Capítulo 244. Cuando ríen los demonios
La reunión de los Señores del Hades se dio en una espaciosa caverna con forma cónica. Sentada en lo alto sobre un trono de ébano se hallaba la reina, custodiada por sus heraldos, los Portadores del Dolor, la Ira, las Lamentaciones, el Olvido y el Odio. Cuatro vestían sobrepellices marcadas por líneas con los colores de los ríos del infierno, y ostentaban magníficas capas, acordes a su nueva posición. El quinto, sin un cosmos ardiendo en su pecho, vestía ropas de forma sencilla, hechas de las aguas del Estigio.
Tres montañas sin parangón delimitaban el lugar. Juntando los hombros y los brazos, aparentaban ser las paredes de la caverna. Eran los centímanos, eternos guardianes del Tártaro, quienes aun proyectándose desde el más profundo abismo seguían viéndose terribles. Uno de ellos, Briareo, el más fuerte de los monstruosos hijos de Urano, extendía un único brazo hacia el frente, dando sustento al trono de la reina.
Los otros dos centímanos, Coto y Giges, extendían también los brazos hacia el centro para que las manos sirvieran de plataformas a los ilustres Señores del Hades, si bien ninguna de estas llegaba a la altura de su poderoso hermano. Sobre estas estaban las Erinias, de piel ceniza y cabellos de fuego; las misteriosas Moiras, una niña, una mujer y una anciana que sostenía tijeras de plata con manos resecas; Melínoe, diosa de los fantasmas; Macaria, acompañando a su silencioso esposo de plateada cabellera, Tánatos; Caronte, el auténtico guía de los muertos a través del río Aqueronte. Ni el Barquero, ni la Muerte, se veían acompañados por el resto de hijos de la Noche, quienes sin embargo estaban presentes, destacando de forma especial el de ojos dorados como las arenas del desierto. La indiferencia de Hipnos hacia la convocatoria de la reina y la situación en general contrastaba con la expectación que flotaba en el ambiente.
Había también seres humanos presentes en la reunión. Hombres que por la rectitud que demostraron en vida, o por algún otro motivo, se ganaron la simpatía del Rey. Radamantis, Minos y Aiacos eran quienes estaban más cerca del trono, tal vez para actuar como mensajeros. Un anciano daba vueltas sobre la mano más baja de todas, indeciso sobre si estaba bien que estuviera presente en tan significativa reunión. Era Ascálafo, el responsable de que Perséfone no pudiera ser liberada de sus deberes para con Hades a pesar de las exigencias de Deméter. Todos los Señores del Hades lo apreciaban por su humildad y lealtad sin tacha, y porque, según se decía, el Rey jamás perdonaría a alguien que causara a aquel hombre el más mínimo daño.
En cualquier caso, esos mortales ascendidos eran la excepción. Quienes estaban allí eran en su mayoría dioses de la muerte y el reino de los muertos. Algunos, como las Moiras y los hijos de la Noche, acompañantes de sus hermanos, pero al final Señores del Hades. Aun Ker, madre de las abominables Keres, estaba allí presente para servir.
Y en medio de todas aquellas manos que sostenían a los Señores del Hades, se hallaba Fobos, flotando y sonriendo a pesar de la gélida mirada de la reina. Poseidón, en su proverbial cólera, lo había expulsado del mundo de los vivos por el tormento que trajo sobre toda la humanidad, corrompiendo la Máquina de Rodas. Llevaba un tiempo escondido entre las tinieblas del reino de los muertos, fraguando nuevos conflictos entre los confundidos Señores del Hades, que veían perdida la guerra. Solo Azrael, de todos los presentes, sabía que Perséfone lo había invitado en persona a la reunión, si es que ordenar a un centímano que lo arrastrase hasta allí podía ser llamado invitar.
—Bien. —Las manos de la reina se juntaron, entrelazándose los dedos. La voz, por descontando, podía oírse en cada rincón de la caverna formada por los centímanos—. Ya estamos todos. ¡Que dé comiendo el Concilio de los Dioses!
Los Señores del Hades murmuraron todos a la vez, sin orden ni concierto. La mayoría de las voces fueron pronto ahogadas por los bramidos del centímano Giges, quien con cincuenta bocas daba un mismo número de discursos, algunos instando a la calma y otros llamando a la guerra contra un enemigo que ni él mismo había nombrado. Hablaba en varias de las llamadas lenguas muertas de la humanidad junto a sonidos que solo podrían provenir de las bestias o los pájaros, si estos fueran grandes como montañas, claro. Coto, quien hacía las veces de pared este de la caverna, lo observaba en silencio mientras abría y cerraba decenas del centenar de ojos que tenía.
Tuvo que ser Briareo el que pusiera orden, bastándole mover, solo un poco, uno de los brazos que tenía libres, tan grandes y gruesos que por sí solos formaban una titánica pared en el lado norte del lugar. Todos, sin importar la antigüedad o el poder, callaron.
Todos excepto el dios del miedo.
—Pedís que dé comienzo el Concilio de los Dioses —dijo el de grises cabellos, con un tono respetuoso y la cabeza inclinada—. Hay muchos aquí que poseen sangre divina, a veces mezclada —susurró, divertido, mientras veía de soslayo a los jueces. No se molestó en mirar a Ascálafo, hijo de Aqueronte y una mujer mortal—. También los hay que no poseen ni una pizca. Quizá no todos los hayan visto, ya que se han colocado en las alturas que desde tiempos inenarrables los hombres han soñado con ocupar.
—Me halagáis, Fobos —dijo Nimrod, haciendo una reverencia algo exagerada. Tras él, Lucile soltó una risita y musitó unas palabras casi inaudibles.
—¿A quién halago? —preguntó el dios alzando las cejas—. ¿A Eudoria, ese grandullón sin cerebro, lugarteniente del capitán de la guardia, que en la Batalla de las Doce Casas murió por dar un traspié en la montaña, sin que nadie lo viera? ¿Quizás Néstor, ese vigilante rebelde que seiscientos años atrás rompió las reglas del Santuario dejando que una mujer saliera al exterior sin permiso? La misma Atenea, nada menos, ¡y cuántos problemas tuvo esa joven para regresar a salvo a tierra sagrada! —acotó, ensanchando una malévola sonrisa—. Ah, tal vez halago a Basilio, el que lideró el grupo de exploradores que localizó a la muchacha en el norte de Europa, solo para terminar muriendo penosamente, devorado por lobos. Puede que me equivoque y seas uno de los veinticuatro coperos de los falsos dioses, que a la caída de sus amos fueron muriendo año a año, perseguidos como ladrones por todo el ancho mundo. No, si halago a alguien debe tener un nombre que importe. Quizás Marco, el romano que nació pastor y murió sin usar la lanza más que para guiar ovejas…
—En realidad —interrumpió Nimrod, aclarándose la garganta e ignorando el sudor que le bañaba el rostro—, Marco tuvo el honor de informar sobre el fin de la guerra contra Ares. Y en cuanto a los que llamas coperos, muchos se redimieron a tiempo.
—Este anciano nació como la suma de diez mil almas —terció Lucile, cuya voz melodiosa llegó a todos los Señores del Hades como si todos estuvieran justo frente a ella—. No creo que quieras enumerar los nombres y las historias de cada uno.
—Estaría encantado de hacerlo. Es característico de los dioses el no tener la necesidad de apresurarse. Así como los mortales siempre tienen que hacer todo lo más pronto posible —añadió, centrando ahora la vista en la leona de oro—. Salvar el mundo, por ejemplo. Si tienen la idea de lograr ese utópico fin, tiene que ser en el momento, sin importar los medios que deban emplear o quienes pudieran estar en contra del plan que piensan ejecutar. Las prisas, oh, las prisas son terribles consejeras. Ciegan vuestros ojos, niegan toda perspectiva y conducen la mano armada de un hombre hacia el corazón de la mujer a la que juró lealtad. —De forma teatral, cerró la mano en un fuerte puño.
—¿Estás seguro de que quieres decir todo eso aquí y ahora? —preguntó Lucile, fingiendo que la vieja mano del dios no estaba ahora apretando su alma. Le sorprendía lo impasibles que Akasha y Azrael estaban siendo. Lo de Sneyder y Shizuma era más normal, mientras que Nimrod abría y cerraba la boca de vez en vez, sin saber qué decir—. ¿Los dioses no saben cuándo es el momento de ser arrogantes?
—Oh, tengo mucha experiencia en escoger el momento oportuno para cada movimiento y palabra. Cuando se me negó la capacidad de dar muerte, no lloré ni perdí los nervios como un niño pequeño. Solo seguí andando. Quizá es por eso que mis planes sí salen bien. Quizá es por eso que yo derrumbé sin fuerza bruta el plan que otros quisieron defender con los puños en la peor de las situaciones posibles. Las prisas, ay, las prisas…
Aunque Sneyder iba a frenar a Lucile, pensando que esta pensaba seguirle el juego a Fobos, la leona de oro ya había entendido lo inútil que sería.
—¿Estoy divagando, cierto? —dijo el dios, mirando a uno y otro lado, para luego añadir a modo de disculpa—: Debe ser la edad.
—No eres el más viejo aquí —objetó sin querer Nimrod.
—Más que Lisandro, quien vivió cincuenta años en el recién formado Santuario soñando con cómo habría sido la vida como uno más de los santos. ¿Qué pensará ahora que lo es de verdad? ¿Brillarían sus ojos de un modo distinto a cuando murió, febril, desangrado en una cama y resistiendo un dolor que el alcohol no calmaba?
—Seríais un estupendo profesor de Historia —soltó Nimrod, irritado.
—Su Majestad se pregunta si vuestro discurso va a alguna parte —intervino por primera vez Shizuma, la Dama Blanca cuya máscara sin facciones contrastaba con la armadura oscura—. Ni siquiera la paciencia de una diosa es infinita.
—Lo sería si en verdad fuera una diosa —objetó el dios con fingida inocencia.
Los heraldos, incluyendo a Azrael, dirigieron la mirada hacia la reina, cuyo rostro no se había alterado en lo más mínimo. Esperaba esa acusación.
Todos la esperaban.
—¿Estáis negando la divinidad de Atenea?
—Las prisas… —susurró el dios, sacudiendo la cabeza y sonriendo—. ¿Cuánto tardasteis en creer por segunda vez que una mortal con aires de grandeza es Atenea?
—Fue otro el que le dio tal nombre —advirtió Shizuma, señalando a un alto ser cubierto de ropajes oscuros. El Barquero inclinó la cabeza encapuchada, quizá agradeciendo ser mencionado en tan importante evento.
—Caronte contando cuentos para animar a las almas en pena, Pirra siendo incapaz de nombrarse diosa por sí misma. Nada nuevo —concluyó el dios del miedo alzando los hombros. Al ver que nadie decía nada, sin embargo, añadió—: Llamar a esta reunión el Concilio de los Dioses, estando presidido por humanos, me pareció inapropiado.
—Está presidido por Atenea —corrigió Shizuma. Sabía que Fobos solo trataba de sacarlos de quicio, pero reiterar esa verdad era fundamental para todo lo que sería dicho después—. Atenea, diosa de la sabiduría y las guerras justas.
—Y vuestra reina —añadió la misma Atenea, decidiendo al fin intervenir.
—Me alegra verte de nuevo en forma, Pirra —dijo el dios del miedo, lo bastante alto como para que todos lo oyeran—. El personaje que estabas actuando allá arriba, entre los vivos, era más bien blando. Lloraba demasiado.
Atenea ignoró por completo las palabras de Fobos. Este debió darse cuenta de ello, pues aunque no dejó ninguna frase a medias, fue claro que dejó de hablar queriendo decir más, mucho más, hasta que la duda estuviera en todos y cada uno de los Señores del Hades. ¿El objetivo? Solo él lo sabía, como de costumbre.
—Permitidme que os cuente cómo llegamos a este momento.
—Una historia puede ser verdad o mentira —replicó el dios del miedo.
—Es costumbre entre los mortales contar cuentos a sus hijos antes de que vayan a dormir —convino Atenea—. Mas nadie aquí puede ser considerado un niño.
Los ojos grises de la diosa se cruzaron, con toda intención, con los de Cloto, la Hilandera que aparentaba ser una niña menuda. Aquella antiquísima deidad había existido al menos desde el nacimiento de todo aquello que algún día tendría que morir, lo que abarcaba desde el primero de los mortales hasta el universo. En las manos de aquella criatura había un único hilo, que su hermana Laquesis acariciaba y escrutaba con esmero mientras Átropos abría con parsimonia las tijeras.
—Cuando ocurrió el diluvio universal, mil millones de almas acabaron en este reino, enterradas bajo un mar congelado de lágrimas y lamentaciones —empezó la reina, obviando la parte en la que los mitos de Perséfone y Atenea se entrelazaban. La mayoría debía estar al tanto de todo eso—. Desde ese momento, no, antes incluso de que las primeras gotas de lluvia cayeran sobre la tierra, formé una doble estrategia. Para el mundo de los vivos, busqué al único hombre al que Poseidón no podría condenar y me aseguré de que el dios del mar lo viera faltando a su deber como único heredero de la raza humana. Gracias a ello, parte de la vieja humanidad, de la que provienen mis santos, pudo salvarse. Desde ese día, el castigo divino se ha tornado en lo que mal llamamos Guerra Santa. Porque hice más que salvar a los hombres. Les transmití el poder que les permitiría defenderse; les enseñé a encender y manipular el cosmos.
»Poseidón no se rindió tras la primera derrota, tal y como preví. Mis santos debieron volverse más y más fuertes, luchar y morir en incontables conflictos, no solo contra el Pueblo del Mar, sino también contra otros seres que en ese entonces amenazaban a los hombres, como la ancestral raza de los gigantes. Y cada vez que uno de esos jóvenes guerreros sagrados caía, fuera en combate o en el pacífico lecho, eran juzgados con la misma dureza que la vieja humanidad. Se les adjudicaron pecados que no habían cometido. Les condenaron a un tormento injusto que ni los jueces que se hicieron cargo del inframundo tras la caída de los falsos dioses se atrevieron a cuestionar.
El trío mencionado no tembló bajo el repentino escrutinio de la reina. Tres milenios de servidumbre habían significado para ellos palabras más duras sobre las sentencias que dictaron sin el más leve atisbo de misericordia. Sin embargo, ni Radamantis, ni Minos ni Aiacos estaban preparados para escuchar lo que diría a continuación.
—Tal y como había supuesto que pasaría. Sería irresponsable negar mi implicación en el sufrimiento que mis santos han debido pasar por seguir la senda que yo les marqué. Mi incapacidad para cambiar las leyes del inframundo no lo justifica.
—Siento interrumpir —dijo el dios del miedo, aclarándose la garganta—. ¿Al hablar de culpa aceptas no ser una diosa? La voluntad divina no se mide con la justicia humana.
—En eso tengo que darte la razón, Fobos.
—Te lo agradezco, Pirra.
—La justicia humana, imperfecta como es, solo debería existir en el mundo de los hombres, seres imperfectos. Y a pesar de eso, los Señores del Hades llevan diez mil años ejecutando una noción bárbara y primitiva de la justicia divina.
Ni siquiera Fobos esperaba aquel giro de los acontecimientos.
En un solo momento, sin que él tuviera que provocarla, Atenea había atacado no solo el orgullo de los tres jueces del infierno —a medias mortales, pese a todo—, sino a la labor de todos los seres presentes. Mientras en el oeste, Hipnos, apenas visible entre otros hijos de la Noche, llenos de curiosidad, alzaba levemente las cejas, un látigo de fuego era descargado desde el este hacia el trono.
Sneyder se interpuso a tiempo, deteniendo el violento latigazo con la mano que ahogó por completo el restallido. Las llamas, sin embargo, no se apagaron ante aquellos dedos cubiertos de aura helada, que podrían arrastrar cualquier forma de materia hacia el Cero Absoluto. Cada chispa de fuego ardía con fuerza, arrojando sobre los heraldos calor asfixiante y un brillo que les obligaba a entrecerrar los ojos. Sneyder se resistía, así como resistía sostener el arma de una de las Erinias.
—Sois dioses de justicia, pero no de vuestra justicia, sino de la de quien ya no está entre vosotros. Hasta los más antiguos, que ante nadie tenéis que agachar la cabeza, le habéis servido sin poner objeciones. —Atenea miró a Tisífone por el espacio del instante, suficiente para que la erinia encogiera el látigo. Sneyder soltó un bufido apenas audible—. No hay razón para que este reino exista tal y como ha existido hasta ahora. Entre los mortales, el miedo a la muerte y lo que hay más allá estará exista o no un infierno. Sí, la justicia limitada que se ha impartido aquí no tiene sentido entre los muertos, ni siquiera entre los vivos, ya que no hay peor infierno que el que cada individuo construye para sí. El plan que vuestro vocero ha menospreciado —dijo de pronto, pasando la mirada desde Fobos hasta los Señores del Hades, todos ellos—, habría resuelto este dilema. Diez mil años de castigo que no generan más que miedo, estancamiento y debilidad, quedarían resumidos en las notas de una canción.
—Una muy aburrida —apuntó el dios del miedo, carraspeando.
Lucile no pudo sino reír al notar cierta irritación en aquel ser semejante a un anciano. Solo imaginar lo que su música pudo suponer para la existencia del miedo en los corazones de los hombres le llenaba de orgullo. Cuando Nimrod le dedicó una mirada ceñuda, la leona de oro hizo un elegante gesto con la mano, restándole importancia.
—Libre albedrío es lo que escogieron los humanos, así que libre albedrío es lo que les otorgaré. Que no haya más infierno que el que cada hombre crea por sí mismo. Que quienes fueron marcados como elementos de castigo desde los albores del tiempo tengan la oportunidad de convertirse en guías para los seres humanos, quienes fueron creados para ser falibles. Esa es la oferta que hago a los Señores del Hades. A medias —musitó, curvando los labios en una sonrisa—, otros tendrán la oportunidad de unirse a mí. Como la diosa de la guerra, necesito un ejército.
—Eso es interesante —comentó el dios del miedo, risueño a pesar de que la expresión de Atenea se había endurecido. Los ojos grises lo miraban, condenándolo—. ¿Me culparás por sacar a relucir tus verdaderos deseos, Pirra?
—La voluntad divina no se mide con la justicia humana —contestó Atenea.
La reina chasqueó los dedos, apareciendo de pronto un ánfora frente a Azrael, cuyas manos agarraban con fuerza las asas del recipiente.
Para todo el que tuviera ojos era claro que se trataba del ánfora de Atenea.
—Imposible —dijo Fobos con inquietud—. Fue destruida en la Máquina de Rodas, durante la liberación de Caronte de Plutón. ¡No puede ser la misma ánfora que a través de los milenios usó Atenea para sellar el alma de Poseidón!
—Cierto es que tus pecados son incontables —dijo Atenea a modo de réplica—. Liberaste a Caronte de Plutón, un prisionero de guerra, sin que ningún dios olímpico respaldara tus acciones. En complicidad con él, y acaso favoreciendo al Príncipe Durmiente y su horda de horrores, abominable a todos los que poseen un trono en el monte Olimpo, extendiste el caos y la destrucción por lo ancho y largo del mundo en lo que los hombres llaman ahora Días de Locura. —El deseo del dios del miedo por replicar fue cortado por un gesto brusco de la inflexible deidad—. Bien sé que eres hijo de tu padre, uno de los dioses de la guerra que desde la caída de Troya hasta la llegada de la era cristiana alimentaron Guerra Santa tras Guerra Santa, hasta la caída de Ares. —Con no poca sabiduría, se guardó de señalar la posterior derrota del dios del inframundo—. También sé que en comparación con los crímenes y blasfemias que has perpetrado en el pasado, traer más guerra y más dolor a la agitada raza de los hombres no es más que una gota en un vaso de agua. No en vano estoy hablando de quien quiso usurpar el rol de la Muerte para llegar incluso a los corazones de los hombres que le resistían, aquellos héroes de antaño que no conocían el miedo, o, más bien, sabían sobreponerse a él. —De forma sutil, buscó un intercambio de miradas con el sombrío y silencioso Tánatos. También el hijo de Ares miró en esa dirección, mientras una oleada de resentimiento le deformaba el rostro. Por esa travesura había perdido la facultad de dañar a cualquier ser vivo, quedando a la altura de la más baja entidad espiritual—. Así que en lugar de hacer una lista en exceso larga y por tanto aburrida para los ilustres testigos de los que dispongo, me remitiré a las faltas más graves, aquellas que te apartarán del cielo de los dioses por toda la eternidad. Manipulaste a los ángeles del Olimpo para perpetrar una guerra entre el cielo y la tierra. Al mismo tiempo actuaste en el mundo de los hombres, del que habías sido exiliado, para garantizar la guerra entre los vivos y los muertos. Una vez tus planes fracasaron, como es costumbre de las manipulaciones de la prole de tu padre, llegaste al extremo de manipular a los Astra Planeta, la élite del ejército celestial, para que la paz nunca fuera posible. —Tres dedos había alzado la reina del inframundo, los cuáles fue bajando según enumeraba tales crímenes—. En todo momento, Fobos, ese ha sido tu propósito, negar la paz y el orden que al Olimpo es grata. Cada una de tus acciones dirigida a ese fin, representa un eón entero en la condena que como reina y diosa he decidido imponerte aquí y ahora.
Primero hubo el silencio. La indignación se adivinaba bajo la faz avejentada de Fobos, bullendo por salir y explotar. Al final, empero, solo hubo un irreverente aplauso.
—Bravo, bravísimo. ¡Condenemos al lobo por tener colmillos!
La corrección de Atenea no se hizo esperar.
—Por usarlos.
—¿Es que tú no solías comer carne de toda clase, Pirra? —Divertido, Fobos hizo una mueca y la mantuvo ahí, estática, mientras seguía hablando—: El miedo es omnipresente, es la esencia de todos los seres vivos, ningún exilio podría cambiar eso. En cuanto al resto de delitos, me limité a devolver al mundo el orden natural que tú, Pirra, buscabas trastocar por tus propios motivos. Me sorprende que no restes a mi condena un tanto por el gesto heroico que realicé hace no tanto…
Según hablaba, el dios del miedo se iba llevando la mano al pecho mientras agarraba un puñal invisible y miraba de reojo a Azrael, custodio del ánfora de Atenea.
Pero la reina del inframundo no le dejó acabar ni su teatro, ni su discurso.
—Oh, tu condena es irrelevante —dijo Atenea, sonriendo. Una sonrisa cruel.
—En serio —insistió Fobos—, llevar a la muerte a quien niega la paz y el orden que al Olimpo le es grato, los pilares de un mundo natural y armonioso, sin duda me eximirá de una guerra que nunca pudo completarse y una que ni tan siquiera empezó.
—Eres un estorbo —sentenció Atenea, cortante—. Por eso voy a apartarte del camino. Por eso Poseidón te arrancó del mundo de los vivos y te arrojó a este reino, donde como bien saben todos los aquí presentes, has buscado incentivar otra rebelión. En el cielo, en la tierra y en el infierno has estado depositando las semillas del caos, porque no eres más que un lobo con colmillos que muerde una y otra vez. Espero que con estas palabras quede todo claro: no hay justificación alguna para tus actos, dios por dos veces exiliado, y si la hubiera, no tendría importancia. Te castigaría de todos modos.
La sonrisa de Fobos desapareció de improviso. No obstante, lejos de mostrar enfado, parecía más bien sentir asombro. Esa era mucha franqueza para una diosa, demasiada.
—Oye, ¿no necesitarás eso la próxima vez que Poseidón tenga problemas de ira?
—No es el original —reconoció Atenea—. Es una réplica, creada por aquel que atesora los ideales. Narciso de Venus lo recreó como un obsequio que compense el prolongado retraso desde que lo convoqué hasta que acudió a mí. En consecuencia, no podría contener a un auténtico dios del Olimpo por demasiado tiempo. Algo grande está por ocurrir, algo que preví desde hace mucho tiempo y que no dejaré que estropees.
Varios heraldos dirigieron pronto miradas de toda clase a la Dama Blanca, la única que podía estar al tanto de los tratos que Atenea y Narciso pudieran tener. Era tan claro que ninguno confiaba en Narciso, que incluso Sneyder traslucía un mínimo de inquietud que contrastaba con la calculada tranquilidad de Atenea, de la que la expresión de Azrael era un vivo reflejo. ¿Podía uno de los Astra Planeta serles de utilidad? Y si era así, ¿estaba bien que lo mantuvieran aislado, como un prisionero más del Hades?
—Tened fe —les dijo Shizuma—. Todo sucederá en el momento en que deba suceder.
La declaración de la Portadora del Olvido no tranquilizó a los heraldos del Dolor, la Ira y las Lamentaciones. El dios del miedo, animado por la brecha entre los aliados de quien buscaba proclamarse como reina del Hades, decidió volver a intervenir.
—¿Dirás ahora que previste lo que el Hijo tenía deparado para este mundo?
—Solo qué clase de esfuerzos tendría que realizar para que Poseidón pudiera concebir darle a los hombres la oportunidad de mejorar —admitió Atenea.
Azrael colocó el ánfora sobre el suelo, la mano de Briareo que les servía de plataforma.
—Me trajiste hasta este lugar para negociar con los Señores del Hades —se defendió el dios del miedo, sin quitar la vista un solo segundo del sagrado recipiente.
—¿Negociar? —repitió Atenea—. Durante diez mil años, Hades llenó el río de las lamentaciones con las almas de mis santos, almas que han sido liberadas al fin. No has dejado de dar vueltas sobre si este concilio es liderado por hombres o por dioses, cuando la verdad es que este reino está conformado por seres humanos. Las almas de todos los que han muerto desde que el primer hombre murió. Sabiendo eso, ¿qué importancia tiene si es una diosa o una humana quien decide el destino del reino?
—Una diosa no habría saltado al río Aqueronte cuando quien más apreciaba en vida le tendía la mano —lanzó el dios del miedo a la vez que ensanchaba la sonrisa, mostrando todos los dientes—. Estoy en ese momento. Estuve en ese inhumano guardián al que ordenaste destruir el río congelado. Sí, hasta él sintió miedo de que tu plan, el plan de Pirra, fuera la auténtica justicia a la que él decía servir. Yo no soy Poseidón o Hades —aclaró, encogiéndose de hombros, relajando la expresión solo un par de segundos. Pero luego las facciones volvieron a retorcerse—. Mi voluntad no está más allá de las estrellas ni en los engranajes del orden natural de las cosas. Yo, como mis hermanos, soy y seré siempre parte de la humanidad. Sellar mi consciencia no cambiará eso. ¡Contabilizar mis pecados es una pérdida de tiempo, yo soy el pecado mismo!
El cuerpo de Fobos empezó a fluctuar, como si fuera líquido. Lucile, presurosa, empezó a cantar, aunque sin lograr ningún efecto. Y al final, cuando solo quedaba la confiada sonrisa del hijo de Ares flotando en el aire, Briareo cerró sobre él dos manos.
—El poderoso centímano haciendo de sirviente. ¡Qué novedad! —gritó el dios del miedo. El evidente sarcasmo aquejaba retazos de dolor—. ¿No te cansas de eso?
—Está cansado de fracasar. Como todos los Señores del Hades.
Por segunda vez, la reina chasqueó los dedos. Azrael, raudo, destapó el ánfora, que tironeó del cuerpo de Fobos con tal intensidad que Briareo se vio obligado a separar las manos. El hijo de Ares no dejó de reír mientras parte de la entidad abstracta que en verdad era, el miedo en sí mismo, era sellada, negándole por un tiempo la capacidad de ser consciente de sí mismo. No podría realizar acciones como individuo, lo que era tanto como poner fin a las maquinaciones que había llevado a cabo hasta ahora.
Y a pesar de todo, reía, pues así como Atenea, él era también un dios y había sido previsor. El flujo de los acontecimientos que había puesto en marcha difícilmente podría ser detenido ahora. Aunque de eso, la diosa y los heraldos eran conscientes.
La guerra era inevitable, solo les quedaba decidir cómo concluirla.
—Bien —continuó la diosa en cuanto el ánfora fue cerrada, apareciendo un sello sobre la misma con palabras en griego antiguo escritas con sangre divina—. Ya lo habéis oído, Señores del Hades. Podéis aceptar mi autoridad como reina y seguirme ya sea como soldados o guías para el mundo de los vivos, así como podéis oponeros a mí.
La reina se levantó del trono y empezó andar hacia el borde de la inmensa mano. Ninguno de los heraldos, ni siquiera Azrael, la siguió. Tampoco se movieron cuando Atenea dio un paso más allá del borde, cayendo en otra mano que Briareo se apresuró a colocar cerca de la primera. Y así continuó el andar de la diosa de la guerra, que parecía estar simplemente bajando unas escaleras. De titánicos peldaños, eso sí.
—Podéis enfrentaros a mí. Tenéis toda la eternidad para eso. Podríais luchar desde este día hasta el fin del universo. Solo que no estaré sola, sino a cargo de cada santo muerto desde que el mundo es mundo. Hasta los falsos dioses me seguirían sin pedirme nada a cambio. En honor a la alianza que formé con Poseidón, también cada siervo muerto del dios del mar lucharía por cambiar este reino, desde los poderosos y sabios hombres que gobernaron la Atlántida hasta el último de los generales marinos. Si es en el nombre de la vida, todo guerrero sagrado que alguna vez caminó sobre la Tierra volvería a luchar. Y no lo harán en vano, pues con o sin vuestro consentimiento soy yo ahora quien decide sobre la vida y la muerte. Quien separa la mortalidad de la eternidad.
Dejó de andar en cuanto se supo en el centro de aquella caverna. Muy lejos, tanto en distancia como en altura, quedaba la mano de Briareo donde estaban el trono y sus heraldos, aunque ella seguía pudiendo verlos con cristalina claridad.
—¿No estáis cansados del fracaso constante que ha sido la guerra entre los espectros y los santos, entre los vivos y los muertos? Si es así, no tenéis por qué ser mis enemigos, no tiene por qué haber otra batalla sin significado. Dejad de ser carceleros, dejad de ser castigadores. ¡Sed justicia, dioses de auténtica justicia!
El silencio envolvía por igual a Atenea y a todos los presentes. Laquesis seguía estudiando el único hilo que las tres hermanas mostraban en ese lugar. Átropos parecía pensar en guardar las tijeras y no cortarlo.
Entre los hijos de la Noche, a excepción de Hipnos, toda la atención estaba centrada en Atenea, así como ocurría con todos los Señores del Hades.
—¡Seguidme —ordenó Atenea con tono regio, alzando los brazos, abarcando así la totalidad del colosal lugar—, y por primera vez en diez mil años, obtendréis victoria!
Así concluyeron las palabras de la reina del inframundo, así como el Concilio de los Dioses. Aunque llamar concilio a aquella exposición resultaba extraño a la leona de oro, prefirió no decir nada que estropease tan solemne momento. Todos los heraldos parecieron pensar lo mismo, pues ni hicieron ni dijeron nada.
Todos menos uno, que empezó a aplaudir de forma repentina.
—Azrael tenía que ser… —murmuró Lucile, más irritada porque ella misma empezó a aplaudir también que porque el asistente empezara.
En tales circunstancias, ni Shizuma ni Nimrod se vieron obligados a seguir en silencio. Cuatro de los cinco heraldos aplaudieron, algunos algo incómodos, mientras que solo Sneyder fue consciente de que el abrupto silencio que sus compañeros habían roto era la forma en que el Hades aclamaba a la diosa de la sabiduría, la guerra y la muerte.
Con todo, los Señores del Hades no parecían molestos por el gesto, más allá de la confusión en muchos rostros y un repentino interés del dios del sueño sobre los heraldos de la reina. Uno en particular, del que no apartaba la mirada.
Siendo el único que permaneció firme, también fue Senyder el único en percibir la sonrisa que Atenea había formado. Una que no poseía ni una pizca de crueldad.
Y así supo, sin sombra de duda, que había alegría en su corazón.
