La noche en Hogwarts era profunda y silenciosa, un silencio que parecía pesar sobre cada rincón del castillo, envolviendo sus altos muros en un manto de reflexión y temor. Fuera, la tormenta ya había comenzado, con el viento azotando las ventanas de la torre más alta. El repiqueteo de la lluvia caía como una melodía incesante que resonaba en mi pecho, acompañando los pensamientos que ya no podían hallar descanso. El eco de una profecía susurrada por la profesora Trelawney seguía persiguiéndome, sus palabras reverberando en mi mente con la misma insistencia con la que el viento golpeaba las paredes. "Únicamente la muerte de un gran mago podrá salvar la vida de un gran mago". La conexión con Severus era clara, innegable incluso. Pero… ¿quién debía morir? ¿Y quién era ese gran mago cuya vida estaba en juego?

Estaba solo en mi despacho, frente al Pensadero, cuyas aguas se agitaban lentamente, como si esperaran que me sumergiera en ellos. Pero no era el momento para perderme en recuerdos; la verdad estaba más allá, a la espera de ser desvelada en un diálogo que necesitaba tener, aunque no sabía cómo ni qué consecuencias podría acarrear. La puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso, y allí, en el umbral, apareció Tom Riddle, como un susurro de la juventud que había sido y un eco del hombre que se estaba convirtiendo. Su rostro, siempre tan reservado y tan lleno de misterio, se iluminó por un fugaz destello de curiosidad.

Al verlo, sentí un peso en el estómago. A lo largo de los años, él había sido una constante, alguien a quien observaba con una mezcla de confianza y miedo, un alumno brillante que desbordaba promesas, pero cuya oscuridad crecía con la misma rapidez que su talento. El Tom Riddle que estaba frente a mí ya no era solo el joven que había sido, sino una sombra que amenazaba con devorar todo lo que alguna vez había sido bueno en él. Pero había algo en su mirada que, por un momento, me hizo dudar. Tal vez no estaba perdido del todo. Tal vez aún había una chispa de la persona que había sido, aunque la duda me corroía.

—Albus —dijo con su voz suave pero firme, como siempre—. Me han dicho que deseas hablar conmigo. ¿Qué es lo que te atormenta?

Alzó una ceja, y en su expresión se podía leer la curiosidad oculta bajo la máscara de su calma. No había que ser un gran observador para notar que Tom, por alguna razón que solo él entendía, parecía encontrar placer en mis dilemas, en los conflictos que me atravesaban. En muchos aspectos, su comportamiento me recordaba a aquel joven que había visto por primera vez en Hogwarts, buscando consejo, pero que, al mismo tiempo, deseaba ser el único dueño de su destino.

—Tom —empecé, reconociendo la necesidad de ser claro, de buscar respuestas donde solo se encontraban sombras—, sé que no te interesa ser el portador de mis cargas, ni mucho menos el consejero de mis miedos, pero estoy… en una encrucijada. Una cuestión que solo tú, por tu intelecto y comprensión, podrías quizás ayudarme a resolver.

Él me observó en silencio durante un largo momento, como si evaluara si debía concederme el favor de escucharme o simplemente marcharse, sabiendo que no necesitaría ofrecerme nada a cambio. En sus ojos brillaba esa chispa de orgullo y autoconfianza que siempre me había inquietado, y su expresión se mantuvo impasible, como un espejo de su alma cautelosa.

—Dime, Albus, ¿qué es lo que te angustia? No me parece que tus problemas sean de la clase que normalmente buscas compartir.

Levanté una mano, que aún temblaba ligeramente, y me sumí en el profundo abismo de mis pensamientos. La profecía de Trelawney, con su peso insostenible, seguía girando en mi mente. Sabía que no podía seguir ignorando sus implicaciones, no cuando estaba tan cerca de la verdad.

—Es sobre la profecía —comencé, y al pronunciar las palabras sentí que el aire se volvía más denso—. Trelawney habló de la muerte de un gran mago como condición para salvar la vida de otro. La interpretación más común, lo que todos asumen, es que la profecía se refiere a ti, Tom. A tu muerte como una parte inevitable de la lucha. Pero… —una pausa, el corazón se me aceleró—, lo que me atormenta es que, en realidad, la profecía podría estar refiriéndose a Severus. A su sacrificio. A su vida, como la que debe ser perdida para salvar a alguien más.

Tom no mostró sorpresa, ni incomodidad, ni siquiera interés genuino. Solo una ligera inclinación de cabeza, como si estuviera dispuesto a escucharme, pero no con la intensidad que mis palabras requerían. Una sonrisa sardónica se dibujó en su rostro, pero esta vez, algo en sus ojos reflejaba un brillo que era difícil de descifrar.

—¿Severus? —murmuró, repitiendo el nombre con una ironía apenas disimulada—. ¿Qué tiene él que ver con todo esto? ¿Una vida desperdiciada, como la mía? ¿Eso es lo que te preocupa?

Negué con la cabeza, tratando de clarificar mis pensamientos mientras el peso de la duda me aplastaba cada vez más. Necesitaba respuestas, y a pesar de lo que pudiera pensar Tom, no iba a callarme.

—No es una cuestión de "desperdicio" de vidas, Tom. Es la clave de todo. Severus ha cambiado, se ha dejado arrastrar por la oscuridad… Pero tal vez todavía exista una salida y lo que antes parecía un destino que no podría redimirse, ahora parece tener un propósito mayor. En sus manos, el futuro de muchos podría verse alterado. Y si él realmente es quien debe sacrificarse para salvar a otro mago, no entiendo cómo ni por qué. No sé por qué… debe ser él. Pero hay algo en su destino, en sus acciones, que me hace temer que tal sacrificio será algo que nunca imaginé.

Tom observó mis palabras con una calma que rayaba en lo calculador. Sin embargo, detrás de esa serenidad había un pequeño destello de algo más, algo que solo pude identificar como una sombra de duda. Su mente, siempre tan ágil y peligrosa, había comenzado a procesar lo que yo había dicho, pero aún permanecía distante, como si esperara algo más, algo crucial.

—Entiendo —dijo al fin, su tono grave—. La vida de Severus es una pieza esencial en este juego. Lo he visto. Pero no creas que sus sacrificios serán lo que salve a alguien más. Quizás la verdadera pregunta aquí no sea quién debe morir, sino quién tiene el poder suficiente para arrastrar a todos los demás con él.

Pude sentir la tensión en el aire entre nosotros, como una cuerda tensa a punto de romperse. No era solo la profecía lo que me atormentaba, sino el reconocimiento de que Tom Riddle, el mismo joven al que había tratado de guiar, ahora se erguía ante mí como una sombra mucho más oscura. El mismo hombre al que había querido ayudar, ahora mostraba la profundidad de su egoísmo, de su desconcierto por cualquier sacrificio ajeno.

—¿Por qué estás tan seguro, Tom? —pregunté, más por necesidad que por curiosidad. Mi voz era un susurro casi ahogado—. ¿Por qué me hablas de poder, y no de sacrificio? ¿Acaso tu visión del mundo no te ha enseñado que hay cosas que merecen ser protegidas, incluso si requieren nuestra propia vida?

Tom se acercó lentamente, y sus ojos brillaron con una luz casi feroz.

—Porque el poder lo es todo, Albus. Todo lo demás es efímero. Y si quieres salvar a Severus, o cualquier otro, tu profecía debe entenderse de esa manera. El sacrificio no es algo que uno elija. Es algo que se impone. El sacrificio solo se hace cuando el poder ya no puede salvar.

La última palabra se coló en el aire como un veneno, y sentí que la angustia de la incertidumbre se apoderaba de mí. Mientras veía a Tom en silencio, comprendí que, en su mente, la pregunta de quién debía morir para salvar al otro no tenía respuesta. La suya era una verdad mucho más oscura, y yo, en mi búsqueda de redención, no podía permitir que esa verdad me dominara.

El diálogo había llegado a su fin, pero las sombras que rodeaban a Tom Riddle y a Severus Snape ya no podían desvanecerse. La lucha por comprender el verdadero significado de la profecía seguía vigente. Sin embargo, por más que lo intentara, sabía que las piezas del rompecabezas solo encajarían cuando el sacrificio fuera inevitable.

Pero entonces, ¿quién caería? Algo que Tom no había llegado a captar es que yo mismo albergaba entonces una lejana certeza: en mi vanagloria personal, algo dentro de mi sien gritaba que tenía que ser yo, y no otro, ese gran mago a quien salvar mediante el sacrificio de alguien en que la oscuridad ya había hecho mella.