El aire frío de la noche golpeó mi rostro mientras observaba el horizonte desde la Torre de Astronomía. Había pasado tanto tiempo en este castillo, viendo a los estudiantes crecer, viendo la magia florecer, y creyendo, con la convicción que solo un anciano podría poseer, que todo se resolvería en el final. Sin embargo, la fragilidad del destino, esa cadena de eventos que parece estar fuera de nuestro control, nunca había sido más evidente para mí que en este mismo momento.
La vida de Hogwarts había sido siempre una lucha, una batalla constante contra la oscuridad que se había tejido a lo largo de los siglos, pero ahora, esa lucha parecía llegar a su fin, y yo... yo estaba al final de mis fuerzas, al borde de la caída.
Un sonido inconfundible rompió mis pensamientos, el sutil destello del verde brillante de la maldición imperiosa, y luego, la fría oscuridad del Avada Kedavra me alcanzó, sin piedad.
Me sentí extraño, como si la muerte se alzara frente a mí, pero no con la fuerza arrolladora de un destino inevitable. No era un golpe directo de un enemigo cualquiera, sino la culminación de todo lo que había intentado evitar, de todos los errores que había cometido. Sentí el frío del hechizo atravesar mi pecho y, por un instante, estuve completamente suspendido entre la vida y la muerte. El universo parecía detenerse.
Así que este era el final.
Mi caída desde la Torre de Astronomía fue lenta, dolorosa, pero también, paradójicamente, serena. Caía, pero mi mente no se llenaba de pánico. Solo quedaba espacio para la reflexión. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Qué había fallado? ¿Cómo era posible que, en todo este tiempo, no hubiera previsto la complejidad de lo que estaba a punto de suceder?
La primera pregunta que surgió fue la más evidente: ¿Había hecho lo correcto?
Severus. Era él, el hombre que había sido mi confidente, mi amigo, el que hacía años que me servía fielmente, arriesgando su vida en un doble juego contra los mortífagos. El que ahora, con su varita aún caliente en la mano, me estaba enviando a la muerte con el hechizo que yo le había pedido. Todo lo que había hecho por mí, todos los sacrificios, toda la confianza que había depositado en mí, ¿habían valido la pena? ¿O era, de hecho, lo contrario?
Años atrás, cuando tomé esa decisión de intervenir, de hablar con Tom Riddle, creí que podría salvarlo, guiarlo hacia un destino distinto. No solo a él, sino también a Severus, a ese joven tan perdido en su propia ira y dolor. Pero en mi búsqueda por redimir a Tom, mi intervención solo había acelerado su descenso hacia la oscuridad. Traté de apartarlo de lo que había comenzado, lo alejé de la magia que lo seducía, creyendo que podría salvarlo. Pero fue el abandono de ese camino lo que lo llevó, irremediablemente, hacia el poder oscuro que siempre había anhelado.
Lo que en un principio había parecido una oportunidad, una posibilidad de desviar a Tom hacia la luz, se había transformado en la semilla del mayor desastre: el nacimiento de Voldemort.
El mal que intentamos reparar con nuestras propias manos resultó ser peor que cualquier sombra que habíamos intentado evitar. Todo lo que hice para evitar la oscuridad se torció, y la oscuridad se alzó, más feroz y destructiva que nunca. Mis intentos de cambiar el curso del destino solo habían sido un presagio de lo que estaba por venir, como un ciclo interminable que se autoalimentaba y no podía ser detenido.
Y en todo este proceso, Severus, el hombre que había sido uno de los nuestros, el que había sido uno de mis alumnos, había caído. Yo mismo lo había arrastrado a ese destino, sin saberlo, sin quererlo, pero sin embargo, lo había hecho. Y ahora, en el último momento, me encontraba mirando el rostro de un hombre cuya alma había sido destrozada primero por sus propias decisiones y luego por las mías, un hombre que, aunque nunca lo supiera, había sido parte del sacrificio que finalmente podría poner fin a todo.
Al caer, mi mente viajaba hacia los innumerables que habían dado su vida en esta guerra. Los que creyeron en la lucha, los que se alzaron para desafiar a un monstruo que se había forjado a partir de sus propias ambiciones y temores. Muchos de ellos, jóvenes, inocentes, como los Potter. Y luego, las vidas de aquellos que nunca supieron que su destino estaba vinculado a un giro tan pequeño, pero tan fatal, en el tiempo.
Pero había algo en mi mente que se mantenía constante, un pensamiento que se entrelazaba con todo lo demás. Algo que ya había sospechado, pero que nunca había tenido el valor de confirmar. Severus y Voldemort. Los dos hombres que estaban destinados a ser la culminación de este drama. Ambos, a su manera, luchando por algo que nunca llegarían a comprender completamente.
Y aquí, en el último momento de mi vida, pensé que quizás lo único que había sido constante en este tiempo, lo único que había podido hacer, era esta: era mi sacrificio el que había sembrado la oportunidad de un futuro. Un gran mago moriría para salvar a un gran mago. La profecía se estaba cumpliendo, pero no al modo en que a mí me habría gustado.
La verdad era que, sin saberlo, nunca me había dado cuenta de lo que había unido a Severus y a Tom: el amor, aunque distorsionado, malinterpretado. En una vida hoy olvidada, Tom había sido el mentor de Severus, casi como un padre, una figura paternal que él deseaba, pero en esa vida no había podido salvar al pupilo. En otra vida, hoy bien recordada, era Riddle el que había roto su alma en mil añicos, como si ambos estuviesen destinados a no poder existir en paz. A pesar de todo lo que había hecho, a pesar de toda la oscuridad que los había separado, esa conexión que existió, una vez, nunca desapareció. Esa conexión, aunque distorsionada, era la clave para la salvación.
El Avada Kedavra hizo su trabajo, y el silencio me envolvió mientras caía. Pero lo que me dejó esta caída no fue solo el final de una vida, sino la reflexión sobre el camino que había tomado. Era, al fin y al cabo, la culminación de un ciclo. Todo quedaba en manos de dos hombres: Severus y Voldemort. Dos hombres que nunca sabrían que, una vez, habían sido uña y carne, padre e hijo, aunque ninguno de los dos lo comprendiera. Y mientras mi cuerpo tocaba el suelo, mi alma seguía aferrándose a una última pregunta, la única que ya no podía responder: ¿Era este el precio que debíamos pagar por haber intervenido demasiado en el destino?
