El viento que azotaba las almenas de Hogwarts era tan afilado como el filo de una espada, y el murmullo de las hojas caídas me llegaba, débil y lejano, como un lamento de tiempos ya pasados. La tarde se deslizaba lentamente hacia la noche, y la oscuridad comenzaba a acechar los rincones del castillo, como una sombra que, por momentos, parecía tener vida propia. En esos instantes, el corazón se me oprimía con una pesadez que no podía ignorar. Los días de tranquilidad, aunque fugaces, se desvanecían, y la tempestad se acercaba.

Había algo en el aire, algo en los murmullos entre las paredes de piedra, que me impulsaba a tomar una decisión. Sabía que la confrontación con Severus no era solo inevitable; era necesaria. No podía seguir sumido en la incertidumbre, esperando que algún milagro apareciera para devolverme al joven al que una vez guié con tanta esperanza. La guerra estaba llamando a las puertas, y en su retumbar había algo profundamente personal, algo que no podía ignorar más.

La noticia de los ataques de los Mortífagos seguía pesando como una losa sobre mis hombros, y, aunque no había pruebas definitivas de la implicación de Severus, el pensamiento de que pudiera estar detrás de todo esto me carcomía. Había cambiado, lo sabía, y tal vez yo también lo había hecho. Los años de enfrentamiento, las decisiones que cada uno de nosotros había tomado, nos habían llevado a una encrucijada de la que no podía escapar.

Me encontraba en el vestíbulo de la torre de Astronomía, la sala vacía y sombría como siempre, cuando sentí la presencia de Severus acercándose. El sonido de sus pasos, suaves pero decididos, resonaba en el frío mármol del suelo, una cadencia que nunca había perdido, pero que ahora me parecía más distante que nunca. Por un momento, el aire pareció congelarse, y me vi sumido en una instantánea de los años pasados.

Recordé el primer día que llegó a Hogwarts, tan delgado y desgarbado, con la mirada sombría que ahora me resultaba familiar, pero que entonces me había desconcertado. Aquella primera vez que lo vi caminar hacia mí, en la sala común de Gryffindor, con los ojos cargados de una mezcla de resentimiento y desesperación. Había algo en él, algo roto, que me impulsó a acercarme, a intentar ofrecerle una mano que lo guiara. Y aunque el mundo parecía tener otros planes para él, seguí creyendo que aquel joven podría, algún día, encontrar la luz en su camino oscuro.

—Severus —dije, sin girarme del todo, sabiendo que estaba ahí, que había llegado.

Su voz, grave y vacía de emoción, me alcanzó antes de que pudiera mirarlo.

—Profesor. —Su tono cortante, ahora tan característico, me atravesó como una flecha.

Dejé que el silencio llenara la habitación por un instante, como una niebla que se deslizaba lentamente entre nosotros. Podía sentir la distancia, el abismo que se había abierto entre el hombre que estaba frente a mí y el joven que había sido. Y me dolía, mucho más de lo que había anticipado. No era solo el peso de los años lo que los separaba; era el precio de las decisiones que habíamos tomado. Las decisiones de Severus, esas que ahora lo habían llevado a este punto. Y mis propias decisiones, que lo habían conducido hasta mí para enfrentarme a lo que había cambiado.

Volví mi rostro hacia él. Su figura estaba erguida, rígida, como siempre, pero había algo en su mirada que ya no me resultaba familiar. Había una dureza en sus ojos, un hielo que no había visto en su juventud, cuando su dolor aún era algo que podía comprender. Ahora, su mirada era más distante, más inaccesible, y me preguntaba cuán profundo había cavado en esa oscuridad que lo había transformado en el hombre que tenía delante.

—¿Es cierto, Severus? —pregunté, y mi voz fue más suave de lo que me hubiera gustado—. ¿Estás detrás de los ataques a los muggles? ¿Eres tú el que está liderando a los Mortífagos?

La pregunta flotó en el aire, densa y cargada de una tensión que me estrujaba el corazón. No quería creerlo. No podía creerlo. Pero su silencio fue la respuesta más cruel que podía recibir.

El hombre frente a mí no respondió de inmediato. Su rostro, tan acostumbrado a esconder todo lo que pensaba y sentía, se mantuvo impasible, pero pude ver en sus ojos algo que había conocido antes: la lucha interna, la guerra que libraba en su propia alma, aunque ahora ya no parecía haber nada de ese joven inseguro y torturado que había sido una vez.

Recordé aquellos días, cuando las primeras grietas empezaban a aparecer en su carácter. Años atrás, en el aula, cuando su mirada se cruzaba con la de Lily Evans, tan cálida, tan llena de vida, mientras él trataba de ocultar el amor y la adoración que sentía por ella, sin saber cómo canalizar esos sentimientos sin caer en el abismo de su propio resentimiento. Los días en que intenté ayudarlo, en los que lo guié sin saber si realmente estaba haciendo lo correcto. Sabía que él cargaba con un dolor profundo, pero nunca imaginé hasta qué punto ese dolor podría corromperlo.

—No, Severus. No puedo creer que seas capaz de tal cosa —susurré, casi para mí mismo.

Su voz, más fría que nunca, me hizo volver al presente.

—No necesitas creer nada, profesor. La realidad es la que es. —Sus palabras eran ásperas, y por un momento, sentí la presencia de algo aún más cruel: la amargura, la rabia que él había cultivado, creciendo con cada día que pasaba.

Dudé, pero solo por un instante. Sabía lo que veía frente a mí, aunque era lo último que quería admitir. El Severus que conocí ya no existía. Había cambiado, se había convertido en alguien más. Y yo no podía hacer nada para detenerlo.

—¿Y tus acciones, Severus? ¿Qué justificación tiene este camino que has tomado? —pregunté con la voz quebrada, mientras una corriente de desesperanza se deslizaba por mis venas.

Un destello de lo que parecían ser recuerdos atravesó su rostro, pero desapareció tan rápido como había llegado. Su rostro se endureció aún más, y en sus ojos ya no brillaba la luz que había visto en su juventud. Había algo de tristeza en su expresión, pero también un vaciamiento, como si ya no quedara nada de lo que alguna vez fue. Ni la rabia, ni el odio, ni el amor. Solo un vacío que se extendía entre nosotros, como una fosa sin fondo.

—No te hagas ilusiones, Albus. Nada de esto es nuevo. —La suavidad de su tono no hacía sino resaltar el abismo entre nosotros—. Ya lo sabes, no estoy aquí para redimirme. No soy el joven que solías creer que podrías salvar. Ahora, ya ni siquiera el profesor Riddle podría obrar el milagro.

Un silencio pesado se instaló entre nosotros. Ya no había más palabras que pudiéramos compartir. La mirada que nos habíamos intercambiado era la misma que había existido entre nosotros en otros momentos, pero ya no compartíamos la misma esperanza. Ya no había luz en él, solo sombras.

La sombra de quien alguna vez fue Severus Snape ya se había adueñado de su alma. Y yo, al mirarlo por última vez, comprendí, con una tristeza profunda, que los caminos que tomamos en la vida no siempre tienen retorno.