La noche aún no se había despejado por completo cuando salí de mi despacho. La calma que había seguido a la confrontación con Severus Snape parecía más pesada que cualquier tempestad, como si el mismo aire estuviera cargado de las preguntas que me acosaban. Sabía que no podía quedarme en mis pensamientos por mucho más tiempo, necesitaba hacer algo para despejar mi mente, o al menos para mitigar la opresión que sentía en mi pecho.
Así que tomé el camino hacia los establos. Sabía que allí, en medio de sus criaturas, Hagrid podría ofrecerme la distracción que necesitaba. El guardabosques, al contrario de mí, encontraba consuelo en la naturaleza, en lo que otros veían como monstruos, pero él veía como criaturas dignas de respeto, de cuidado, incluso de amor. Para Hagrid, lo que el mundo consideraba terrorífico era simplemente otro ser vivo, otro ser que, de alguna manera, merecía compasión.
Cuando llegué a los establos, la penumbra aún envolvía la escena, y pude escuchar el retumbar de pesados pasos provenientes del interior. Hagrid estaba allí, rodeado por la peligrosa majestuosidad de una criatura que muchos, por su apariencia, considerarían un monstruo: un *hipogrifo, con plumas grises y ojos fieros que reflejaban la intensidad de una tormenta inminente. El animal estaba inmóvil, con su enorme cuerpo tenso, sus alas extendidas con una elegancia salvaje, tan poderosa como peligrosa.
"Ah, Albus," dijo Hagrid con su voz profunda, llena de cariño. "Mirá lo que encontré, un buen ejemplar, ¿eh? Aunque algunos lo temen, este aquí es un hipogrifo noble. Tiene mucha fiereza, pero también un gran corazón."
El hipogrifo, al ver mi presencia, levantó la cabeza con desdén, mirando con esos ojos dorados que parecían escudriñar el alma. Un leve temblor recorrió mi espina dorsal. Sabía que esta criatura podía ser impredecible, que sus garras podían cortar más rápido que cualquier hechizo, y que su mirada, si no se manejaba con respeto, podía ser letal. A pesar de ello, el gesto de Hagrid hacia ella, de tomar con suavidad una de sus plumas con sus manos enormes, me sorprendió por su calma.
"Es curioso, Hagrid," comencé, observando cómo la criatura movía su cabeza de un lado a otro, claramente alerta, pero aparentemente tranquila en la presencia del guardabosques. "El mundo tiene una extraña forma de juzgar lo que no comprende. Cuántas veces hemos visto criaturas tan poderosas, tan magníficas, y hemos optado por temerlas en lugar de entenderlas."
"Exacto, profesor," respondió Hagrid, sin apartar su mirada del hipogrifo. "La gente no ve lo que hay dentro, solo lo que está en la superficie. Y si algo es diferente o extraño, lo rechazan sin más. Pero yo siempre he dicho que hay belleza en todo... en todas las criaturas. Si uno tiene paciencia para verla."
En ese momento, una sombra pasó por mi mente, una figura que ya no era una criatura, pero que había estado perdida, condenada a la monstruosidad en los ojos de muchos: Severus Snape. ¿Acaso yo, al igual que el resto del mundo, había sido incapaz de ver la belleza en él? ¿O más bien, había sido incapaz de ver su humanidad? La mente humana puede ser tan cruel al rechazar lo que no puede comprender.
"Hagrid," dije, mi voz más seria ahora, mientras observaba al hipogrifo que levantaba el cuello con arrogancia, como si aceptara por fin mi presencia. "¿Alguna vez te has preguntado si hemos cometido un error al juzgar ciertas criaturas? Algunas de ellas... de hecho, muchos las consideran malditas, monstruosas. Pero yo... yo he comenzado a preguntarme si no hay algo más... algo más profundo que se nos escapa."
El rostro de Hagrid se iluminó, como si una chispa de entendimiento le hubiera alcanzado. Miró al hipogrifo, luego levantó la vista hacia el cielo estrellado, como si buscara en la vastedad de la noche una respuesta que él mismo no sabía si poseía.
"Sí, yo siempre me he preguntado si lo que vemos es todo lo que hay que ver. Si la belleza, la bondad, se limita solo a lo que es fácilmente comprensible... o si, a veces, lo que creemos ser monstruoso tiene algo hermoso en su interior. Algo que necesitamos mirar más de cerca."
La conversación se quedó flotando en el aire entre nosotros, como las sombras que danzaban en las paredes de los establos. Y, aunque no lo mencioné en voz alta, lo que pensaba de Severus me llenaba de incertidumbre. Habría dado cualquier cosa por haberlo entendido antes, por haberlo visto, por no haberlo rechazado tan rápido, tan rotundamente.
Mi mente voló nuevamente hacia la profecía, esa extraña y críptica visión que había escuchado años atrás: "Un gran mago puede salvar la vida de un gran mago...". La frase retumbaba en mi cabeza. Y me preguntaba, una y otra vez, si aquella parte de la profecía podría, de alguna manera, referirse a Severus. Un gran mago, sí, sin duda, pero uno marcado por la oscuridad, el que había sido el más fiel de los mortífagos, el que había sembrado el caos y la muerte durante tantos años. ¿Podría alguien como él salvarse? ¿Podría alguien tan profundamente hundido en la oscuridad, tan roto por su propio rencor y culpa, redimirse?
Recordé sus ojos, los ojos vacíos de aquella noche, llenos de desesperación, de una desesperación tan profunda que me dolía verlo. Recordé su grito, su imploración. Sabía que el hombre que había estado ante mí no era un monstruo; era un alma perdida. Y, de alguna manera, se sentía como si, al darle la espalda, yo también estuviera abandonando la posibilidad de redención.
"Hagrid," murmuré, sintiendo la necesidad de compartir lo que me atormentaba. "¿Crees que alguien puede... cambiar realmente? ¿Que una persona, tan rota como Severus, pueda hallar alguna vez la luz?"
Hagrid se quedó en silencio, como si meditara sobre mis palabras. Miró al hipogrifo, luego levantó la vista hacia el cielo estrellado, como si buscara en la vastedad de la noche una respuesta que él mismo no sabía si poseía.
"Profesor, yo creo que todo depende de lo que esa persona elija," dijo lentamente, con una sabiduría que siempre me sorprendía. "Lo que cuenta no es lo que hemos hecho en el pasado, sino lo que decidimos hacer con el presente... lo que decidimos hacer con las oportunidades que nos quedan."
Esas palabras se quedaron conmigo mucho tiempo, y mientras Hagrid seguía acariciando al hipogrifo con una confianza tranquila, mi mente comenzó a dar vueltas, más rápido, más ansiosa. Tal vez había una oportunidad para Severus, tal vez, solo tal vez, aún había algo dentro de él que podía ser redimido. O quizás, como las criaturas que Hagrid cuidaba, había una belleza oculta que nadie más había sido capaz de ver.
"¿Sabes, Hagrid?" dije con un suspiro, sintiéndome más ligero al compartir mis pensamientos. "Tal vez tenga razón... tal vez aún hay algo que podemos hacer."
El guardabosques me miró con una sonrisa bondadosa, y asintió con la cabeza, sin saber realmente lo que había comenzado a florecer en mi corazón.
"Tal vez, profesor, tal vez."
