Las puertas del elevador se abrieron con un suave sonido metálico, y ambos entraron. El espacio reducido pronto comenzó a llenarse a medida que más pasajeros se unían al trayecto hacia la cubierta superior. Kagome se sentía cada vez más incómoda con la proximidad de tantos cuerpos, pero la presencia estoica de Sesshomaru a su lado le brindaba una extraña sensación de seguridad. Sin embargo, esa misma seguridad tenía un precio, su corazón latía desbocado, como si estuviera al borde del abismo.
Cuando el elevador finalmente llegó a su destino, Kagome giró instintivamente para mirar a través del cristal. La vista era impresionante el océano se extendía como un manto infinito bajo los últimos destellos del sol, mientras el cielo se pintaba con pinceladas doradas, carmesí y púrpura. Por un instante, se perdió en el espectáculo natural, permitiéndose olvidar la tensión que pesaba en el aire.
Pero Sesshomaru no era alguien que dejara pasar una oportunidad. Aprovechando la cercanía y la penumbra del atardecer, se movió con precisión calculada. Levantó una mano y tomó las muñecas de Kagome, sujetándolas suavemente, pero con firmeza sobre su cabeza. Con la otra mano, rodeó su cintura, atrayéndola hacia él hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos.
Kagome contuvo el aliento al sentir el contacto inesperado. Su corazón parecía a punto de estallar mientras el calor del cuerpo de Sesshomaru se filtraba a través de las capas de tela que los separaban. Un escalofrío recorrió su columna cuando él inclinó su cabeza hacia su oído, tan cerca que podía sentir su aliento cálido acariciando su piel.
—¿Esto también lo pondrás en tu libro, Kagome? —susurró él con una voz baja y grave que parecía vibrar en lo más profundo de ella.
La pregunta la tomó completamente por sorpresa. ¿Cómo sabía él sobre su libro? Nadie más que sango lo sabía; era algo que había mantenido en secreto incluso de Bankotsu. Pero más allá del desconcierto por sus palabras, estaba el tono con el que las había pronunciado; íntimo, posesivo, casi amenazante.
Antes de que pudiera responder o siquiera procesar lo que estaba ocurriendo, el elevador se detuvo con un suave golpe. Las puertas se abrieron lentamente, revelando la cubierta superior iluminada por las luces del crepúsculo. Sesshomaru se movió con rapidez, girándola para quedar frente a frente mientras los demás pasajeros comenzaban a salir del elevador sin prestarles atención.
Kagome estaba aturdida. La cercanía de Sesshomaru, su aroma embriagador mezclado con el aire salado del océano, y las palabras que aún resonaban en su mente la habían dejado sin capacidad para articular una respuesta coherente.
—Yo… no sé de qué estás hablando —murmuró finalmente, evitando su mirada mientras trataba de recuperar el control sobre sí misma.
Sesshomaru dejó escapar una risa baja y profunda, una que parecía cargada de intenciones ocultas.
—Ya veo —respondió él con una sonrisa apenas perceptible—. Entonces supongo que tendré que darte más material para escribir.
Antes de que pudiera protestar o siquiera reaccionar, Sesshomaru tomó su mano con firmeza y la guio fuera del elevador hacia la cubierta iluminada por las estrellas. El aire nocturno era fresco y llevaba consigo el aroma salado del mar. Kagome sintió cómo su corazón seguía latiendo descontrolado mientras él la conducía hacia un rincón apartado donde las luces eran más tenues y las sombras más profundas.
—Sesshomaru… —comenzó a decir ella, pero él la interrumpió al girarse repentinamente hacia ella.
—Shh —murmuró él mientras levantaba una mano para acariciar suavemente su mejilla—. No tienes que decir nada… todavía.
La intensidad en sus ojos dorados era casi insoportable. Kagome sintió cómo sus piernas temblaban bajo su peso mientras él inclinaba lentamente su rostro hacia ella. Su instinto le decía que debía apartarse, pero algo mucho más fuerte —algo oscuro e inexplicable— la mantenía anclada en ese momento.
Los labios de Sesshomaru rozaron los suyos con una suavidad engañosa antes de profundizar el beso con una urgencia contenida. Kagome sintió cómo todo a su alrededor desaparecía el murmullo lejano de las olas contra el casco del barco, las risas distantes de otros pasajeros… todo se desvaneció hasta que solo quedaron ellos dos bajo el manto estrellado.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitadamente. Sesshomaru mantuvo su frente apoyada contra la de ella mientras sus dedos seguían trazando líneas invisibles sobre su piel.
—No te resistas a esto, Kagome —dijo él en un tono bajo pero cargado de significado—. Sabes tan bien como yo que esto es inevitable.
Ella cerró los ojos por un momento, intentando encontrar algo de claridad en medio del caos emocional que él había desatado dentro de ella. Pero cuando volvió a abrirlos y encontró esos ojos dorados mirándola como si pudieran ver hasta lo más profundo de su alma, supo que ya no había vuelta atrás.
En el salón reservado para la cena, la atmósfera era densa, cargada de tensiones no dichas y miradas furtivas. Las luces tenues iluminaban la mesa larga, decorada con flores blancas y velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes. El aire estaba impregnado de una mezcla de aromas; el de los platos recién servidos, el incienso ligero que colgaba en el ambiente y algo más profundo, casi imperceptible, como un presagio.
Sango y Miroku estaban sentados en el centro, radiantes pero visiblemente incómodos. Era su noche, su compromiso, pero la energía en la mesa no les pertenecía. Sango, con su elegante vestido de seda azul, intentaba mantener una sonrisa serena mientras Miroku, siempre elocuente, hacía lo posible por llenar los silencios con anécdotas y bromas que apenas arrancaban alguna risa.
Inuyasha estaba al otro extremo de la mesa, con Kikyo a su lado. La mujer mantenía su postura impecable, sus ojos oscuros observando todo con una calma inquietante. Inuyasha, sin embargo, parecía en otro mundo. Apenas tocaba su comida, y sus orejas se movían ligeramente cada vez que Kagome hablaba o reía desde su asiento más cercano al centro. Kikyo lo notaba, por supuesto, pero no decía nada. Su rostro era una máscara perfecta de indiferencia.
Kagome estaba sentada al lado de Ayame, quien no dejaba de hablar en voz baja con Koga. La pelirroja reía y se inclinaba hacia él constantemente, buscando cualquier excusa para tocarle el brazo o susurrarle algo al oído. Pero Koga apenas le prestaba atención. Sus ojos estaban fijos en Kagome, quien, aunque intentaba disimularlo, no podía evitar lanzar miradas furtivas hacia Sesshomaru, sentado al otro extremo de la mesa.
Sesshomaru estaba inmóvil, como una estatua tallada en mármol. Su elegancia era casi intimidante, y su mirada dorada permanecía fija en su copa de vino, aunque cualquiera que lo observara detenidamente podría notar cómo sus ojos se desviaban ocasionalmente hacia Kagome. Había algo en esa mirada; una mezcla de desafío y posesión que hacía que el aire se sintiera más pesado cada vez que sus ojos se encontraban.
—Entonces, Miroku —dijo Inuyasha abruptamente, rompiendo el silencio incómodo—, ¿cómo fue que convenciste a Sango para que aceptara casarse contigo? Pensé que nunca lo lograrías.
La pregunta arrancó algunas risas nerviosas, pero la tensión seguía latente. Miroku sonrió con su habitual carisma.
—Digamos que fue cuestión de perseverancia —respondió mientras tomaba la mano de Sango y la besaba suavemente—. Y un poco de suerte.
—¿Suerte? —intervino Ayame con una sonrisa burlona—. Yo diría que fue más bien un milagro.
Sango rodó los ojos pero no pudo evitar reírse. Sin embargo, su mirada se desvió hacia Kagome por un momento, como si intentara leer algo en su expresión. Kagome evitó su mirada y tomó un sorbo de su copa de vino.
—Bueno, no todos tienen esa suerte —murmuró Koga, mirando directamente a Kagome. Sus palabras estaban cargadas de una insinuación que no pasó desapercibida para nadie.
Ayame dejó de reír y lo miró con una mezcla de sorpresa y dolor. Kagome sintió un nudo en el estómago, pero no respondió. Sesshomaru levantó ligeramente una ceja ante el comentario, aunque no dijo nada.
—Koga —intervino Inuyasha con un tono seco—, ¿por qué no te concentras en quien tienes al lado? Ayame parece bastante interesada en ti.
El comentario hizo que Ayame se sonrojara visiblemente, pero Koga ni siquiera miró a Inuyasha. Sus ojos seguían fijos en Kagome.
—Tal vez porque no siempre podemos elegir lo que queremos —respondió Koga con voz firme.
La tensión en la mesa aumentó notablemente. Kagome sintió cómo los ojos de todos se posaban sobre ella, pero antes de que pudiera decir algo, Sesshomaru habló por primera vez en toda la noche.
—Algunos simplemente no saben cuándo rendirse —dijo con su tono frío y afilado como una daga.
Todos se giraron hacia él. Sus palabras parecían dirigidas a Koga, pero sus ojos estaban fijos en Kagome. Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda y apartó la mirada rápidamente.
Kikyo tomó un sorbo de su copa y habló con su voz calmada pero cortante.
—Es curioso cómo las personas pueden obsesionarse tanto con lo inalcanzable. A veces me pregunto si es el desafío lo que realmente buscan o si simplemente no saben aceptar la realidad.
La indirecta era evidente, y aunque parecía dirigida a Koga, Kagome supo que también iba para ella. Inuyasha frunció el ceño pero no dijo nada; estaba demasiado ocupado observando a Kagome y Sesshomaru como si intentara descifrar algo.
Miroku carraspeó para aliviar la tensión.
—Bueno, cambiemos de tema. Esta noche se supone que es para celebrar nuestro compromiso, ¿no es así?
Intentó sonar animado, pero nadie parecía prestarle atención. La energía en la mesa era como una tormenta a punto de estallar.
Kagome finalmente se levantó de su asiento, incapaz de soportar más la presión.
—Voy a tomar un poco de aire —dijo rápidamente antes de salir del salón sin mirar atrás.
El silencio que dejó tras de sí fue ensordecedor. Sesshomaru esperó unos segundos antes de levantarse también.
—Yo también necesito aire —anunció con su tono neutral antes de seguirla.
Los demás intercambiaron miradas incómodas pero no dijeron nada. Kikyo tomó otro sorbo de vino mientras una sonrisa casi imperceptible se formaba en sus labios.
Kagome estaba apoyada contra la barandilla del balcón exterior cuando escuchó pasos detrás de ella. No necesitó girarse para saber quién era; el aroma inconfundible de Sesshomaru la envolvió antes de que él hablara.
—Huyendo otra vez —murmuró él mientras se detenía a su lado.
Ella apretó los labios y evitó mirarlo.
—No estoy huyendo. Solo necesitaba un respiro.
Sesshomaru dejó escapar una risa baja y profunda que hizo que la piel de Kagome se erizara.
—¿De qué exactamente? ¿De ellos… o de mí?
La pregunta la golpeó como un martillo. Finalmente lo miró, encontrándose con esos ojos dorados que parecían atravesarla.
—No sé de qué hablas —respondió con voz temblorosa.
Él dio un paso más cerca, reduciendo aún más el espacio entre ellos. Kagome sintió cómo su corazón comenzaba a latir desbocado nuevamente.
—Lo sabes perfectamente —dijo él mientras levantaba una mano para acariciar un mechón de cabello que caía sobre su rostro—. Puedes mentirles a ellos si quieres… pero no a mí.
Kagome cerró los ojos por un momento, intentando controlar las emociones que amenazaban con desbordarse. Pero cuando volvió a abrirlos y vio la intensidad en los ojos de Sesshomaru, supo que estaba perdida.
—Esto está mal —susurró ella, aunque su voz carecía de convicción.
Sesshomaru inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento contra su piel.
—¿Y eso te detendrá? —preguntó él con un tono bajo y peligroso.
Antes de que pudiera responder, él cerró la distancia entre ellos y capturó sus labios en un beso profundo y posesivo. Esta vez no hubo suavidad ni vacilación; fue un choque de emociones reprimidas y deseos prohibidos que los consumió por completo bajo el cielo estrellado.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban agitadamente. Sesshomaru mantuvo su frente contra la de ella mientras sus dedos trazaban líneas invisibles sobre su mejilla.
—Ya te lo dije Kagome, deja de resistir lo nuestro —murmuró él con voz grave—. Esto es inevitable… tu y yo somos inevitables.
