. Caronte, hazme caso por una vez en tu vida…
—Te hice caso una vez y no pudiste impedir que liberaran a Poseidón.
—Evita manifestar la Esfera de Plutón —pidió Tritos, ignorando esa discusión pasada—. No la abras, pase lo que pase. Así no podrán matarte.
—Mi alba sigue sellada por la magia de Damon —dijo Caronte—. Sin ella, bastará con que uno de esos guerreros sagrados porte un manto celestial para que me cause problemas. —Según lo que le había dicho Tritos, el santo de Géminis desapareció junto al viejo Sariel durante la batalla con los ángeles. Aun así, de los santos de Atenea cabía esperar cualquier cosa. Desde que llegaran hasta el Jardín de las Hespérides por sus propios medios hasta que más mantos sagrados hubiesen sido bañados por el icor de Atenea—. He jurado matarlos, Tritos, lo he jurado en el nombre de Estigia.
—¿A estas alturas vas a anteponer tu situación personal a tu deber? —acusó Tritos, sacudiendo la cabeza—. Si puedes dejar tu trabajo de cazar a Pegaso y los demás en manos ajenas, ¿por qué no dejas que el tiempo acabe con toda esa gente sin importancia a la que juraste matar, eh? Pasarás la eternidad en el Tártaro, no es como si te pudieran dar un castigo peor por haber roto un juramento tan caprichoso.
—¿Dejar que el tiempo acabe con ellos? —Caronte alzó el rostro con irritación. Ningún juramento que él realizara nacía a partir de un capricho. No era esa clase de hombre.
No era un hombre, para empezar, sino Caronte. Uno de los Astra Planeta.
—Dejando de lado a la dama Tetis —dijo Tritos—, y al santo de Tauro, y a la santa de Escorpio, y al Segundo Hombre si lo miramos desde cierta perspectiva, los que vienen a por ti podrían morir de viejos incluso si cada uno llevara un manto celestial. ¿Lo entiendes, verdad? El cuerpo que usamos para andar por los caminos de los dioses es solo la punta del iceberg más grande del universo. ¡Demonios, si lo más probable es que sea tan grande como el universo, considerando que las Esferas de Crono representan los distintos aspectos del dominio de los titanes! Aunque te quedaras sentado, siendo destruido una y otra vez, siempre podrías reconstruir tu cuerpo. A partir de una sola molécula, de un solo átomo, de un solo protón e incluso si no quedara nada. Bastaría con que la Esfera de Plutón se aproximara un poco más al Jardín de las Hespérides y los agotados cazadores de astrales te verían como nuevo, viéndolos morir de vejez, de hambre y de agotamiento. No necesitas abrir la Esfera de Plutón.
«Lo sé, no necesito abrirles las puertas a mis dominios —pensó Caronte—. No necesito darles acceso al plano de la existencia donde está mi corazón, mi pasado.»
Dada la pasión que Tritos ponía en salvarlo, Caronte consideró insuficiente recordarle que la Esfera de Plutón no era ningún parque de atracciones. Era un vasto páramo de muerte, sin una sola pizca de oxígeno, donde la oscuridad imperaba por siempre.
Pronto tomó la decisión de recurrir él también a los sentimentalismos.
—¿Fuimos manipulados? —empezó a decir Caronte, viendo el gran árbol en el que había estado descansando—. Tal vez sí, tal vez no. No nos importa, no influye en el deber que aceptamos y aun hoy en día cumplimos. Pues yo nací para luchar por siempre contra los santos de Atenea, perdición de Troya, y ella ha hecho suyo el trabajo de impedir que el dios innominado, el máximo enemigo de los Astra Planeta que su padre comandaba, regrese. Es así de simple, somos así de simples. Creo que nunca hasta ahora hemos sido tan hermanos como que ahora, que nuestra resolución es la misma.
Avasallado por la terquedad del astral que atesoraba la voluntad de los más necios entre los hombres, Pirra y Deucalión, Tritos dejó caer los hombros, dando un suspiro.
—Los dioses saben que he intentado hacerte entrar en razón.
—Se supone que lo saben todo. Hasta tú deberías imaginar que nos hicieron formar parte de los Astra Planeta sabiendo que actuaríamos de este modo.
—¿Hasta yo? —Por primera vez desde que llegó, Tritos sonrió, henchido de la confianza que siempre lo había caracterizado—. ¿Cuántas manzanas se te cayeron en la cabeza mientras dormías para que empezaras a creerte la parte inteligente de nuestro pequeño grupo, Ilión? Demonio perezoso, mientras viajábamos a través del Caos, confrontando héroes armados con las más excelsas espadas, desplumando ángeles caídos y sellando brechas en el espacio y el tiempo, tú tenías la excusa de estar metido en la lámpara de Aladino. ¿Cuál es tu excusa ahora, exiliado, para estar aquí tan tranquilo mientras nosotros trabajábamos? Titania liberó a Niké, yo me fui de pesca… Y tú, ¿qué? ¿Retozaste con las ninfas del atardecer? ¿Soñaste con ellas, al menos? —se quejó, gesticulando de forma exagerada. ¡Cuánto estrés en tan poco tiempo! Se merecía picar a su compañero un poco, al menos, por los viejos tiempos.
—Mi papel es matar a los santos de Atenea, los santos de Atenea vienen hacia mí —respondió Caronte con seriedad. Si se hubiese dignado a levantarse, hasta sonaría formal—. ¿Por qué tendría que malgastar energías persiguiéndolos?
Tras formar su característica sonrisa de pez, el regente de Neptuno rio a pleno pulmón.
—Ah, nunca dejará de ser divertido lo serio que te tomas todo. Nunca.
Caronte se llevó la mano a la cabeza, que movía de un lado a otro. Notó el gélido tacto de la media manzana a la que había arrebatado toda magia. Los santos de Atenea de la Tierra debían empezar a orar a Poseidón, pues él era lo único que los protegía de una muerte inevitable. La única razón de su exilio. ¿Por qué no acompañaba a Tritos y Titania en sus correrías? Porque estaba deseando destruir las esperanzas de todos los necios que se dirigían allá donde él estaba, tal cual había jurado hacer.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Tritos, tan serio como le era posible.
—Sabes… —empezó a decir Caronte.
—… que no —completó Tritos—. ¿No puedo convencerte de que no leo tu mente, eh? Bien, pues iré con alguien que sí me tenga un poco, un poquito de confianza. Parece que los santos de bronce desaparecidos ya han salido de la chistera del mago.
—Del ángel, más bien —aventuró Caronte—. Me sorprende que estés dispuesto a ayudarla en eso, si tanto temes que los mequetrefes que vinieron en el Argo Navis Negro tienen el suficiente poder para matarme a mí. ¿Te arriesgarías al olvido?
Los Astra Planeta, inmortales, no conocían la muerte, sino la nada absoluta.
—Pienso ayudarte —corrigió Tritos—. Te diría que estaría bien un poco, un poquito de agradecimiento, pero conociéndote… En fin, deja de hacer el vago, esos muchachos han descansado, se han recuperado de las heridas y hasta han tenido tiempo de probar su última cena. A menos que quieras esperar a que hagan la digestión…
—Puede que lo haga —interrumpió esta vez Caronte—. Os daré las gracias cuando todo esto acabe, en un banquete opulento de los que te gustan, tercer príncipe atlante.
Un repentino silencio inició en el Jardín de las Hespérides, a la sombra del árbol que alguna vez custodió un dragón de cien cabezas y que ahora contaba con la presencia de dos de los seres más poderosos que jamás habían existido. Aun Tritos debió respetar la solemnidad de aquel mutismo absoluto. Los regentes asintieron a la vez, como una forma de desearse buena suerte para lo que estaba por venir. Más allá de las pullas y bravatas, eran conscientes de los milagros que solían realizar los santos de Atenea, así como de que la estela de Pegaso y los demás había preocupado al mismo Olimpo.
Luego, Tritos se esfumó con la misma velocidad y falta de artificio con la que había llegado. Aunque para Caronte la solitud no duró mucho.
—Así que le darás las gracias cuando todo esto acabe —dijo una mujer de aspecto joven y de corto cabello rubio enmarcando un rostro angelical. El peplo blanco que le cubría el cuerpo delgado, carente de cicatrices, era la misma ropa que había llevado el día en que murió—. Claro que lo harás. No es como si fueras a morir ni nada de eso.
Fuertes pisadas en el suelo tupido por la más verde hierba ahogaron la perorata de aquel ser al que solo Caronte podía ver y escuchar. Un recuerdo, una sombra que le había parasitado la mente durante la eternidad que pasó en el Tártaro. ¡Y no era para menos! Ya que él, entrenado para la matanza, escogido para el asesinato, pasó el final de la Guerra del Hijo protegiendo a un espíritu. Entonces entendía las razones, claro, dos regentes de Júpiter —Aedea, a quien nunca conoció, y Calisto— habían muerto en una guerra que no transcurría en un solo universo, por lo que la nueva astral, que decidió llamarse Tebe, debía ser custodiada hasta que fuera lo bastante fuerte para luchar. Con todo, saber eso no hizo más soportables los frecuentes intentos de aquella ninfa celeste por sacarlo de quicio, ni menos difíciles de olvidar a pesar de los milenios.
Después de todo, poco importaba que Tebe empezara como una chiquilla, si el final que obtuvo fue poner fin a la Guerra del Hijo. Ella, ángel del Olimpo, Caronte, viva encarnación de la Guerra de Troya y Proteo, hijo de un hombre y una sirena, conocido como el de los mil rostros por el sinfín de identidades que adoptó desde el día en que nació. Juntos, en representación de los soberanos de todo cuanto existe, lograron arrastrar al dios sin nombre hasta las tinieblas del Tártaro.
—¿Quién eres? —cuestionó el recuerdo del anterior regente de Neptuno, Proteo, que adoptaba la apariencia, la voz e incluso la presencia de Caronte mientras avanzaba a su par, en el lado opuesto a aquel en que estaba Tebe.
—Yo soy la muerte que sobrevendrá a todos los santos de Atenea.
Aun si aquellos Tebe y Proteo no eran reales, ni siquiera ilusiones, sino meros pensamientos, ecos del pasado, era bueno rememorar el día en que los tres combatieron juntos contra la mayor amenaza que el Olimpo había conocido. Otros astrales también lucharon, todos menos aquel que los había traicionado tal y como estaba escrito; Caronte podía imaginar que detrás les seguía uno de ellos, el centímano Egeón. El anterior regente de Saturno era tan grande como Titán, solo que guardaba en cien brazos el poder de un centenar de ejércitos de guerreros sagrados.
—Copias lamentables de eventos predestinados —se quejó la voz de un regio guerrero, siempre cubierto por la magnífica alba de Urano. Oberón, que se interpuso ante Caronte como un fantasma vengativo, pudo haber sido el heredero del mayor imperio que la humanidad había formado, decidiendo en cambio ser un adalid de un bien mayor. Nadie habría esperado que fuera él el traidor en la anterior generación—. Los dioses se burlan de los humanos. ¿Qué hay de malo en que creemos a nuestro propio dios?
Caronte no detuvo la marcha. Atravesó a ese fantasma, ese recuerdo, e ignoró a los demás. No tenía tiempo para el pasado, nunca lo había tenido.
Pero hasta como recuerdo Tebe era persistente.
—¿Me vengarás? —preguntó con una traviesa sonrisa a la vez que descendía desde el cielo, justo delante de Caronte, con las alas extendidas. Adoraba sacarlas a relucir siempre que podía—. ¿No dejarás que nuestro sacrificio sea en vano?
Resultaba una broma grotesca escuchar algo así de la doncella que obtuvo el poder absoluto, suficiente para desaparecer todo cuanto quisiera con un mero capricho. Caronte la miró, implacable. El brillo de su iris violáceo era el mismo que vio tiempo atrás en los ojos ambarinos de Titania. Sin el más mínimo asomo de duda.
—Yo soy uno de los Astra Planeta. No hay forma de que no haga aquello que me he propuesto hacer —afirmó el astral antes de seguir avanzando.
A través del jardín del eterno crepúsculo, resguardo del fruto de la vida, Caronte caminó preguntándose si al fin podría sentirse vivo como antaño. Si los afamados santos de Atenea estarían a la altura de las victorias que Atenea les consiguió a través de los milenios. Por una vez en mucho tiempo iba a danzar con la muerte, cuyo dulce abrazo siempre había eludido. Y no sería hoy el día en que aquello cambiaría. Atrás quedó el pasado, coronado por un ángel que ocultaba un secreto tras una sonrisa traviesa.
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Después de comprobar el estado de la Suma Sacerdotisa, Tetis de Ceto bien pudo haberse marchado. No tenía mucho por hacer en ese barco que olía a muerte y desesperación, a hombres rotos, aplastados por el peso de la imperfecta justicia humana.
Entonces fue atropellada por un gigante.
—¡Deja de perseguirme! —gritó Alcioneo, cuyo yelmo esmeraldino alcanzaba el techo del barco—. ¿Por qué tenían que traer peces aquí? ¿Por qué?
En mejores días, Tetis habría hecho un comentario ingenioso. Ahora, tirada en el suelo y parpadeando, solo pudo ver cómo Alcioneo se cruzaba de brazos y renegaba. Se sorprendió encontrando todo ese asunto muy entretenido.
Mientras se levantaba, divertida, Tetis preguntó:
—¿Nos conocemos?
—Alcioneo, rey de Hiperbórea.
—Estoy segura de que el rey de Hiperbórea era Porfirión —señaló Tetis.
—Típico de los peces tener mala memoria —bramó Alcioneo—. Yo a ti sí que te conozco, Tetis, hija de Nereo y Doris. Tú eres Talasa, quien mató a mi amigo Polibotes. —La apuntó con dedo más grueso que la cabeza de la nereida, con aire teatral.
Una sonrisa se formó en el rostro de la nereida.
—Polibotes es inmortal, como todos sus hermanos.
—Ya sabes a qué me refiero. Lo que hicisteis tú y los hijos de Estigia, marcó para siempre la senda del pueblo de los gigantes en la Tierra.
Ella se limitó a ensanchar la sonrisa.
—Poseidón también estaba allí. ¿Él también es un pez?
—¡Pues sí, es el pez más grande y detestable de todos!
—Ahora somos camaradas —dijo Tetis al cabo de un tiempo—. Más vale que te acostumbres a cooperar, sea lo que sea lo que te ha animado a luchar junto a los argonautas. —Por la cara horrorizada que mostraba el gigante, cualquiera diría que le estaba pidiendo que se arrojase a los mares olvidados—. Oh, vamos, tu raza ha perdido contra mucha, mucha gente. Nosotros solo fuimos los primeros. —Además, ella se había limitado a proteger a sus hermanas, las nereidas, de Polibotes. Con aquel grandote de vestidura esmeraldina no había combatido nunca, que ella recordara.
—Nunca confiaré en los peces. ¡Jamás! —aseguró Alcioneo, haciendo un gesto vulgar con la mano—. Más te vale que no me estorbes.
Dicho aquello, se largó a toda prisa, con grandes zancadas y pisotones de elefante.
—Hijo de la Tierra —murmuró Tetis, meneando la cabeza.
Más allá del segundo nivel del Argo Navis, en la cubierta superior, sintió que el santo de Flecha venía. Su marino flechador. Formó una sonrisa traviesa. No sentía a Caronte de Plutón cerca, así que no había nada de malo en jugar un poco.
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Emil pasó mucho tiempo buscando a Tetis a través de los pasillos que rodeaban los camarotes. Cuarto tras cuarto, los abrió todos, sin encontrar ni rastro de la hija de Nereo, a quien en un principio llegó a considerar una simple, aunque hermosa, sirena.
La búsqueda infructuosa le dejó tiempo para pensar, cosa que no quería hacer. Se había portado como un auténtico cretino con Makoto, sin molestarse en explicarle lo sucedido y en cambio acusarlo de traidor como si fueran un par de niños pequeños. Cuando sintió su cosmos abajo, en la bodega, donde tal vez Arthur de Libra estaba confesando su crimen, se dijo que le pediría disculpas en cuanto tuviera la oportunidad. Era un buen muchacho, un tanto mujeriego y más fuerte de lo que decían las reglas, pero, ¿quién era él para juzgar a nadie? Si iban a luchar contra Caronte de Plutón, cuantos más guerreros fuertes, mejor, ¿cierto? Sí, sin duda se disculparía en cuanto coincidieran.
«También debo transmitirle las últimas palabras de Hipólita —recordó Emil.»
Sí, sin duda se había portado como un cretino.
Uno de los que estaban en la bodega, Bianca de Can Mayor, subió justo cuando Emil estaba por mandarlo todo al demonio y largarse. Parecía molesta.
—¿Qué os ha contado…? —trató de decir Emil.
La santa de plata lo empujó contra una pared y siguió su camino.
Irritado, apuntó a aquella desconsiderada perra de la división Fénix con el brazal. Le vendrían bien unas cuantas flechas donde no llegaba el Sol. Se quedó en esa postura un hasta que Bianca desapareció de ese nivel del barco. Entonces bajó el brazo, sintiendo un aguijonazo de empatía. La mano derecha de Lesath sufría, como él, no podía reprocharle que actuase de esa forma cuando él mismo lo hacía.
—¿Buen trasero? —preguntó alguien a su oído.
—Nah, gracias a los dioses no veo en Bianca de Can Mayor a una mujer —respondió Emil, antes de darse cuenta de que la voz se le hacía conocida.
Al girar con brusquedad, no vio a nadie, estaba solo. Entrecerrando los ojos, decidió que era tiempo de jugar a las escondidas usando todos sus recursos. Primero tomó impulso, después corrió a la velocidad del rayo, inspeccionando de nuevo todos los camarotes.
Encontró a Tetis en el cuarto donde en otra vida solía reunirse la división Andrómeda.
—Mucho tiempo sin vernos, mi marino flechador.
En verdad había acertado, era una voz conocida, quizá la más hermosa de la Tierra. Aun Lucile de Leo, de estar viva, la envidiaría. Hechizado por ese encanto, entró en el camarote, apenas siendo consciente de que la puerta se cerraba tras él. ¡Cuán hermosa era! Resultaba muy difícil no caer de espaldas ante aquella belleza. Sus ojos eran incapaces de fijarse por demasiado tiempo en la cara de quien incluso los más poderosos dioses desearon, según contaban las leyendas. Debido a esa repentina timidez, que estaba a punto de tirarlo al suelo, la mente del santo de Flecha no podía dejar de imaginar bocetos vagos e imperfectos de lo hermosa que podría ser la faz de aquella criatura. Una empresa harto difícil, considerando que la vida de Emil, atada al Santuario, se relacionaba más bien con mujeres enmascaradas. Una en concreto le vino a la mente, aquella que nunca podría volver a ver. Le pareció que Tetis se le parecía.
Tetis, hija de Nereo, se parecía a Akasha. Sí que estaba mal de la cabeza.
—¿Por qué perder el tiempo aquí, mi sirena? —dijo Emil, sin dudas ni titubeos al haberse animado a hablar—. Hay tantos héroes allá arriba reunidos, algunos con tan buen humor… ¡No es justo que te quedes con alguien sin chispa, como yo!
—¿Tu chispa se ha ido para acompañar a tu amada al profundo Hades? Qué terrible noticia, mi marino flechador. ¿Por qué sigues errando entre los vivos entonces, tú que serías capaz de ahogarte junto a una desconocida sirena en nombre de la diosa de los hombres? —cuestionó Tetis, demostrando lo mucho que recordaba aquel estrafalario encuentro en el que ambos intercambiaron las más amables amenazas.
—Porque los santos no mueren —recordó Emil, esbozando una sonrisa triste—. Ella creyó en eso hasta el final y yo pienso honrar la confianza que tenía en nosotros. ¿Con qué cara podría mirarte, sirena que hechizas el corazón de los hombres, si después de tantas bravatas fuera como cualquier hombre que decide matarse por haber perdido a alguien, así como a todos les ocurre? No insultaré ni siquiera a este dolor débil e insignificante. No es así como un santo de Atenea debería ser.
Las palabras salían raudas de la boca del ateniense. Sonoras, apasionadas y tal vez elocuentes, aquel no estaba del todo seguro de aquello último. Solo sentía que la mera presencia de aquel ser divino lo inspiraba a mirar al cielo y dispararle al mismo sol.
—¿Por qué alguien como tú está aquí? Se avecina algo terrible.
—¿También tú lo sientes? Es natural. Desde el día en que nació, él ya estaba destinado a ser temido por todos los mortales, lo conociesen o no. Ser escogido por los dioses como uno de los Astra Planeta era cuestión de tiempo.
Emil no estaba entendiendo la situación y Tetis debió comprenderlo, pues luego de sacudir la cabeza, como secando el cabello mojado, cambió de tema.
—Mis hermanas son tan hijas de Nereo y Doris como yo, mas detestan y temen las batallas. No soportan el sonido ni el olor de la sangre derramada. El dolor que los hombres se infringen entre sí no puede ser comparado al que acaban sintiendo las nereidas mientras perciben las lamentaciones, la ira, el sufrimiento y todas las emociones que son liberadas durante la guerra. Es por eso por lo que yo he debido luchar por y para Poseidón, incluso si el Olimpo una vez me reconoció como algo más que solo una de mis hermanas cantoras. Desde que vuestra orden fue fundada, hace diez mil años, he luchado en nombre de mis hermanas.
—¿Tanto? —preguntó Emil, abriendo mucho los ojos. Sí que era antigua, Tetis, lo que acaso podía significar que Aqua también era bastante más mayor de lo que aparentaba.
—Esta será la última vez que deba hacerlo. Por el bien de la Tierra, hasta mi hermana menor luchará como uno de vosotros, mas la promesa de paz que Poseidón dio a todos los que le servimos me llena de esperanza de tener algo más.
—¿Algo más? —repitió Emil—. ¿Qué podrías querer, mi sirena? ¡Dímelo y removeré cielo y tierra para saciar tu deseo! ¡Dímelo, por favor, así sea un imposible!
Tetis inclinó la cabeza hacia abajo, donde sus manos reposaban sobre el peto de las escamas de Ceto, justo a la altura del vientre que solo una vez había visto abultado.
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La celestial figura de Tebe se manifestó muy lejos de Caronte y sus tormentosos recuerdos. Estaba en la bodega del Argo Navis Negro, frente a un hermoso ataúd en que dormía el último sueño la Suma Sacerdotisa. Por el momento, no dijo nada, no tanto porque le preocupara que los de arriba se enteraran de su presencia como por el deseo de ver desde todos los ángulos aquella obra de los hombres. Aquel hielo perfecto, que preservaría el envoltorio mortal de su señora por los siglos de los siglos.
Paseó alrededor del Ataúd de Hielo en silencio por largo rato. Tendría que sentir dolor e ira con esa visión, pues su señora había sido traicionada por quienes tanto amaba. No obstante, se descubría admirada, pues Atenea le contagió tiempo ha el interés por los humanos. Tantos milenios juntas, en ese exilio en la Tierra, no podían ser en balde. La había visto renacer una y otra vez, al principio como una humana corriente que muy de vez en cuando cruzaba su destino con los santos de Atenea, a los que miraba desde lejos, después como el baluarte de la raza humana frente a los dioses y otras amenazas. Todo lo que los hombres podían sentir, salvo los vaivenes del amor, fue experimentado por la hija de Zeus a lo largo de diez mil años. Y ella estuvo allí, en todo momento, a veces como un ángel de la guarda, a veces como un vistoso báculo. Después fueron separadas, Atenea encarnó por completo en humana, sin el cosmos y el icor que le correspondían como diosa de la guerra, a ella se la llevó Deucalión, por un buen motivo. Era fundamental asegurarse de que Caronte de Plutón no la robase durante su asalto.
De no haber ocurrido esto, empero, ella jamás la habría dejado morir de ese modo. Incluso si no podía proteger a su señora, a su querida amiga, de los dolores de una vida humana, sí que era capaz de garantizarle la victoria. Siempre. Pues ella era Niké.
La diosa de la victoria deshizo el tonto disfraz que había usado, sustituyendo el cuerpo de Tebe por uno más bajo, de piel morena en contraste con la toga blanca. Los cabellos seguían siendo rubios, aunque de un tono más oscuro y con un flequillo recto. En el Ataúd de Hielo, que acariciaba con suavidad sin sufrir el menor daño, quedaban reflejados su sonrisa y sus ojos, rojos como la sangre que lo mancillaba.
—Me han liberado. Tarde, demasiado tarde. Ya no puedo ayudaros, mi amiga, mi hermana. Ni siquiera me encuentro aquí del todo. Estoy junto a Cratos y Bía, pues no deseo perderlos otra vez. Sí, he abandonado a los humanos a su suerte
Por un rato, esperó algún reclamo. Había esperado tanto poder reunirse con ella. Tanto tiempo. En verdad resultaba extraño no poder odiar a quienes perpetraron aquel crimen, si bien era por eso que podía hacer a su señora un último regalo.
—Por otro lado, animé a Ilión, a ese espíritu de las batallas, a luchar de frente, sin escudarse en su cuerpo inmortal. Quienes os hicieron esto morirán de forma honrosa, tal cual sería vuestro deseo si estuvieseis viva —mintió. Sin duda, Atenea querría que los ayudara. La propia Niké pudo haberse visto tentada de hacerlo. Esa también había sido una razón para crear distancia: su presencia, dadora de triunfos, sería para sus hermanos, no para los hombres. Nunca más para los hombres—. Sabéis lo que ocurrirá si además de Júpiter perdemos a Plutón. Sabéis lo que le esperaría al mundo, no, a toda la Creación. Lo mejor es que quienes os han hecho esto mueran. Todos ellos.
Los humanos siempre hablan de la calma antes de la tormenta, mas, ¿acaso no había una calma mayor cuando una auténtica tempestad arrasaba con toda la vida?
Eso era Caronte de Plutón. La tormenta antes de la calma, la aniquilación de toda forma de vida. Un asesino forjado primero por Ares y después por el Olimpo. El perfecto némesis para los santos de Atenea, tan maravillosos y admirables.
Antes de marcharse, acarició una vez más el Ataúd de Hielo. Al menos podía odiarse a sí misma, por hallar belleza en esa creación. Al menos tenía eso.
Nadie notó que se fue, como nadie la había notado al llegar.
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Emil se quedó quieto, mudo, helado, aunque no por lo que el gesto de Tetis, con las manos en el vientre y el rostro iluminado, podía dar a entender.
Había algo oscuro y terrible detrás. Caminando a paso lento.
—La dama Tetis quiere ser madre de nuevo —explicó Caronte de Plutón—. ¿Podrá cumplir ese deseo después de que todos los héroes aquí reunidos mueran?
Sumidos en una parálisis irracional, ni Emil ni Tetis pudieron siquiera pestañear. La nereida torcía los suaves labios en un intento de decir algo, quizá sobre la servil deferencia que los Astra Planeta tenían para todos los seres divinos, incluso a aquellos a los que debían cazar en nombre del Olimpo, pero el esfuerzo de solo mantenerlos abiertos era demasiado grande. Un terror primigenio la dominaba.
—Estoy esperando, santo de Atenea. —Un trozo de fruta podrida subió hasta el techo para luego ser atrapada por la mano del astral—. A que remuevas el cielo crepuscular de las Hespérides y el mar del tiempo para cumplir el sueño de la dama Tetis. Se dice que vuestro trabajo es hacer posible lo imposible, así pues…
El despojo de la manzana cayó al suelo estallando en llamas. El fuego no tardó en propagarse, incinerando aquel ignífugo, indestructible barco que había servido a los santos durante tantos embates. Emil olió el humo horrorizado, todavía sin poder moverse y hasta preguntándose cómo era posible que el astral hubiese llegado hasta allí sin que nadie lo hubiese notado. ¡Nadie, ni Arthur, ni el ser divino que había logrado inspirarle valor con solo estar presente y que ahora estaba en peligro!
—Mátame antes de que yo te mate a ti —completó Caronte.
Con el fuego del infierno llenando toda visión, Emil solo lamentó una vez más su debilidad mientras la más suave de las manos tiraba de él, alejándolo de una explosión que enseguida cubrió por completo todo el segundo nivel del barco.
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Notas del autor:
Shadir. Es un buen resumen de lo que he querido presentar con los antiguos protagonistas. De lo contrario, o siguen siendo los mismos y nunca tuvo caso que crecieran, o han cambiado tanto que uno no los reconoce.
Nada más típico que la dificultad de seres, digamos, celestiales para comprender a los seres humanos. Pero también eso es parte de la esencia de Saint Seiya. Fuera como fuese, Kanon y Nova me sirvieron para ahondar todavía más en mi versión del ejército del cielo (¡como si hiciera falta luego del larguísimo octavo volumen!) y su ciudad. Por todo lo que ha vivido, el hermano de Saga me parece un personaje interesantísimo, capaz de afrontar esta clase de tareas y tentaciones a su manera.
Por mucho que uno relea esos errores de dedo ahí están. Maracas debe ser marcas. En cuanto a siete, es sienes, pero según veo es una forma incorrecta de describir lo que quise decir: un anciano con el pelo creciéndole a los lados, calvo en la parte de arriba.
