Las puertas metálicas del ascensor se abrieron por segunda vez desde que llegaron al penthouse de Boruto, y esta vez el recién llegado recorrió el vestíbulo con sus poderosos ojos verdes todavía un poco desconcertado.
Él sólo recibió un mensaje de texto de Sarada que le pedía ir directamente allí después del teatro, agregando que debía ser discreto, pues nadie más debía saber sobre lo que sucedería esa noche.
—¿Y bien? —pregunta Shinki al detenerse junto a Ryōgi, quien permanecía de pie con la misma expresión de confusión— ¿También a ti te citó aquí?
—Sí. —se encoge de hombros— Pero no ha dicho nada desde que llegué hace cinco minutos.
—Ya están subiendo. —suspira la azabache mirando la pantalla de su móvil— Necesito que confíen en mí, ¿de acuerdo?
Los tres, incluido Boruto, le miraban con escepticismo. Su familia, por otro lado, mantenían miradas recelosas hacia el ascensor que se abrió en cuestión de segundos y reveló las tres figuras masculinas dentro.
—Es bueno verte, amor. —sonrió Ichirōta con galantería, dando un paso dentro del recibidor y señaló el arreglo floral en el centro de mesa— ¿Te gustaron las flores?
—Fue idea mía. —interrumpió Hassaku, extendiendo los brazos para recibirla— Ellos no saben nada sobre cómo tratar a una chica.
Code miró a su alrededor con cautela y sus ojos verdes se estrecharon al encontrarse con los de su rival en el negocio del arte. Shinki le sostuvo la mirada sin dejarse intimidar ni un segundo, pero entonces la atención del pelirrojo se desvió hacia el rostro femenino que tenía en frente y su expresión se suavizó un poco.
—Te ves bien. —se limita a decir— ¿En qué problemas estás metida ahora?
Ella les hizo un gesto con la cabeza para que la siguieran al vestíbulo donde les esperaba un grupo de personas que ya reconocían de su breve estadía en Estambul.
—Ellos son mi familia. —habló finalmente— Mis padres, mis cuatro hermanos y mis amigos más cercanos, faltan algunos más, pero los conocerán con el tiempo.
Después se giró a ver a cada miembro de su familia con una petición implícita. No matarse entre sí.
—Code. —señala al pelirrojo— Hassaku. —apunta al de afro y al final pasa al pelinegro— Ichirōta.
—Sabemos quienes son. —habla por primera vez Itsuki— ¿Por qué están aquí?
—Porque son mis aliados. —ladea el rostro, sosteniéndole la mirada a su hermano— Ellos están presentes en mis planes.
—¿Y cuáles son esos planes exactamente? —pregunta Shinki ante el silencio del resto.
—Quiero ampliar el proyecto Kamui por el continente europeo y asiático. —se cruza de brazos— Es algo que llevo ideando desde antes de la muerte de Kagura.
La mención de ese nombre hizo que la tensión en el ambiente aumentara de manera considerable. En especial de parte de su familia.
—La sede principal está en Estambul, pero ya están los preparativos para iniciar en Madrid, Lisboa y Atenas. —señaló a cada uno de los recién llegados— Ryōgi accedió, y los trámites ya están en curso.
—¿Qué te hizo querer retomarlo? —interviene Boruto con el ceño fruncido— Dijiste que no te interesaba volver a los viejos hábitos.
—Resulta que soy buena en esto. —se encoge de hombros— He probado en Estambul el último mes y ha sido un éxito. En Moscú y Palermo el prototipo está dando buenos resultados a pocas semanas de haberse restablecido también.
Boruto parpadea consternado. Sabía que tenía algo entre manos, pero no tenía idea de que la estructuración ya estuviese tan avanzada.
—Deja más ganancias de las que pensé, y también se volvió un punto de reunión para cerrar negocios diferentes. —menciona con tranquilidad, observando los rostros de cada uno— Todo está perfectamente sincronizado, y aunque son los primeros implicados, no son los únicos aliados que tengo en mente.
—¿De qué hablas? —pregunta Daiki— ¿A quiénes más piensas incluir en tu disparatada idea?
—Lo sabrán cuando logre concretarlo. —se cruza de brazos también— Por el momento, sólo quiero saber si todos aquí están dentro.
Su mirada recayó especialmente en Boruto y Shinki.
—Creí haberte dicho que estoy contigo en lo que sea que estés planeando. —contesta el castaño sin más— Países Bajos esperará instrucciones para iniciar cuanto antes.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —el rubio frunce el ceño— Si lo consigues, tendrás todos los ojos puestos en ti. Dudo que Jigen se quede de brazos cruzados.
—Ya soy su blanco número uno de todos modos.
El Uzumaki resopla.
—De acuerdo. —accede finalmente— ¿Cuándo empezamos?
—Me quedaré aquí un par de semanas para recabar lo necesario e iniciar con los trámites. —sonríe de medio lado— Necesito que uses los contactos que tienes con el gobierno irlandés para que aceleren los permisos de apuestas. La cadena de casinos será la pantalla.
—¿Cadena de casinos? —pregunta Shinki— Creí que lo harías de manera clandestina.
Sarada sacude la cabeza con incredulidad.
—La manera en la que hice funcionar esto la primera vez fue porque nunca intenté ocultarlo. —explica con ironía— Todo sucedía debajo de Izanagi e Izanami, sitios con permisos legales de apuestas.
—Funcionó en aquel entonces porque sólo sucedía en Italia. —habló Daiki con astucia— Pero lo que quieres hacer es mil veces más peligroso, no puedes ser tan descarada.
—Hablé con la abuela Tsunade. —contesta con sencillez— Mantendrá a la Interpol lejos de mis asuntos. Y supongo que ustedes pueden mantener a raya a la policía local de sus respectivos territorios, ¿no?
Itachi le observaba en completo silencio, analizando cada palabra y cada movimiento. Le preocupaba que su hermana se mostrara incontrolable, ni siquiera después de la muerte de su tío vio esa mirada dura en sus ojos oscuros.
—Cuando dijiste que tenías todo planificado no creí que de verdad tuvieras cada detalle resuelto. —habló Boruto— Siendo así, creo que en menos de un mes podríamos empezar con las pruebas.
—¿Y cómo sé que podemos confiar en ellos? —habla Itsuki con seriedad, señalando a los tres sujetos junto a su hermana— Hasta hace cinco minutos eran aliados secretos del hombre que quería destruirnos, que te secuestró y quiso lavarte la cabeza inútilmente.
La Uchiha estuvo a punto de contestar, pero Ichirōta se aclaró la garganta y todas las miradas se volcaron sobre él.
—No tienen que confiar, ni mucho menos querer hacer negocios con nosotros. —expresó en tono apacible— Nos hemos mantenido fuertes sin una alianza con ustedes y eso no va a cambiar
—Nuestro vínculo con Kagura nos hizo elegir un bando en la guerra. —aclaró Hassaku— Al igual que para ustedes, la lealtad es importante en nuestro círculo.
—Sí confían o no, me da igual. —añadió Code, metiéndose las manos dentro de los bolsillos de su pantalón— No traicionaremos a Sarada, eso debería bastarles.
La aludida soltó el aliento que tenía retenido al ver que sus dos hermanos mayores y su padre bajaron un poco la guardia. Un poco, al menos.
—Muy bien, suficiente de hablar de negocios. —habló la matriarca Uchiha poniéndose de pie— Estamos aquí para celebrar la increíble noche que tuvo Sarada hoy, así que todos al comedor.
La pelirrosa pasó a un lado de su hija, acariciando su mejilla con cariño y Sarada le ofreció una sonrisa suave mientras le ayudaba a poner la mesa.
—¿Qué vamos a cenar? —pregunta Daisuke enarcando una ceja.
—Pizza. —declara su madre con obviedad— Aquí nadie sabe cocinar, así que tendrán que conformarse con eso, espero que a tus amigos no les moleste.
Sarada se encoge de hombros.
—Por mí está bien. —habla Hassaku observando a la joven, tomando asiento entre Ichirōta y Code— Pero la siguiente vez déjame encargarme de la cena.
—Casi lo olvido, él es chef. —dice Sarada, ayudando a su madre a servir las rebanadas— ¿Puedes creer que me ha enseñado a hornear galletas?
—¿De veras? —sonríe la ojiverde en tono maternal.
—¿Sin explotar la cocina? —se burla Daiki— No me lo creo.
—En realidad, es un desastre de proporciones bíblicas. —agrega el de afro— Pero con la práctica podría ser buena repostera.
La tensión que se creó desde que todos se sentaron alrededor de la mesa casi se disipó por completo, y hasta entonces, Code se limitó a observar en silencio la manera en la que Sarada se desenvolvía entre su círculo más cercano.
Ella era dura, sí. Pero también se dio cuenta de que sus ojos brillaban cuando estaba cerca de su familia. No había mirada más amorosa que la suya cada vez que veía a su hermano menor, o tan llena de orgullo como cuando su hermano Itachi mencionó su próxima competición en el circuito Zandvoort en Países Bajos a tres semanas de esa noche.
—Te alcanzaremos allí. —habla la joven, pellizcando la mejilla de Daisuke con una sonrisa— Le prometí al enano un viaje de hermanos y eso es lo que tendrá.
—¿De verdad? —pregunta el menor sin poder ocultar su sorpresa.
—Sólo si tú quieres. —añade la azabache— Y si nuestros padres te den permiso, por supuesto.
El pelirrosa se gira hacia su padre en la cabecera de la mesa y a su madre sentada a su lado derecho.
—¿Puedo? —pide en tono de súplica— Me pondré al corriente con mis deberes, lo prometo.
Sakura compartió una breve mirada con su marido y soltó un suspiro.
—Puedes. —asiente, sonriéndole con dulzura a su hijo— Con la única condición de que te mantengas al margen de cualquier estupidez fuera de lugar que hagan tus hermanos.
—¡Oye! —se queja Itachi— Voy por trabajo, no de parranda.
—Se suponía que en Mónaco estabas por trabajo y recuerda cómo terminaron. —señala Itsuki a ambos— No confío en ustedes dos juntos en cualquier lugar del mundo.
—Debiste llamar a Daiki esa noche. —resopla Sarada mirando a su compañero de trastadas— Es menos amargado que su contraparte aburrida.
—¿Menos amargado? —jadea el aludido con indignación— Mocosos insolentes.
—Ya habla como un anciano. —se mofa Itachi, codeando a su hermana, quien le siguió el juego entre risas— Mocosos insolentes.
Daiki le lanzó la servilleta que tenía a la mano e Itachi se la devolvió con una sonrisa burlona.
—¿Qué voy a hacer con ustedes, niños? —dice la matriarca Uchiha en un suspiro, pero no es capaz de ocultar su propia expresión divertida.
Code también se percató de la confianza que había entre los hermanos mayores, aún cuando discutían, era capaz de percibir la admiración inamovible entre ellos.
Y luego estaba la sonrisa afectuosa que ella le dedicaba a su madre y lo mucho que parecía importarle la opinión de su padre. Eso era nuevo para ellos, porque normalmente hacía lo que quería, nunca le vieron tan interesada en lo que alguien tuviera para decir acerca de sus planes.
Esa era la verdadera Sarada Uchiha. La que se reía de cualquier estupidez que pudiera decir su mejor amigo, la que de pronto atiborraba de besos la mejilla de Daisuke a pesar de las protestas del menor, y la que le llevaba la contra a su padre sabiendo que no tenía razón con el único objetivo de molestarlo.
Esa era su verdadera cara. Y no la culpaban por guardarla con recelo después de todo lo que tuvo que pasar.
(...)
Miró el reloj de la pared por milésima vez en lo que iba de la noche y revisó el último mensaje de texto que su amiga le envió hace media hora para avisarle que ella y su hermano menor acababan de aterrizar.
—Whisky doble. —habla el barman, deslizando en la barra su trago— ¿Algo más en lo que puedo servirte?
—Estoy bien, gracias.
No estaba acostumbrada a los intentos de flirteo de los hombres, es decir, no es que fuera una mojigata, pero había pasado un tiempo desde la última vez que se involucró con un hombre.
—¿Whisky doble? —pregunta una voz masculina, acercándose a sus espaldas y situándose en el asiento vacío a su lado— ¿Quién te hizo tanto daño?
Ella se giró a verle, y el aire se le quedó atascado en el pecho ante semejante espécimen. Era uno de los hombres más hermosos que había visto en su vida, y su tono de voz aterciopelado de alguna manera le hizo sentir un nudo en el estómago.
—Uno igual para mí. —pidió al barman, con una seguridad apabullante y recibiendo el trago con una sonrisa de medio lado— Gracias, Mateo.
El hombre detrás de la barra le devolvió la sonrisa, chocando la palma de su mano con camaradería. Parecía que se conocían bien.
—Parece que vienes aquí seguido. —habló ella por primera vez— ¿Eres alcohólico o algo así?
—Sí, vengo por aquí de vez en cuando. —se encoge de hombros— Aunque no suelo bajar al bar del hotel, supongo que son los nervios, y estoy un poco preocupado también.
—¿Nervios? —alza ambas cejas— ¿Por qué? ¿Tienes una entrevista de trabajo? ¿Un examen importante? ¿Una cita?
La sonrisa de él se amplió, girándose ligeramente hacia la chica frente a él. Tenía unos preciosos ojos entre verdes y grises, y una larga cabellera rubia que caía en ondas por su espalda. Llevaba unos vaqueros ajustados y una blusa sin mangas de escote recto color menta.
—Si querías saber mi estado civil, sólo tenías que preguntarlo. —murmura con socarronería, inclinándose un poco hacia ella— Estoy soltero.
—Eso no es... —se ruboriza de inmediato— No me interesa si estás soltero o no, sólo quería saber porqué estás aquí interrumpiendo la noche tan pacífica que estaba teniendo.
—Más bien pareces aburrida. —contesta el hombre— ¿Qué haces aquí sola? Dudo que estés intentando ligar.
—¿Por qué? —frunce el ceño— ¿Crees que no puedo conseguir la atención de un hombre por mi propia cuenta?
—Yo jamás dije que no pudieras. —responde con calma— Sólo dije que dudaba que estuvieras aquí para eso.
La chica abre los labios para decir algo, pero es incapaz de hilar un pensamiento coherente con esa mirada abrasadora puesta sobre la suya.
—Estoy esperando a mi amiga. —balbucea finalmente— Debe estar llegando, su avión acaba de aterrizar y quedamos de encontrarnos aquí.
—¿En un bar?
—En el hotel. —pone los ojos en blanco— Nos hospedaremos en este hotel.
—Qué agradable coincidencia. —ladea el rostro— Yo también soy huésped, uno preferencial, por cierto.
La rubia tuvo que reprimir una sonrisa al oírle y se lleva el vaso a los labios para disimular. Y hasta ese momento se atrevió a observar su alrededor sólo para notar que tenían varias miradas encima. ¿Por qué? ¿Tenía algo en la cara? ¿Se notaba mucho la atracción que sentía por ese hombre?
—¿Por qué siento que todo el mundo nos está mirando? —frunce los labios con disgusto— ¿Acaso... hice algo?
Él sacude la cabeza con una sonrisa irónica, y le da un sorbo a su whisky. La expresión de ingenuidad en su rostro de rasgos suaves despertó algo en su interior que no supo identificar.
—No nos están mirando a nosotros. —dice en un tono de voz que extrañamente logró tranquilizarla— Resulta que en la barra hay un corredor de fórmula que compite mañana.
—Oh. —parpadea desconcertada, mirando a ambos lados— ¿Quién es?
—Está junto a ti. —se inclina para susurrarle al oído— El tipo solitario cerca de la ventana.
La rubia le mira sobre su hombro con discreción y su ceño se frunce al verle. Parecía un tipo muy normal, vestía una camisa tipo polo azul y unos vaqueros. No era... nada del otro mundo, por lo menos no tan fascinante a comparación del hombre que tenía su rostro peligrosamente cerca del suyo.
—¿Por qué estás preocupado? —pregunta ella, aclarándose la garganta para aligerar la tensión que se formó entre ambos.
—Problemas familiares. —responde tomando un trago de su whisky— Supongo que todos los tienen.
—Yo no, al menos ya no. —responde ella con acidez— No tengo a nadie.
—¿A nadie?
—Sólo a mi amiga. —dice en un susurro— Nos mudamos juntas hace poco, pero ella tuvo que salir de la ciudad por trabajo y me pidió alcanzarla aquí.
—¿Se mudaron juntas a...
—Londres. —se muerde el interior de la mejilla— ¿Y tú? Sé que tampoco eres de aquí, tu acento te delata.
Él sonrió, pero antes de que pudiera contestar, el móvil de la chica sonó dentro del bolsillo trasero de su vaquero y lo sostuvo con torpeza contra su oreja tras presionar el botón de contestar.
—¿Hola?
—Estoy llegando. —habló la voz femenina en la línea— ¿Dónde estás?
—En el bar del hotel... —se baja del banquillo apoyándose de la barra con la otra mano— Estoy yendo al lobby, ya nos he registrado.
—Vale, te veo en un minuto. —se escucha su tono de voz relajado, algo no muy común en ella.
Luego de colgar, se gira a mirar al hombre junto a ella con las mejillas sonrosadas y la respiración medio agitada. Maldita sea, nunca había sentido una conexión así en tan poco tiempo. Fue algo instantáneo.
—¿Tu amiga está aquí?
Ella asiente, avergonzada. ¿Qué debía hacer? ¿Despedirse así sin más?
—Debo... acompañarla a su habitación para que pueda instalarse. —se muerde el labio inferior— Fue un gusto conocerte, aunque ni siquiera me dijeras tu nombre.
—Me quedaré aquí alrededor de una hora más. —dice, mirando de reojo el reloj en la pared— Si te apetece regresar, puede que te dé mi nombre.
Fue una propuesta directa. Él esperaba que regresara, no se anduvo con rodeos, y eso le provocó un calor que recorrió el centro de su cuerpo como un latigazo de electricidad que se acumuló en en su estómago.
Fue un milagro que consiguiera ordenarle a sus piernas colocarse una delante de la otra para salir de allí aún cuando quería permanecer en ese banquillo junto al desconocido que le hizo sentir un montón en cuestión de minutos.
Y supo que no era la única afectada, porque antes de salir de la sala, echó una última mirada sobre su hombro sólo para descubrir que tenía sus ojos puestos en ella.
Aceleró el paso hasta el lobby con una mano en el pecho en un intento infructuoso de calmar los latidos desbocados de su corazón y se permitió respirar profundamente sólo hasta que se alejó por lo menos veinte metros de distancia de la entrada al bar.
¿Qué demonios acababa de suceder?
Fue ahí cuando vio a su amiga en el centro del vestíbulo, tan impresionante como siempre, acaparando las miradas de huéspedes que iban de paso. Pero esta vez no iba sola, un adolescente de ojos verdes la acompañaba de cerca con una sonrisa radiante y una cabellera despeinada color rosa oscuro.
—Lamento la demora, el tráfico nos retuvo. —habló la azabache en cuanto la rubia estuvo frente a ellos— Él es mi hermano menor, su nombre es Daisuke.
El chico la saludó con una gesto de mano y la ojiverde le ofreció una sonrisa tímida.
—Hola, Daisuke, yo soy...
—La chica que fingió la voz de mi hermana para que no la buscaran mientras la tenían secuestrada. —le mira con cierto recelo— Sé quién eres y no me agradas, a nadie de la familia, en realidad.
Sarada se sorprendió al oír la dureza en las palabras de su hermano. Se suponía que él era el amable y comprensivo de los hermanos.
—Te entiendo, sé que lo que hice es imperdonable y si pudiera retroceder el tiempo me habría negado a...
Daisuke estrecha la mirada, evaluando la sinceridad abrumadora en sus ojos verde-grisáceos y tras unos segundos suelta un suspiro.
—Está bien, nadie puede calificar a mi hermana como alguien sensata. —la interrumpe, mirando a la azabache— Y si ella decidió darte la oportunidad de redimirte, no voy a discutirlo, pero debes saber que te tomará un largo recorrido ganarte la mínima confianza de la familia.
—No voy a fallarle a Sarada. —se muerde el labio inferior— Es la única persona que me queda en el mundo.
La Uchiha exhaló audiblemente y tocó el hombro de su hermano con suavidad. Consideró que ya era suficiente con la propia carga de conciencia que la chica tenía. La conocía lo suficiente para saber que la culpa la carcomía día y noche.
—Espero que la habitación tenga jacuzzi. —dijo cambiando de tema— Necesito relajarme al menos dos horas dentro.
—Ya los he registrado. —saca tres tarjetas digitales y se las ofrece a su amiga— La suite de ustedes es enorme, tiene dos habitaciones, una sala de estar y una pequeña terraza.
—¿Y tu habitación? —pregunta Sarada enarcando una ceja.
—Oh, está en el mismo piso. —sonríe emprendiendo el camino hacia el ascensor— Es un poco más pequeña, pero sigue siendo grande para una sola persona.
Los tres subieron al elevador y Tatsumi presionó el botón del último piso. La verdad era que le sorprendió el lujo y sofisticación del hotel, sus instalaciones eran impresionantes.
—Deberías irte a descansar también. —añade Sarada una vez que se detuvieron en la puerta de la quería la suite que compartiría con su hermano menor— No trabajas para mí en estos momentos, sólo tómalo como unas vacaciones.
Resulta que Tatsumi se convirtió en alguien indispensable para su organización. Era ella la que dirigía la inmobiliaria que le perteneció a Kagura con bastante astucia. Básicamente se encargaba de los negocios legales y de blanquear el dinero que se adquiría de los otros negocios.
Eran una excelente mancuerna, aunque comenzaba a reconocer que pronto necesitaría más ayuda.
—Nos vemos mañana temprano para el desayuno. —le recuerda la Uchiha— Será un día largo, alcanzaremos a mi hermano en el autódromo.
—De acuerdo. —asiente, por un momento olvidó la razón por la que estaban ahí— Descansa tu también, Sarada. Lo necesitas.
La azabache le ofreció una sonrisa suave y se despidió con un gesto de mano antes de darse la vuelta para ingresar a su propia habitación frente al ascensor. El pasillo era largo, pero sólo había cuatro habitaciones en el piso. Una era la suite de Sarada y su hermano, la suya y otra, ambas del mismo tamaño y finalmente la última que parecía ser igual o más grande que la de los chicos Uchiha.
Se metió dentro de su habitación y las luces se encendieron de manera automática en cuanto cerró la puerta detrás suyo. Y entonces su mente regresó al bar, al hombre que seguro seguía esperándola allá abajo.
Miró la hora en la pantalla de su móvil y se percató de que recién pasaron veinte minutos desde que lo dejó en la barra.
—Dios mío, ¿qué debo hacer? —se pregunta a sí misma, pegando la espalda contra la puerta— ¿Debería bajar?
Se suponía que estaba en la plena etapa de su juventud, debería dejarse llevar, sin preocuparse por lo que sucedería en el futuro, pero había algo que la detenía. ¿Qué era? ¿La brújula moral que le exigía encerrarse en su habitación?
Se dijo que ese no era su estilo, que no era de las que preferían los líos de una noche, pero luego estaba el hecho de la atracción inquietante que se sentía tan fuerte como una bola de demolición.
Fue así como llegó a la conclusión. ¿Por qué negarse a algo que claramente quería hacer? Era absurdo.
Tomó la llave de su cuarto y nuevamente salió al pasillo rápidamente con la esperanza de encontrarlo allí puesto que su discusión con ella misma duró al menos quince minutos.
Y al llegar al bar del hotel, sus expectativas cayeron en picada al ver el asiento vacío junto a la barra.
Se había ido.
—¿Buscas a alguien? —pregunta el barman, con una sonrisa encantadora— Si quieres compañía, mi turno está por terminar...
—Estoy bien, gracias. —retrocedió hacia la entrada, saboreando la decepción.
Salió de allí sintiéndose como la mayor idiota del mundo y se metió en el ascensor con las mejillas rojas por la vergüenza. Sentía pena de ella misma. Tal vez había encontrado una chica que no dudara en ir tras él, es decir, cualquier mujer con tres dedos de frente se le habría tirado encima con ese aspecto. Fue muy ingenua al creer que de verdad esperaría por ella en...
—¿Me estás siguiendo? —escuchó su voz aterciopelada cuando las puertas metálicas se abrieron en el último piso.
Tatsumi parpadeó con incredulidad al tenerlo frente a ella, con una sonrisa arrebatadora y esos ojos... Oh, joder, era fascinantes.
—Mi... habitación... —balbucea, sonrojándose hasta las orejas y señala detrás de él— Esa es mi habitación.
El hombre sonríe al ver su adorable estado de nerviosismo y se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Demasiadas coincidencias para una noche. —se encoge de hombros y señala al final del pasillo— Esa de allá es la mía.
Se refería a la otra suite del piso, la más grande.
—¿Cómo está tu amiga? —pregunta él, enarcando una ceja— No la veo por ningún lado.
—En su habitación. —contesta al instante— La dejé para que pudiera descansar.
—Eres muy considerada y servicial. —estrecha la mirada— Una cualidad poco común entre amigas. ¿Acaso también le llevaste el equipaje?
—Bueno, técnicamente también es mi jefa... —se aclara la garganta— Aunque ella no me trata como su empleada, yo intento retribuirle un poco de lo que hace por mí.
No sabía la razón por la que de pronto estaba dándole explicaciones, pero él parecía escucharla con atención, analizando cada una de sus expresiones con cautela.
—¿Y qué hace por ti?
—No me dejó sola cuando perdí todo lo que tenía. —se remueve con nerviosismo— Me ofreció un hogar, a pesar de que le hice daño sin conocerla.
Él ladeó el rostro desconcertado. Por más que quería descifrarla no podía, usualmente era bueno juzgando a las personas, y era frustrante para él no conseguir leer a esa chica.
—No estabas en tu habitación. —se mete las manos en los bolsillos de su pantalón, avanzando un paso hacia ella, quien retrocedió por puro instinto— ¿Acaso regresaste al bar a buscarme?
Quiso que el rubor en sus mejillas no la delatara, pero al ver su sonrisa burlona supo que era demasiado tarde.
—¿Qué importa? —frunce el ceño— No estabas...
—Mis hermanos me avisaron de su llegada, me tomé unos minutos para ir a saludarlos. —avanzó un paso más, la rubia tragó saliva— Estaba por regresar al bar esperando encontrarte ahí.
La sinceridad brutal en sus palabras le quitó el aliento, dejándola boqueando de manera ridícula sin saber qué responder.
—Yo... —se relamió el labio inferior, sintiendo la respiración entrecortarse por su cercanía— Debo... irme a dormir...
—Yo también. —levanta la mano para acariciar la piel tersa de su mejilla, sus dedos picaban por tocarla— No debería estar fuera a estas horas, mañana tengo trabajo.
—En ese caso... lo mejor sería...
—Sí. —asiente él sin despegar la mirada de sus labios— Lo mejor sería dejarte ir a tu habitación e irme a la mía.
Ella asiente, hipnotizada por sus bonitos ojos.
—El problema es que no quiero. —añade, acortando la distancia entre sus cuerpos— Y creo que tú tampoco.
Tatsumi no hizo nada por impedir que sus labios atraparan los suyos en un beso candente que le voló la cabeza. Todo su cuerpo se sintió consumido por lava ardiente.
Se aferró con fuerza a su camisa, temiendo que las piernas le fallaran en cualquier momento, pero él sonrió a mitad del beso y se agachó para sujetarla de los muslos y levantarla en el aire.
—Aún así, necesito escuchar que también quieres esto.
La rubia asiente mirándole a los ojos con la respiración agitada.
—Lo quiero.
Y esa fue respuesta suficiente para que él recorriera los escasos metros hasta el final del pasillo con ella en brazos, sin despegar su boca de la suya, sabiendo desde ese momento que no podría tener suficiente de esa chica.
Necesitaba más que una noche con ella.
(...)
Escuchó el sonido del cristal de la botella romperse en mil pedazos contra la pared del estudio y soltó un suspiro mientras se hundía en la silla frente al escritorio de su padre.
—¿Qué es lo que te tiene tan molesto? —pregunta ella, cruzándose de brazos— ¿Y por qué me pediste que viniera?
Tanuki Shigaraki observó a su hija con el ceño profundamente fruncido y colocó las palmas de su mano sobre el escritorio con un estruendoso golpe.
—Por supuesto que no lo sabes porque estás muy ocupada pasando semanas enteras en casa de los Uzumaki. —replica con una mirada afilada— No tienes idea de lo que está sucediendo aquí.
Sumire parpadea con desconcierto al escuchar su reclamo y se endereza en su asiento como un resorte.
—¡Estoy haciendo mi parte! —se queja la pelimorada con el mismo tono— Mi única preocupación es convertirme en la esposa de Kawaki, ¿no?
—Y ni eso estás haciendo bien. —gruñe por lo bajo, sus ojos oscuros echaban chispas— Se supone que ya debiste hacer algún avance, pero no veo que fijen fecha para la boda.
—¡No es tan fácil! —exclama, estrechando la mirada— Kawaki no es alguien fácil de seducir, ni siquiera consigo pasar tiempo a solas con él.
—Y menos lo conseguirás con la chica Uchiha rondando por allí. —pudo oír la frialdad en su tono de voz— Es un obstáculo del que tenemos que hacernos cargo.
—Eso ya está resuelto. —sonríe Sumire— Va a casarse con Boruto, hace unas semanas anunciaron su compromiso.
—No es suficiente. —sacude la cabeza— Mientras esa chica exista, siempre será una piedra en tu camino.
La pelimorada frunce los labios con disgusto. No quería aceptar que su padre tenía razón, pero muy en el fondo sabía que era cierto.
—Como sea. —pone los ojos en blanco— ¿Por qué te ves tan preocupado? Dudo que sea sólo por mi compromiso.
—Los clanes pequeños se están rebelando. —sus nudillos se volvieron blancos por la fuerza con la que apretó los puños— Alguien está alborotando las filas y sospecho que es obra de los Taiwaneses, por eso necesito que te cases con Kawaki cuanto antes, deben vernos respaldados por la Yakuza.
Las Triadas tenían una manera diferente de funcionar en comparación a las otras organizaciones. Su poder se dividía en tres líderes igualitarios que regían en la China occidental, Taiwán y Hong Kong.
Se manejaban por grupos de tres, y sólo uno tenía comunicación con el grupo superior en jerarquía que le seguía y así consecutivamente hasta llegar al cabecilla. Era así como se mantenían bajo el radar, como fantasmas, nadie sabía a ciencia cierta la ubicación de los líderes a excepción de una sola persona, y por lo tanto era difícil contactar o negociar con ellos a menos que así lo quisiesen.
En el caso de ellos, fue Tanuki quien decidió contactar a Kawaki para ofrecerle una alianza que los beneficiaría a ambos. Detendrían los conflictos entre ambas organizaciones, siempre y cuando la Yakuza lo respaldase y evitara que el clan mayor en Taiwán exigiera más poder del que le pertenecía.
Y a pesar de tener el control de la China occidental, lo cual significaba un territorio dos veces más grande que el de los Taiwaneses, seguía sin tener la lealtad absoluta de los clanes menores y los tentáculos de la organización ubicados en los países vecinos. Ejemplo de ello eran los filipinos, tailandeses y malasios.
—Tienes dos semanas para fijar una fecha cercana para la boda. —le advirtió el mayor— De lo contrario, haré algo que no te va a gustar.
—No me amenaces, padre.
—No es amenaza, hija, simplemente te estoy avisando. —la apunta con el dedo índice— La guerra con la Yakuza será inminente y ya tengo un plan de respaldo que nos asegura la victoria.
Sumire se puso de pie con lágrimas en los ojos y una expresión furiosa. ¿Su padre era capaz de usarla como una pieza de ajedrez en su tablero? ¿A eso se reducía su existencia?
No, ella debía tomar el asunto entre sus manos. Su futuro dependía de ella y de nadie más, y la única manera en la que pudiera conseguir su propia felicidad era tomándola por la fuerza.
(...)
Se despertó con un placentero dolor entre sus piernas y en cada músculo de su cuerpo, pero por alguna extraña razón no le llegó la cruda moral que esperó al descansar en la cama de un desconocido por la mañana.
Se estiró entre las sábanas, envolviendo la parte superior de su cuerpo antes de ponerse de pie para explorar la enorme habitación que la noche anterior no pudo ver a detalle.
Era un suite lujosa, con una cama enorme con dosel, un vestidor grandísimo y un cuarto de baño con jacuzzi incluido. ¿En qué trabajaba ese hombre que podía permitirse pagar una habitación así?
Intentó ignorar el hecho de encontrarla completamente vacía. No es como si se hubiese esperado despertar con él a su lado en la cama, pero no pudo evitar aquel aguijonazo de decepción en su pecho.
Se vistió rápidamente al oír el sonido de un mensaje de texto proveniente de su móvil pidiéndole que los alcanzara para tomar el desayuno y se propuso salir de allí antes de que se dieran cuenta de que no durmió donde debería.
Sin embargo, antes de abandonar la suite logró distinguir un peculiar objeto sobre la mesita de noche, y además, había una pequeña nota a su lado.
«El trabajo llama, pero espero verte ahí.»
Él le había dejado un gafete de acceso para el paddock de la Fórmula 1. Su corazón dio un vuelco al ver el símbolo de la escudería.
¿Acaso...
No. Por supuesto que no.
Intentó ignorar todas las señales que apuntaban a que sí era posible, pero empujó esos pensamientos de lado mientras metía el acceso en su bolso con movimientos torpes y cerraba la puerta de la habitación tras ella.
Los siguientes minutos estuvieron llenos de nervios, tanto que al salir del ascensor en el lobby casi cae de bruces frente a decenas de personas en la recepción. Fue vergonzoso, y estuvo tentada a regresar a su habitación y no salir de allí lo que resta del fin de semana.
—Por aquí. —escucha la voz de su amiga llamándola. Ella y su hermano menor yacían sentados el uno frente al otro en una de las mesas junto a la ventana.
—Vas retrasada. —habló Daisuke levantando ambas cejas— ¿No pusiste la alarma?
—Oh, yo... —balbucea con las mejillas encendidas— Creo que no la oí.
El mesero dejó frente a ella una bandeja con huevos revueltos, un tazón de fruta y zumo de naranja natural.
—Ordené por ti. —menciona Sarada encogiéndose de hombros— No podemos perder más tiempo, ya vamos tarde.
Tatsumi asintió, y sin poder evitarlo los recuerdos de anoche acudieron a su cabeza sólo para torturarla.
—¿Shinki vendrá? —pregunta Daisuke mirando a su hermana— Estamos en sus territorios, después de todo.
—Sí, nos alcanzará allá. —responde la azabache con calma— Después nos hará el favor de llevarnos a Italia para dejarte en casa.
—Puedo tomar un vuelo yo solo, no necesitas llevarme a la puerta de la villa como si fuera un niño.
—Tienes quince años. —le recuerda la mayor— No puedes andar vagando solo por allí sin la supervisión de un adulto.
—¡Tu lo hiciste por meses! Qué hipócrita eres.
—Viste lo que sucedió en Irlanda, no voy a dejarte ir a ningún lado sin protección. —frunce el ceño, pero al ver los ojos verdes de su hermano su expresión se suavizó— ¿Tienes idea de cuánto te amo, Daisuke? ¿Sabes lo que haría si alguien te pone un dedo encima?
El pelirrosa desvió la mirada.
—A mí pueden hacerme lo que sea, sobreviviré. —le toma por el mentón para mirarlo a los ojos— Pero si te hacen algo a ti, a cualquiera de nuestra familia...
Daisuke hace un mohín, pero finalmente suelta un suspiro.
—Bien, me llevan a Italia. —estrecha la mirada— Pero no quiero que me escolten hasta casa.
—Te acerco al camino de entrada de la villa, tómalo o déjalo. —negocia la chica— Y prometo no llamar a mamá para avisar que aterrizamos hasta ver que atravieses el pórtico de casa.
—Hecho. —accede el menor, sellando el trato estrechando su mano.
Sabían lo pesada que podía llegar a ser su madre si no avisaban de su llegada, lo cual era entendible dado los recientes hechos, pero las llamadas cada cinco minutos eran una tortura.
Media hora después estaban entrando al circuito Park Zandvoort, situado cerca de Zandvoort y Harlem, unos cuantos kilómetros al oeste de la ciudad de Ámsterdam.
Una mujer los esperaba en la entrada del paddock, la misma con la que Sarada tuvo el encontronazo aquella vez en Mónaco por confundirla con una fan loca de su hermano.
—Veo que no te despidieron. —comenta la azabache en cuanto la mujer les extiende los accesos con las mejillas sonrosadas— ¿Te disculpaste lo suficiente con tu jefe?
—Lo siento, señorita Uchiha, no tenía idea de que usted iría a visitarlo esa vez, de haberlo sabido...
La aludida se abstuvo de poner los ojos en blanco. ¿Dónde había quedado el aire de superioridad y arrogancia con la que intentó jalonearla por aquel entonces?
Mientras tanto, Tatsumi tragó en seco al ver que el acceso que les dio la mujer era idéntico al que le dejaron esta mañana en la mesita de noche. Ya eran demasiadas coincidencias para hacer de la vista gorda.
Tal vez era alguien del equipo, algún ingeniero, un patrocinador. Algo así. Porque todo era mejor que la idea que comenzaba a formarse en su cabeza, ¿no?
—¿Mi hermano? —pregunta, ignorando todo tipo de excusas de parte de la mujer.
—En boxes. —responde la rubia de inmediato— Me dio instrucciones de llevarlos con él.
—No queremos desconcentrarlo. —niega la azabache— Sólo llévanos a nuestros lugares, lo veremos después de la carrera.
—Parece que llego a tiempo. —dijo una voz masculina a sus espaldas— ¿Entramos?
Shinki le guiñó uno de sus ojos verdes a la joven Uchiha y colocó una de sus manos sobre el hombro de Daisuke a modo de saludo. La mujer rubia sonrió deslumbrada y extendió la mano para guiarlos dentro del paddock.
—¿Quién es tu amiga? —pregunta el castaño, enarcando una de sus cejas oscuras.
—Tatsumi. —señala a la rubia y luego hace lo mismo con él— Shinki.
—Qué presentación tan seca. —se burla el hombre— Tan típico de ti.
Sarada pone los ojos en blanco, pero una pequeña sonrisa tira de la esquina de su labio mientras camina siguiendo a la asistente del representante de su hermano.
—¿Cómo van las cosas en Dublín?
—Mejor de lo que pensé. —le mira de reojo— Ha habido buena aceptación, supongo que es por los rumores que van de boca en boca sobre las otras sedes.
—Tengo entendido que en Italia ha sido una locura. —asiente, observando el ir y venir de las personas a su alrededor— ¿Cuál es el siguiente paso?
—Le haré una visita... a un viejo conocido. —dice en voz baja, guiñándole un ojo a su hermano cuando señaló la terraza de la sección VIP como avisándole que se alejaría— Es alguien que conocí hace mucho tiempo.
El castaño frunce el ceño, levantando la mano hacia el mesero para negarse a aceptar los aperitivos que les ofrecía en una bandeja.
—¿Qué tan peligroso es? —pregunta con suspicacia.
—No es peligroso, al menos no para mí. —sus labios se convierten en una fina línea— Pero podría describirse como alguien... impredecible para los demás.
Shinki sonrió.
—No puedo creerlo. —sacude la cabeza— ¿Acaso le temes?
—Por supuesto que no, es mi amigo. —se encoge de hombros— Pero es una persona con un temperamento... difícil.
—¿Más difícil que el tuyo? —enarca una ceja— Lo dudo mucho.
—Es miembro de los albaneses.
Entonces la sonrisa de Shinki se borró.
—Estás bromeando.
La mafia albanesa era conocida por su agresividad, eran sanguinarios y poco tolerantes. Ellos tenían sus propias rutas, no dependían de nadie y hacían negocios solamente con quién quieren.
—¿Parezco del tipo que bromea?
—No puedes negociar con los malditos albaneses. —la sujeta del brazo— Hasta tu padre sabe que nadie se debe involucrar más de lo necesario con ellos.
—Aprendí algunas de mis mejores técnicas de tortura de la persona de la que te estoy hablando. —contesta con tranquilidad— Sé que querrá unirse al negocio, pero también estoy segura de que no formará parte de ninguna alianza.
—¿Cómo puedes estar tan confiada de que le interesará el proyecto Kamui?
—Porque fue él quien me dio la idea hace años. —dice como si nada— Fue el que me aconsejó sacar la ira metiendo a un montón de inútiles en una jaula, sólo que yo vi la oportunidad de un negocio dentro de todo lo divertido.
—Cada vez me preocupa más tu falta de cordura. —resopla el castaño— ¿Tu familia sabe sobre esto?
—Ellos están al tanto de todo. —le mira a los ojos— No lo parece, pero siempre los mantengo al corriente.
—¿Y saben también que finges no recordar a Kawaki?
—No lo sabían hasta hace poco. —se muerde el interior de la mejilla— Preferí mantener ese detalle para mí.
—Un gran detalle, querrás decir. —se cruza de brazos— Dado el reciente anuncio de tu compromiso falso.
Ella se gira a mirarlo de golpe.
—¿Cómo supiste que era falso? —parpadea desconcertada— No recuerdo habértelo dicho.
—No se besaron en ningún momento. —suelta una ronca carcajada— Ni siquiera un insignificante pico.
—A veces odio que seas tan observador. —entrecerró los ojos y suelta un bufido— Boruto sólo quería molestar a Kawaki.
—Y tú accediste para aliviar un poco tu propia culpa. —concluyó de inmediato— Tuvieron una buena actuación, he de admitir, la mayoría se tragó el cuento.
—No fue muy buena si tú te diste cuenta.
—Porque los conozco a ambos. —dice con obviedad— Incluso tenían la misma mirada de cuando eran niños y hacían una trastada. La complicidad estaba allí, pero eso es algo que nunca desapareció ni con el paso de los años. Mitsuki también se habría dado cuenta si no hubiera estado ocupado mensajeándose con tu amiga.
Sarada sonrió de medio lado, recargándose sobre la barandilla del palco desde donde observaban a los pilotos preparándose.
—Ahí está Itachi. —escuchó la voz de su hermano menor, señalando un punto fijo en los boxes— Ya está por iniciar.
Tatsumi siguió la dirección de su dedo hasta el tumulto de gente apresurada bajo ellos, y fue entonces que sintió que todo el aire se le escapó de golpe.
Oh, santa mierda.
El hombre en el traje ignífugo color rojo a punto de colocarse el casco sobre la cabeza al que el joven pelirrosa señaló hace unos segundos era el mismo que estuvo dentro de ella hasta hace unas horas.
La noche anterior se había burlado de ella al decirle que un piloto de fórmula 1 estaba sentado en la barra y le hizo creer que era otro sujeto cuando hablaba de él mismo. Entonces no estaba loca, realmente todos en el bar tenían los ojos puestos en ellos.
Pero eso no era lo importante ahora. Habían dos cosas que le causaron un pánico terrible.
La primera es que se había acostado con el hermano de su amiga, la chica que le ofreció formar parte de su familia y le dio la oportunidad de empezar de cero. ¿Y cómo le pagó ella? ¡Liándose con su hermano!
Y la segunda, no menos importante, era que la conexión que sintió con ese hombre era tan abrumadora que no podía dejar de pensar en él desde que despertó.
—¿Sarada? —se acercó a ella, sin importarle estar interrumpiendo su charla con el castaño— Debo volver a Londres.
—¿Hay algún problema? —frunce el ceño— Te dije que te tomaras este fin de semana libre.
—Lo sé, pero hay algunos asuntos que me tienen estresada y prefiero encargarme de ellos de una vez.
Supo que su mentira no terminó de convencerla, pero esperaba que no hiciera más preguntas
—¿Estás segura? —le miró con sospecha— ¿Ha sucedido algo?
—Estoy bien, es sólo que... este no es mi ambiente, es todo. —se excusó, removiéndose incómoda bajo el escrutinio de su amiga— Prefiero la tranquilidad del penthouse, pasaré el resto del fin de semana atiborrándome de helado y viendo un maratón de comedias románticas.
Sarada intuyó que había algo más detrás de esa repentina ansiedad por irse, pero decidió dejar el interrogatorio para después.
—De acuerdo, nuestro avión te llevará a Londres. —le hizo saber— ¿Estarás bien sola?
—Por supuesto. —sonríe la rubia— Diviértete con tus hermanos, estaré esperándote en casa.
Tatsumi besó la mejilla de su amiga un par de veces antes de salir de allí como un bólido, temiendo que si permanecía más tiempo en ese lugar todo se desmoronaría. Lo más seguro era que él ni siquiera recordaría su aventura de una noche, y esperaba que así fuera, eso complicaría menos las cosas.
Sin embargo, horas después, se perdió el momento exacto en el que Itachi Uchiha se halló de pie en el podio tras llegar en primer lugar y recorrió con la mirada de tonalidad dispar a toda aquella multitud eufórica en busca de los únicos ojos verdes grisáceos que esperaba ver.
Pero no los encontró.
Ella no estaba ahí. Al menos ya no.
