Viernes, 24 de febrero del 2017
Dennis se secó el sudor de la frente mientras veía el combate de sus compañeros de batallón. Era una fría mañana de febrero en Carolina del Sur, con la temperatura que no llegaba a superar los once grados centígrados y leve viento del sector norte. El aire olía limpio, frío y a testosterona. Alentó a su camarada de armas mientras luchaba contra otro de sus nuevos amigos.
No le gustaba admitirlo en voz alta, pero había encontrado una placentera conformidad a su nuevo estilo de vida. Sin embargo, el camino hasta su actual presente no había sido sencillo o fácil. Todo lo contrario: las primeras dos semanas habían sido un dantesco infierno.
Apenas había llegado a la base había tenido que hacer una revisión médica, rellenar otro poco de papelerío y había sometido el que ya portaba a una nueva revisión. Después de que tuviesen la certeza de que todo estaba en orden, se había visto envuelto en la peor tragedia posible para un joven coqueto y orgulloso: la pérdida de su precioso cabello. ¿Había algo peor que verse obligado a ser calvo?
Al ver como caían los mechones al suelo, con el incesante zumbido de la máquina y el paso de ésta por su cuero cabelludo, sintió como lentamente el viejo Dennis Nicholas Atkins se había perdido. Había quedado relegado a una memoria, un pasado de indulgencia y desenfreno.
Fue reemplazado por un individuo despersonalizado, con una numeración específica en el papeleo y un uniforme verde militar, pantalones mezclilla y botas. Era uno más dentro de los cientos de rostros calvos, emocionados o aterrados.
También había sido difícil el aceptar que iba a dormir con otras personas dentro de un barracón, en una cama litera junto a completos desconocidos. Y el acto de dormir para él era sagrado, lo había vuelto muy quisquilloso el tema. Ya no había colchón mullido, sábanas de distintos motivos o cientos de almohadones cómodos, sino un simple catre de sábanas blancas y cover negro.
La primera noche refunfuñó abiertamente cual niño mimado de las pobres condiciones de sueño, al día siguiente se levantaba malhumorado y se preguntaba si estaría así los siguientes dos años de su vida. Su espalda no podría aguantar semejante castigo ni su cerebro tener menos de siete horas de sueño.
Su sargento asignado le había parecido un soberbio mandón, sus compañeros unos idiotas sin remedio y las instrucciones mortalmente aburridas. Ni hablar de la funesta charla inicial.
¿Para qué quería escuchar el mismo tipo de discurso que su padre había vomitado desde que tenía uso de razón? Estaba harto de toda la sarta de tonterías respecto a la camaradería, el nacionalismo inútil y la defensa de la férrea disciplina.
Sin embargo, aquellos tristes momentos iniciales quedaron atrás, completamente sepultados por la nueva sonido del reveille a todo trapo a las cinco treinta de la mañana, el levantarse en el acto para vestirse, tender su cama y posicionarse firme junto a sus colegas. Lentamente la costumbre militar ganó terreno hasta transformarse en su nueva cotidianeidad.
Disciplina, resiliencia y sacrificio. Esa triada lo volvió eficiente, organizado y por sobre todas las cosas mucho más responsable que antes.
Nunca lo reconocería abiertamente, pero se sentía más competente que antes. El aspecto físico dentro de los entrenamientos no eran un problema (después de todo había sido buen atleta en la escuela), las instrucciones junto a la especialización eran dentro de todo entretenidas y el entrenamiento cuerpo a cuerpo le gustaba.
Admitiría que le cogió el gustillo al vencer a sus oponentes. Esa liberación de adrenalina y endorfinas era la motivación necesaria para seguir adelante. Para él era como si estuviese dándole su merecido a Dewey, y eso lo volvía aún más gratificante en la práctica.
En ese momento, había llegado a ser un soldado, un camarada de armas dentro del 2do Pelotón de la compañía Bravo. Su vida de civil se desvaneció casi por completo entre el eco de los números asignados y las órdenes a seguir sin vacilar.
El ejército y él se volvieron uno, eso era lo que le permitía seguir adelante sin rechistar. No obstante, algunas cosas permanecieron inalterables aún con todas las nuevas actividades que realizar.
Ella seguía allí, en su rinconcito especial dentro de su corazón, tan joven e inocente como bello rostro de Chelsea aparecía antes de ir a la cama, donde sus chistes malos o su risotada lo acompañaba y guiaba. Los ojos ámbar iluminaban su camino cuando no lograba vislumbrar un como si un hilo dorado lo atase a su amiga, invisible pero inquebrantable.
Pese a todos sus intentos por vivir una nueva vida, no era capaz de dejarla ir.
Volvió a la realidad. Dennis observaba desde un costado a sus colegas luchar por controlar las ficticias posiciones asignadas. Dentro de un cuadrado delimitado frente a él, cada esquina tenía un banderín de distinto color. Miguel, un muchacho puertorriqueño de sonrisa fácil, defendía el banderín rojo, mientras que Jason, proveniente de Pensilvania, defendía el azul.
Ambos jóvenes estaban en pleno combate, bajo la atenta mirada de sus compañeros e instructores. En un momento dado Miguel aprovechó una apertura en la guardia de Jason y se deslizó detrás de él, con movimientos rápidos y precisos.
Antes de que Jason pudiera reaccionar, su compañero le rodeó el cuello con el brazo derecho, asegurando la otra mano detrás de su cabeza en una estrangulación trasera perfecta.
Jason forcejeó hasta jadear, pero Miguel ajustó su posición, usando el peso de su propio cuerpo para apretar el agarre. La defensa del banderín azul para el chico de Pittsburgh acabó cuando golpeó el suelo con las manos, exhausto y el rostro enrojecido por la presión de su compañero. Miguel lo soltó y le tendió una mano, ambos se dedicaron una mirada respetuosa al tiempo en que se ponían de pie.
Sus camaradas de armas aplaudieron su eficiente demostración. Dennis se sorprendió que Jace haya perdido, su contextura física alta y fornida podría haberlo hecho ganador sin mayor dilación. Sin embargo, Migs fue astuto y explotó sus puntos flojos.
Nicholas se unió al rubio muchacho en asistir a Jason, ambos le sonrieron con orgullo ante tamaña exposición. El luchador les devolvió el gesto y los cuatro jóvenes recibieron con beneplácito la orden de descansar hasta la hora del almuerzo. Según el instructor se lo habían ganado. Eran las once en punto bajo el suave sol, un día salpicado de pequeñas nubes blancas y el césped verde apagado.
—Gracias, chicos —musitó el muchacho, quien se sacudía el polvo del pantalón—. Bien hecho, Miguel. Me diste una buena tunda.
El muchacho de piel café se rio.
—No hay de que, compa. Quizá puedas ganarme la próxima vez y ser el nuevo campeón de "defiendan la bandera".
El muchacho de cabello rojizo se frotó la cabeza, una sonrisa ladina en sus facciones.
—Ya te vamos a alcanzar, Migs. No serás invencible por siempre.
Los cuatro chicos se dedicaron a caminar a ritmo tranquilo hacia el interior del edificio, paredes de ladrillo rojo y techo de chapa negra. El resto del pelotón se distendía sobre la hierba perfectamente cortada, bañados por la luz diurna.
—Tengo tanta hambre que me comería el brazo —dijo Nicholas, frotándose la barriga—. Hoy es uno de esos días donde me siento como un barril sin fondo.
—Ponte un bigote falso y pide dos MRE. —Miguel se llevó el dedo índice bajo la nariz—. Algo así y quizás te den más de comer. ¿Me quedaría bien un bigote, chicos?
Los otros tres muchachos soltaron risitas.
—Aburridos. Cuando salga de aquí me verán con una enorme barba y me envidiarán.
—¿Seré el único con este nivel de hambre? —inquieto, Nick se frotaba las manos—. ¿Dex? Tu siempre me apoyas, por eso eres mi amigo miliciano favorito.
—En esta te doy la derecha, Nick —convino él—. Supongo que debe ser los musculotes que estamos sacando. Nunca en mi vida tuve semejantes brazos.
Flexionó sus extremidades, los bíceps bien definidos se contrajeron. Sus camaradas lo adularon falsamente.
Era verdad: el entrenamiento regular, comer lo necesario y los buenos ejercicios de musculación duplicaron el tamaño de su cuerpo. En las duchas o mientras se cambiaba apenas si reconocía su propia forma física.
—Eso, creo que me pasa igual —respondió Jason, mientras se estiraba—. Lo que más me gustaría es ver cómo mi chica reaccionaría. La última vez que hablé con ella estaba preocupada por cómo lo estaba pasando aquí. Cuando vuelva se va a llevar una sorpresota.
Miguel sonrió con cierta melancolía.
—Mi novia probablemente no me reconocería. Cuando me fui estaba escéptica si iba a aguantar. Y mírame nada más ahora, compa: todo disciplinado.
Nick asintió y, como si fuera una confesión, soltó:
—En mi caso lo que espero es que este tiempo aquí nos acerque más. Estábamos pasando por un mal momento antes, a lo mejor la distancia nos ayuda.
La conversación quedó en el aire hasta que las miradas se dirigieron a Dennis. Los muchachos alcanzaron el edificio e ingresaron a las cálidas luces fluorescentes iluminaban los pulcros suelos, los lustrosos muebles y el personal que se movía en las instalaciones.
—¿Y tú, Atkins? —Jace enarcó las cejas—. ¿Alguien te espera en casa?
El aludido chasqueó la lengua, liderando el cuarteto por el blanco pasillo. El ambiente olía a limpio y fresco.
¿Mencionarla o dejarla a buen resguardo, únicamente para él? Tragó saliva e intentó que los sentimientos aflorados ante el recuerdo de su amiga pasasen desapercibidos.
—Claro: mi familia y amigos, eso seguro. Ansío poder verlos de nuevo una vez que termine todo esto.
Los tres chicos soltaron risitas cómplices. Miguel lo empujó sin malicia.
—Anda, no te hagas el complicado. ¿No hay alguna pollita detrás de este gallote?
Dennis sonrió de lado. Chelsea no era su novia, él la había obligado a zanjar esa cuestión, pero eso no hizo que lo que sentía por ella fuera menos real.
—Si te sonrojas, pierdes, Cabo Atkins —rio Nick—. Desembucha.
—¿Tiene que ver con la fotografía de tu locker? —Lo picó Jason, ojos chispeantes—. Es bonita. Su sonrisa me recuerda a mi Jess.
Dennis no supo cómo salir de esa situación airoso. Le restó importancia encogiéndose de hombros.
—Es solo mi mejor amiga, nada más.
Un "¡uh!" colectivo escapó de los tres pares de labios.
—¿Tú tienes una foto de tu mejor amiga, Nick? —inquirió el puertorriqueño—. No, ¿verdad?
—Nop, solo de los míos y mi novia. ¿Tú, Jace?
—Jess me mataría si hago algo así. —Zarandeó el hombro derecho de Dennis—. Anda, Atkins. Una simple amiga no puede tener semejante importancia como para que la tengas aquí, entre tus cosas.
Nick puso una mano sobre la diestra de Jason.
—Guardaremos tu secreto lo mejor que podamos. Puedes confiar en nosotros.
—Es casi una hermana para mí, chicos. —Los miró—. No se hagan ilusiones.
—Que olor a patrañas, Dex. Ya te sonsacaremos la verdad eventualmente.
Al menos le permitieron descansar durante el almuerzo; fue un evento calmado, con otros temas de conversación y risas por las ocurrencias de Miguel.
Retomaron sus actividades según los cronogramas: tarea de mantenimiento (que conllevaba la limpieza de las áreas comunes), la revisión del equipo y la preparación para la serie de ejercicios la tarde.
Fue una jornada "productiva" para los reclutas, tanto fue que él y su modesto grupo solo atinaron a mirarse mientras entrenaban. Los jadeos y el agotamiento del cuarteto reverberaban entre las paredes del gimnasio.
El instructor se sintió satisfecho del esfuerzo colectivo (en el ejército no existían las felicitaciones, solo la satisfacción de una tarea cumplida) y los envío a las duchas. Los reclutas caminaron entre las instalaciones, exhaustos, mientras la luz diurna se iba extinguiendo y daba paso a la oscuridad de la noche.
En la distancia, vio como algunas unidades se preparaban para el último entrenamiento de la jornada bajo los reflectores en la cancha. Las botas golpeaban contra el cemento oscuro entre los repiqueteos y los saltos de tijera.
La tibia agua de las duchas comunales barría la transpiración y el agotamiento. Frotó una barra de jabón contra sus brazos, procurando también limpiar las emociones confusas que nublaban sus pensamientos. ¿Por qué diablos le costaba tanto admitir lo que era un secreto a voces?
«Porque eres un puto básico, ese es tu mayor problema.»
Su estómago rugía mientras se secaba y luego enfilaba hacia el comedor. Sus compañeros decidieron adelantarse y guardarle un sitio, por lo que se tomó un poco más de tiempo en aparecer. Comió sin inmiscuirse en la conversación general, aunque para no parecer tan "agrio" participó en contadas ocasiones. Sin embargo, deseaba permanecer en silencio todo el rato posible. Era como si un velo hubiese caído sobre su mente y lo obligara a mantenerse apartado.
Ya en la noche y en su barracón, el ruido de los soldados preparándose para la cama llenaba el ambiente. Algunos revisaban sus teléfonos celulares, otros conversaban con sus familias y un puñado se entregaban a los videojuegos móviles.
Él, por su parte, optaba por prepararse en calma. Estiraba sus brazos, bostezaba y se recostaba sobre el duro colchón de la litera. Observaba el techo con la respiración pausada y sus dedos que tamborileaban sobre su abdomen. Sus pies estaban cruzados uno sobre el otro, mientras tarareaba algunas canciones.
En el momento en que dieron las diez de la noche las luces generales se apagaron. Los reclutas se cobijaron bajo las duras sábanas, algunos rezagados aún observaban sus teléfonos unos últimos cinco minutos. Luego el silencio lo dominó todo con el correr de los minutos. Algunos se durmieron casi en el acto, otros tardaron un poco más; él dio rienda suelta a su momento de reflexión personal al tiempo en que se daba la vuelta hacia un lado, los ojos cerrados.
Había abierto la puerta a una inmensa sensación de vacío al igual que al torrente de recuerdos. Mordió el interior de sus mejillas y suspiró por lo bajo, a sus oídos llegaban los sonidos de leves ronquidos u ocasionales carraspeos.
Tomo una profunda bocanada de aire mientras apretaba los ojos. Sus manos se aferraron a las sábanas. Recordar el objeto que tenía en su casillero le provocó una punzada de dolor. Era como si cada pequeña cosa relacionada con Chelsea lo conectara a una emoción más profunda, que se había ido gestando desde mucho antes de que pudiera reconocerlo por completo.
Había sido bajo el sol del verano, cuando todo parecía más simple en la vida, fue cuando se dio cuenta: se había enamorado de ella. De la melancólica, creativa, amable y adorable Chelsea Vickers.
No era solo su apariencia, sino la forma en que siempre encontraba la manera de comprender lo que él mismo no podía expresar. Su presencia había sido un refugio constante, la quietud en medio del caos. Y ahora, y más que nunca, entendía que había algo en ella que lo completaba, aunque antes fuera incapaz de admitirlo.
Apretó con fuerza la mandíbula al tiempo en que reprimía los deseos de llorar. El viento en el exterior golpeaba contra la edificación, el dócil aire movía suavemente las cortinas a su lado.
Sabía perfectamente bien que Chelsea merecía algo mejor. Siempre lo había sabido. Él provenía de un entorno en el que las expectativas asfixiaban, donde los apellidos y la memoria pesaban más que los sentimientos. Un lugar donde su propio padre la había catalogado como "peligrosa", había sido arrojada a un territorio prohibido. Dejó que aquellos que se creían superiores la humillaran y la maltrataran, sin mover un dedo por miedo a las consecuencias.
Era reaccionaria y desafiaba, Chelsea tenía la capacidad de brillar por su entereza al igual que tenacidad. El miedo a que su relación los destrozara a ambos había pesado más que el deseo de estar a su lado. Y aquello le rompía el corazón en mil pedazos.
Lo que más le dolía admitir era que siempre había sabido que no era suficiente para ella. No merecía su luz, ni su bondad.
Chelsea necesitaba a alguien capaz de luchar a su lado, alguien dispuesto a enfrentarse a todo, y él no había sido ese alguien. Al final, lo único que podría darle era más dolor, más sufrimiento, y destruirla como había destruido todo lo que amaba en su vida.
Ella necesitaba alguien que realmente quisiera aceptar el desafío que suponía amarla, que diera una lucha sin cuartel frente a los secretos de los Vickers y la locura de su expareja.
Se frotó los ojos para luego cubrir la vista con el brazo, molesto. El ejército podría entrenarlo para defender a su país, pero no para resolver sus dramas de corazón.
Se giró con un suspiro de resignación. Una última pregunta se formuló en su mente mientras el cansancio del día lentamente lo vencía: ¿podría la distancia apagar el fuego que aún lo consumía?
Solo el tiempo lo diría…
