Hola, lamento la tardanza del capítulo. Recientemente volví a la universidad y estuve algo apurado. Espero que esto no comprometa la escritura del fic. Entré a un círculo de lectura de terror para intentar mejorar en ese aspecto y espero poder implementarlo en la historia.

Me gustaría saber si sienten que la historia está avanzando o ya me tardé mucho solo en un punto. Sus opiniones son importantes para mí y quisiera leerlas.

Sin más, nos vemos la próxima semana si no hay contratiempos. Ya acabé las lecturas que me distraían de escribir y estoy poniéndome al día con Danmachi. Sin más que decir, disfruten el capítulo.

(x)

A medianoche, en los callejones silenciosos de la ciudad, una figura solitaria deambula. Su piel, curtida por el sol y la batalla, parece absorber la tenue luz de las farolas, y su mirada ceñuda no busca nada en particular, pero tampoco deja de buscar.

En algún punto de su errar, hizo una pregunta al viento, al pasado o quizá a un dios que ya no responde: ¿Quién soy realmente? Pero la única respuesta fue el eco de sus propios pasos alejándose en la oscuridad.

Sus labios, que alguna vez pronunciaron juramentos, ahora están fríos como el hielo. Sus manos, que sostuvieron medallas y recuerdos, las encuentran cubiertas de polvo y olvido. La memoria es una traidora, y él, un condenado a perseguir sombras de lo que fue y nunca será.

"¿Qué me espera al final?"

En sus sueños, los rostros que antes le eran queridos se desvanecen, reemplazados por extraños que le sonríen con la crueldad de quien ha olvidado lo que es perder. Quizá el olvido es un regalo, una absolución piadosa, pero él no puede aceptarlo. Enterrar sus sentimientos con sus propias manos, renunciar a lo que alguna vez lo hizo humano... ¿será suficiente para pagar por la eternidad que le ha sido impuesta?

Ha recorrido el mundo con una única certeza: no es un hombre, sino un espectro. Un vagabundo olvidado por los años, atrapado entre la necesidad de recordar y el deseo de desaparecer. Ansía morir, pero las heridas del pasado no son suficientes para matarlo.

Y así continúa. Un paso tras otro, una batalla tras otra. Una vida condenada a repetir los mismos errores, una existencia atrapada en un ciclo que se cierra con cada despertar. Porque incluso si abre los ojos, el olvido lo espera... y con él, la verdad que se esconde en la oscuridad.

(X)

El sueño se había desvanecido, pero su efecto persistía como una marca ardiente en su mente. Lunaris despertó con el cuerpo tenso y la respiración entrecortada, como si hubiera corrido sin descanso a través de un bosque de sombras. Su pecho subía y bajaba con dificultad, sus ojos recorrían la habitación con una mezcla de miedo y desesperación.

Algo dentro de él se estaba desmoronando. Recuerdos, o tal vez solo fragmentos, se aferraban a los bordes de su conciencia, como ecos de un tiempo que no podía ubicar. Imágenes sin rostro, voces apagadas por la distancia, sentimientos que lo invadían sin previo aviso. Era como si hubiera pasado años—siglos incluso—sumergido en un océano de olvido, y ahora, de repente, la marea comenzaba a retirarse, dejando al descubierto escombros de una vida perdida.

Y en medio del caos, ella.

No podía recordar su nombre. Ni su voz. Ni siquiera su rostro. Solo una silueta borrosa, una presencia que se deslizaba entre los velos de su mente, dejando tras de sí una extraña paz. Cada vez que intentaba aferrarse a esa imagen, su corazón latía con fuerza, como si estuviera a punto de alcanzar algo invaluable… y al mismo tiempo, un temor profundo lo embargaba.

¿Por qué la olvido?

La necesidad de recordar se convirtió en un hambre insaciable, una ansiedad que lo devoraba desde dentro. Se cubrió el rostro con las manos, tratando de controlar el temblor que recorría su cuerpo. La sensación era insoportable, como si le hubieran arrebatado algo esencial y lo hubieran condenado a vagar incompleto, vacío.

Pero dentro de esa desesperación, había esperanza. Porque aunque los recuerdos se resistían, aunque su mente era un laberinto de cicatrices, aún podía sentirlo: ella estaba allí. Oculta en algún rincón de su memoria, esperando ser encontrada.

El sueño había dejado en su pecho una sensación de vacío, una herida invisible que latía con una angustia que no podía comprender del todo. No era amor lo que sentía por aquella figura etérea, o al menos no el amor que los poetas describían con dulzura. Era algo más profundo, más primitivo. Un anhelo.

Era la necesidad de un niño extraviado que busca el abrazo de una madre. No el de una mujer que lo amara, sino el de alguien que pudiera aceptarlo, que lo sostuviera en sus brazos sin importar las sombras que lo envolvían. En su interior se alzaba un miedo que no podía expresar en palabras: el temor de que, sin importar cuánto se esforzara, jamás encontraría ese refugio.

Y luego estaba esa ciudad.

No sabía su nombre, ni su ubicación. Solo la sensación de que la había pisado antes, de que sus pasos alguna vez resonaron en sus calles. Pero algo dentro de él le advertía que ahí estaba la clave. Su memoria era como un pergamino rasgado: imágenes sueltas, rostros sin nombres, emociones desprovistas de contexto. Si esa ciudad era real… si alguna vez había existido en su vida, entonces tal vez en sus muros se ocultaban las respuestas que tanto buscaba.

Pero había algo más.

Un presentimiento.

Como si su propia mente lo protegiera de recordar.

¿Por qué?

¿Qué había en su pasado que su subconsciente intentaba mantener encerrado?

Lunaris sintió su respiración agitarse. Apretó los puños, clavando las uñas en su piel, intentando anclar su mente en el presente. Pero la sensación persistía, sofocante, como un manto pesado sobre sus hombros. Estaba incompleto. Y cada día que pasaba sin descubrir la verdad, sentía que se deslizaba más y más hacia el olvido.

Si no hacía algo pronto…

Si no encontraba la forma de recuperar sus memorias…

Tal vez un día despertaría y ya no quedaría nada de él.

Lunaris aún no había escapado de su mar de pensamientos cuando una voz conocida lo sacó de su ensimismamiento. Silvia había llegado con noticias de la clínica, su expresión era difícil de leer, como si intentara medir su reacción antes de hablar.

—Sobre Iván… —dijo finalmente, con un tono más mesurado de lo habitual.

No fue necesario que continuara.

Lunaris entendió de inmediato.

Iván había muerto.

La noticia lo golpeó, pero no de la manera que habría esperado. No sintió pesar, ni tristeza… ni siquiera sorpresa. Solo vacío.

Tal vez era la lógica brutal de la mazmorra lo que lo hacía reaccionar así. Desde el momento en que habían sacado a Iván malherido, supo que su destino estaba prácticamente sellado. Sus heridas eran demasiado graves; si sobrevivía, jamás volvería a ser un aventurero. Tal vez, en cierto sentido, la muerte fue un alivio. Un descanso.

Y sin embargo, esa idea no lo reconfortaba.

No era arrogancia ni desdén por la vida de Iván. Simplemente… no sabía qué sentir. Hubiera esperado que la muerte de un compañero, aunque no cercano, removiera algo en su interior. Ira, frustración, luto… pero no hubo nada de eso. En su lugar, un sentimiento distinto, extraño, ambiguo.

¿Esperanza?

Se detuvo un instante.

¿Por qué esperanza?

No era que se alegrara de la muerte de Iván, pero su partida le hacía pensar en otra cosa: el descanso.

¿Cuánto tiempo llevaba sin sentirlo? La muerte de Iván le recordó que algún día, él también dejaría de vagar en la penumbra, dejaría de cargar con los recuerdos que lo atormentaban. La muerte no era el final… era la conclusión inevitable de una historia.

El problema era que la suya aún no tenía un cierre.

Silvia notó su silencio y entrecerró los ojos.

—No pareces sorprendido.

—No lo estoy —respondió Lunaris con voz neutra.

Ella asintió, como si comprendiera. Tal vez también estaba acostumbrada a estas pérdidas. Pero algo en su expresión le decía que no compartía su visión. Para Silvia, cada muerte importaba. Para él… era un recordatorio de algo más grande.

Una advertencia.

Un destino que tal vez también le aguardaba.

(x)

La lluvia caía con un murmullo constante, suave pero inexorable, como si el cielo llorara por aquellos que ya no podían hacerlo. Las gotas resbalaban por las paredes de piedra de la capilla, pequeña y oscura, como lágrimas que no encontraban consuelo. En su interior, el aire era denso, cargado de un dolor que no necesitaba palabras. La capilla estaba repleta de compañeros de la familia, aventureros que habían compartido risas, victorias y derrotas con Iván. Pero ahora, solo quedaba el silencio, un silencio que pesaba más que cualquier espada o escudo.

La madera del ataúd era simple, sin adornos, sin la grandilocuencia de un héroe legendario. Porque Iván no era un héroe; era solo un hombre, un aventurero que nunca llegó a la gloria, que murió como tantos otros antes que él. Sin canciones, sin estatuas. Solo el eco de su nombre en bocas temblorosas, en recuerdos que ya empezaban a desdibujarse.

Iris siendo la mas cercana al pallum estaba de pie junto al féretro, con los labios apretados, el rostro tenso por la impotencia. No lloraba, no aún, pero su expresión era la de alguien que contenía un torrente de emociones demasiado grandes para ser contenidas. Sus manos, fuertes y curtidas por años de batallas, temblaban levemente, como si lucharan por sostener algo que ya no estaba allí. A su lado, otros miembros de la familia murmuraban oraciones, recuerdos a medio decir que se ahogaban en sollozos. Cada palabra era un intento desesperado por mantener vivo a Iván, aunque fuera en la memoria.

Fausto no pudo sostener la compostura. Se aferró a los bordes del ataúd como si pudiera impedir que lo bajaran, como si con suficiente fuerza pudiera traer a Iván de noconvivio con el mas que por unos días pero para la psique del pequeño fausto represento el perder a un miembro recién encontrado de su familia. Sus nudillos blanquearon bajo la presión, y su respiración se volvió entrecortada, como si el aire le quemara los pulmones.

—No tenía que ser él… —susurró, la voz quebrada—. No tenía que ser él…

Pero la mazmorra no escuchaba súplicas. No había clemencia en las sombras que habían cobrado la vida de Iván, ni en la tierra que ahora lo reclamaba. Fausto sabía que se había ido, pero su corazón se negaba a aceptarlo.

Uno a uno, los aventureros se acercaron para dejar algo sobre el ataúd: una moneda, una insignia, un pedazo de tela teñido con el emblema de la familia. Pequeños tributos a una vida que se extinguió demasiado pronto. Cada objeto era un fragmento de lo que Iván había significado para ellos, un pedazo de su legado que ahora descansaría con él.

Y entre todos ellos, estaba Lunaris.

No sentía la pena que quebraba a los demás. No sentía la rabia ni la impotencia. Solo veía el descanso. Contempló el féretro con la melancolía de alguien que observa la llegada de la noche después de un día agotador. Iván había partido… y en cierto sentido, lo envidiaba. Su batalla había terminado. Ya no habría más heridas, más pérdidas, más preguntas sin respuesta. Lunaris se preguntaba si ese descanso sería tan dulce como lo imaginaba, o si acaso era solo otra ilusión.

Al final, cuando el ataúd fue bajado a la fosa, y la tierra comenzó a cubrir lo que quedaba de Iván, Silvia dejó escapar un sollozo. El primer llanto, la primera grieta en la fachada de dureza. Fue suficiente para que otros la siguieran. Las lágrimas cayeron como la lluvia, mezclándose con el barro que se acumulaba alrededor de la tumba. Cada lágrima era un adiós, un reconocimiento de que Iván ya no estaría allí para compartir el fuego de la hoguera, para contar historias de batallas pasadas o para reírse de las desventuras del día.

Y allí, entre la tristeza y el pesar de los vivos, Lunaris se encontró preguntándose:

¿Cuánto tiempo más antes de que llegue su turno?

La pregunta flotó en el aire, fría y despiadada, como un presagio. Lunaris miró a su alrededor, a los rostros de sus compañeros, a las lágrimas que brillaban bajo la luz tenue de las farolas. Sabía que, tarde o temprano, todos ellos estarían en el mismo lugar, bajo la misma lluvia, mientras el cielo lloraba por ellos. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Lunaris sintió el peso de la vida, no como un regalo, sino como una condena.

La lluvia siguió cayendo, suave pero inexorable, como si el cielo supiera que, en algún lugar, otro aventurero ya estaba listo para partir.

(x)

Iris mantenía su rostro impasible, una máscara de frialdad que apenas lograba ocultar el torbellino de emociones que la consumía por dentro. Pero quienes la conocían bien sabían la verdad. De todos, ella era quien más sentía la ausencia del pallum que ya no caminaba entre los vivos.

Él fue quien le tendió la mano cuando llegó a Orario sin más que su determinación y una mochila vacía. Cuando el hambre y el fracaso amenazaron con quebrarla, fue él quien, con una sonrisa tranquila, la llevó ante su diosa y le aseguró que tenía potencial. Su faro en la tormenta, su única certeza en un mundo de incertidumbre… y ahora él estaba muerto.

La mayoría aceptaba el destino como un mero accidente en la mazmorra. Eso le decían a la familia, eso susurraban en la vigilia fúnebre. Pero Iris sabía la verdad.

Lo había escuchado.

Había estado allí cuando Chad y Iván hablaban en voz baja, creyendo que nadie más los oía.

—¿Ya pagaste el impuesto de este mes? —la voz de Iván sonaba tensa, preocupada.
Chad había tardado en responder. Cuando lo hizo, su voz estaba apagada, vacía.
—No… aún no.

No había dinero. La familia ya había gastado todo en alimentar a los desgraciados huérfanos que se refugiaban en la granja de su diosa. Así que aquella incursión fatídica no fue solo una expedición cualquiera. No, ellos habían bajado a la mazmorra con un propósito: conseguir una moratoria con la familia de Soma.

Y lo lograron.

Pero esos malditos… se rieron.

Les dieron la moratoria con palabras llenas de veneno y luego, cuando ya creían estar a salvo, cuando ya estaban listos para abandonar ese piso… atacaron.

Fue una emboscada. Fría, calculada, despiadada. Los perros de Soma nunca dejan cabos sueltos.

Iris apretó los puños, sus uñas clavándose en su propia piel hasta casi hacerla sangrar. Sabía que el dolor no traería de vuelta a Iván, pero al menos la mantenía anclada al presente, impidiendo que la rabia la consumiera por completo.

No podía llorar. No podía permitirse romperse.

Pero tampoco olvidaría, Iván era, en la mente de muchos, la imagen de la perfección. No porque él mismo se considerara superior, sino porque su mera existencia parecía elevar a quienes lo rodeaban. Tenía un rostro armonioso, casi etéreo, con una belleza que no parecía hecha para la crueldad de la mazmorra. Pero no era solo su apariencia lo que dejaba huella. Era su alma.

Era alguien que daba sin esperar nada a cambio. Alguien que extendía la mano sin cuestionar si aquel que la tomaba la merecía. Su generosidad no era ciega, sino inquebrantable, nacida de una voluntad de hierro y un deseo genuino de ver a los demás florecer.

Pero había algo trágico en él.

Iván no buscaba la gloria, ni el poder, ni siquiera la simple supervivencia. Su vida parecía una sucesión de sacrificios silenciosos, de renuncias que nadie le pedía hacer, pero que él asumía con una sonrisa serena. No tenía el porte de un guerrero ni la ambición de un líder, pero quienes lo conocían sabían que su sola presencia bastaba para dar esperanza.

Muchos lo veían como alguien intocable, una luz inextinguible en la oscuridad de Orario. Y tal vez por eso su muerte dolía tanto. Porque si alguien como Iván podía caer, ¿qué esperanza le quedaba al resto?

Eso era lo que más dolía. No la pérdida en sí, no el vacío dejado por su ausencia, sino la brutal certeza de que su vida no significaba nada para quienes dictaban el destino de esta ciudad. Para Orario, Iván no era un héroe. No un nombre grabado en los anales de la historia, no una leyenda que inspiraría a generaciones futuras. Pero para aquellos a quienes ayudó, para los desamparados que encontraron refugio en su bondad, para los que vieron en él una chispa de esperanza en medio del caos… sí, él era un héroe.

Y sin embargo, se había ido.

No tenía el poder para proteger su propio ideal. No tenía la fuerza para hacer valer su existencia en un mundo donde solo los fuertes dictaban las reglas. Al final, no fue más que otra marioneta del destino, otro mortal sacrificado por las ambiciones de los poderosos. Una pieza prescindible en el tablero de un juego cruel. Su muerte no fue un accidente, ni una tragedia aislada. Fue un mensaje. Un recordatorio de que en esta ciudad miserable, la bondad es un lujo que solo los fuertes pueden permitirse.

Iris apretó los dientes, el dolor mezclado con una furia helada que se asentó en su pecho como una piedra. Miró el ataúd con una expresión de amargura, la moneda fría entre sus dedos antes de dejarla caer. El leve tintineo resonó en el silencio, un tributo mezquino para alguien que merecía mucho más.

—A partir de hoy —susurró, con una voz cargada de veneno—, juro que les haré pagar.

La familia de Soma había sellado su destino

(x)

A pesar de la lluvia que cubrió la ciudad durante la tarde, la noche se despejó, dando paso a un espectáculo celestial sobre Orario. En lo alto, la luna llena dominaba el firmamento, pero no era una luna común. Su fulgor no era el plateado habitual que acariciaba los tejados con dulzura, sino un rojo profundo, una luna carmesí que teñía el mundo con su resplandor inquietante.

Era un fenómeno extraño, uno que ocurría solo cada ciertos años. Su luz derramaba una hipnótica fascinación sobre la ciudad, haciendo que las sombras parecieran más largas, los susurros más densos, y los corazones más inquietos. Bestias y aventureros por igual sentían su influencia. Los instintos primitivos afloraban en la espesura de la noche; para algunos, un llamado a la caza, para otros, una invitación al desenfreno de la pasión.

Bajo ese manto escarlata, las criaturas de la mazmorra rugían con fiereza renovada, como si respondieran a una llamada ancestral inscrita en su sangre. Y en las calles adoquinadas de Orario, las parejas hallaban en su resplandor una excusa para perderse en el calor del otro, en un deseo que la luna misma parecía susurrarles.

Pero entre los que alzaban la vista al cielo aquella noche, no todos veían belleza. Para algunos, esa luna roja era un presagio. Unos ojos silenciosos que observaban desde las alturas, testigos de lo que estaba por venir.

La noche era un vasto océano de sombras teñidas de rojo. La luna carmesí dominaba el cielo como un ojo implacable que lo observaba todo, derramando su luz espectral sobre la ciudad y los campos circundantes. En ese resplandor sangriento, las flores del jardín nocturno parecían respirar, sus pétalos pálidos absorbiendo el brillo rojizo como si fueran criaturas sedientas de la luna misma. La fragancia que flotaba en el aire era embriagadora, dulce y afilada al mismo tiempo, como el filo de una navaja que corta con un susurro.

Lunaris se encontraba en medio de aquel paraíso infernal, rodeado de flores y sombras danzantes. Su pecho subía y bajaba con una respiración errática, y sus manos temblaban con una ansiedad voraz. Sentía el calor arder en sus venas, un fuego interno que clamaba por ser liberado. Su mente se llenó de imágenes de caza, de colmillos y garras, de sangre tibia salpicando la tierra. Lobos de pesadilla con ojos rojos lo acechaban en los rincones de su memoria, y en su alma, el instinto de lucha rugía con hambre.

Entonces, un peso ligero sobre su hombro lo sacó de su trance.

La calidez de una mano.

Giró la cabeza lentamente, con los músculos aún tensos por el frenesí latente. Y allí estaba ella.

Lyra.

Su melena rosada parecía reflejar el brillo de la luna, y sus ojos, siempre chispeantes con ese aire de descaro y travesura, ahora lo observaban con una mezcla de curiosidad y cautela. Ella había sentido algo en el aire, algo oscuro y afilado que provenía de él. Primero pensó que era el dolor por la pérdida de su compañero, pero al ver su mirada, supo que no era tristeza lo que lo dominaba. Era otra cosa. Algo que la hizo tragar saliva con nerviosismo... y un poco de emoción.

—Vaya, vaya... —murmuró Lyra con una sonrisa ladina, inclinando la cabeza mientras lo miraba de cerca—. Pensé que eras más del tipo "estoico y distante", pero ahora luces como un lobo hambriento a punto de lanzarse sobre su presa.

Lunaris no respondió de inmediato. Su respiración aún era pesada, y la energía feroz dentro de él no desaparecía. Sus dedos se crisparon, y por un momento, Lyra se preguntó si de verdad se lanzaría sobre ella. Pero no con violencia... sino con otra clase de hambre.

—No me mires así —continuó ella, acercándose apenas un poco más, con el descaro característico de quien juega con fuego solo para ver hasta dónde puede llegar sin quemarse—. Podría malinterpretarlo.

Lunaris cerró los ojos un instante, como si buscara recuperar el control. Su voz, cuando habló, sonó ronca.

—Deberías alejarte.

Lyra arqueó una ceja y cruzó los brazos bajo su pecho, enfatizando su postura confiada.

—¿Y si no quiero?

Hubo un breve silencio.

Luego, Lunaris dejó escapar un suspiro largo y cansado, como si esa simple interacción hubiera drenado el frenesí de su cuerpo. La expectación en sus ojos se disipó poco a poco, reemplazada por algo más... humano.

Lyra lo notó.

Y sonrió con triunfo.

—Sabía que podía detenerte —dijo con un tono burlón, dándole un golpecito ligero en la frente con un dedo—. No necesitas correr a la caza para calmarte, ¿sabes? Hay otras formas de sofocar el fuego que tienes dentro.

—¿Y qué sugieres? —preguntó Lunaris con una leve nota de advertencia en su voz.

Lyra fingió pensarlo, luego encogió los hombros.

—Un trago, una buena conversación... o tal vez solo compañía. A veces, no necesitas perderte en la oscuridad para encontrar paz.

Lunaris la miró en silencio por un largo momento. Luego, sin decir más, desvió la mirada hacia la luna carmesí y dejó que el aire nocturno enfriara su piel.

La luna seguía allí, tentadora y cruel. Pero ahora, su llamado no era tan fuerte.

Y todo gracias a una chica de lengua afilada y sonrisa descarada.

(x)

La noche había caído sobre la granja con una calma engañosa. Lunaris, con la mente aún agitada por el frenesí de la luna carmesí, se arrojó sobre su cama en un intento de acallar el fuego en sus venas. Cerró los ojos, pero en cuanto lo hizo, una sensación ominosa se arrastró en su subconsciente.

No sintió el alivio del descanso. No sintió la suavidad del sueño.

Sintió una caída.

El vacío lo envolvió como una prisión sin paredes, una oscuridad líquida que lo tragaba mientras descendía. Alrededor de él flotaban fragmentos de ojos, pálidos y fríos, observándolo con una curiosidad inhumana. Cada parpadeo ajeno se abría y cerraba en intervalos irregulares, y entre esos destellos, un aullido desgarrador retumbó en el abismo.

Era el grito de algo inmenso. Algo que no pertenecía a este mundo.

Lunaris sintió su cuerpo tocar tierra de golpe. No fue un impacto violento, sino una llegada silenciosa y repentina, como si el mundo mismo lo hubiera depositado en su nuevo dominio. Se incorporó con pesadez y sus ojos recorrieron el paisaje.

Estaba en un cementerio, aunque no como los de Orario. Las lápidas se alzaban torcidas, deformadas por el tiempo y la locura. La niebla cubría el suelo como un velo espectral, y más allá, bajo una luna gigantesca y carmesí, se erguía una catedral en ruinas. Sus torres parecían garras retorcidas apuntando al cielo, y de su interior provenían los gruñidos de una bestia colosal.

Lunaris no tuvo tiempo de reaccionar.

Un estruendo hizo temblar la tierra. La puerta de la catedral se hizo añicos y, desde su interior, emergió una abominación.

Una criatura gigantesca, deforme, de pelaje gris y mugriento. Sus extremidades eran largas y retorcidas, sus garras semejantes a cuchillas. Pero lo más aterrador era su rostro. Aún conservaba vestigios de algo humano, aunque su boca estaba desfigurada en una mueca de dolor, y sus ojos inyectados en sangre brillaban con un odio indescriptible.

Era la Bestia Clérigo.

El monstruo rugió con una furia primitiva, y en su grito, Lunaris sintió la desesperación de un ser que alguna vez fue humano y que ahora estaba atrapado en su propio cuerpo, condenado a la locura.

Pero no hubo tiempo para la compasión.

La Bestia saltó con una velocidad imposible para su tamaño, levantando una ventisca de polvo y huesos. Lunaris apenas pudo rodar a un lado antes de que aquellas garras impactaran el suelo, dejando grietas profundas en la tierra.

Instinto. Caza.

Sin entender cómo, sintió su cuerpo reaccionar. Su mano se cerró sobre el mango de una espada que no recordaba haber tenido, una hoja larga y serrada como los colmillos de una criatura hambrienta.

La Bestia giró su cabeza de manera antinatural y cargó de nuevo, embistiendo con una ferocidad inhumana. Lunaris levantó su arma y la enfrentó.

El combate comenzó.

Era una danza entre el instinto y la locura.

Cada golpe de la Bestia hacía temblar el suelo, cada zarpazo rasgaba el aire con un chillido penetrante. Lunaris esquivaba con precisión mortal, sus sentidos elevados más allá de lo humano. Cada contraataque que lanzaba era recibido con un rugido ensordecedor, pero la Bestia no retrocedía. No sentía miedo. No sentía dolor.

Pero Lunaris tampoco.

En medio del frenesí, por un instante, sintió algo extraño. No terror, no ira.

Emoción.

Era como si esta batalla estuviera escrita en su sangre. Como si, en algún punto olvidado de su existencia, esto ya hubiera ocurrido antes.

Su espada perforó el costado de la Bestia. Un chillido monstruoso rasgó la noche.

Y entonces, la luna carmesí pareció sonreír.

La Bestia, en un último acto de furia, lanzó un alarido que resonó en los cimientos del mundo onírico. Su cuerpo se contorsionó y un torrente de luz roja surgió de su carne, desbordándose como una marea viviente. Lunaris sintió el peso de la energía que lo envolvía, atrapándolo en su abrazo sofocante.

Entonces, el suelo bajo sus pies se agrietó.

Un crujido, profundo y desgarrador, se extendió como una maldición.

El cementerio comenzó a colapsar. Las lápidas se partieron, los árboles se retorcieron como si gritaran en agonía, y el mundo entero pareció resquebrajarse en fragmentos. Lunaris intentó moverse, pero su cuerpo no respondía. Una fuerza invisible lo sujetó, arrastrándolo al abismo que se abría bajo él.

La caída fue inmediata y aterradora.

No era una simple sensación de descenso, era algo más profundo, más primitivo. El vacío lo consumió, y en su interior, algo despertó. Sombras amorfas reptaban a su alrededor, susurrando en idiomas olvidados. Siluetas distorsionadas de criaturas imposibles se deslizaban entre las tinieblas, sus formas apenas distinguibles. Ojos, cientos de ellos, parpadeaban en la oscuridad, observándolo con una insaciable avidez.

Lunaris intentó gritar, pero su voz se ahogó en el vacío.

El descenso parecía no tener fin. Su mente comenzó a fragmentarse entre el miedo y la confusión. No sabía si estaba cayendo o si el mundo entero se estaba desplomando sobre él. La luz de la luna carmesí, antes omnipresente, se desvaneció, reemplazada por un brillo opaco y mortecino que iluminaba con parpadeos erráticos.

Y entonces, lo vio.

En la distancia, como una isla flotando en medio del caos, un edificio solitario se alzaba en la penumbra. Era una construcción de piedra antigua y madera ennegrecida por el tiempo. Una torre con un reloj roto se erguía sobre su estructura, marcando una hora imposible. Faroles de fuego azul titilaban en la bruma, proyectando sombras irreales en las paredes desgastadas.

El Taller del Cazador.

Lunaris sintió su cuerpo ser lanzado hacia allí, como si la misma existencia lo reclamara. En el último instante, antes de impactar contra el suelo, la oscuridad se cerró sobre él.

Y despertó.

Pero no en su habitación.

El aire olía a ceniza y cera derretida. La madera crujió bajo su peso cuando intentó ponerse de pie. Se encontraba en una sala iluminada solo por la tenue luz de una lámpara de aceite. Estanterías repletas de libros, armas antiguas descansando en soportes metálicos, y una gran mesa de trabajo ocupaban la estancia. Más allá, una puerta entreabierta dejaba entrever un jardín cubierto por la niebla.

El miedo aún lo atenazaba, pero una certeza se instaló en su mente.

Este lugar era real.

Y no estaba solo.