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episodio 13

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La había obligado a besarle. Ella cortaba la comunicación telepática con él y lo que a Jacob le pedía el cuerpo era besarla. Estupendo.

Su espalda se erizó; el recuerdo de esa electricidad, de la suavidad de Leah... Mezclada con sus lágrimas. Aquello no estaba bien. Jake no supo qué le había pasado por la cabeza. Nada, estaba claro que nada. Tan solo echaba de menos oírla, quiso dejar de sentirla lejos, y... Mierda. Sentía que llevaba una espada atravesada en la garganta. Ahora que sabía lo de Harry... Perder a su padre, transformarse, entrar en la manada de su ex... ¿Todo en una semana? ¿Pero por qué pasar el dolor a solas? ¿Porqué aislarse siempre? Ni siquiera sabía si ella estaría allí hoy, o si se habría ido, como tantas veces. Como la última.

Pero al atravesar el final del bosque lo supo: su olor le llenó los pulmones. Aquello otras veces le había crispado, esta vez le llenó de alivio. No se había dado cuenta de que contenía el aliento.

—Venga ya—rebuznaba Quil mientras corría junto a Embry, empujándole para poder recibir la pelota.

Pero Jacob tuvo la certeza de que Leah, de espaldas a él, también había percibido su olor. Inmersa hasta entonces en el partido, en cuanto lo detectó frenó en seco, haciendo que Seth brincara de alegría.

—¡Mía!—gritó entusiasmado, robándole el balón a su hermana y marcando en la portería improvisada.

Ninguno de los dos se miró.

Bajo el escrutinio de Paul, que acababa de llegar transformado entre los árboles, Jacob se encaminó al interior de la casa de Emily y Sam. ¿Le dejaría Leah escucharla ese día cuando se transformaran? ¿Se transformarían? ¿Qué pensaría de él? ¿Del día anterior? ¿Qué pensarían los demás? ¿Qué diría Sam?


Tras vaciar las bandejas llenas de comida casera, uno a uno cada miembro de la manada se había vuelto a adentrar en el bosque, dejando su ropa atrás y adoptando su pelaje de lobo. Incluso Emily había salido tras ellos. Tan solo Jacob casualmente se había retrasado en el interior de la casa, fingiendo lavar los platos, derrumbándose en el salón en cuanto se quedó solo. Necesitaba tranquilizarse antes de unirse a los demás. No los quería ojeando su mente, todavía no. Sentía curiosidad pero no estaba preparado, decidió. Se agitaba en el sofá, a pesar de no haber dormido, presa de una energía ansiosa.

Leah se había preferido entretener —atrincherar era probablemente más adecuado— en el baño, esperando a que la casa se vaciara. Cuando salió hacia la sala de estar, todo su cuerpo se tensó al ver a Jacob sentado en el sofá; aunque él parecía tan sorprendido como ella.

Los aullidos animados de la manada se perdían a lo lejos, y los árboles cercanos crujían por el viento.

Leah balanceó sus piernas sin moverse del sitio, inquieta. Sería demasiado si salía sin decir nada, ¿verdad?

—Ey... Buenos días —murmuró él incómodo por el silencio. No tenía sentido fingir que la tarde anterior no había existido, no podrían ignorarse para siempre.

—Buenos días —masculló Leah con la vista clavada en el exterior.

Sus ojos estaban inflamados, subrayados por unas profundas ojeras. ¿Ella tampoco había dormido?

—Oye... —balbuceó Jacob queriendo hundirse en la tierra—, siento lo de ayer. No entiendo por qué lo hice, no sé en qué pensaba. No pretendía hacerte sent-No-no te besé por-

—No, Jac- fue a interrumpirle, pero Jacob recalculó sus palabras.

—Fue un error por mi parte y lo siento. Siento el daño que te haya podido hacer —se tensó sin saber cómo expresarse. No quería asustarla poniéndose trascendental. Tenía que parar de hablar. Hacerlo simple—. Siento cómo me comporté ayer. Y, de verdad, no pensaba nada de lo que te dije aquel día sobre... Emily. Perdón. Nada era en serio.

Leah no había esperado eso y ahora no le venía ninguna palabra a la boca. No entendía por qué sentía un nudo en el estómago. Nadie de la manada se había disculpado con ella con tanto cuidado nunca. Tampoco nadie la había herido de esa manera, en realidad. Ni tampoco le habían dado un... Sintió calor en las mejillas. Basta, Leah.

—No fue importante. Yo también siento lo que te dije de Bella. No volverá a pasar —fingió casualidad, adoptando un tono agrio y desenfadado mientras se dirigía a la puerta—. Y te aviso, perro, de que yo tampoco dejaré que vuelvas a hablarme así. Estoy intentando adaptarme a la manada, y eso no ayuda.

Y sin más, salió al bosque. Jacob apenas podía moverse, sentía que ese momento era frágil, irreal y confuso. Pero, por suerte, a través de la ventana, Leah seguía en forma humana. Al menos su secreto estaba todavía a salvo entre ellos dos; no necesitaba que la confusión y el juicio de los demás se unieran a los suyos propios. Y tampoco había huido. Leah no había huido. Todo estaría bien. Con un suspiro, por fin recobró el aliento. Necesitaba otro café.