Capítulo 233. Mosca insomne
Mientras cruzaba todo el segundo nivel durante una fracción de segundo, Makoto vio que Aubin de la Audacia había bajado con un saquito lleno de herramientas celestes, pero la preocupación por aquel grito le impidió detenerse a preguntarle.
El barco se construyó para albergar un pequeño ejército, así que entre los muertos y desaparecidos —aún no había ni rastro, ni noticia, del antiguo Sumo Sacerdote—, así como quienes velaban por los heridos y quienes compartían habitación con amigos y parientes, había algunos camarotes vacíos. Los que estaban en peor estado. Uno de los rincones del fondo, en particular, solo tenía un cuarto habitable, en ese momento bloqueado por una cascada de agua mágica. Fluía desde el marco hasta el suelo sin llegar a mojar la madera circundante, un prodigio fruto de la combinación de la magia y el cosmos a través del cual no se podía ver nada. Makoto, una estela de luz, la logró atravesar, pero sintió la resistencia de la barrera en todo su cuerpo.
Una vez dentro del camarote, no tardó en arrepentirse de haber entrado de esa forma. Minwu de Copa estaba allí, vistiendo el argénteo manto y ofreciendo disculpas al Sumo Sacerdote por no ser capaz de siquiera aliviar el dolor de quien tanto les había ayudado. Makoto fue consciente de eso porque vio la escena de reojo, mientras contemplaba cómo Cethleann se abrazaba en posición fetal. Las sábanas no le cubrían la espalda desnuda, donde unas rosadas cicatrices revelaban el punto desde el que deberían nacer las alas superiores de la guerrera celestial. No había gritado porque estuviese sufriendo un ataque, sino por alguna abominable pesadilla que le hacía sollozar como una niña desamparada. Enseguida, el santo de Mosca dio media vuelta, dispuesto a irse.
—¿Te he dado permiso para retirarte, Makoto de Mosca? —dijo Gestahl Noah, clavando sobre él el único ojo. La barrera acuática derramaba sobre el camarote una luz azulada que le daba a todo un aire místico, incluso al hombre que ya no vestía las prendas sacerdotales, sino las ropas sencillas que había traído desde su regreso al Argo Navis Negro—. Tú sí que puedes irte, Minwu de Copa.
—Su Santidad —saludó el maestro sanador del Santuario, inclinando la cabeza.
También se despidió de Makoto, solo que a él le dirigió una mirada severa. Luego, salió del camarote. La barrera se separó como una cortina lo justo para que pudiera pasar y que los rostros de otros tripulantes preocupados que habían oído el grito se vislumbraran. Makoto todavía podía ver los rostros boquiabiertos tras que las aguas volvieran a unirse; le esperaban más rumores y noviazgos imaginarios.
Gestahl Noah, entretanto, tapó a Cethleann con las mantas. Tras comprobar que la guerrera celestial estaba bien, se retiró a un rincón, usando un barril a modo de silla.
—De verdad que no te entiendo —dijo Makoto—, se supone que debemos dormir.
—Makoto de Mosca —le dijo Gestahl Noah, a través de la telepatía—, te ruego que tengas para con esta dama que duerme la consideración de un caballero.
Por un momento, el santo de plata no pudo sino mirar al Sumo Sacerdote, boquiabierto. ¿Podía ser tan descarado, aquel hombre? ¡Si hacía solo un día que él no había tenido reparos en pillarlo desprevenido! Las palabras de Eco le vinieron a la mente, sobre un Papa que no respetaba las horas de sueño. Tuvo que recordarse que entonces él era un guerrero que recién recuperaba la consciencia y al que le decían que se logró la victoria. Gestahl Noah y los otros caballeros negros que habían decidido usar las pocas horas de descanso para desfogarse lo hacían a las puertas de la batalla de sus vidas.
—Deja de fruncir el ceño, no la he tocado.
A pesar de lo irónico de la situación, Makoto decidió hablar por la misma vía.
—¿Demasiado joven para ti?
Gestahl Noah sonrió sin la menor vergüenza.
—Ella tiene cinco mil años de vida, yo diez milenios de recuerdos. Sí, demasiado joven, mas en condiciones normales habríamos disfrutado mucho. Ambos. No hay nada más placentero que yacer con una diosa, aun una menor, y según se dice es incluso balsámico. Sana el espíritu y revigoriza el cuerpo. Ellas también lo disfrutan, pues aman amar y ser amadas. Se habla mucho de los sátiros y de los dioses que las perseguían y demasiado poco de cómo las ninfas perseguían a todo lo que se les antojaba. Es decir, todo lo que no era feo, cosa que veo muy razonable. —A pesar del tono en absoluto puritano, cuando el Sumo Sacerdote miró hacia Cethleann lució en verdad preocupado—. Vi cómo Titania de Urano le cortaba las alas. Dejó tullido a un ser divino solo para desquitarse. Según parece, es irreversible. Ni siquiera es posible mitigar el dolor que ha venido padeciendo desde entonces.
A Makoto no le habían podido explicar todo cuanto había sucedido. No estaba seguro de qué tenía que ver Titania de Urano en ese viaje. Sin embargo, saber que Cethleann había estado sanando los cuerpos de todos a la vez que padecía un gran dolor, le hizo respetarla. Era un ejemplo más de que los dioses podían ser valientes como los hombres. Por alguna razón, acabó pensando en Aqua, la loca de Aqua, y sonrió.
—Procura no dejarla embarazada —observó Gestahl Noah—. Por lo que tengo entendido, vosotros dos trabajando juntos estáis a la altura de un santo de oro.
—No vamos a hacer nada —dijo Makoto—. No tenemos ese tipo de relación.
—Una diosa es hermosa de por sí. Las hijas de Nereo tienen fama de ser las deidades más bellas del océano, de ello pueden dar fe Peleo, padre de Aquiles, y Poseidón. ¿Acaso la mosca que salta de flor en flor tiene más autocontrol que todo un dios?
—¿De flor en flor? ¡Si solo he besado a dos mujeres en toda mi vida!
—Tres —corrigió Gestahl Noah, cruzándose de brazos.
El santo de Mosca habría jurado que sonaba celoso.
—Eso fue una estrategia… —dijo Makoto.
Frente a la fortaleza inexpugnable que era el cosmos de Hipólita, Makoto decidió besarla de improviso. Después recibió una paliza y más adelante se hicieron… ¿Amigos? ¿Compañeros? Makoto no estaba seguro. Solo sintió que había respeto entre ambos cuando se despidieron. Unidos habrían hecho mucho bien a la humanidad, fuera luchando en la Tierra, fuera luchando en los mares olvidados. Pero se separaron y cada uno libró sus propias batallas. Saber que la de Hipólita había sido contra Azrael le oprimía el pecho. ¿Habrían cambiado las cosas si hubiese estado presente?
—¿De verdad no te has acostado con ella? —preguntó Gestahl Noah.
Eso fue demasiado. Makoto corrió hasta el Sumo Sacerdote, le agarró de la camisa y alzó el puño, dudando solo al final. El hombre lucía imperturbable.
—Al menos respeta a los muertos —dijo Makoto, moviendo los labios.
—La santa de Cefeo está muy viva —replicó Gestahl Noah.
Sintiéndose un tonto, el santo de Mosca lo soltó y se llevó las manos a la cabeza.
—Estaba pensando en Hipólita.
—Hipólita me amaba a mí y solo a mí. Jamás dudaría de ella.
—Dudo que le hayas sido fiel —acusó Makoto, mirándolo desde arriba.
—Ella no esperaba que lo fuera. —Gestahl Noah se alzó, muy tranquilo, mientras proseguía—: Pasé seis mil años siéndole fiel a una mujer infiel. La fidelidad es una elección, no una obligación, siempre y cuando haya amor de por medio. Yo amaba a mi esposa, amaba a… —Sacudió la cabeza, cortando con brusquedad lo que iba a decir—. Ahora ya no hay nadie en el mundo a quien ame, así que no tengo por qué ser fiel. Reniego de la monogamia como la forma en que he de vivir. ¿Qué hay de ti, Makoto de Mosca? ¿Hay alguien en el mundo que justifique tu mojigatería? ¿Es la monogamia tu elección, de verdad, o solo te estás engañando?
—Tengo una novia.
—No es eso lo que te estoy preguntando.
¿Amas a alguien?
La pregunta apareció en la mente de Makoto, despertando un sinfín de recuerdos. Tantas aventuras, tantas luchas. Tantos amigos y enemigos, solo para que al final, la única persona que había amado apareciese como un fantasma sobre los mares del tiempo. Gestahl Noah asintió, comprensivo, como si pudiera leerle la mente. Como si hubiese visto en la única lágrima que Makoto derramó la identidad de quien había amado. Siempre iba a amar a esa persona, lo quisiera o no.
—Se ve que yo tampoco tengo a alguien por quien ser fiel —dijo Makoto, con voz baja—. Aun así, elijo serlo, porque me parece correcto.
Se dirigió hacia la salida. No quería despertar a Cethleann.
—Habría intentado amar a Hipólita, si hubiese sobrevivido —dijo Gestahl Noah, paralizándole por la franqueza de esas palabras—. Se lo propuse. Me rechazó.
—Escogió lo que era correcto, antes que lo que quería —entendió Makoto.
—Era una auténtica santa de Atenea —dijo Gestahl Noah. Aunque ambos hombres no se veían, dirigiendo uno la atención a la durmiente guerrera celestial y el otro a la salida, era ahora que de verdad se comprendían—. Yo lo habría abandonado todo por la persona que amo. El Hijo, Hybris, la humanidad, tal vez la misma diosa a la que venero desde hace diez mil años… Si tan solo mi esposa, Akasha de Virgo, hubiese podido corresponder mis sentimientos, nada más me habría importado.
De algún modo, Makoto supo que el hombre estaba siendo sincero.
—Así que eso es todo esto para ti. Venganza.
—Kanon de Géminis está al tanto. Puedes preguntárselo cuando regrese.
En lugar de responder, Makoto avanzó hacia la barrera. El agua, una vez más, se desplegó a ambos lados como una cortina. No había nadie en el pasillo.
—Nunca habrías podido ser el esposo de Akasha, ella ya estaba casada.
Le pareció una buena forma de dar por terminada esa conversación tan estrambótica. Que él supiera, el Sumo Sacerdote del Santuario no se inmiscuía en las relaciones de los santos de Atenea, entre otras cosas porque los santos de Atenea no deberían tener relaciones que los desviaran de su deber para con Atenea y el mundo. Pero el Santuario había cambiado mucho, influenciado por muchas personas únicas. Pensando en una de esas personas, el alocado asistente, Azrael, dejó atrás la barrera, que no se cerró lo bastante rápido como para evitar que Gestahl Noah la cruzase.
—Makoto —dijo el líder del Santuario con aire solemne.
—Escuché un grito y quise ayudar —explicó el santo de Mosca, girándose y frunciendo el ceño—. No soy un mirón, ni un ladrón de novias, ni nada de eso. Soy un santo de Atenea y creo que ya he tenido suficiente de esa actitud tan morbosa y extraña.
¿Le había pedido que se quedara en el camarote solo para burlarse de él?
—¿Has soñado con un centauro de plata? —preguntó Gestahl Noah.
—Sí —respondió Makoto, relajándose—. Imagino que Joseph nos está cuidando, incluso después de la muerte. —La idea le parecía agradable, reconfortante incluso, como tener a un ángel velando por él desde el cielo.
Claro que los ángeles no eran, al parecer, espíritus bondadosos velando por los humanos, sino soldados. Guerreros sagrados muy poderosos y muy longevos.
—De eso quería hablarte, no es posible que lo hayamos visto.
—¿Eh? ¿Por qué?
El santo de Centauro tenía esa habilidad. Extraer poder de los sueños de la gente.
—Porque Joseph fue destruido en cuerpo y alma.
—Los santos de Atenea hacemos milagros.
—El cuerpo de Garland de Tauro fue destruido también —prosiguió Gestahl Noah, implacable—. Regresó demasiado rápido, considerando que fue eliminado átomo a átomo, protón a protón. Alguien lo trajo de vuelta.
—¿Uno de los Astra Planeta? —preguntó Makoto. Pensando solo en ese momento que Caronte de Plutón estaba relacionado de forma intrínseca al Hades.
Por un momento, pareció que el Sumo Sacerdote se lo planteara. De hecho, por la expresión, reflejo de una sorpresa no calculada, bien podría ser la primera vez que sopesaba algo así. Makoto no lo entendía. ¿Qué otra fuerza podría actuar de esa forma, sin que nadie pudiera sentir quién y por qué hacía eso?
«¿Qué otra fuerza, salvo la de un dios del Olimpo? —pensó Makoto.»
—El santo de Orión te estuvo buscando hace poco, no podía dormir sin dejarte un mensaje. Un mensaje de allá abajo —aclaró Gestahl Noah—. Al parecer, Hipólita vino desde el Hades para echarle una mano a nuestro hijo. Te manda saludos.
—Suena propio de Hipólita —bromeó Makoto, pasando de una súbita alegría a la helada y gris prudencia, dura contención para las emociones—, pero…
En aquel viaje de locos, toda suerte de fantasías y pesadillas se habían vuelto realidad.
—Envía el mensaje desde los Campos Elíseos —observó Gestahl Noah—. En cuanto me lo dijo, fuimos al camarote de mi hijo. Ícaro confirma la historia. Y asegura haber visto a quien gobierna ahora el inframundo, en la Colina del Yomi.
Por un momento, Makoto esperó a que Gestahl Noah diera un nombre, en vano. La duda atisbaba en su mirada, de pronto muy inquieta.
—No sé —cabeceó Makoto—. ¿Por qué iba a ayudarnos un mandamás del Hades?
—Quién sabe, por ahora solo podemos teorizar —advirtió Gestahl Noah, palpándole el hombro—. No le des demasiadas vueltas. Basta con que estemos todos alerta.
—Sí. Gracias. —De verdad que nunca podría dirigirse a ese hombre como Su Santidad. Aun así, nunca era tarde para ser cordial. Ni el orfanato, ni el Santuario, habían educado a un salvaje. Makoto sabía mantener las formas—. Gracias por la advertencia. —El Sumo Sacerdote asintió, dando la vuelta. Relajado, dejó escapar un suspiro. ¡De verdad que había creído que el hombre escogido para representar a Atenea solo pretendía intercambiar bravuconadas sobre mujeres con él, como un sátiro cualquiera! Fuera cierta la experiencia de Lesath e Ícaro, o solo un delirio más de aquel viaje, un delirio en exceso positivo para la malévola entidad que enfrentaron, que le enviara los saludos de Hipólita con total normalidad demostraba que era un hombre con los pies en la tierra.
Estaba a poco de dar la vuelta cuando Gestahl Noah dijo:
—Ah, por cierto, quiero asegurarme de que has entendido bien mi consejo.
—Lo he hecho —dijo Makoto, asintiendo—. Estaré…
—Bien —interrumpió Gestahl Noah, mirándole por encima del hombro con un aire tan serio y solemne que daban ganas de solo cuadrarse y escuchar. No había ni un amago de sonrisa en el rostro del Sumo Sacerdote—. Porque si preñaras a nuestro noveno efectivo más valioso, la batalla se complicaría muchísimo. Contrólate.
Un cosmos de plata rodeó a Makoto de Mosca, haciendo flotar los cabellos. El puño, apretado, habría podido mandar a Gestahl Noah a través del cuarto. Tal vez.
—O partir la puerta —dijo Makoto, sonriendo.
—¿Qué puerta? —preguntó Gestahl Noah, girándose un momento. No estaba impresionado. Un santo de plata estaba a años luz de quien se codeaba con ángeles.
—Solo estaba recordando algo —dijo Makoto, relajándose. De pronto, cayó en la cuenta de algo—. ¿No serás el padre de Azrael, verdad?
Aquello por alguna razón, hizo reír al Sumo Sacerdote.
—Los santos de Atenea no son mis hijos —dijo Gestahl Noah—. Son mis hermanos.
Él asintió con gravedad, marchándose después a paso tranquilo.
La imagen de una puerta rota y un hombre y una mujer viéndole desde el cuarto humedeció los ojos del santo de Mosca durante el trayecto. ¡Cuán duros y crueles podían ser los buenos recuerdos!
En el camino de regreso, solo se detuvo una vez, frente al camarote ocupado por Ofión de Aries. Este, tan vendado como el propio Makoto, estaba sentado sobre la cama, viendo trabajar a Lisbeth y Michelangelo sobre las apagadas piezas del primer manto zodiacal. No le pasó desapercibido que este estaba bañado con sangre, ni que Aubin de la Audacia, de pie en una esquina del cuarto, se sostenía el brazo vendado. ¿La sangre de ángel podría servir para restaurar el manto sagrado, que solo la sangre de un santo de Atenea podía resucitar? ¿O era el guerrero celestial un alma destinada a ser santo de Atenea, tomada por el Olimpo debido a los vaivenes del destino?
Sin ninguna respuesta para ese episodio, Makoto llegó hasta el camarote que le tocaba. El mismo que ahora ocupaba Aqua también.
Apoyada en la pared, al lado del hueco de entrada, lo esperaba Geist.
—Hola, Makoto.
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Como una emisaria del dios Poseidón, Tetis no impidió a Aubin e Indech obrar como quisieran. Que el ángel de la Audacia decidiera ofrecer su sangre y que el ángel de la Tierra se decidiera a ejecutar el trabajo que a todos los cíclopes hijos del cielo se les daba bien no era asunto suyo. Oyó los pasos de Aubin al bajar de cubierta, oyó la tempestad que era el modo de trabajar el metal de Indech, todo como un simple rumor lejano, porque ella no estaba al cien por cien sobre la cubierta del Argo Navis Negro.
Estaba en otra tormenta muy distinta a los martillazos de Indech, rugientes y estruendosos como un trueno. Lo que parecían remolinos caóticos de pura energía aguamarina, se revelaban para la hija de Nereo como un abanico infinito de imágenes e información en el que las esencias del regente de Neptuno y Aquel que se desliza en la oscuridad se adivinaban. La lucha entre dos potencias de tal envergadura le estremecía el alma y el corazón. ¿Atesoró alguna vez ella el poder para luchar en esas lides? Más allá del cosmos y la magia, más allá de las leyes físicas que rigen el orden natural del universo. Ella había tenido que sacrificar una pizca de ese poder trascendental para llegar hasta ese punto, para destruir un arcano mayor. El Dunamis Pneuma, empero, no era algo con lo que podría contar ahora que había sacrificado la perla regalo de sus padres. Estaba indefensa, era como cualquier hombre mortal en medio del océano, entre las fuerzas del cielo y las del mar. Ambas inclementes, como suele ser la naturaleza.
Aun así, se obligó a mirar con atención, a reconocer aquellos poderes tan lejos de su alcance. Esa clase de fuerza era la que habría de enfrentar. Por esa clase de reto, ahora vestía las escamas de Ceto y el arcano mayor de Los Amantes, Hydros y Thessis.
La voz de Tritos resonó en la mente de la hija de Nereo:
—Podría rescatarte. ¿Lo sabes, verdad? También a tu hermana.
—Mi hermana huirá cuando la situación se complique. Yo no tengo esa opción.
Como la diosa Talasa, antes de la existencia de los Astra Planeta, era la mano derecha de Poseidón. Ahora no era nada, solo un general marino. Aun así, seguía enorgulleciéndose de pertenecer a la más noble ascendencia de los mares. No aceptaría las lisonjas del regente de Neptuno aun si quisiera hacerlo.
—Solo reza porque mi hermano no recurra a Elysion esta vez.
Dejó de hablar después de eso. Alrededor del barco, más allá de la burbuja, un millón de ojos estallaron, tiñendo de sangre la tormenta infinita que lo colmaba todo.
Tritos de Neptuno debía estar llevando la batalla muy bien si podía comunicarse con ella de ese modo. Eso, por supuesto, no la tranquilizaba. Incluso si Aquel que se desliza en la oscuridad era derrotado y sellado, les esperaba un reto terrible más adelante.
«Espero que no sea demasiado tarde —pensó Tetis.»
Si Caronte de Plutón recuperaba las fuerzas, no tendrían ni la más mínima posibilidad.
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Después de ayudar a Noa de la Nobleza a pasar una larga mesa de madera desde la bodega hasta el agujero que daba a cubierta, Bianca de Can Mayor dijo lo obvio:
—¿Cómo vamos a pasar esto por ese agujero?
—Poco a poco —dijo Kazuma, bajando la mesa al suelo para relajar los brazos. Encima del mueble, manufacturado por Triela de Sagitario a la velocidad de la luz si es que había que hacer caso a lo que Noa dijera, estaba buena parte de los alimentos que habían podido rescatarse, dispuestos en varios sacos—. Con mucho cuidado.
A la santa de Can Mayor no le dio tiempo a decir que solo quería ver qué decían. Con una sonrisa de niño grande, Noa dio una palmada y la mesa y todo el contenido se encogió hasta parecer poco más que un juguete para niños de tres años.
—¿Podrías ser un caballero y enfadarte tú primero? —pidió Bianca.
—Soy un caballero —dijo Kazuma, atónito—. Un caballero negro.
—Lo llevaré el resto del camino —dijo Noa, sosteniendo la mesa con todo y los sacos de comida con una sola mano—. ¡Gracias por la ayuda, chicos!
Debió pasar todo un minuto de tenso silencio antes de que Bianca y Kazuma siguieran a Noa a cubierta. Para ese momento, la mesa ya había recuperado el tamaño normal. Sin la gloria, con la misma túnica sencilla que llevaba la mayoría en el Argo Navis tras ceder los uniformes de entrenamiento, desgarrados por los combates, el ángel de la Nobleza parecía tan humano como cualquiera. Con el pequeño detalle de que era un mago capaz no solo de alterar el tiempo para que cualquier hijo del vecino se moviera más rápido que el rayo, sino de encoger y agrandar las cosas.
En contraste con el arrebato de cólera que sintió abajo, Bianca tuvo que contener las ganas de reír. Noa iba sacando los platos y cubiertos, manufacturados por las ninfas de Dodona, con una ilusión tal que enojarse con él no parecía tener sentido.
Kazuma sí que soltó un grito tremendo, sobresaltando no solo a Noa y Bianca, sino también a la nereida Tetis, que parecía perdida en la tormenta aguamarina que lo rodeaba todo. Pero no iba dirigido hacia el ángel de la Nobleza, responsable de hacerlos llevar una mesa con el temor de despertar a alguno de los que descansaban. Ni siquiera estaba enfadado, sino alegre. Viéndole con los ojos iluminados, la boca abierta y las manos sobre el tótem de la armadura negra de Cruz del Sur, Bianca se replanteó si eran los gestos de Noa los que debía comparar con un niño pequeño.
—¡Está como nueva! —decía Kazuma—. ¡Está mejor que nunca!
Todas lo estaban. A lo largo del Argo Navis Negro, de proa a popa, había cerca de cien armaduras negras en forma de tótem. Seguían sin ser negras, por mediación de Atenea, pero ahora presentaban todas unas tonalidades oscuras respecto a las originales, lo que se notaba más en las réplicas de los mantos de bronce. Tras echar un largo vistazo, anduvo hacia Kazuma, quien ya se había puesto la armadura de Cruz del Sur Negra y hacía ejercicios de desentumecimiento, dando puñetazos y patadas al aire. Era apuesto, desde luego, aunque eso ya lo había experimentado un par de veces. Ahora prestaba más atención al metal, de un plateado oscuro en que se adivinaban diminutos puntos de luz.
—Vuestros herreros estaban trabajando en el manto de Aries —observó Bianca, sin que Kazuma le hiciera el mejor caso—. ¿En qué momento…?
Debía estar volviéndose muy descuidada, porque ver a Indech de la Tierra sin una gloria vistiendo el enorme cuerpo con el que contaba le dejó sin habla. Como un genio sacado de las historias de Aladino, mostraba sin reparo el ancho pecho, sobre el que cruzaba unos brazos gruesos y brillantes como el bronce, solo decorados por unos brazales platinados con imágenes de toda clase de dragones en relieve. De cintura para abajo, ceñida por un cinto de esmeralda, caía un manto que le daba un aire muy digno, o fantasmagórico, en vista de que levitaba sin nunca rozar las aguas. El único ojo de Indech se movió hacia ella, removiendo los rizados cabellos que caían sobre él.
—¿Hice mal? —preguntó el ángel de la Tierra, inquieto—. Ni Aubin, ni esa numen me lo impidieron, así que solo seguí y seguí trabajando.
Mientras Kazuma negaba con efusión, Noa, lejos le susurraba a Tetis:
—¿Qué hay de todo eso de luchar con el propio cuerpo?
La nereida respondió, de forma lacónica.
—Mi papel es vigilar que no nos maten. Lo demás no me interesa.
Sin lugar a dudas, Tetis ni siquiera había prestado mucha atención a quién le cuestionaba. Quizá tampoco notó que estaban reparando armaduras negras en sus narices. Y Bianca no iba a ser la primera en reclamárselo, ni siquiera llegó a ser nunca subcomandante de la división Fénix como para defender las reglas ahora, justo ahora.
—¿Puedes hacer lo mismo con los mantos sagrados? —preguntó la santa de plata, planteándose por primera vez la idea de zurrar al enemigo llevando protección.
Indech de la Tierra no tardó en sacudir la cabeza.
—Los mantos sagrados son distintos a esas armaduras sin vida. Fueron bendecidos por la sangre de Atenea, algo que ningún otro dios ha hecho. No puedo adulterarlos.
Bianca no quería que adulterara nada, quería una armadura, pero en lugar de eso, dijo:
—¿Está bien que sacrificaras tu gloria por una chusma como nosotros?
No tenía sentido. Iban a matar a un astral.
—Usé plumas —replicó Indech—. Plumas de Myrddin, descompuestas en los materiales empleados por el dios de la forja para construir las glorias, entre los cuales está el oricalco. La gloria de la Tierra sigue existiendo y será reparada. Tal vez.
—Eso no explica mucho —advirtió Bianca. Que no viera la gloria de la Tierra podía explicarse con que hubiese adoptado forma de tótem, o que las vestiduras de los ángeles del Olimpo contaran con algún otro medio para ocultarse hasta que fueran necesarias, quizá en el interior del microcosmos del que hablaban los maestros del Santuario. No obstante, ese no era el problema. Por causa de ellos, unos completos extraños, Indech había perdido amigos y un tesoro invaluable, el Inagotable que Noa se había hartado de alabar allá abajo, ¿y encima los ayudaba ahora? ¿Para destruir a uno de los generales del cielo?—. Siento poder en esas armaduras. Mucho poder. ¿Te das cuenta de que esto podría ser considerado traición si logramos la victoria contra Caronte de Plutón? ¡Vaya, incluso si muriéramos como cucarachas tendrías fama de traidor de por vida!
Lo que, en ese grupo de gente extraña, probablemente era muchísimo tiempo. Siglos, milenios, tal vez eones, si es que el Olimpo no se limitaba a ejecutar a los traidores.
—Bianca tiene razón —dijo Kazuma—. Nos aliamos por necesidad, pero…
El cíclope alzó la mano, animándolos a callarse.
—Soy Indech, hijo del Espíritu Divino Sothis y el mayor de los cíclopes, Brontes, el último de sus amantes. Nada me apasiona más que trabajar el metal, nada me causa más inquietud que ver armaduras tiradas en el suelo como si fueran basura. Esa fue mi primera razón para ayudaros. —Bajó uno de los dedos—. Sentía curiosidad por lo que podría hacer con tan poco tiempo y materiales, nunca he sabido resistirme a un buen desafío. Incluso dejé que Aubin se llevara mis herramientas y confié todo a la fuerza de mi mente, restaurando esas armaduras y otorgándoles una pizca de la bendición divina de Myrddin. Esa es la segunda razón. —Bajó el segundo dedo—. No nos aliamos por necesidad, nos enemistamos por necesidad. Los terrestres lucháis por lo que es correcto, como lo hacemos los espíritus, es natural que hayamos combatido juntos al mal que es enemigo de todos. Mas yo no me habría atrevido a hacerlo, toda mi vida fui demasiado cobarde, tanto para decirle a Cichol que no creía que debiéramos abandonar a Seiros, cuanto para desafiar a Macuil cuando descendió a la locura. Uno de los vuestros me enseñó a ser valiente, vosotros nos ayudasteis a regresar al camino recto. Esa es la tercera razón. —Solo quedaban ya dos dedos—. Salvasteis el alma de Macuil, a mí, a Cethleann. Estoy seguro de que un día Cichol volverá a estar con nosotros. Esa es la cuarta razón y creo que vale por dos. —Aun así, solo bajó un dedo—. La quinta es que me dais mucha pena. La mayoría sois débiles y frágiles. Dependéis en exceso de los más fuertes, como yo siempre dependí de Seiros, Macuil, Cichol y hasta Cethleann.
El puño cerrado bien podría estar apretando la garganta de Bianca, porque esta no sabía que decir. ¿Aquel forzudo gigante se estaba identificando con ellos?
—Te doy las gracias —dijo Kazuma, inclinándose a la manera japonesa.
—Procura hacer arder tu cosmos —advirtió Indech—. El oricalco es mucho más pesado que una mesa, incluso después de combinarse con el gammanium.
Esta vez, Bianca rio con ganas. ¿De verdad habían tenido problemas por una mesa?
—El poder de esta armadura es increíble —dijo Kazuma—. Me sube la adrenalina al cien, no, al cien por ciento del cien por ciento. Lo difícil sería no hacer arder mi cosmos llevándola puesta. ¡Nunca he sentido nada igual! —admitió a viva voz.
—¿Nunca, eh? —dijo Bianca.
—Así es —respondió Kazuma—. Pienso que debe ser similar a cuando vistes un manto sagrado. Es una sensación única, ¿no es cierto?
—Por encima de un triste siete, sin duda —apuntilló Bianca.
Poco a poco, Kazuma iba dándose cuenta del malentendido, pero entonces se sumaron algunos más a cubierta, subiendo las rudimentarias escaleras con sacos de pan, carne y pescado congelados. Aerys de Erídano, Soma de León Menor Negro y Llama de Centauro Negro fueron los primeros en llegar, seguidos de Cristal de Bluegrad e Ícaro de Sagitario Negro, quien a pesar de los ojos quemados y de las vendas que le cubrían todo el cuerpo, sabía dar una impresión de poder con solo estar de pie, con las manos entrelazadas en la espalda y una mesa circular levitando por su telequinesis. De esa forma fue hacia donde estaban Bianca y Kazuma, acompañado por los demás.
El caballero negro de Cruz del Sur se cuadró enseguida.
—¡General!
—Tengo una queja —dijo Bianca enseguida—. Este caballero negro, no es ningún caballero. Asegura que vestir una armadura es la mejor experiencia que ha tenido.
—Entiendo. —Podía ser por la falta de ojos, pero el general de los caballeros negros estaba a años luz del chiquillo que quedó embobado por ver a una mujer desnuda. Lucía muy serio y formal, lo que sería muy atractivo si no fuese tan joven; un par de años mayor que Nico, como mucho—. Pido disculpas por el comportamiento de mi subordinado. Está siendo un tanto descuidado en esta misión. No es propio de él.
—¿Tomarás responsabilidad, general? —preguntó Bianca con tono meloso.
El silencio fue la única respuesta de Sagitario Negro.
—¡La comida se preparará aquí! —gritaba Noa.
Mientras la mesa, circular y más pequeña que aquella que el ángel de la Nobleza estaba preparando, descendía al suelo, Aerys de Erídano dijo:
—¿No querrás que preparemos la comida donde la gente va a comer, verdad?
Noa quedó tan boquiabierto como la propia Bianca, aunque ella tenía la máscara. Resultó que todos esos curtidos guerreros se habían reunido para tratar de recuperar la comida que se había congelado durante la incursión de Camus de Acuario. Cristal y Aerys dominaban dos extremos de temperatura, mientras que Llama y Soma se ocupaban de modularla, como si fueran una especie de microondas. Todo sin dejar de echar miraditas hacia el espectáculo que estaba dando Kazuma.
—Esto es ridículo. ¿Es que eres una niña? Mezclas peras con manzanas.
Fue inevitable resistirse a decir:
—¿Si yo soy una niña, en qué lugar te deja a ti, querido oficial?
El caballero negro de Cruz del Sur trató de replicar, pero las actividades de Aerys y los demás empezaron a llenar todo de vapor. No todas las piezas de comida podrían salvarse, algunas se habían cristalizado, pero había esperanzas para las que se congelaron como efecto secundario y nunca alcanzaron temperaturas extremas. Quizá a Kazuma, que trataba de excusarse con su superior entre toses violentas, le habría gustado que se abandonara todo ese lote frente al que Noa había reunido.
—Compórtese, oficial, esto no es ninguna guardería —respondió Ícaro con sequedad, antes de darles la espalda y dirigirse al ángel de la Tierra—. ¿Es obra vuestra lo que veo…? Lo que siento —especificó, denotando que podía percibir, tal vez a través de los sentidos extraordinarios que solo los mejores santos de Atenea habían alcanzado, el trabajo de Indech. También debía saber que el cíclope asentía, porque enseguida añadió, inclinándose—: No tengo palabras para agradecer vuestra ayuda, ángel del Olimpo.
—Basta con eso, con agradecer. Yo, por mi parte, siento no haber podido construir una armadura para ti. Tú no eres débil —aclaró Indech—. Nada que pueda proteger a un guerrero de tu talla se construye de cero en unas horas.
Irguiéndose, Ícaro de Sagitario Negro respondió como todo un guerrero:
—Mi cuerpo es mi espada y mi armadura. Lucharé a la manera de los santos de Atenea.
—Como un santo negro —comentó Soma con aire distraído, justo antes de que Aerys le diera un tirón de orejas por carbonizar un pollo entero sin querer.
Conforme pasaron los minutos, más tripulantes llegaron, haciendo eco de aquel título. No caballero negro, ni sombra, sino un santo de Atenea de otro color, un santo negro. No era la primera vez que se mencionaba en aquel viaje, pero a punta de repetirse estaba pasando de ser una mera fantasía a algo cierto, algo real. Grigori de Cruz del Sur, acompañado por Triela de Sagitario, trajo ropas para todos los de cubierta. Pavlin de Pavo Real, junto a Yuna de Águila Negra, Eren de Orión Negro y Yoshitomi de Lobo Negro se unieron a los Parrilleros, como acusaba fervorosamente Noa de la Nobleza después de pasarse un buen rato preparando platos de fruta, verdura y comida no perecedera. Mera de Lebreles ayudó en ese lado de la cocina, recordándoles a todos por qué fue durante un tiempo la más rápida en tierra entre los santos de plata. Cuando hubo suficiente gente en cubierta, incluso Tetis de Ceto tuvo que dejar de fingir que lo que pasaba alrededor no le importaba y se animó a aportar su granito de arena.
—Será gota de agua —dijo Noa, viéndola formar el agua que se usaría para hervir las patatas. Al lado, Zaon de Perseo cortaba la verdura a una velocidad tremenda, dejándola en un cazo en el que los poderes mentales de Margaret de Lagarto formarían una salsa.
—Estoy segura de que la comida necesita más que media hora para reposar —advirtió Bianca de Can Mayor, un poco más relajada con Kazuma de Cruz del Sur Negro tras ver que la mayor parte de los caballeros negros parecían tener por amantes las nuevas armaduras—. ¿Estamos preparando la cena de la victoria con antelación?
—Soy mago —dijo Noa, como si eso explicara todo. Ya que la santa de Can Mayor lo miraba, añadió—: Puedo hacer con la comida lo mismo que hice con vuestros cuerpos.
—El ángel de la Conveniencia —asintió Bianca.
No dejó que Noa le recordase que era el ángel de la Nobleza. Antes, se dedicó a buscar al más fuerte de los caballeros negros. Le había perdido la pista desde que cortaron juntos los condimentos, justo cuando creyó que iba a superar su resistencia.
«Jugar con un muchacho solo por verlo reaccionar. Poner celoso a un amante que nada te debe. Y quizá por darle sabor a la celebración de la victoria.»
Tal vez Bianca de Can Mayor sí que era un poco niña, después de todo.
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Entre los tripulantes del Argo Navis Negro, los hubo que volvieron a cubierta para ayudar a preparar la cena pasada la primera y segunda hora, pero algunos aprovecharon aquel necesario tiempo de descanso. Para llorar en soledad a los muertos, para seguir soñando, para reposar y recuperarse de las heridas. Y luego estaba Makoto.
Mucho antes de que la gente empezara a salir de sus camarotes, él estaba frente a quien menos esperaba ver. Geist, la enmascarada sombra de Ofiuco.
—Me he quedado dormido —lamentó Makoto.
Era una explicación plausible, mejor que la alternativa.
—¿No crees que es muy tarde para llorarme, Makoto? —dijo Geist, haciendo una perfecta imitación del sonido de deslizamiento del enemigo.
Antes de que pudiera responder, oyó unos pasos. Sin pensar, el santo de Mosca la tomó del brazo y se adentró en la habitación. Viendo que no había nadie, supo que era un sueño. Tal y como estaba Aqua no iba a ponerse a dar un paseo nocturno.
—¿Buscando a alguien? —rio Geist.
Más allá de la puerta, todo se veía borroso. Ofiuco Negro tenía un don para la ilusión.
—Sí —respondió Makoto—. Es tonto llorarte ahora. Ha pasado mucho tiempo desde que moriste. Desde que yo te maté con estas manos —reconoció, alzándolas.
—Meses —asintió Geist.
En cualquier calendario sería así, pero para Makoto era distinto.
—Se sienten como años. Toda una vida. He vivido muchas aventuras. Me han dado paliza tras paliza, no tengo ni la más remota idea de cómo sigo vivo. Pensaba que Minwu de Copa me había mirado mal por inoportuno, pero… —Calló. Geist lo miraba en silencio, bien protegida tras la máscara, lo que tanto podía significar que lo escuchaba con atención como que esperaba que fuera al grano—. No he tenido tiempo de llorar tu muerte. No me han dejado detenerme a pensar en todo lo que pasaba. Como el río que nos ha llevado desde la Tierra hasta los confines del universo, los acontecimientos me arrastraban sin que yo pudiera resistirme.
—Suena a que los dioses te aprecian —observó Geist con demasiada emoción.
—Serían unos dioses muy raros, esos dos —rio Makoto—. Azrael me ponía de los nervios con sus ocurrencias. Creo que acabé en la división Fénix para mantenerme lo más alejado de él. Aun así, Akasha de Virgo se las apañó para que trabajáramos juntos. Tejedora de Planes —paladeó el título, dándose cuenta de lo enmarañado que estuvo en las tácticas de quien acabara ascendiendo al trono papal. Nunca había sospechado algo así antes, porque, ¿qué podía aportar él a los planes de una santa de oro? No era nadie entonces. En la guerra entre vivos y muertos no fue nada más que el postre del alma de un gigante—. Me uní a los caballeros negros por órdenes de la Bruja, eso llevó a la obtención del Ojo de las Greas y el posterior pacto con Poseidón. El ánfora de Atenea se abrió, liberando al dios del mar, pero eso era algo secundario para la Tejedora de Planes, ella ya estaba pensando en que la única forma de derrotar a un enemigo inmortal era sellarlo. Si yo fui escogido para esa misión porque Akasha de Virgo se lo sugirió a Lucile de Leo, debió ser por algo también, para conseguir alguna cosa que no puedo imaginar. ¿Tal vez solo necesitaba que Azrael tuviera un amigo?
Los dos rieron a la vez. Sonaba absurdo.
—¿La odias? —dijo Geist—. Ella te puso en mi camino.
—En eso se parecía a los dioses —observó Makoto—. Se marca un objetivo y luego empieza a tejer. Los dos años en Hybris, la misión en Bluegrad, la isla de las Greas, la batalla en Reina Muerte… Fui yo quien decidió abogar por ella ante el Juez, pero esa decisión fue fruto de unas experiencias que tal vez ella puso en marcha. ¿Debería sentirme manipulado, renegar de todas esas experiencias? Es como con los dioses —reiteró, sonriendo. Los ojos apuntaban el techo, la mirada iba más allá, lejos de la burbuja que los protegía y de la tempestad que unificaba el cielo y la tierra del camino que navegaban—. Incluso si toda nuestra vida sigue el guion que ellos escribieron, somos nosotros los que la experimentamos. Yo decidí defender su causa, hacerme amigo de Azrael y amarte a ti. Geist, pude conocerte de verdad porque ella me puso en tu camino, solo por eso sé que no podría odiarla de ningún modo.
—Ya veo. —Geist miró hacia arriba, acaso también anhelando el cielo—. Eso explica por qué no aparecí en el barco para atormentarte. No sientes remordimientos.
—Ya sea algo planeado por Azrael, Akasha o los dioses, nunca tuve tiempo de tenerlos —decía Makoto, siendo consciente cada vez más de lo reales que eran esas palabras—. Salté de aventura en aventura, sin que la culpa pudiera consumirme.
En un gesto inesperado, Geist le acarició la mejilla, dibujando con los dedos la línea que aquella lágrima solitaria había dejado cuando Makoto hablaba con Gestahl Noah.
—¿Puedo irme tranquila, entonces? ¿Me dejarás marchar?
Makoto le agarró el brazo, impidiendo que se apartara.
—Dudo que pueda hacer eso. Yo creía que los santos de Atenea no podían ser personas.
Una idea de lo más peregrina. Habría sido normal reírse de algo así, pero no hubo risa.
—Los santos de Atenea seguís siendo humanos.
—Ahora lo sé —asintió Makoto—. Eso es lo que cambió en mí. No he actuado así porque alguien dirija mi camino, sino porque mi forma de ver el mundo cambió, por un par de personas maravillosas. Si nunca hubiese conocido a Azrael, mi experiencia como espía en Hybris no habría sido posible, nunca habríamos conectado. Pero las cosas se dieron como se dieron. Soy Makoto de Mosca, santo de plata del Santuario de Atenea, y también soy Makoto, una persona más. La misma persona que te amó y que te asesinó. Tu recuerdo no me atormenta, Geist, porque aunque te quise con todo mi corazón, acepto mis pecados. Lo que vivimos, lo que fuimos, son parte de mí.
—Está bien, entonces me quedaré contigo —dijo Geist. Liberada, bajó la mano hasta el pecho, colocando la palma sobre el corazón—. Y te veré retozar con otras mujeres.
Ante esas palabras, Makoto no pudo sino decir:
—Gracias.
—Oh, ¿ni siquiera vas a negar tus travesuras, Mosca?
Se hizo el silencio entre ambos. Recuerdos de toda una vida flotaban en el ambiente.
—¿Puedo pedirte una cosa? —dijo Makoto—. ¿Antes de que te vayas?
—Todo lo que desees esta noche, se hará realidad —respondió Geist—. Por atesorarme a mí, que he muerto, en tu corazón. Por tu forma de amar, haré cualquier cosa.
El camarote se llenó de una neblina mística, presagio de magia y prestidigitación. De pronto, Makoto fue consciente más que nunca de que estaba en un barco, rodeado de agua. Le pareció que aquel camarote era una isla en medio del mar. Una isla gris.
Tomó con ambas manos el rostro de la muchacha, quien lo miraba en silencio.
—¿Podría ver tu rostro una vez más, Aqua?
Notas del autor:
Shadir. En cierto modo, descansan los guerreros, los lectores y hasta el autor. No todo pueden ser grandes batallas, una detrás de otra. Pienso en el contraste entre el manga de Saint Seiya y su adaptación animada, bastante grande sobre todo en el comienzo. No son rellenos muy queridos (a diferencia de Asgard, que es polarizante: los hay que lo aman, los hay que lo odian), pero en cierta manera son respiros que ayudan a dar vida a la relación entre las protagonistas. De ahí que quisiera homenajearlos en mi historia.
