Solamente me trajeron aquí y me dijeron: «Espera a tu futuro esposo, estás en sus manos. No te niegues a sus demandas».

Estoy en los dominios del clan Senju; lamentablemente, uno de ellos será mi futuro esposo. No me dieron tiempo para despedirme de mis pocos amigos ni de mi único familiar cercano: Nana, la persona que me cuidó desde que mi padre falleció. Por orden del líder Uchiha, soy una ofrenda para que sus indiferencias cambien para el bien de ambos clanes.

La mestiza del clan debe contraer matrimonio con el bastardo que acabó con la vida del hermano del líder Uchiha, mi querido amigo Izuna. Ese Senju, conocido por su gran fortaleza, carácter rígido y un profundo desprecio hacia mi linaje, será mi futuro esposo. Madara me indicó que, dado que soy una mestiza, eso atenuaría su odio hacia mí. Me aconsejó que no tuviera miedo, ya que él no podría acabar con mi vida, y que adoptara la actitud de una esposa sumisa para así conseguir el afecto de Tobirama.

Es evidente que no podrá desarrollar un amor genuino por mí, pero la posibilidad de que pudiera sentir aprecio hacia mi persona con el fin de aliviar las tensiones entre nuestros clanes era una opción tentadora. No pude oponerme a las exigencias de Madara, cuya influencia es innegable. Desde mi nacimiento, siempre he estado privada de voz y voto, y mi condición de mestiza del clan Uchiha me ha obligado a ceder ante las demandas del líder.

Permanezco en silencio, sentada en medio del salón de espera durante varias horas. Llegué por la mañana, con los ojos hinchados tras una larga noche de llanto antes de llegar aquí. La luz que entra por las ventanas comienza a disminuir lentamente, lo que indica que he estado aquí todo el día sin comer, sin ir al baño y sin beber agua. Me pregunto por qué nadie se ha acercado para indicarme la ubicación del baño. Siento que me han olvidado en este amplio espacio.

Espera... Siempre he experimentado lo mismo, incluso con las personas más cercanas a mí...

Mis intestinos me causan incomodidad y siento la presión de la vejiga debido a la necesidad de orinar, lo cual intento evitar para no mojar mi yukata, que lleva el emblema de mi clan en la espalda. No puedo soportarlo más; debo ir al baño. Me levanté de inmediato y salí por la puerta, donde me informaron que debía esperar a Senju Tobirama, quien no ha aparecido en todo el día. Camino con precaución, manteniendo mi mano derecha sobre mi abdomen para presionar y prolongar el tiempo antes de que me vea en la necesidad de buscar un alivio inmediato.

Los corredores son extensos y, a la vez, enigmáticos, ya que no hay nadie a la vista y la iluminación es escasa, apenas suficiente para iluminar las dos paredes, el techo y el elegante suelo de madera. Continúo avanzando, solicitando a Kami que me guíe hacia alguien que me indique la ubicación del baño, o que yo misma logre encontrarlo. Sin embargo, dos voces masculinas y autoritarias han interrumpido mis pasos silenciosos.

—Ya hemos discutido esto. No hay marcha atrás. Actúa en beneficio de los Senju. Preséntate como un hombre respetable.

Me quedé quieta en medio del pasillo, con la mano derecha apoyada en la pared. A un metro de mí, había una puerta a la derecha, de la cual emanaba luz hacia el pasillo.

—¡Onīsan, no puedo hacer esto! ¡Tenía planes de conquistar a una buena candidata, no a una bastarda Uchiha! ¡Me niego a esposarla y darle nuestro apellido!

Eran ellos, el líder Senju y Tobirama. Discutían sobre mi situación. Me tapé la boca con una mano para reprimir el grito que deseaba expresar, ya que tampoco tengo interés en casarme con ese bastardo, el asesino de mi mejor amigo, y…

—¡Basta, Tobirama! ¡Ya hemos abordado este tema! ¡Como mencioné anteriormente, no hay marcha atrás! ¡Compórtate como un hombre maduro, no como un adolescente consentido!

La voz del líder Senju resonó con una gravedad inquietante. Supuse que solo dos personas podían provocar este temor que estoy experimentando: mi padre y Madara. Siento que mi corazón podría salirse del pecho por la rabia que me invade ante el trato indigno que estoy recibiendo. Desearía retroceder y regresar a la sala donde me encontraba minutos antes, pero las últimas palabras de Tobirama me han dejado un persistente sabor amargo.

—Está bien... aceptaré casarme con ella. Sin embargo, quiero que quede claro que su vida junto a mí será extremadamente difícil. Eventualmente, volveré a casarme, por segunda vez, con la mujer de mis sueños, aquella que realmente merezca formar parte del clan Senju. Esa Uchiha será mi esposa únicamente por conveniencia. No esperes que la trate con el respeto que corresponde a una mujer, ni que finja estar satisfecho con su compañía. Lo más adecuado será mantenerla apartada, como considero que merece un perro no deseado.

Sus palabras me dejaron profundamente impactada. Mi vida seguirá siendo un verdadero infierno con estas personas. Al reflexionar sobre los breves momentos antes de llegar aquí, anhelaba un cambio, deseaba no seguir siendo conocida como la mestiza del clan Uchiha o la hija de una prostituta. Las lágrimas brotaron desde lo más profundo de mi ser. Me niego a aceptar una vida indigna, como ya había decidido Senju Tobirama. Me rehúso a ser la perra del Senju.

Con determinación, me di la vuelta y busqué la primera salida que me permitiera regresar con los míos. Prefiero estar allí, enfrentando su indiferencia, que permanecer aquí. Aceleré el paso para llegar al salón y dirigirme hacia la puerta que daba al patio trasero de la gran casa; sin embargo, un sonido repentino me hizo estremecer y detenerme en medio del pasillo.

—¿Qué sucede, Tobirama? No es apropiado tratar a las mujeres de esa manera.

—¡Pero en este caso es diferente! No vuelvas a darme una bofetada, mucho menos por alguien así.

Decidí no quedarme más tiempo escuchando el desprecio hacia mi ser y la falta de consideración como persona. Regresé por el mismo camino, cerrando suavemente la puerta corrediza a mi espalda. Una vez en el salón de invitados, con prisa, me puse las sandalias y salí por la puerta que conducía al patio trasero de la amplia casa. Era de noche. Intenté recordar el camino que había recorrido hasta llegar aquí. Observé que había una puerta de jardín hacia el otro lado, que debía ser por donde había pasado por la mañana. Me dirigí hacia allí y abrí la puerta de madera. Al cruzarla, encontré más casas de los Senju. Ahora enfrentaba el desafío más complicado: escapar de los Senju. Pero, ¿cómo lograrlo sin llamar su atención? Era la única Uchiha con cabello negro azabache y un distintivo emblema en la parte posterior de mi vestimenta. Esto complicaba las cosas, pero debía arriesgarme con el fin de regresar con los míos.

Cruzando la puerta del patio, comencé a caminar en dirección a la entrada principal de la fortaleza. Mantuve la cabeza en alto, esforzándome por ocultar el nerviosismo que me invadía. Intenté proyectar una imagen de normalidad, sin embargo, cada vez que me encontraba con un Senju, era recibido con miradas de desprecio y gestos de desdén hacia mi presencia. Sin embargo, mi mayor deseo era regresar con los míos. El trayecto se me hizo interminable hasta que finalmente vislumbré la puerta principal de la fortaleza. Dos guardias custodiaban la entrada y me detuvieron. Sus expresiones reflejaban sorpresa. Uno de ellos se colocó frente a mí y, con tono neutro, me preguntó.

—¿Vas a salir? Necesitas un permiso que te autorice la salida.

Me sentía desorientada; me preguntaba qué iba a hacer ahora que no contaba con ese molesto permiso. Estaba a punto de dar la vuelta y regresar a lo que sería mi infierno junto a aquel Senju de cabello grisáceo y ojos rubies, cuando el otro portero se acercó y le susurró algo al oído al que impedía la salida.

—Bueno... —murmuró este último con un toque de malicia.

Ambos se dieron la vuelta, dejándome allí de pie, sintiéndome completamente ridícula. Luego observé cómo comenzaron a abrir la puerta principal.

—Te deseo lo mejor, Uchiha.

El sonido de mi apellido en sus labios resultó despreciable. No respondí, no hice expresión alguna, simplemente me dirigí hacia la puerta y la crucé. Una vez al otro lado, escuché el estruendo de la gran puerta cerrándose tras de mí. Exhalé un profundo suspiro de alivio y comencé a notar cómo mis piernas se volvían débiles. Ahora se presenta el verdadero desafío: huir por mi vida a través del oscuro y maldito bosque infectado de ninjas rivales. Me encontraba en una situación crítica que ponía en juego mi vida. Debía evitar a los clanes enemigos, enfrentar a animales salvajes y reflexionar durante esta carrera por mi vida sobre cómo convencer a Madara de permitirme quedarme con ellos. Cabe destacar que él fue quien me llevó a esta circunstancia y, en consecuencia, estoy desafiando sus órdenes.

Huyo a toda velocidad, sin detenerme a reflexionar sobre lo que podría haber sido mi nueva y angustiante vida junto a ese Senju, ni sobre lo que podría sucederme antes y después de llegar a la fortaleza Uchiha. Solo Kami conoce las razones por las cuales me ha colocado en esta existencia tan compleja desde el momento de mi nacimiento, en el vientre de mi madre, quien era una prostituta del clan Kaguya.

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Reconozco que mis palabras fueron hirientes y expresadas sin la debida reflexión. Lamento profundamente haberme dirigido de esa manera hacia una mujer. Sin embargo, mi aversión hacia su entorno me llevó a perder el control de mis emociones. La semana pasada tomé la decisión de casarme con la mujer Uchiha, en beneficio de mi clan. He optado por otorgarle mi apellido y protección. Ella es una mujer que solo he tenido el privilegio de ver una vez, en el campo de batalla, luchando por su vida, eso será mi primera esposa y la futura madre de mis hijos. La primera vez que vi a una Uchiha con ojos azules como el fondo del océano, que desde lejos parecían negros pero de cerca revelaban destellos de zafiro, me sorprendió profundamente. Fue en ese momento que entendí que era una mestiza, con la sangre sucia de los Uchiha y la sangre de otro clan cuya identidad ignoraba. No pude evitar sentir una mezcla de risa y desdén al observar cómo luchaba como una criatura inferior entre las bestias, sosteniendo una katana con manos temblorosas, claramente dominadas por el miedo. De inmediato se percibió que se trataba de una kunoichi principiante, a quien habían enviado como carnada. Sin embargo, ¿por qué el despreciable Madara haría eso con una kunoichi tan vulnerable? Convertir a esa mestiza en una presa fácil era una burla inaceptable hacia su despreciable clan. Había algo peculiar en ella, y ese algo no era una buena señal.

Después de la bofetada de Hashirama, sentí una profunda irritación y decidí abandonar el salón de pergaminos antiguos. Apenas había recorrido la mitad del pasillo, avanzando con una intensidad que parecía indicar que un oscuro presentimiento me acechaba, cuando escuché que pronunciaban mi nombre. Antes de girarme para mirarlo, pensé que aún deseaba continuar la discusión sobre lo que había mencionado o sobre mi negativa a enfrentar a la mestiza del clan Uchiha.

—¡Tobirama! ¡Mio se ha ido!

¿Mio? Ese es su nombre. Es un hermoso árbol de cerezo. Sin embargo, en realidad, no presenta nada que lo haga destacar. Observé a onīsan acercarse. Cuando llegó, me tomó de los hombros y repitió nuevamente:

—¡No escuchas! ¡Mio se ha ido, no está en la sala de espera!

Estaba a punto de responder con desdén; la verdad es que no me importaba si se había marchado o no.

—Está por ahí, porque en esta fortaleza nadie sale sin permiso.

Hashirama separó sus manos de mí y contestó de la misma manera en que yo lo había hecho.

—Aunque eso sea cierto, te sugiero que vayas a buscarla para que te presentes. Invítala a cenar con nosotros y comienza a compartir tiempo con ella.

Suspiré con frustración y continué mi camino, dejando atrás a Hashirama. Su comportamiento era tan exasperante que me sacaba de mis casillas. Ingresé al salón de espera y salí por la puerta que conducía al patio trasero de la gran casa. Observé el entorno, pero no hallé nada que captara mi interés, hasta que di un par de pasos más y giré la cabeza para mirar la puerta que daba a la calle. La puerta de madera se encontraba entreabierta. La mujer mestiza salió a través de ella.

Experimenté una sensación de ira, ya que me veía obligado a buscarla como si realmente me importara.

Salí por la puerta y comencé a caminar entre las personas que aún continuaban con sus actividades. No restaba mucho para que todos regresaran a sus hogares, dado que la hora se aproximaba a las 10:00 de la noche. Seguí avanzando en mi búsqueda del cabello azabache hasta que me encontré con una niña de aproximadamente seis años, quien resultó ser la hija de uno de nuestros soldados. La niña me observó con una expresión que parecía implorar mi atención.

—Debes regresar a casa, ya casi son las 10:00 de la noche —le dije. A lo que ella respondió:

—¿Está buscando a la Uchiha? Si es así, se dirigió en esa dirección —dijo mientras señalaba con la mano hacia la puerta principal de la fortaleza.

Le ofrecí una sonrisa antes de continuar la conversación:

—Si la has visto, ¿cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces?

La niña, sin pensarlo demasiado, respondió:

—Poco después de que cerraran el puesto de la señora Tamaki.

Esto indica que no habían pasado más de diez minutos. La señora Tamaki suele cerrar su puesto de bollos media hora antes de las 9:00. Aunque no siempre lo hace a la misma hora exacta, sí lo cierra antes de las 9:00.

—Dirígete a casa. La próxima vez, te invitaré a una orden de Dangos.

La niña sonrió y se alejó hacia su hogar. Continué mi camino hasta la entrada principal de la fortaleza, donde me encontré con los porteros encargados de la seguridad esta noche. Antes de que pudiera hacer mi pregunta, uno de ellos me ofreció la respuesta.

—La Uchiha acaba de marcharse. Ha pasado menos de diez minutos desde que salió por esta puerta.

Hice una mueca de desagrado y respondí con firmeza:

—¿Cómo es posible esto? Tienen muy claro que nadie puede salir de esta fortaleza sin un permiso. ¿Acaso ella les presentó uno? —crucé los brazos y mantuve una postura erguida.

—No... Pensamos que, dado que no pertenecía a nuestro grupo, podría salir sin autorización, aunque no regresar.

Suspiré con frustración y cerré los ojos por un momento, maldiciendo en mi interior antes de abrirlos nuevamente.

—Abran la puerta —ordené, con tono autoritario.

Percibí la energía del chakra Hashirama a mis espaldas. Los guardianes que custodian la entrada principal cumplieron con lo solicitado. Antes de que cruzáramos, Hashirama se dirigió a mí con solemnidad.

—Cuando la traigas de regreso, ofrécele comida y acompáñala a su cama, ya que estará fatigada.

Con esas palabras me lo dijo todo. Sin añadir nada más, me incliné para tocar el suelo. Con los dedos de mi mano derecha y los ojos cerrados, me concentré en rastrear a la mestiza, que se encontraba metros de distancia. Al abrir los ojos, me enderecé. No vestía apropiadamente para la ocasión; llevaba ropa casual y un kunai escondido en el interior de mi yukata azul y negro. Si la Uchiha se opusiera a mí, no dudaría en eliminarla. No permitiré que se atreva a alzar la mano en los dominios de mi clan.

—Ve adelante, yo me quedaré de guardia a treinta metros de distancia —comentó Hashirama, colocándose a mi lado derecho. En ese momento, creí que iría solo a conocer a mi futura esposa, la mujer que tendría en mis manos, independientemente de su voluntad...